Luz de Cobre

El Cañarete, la historia interminable

Antonio Lao | 28 de septiembre de 2020 a las 17:22

La carretera que une Almería con Aguadulce es, posiblemente, una de las rutas más hermosas por las que conducir un coche. Conocida como El Cañarete era la vía principal que unía la capital con Málaga, la Nacional 340. El antiguo camino que nos metía en todos los pueblos y que llegó a ser insoportable transitarlo por el tráfico. Todo cambió cuando la A-7 permitió sacar los vehículos de las ciudades y pueblos y acabar con las colas interminables y con el peligro, siempre latente, en las vías urbanas.
El Cañarete quedó, inaugurada la autovía, como la mejor de las alternativas para unir Almería con Aguadulce y, si me apuran con Roquetas y Vícar. Una posibilidad de descongestionar el tráfico y de dejar a la localidad turística a tiro de piedra de la ciudad. Una oportunidad bien aprovechada, pues fuimos miles los almerienses que decidimos vivir en Aguadulce, buscando precios de las viviendas más razonables, la tranquilidad de un pueblo con todos los servicios y el mar como argumento sólido.
El paso de los años ha confirmado que aquellos que optaron por este itinerario  acertaron. Sin embargo, la que es la vía de acceso principal con la ciudad, se ha convertido de un tiempo a esta parte en una pesadilla. Como ocurre siempre en estos casos, desde el Ministerio de Fomento se han ocupado poco o nada del mantenimiento. Un reasfaltado en los últimos 30 años y alguna capa de pintura a los túneles y pare usted de contar. Pero la naturaleza es caprichosa. Cuando se tocó la montaña para ampliar este camino y luego para la autovía, explosiones controladas incluidas, comenzaron los problemas. La caída de rocas a la calzada se ha convertido en algo recurrente y habitual en los últimos años, aunque sólo en contadas ocasiones ha sido necesario cortar la vía.
Cubrir con tela metálica, de la barata, la montaña fue un recurso que ha dado a la administración y a los automovilistas una seguridad impostada que ahora se ha demostrado inútil y peligrosa. No culpo a quienes han estado al frente de la responsabilidad en los últimos años de lo ocurrido. Pero es evidente que en sus declaraciones no han estado afortunados. Recuerdo todavía al ex-subdelegado Andrés García Lorca lanzar sus dardos hacia las cabras montesas y más reciente al actual, Manuel de la Fuente, implorar espaciar la salida de casa para evitar las colas.
Sea como fuere y al margen de declaraciones vanas y vacías de contenido, urge una inversión seria de la carretera, con un proyecto real y de calado que acabe con los desprendimientos. Es preferible que la vía siga cortada a que ocurra una desgracia. Eso sí, debemos conocer con celeridad los planes de inversión, el coste y el tiempo de obras. Y, de forma paralela, evitar los colapsos de tráfico, con controles y ayuda a los que cada día se sitúan en las colas, con un serio riesgo de accidente.

El Paseo peatonal, sí

Antonio Lao | 22 de septiembre de 2020 a las 18:10

Málaga, León, Granada Vitoria, San Sebastián, Sevilla, Toledo… Podría enumerar un buen número más de ciudades en las que la peatonalización del centro no es un concepto surgido anteayer, hace un año o una década. Al contrario. Los proyectos y su posterior ejecución se larvaron y ejecutaron, con criterio, en el último tercio del siglo XX o en los inicios del XXI. He tenido la oportunidad de pasear por el centro de León, desde el Ayuntamiento hasta la Catedral o por la calle Larios de Málaga, por poner dos ejemplos, y les puedo asegurar que el cambio, a mejor en movilidad bien merece el esfuerzo inversor que los consistorios respectivos han hecho.
En todos ellos, si echas mano de la hemeroteca, te encuentras desde el inicio con la oposición, en algunas ocasiones con más vehemencia que en otras, de los comerciantes del lugar, con los automovilistas y si me apuran hasta del último jubilado que disfruta sentado en alguno de los bancos de la acera observando el discurrir del tráfico rodado.
En la capital llevamos años buscando la cuadratura del círculo que nos lleve a la peatonalización de gran parte del casco histórico, incluido el Paseo y calles adyacentes. Se hizo un esfuerzo interesante con los fondos de la recuperación de la crisis de 2007, que nos trajo ejemplos criticados y luego alabados como la calle Reyes Católicos.
Aprovechando la pandemia, desde el Ayuntamiento se ha hecho un experimento en el Paseo, con el cambio del tráfico en algunas calles y dejando un sólo carril desde Puerta de Purchena a la Plaza Emilio Pérez. He escuchado opiniones para todos los gustos, a favor y en contra. En el caso que nos ocupa, pese a los problemas iniciales, creo que ha sido un buen laboratorio para conocer cómo afectará en el futuro la peatonalización de toda la arteria el tráfico de la ciudad. Ahora de lo que se trata es de avanzar con decisión un paso más. Entiendo que hay que seguir dialogando con las partes afectadas, comerciantes, automovilistas, bares, restauración… Pero en la misma medida apostaría porque se tomen decisiones encaminadas a afrontar la obra con la máxima celeridad posible, en la búsqueda de la movilidad sostenible.
Los centros de la ciudades deben ser de los viandantes, para mostrarnos en todo su esplendor las zonas más antiguas, los cascos históricos. Así podremos conjugar la recuperación del comercio de proximidad y compartirlo con las nuevas formas de ocio y restauración que encontramos en ciudades similares a la nuestra, en las que la presencia en la calle es una constante y un modo de vida. No nos distraigamos en disputas inútiles. Afrontemos el reto. Estoy convencido de que a la larga la satisfacción será generalizada, incluso la de los detractores más empedernidos.

Enmascarados

Antonio Lao | 14 de septiembre de 2020 a las 17:35

La mascarilla se ha convertido en una prenda más. Ha llegado para quedarse en nuestro atuendo. Las podemos encontrar de mil formas y colores. Y a ser posible tratamos de que vayan a juego con lo que llevamos puesto. Si bien es verdad que el objetivo no es otro que limitar el posible contagio por coronavirus, no lo es menos que hemos hecho de ellas un complemento más.
Decía John Carlin en uno de sus últimos artículos que “el fetichismo de la mascarilla es lo que nos distingue a los españoles del resto de Europa”. Y debe ser cierto porque somos, con diferencia, el único país en los que todos vamos enmascarados. Tanto, que es complicado en multitud de ocasiones reconocer  a los amigos con los que has quedado. Miras en derredor y sólo ves un enjambre humano, por las calles, en los bares, en las playas, haciendo senderismo. Da igual el lugar, que la mascarilla se ha unido a nosotros como un apéndice más. Y está bien.
Sólo de vez en cuando te encuentras por la calle algún despistado, un olvidadizo o un disidente que ha decidido no usarla por no creer en los beneficios que reporta. También sabe que se arriesga a una fuerte multa. Y es que hemos fiado gran parte de la lucha contra la COVID-19 a la mascarilla y en su poder aislante frente a los virus. Y debe ser así.
Es una oportunidad para alejar de nosotros gran parte de nuestros miedos y nuestros temores. Pero lo cierto es que el cumplimiento del mandato de nuestros gobernantes, con el asesoramiento de los técnicos, no nos ha impedido que seamos el país europeo en el que más casos se están produciendo. Todo lo contrario que otras naciones europeas, en las que el uso de la prenda es mucho más laxo y menos respetado. Suecia, por ejemplo, nunca ha llevado las prohibiciones al extremo. No se confinaron, no cerraron los bares, la gente siguió en los parques, los niños en las escuelas y no les ha ido mal. Siguen siendo un modelo de control de la pandemia, aunque a mediados de julio hubo una especie de repunte que nos llevó a pensar que iban a convertirse en uno más dentro de la manada de casos de dolor, sufrimiento, muerte y destrucción económica que nos asola a todos. Pero no ha sido así.
Aquí seguimos con la cara tapada, con el argumento sólido de que nos ayuda a la prevención. Pero también puede ser como dice el doctor Pedro Cavadas que “es más nocivo el resultado del mal manejo de las medidas para combatirlo que el virus en sí mismo, ya que es de baja mortalidad y que no ha sido el virus, sino la respuesta lo que ha provocado un empobrecimiento en España”.
Sea como fuere, seguimos asidos a la agarradera de la vacuna y al final del año como el momento en el que nos desprenderemos del famoso y triste complemento. Espero que pronto llegue el día que lo veamos como una reliquia del pasado.

