Luz de Cobre

Surfeando olas de la COVID-19

Antonio Lao | 12 de abril de 2021 a las 17:38

Cuando camino por la  mañana  o algo ejercicio a lomos de un rodillo instalado en una bicicleta de montaña con las mascarilla puesta tengo la sensación de que en muchas ocasiones me falta el aire. A medida que el ritmo crece o el porcentaje de subida se incrementa, la sensación de ahogo se multiplica de forma exponencial. Y no les digo nada si el pedaleo se ajusta al plato grande y al piñón pequeño de la “Mountain Bike”. ¿Hacia donde quiero llevarles? Al hartazgo necesario de surfear a lo largo de todo un año sobre las olas de la Covid-19. No ha sido fácil este tiempo y mucho me temo que lo que resta hasta la normalidad, si es que un día llega, va a ser aún más complejo. Pero todo sea por la salud y las consecuencias, imprevisibles, que un contagio puede acarrearte en cualquier momento.
Si usted, sí usted, es uno de esos que ha logrado hasta el día de hoy sortear la enfermedad, primero le felicito; segundo le aplaudo porque, con seguridad, ha respetado las normas casi al dedillo y tercero, le aplaudo por el estoicismo y capacidad de sufrimiento y aguante que ha tenido para llegar hasta aquí. Si ha sido capaz de nadar durante casi 400 días en dirección a la playa, no lo fastidie con un descuido o un error de confianza y al final se quede en la orilla sin percibir en sus pies el placer de pisar la arena. Todos, creo que sin excepción, hemos hecho a lo largo de este tiempo un ejercicio de compresión y análisis sobre los riesgos que conlleva, -les expongo un par de casos-, tomar unas cervezas en un local cerrado o llevar la mascarilla en el cuello o en la mano, como elemento decorativo, cuando en el círculo en que te mueves se han añadido conocidos, y hasta amigos, pero no habituales. Y es que como bien dice el escritor Jonh Carlin, “riesgo” debería ser reconocida como la palabra del año. Como somos tan aficionados a dejar constancia de lo nuevo de lo no habitual, no me dirán ustedes que a lo largo de este tiempo no hemos evaluado los riesgos que corremos si desescalamos con más celeridad de la debida. Los riesgos, más que evidentes, si nos sumamos al desenfreno y a la fiesta en locales cerrados; el riesgo a brotes innecesarios; el riesgo al desempleo; el riesgo a tener accidentes y así hasta el infinito y más allá.
La conclusión, si es que podemos llegar a alguna so pena de equivocarnos y rectificar a los cinco minutos en los tiempos que nos ha tocado vivir, es que los gobiernos, casi todos, han priorizado a toda costa que no se extienda el virus. Entre otras razones porque la suma de casos aumenta la presión en hospitales y UCIs y todo queda desprotegido. Pero aún así, y siendo conscientes de ello, mantenemos el riesgo y buscamos encima de la ‘tabla de surf’ la nueva ola, que se nos acerca, cuando la inmunidad de grupo está a la vuelta de la esquina. Piensen antes de cometer una insensatez. Pueden quedarse varados en la orilla.

Lo que Ábalos nos dejó

Antonio Lao | 5 de abril de 2021 a las 18:02

Hace exactamente un mes en este mismo espacio, escribía sobre el AVE con Murcia y como lo ve un optimista, un pesimista y un equilibrado. Cada uno con sus percepciones y atendiendo a la realidad, siempre tozuda, que los distintos gobiernos, -da igual el color- han tenido con esta provincia y sus infraestructuras. Después de la visita del ministro de Fomento, José Luis Ábalos, tenemos algunos argumentos más, nuevos datos y conceptos que me permiten analizar desde otros puntos de vista el futuro de la infraestructura. A fuerza de errar en alguna opinión -les ruego me disculpen por ello- tengo claro que el ministro vino a Almería porque la presión de todos los que aquí vivimos, entre los que me incluyo, se les hacía insoportable. No para él, que está en otros asuntos y en un escalón superior, sino para aquellos que representan al Gobierno y al partido que lo sostiene en la provincia.
Después de analizar cada una de sus palabras he de reconocer que fue valiente. A su manera, pero valiente. No tenía opciones. Haber insistido aquí, que mantenían la fecha de 2023 para la llegada del AVE a la capital, como hasta hace unos días sostenían sus correligionarios, hubiera sido un duro golpe de credibilidad que no estaban dispuestos a soportar y temerario.
Bien. Dicho esto, todo lo que nos encontramos a posteriori fue un discurso aprendido de memoria, estudiado con minuciosidad y tirar de argumentario. Si más. No encuentro ni un solo motivo para ser optimista con respecto a la principal infraestructura que esta tierra  tiene pendiente y que los sucesivos gobiernos han metido y sacado una y otra vez en el cajón, según les convenía. Les digo hoy, y estamos a cuatro o cinco años de que la promesa se cumpla -nueva fecha puesta por el señor Ábalos para que los AVE surquen territorio indálico- que lo afirmado ese jueves fue lo que de forma coloquial se conoce como una “patá p’alante”. A poco que desmenucemos el estado de las obras y grado de ejecución de los distintos tramos, llegamos a la conclusión de que, una vez más, es imposible cumplir con la palabra dada.
Es lo que hay y nos aferramos a ello, a sabiendas de que el papel lo aguanta todo y no digamos las palabras, que se las lleva el viento, ya sople de levante o poniente, lo mismo da que lo mismo tiene, porque el resultado es el mismo. Cualquiera sabe donde estará el señor Ábalos en el año 2025 o 2026 como para que le importe lo que afirmó un buen día de fin de invierno en Almería allá por 2021. Y si no que le pregunten a sus antecesores recientes, empezando por Álvarez Cascos, Magdalena Álvarez, Ana Pastor o Íñigo de la Serna. Pocos se acuerdan de ellos. Tan sólo quedan las hemerotecas y las grabaciones de televisión y radio para dar pública fe de cuánto se puede mentir ejerciendo la política y como juegan con la ilusión de los demás y el dinero de los españoles.

