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Los hombres que no amaban a los columpios

Antonio Méndez | 2 de octubre de 2011 a las 10:46

He escuchado esta semana a un insigne economista andaluz pronosticar que galopamos, de nuevo, hacia la recesión. Reconvenía a su auditorio porque no sólo nos resistimos a interiorizar la magnitud del desafío sino que hemos decidió ignorarlo. Con restaurantes, bares y terrazas del centro de Málaga, repletos de clientes no sé si es una  sugestión colectiva como reacción a la crisis para recordar nuestro modelo de vida o el espejismo de la mejoría del enfermo terminal.

He oído estos días a un licenciado en derecho del PSOE, con cargo, reflexionar sobre el coste inabordable de la sanidad pública. Y concluía que indefectiblemente los usuarios tendrán que contribuir más a combatir la sangría de este gasto. Mínimo sufragando el precio de la cama y la comida durante el tiempo de ingreso en el hospital. El cirujano y el material corre a cuenta del SAS. Menos mal que no lo escuchó Felipe González. Le hubiera tenido que sacar por la ventana por cuestionar antes del 20–N la viabilidad en estas condiciones del sistema público de salud español.

Un diputado nacional laminado de las listas al Congreso para esas elecciones por pugnas internas me ha relatado sus primeras peripecias para encontrar trabajo, tras dos legislaturas en el Parlamento. La primera entrevista debió tenerla el viernes en  Madrid. Una empresa dedicada a sondear el mercado laboral le había seleccionado por su amplio currículo. Mientras, para sosegar su inquietud ante su incierto futuro no dispone de paro, pero sí de una indemnización de cuatro meses de sueldo por cada uno de sus dos periodos en la Cámara.

Me he asombrado con la historia de una abogada del PP, sin cargo. Su ex esposo se había personado en su despacho para pedirle ayuda: quería que le llevara el pleito del divorcio de su nueva mujer. La letrada desistió, supongo que no por desgana hacia la contraria, y le asignó el caso a un socio de bufete. Desconozco qué tarifa le cobró al ex marido.

Pero lo que más me ha impactado en estos siete días es la tesis de un amigo matemático. Dice que ha comprobado empíricamente este verano en el recinto de su urbanización que sólo las madres bajan con sus niños a los columpios. Menos él. Las leyes de desigualdad de la vida aún permiten a los padres, entre otras cosas, escaquearse de las zonas de juegos. Reímos por la forzada integración femenina a la que era sometido el intruso masculino en aquel parque infantil. Porque en la sobremesa del almuerzo donde nos reveló su descubrimiento sociológico, todos los comensales éramos hombres. Menos uno. Y ya se sabe, como nos reprochan las mujeres, los hombres no podemos hacer dos cosas a la vez.

Postdata: la mayoría de estas historias las escuché en una divertida comida. Sí en un restaurante en el centro, pese a la crisis, aunque con precio asequible. Ya es un paso. La versión final del post difiere sustancialmiente del artículo publicado en el periódico de papel. El autor del relato de los juegos infantiles asegura que interpreté equivocadamente su tesis, que ahora sí queda transcrita fielmente.