Regreso de vacaciones, la crisis se agrava

Antonio Lao | 7 de septiembre de 2020 a las 17:27

Cuando marchas de vacaciones tienes la sensación de que alejas, aparcas por un tiempo los problemas y te zambulles en la burbuja de la felicidad. Es algo así como cuando visitas un parque temático y durante toda una jornada vas de una zona a otra, de atracción en atracción, de espectáculo en espectáculo y al acabar la jornada ya vives dentro de la ficción, que te ha enganchado de tal manera que eres incapaz, o no quieres, salir de ella. Entiendo, por tanto, al hidalgo caballero de la triste figura, Don Quijote de la Mancha, que llega a perder el juicio y el raciocinio de tanto leer libros de caballerías, tan habituales en su época.
Pero por más que pretendas alargar la burbuja, alejar de ti todo aquello que te recuerde a la normalidad, a la vida, lo cierto es que el tiempo de asueto pasa y la cruda realidad te da de bruces en septiembre, sin solución de continuidad. Se ha estrellado frente al moreno inmaculado y playero del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez; al del presidente de la Junta o del último alcalde de uno de los 103 pueblos de la provincia. La “nueva normalidad” llegó tan preñada de buenas voluntades, de normas que seguir para recuperar nuestra vida, que nosotros, incautos, nos las creímos desde la “a” hasta la “z”, necesitados como estábamos de dejar atrás los tiempo de alarma, los meses de encierro y los días de miedo y preocupación por los nuestros y nosotros mismos. Julio y agosto, en especial este últimos mes, nos hemos tomado todas y cada una de las peticiones que los servicios sanitarios nos hacían por el pito del sereno. Hemos salido como si no hubiera un mañana, sin pensar en que la virus seguía habitando entre nosotros. Y ahí tenemos las consecuencias.
Los rebrotes ya han quedado atrás para dar paso a un incremento de la transmisión más que preocupante. Un incremento que no se esperaba hasta el mes de octubre y que lo hemos dilapidado en poco menos de dos meses. Sólo un aspecto positivo, que tiene que ver con el número de fallecidos. Por fortuna los contagiados que acaban muriendo son muchos menos que en los meses del estado de alarma.
Por delante tenemos un otoño al que hay que temer. Inicio de las clases presenciales en los colegios y en la universidad; como en años anteriores colapso de las urgencias, si es que ya no lo están, con la llegada de los resfriados y la gripe. ¿Y qué hemos hecho durante este tiempo por evitar lo inevitable? Nada o casi nada. La COVID-19 ya forma parte de nuestras vidas. Hemos aprendido a convivir con la enfermedad y sólo rezamos para tratar de que no seamos uno de los afectados. Por lo demás,  normalizamos nuestra existencia, nos alejamos del dolor de aquellos que lo padecen y miramos para otro lado cuando a nuestro alrededor los contagios se multiplican como los panes y los peces, pero no para alimentar a los hambrientos, sino para sembrar muerte y destrucción.

Desubicados

Antonio Lao | 31 de agosto de 2020 a las 17:02

Con el fin del confinamiento parecía que todo volvía a la normalidad. Que el paréntesis de tres meses que el virus nos obligó a todos a hacer en nuestras vidas iba a ser eso, sólo un paréntesis. Pero no. Nada ha acabado. Además de los efectos psicológicos, que sin duda ha provocado en todos nosotros, lo cierto es que a medida que pasan los días tengo la sensación de que mis peores presagios se cumplen. Los brotes y rebrotes amenazan con devolvernos al estado de shock que la alarma provocó en nosotros en marzo.
Cuando todavía no hemos tenido  tiempo material para recuperar la normalidad, ‘nueva normalidad’ que hemos dado en llamar ahora, miras el mapa provincial, regional y nacional, y ya ni les digo el mundial, y todo tiende a oscurecerse en la misma media que el número de casos se multiplica. La cotidianidad, aquella que nos hemos dado y que no valorábamos por normal, a veces triste, en muchas ocasiones aburrida y sólo en contados casos electrizante, no quiere imponerse víctima de nuestros errores. Porque hasta que no haya una vacuna (los datos cada día son más esperanzadores) somos nosotros y sólo nosotros los que podemos luchar contra la COVID-19, instalado en nuestras vidas, pegado a nosotros como una garrapata a un perro, incapaz de desprenderse hasta que no ha hecho todo el daño que le ha sido posible.

Nuestra existencia se ha convertido en una contradicción tan brutal, en un verano tórrido y extraño, en el que la noria nos ha envuelto en su círculo del que somos incapaces de salir. Y es que si confinamos, no vivimos y si no lo hacemos, el riesgo de perecer víctimas del bicho se multiplica de forma exponencial. Lo mires por donde lo mires tenemos tantas papeletas para lograr el premio gordo de Tánatos que sólo con pensarlo te dan ganas de no jugar un solo boleto. Y no jugar es confinar, quedarte en casa, no trabajar y encerrarte en una burbuja impenetrable de la que tampoco, ya les aseguro, puedo confírmales que saldremos indemnes. Y es que ni el metro y medio, ni la mascarilla, ni los geles. Nada, absolutamente nada, nos garantiza que no habrá contagio. Porque usted cumple las normas, pero desconoce lo que hacen aquellos con los que trata a diario. Así que tratemos de ponernos en manos de la ciencia, valoremos su utilidad, y sonriamos cuando conocemos que cualquiera de las vacunas en fases de experimentación, Moderna, Oxford, la china y aquellas otras, doce en nuestro país,  que aún no están en fases avanzadas, sean capaces de sacarnos de este atolladero, de este sin vivir en el que estamos inmersos. Llegados hasta aquí sólo les recomiendo paciencia, un mar de prudencia y como los camaleones, seamos capaces de adaptarnos al mundo que nos llega, que ni de lejos se parece al que teníamos, pero al que debemos amar porque es el que nos ha tocado vivir.