La dignidad de las hortalizas y de quienes las cultivan

Antonio Lao | 5 de abril de 2021 a las 17:59

Dignificar las viviendas de los inmigrantes que trabajan en las explotaciones agrícolas de la provincia (Poniente, Levante y Costa de Níjar) es un reto de ingentes proporciones, que esta tierra debe situar entre sus principales prioridades. Es urgente acabar con asentamientos y con imágenes que no deseamos ver, pero que están ahí y que no nos dejan en el mejor de los escenarios posibles. Ha llegado el momento de afrontar, con los instrumentos necesarios y con el compromisos de todas las partes en liza, la viabilidad de la edificación y funcionamiento de dotaciones habitacionales, viviendas, dirigidas a trabajadores inmigrantes en las explotaciones agrícolas bajo plástico.
Los intentos, desde los tristemente famosos sucesos de El Ejido, han sido muchos y variados. El camino andado es importante, a pesar de que el trayecto por recorrer aún es largo, tedioso y jalonado de clavos y espinas.  Pero lo que trasciende, lo que hace en esta ocasión que exista una posibilidad real de lograrlo es la voluntad de las partes y la vigilancia que desde Europa ya se ejerce sobre el modo de vida de aquellos que cultivan los productos, las hortalizas, que cada día consumen en los supermercados del viejo continente.
Esta cuestión no es bal

adí. La competencia es mayor cada día y si no somos capaces de salir airosos de este maremoto, la ola que produce nos arrastrará a todos. Lo que está en peligro es el modelo Almería y su supervivencia. No temo que fracasemos. Al contrario. Al igual que logramos en un año acabar con los residuos fitosanitarios y avanzar en la senda de lo ecológico y lo natural para erradicar  las plagas, avanzaremos con la celeridad necesaria es buscar alternativas para que aquellos que colaboran de forma sustancial en que Almería sea la huerta de Europa, vivan en las mejores condiciones. La apuesta, liderada por Níjar, creo que debe ser atendida por quienes tienen en sus manos voltear la imagen que proyectamos. Se aplicó y se aplica con éxito en Francia en la vendimia. Se ejerce ya con notable aceptación en la recogida de la fresa en Huelva y debe ser una realidad en Almería más pronto que tarde. Son los empresarios, con la colaboración de las administraciones, los que deben poner las bases de un futuro que se me antoja más humano, más digno y más decente. Y a dignidad no nos gana nadie.
La primera piedra que acaba de poner el Ayuntamiento de Níjar abre un camino de buenas e infinitas posibilidades. No subirse al carro de la dignidad de nuestros productos en Europa es un riesgo que, en ningún caso, debe pasarse por la cabeza de quienes tienen en su poder la posibilidad de cambiar la imagen de nuestros cultivos. Dejar todo a su suerte o en el cajón de los incumplimientos conllevará que muchas empresas no puedan vender en Europa y en sus supermercados más pronto que tarde. Ese es el reto. Hagámoslo realidad.

El control del agua

Antonio Lao | 22 de marzo de 2021 a las 18:36

Hoy es el Día Mundial del Agua. Una efeméride con mucho sentido a nivel global -cada vez existen mayores problemas para abastecer el planeta- y con un significado especial en la provincia de Almería. El control del agua, su uso, distribución y consumo, se ha convertido en el eje sobre el que gira el poder, en casi todos los sentidos en esta tierra nuestra. Quien tiene la llave de paso, esa que se abre o se cierra según necesidades, lleva ventaja con respecto al resto en el ejercicio del dominio de un bien común y su reparto.
Y es que como dice el proverbio inglés “no se aprecia el valor del agua hasta que se seca el pozo”. Una invitación clara a reflexionar sobre el consumo, el ahorro y su cuidado y a no dar por sentado ningún recurso natural.
Y aquí, en la provincia, sabemos muy bien de qué estamos hablando. Con la caída en picado de los índices de pluviometría, ya escasos y ahora acentuados con el cambio climático, una tierra como la nuestra debería, o al menos intentarlo, avanzar en un pacto global que concluya con la garantía de flujos necesarios tanto para abastecimiento como para regadío.
Lo que hoy somos, una tierra de prosperidad y crecimiento, ha sido posible gracias a la explotación, cada vez más razonable y coherente, de unos recursos escasos y con fecha de caducidad. Pese al trabajo, arduo, complejo, certero en muchas ocasiones y con algunos errores evitables, lo cierto es que hemos sabido aprovechar, o tratado, cada gota para alcanzar el máximo rendimiento posible.
La provincia es pionera en muchas cosas, pero con seguridad una de ellas, sino la primera, ha sido la búsqueda de soluciones novedosas a un déficit hídrico permanente con el que nos hemos acostumbrado a convivir.
Pero se hace necesario ir un paso más allá. No basta con los acuíferos, sobre explotados, los trasvases, -alcanzados a base de esfuerzo, presión y lógica- y la desalación. Ha llegado el momento de avanzar en la búsqueda de nuevos retos, que pasan no por un mayor consumo, sino por optimizar lo que tenemos, con nuevas redes, tanto de abastecimiento como de riego, en las que las pérdidas sean intrascendentes. Para progresar en este objetivo no vale avanzar en el mercadeo o en la consecución de dinero fácil venido de un bien necesario e imprescindible.
La apuesta pasa por dejar trabajar a aquellos que conocen las necesidades, los problemas y la forma de solucionarlos. El paracaidismo y el control por parte de los advenedizos debe ser cortado de raíz. Evitado con la fuerza de la lógica, de planteamientos útiles y con el acuerdo de quienes cada día son capaces de rentabilizar una gota de agua como si de una pepita de oro se tratase. Otros planteamientos avanzan en guerras del agua, que ya les digo, pueden ser dolorosas y crueles.

