Después del 11-S

Antonio Méndez | 11 de septiembre de 2012 a las 12:40

Poco después de los atentados del 11-S, hace ahora once años, comencé a aficionarme a la lectura de autores árabes. Una reacción a aquella barbarie. Me resultaba imposible entender lo ocurrido y casi buscaba respuestas antropológicas porque desde la razón resultaba incomprensible. Acercarme a través de la literatura a una cultura fronteriza con la nuestra pero radicalmente desconocida e imposible de asimilar desde nuestro modelo de vida occidental. Un absurdo intento por descubrir en la historia las raíces del mal.

Quizá porque viví aquella masacre como algo en cierta medida próximo. Cuatro meses antes había recorrido con un equipo de Localia Televisión el interior de una de las torres gemelas, que luego vimos en llamas y reducidas a escombros, y subido hasta la azotea para grabar vistas de Manhattan. Había observado detenidamente la ciudad desde esa privilegiada atalaya por sus cuatro puntos cardinales. Era imposible no sentir un escalofrío al imaginar lo que padecieron los cientos de ciudadanos atrapados en aquel coloso al ver por los amplios ventanales cómo se dirigía hacia ellos un avión.

Después llegarían Naguit Mahfuz y Orham Pamuk. Pero antes, gracias a la periodista Encarna Maldonado, descubrí a Amin Maalouf y su prodigiosa Samarcanda. Aquella secta de los hashshashiyyín, los durmientes manejados durante décadas desde la fortaleza de Alamut para que cayeran sobre sus presas y entregaran sus vidas sin pestañear a cambio del paraíso. La secta de los asesinos, todo un clásico que Bernard Levis había publicado como ensayo en 1967.

Más allá de los tristes casos de terrorismo, se alza la evidencia de que nuestros patrones occidentales son inútiles para acercarnos a parte de ese mundo. Ni para medir tiempos ni siquiera para anticipar reacciones. A veces es el siglo XI contra siglo XXI.

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