Sociedad infantilizada

Antonio Lao | 31 de agosto de 2020 a las 12:18

El coronavirus toma estos días de nuevo la iniciativa en la provincia. Los rebrotes se suceden. Parece que se aplican las medidas adecuadas, pero lo cierto es que la sensación que se percibe desde fuera es que estamos a un paso de un nuevo confinamiento, aunque sea parcial y en zonas determinadas. Tengo la sensación, y ahí coincido con el escritor Antoni Puigverd que una “especie de destino catastrófico nos persigue y nos arrastra hasta el precipicio”.
La alegría que se percibió en las calles cuando superamos todas las fases y volvimos a lo que se llamó “nueva normalidad”, que por cierto ya no se ve por ninguna parte, nos ha llevado a dar lo peor de nosotros, con preocupantes muestras de inconsciencia y frivolidad que, lo mires por donde lo mires, no tiene ningún sentido ni razón de ser.
Las causas son variopintas: Llevábamos tanto tiempo confinados que la apertura ha sacado lo peor de nosotros mismos. Es como si se hubiera perdido el miedo al virus y la costumbre de vivir con él, de compartir la vida con el bicho, sea una realidad que nadie niega. ¡Que Dios nos coja confesados!. Puede que la cosa no tenga solución y este sea el camino que nos espera en los dos años, mínimo, que vamos a tener que convivir con la COVID-19.
La política populista de los líderes de países de nuestro entorno es posible que pueda alimentar la fortaleza de los ciudadanos que entienden que el goteo permanente de casos, de ingresados en los hospitales y fallecimientos sea un mal menor que hay que soportar.
Mis coincidencias con el escritor catalán llegan al extremo de compartir sus opiniones en torno a lo que él llama “una sociedad infantilizada, a la que se le ha negado la posibilidad de entender la distancia que va de desear una cosa a conseguirla, no se le puede pedir contención o conciencia de la gravedad de la pandemia”.
Y a la hora de buscar culpables, porque debe haberlos, se me haría harto complicado cargar las tintas sobre alguien en concreto. Lo cierto es que vivimos en un tiempo en el que aquello que pretendemos siempre está al alcance de la mano. El esfuerzo individual y colectivo hoy es una entelequia, una especie de utopía con más o menos seguimiento, que algunos se empeñan en pregonar, pero lo cierto es que la realidad es otra, muy distinta y en nada equiparable a esos objetivos que puede preconizar un país sano, una sociedad prudente y ciudadanos y ciudadanas convencidos de que el éxito común es el de cada uno.
Sea como fuere, tengo mis dudas de que la pandemia pueda corregir y modificar los hábitos de quienes no han sido capaces de desprenderse del infantilismo, para adentrarse en la responsabilidad, en el criterio, el bien común y las salidas conjuntas del atolladero, como el que nos encontramos en la actualidad.

El agua desalada y su precio

Antonio Lao | 31 de agosto de 2020 a las 11:55

El Pleno del 7 de julio aprobaba, parece que de forma definitiva, poner casi a pleno rendimiento la desaladora de la capital. Una planta, de enorme inversión, que lleva funcionando a ralentí demasiados años. El motivo no ha sido otro que el ‘miedo’ de las distintas corporaciones a afrontar la notable subida del recibo del agua que supondrá, hasta de un 20% en 2022.
Entiendo que el equipo de gobierno del Ayuntamiento de la capital ha sido valiente en sus planteamientos. Capaces, con la oposición del PSOE, Podemos y Ciudadanos, de avanzar en la senda ecológica y medioambiental sostenible que demanda la sociedad en la que vivimos. No podemos, seguir extrayendo agua de los pozos de Bernal y esquilmar cada día un poco más los acuíferos. Hemos de ser conscientes que cada año llueve menos en la provincia y las extracciones crecen y crecen. El resultado final, creo, que parece más que evidente.
De ahí que no comprenda a los que cada día tratan de darnos lecciones medioambientales. Apuntan al objetivo de acabar con el histórico déficit hídrico de la provincia y luego cuando se pone sobre la mesa la posibilidad de ahorrarnos extraer de ellos una cantidad importante de hectómetros cúbicos, su oposición es frontal.
Puedo entender que sea necesario buscar la fórmula que permita a aquellos que menos tienen encontrar o se busque algún tipo de bonificación. Es un planteamiento social que debe ser atendido por quienes rigen los destinos municipales. Pero no comparto, insisto, que los que han hecho de la bandera verde su razón de ser, se nieguen a reducir las extracciones de los acuíferos del Poniente, aunque el bolsillo de las familias de la ciudad deba ser tocado un poco más.
Es importante, además, que la capital, que acaba de superar los 200.000 habitantes, sea autónoma en lo que a abastecimiento de agua en los hogares se refiere. Con seguridad a ningún gobernante del Poniente se le ocurriría cortar el suministro de estos sondeos. Pero si gran parte de la comarca ya se abastece de la desaladora construida en Balanegra, en aras de conseguir la regeneración de los yacimientos subterráneos de agua, con su consiguiente coste, nadie en su sano juicio puede pretender que los vecinos de Almería mantengan las extracciones por un precio más bajo. Un recibo más asequible está muy bien, pero en la sociedad del primer tercio del siglo XXI que nos ha tocado vivir, se precisa caminar en soluciones medioambientales sostenibles y una de ellas es tratar de ahorrar agua de las entrañas de la tierra y obtenerla de la desalación. Para aquellos que busquen justificación en la contaminación por salmuera de este tipo de plantas, aclararles que la opción siempre es más válida que la de secar, en el término literal de la palabra, los ríos y bolsas de agua subterráneas.

Testar, seguir, aislar y cuarentena

Antonio Lao | 27 de julio de 2020 a las 17:15

CADA vez que Maria van Kerkhove, directora técnica de la OMS sobre Covid-19, dice “it’s not just the handwashing” (“no es sólo lavarse las manos”), los periodistas que siguen sus ruedas de prensa ya saben que  la frase siguiente dirá es “it’s the comprehensive approach” (“es la estrategia integral”). El texto, del periodista especializado enSalud de La Vanguardia Josep Corbella, define con claridad meridiana cuáles son los pasos a seguir para tratar de no contagiarse del virus.
La OMS lo ha dicho tantas veces que su director general, Tedros Adhanom, reconoció el 29 de junio que “puedo ser como un disco rayado diciendo exactamente la misma cosa, pero la misma cosa funciona: testar, seguir, aislar y poner en cuarentena a los casos. Esto lo deben hacer los gobiernos. En segundo lugar, la higiene de manos para cada persona; por supuesto, mascarillas; y el resto de cosas que se pueden hacer –la distancia social– a escala individual”.
Esta estrategia integral es la que está funcionando en Vietnam, Singapur, Corea del Sur, Nueva Zelanda, Islandia, Alemania, Uruguay… En todos los países que están conteniendo con éxito la epidemia. No hay ninguna otra manera de actuar contra el virus que haya sido eficaz.
Lo que ha fallado aquí, y me da mucho miedo, es la parte que, según Tedros, “deben hacer los gobiernos”: la detección precoz, el seguimiento de los contactos, el aislamiento de los casos positivos y la cuarentena de los posibles casos secundarios. Desde el 25 de marzo la OMS ha instado repetidamente a los países a poner a punto sus sistemas sanitarios para detectar y contener rebrotes. Y en España eso deja mucho que desear. Si bien es cierto que durante los meses de confinamiento se ha avanzado de forma notable en lo básico, lo cierto es que con la llegada del verano, y ahí está el sindicato SATSE para recordarnoslo, se vuelven a cerrar camas y no se ocupan las bajas de vacaciones, como si aquí un bicho llamado coronavirus ya pasase de nosotros, cuando la realidad es que a poco que nos descuidemos campa a sus anchas y tensa la cuerda hasta el límite de romperse. Y lo peor de todo es que aún hoy son muchos los ciudadanos que han creído que la veda se ha abierto para mucho tiempo y que los riesgos, si no han pasado, quedan minimizados. Falso. La realidad siempre supera nuestros deseos. A poco que no guardamos las distancias de seguridad, no usamos la mascarilla y nos lavamos menos las manos, la COVID-19 nos acecha y nos caza como si de una liebre se tratase, cogida por el lazo al salir de su cubil. De ahí la necesidad, perentoria, de testar, seguir y aislar y, si es necesario cuarentena, pero para ello son precisos todos los medios al alcance de quienes ejercen el gobierno. Si no es así esta batalla tiene un ganador y, por mal que nos pese, no van a ser los humanos. Dejaremos de ser los protagonistas.