AVE Almería: el optimista, el pesimista y el equilibrado

Antonio Lao | 15 de marzo de 2021 a las 20:07

No salgo de mi asombro. Leo una nota del diputado socialista por Almería Indalecio Gutiérrez, con toda la pompa, el boato y la propaganda necesaria -sólo le faltó tirar cohetes, un castillo de fuegos artificiales y hacer una escapada a Alhabia o a comprar pan en el entorno de El Alquián- en la que se felicitaba porque el Boletín Oficial del Estado (BOE) recogía que el Gobierno había publicado el estudio informativo del soterramiento en la ciudad murciana de Lorca, único gran tema a resolver para el avance de la línea.
Si uno quiere ser optimista, pero de esos que pase lo que pase mantienen la sonrisa, la esperanza y la ilusión, como muy, muy pronto, estamos hablando de un lustro para que la obra estuviera terminada. Eso en el mejor de los casos. Entonces, y sólo entonces, el tren de velocidad alta podría cruzar hasta Almería y seguir rumbo a la estación de la capital.
Luego estaría el pesimista, aquel que viendo el ejercicio de propaganda, abre los ojos, pestañea dos o tres veces, enseña una pequeña mueca, una mezcla entre escepticismo, enfado y pasotismo, no sigue leyendo y piensa: “ya están estos con un intento más de convencer a incautos de que las obras, esas que esperamos como agua de mayo, obras de las de verdad, con movimientos de tierra de los de verdad, con puentes y túneles de los de verdad, avanzaran al ritmo, por ejemplo, como en su día lo hicieron las del AVE con Málaga,  cuando la ministra de Fomento era Magdalena Álvarez”. Pero no, va a ser que no. No pasamos de un papel lanzado a los medios y a las redes, a la caza de incautos que aún ven la botella medio llena, como el ciudadano por el que hemos comenzado. El derrotista, harto de que lo  engañen desde los inicios del siglo XXI, cierra la página del periódico donde lo ha leído y con ella envuelve las tripas del pescado que acaba de limpiar y la tira a la basura, para que huela lo menos posible antes de llevarla al contenedor.
Y luego está el equilibrado, aquel que sólo cree en lo que ve. Y lo que percibe en estos tiempos de zozobra que a todos nos torturan en mayor o menor medida, es que hay, como no podía ser de otra manera, interés por parte del Gobierno en avanzar en los trabajos del AVE entre Murcia y Almería. Pero la realidad, siempre tozuda, es que pese a unos presupuestos millonarios que nos vendieron y se aprobaron, todo requiere su tiempo. Y no están las arcas para avanzar en una comunicación largamente demandada, demasiadas ocasiones paralizada y casi siempre “metida” con   calzador en un zapato que va pequeño para ese pie. No nos engañemos. La verdad es terca como una mula y pasa porque hoy por hoy, por más que nos rasguemos las vestiduras, el tren de velocidad alta no llegará a Almería en 2023 y mucho me temo que tampoco en la década que estamos. Pensar otra cosa es un brindis al sol.