Mascarilla, guantes, gel y nueva normalidad

Antonio Lao | 20 de julio de 2020 a las 18:27

La vida es una novela que ya sabemos como termina: al final el protagonista muere. Así, que lo más importante no es como acaba nuestra historia, sino cómo vamos a llenar nuestras páginas. Pues la vida, igual que una novela tiene que ser una aventura. Y las aventuras son las vacaciones de la vida. Es el final del último libro de Joël Dicker, “El Enigma de la habitación 622”. Sin develar nada de la historia, me ha parecido el mejor de los principios  para iniciar mi cita dominical con ustedes, en la que trataré de arrojar alguna luz, siempre sin base científica, sobre la “nueva normalidad” en la que ya nos movemos y  nuestro idilio, necesario, con la mascarilla, con los guantes de látex y con el gel hidro alcohólico. Un idilio que tiene toda la pinta, por nuestro bien, de permanecer y extenderse en el tiempo hasta que la vacuna nos libere de la COVID-19, el maldito bicho que nos acogota cada día, durante el confinamiento y después, sin que seamos capaces de ir más allá de cuidarnos, de atender a los demás y de tratar de  prolongar, como afirma Dicker, nuestra existencia finita lo más posible.
Los tres elementos que dan título a este artículo se me antojan esenciales para ir llenando nuestras páginas diarias, nuestro tránsito por la vida, sin más altibajos que los propios de la existencia. Alejémonos de las heroicidades y cumplamos, de forma estricta, los consejos que cada día tratan de inculcarnos para mantener la “nueva normalidad” más allá del confinamiento, con la posibilidad de salir con los amigos, acudir al trabajo o poder darnos un baño en el mar, en este tórrido verano, que nos mantiene en permanente tensión y que poco o nada se parece a aquellos de hace un año y que se nos antojan tan  lejanos en el tiempo.
La vida es una aventura. Una aventura que nosotros escribimos cada día, a la que no dábamos importancia por normal, por cotidiana, por común incluso, y que ahora sujetos de pies y manos por los grilletes y las esposas del coronavirus amenaza con estallar, haciendo añicos todo cuanto ocurre a nuestros alrededor, en nuestro entorno, sin que podamos hacer mucho por evitarlo. Pero está en nuestra mano cumplir con los detalles de la mascarilla, del gel o de los guantes y un esfuerzo por mantener la distancia para convertir esta pesadilla en una aventura propia del mejor Indiana Jones y salir victoriosos de una guerra que no vemos, pero que acecha ahí, en cada gotita de saliva, respiración entrecortada o sudación, para convertir la mejor de las  peripecias en una pesadilla sin final, en la que los protagonistas seamos nosotros, con una pléyade de actores secundarios contagiados que al final, más pronto que tarde, se convierten en protagonistas no deseados de un thriller de terror. Mantengamos la aventura viva, que como bien dice Jöel Dicker, son las vacaciones de la vida.

Los rebrotes

Antonio Lao | 13 de julio de 2020 a las 18:32

Los rebrotes por la COVID-19 se han convertido en el coco de la nueva normalidad. El miedo a volver al pasado se ha incrustado en nuestro ADN y no hay forma de sacarlo. Claro que siempre los hay valientes, insensatos y escasamente precavidos. Mientras que la gran mayoría cumplimos normas y nos alejamos del riesgo, entendiendo que la vida nos puede ir en ello, y nos va, los hay que han asimilado el regreso a la normalidad como un ‘despiporre’, en el que todo vale, para tratar de recuperar lo perdido en tiempos de confinamiento.
No crean que se toman todas las precauciones, ni se cumplen las normas. Si bien es cierto que, por ejemplo, cuando acudes a un bar a tapear te encuentras las mesas separadas. Pero en esto que te llega el camarero con la mascarilla, poco menos que en el cuello, haciendo de fular y respirándote en el cogote.
Bayeta en mano y en la otra una especie de líquido amarillo, se supone que para desinfectar. Y lo hace. Trata de espolvorearlo un poco, pero apenas caen unas gotas. Es el momento de la aljofifa, que la observes como la observes parece que de tantas bacterias como acumula va a echar a andar de un momento a otro. Comienza la tarea, limpia la mesa, retira la consumición anterior y con las mismas inicia el trabajo en las sillas. Y es entonces cuando el cuerpo se te revuelve, comienzas a regurgitar y tratas de serenarte para evitar el vómito. Miras a tus acompañantes y dudas si sentarte y que Dios reparta suerte o sales huyendo despavorido para que no te alcance ni uno solo de los virus y bacterias que haya por allí. Decides quedarte. Todo sea por echar un rato con los amigos, que hace mucho que no has visto. Claro está que la consumición no permites que la vacíen en ninguno de los vasos y sólo te falta desinfectar con gel hasta el cuello de la botella. De las  tapas ni les hablo. Saben bien, llegan bien presentadas porque has visto que las cocinan separados de la barra por un cristal. Aún así no las tienes todas consigo. Pagas  con tarjeta y sin rozar la máquina y sales casi corriendo a tu casa, a tu cabaña, a ese remanso de paz y seguridad que te ofrece el hogar.
Miedo a los rebrotes existe, algunos lo pregonan y aplican todos los protocolos de seguridad y otros añadidos que se inventan para alejar un posible contagio, pero la realidad es que la “nueva normalidad” es la normalidad de siempre, los mismos bares y restaurantes de siempre, las fiestas de siempre, los besos y los abrazos de siempre. Y es que la mayoría ha perdido el miedo al contagio. Ya no es una prioridad.  Ha pasado a un segundo plano. Creemos que no va a volver a golpear y buscamos argumentos, todos los habidos y por haber, para convencernos de que si no somos inmunes poco nos falta. Y mientras cada día aparecen nuevos casos y el riesgo de confinamiento se acerca de forma real y peligrosa. Tengan cuidado.

Un hotel en Los Genoveses

Antonio Lao | 6 de julio de 2020 a las 11:38

Miles de firmas y, con seguridad, pueden llegar a ser cientos de miles, muestran su rechazo a la construcción de un hotel de cuatro estrellas en el entorno de la playa de Los Genoveses, en el corazón mismo del Parque Natural de Cabo de Gata. No voy a ser yo, no lo esperen, quien busque argumentos para justificar lo que parece ser un despropósito. Y más después de la vuelta de tuerca verde que se impone en la vieja Europa tras la pandemia de coronavirus. Si no respetamos aquellos parajes de los que aún hoy disfrutamos, alejados de la intervención de la mano del hombre estamos abocados a la destrucción de la especie y a nuestro fracaso como humanos racionales.
Dicho esto, si querría insistir en algunos aspectos menos ecologistas y que sin duda me granjearán la enemistad de la ‘casta’ verde instalada. Comprendo la actitud de la alcaldesa del municipio, quien desde el primer momento dejó claro que si cumple con la legalidad establecida, no era necesario argumentar en otro sentido. Y es que en todo esto el gran perjudicado es el término municipal de Níjar.
Cuando se declaró el espacio Parque Natural, el entonces alcalde, Joaquín García Fernández, se lamentaba de los escasos recursos que recibiría el municipio y de los grandes esfuerzos que habrían de realizar para que la zona se convirtiera en lo que hoy es, un espacio protegido, admirado y reconocido a nivel internacional.
El bueno de Joaquín no entendía que el valor añadido turístico de la provincia se quedase en municipios turísticos y hoteleros como Roquetas, Mojácar o la propia capital y que su término municipal fuese tan sólo el escenario del idilio de la tierra, el desierto, el hombre y el mar. Debe ser muy duro ver como los ingresos pasan y desarrollan el pueblo del al lado, o al vecino y tú, actor protagonista, sólo te resta mirar y si te ‘obligan’ aplaudir.
Quizá haya llegado el momento de insistir en la necesidad de conservar, de mantener intacto el espacio, pero compensando a aquellos que aportan el valor añadido y no reciben si un solo céntimo por ello.
Y luego, claro está, nos encontramos con los talibanes de uno y otro lado. Talibanes al fin y al cabo, capaces de denunciar el atropello, como si lo hubieran hecho los políticos, cuando la realidad es que son los técnicos los que deciden aplicando las leyes de las que nos hemos dotado. Y les aseguro que aquellos que ahora han dado el visto bueno a la rehabilitación del cortijo son los mismos, o casi, que a lo largo de los últimos años han ido dando pasos en esa senda y que ya estaban trabajando con el anterior gobierno. Pero a la hora de buscar culpables o rédito político ya saben que a eso no nos gana nadie. A primera fila y a ver quien grita más alto para tratar de hacer ruido mediático, no porque nos importe el espacio natural, que sí, sino porque destruyes al enemigo.

Carlos Ruiz Zafón

Antonio Lao | 29 de junio de 2020 a las 17:23

Tristeza. Dolor. Rabia. Pesar. Carlos Ruiz Zafón nos dejaba la semana pasada y con él se iba un fragmento de literatura, una porción de libro olvidado en un anaquel. Un instante mágico de la literatura española actual que todos absorbimos con deleite cuando nos sumergimos en la saga de La Sombra del Viento. Zafón se ha ido a su mítico Cementerio de los Libros Olvidados, aunque su obra permanecerá entre nosotros. Sus lectores se cuentan por millones.
“Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él”, señala uno de los personajes literarios creados por Zafón, el señor Sempere, a su hijo Daniel mientras le descubre el secreto del Cementerio de los Libros Olvidados.
La Sombra del Viento ambientada en la Barcelona gótica y en un imaginario Cementerio de los Libros Olvidados, me devolvió el amor por la lectura. Esa sensación que rara vez aparece cuando tienes un libro en la mano, que no puedes dejar de leer, pero tampoco quieres que se acabe y lo pospones lo que puedes. Le siguieron El juego del ángel (2008) y El prisionero del cielo (2011). En 2016 publica El laberinto de los espíritus, la cuarta y última entrega de la saga iniciada con La Sombra del Viento.
La lectura de la obra de Ruiz Zafón me permitió soñar con una Barcelona que desconocía, una Barcelona que a raíz de este trabajo inició rutas guiadas por lugares para muchos desconocidos y que luego Ildefonso Falcones continuó con La Catedral del Mar. La Sombra del Viento abrió en mí el deseo irrefrenable por ver los escenarios reflejados en la novela desde otro punto de vista. Un fórmula excepcional que me ha permitido después recorrer Vitoria de la mano de Eva García Sáinz de Urturi y su trilogía de La Ciudad Blanca o Dolores Redondo con la del Batzan, o Ken Follet y la suya del siglo XX. Llegas a Berlín y percibes el miedo, la desesperación, la angustia de los judíos y la esperanza del fin de la Segunda Guerra Mundial y lo sueñas en un barrio como Mitte. Y qué decir de Dan Brown y el Código Da Vinci y París o Inferno, una más de la saga de Robert Langdon y Florencia. Todas y cada una de las ciudades tiene su Cementerio de Libros Olvidados. Toda y cada una tiene el sello inconfundible de Carlos Ruiz Zafón. El autor que me hizo ver las novelas desde otro punto de vista. Ese que te traslada desde el sillón de tu casa a un mundo desconocido y por descubrir más allá de la normalidad. Hoy, casi veinte años después de La Sombra del Viento y del veneno que logró inocular en mí sigo releyendo algunos pasajes de vez en cuando y conservando algunas palabras  como “Luz de Cobre”, título de esta columna semanal y de mi blog. Porque esa luz se ha apagado, pero como un farol Daniel Sempere siempre la mantendrá incandescente.

Nueva y vieja normalidad

Antonio Lao | 22 de junio de 2020 a las 17:31

Si es usted de los que le gustaría volver a confinarse, bienvenido al club. Son muchos, somos muchos, los que hemos recuperado cierta normalidad en nuestras vidas y cuando te giras y vuelves la cabeza te das cuenta de que has regresado a lo que tenías, a la misma vida monocromática de antes, al blanco y negro con escasas variaciones. Vamos, que está usted situado en lo que se conoce como el ‘síndrome de la cabaña’, un término acuñado por el periodista Isaac Rosa, que con seguridad tiene poco de científico, pero si alberga demasiados pensamientos y sentimientos que a poco que nos paremos y miremos en derredor los percibimos reflejados en los rostros de quienes nos acompañan en esta nueva cotidianidad. Lo cierto es que al vivir en esa burbuja de confort que ha sido nuestra casa, nuestra cabaña, hemos dejado aparcadas, -llamémosles así-, algunas de nuestras actividades que nos hacían sentir imperfectos, débiles, vulnerables, siempre con miedo a recorrer la cuerda tensa de funambulista que es nuestra existencia. Y claro, cuando nos sentamos para hacer balance de cómo era nuestra vida en el mes de febrero y como es en el mes de junio, con el verano ya soplando calor y sudor en nuestros cogotes, descubrimos que la nueva normalidad es la vieja normalidad, aunque con pequeños detalles que no van más allá de la mascarilla, la distancia social respetada, el gel de manos para desinfectarte y poco más. El resto es la “vida de mierda” en la que parece o creemos que estamos instalados de forma permanente y que se había convertido en la lanzadera de nuestra felicidad y que ahora, visto con  sorna, vemos que sigue siendo la misma de hace cuatro meses; la misma que vamos a disfrutar -nunca diría padecer- el resto de nuestra existencia. La misma que debemos valorar de forma positiva, sin dobleces, con quejas por supuesto, con lamentos en alguna que otra ocasión, pero una vida plagada de buenos momentos que antes no sabíamos valorar y que ahora, confirmo, a buen seguro que tampoco lo haremos.  Ya no nos alivia pensar que somos más libres, como antes; que no vamos a dedicar ni un solo momento del día a pensar en el coronavirus, como antes; que podemos abrazar a nuestros familiares, aunque sea con los codos y con distancia, como antes y que, por fortuna, nos hemos liberado de la soledad extrema que ha cohabitado con nosotros este tiempo de pandemia. Pues con todo, ya les digo que recuperar la normalidad, la vieja normalidad, tan sólo nos ha alegrado el minuto que ha pasado cuando se ha cambiado de una fase a otra. Así somos los humanos. Regresamos, mal que nos pese, a esa normalidad antigua, a esa normalidad plagada de trampas, a esa normalidad fuera de la cabaña. A la vida, en definitiva, a una vida con mil y un problemas, pero a la vida. Y a mí, que quieren que les diga, me parece mucho y maravillosa.