De olas, turistas y banderas

Antonio Lao | 8 de marzo de 2021 a las 20:12

Con los datos en la mano, la tercera ola se puede dar por amortizada. La tasa de incidencia baja de 200. Las cepas británica, brasileña y sudafricana parece que son controlables y el número de inmunizados crece en la medida que las vacunas llegan y nuevas farmacéuticas se suben al carro de la producción. Hasta aquí todo parece un idilio después de un año de luto, muerte y desesperación.
Pero no se engañen. El virus sigue ahí, acechando, como el lince a un conejo. El más mínimo error cuesta un contagio y si se producen en cadena…los contagios se disparan. Con la mirada puesta en la Semana Santa vuelve la cantinela cansina de la reapertura, de la libertad, de acabar con los cierres perimetrales y toda esta sarta de propuestas que miran a la economía y al bolsillo, pero no a la salud.
Comprendo que los bolsillos se vacían en la medida que los gastos continúan y los ingresos no acaban de llegar. Pero si me dan a elegir, no hay duda de que opto por la salud, por la prudencia y por la paciencia. Quien ha esperado y sufrido un año puede hacerlo tres meses más. La meta está cerca y también una cuarta ola. No la fastidiemos.
Es cierto que echamos de menos los turistas, el bullicio, nuestra forma de vida tantas veces denostada en los últimos años y ahora tan lejana en el tiempo y de tan gratos recuerdos. Seamos realistas y optemos por la calma, por el autocontrol, por la respiración comedida y sin excesos. En Europa están deseosos de que la inmunización alcance a gran parte del rebaño para venir en masa a buscar el sol, la playa, los chiringuitos, la diversión, la primavera-verano que rompe antes nosotros y que nos abre los brazos para que caminemos a su encuentro.
Pero no nos engañemos. Para este idilio aún falta un tiempo. Los meses necesarios que aseguren que los contagios y las muertes serán controlados. Que los hospitales nos puedan atender sin estrés y, a ser posible no pisarlos. Evitemos más dolor.
En medio de esta tesitura, quizá la única que nos debiera ocupar todo nuestro tiempo, aún hay quienes elegidos por los ciudadanos para que solventen , o traten, de hacernos la vida más fácil, se dedican a sus cosas, a las que sólo a ellos les interesan. Porque no me negaran que tener que aguantar en el Parlamento de Andalucía como los no adscritos, llenan las dependencias que ocupan, que pagamos todos, como a ellos, de banderas y pósters reivindicativos, me parte el alma por usar un término benévolo. Tenemos tantos problemas por resolver que nos acogotan, que nos dejan sin resuello, y llegan aquellos a los que hemos elegido y se dedican a “jugar” a sus cosas, sin importarles un rábano que en la calle la gente lo está pasando mal, que la colas del hambre están ahí y que esto, pese a la buena pinta que parece que tiene, aún no ha terminado.CON los datos en la mano, la tercera ola se puede dar por amortizada. La tasa de incidencia baja de 200. Las cepas británica, brasileña y sudafricana parece que son controlables y el número de inmunizados crece en la medida que las vacunas llegan y nuevas farmacéuticas se suben al carro de la producción. Hasta aquí todo parece un idilio después de un año de luto, muerte y desesperación.
Pero no se engañen. El virus sigue ahí, acechando, como el lince a un conejo. El más mínimo error cuesta un contagio y si se producen en cadena…los contagios se disparan. Con la mirada puesta en la Semana Santa vuelve la cantinela cansina de la reapertura, de la libertad, de acabar con los cierres perimetrales y toda esta sarta de propuestas que miran a la economía y al bolsillo, pero no a la salud.
Comprendo que los bolsillos se vacían en la medida que los gastos continúan y los ingresos no acaban de llegar. Pero si me dan a elegir, no hay duda de que opto por la salud, por la prudencia y por la paciencia. Quien ha esperado y sufrido un año puede hacerlo tres meses más. La meta está cerca y también una cuarta ola. No la fastidiemos.
Es cierto que echamos de menos los turistas, el bullicio, nuestra forma de vida tantas veces denostada en los últimos años y ahora tan lejana en el tiempo y de tan gratos recuerdos. Seamos realistas y optemos por la calma, por el autocontrol, por la respiración comedida y sin excesos. En Europa están deseosos de que la inmunización alcance a gran parte del rebaño para venir en masa a buscar el sol, la playa, los chiringuitos, la diversión, la primavera-verano que rompe antes nosotros y que nos abre los brazos para que caminemos a su encuentro.
Pero no nos engañemos. Para este idilio aún falta un tiempo. Los meses necesarios que aseguren que los contagios y las muertes serán controlados. Que los hospitales nos puedan atender sin estrés y, a ser posible no pisarlos. Evitemos más dolor.
En medio de esta tesitura, quizá la única que nos debiera ocupar todo nuestro tiempo, aún hay quienes elegidos por los ciudadanos para que solventen , o traten, de hacernos la vida más fácil, se dedican a sus cosas, a las que sólo a ellos les interesan. Porque no me negaran que tener que aguantar en el Parlamento de Andalucía como los no adscritos, llenan las dependencias que ocupan, que pagamos todos, como a ellos, de banderas y pósters reivindicativos, me parte el alma por usar un término benévolo. Tenemos tantos problemas por resolver que nos acogotan, que nos dejan sin resuello, y llegan aquellos a los que hemos elegido y se dedican a “jugar” a sus cosas, sin importarles un rábano que en la calle la gente lo está pasando mal, que la colas del hambre están ahí y que esto, pese a la buena pinta que parece que tiene, aún no ha terminado.

La vacuna lo ocupa todo

Antonio Lao | 2 de marzo de 2021 a las 18:33

Desde marzo de 2020 a hoy el mundo que conocíamos se diluyó. Tantas cosas han cambiado que si decido enumerarlas una a una es muy posible que llegue al final de este artículo y sólo haya comenzado. Voy a centrarme en dos, quizá tres, para tratar de avanzar en este periodo que nos ha tocado vivir y que no ha hecho nada más que comenzar, como si de una ‘era’ se tratase.
Este tiempo ha sido el de la esperanza. La esperanza en una vacuna salvadora que ayudara a devolver la normalidad perdida, con los menores costes posibles en términos de salud, de economía y de equilibrio entre los humanos.

Este año la frase más repetida, ya sea hablada o escrita, ha sido “… hasta que llegue la vacuna”. Pues bien, la tenemos con nosotros y el número de inmunizados se acrecienta de forma exponencial cada semana. Cuando usted esté leyendo esto ya serán cuatro millones las dosis que han llegado a este país y las inyectadas se aproximarán al 80%. La población que ha recibido las dos dosis se acerca al 4% y los primeros resultados, esperanzadores, los oteamos en el horizonte de las residencias y en los mayores de ochenta años. Como en su momento los seguidores de Juan el Bautista, nos concentramos y arremolinamos en torno a la solución milagrosa, al “Bálsamo de Fierabrás”, capaz de acabar de un plumazo con las mascarillas, los geles hidratantes, la distancia social y, lo que considero casi vital, las enfermedades mentales derivadas de una vida constreñida, triste, cortada, rota y partida en pequeños pedazos, como si la figura de porcelana de caolín, la más cara del mundo, se nos hubiera escapado de entre las manos y agachados, con cara de circunstancias, miremos los trozos con la esperanza de devolverlos a su estado original.

 

Pero seamos sensatos. Sabedores de que las vacunas son eficaces y eficientes, pese a las nuevas cepas del virus que amenazan con volver a vestir de negro una sociedad que vuelve a tornarse, si no de color de rosa, si amarillo turquesa, tomemos la distancia necesaria, adquiramos el compromiso firme de mantener las precauciones necesarias y retomemos la normalidad en la medida en que no ya solo no nos hagamos daño a nosotros, si no a quienes nos rodean. Tres olas han debido ser suficientes para tomar conciencia, como posiblemente no habíamos hecho desde la guerra civil, de lo frágil que es la vida. De repente lo que podía ser una reflexión de filósofos  se ha convertido en una sensación de peligro inmediato. La calavera y los dos huesos cruzados, esos que aparecen en los postes del tendido eléctrico, nos mantienen alerta, en permanente tensión, no ya del coronavirus, sino de cualquier otra enfermedad que provoca la muerte. Vamos, lo que Chakespeare llamaba “los miles de padecimientos de que son herederos nuestros míseros cuerpos”. O como diría mi abuela, ese pequeño “dolorcillo que te lleva a la tumba”.