Residencias de ancianos, la gran insidia

Antonio Lao | 15 de junio de 2020 a las 18:42

La pandemia de coronavirus ha sido la tormenta perfecta para los centros en los que viven mayores. Encerrados, con una población extremadamente vulnerable y, como se ha visto a posteriori, sin medios para combatirla. No es de extrañar, por tanto, que ahora, cuando todo parece más calmado, que no concluido, que en el decreto de la denominada “nueva normalidad” las residencias deban estar coordinadas con el sistema sanitario tras el estado de alarma. “Nuestra madre estuvo agonizando (en la residencia) sin oxígeno toda la semana. La afirmación es de Mari Carmen  Porcel, cuya progenitora fallecía el 24 de marzo. Pese a que empezó a presentar los primeros síntomas el día 14, no fue trasladada de la residencia donde vivía al Hospital General hasta el día 22, cuando ya quedaba poco o nada que hacer por su vida. “La ambulancia tardó 6 horas en venir” explica su hija. Las declaraciones, recogidas por La Vanguardia la semana pasada, muestran la vulnerabilidd de un sistema que creíamos funcionaba, con algún sobresalto, pero ahí estaba prestando un servicio valioso a la sociedad. “Alguien se pensó que teníamos capacidad de respuesta. Y no, no la teníamos”. Las palabras son de  Andrés Rueda, quien preside una de las pocas asociaciones de directivos de centros asistenciales que hay en España (Ascad) y describe de este modo “la impotencia y la rabia” que embarga todavía a muchos trabajadores de residencias de ancianos tras el desastre de la Covid-19. Y un tercer testimonio, de la hija de una paciente ingresada en Torrecárdenas, en este caso no de coronavirus, pero que muestra la situación en la que terminan sus días muchos ancianos. “Hacía tres meses que no podíamos ver a mi madre. Nos llamaron para decirnos que había sufrido un ictus y la hemos trasladado en ambulancia hasta el hospital. Pensamos que estaba en las mejores manos y no era así. Está muy delgada y en gran parte de su cuerpo se acumulan llagas. No la han cuidado como creímos cuando la ingresamos. Estos casos y otros muchos similares a este, describen la situación en el interior de los geriátricos, donde la capacidad para responder a la epidemia ha sido escasa, por no decir nula. Y es que estos centros no son hospitales. Nunca lo han sido a pesar de que, desde la aprobación de la ley de Dependencia en el 2006, se han especializado en acoger a personas con cuadros clínicos complejos. Pero no lo han sido en España ni en otros muchos países. Y la prueba es que más de la mitad de los fallecidos en los Países Bajos o en Francia se han producido en centros de este tipo. La pandemia ha puesto sobre la mesa una dramática situación, en la que muchos casos acabarán en los tribunales. Con ser dolorosos ya son pasado. Lo que hay es que sentar las bases para que nunca más vuelva a producirse una situación como la vivida. Un país serio, moderno y responsable no se lo puede permitir.

No tenemos ni idea del virus

Antonio Lao | 8 de junio de 2020 a las 18:57

A estas alturas de la pandemia creo que ha quedado claro que no tenemos ni idea de como actúa el virus. Es posible que para los optimistas y aquellos que creen en la ciencia y en sus efectos beneficiosos, probablemente conozcamos algunos aspectos del ‘bichito’. Pero tengo la sensación de que si algo ha quedado patente en este tiempo es que estamos a su merced y que es una fuerza, como tantas otras de la naturaleza, que desconocemos. Bien es verdad que a lo largo de este tiempo nos hemos puesto a trabajar en serio. Bueno unos más que otros. Los científicos laboran a marchas forzadas en la búsqueda de una vacuna milagrosa, que espera ser una realidad en 2021. Pero no está tan claro que sea así, cuando sólo hay 29 para otras tantas enfermedades y en el caso del SIDA, después de 35 años, aún no hay un remedio eficaz más allá de los cuidados paliativos, de evitar la muerte de los afectados o de que tengan una vida más o menos digna. Pero seamos positivos. En estos casi cien días lo que realmente ha funcionado, y bien, ha sido el confinamiento como fórmula mágica para evitar los contagios y reducir la presión de los enfermos en los hospitales. Y lo hemos logrado. No me cabe la menor duda. Pero a cambio nos enfrentamos a  una crisis económica de consecuencias apocalípticas, de la que desconocemos las consecuencias que tendrá en la vida de las personas. Y luego están los resultados de los diferentes ‘métodos’ para controlar la enfermedad que se han puesto en marcha. Modelo español, el más duro posiblemente de cuantos se han aplicado;  modelo alemán, el país con menos muertes; modelo sueco, dejar que el patógeno circule a su libre albedrío para provocar una rápida inmunidad frente a la enfermedad; modelo negacionista, tipo Reino Unido, Estados Unidos o Brasil, en el que los fallecidos y la saturación de los hospitales les ha llevado a tener el honor, ¡qué horror!, de ser los países que encabezan el ranking de afectados y de fallecidos. No tenemos la varita mágica y tampoco podemos guiarnos por lo que nos cuentan. En Alemania, país desarrollado, hay menos de diez mil muertos, teniendo 83 millones de habitantes. Parece  el éxito de un país desarrollado y de que las cosas se han hecho bien. Y es posible. Pero en Grecia, casi olvidado y puteado durante tantos años por su déficit, el número de fallecidos no llega a los doscientos. Siendo pobres, malos gestores y todos aquellos adjetivos que ustedes quieran, verán que no les ha ido mal. Como tampoco a África,  zona del planeta en la que creíamos que la COVID-19 los iba a diezmar. Falso. Pocos afectados y pocas muertes, a pesar de que allí los confinamientos, los hospitales, las mascarillas y todo lo que ustedes quieran ni están ni se les espera. Resumo y concreto: No tenemos ni idea del virus, pero si nos ha descubierto la fragilidad del ser humano y que somos mortales.