Entre ‘papá’ y ‘mamá’

Antonio Lao | 22 de febrero de 2021 a las 18:47

El confinamiento y las medidas restrictivas, las que nos han impuesto y las que nos hemos impuesto a lo largo de este año, han sido como una especie de regreso a la niñez. El ‘autoritarismo’ del Gobierno Central con el Estado de Alarma y el ‘autoritarismo’ del Gobierno de la Comunidad Autónoma, con las medidas de prevención, cierres perimetrales y el cerrojo de los bares y comercios, han sido una especie de ‘papá’ y ‘mamá’ de nuestra infancia, en la que la normalidad, no la nueva, era cumplir las normas previamente establecidas, para desarrollar una más que estimable convivencia sin sobresaltos.
Pero claro, en esto como en el caso de los ‘papás’ y las ‘mamás’ los/as hay para todos los gustos y colores. Mientras en Australia o en China, por poner dos ejemplos de rigurosidad, cuando surge un brote las medidas se sitúan en el extremo más estricto o estrecho, en países como Estados Unidos o la propia España, nos empeñamos en jugar a la goma, con el tira y afloja permanente.  Un tira y afloja que sólo conduce a abandonar una ola para esperar la siguiente. Nos hemos acostumbrado a las cifras, los casos, la letalidad y el luto, en la misma medida que crece la afición a las fiestas sin medidas de control para mayor pompa, boato y circunstancias de un virus que nos acecha en cada aspiración de aire para maniatarnos y, si puede, no permitir que escapemos de sus garras.
En general todos, o casi todos, hemos sido admirablemente dóciles, disciplinados y cumplidores. El miedo nos ha atenazado en la medida en que en los círculos que nos movemos conocemos que alguno de nuestros seres queridos ha sido contagiado y no hemos podido ni asistir ni a a su entierro. Pero como les decía, seguimos en manos de aquellos que han convertido la pandemia en una ruleta rusa o en una baraja de cartas marcadas, en la que a poco que te descuidas compras todos los boletos de la rifa de Hades, en el que el premio es la muerte.
Pues aún así, seguimos empeñados en desafiarla, con juegos diabólicos que van desde desprenderte de la mascarilla a la primera oportunidad que tienes, romper los protocolos de higienización o saltar al clímax del despiporre cuando te invitan a una fiesta. Acudes, ingieres un par de copas y, a partir de ahí, lo único que importa es el amor que profesas por quienes te rodean y lo manifiestas, claro con besos, abrazos y arrumacos. Todos esos que has evitado dar a lo largo de un año, pero que hoy has decidido recuperar de golpe.
Menos mal que aún tenemos el refugio de los supermercados. Son ellos los que ejercen de papá y mamá a la vez. Son ellos los que responden a cada una de las preguntas que te puedas plantear. Imponen las reglas estrictas de la infancia y las cumples sí o sí. En caso contrario tienes claro a lo que te arriesgas. No cruzas el umbral, no llegas a las estantería y… no comes.

Razones para el optimismo

Antonio Lao | 15 de febrero de 2021 a las 19:47

Para cambiar un poco de registro he decidido la última semana dejar encima de la mesilla “Línea de fuego”, la última novela de Pérez Reverte (me empieza a agotar tanta tristeza, tanto dolor, tanto sufrimiento…) y he retomado la lectura de La Peste. Para quien no la conozca, les recuerdo que es una novela del escritor francés Albert Camus. Publicada en  junio de 1947, cuenta la historia de unos doctores que descubren el sentido de la solidaridad en su labor humanitaria en la ciudad argelina de Orán, mientras esta es azotada por una epidemia de peste. Los personajes del libro, en un amplio abanico que va desde médicos a turistas o fugitivos, contribuyen a mostrar los efectos que una plaga puede tener en una determinada población.
Se cree que la obra está basada en la epidemia de cólera que sufrió la misma ciudad de Orán durante 1849 tras la colonización francesa, a pesar de estar ambientada en el siglo XX. La población de Orán había sido diezmada por varias epidemias repetidas veces antes de publicar Camus la novela.
Considerada por la crítica como obra fundamental de la literatura del siglo XX, es tenida como un clásico del existencialismo, a pesar del rechazo de Camus a esta etiqueta. Digo esto, porque inmerso en sus páginas de nuevo descubro que no estamos tan mal, a pesar de como nos está golpeando la tercera ola, y las que vendrán, de la pandemia. Es muy probable que el pesimismo que se ha instalado entre nosotros sea producto de los propios medios de comunicación. Unos medios, entre los que me incluyo, que sólo vendemos lo negativo de lo que ocurre a  nuestro alrededor y rara vez sí, digo rara vez, destacamos lo positivo, que es mucho de cuanto nos rodea. Pero somos conscientes que si queremos lectores o clics en las webs no los vamos a encontrar en narrar las bondades de cuanto nos rodea. Eso es lo común, lo habitual. Si pretendemos despertar el interés, por ejemplo de usted que me está leyendo en este momento, hay que sazonar el menú con condimentos desgarradores, sorprendentes y con una pizca de atrevimiento. Lo contrario nos conduce al suicidio informativo.
Pero no me resisto a pensar que hay razones sobradas para el optimismo. A pesar de las cepas británica, brasileña o sudafricana, los casos de COVID-19 comienzan a bajar. La tasa de incidencia recuperar cierta “normalidad” y provoca la descompresión de los hospitales. Y, por si fuera poco, las vacunas van llegando, con cierta cadencia, hasta el punto de que nos hemos olvidado de cuántas se ponen, quiénes se las ponen y el personal que lo hace. Temo haberles aburrido al final. Entendería que no hayan llegado hasta aquí porque hace dos párrafos que dejé de hacer “sangre”.Pero es lo que hay: un humano castigado por un año de sufrimiento, pero aún capaz de ver lo bueno de lo que nos rodea.

El valor de una vida

Antonio Lao | 8 de febrero de 2021 a las 19:09

Cuando usted lea este artículo la provincia de Almería se acercará a los 500 muertos por la pandemia. Una cifra fría como las placas de hielo que Filomena dejaba hace unas semanas en las carreteras de este país, pero que arde como las llamas de un incendio en los corazones de todos y cada uno de los familiares que han perdido a un ser querido en este año maldito de pandemia que nos ha tocado vivir.
Mientras el luto de aquellos afectados por el dolor rompe la monotonía silenciosa de la tristeza, los datos vuelven a golpear un día sí y otro también en las ya doloridas almas de quienes soportamos de forma estoica la tensión de la goma en forma de datos o de ola, a la espera de que las vacunas, -no tengo preferencia por ninguna de las aprobadas-, sea capaz de sosegar el trasiego mundano de nuestras almas.
Y es que tirito sólo de pensar lo fácil que ha sido para todos, sin excepción, acostumbrarnos al goteo diario de muertes y como somos capaces de seguir viviendo, sin darle más importancia que la de mirar la cifra, tragar saliva, y seguir con la rutina como si no fuera con nosotros.
¿Cuál es el valor de una vida? Acaso cuando hablamos del bien más preciado del ser humano también hay clases o clasismo. Trago mis miedos y mis bilis cuando escucho en cualquier tertulia, como para tranquilizar nuestras conciencias, que la mayor parte de los fallecidos tienen edad avanzada o numerosas patologías. No quiero ni pretendo ponerme en la piel de aquellos sanitarios que cada día deben enfrentarse a situaciones de este tipo y son incapaces de hacer frente a tanto dolor y rabia contenida, al ver que los pacientes se les van entre las manos. Es más que probable que hayamos perdido cualquier atisbo de sensibilidad. Los nuevos tiempos es posible que hayan acabado con ciertas reglas no establecidas, en las que el corazón y el alma estaban por encima de cualquier otro sentimiento materialista. Pero el intento permanente por ocultarnos aquello que no queremos ver ha acabado por vacunarnos, y no de coronavirus, sino de las emociones.
Visto así puedo llegar a entender lo que afirmaba hace unos días un juez retirado del Tribunal Supremo Británico, Lord Sumption, que apostaba en un debate de la BCC por aislar y darles todas las atenciones posibles a los más vulnerables de esta pandemia, los mayores, y dejar que los demás hagan una vida lo más normal posible. Entendía este juez retirado que los jóvenes están pagando un precio excesivamente alto en esta pandemia. Pero lo que hizo saltar las alarmas fue lo que dijo a continuación: “Todas las vidas no tienen el mismo valor. Cuanto más mayor eres, menos valiosa es la tuya porque menos de ella te queda”. Y la pregunta que les dejo sería. ¿Quiénes somos nosotros para poner precia a la vida de cada cual? Reflexionen, por favor.

Al borde de la locura

Antonio Lao | 1 de febrero de 2021 a las 19:30

El martes por la mañana me disponía a desayunar con la tranquilidad que el teléfono te permite en estos días de zozobra, nervios y miedo que la pandemia nos dibuja. No había dado el primer bocado a la tostada cuando recibí un mensaje de un amigo de la política -siempre he creído que en este mundo la amistad es difícil, compleja y de corto recorrido-, porque a la más mínima crítica todo tiende a darse la vuelta. Quizá lo correcto sería entonces hablar de conocido. El caso es que se me avanzaba una trama que, llegado el momento, podría convertirse en uno de los casos mediáticos del año, en los que las dimisiones se sucederían en cascada a no tardar.
Siempre que una situación de estas características se produce buscas en el mundo paralelo al que te llega la oportunidad de confirmar, de testar lo que te juran y perjuran que sucede. Valoras, claro está, la oportunidad de que tu medio se apunte la primicia, con lo que ello supone en este mundo competitivo que nos ha tocado vivir. El caso es que rastreas, tratas de husmear en la medida de lo posible, confirmar extremos, atar cabos y al poco el castillo de naipes que han tratado de poner frente a tus narices se desmorona. No hay nada. Es una fake news más de las que las inundan las redes y que mi amigo-conocido ha comprado desde la primera hasta la última letra, sin pensar más allá de que varios grupos de wasaps lo comentan y comparten convencidos de la realidad paralela que se ha dibujado en torno a sus maleables cerebros, fáciles de convencer y engañar. La situación no es nueva. Después de la toma del Capitolio por los seguidores de Donald Trump, y esto son palabras mayores, hubo miles de ciudadanos de ese país que creían, al calor de las redes, que Joe Biden no llegaría a jurar el cargo como presidente de Estados Unidos. Un golpe militar se encargaría de mantener en la Casa Blanca al ‘rey de las fake’ en los últimos cuatro años, que no ha sido otro que extinto populista. Tal ha sido la ingente cantidad de mentiras que trató de inocularnos durante su mandado, que uno de los periódicos más serios y con mayor prestigio de Estados Unidos, como es el New York Times, logró encadenar en un magnífico reportaje una a una todas las mentiras que el ya expresidente ha dicho en todo este tiempo. La última, al pie de la escalerilla que lo llevaba a Miami tras abandonar la Casa Blanca, cuando afirmó que su mujer había sido una de las primeras damas más querida y con mayor popularidad. Nada más lejos de la realidad. ¿Que pretendo poniendo sobre la mesa estos dos casos? El serio riesgo al que nos exponemos como sociedad si no somos capaces de beber en fuentes fiables y creíbles y, sobre todo, en la necesidad de ser capaces de denunciar y no creer aquellos bulos que buscan convertirnos en un rebaño adocenado, fácil de manejar y dispuestos siempre a acudir a la llamada del pastor, y más si este es un  mentiroso.