Vuelve el fútbol, llega la ‘Nueva Normalidad’

Antonio Lao | 1 de junio de 2020 a las 17:23

Llega  la ‘Nueva Normalidad’ con toda su fortaleza. La Fase 2 ha acabado por romper todos los muros invisibles, pero intocables, que nos habían encerrado como en un zoológico durante casi 80 días y hemos pasado a la fase vacacional, a la fase safari. Aunque todavía no podemos viajar con libertad a otras provincias, si es cierto que hemos tomado la calle, los bares y los comercios como si no hubiera un mañana. Desconocemos lo que puede pasar en unas semanas y vamos a aprovechar este tiempo con la intensidad que merece. Hemos soltado a la fiera y se ha desbocado, con matizaciones, mucho más de lo que pensábamos.
Y es que si había un elemento para definir que las aguas vuelven a su cauce, con responsabilidad y criterio, sí, pero a su cauce, es que el fútbol regresa en unos días. Ya vemos que los periódicos hablan de entrenamientos, de fichajes, de competición. Es verdad que no va a ser como antes, porque por ahora no va a haber público en los estadios. Pero, a quién le importa esto si vamos a ser capaces de sentarnos frente al televisor y poder ver un partido tras otro como hasta que se nos ponga cara de balón. Decía que hay fronteras, la provincial, que no se cruzan todavía, pero eso importa menos, si casi todos los días de la semana las distintas cadenas van a inundar nuestro salón de partidos, de jugadas polémicas, de árbitros que no han sido justos. Vamos a poder desplumar al “trencilla” de turno como si fuera un pavo americano por el Día de Acción de Gracias.
‘Nueva Normalidad’ de los niños en la calle, de las risas en los parques, de las cervezas en las terrazas, de los baños en las playas. ‘Nueva Normalidad’ trufada de fútbol para olvidar que hemos estado ochenta días más cerca del infierno que nunca en nuestras vidas. Porque todos los indicadores apuntan a que el virus remite, incluso son cada vez más las voces que alejan un posible rebrote en otoño. Y aunque así  fuera, la COVID-19 nos va a pillar pertrechados, más preparados, con los hospitales a punto, con las mascarillas en los cajones y con las despensas llenas porque somos previsores.
Conocemos que en salud vamos a estar preparados, pero no tenemos tan claro que la situación económica se vaya a corregir al alza en la misma medida que ha descendido al purgatorio en estos tres meses. ¡Y qué importa! El verano está ahí con toda su grandiosidad, con todo el positivismo que acarrea, con días interminables, con jornadas maratonianas de terrazas, chiringuitos, arena y agua salada. Verano con mayúsculas, en el que todo es posible y hasta los buenos deseos se cumplen. Y sí, aunque no lo crean, además vamos a tener fútbol casi todos los días por televisión. El mejor síntoma, la prueba del algodón de que recuperamos nuestras vidas. Y qué mejor forma de convencernos de ello que ver uno, dos, tres o hasta cuatro partidos cada día. Los habrá. Sáciense.

La gestión del miedo

Antonio Lao | 25 de mayo de 2020 a las 18:24

La pandemia de coronavirus nos deja cada día muchas dudas y una sola certeza: vivimos en la época del miedo. Miedo a percibir que no respiramos bien y podamos estar contagiados. Miedo a salir a la calle, tocar un pomo de una puerta, llegar a casa y dejar la COVID-19 campar a sus anchas donde mora tu familia. Miedo de aquellos que rigen nuestros destinos a ser acosados y cuestionados por su gestión de la crisis y miedo de aquellos que cada día tratamos de contar lo que sucede a cuestionar el miedo, como dice el escritor Jonh Carlin. Porque es tan delgada la línea de confort en la que nos movemos que, en realidad, a poco que se desplace más allá de un grado caemos en pánico, aterrados, como si de un tsunami se tratase y sin lugar para guarecernos.
A poco que mires en derredor encuentras motivos para entrar en estado de pavor. Hemos estado confinados dos meses y los muertos han sido tantos que casi nos hemos olvidado de contar. Hemos estado encerrados y han dejado de enseñarnos las morgues comunes y el dolor de las familias para que no pensemos, para que no nos planteemos la crudeza de una enfermedad que llega, te cubre con su manto, y a jugar a la ruleta rusa con tu vida. Están tratando de inmunizarnos contra el dolor de la pérdida de miles de seres queridos sin enseñar a una sola familia, o a muy pocas, que nos cuenten su caso. También es cierto que tratamos de alejar de nosotros todo aquello que signifique pena, dolor o tristeza. Mientras estamos sanos nuestro cerebro jamás te acerca a la realidad de los hospitales, a la realidad del sufrimiento. No estamos hechos para ello y nos vacunamos, -esta si está inventada-, para sacudirnos todo lo que tenga que ver con el dolor.
Pero cuando esto pase vendrá la rabia. La rabia que ya ocupa parte de las calles de aquellos que no llegan a fin de mes. De aquellos que deben acercarse a un comedor social, con gorra y gafas de sol para soportar la vergüenza, a recoger un plato de comida para ellos y sus familias. De aquellos que, inmersos en un ERTE, contienen la respiración hasta ver que ocurre cuando esto pase. Porque esa es otra. Ya nos inoculan en vena cuánto va a caer el PIB, cómo van a ser los recortes y hasta el número de nuevos agujeros que habrá que hacer al cinturón para tratar de que los pantalones no acaben en los tobillos. Pero si al final, y después de meses de zozobra, de vidas perdidas, de trabajos acabados, nos encontramos con que el riesgo de morir de coronavirus es más bajo del que nos han grabado a sangre y fuego, este tiempo de encierro nos habrá robado el alma y una época que ya nunca podremos recuperar, inmersos como estamos en un mundo de zombis, movidos por el viento de los gobernantes, que nos llevan de un lado a otro según sople Poniente o Levante. Y mientras tanto, lo único que permanece, mal que nos pese, es el miedo.

Vivir es arriesgar

Antonio Lao | 18 de mayo de 2020 a las 19:14

Desde el lunes 11 de mayo la provincia ‘vive’ y ‘disfruta’ de la nueva normalidad. Es lo que hay. Aunque para muchos se queda muy lejos, lejísimos, de nuestra cotidianidad quebrantada en febrero. ¡Qué lejos queda! ¿Verdad?
Estamos instalados en un confinamiento impuesto y autoimpuesto. Convivimos con el miedo a la COVID-19. Se ha alojado en nosotros, penetrando hasta los tuétanos. Nos ha invadido de tantas maneras y por tantos frentes que, por más positivos que pretendamos ser, el cerebro te catapulta hacia la prudencia, la paciencia y el bajo riesgo, en la misma manera que un polluelo sale del nido, bate las alas, trata de alzar el vuelo y observando el abismo regresa a la seguridad de su refugio. Mañana será otro día, se dice.
En la misma medida que nos ofrecen los datos del día, por fortuna cada vez más alentadores, -a pesar de que doscientos muertos diarios es como un 11-M cada jornada-, nos inoculan la prudencia. Tratan por todos los medios de provocar en cada uno de nuestros cerebros un estado de vigilancia, de acecho, de alerta, que a poco que sientas algo de debilidad te arrastra la corriente del abismo, los rápidos inabordables por tu barcaza y, como los caracoles, regresas a la parrilla de salida que no es otra que el caparazón de tu casa. Ese lugar, que en los algo más se sesenta días que llevamos confinados, se ha convertido en la cueva inexpugnable, en la caja fuerte más segura de cualquier banco. Pero vivir no es eso, vivir es arriesgar. Vivir es regresar, con la sensatez necesaria, a los tiempos en los que la seguridad parecía un bien ganado para siempre y del que jamás se podía dudar.
No estaría demás que los gobiernos, los que hemos puesto nosotros y los organismos internacionales que nos suministran información, lo hiciesen sin dudas y con claridad. Porque lo único que ha dejado claro esta pandemia es que afecta mucho más a aquellos que pasan de los 70 años, lo que me  permite afirmar que ser mayor es malo para la salud. Pero dicho esto, convendría de forma paralela conocer los porcentajes de mortalidad por décadas hasta llegar a los recién nacidos, para tener un  cabo al  que agarrarse, en el caso de que tratemos de arriesgar para vivir.
Conociendo las consecuencias de nuestros actos y los riesgos reales a los que nos enfrentamos, quizá, sólo quizá, seamos capaces de situarnos en un estadio de “nueva normalidad” en el que retomemos la vida, algo tan simple con la vida. Pero ya les digo, que mientras no recuperemos las grandes concentraciones de conciertos, asistir al fútbol con normalidad y tomarnos una tapa apiñados en el bar de moda, como humanos valoraremos cada paso, cada gesto. Viviremos sí, pero alejados del desenfreno, de la pasión, de la fuerza y la adrenalina que supone el riesgo. Mientras el virus esté ahí, no lo correremos.

Respirar no es vivir

Antonio Lao | 11 de mayo de 2020 a las 19:02

TOMO prestado el título de esta columna del inglés  Alfred Tennyson, uno de los grandes poetas y dramaturgos universales y creador de una nueva expresión lírica que se conoce como “monólogo dramático”. Esta frase de uno de sus poemas, traducida al castellano, claro, viene a reflejar la sensación que, de alguna manera, a todos nos invade con lo que se ha venido en llamar ‘nueva normalidad’. Nueva normalidad para no desplazarte más allá de tu provincia y sólo si tienes una causa justificada. Nueva normalidad para salir a caminar no más lejos de un kilómetro de donde resides. Nueva normalidad para respirar a través de una mascarilla incómoda y ya no le digo si llevan gafas. Nueva normalidad cubriendo las manos con guantes de látex, que con las temperaturas que ya vivimos se convierten en una especie de plastilina lechosa, en la que el talco busca fijarse para no resbalar y lo único que se consigue es la hinchazón de los dedos, -o al menos a mi me lo parece-, reblandecidos por efecto del calor y al borde de que la carne se desprenda, como si de una pata de cerdo al horno, poco hecha, se tratase. Y nueva normalidad para evitar acudir a un bar a tomarse a unas cañas, saludarte con los codos, esquivar cualquier actitud cariñosa y tomar una cerveza quitando y poniéndote la mascarilla. Arriba y abajo como si de un lateral se tratase corriendo la banda en un partido de fútbol.
Respirar no es vivir en unos tiempos en los que se tiene miedo a perder la vida, pero no miedo a morir. Llegados a este punto quiero recordar a Albert Camus, novelista, ensayista, dramaturgo y filósofo francés, aunque nacido en Argelia, quien aseguraba que era preferible “morir de pie que de rodillas”. Y en esas estamos, buscando las fórmulas para no doblar la extremidad inferior, aunque después de algo más de dos meses de encierro, treinta mil muertos y más de doscientos mil infectados, la sensación de arrojar la toalla y dejarte llevar por el hastío y el pesimismo gana enteros en la misma medida que el calor se apodera de los días y casi de las noches en este mayo atípico que nos ha tocado vivir.
No decaigan. No se dejen llevar por el “Inguma” o genio maléfico que tan bien describe Dolores Redondo en su trilogía del Baztan. A ser posible sáquenlo de las profundidades en las que busca instalarse, lo sujetan con fuerza y lo lanzan allí donde el mismísimo Caronte, barquero de Hades, trate de recogerlo. Y como no lleva la moneda necesaria para el paso de la laguna Estigia, deba vagar cien años hasta obtener la benevolencia del timonel que los trasladaría sin cobrar.
Volveremos a la normalidad. A las playas, a los bares, a las tapas, a los conciertos, a las comidas con amigos, a los viajes, al cine… a tantas y tantas cosas que estaban ahí y que éramos incapaces de valorar, que cuando nos las arrebatan vagamos perdidos y sin destino fijo.

Optimismo o pesimismo

Antonio Lao | 4 de mayo de 2020 a las 18:38

No vivíamos en los mejores tiempos. Las cifras macroeconómicas mostraban una ralentización perceptible, un avance claro de los nacionalismos, una seria crisis de identidad europea pero, de pronto, todo se convirtió en peor. La llegada de la Covid-19 ha traído de vuelta el mundo sombrío de Dickens: “lo teníamos todo y no teníamos nada”; el “invierno de la desesperación” se impuso a la “primavera de la esperanza”.
Y así es como viven muchos  la epidemia del coronavirus, según los sondeos que cada día se van conociendo en los distintos países de nuestro entorno. Francia, por ejemplo, figura como uno de los que mira con mayor pesimismo y desconfianza la pandemia, mientras Gran Bretaña y Alemania muestran una visión más confiada y optimista de la gestión de sus respectivos gobiernos.  Franceses y españoles confían menos en su gobierno que los alemanes y británicos.  España se sitúa en una posición intermedia, aunque más cerca de Francia. Una encuesta realizada a primeros de abril por Sciencies PO, el prestigioso Instituto de Estudios Políticos de París, brinda una imagen comparativa del estado de ánimo de los ciudadanos de Francia, Alemania y Reino Unido ante la Covid-19, según recogía La Vanguardia del pasado domingo.  Y es que, a poco que oteemos nuestro alrededor, el horizonte que se dibuja es sombrío, no negro, pero tenebroso, casi de habitación del pánico. No hay, la verdad, muchos motivos para el optimismo. Al contrario. Sólo ver a Fernando Simón cada día dando “el parte” diario de la pandemia dan ganas de bajar el telón y no mirar la película. Ojos hundidos, cazadora de cremallera a la que se le ha dado mucho uso y barba de días sin arreglar, dibujan un escenario de película de miedo que mejor no mirar.
Pero ese no debe de ser el objetivo. El planteamiento debe ir más por la primavera de la esperanza de la que habla Charles Dickens que del invierno de la desesperación. A poco de que seamos capaces de recapitular, pensar con calma, ante nosotros se abre un futuro por descubrir. Un futuro diferente, desconocido, casi virgen, en el que las oportunidades llegarán en la misma medida que el oso descubre un panal de miel. Cada día que pasa es uno menos que resta para descubrir ese verano en el que el sol saldrá para todos y acabará con el negro-luto que nos ha ocupado estos dos meses. Como escribe Sabina, el coronavirus quedará en nuestra memoria colectiva como “una mala gripe que había que pasar”. Volveremos a los bares, a los restaurantes, a las playas, a los conciertos, a la reuniones interminables de amigos… a la cotidianidad que no valorábamos porque la dábamos por conquistada, pero que hoy parece el plan soñado para una larga jornada de verano, en el que la vida transcurre de forma plácida mirando las olas romper en cualquiera de nuestras playas. Sean optimistas, ya queda un día menos.