Vivir es urgente

Antonio Lao | 25 de enero de 2021 a las 19:43

Línea de Fuego es la última novela de Arturo Pérez Reverte.  En ella el escritor  nacido en Cartagena nos aproxima la parte humana de la Guerra Civil española. Un conflicto seguramente olvidado por las generaciones actuales, en especial por aquellos que tratan de emponzoñar de manera “partidista y miserable” muchos de los discursos que nos inundan y nos ahogan en la actualidad. La intención del autor de Alatriste o  Falcó es que cuando el lector lleve “cien páginas leídas no le importe a qué bando pertenecían los personajes de su novela, todos ellos jóvenes en el frente, que perdieron la guerra, independientemente del lado en el que estuvieran”. Porque, recuerda, fue común a ambos bandos la facilidad con la que echaban la carne al matadero. La batalla del Ebro, de hecho, ocurrida en julio de 1938, es la más emblemática y la más sangrienta, con 20.000 muertos, del “choque de carneros” que fue la Guerra Civil española.
Por oscuro que pueda ser este episodio, que lo es, al leer la novela no he podido evitar hacer una traslación con la situación que estamos viviendo con la pandemia de coronavirus y cómo la sociedad española y quienes nos gobiernan la estamos llevando en el día a día.
Vivir es urgente y aquellos que dictan las leyes, las órdenes y los decretos, se han enzarzado en una maraña de compromisos, declaraciones, mentiras, medias verdades y falsedades de las que ya no pueden escapar. La tela de araña tejida en torno a la muerte, al luto y a la indecencia supera cualquier camino que nos lleve a la normalidad.  Recuperar la coherencia o el criterio ya es un episodio imposible y un capítulo por escribir. Tanta inmundicia en pos de un rédito electoral cercano hace complejo cocinar un menú degustación en el que los comensales, los ciudadanos, se levanten de la mesa con la sonrisa puesta y con una generosa propina en el platillo de la cuenta del camarero.
Tengo la desagradable sensación de que nadie, o casi nadie, está por la labor de coordinar una respuesta común, establecer un mínimo de prioridades y discurrir por la senda de una batalla mucho más dura y cruenta que la del Ebro. Si aquella, costó miles y miles de vidas, la que libramos en este ya casi año contra el coronavirus, se acerca a pasos agigantados a los cien mil (cifras no oficiales, claro). Es tanta la urgencia en vivir, en recuperar la normalidad y siento tan lejano el quórum necesario para afrontar con garantías de éxito la lucha contra un enemigo  invisible, que no me atrevo a pronosticar el fin. Tan sólo taponamos la herida cuando sangra y ponemos el parche para que la vía de agua no hunda el barco, pero el avance es tan paupérrimo y negruzco que bajar los brazos es más que una opción. “Es lo malo de estas guerras. Que oyes al enemigo llamar a su madre en el mismo idioma que tú”, como recoge Reverte en la contra de su novela.

Tercera ola de coronavirus. No aprendemos

Antonio Lao | 18 de enero de 2021 a las 19:10

Entre los propósitos de Año Nuevo, y también los de diciembre, quizá debiera haber estado aprender responsabilidad. Atrás deben quedar aquellos tradicionales que perduran en nosotros un suspiro y que en menos que canta un gallo se diluyen en el limbo de los incumplimientos. Que si ir al gimnasio; que si comer más sano; que si perder peso; que si dejar un buen vino sólo para ocasiones especiales y no para casi todos los días… ¡Qué pereza! Consciente de que la mayoría, por no decir todos los voy a incumplir, convendría avanzar en criterio, en cordura y en sensatez y sólo conjugar frases en las que la cualidad de la responsabilidad perdure y se manifieste sobre cualquier otro argumento que me azuce a romper el pacto conmigo mismo.
Y es que en diez meses de pandemia hemos pasado del confinamiento a la nueva normalidad. De la primera a la segunda ola y, sin apenas solución de continuidad, ya nos envuelve la tercera. La causa, por más vueltas que pretendamos objetar, no es otra que nuestra falta de responsabilidad. Una cualidad inherente, o no, a los seres humanos y que en la situación de pandemia en la que nos encontramos brilla por su ausencia. Me cansa sobremanera escuchar cada día bobada tras bobada sobre la culpabilidad que tienen quienes nos gobiernan en la situación que soportamos. Me aburre la falta de argumentos o la multitud de ellos que esgrimen quienes no son capaces de avanzar más allá de sus propias narices, aunque las tengan como Pinocho, y no sean aptos de ir más allá de ver la mota en el ojo ajeno y no la viga en el propio.
Me apena como ser humano, que cada vez que somos capaces de tener controlado el virus, con enorme esfuerzo y restricciones, desde las administraciones se abra la mano para que la economía respire y como borregos vayamos en manada en busca del despiporre, creyendo -desconozco con qué razones- que el virus ha pasado y la normalidad se extiende allende los mares. Falso. Todo falso. No alcanzo a comprender que tropecemos una y otra vez en la misma piedra, sin solución de continuidad.

Caminamos entre bofetadas, entre cuchillas afiladas en forma de virus, a la espera de que una de ellas te de el zarpazo en forma de contagio para lograr un aprendizaje rápido, sin necesidad de acudir a la mejor academia. Lo triste y preocupante no es como la necedad se apodera de nosotros y es capaz de adueñarse y marcar el camino sino que, producto de esa ilógica de la que hacemos gala con terquedad, bobería y obstinación, lo único, o casi, que deja traslucir es la línea más recta hacia la muerte. Porque el virus, queramos o no aprenderlo, sigue ahí. Permanece acechando, como ave rapaz, a la espera del más mínimo error para clavar sus garras y no soltar la presa hasta que deje de respirar. Un ruego, traten de aprender la lección. No hay que estudiar mucho.

Voltear la pandemia

Antonio Lao | 11 de enero de 2021 a las 19:11

Nueve meses después del fatídico marzo que nos cambió la vida, nos encerró a todos y asumimos la mascarilla, el gel hidroalcohólico y la distancia social como un hecho consumado, todavía me pregunto si hemos sido capaces de voltear o doblegar la pandemia o es ella quien nos mantiene “la pierna encima para que no levantemos cabeza” (Jorge Berrocal Gran Hermano 1)
Este tiempo ha dado para tanto, que se me antoja complejo discernir qué aspectos y cuáles no tienen, de verdad, valor para ser merecedores de ser tenidos en cuenta y cuáles hay que olvidar y encerrar en el cuarto oscuro de nuestra memoria.
Lo que si tengo claro es que nadie, por más que se empeñen en vendernos lo contrario, ha sido capaz de “cuadrar el círculo”, como se dice de forma coloquial, para mantener el virus a raya. Con lamento afirmo que nos hemos pasado todo el tiempo tirándonos los trastos a la cabeza por lo mal que lo hace el que tenemos enfrente y la buena gestión que mantenemos los que estamos a este lado. Falso.
A estas alturas de la película y cuando parece, sólo parece, que atisbamos algo de luz al final del túnel comprobamos que aquellos que se las prometían felices, o casi, como pueden ser los alemanes, acaban de decretar en la práctica un confinamiento duro para que la enfermedad no quede fuera de control.
Por contra, aquellos que como los españoles, hemos sido triturados hasta el extremo, criticados sin descanso, juzgados sin tribunales previos y llevados al patíbulo un día sí y otro también, mantenemos la cabeza bajo el agua, pero aún nos queda impulso para sacarla de cuando en vez para respirar.
¿Qué nos deja la experiencia de nueve meses? Una sola verdad. Nadie, absolutamente nadie tiene la varita mágica para doblegar un virus que se ha instalado entre nosotros y que sólo la vacuna parece con la fuerza necesaria de contenerlo, limitarlo y permitir que la vida vaya de forma lenta, progresiva y sobre seguro, recobrando la normalidad. Lamento, con pesar, que hayamos perdido gran parte de nuestros esfuerzos en combatir al contrario, al compañero, al vecino, al oponente. No hemos sido capaces de unirnos como la ocasión requería. El enemigo es formidable y en nueve meses sólo hemos abierto grietas, vías de agua, por las que se ha colado una y otra vez.
Dicho lo cual, me mantengo firme en mis convicciones positivas. La fortaleza de los humanos es tal que saldremos reforzados de todo cuanto hemos vivido. Aunque las roturas permanentes del consenso, la coherencia y la unidad de acción nos llevan al retraso de la normalidad, al endeudamiento y a una división compleja de resolver, cuando el oponente no es quien tiene el arma siempre en posición de fuego, sino el que trata de arrimar el hombro igual que tú.

Vamos mejor o tan mal no estamos

Antonio Lao | 11 de enero de 2021 a las 19:07

Cada año, cuando finaliza, nos entretenemos en elegir cuál ha sido la palabra con la que se recordará el tiempo que termina. En 2020 el Oxford English Dictionary no ha sido capaz de optar por una de ellas. Ya en algún artículo anterior hablaba de  algunas  de ellas como coronavirus, allegado, distancia social, mascarilla (mascareta en catalán, por si me leen allí), confinamiento… Muchos vocablos y todos o casi todos relacionados con el gran tema del año que ha terminado y que, mucho me temo, del que acabamos de estrenar.
Aunque lo cierto es que confío que cuando 2021 toque a su fin hayamos sido capaces de sumar alguna que no tenga relación con la enfermedad que nos ha acogotado este tiempo. Una enfermedad a la que parece, sólo parece, comenzamos a cercar, como si de una batalla vikinga se tratase. Armados con vacunas de la compañía que ustedes prefieran, pero con la suficiente capacidad para voltear un problema sanitario que nos ha dejado a todos exhaustos. Si hemos de ser optimistas deseo que la palabra final, la que todos hayamos usado hasta cansarnos, tenga un carácter más festivo, económico tampoco me importaría si estuviera relacionada con el crecimiento y salida de la crisis o deportiva si ganamos la Eurocopa de fútbol o Rafa Nadal es capaz de volver a levantar la Copa de los Mosqueteros, o lo que es lo mismo, un nuevo Roland Garros.
Tenemos motivos para ser positivos y tener esperanza en el futuro que nos aguarda. Las dosis de vacuna llegan por miles,  como ríos que caminan hacia el mar, para  los hombres y mujeres que habitamos este planeta. Pese a los agoreros, que haberlos haylos, cuentan con todas las garantías sanitarias para derrotar a un formidable enemigo, apostado en cada rincón de nuestra vida, y a la espera de contagiarnos como es el virus. Pero ahí están ellas, distribuyéndose por el mundo como canales de lava, dispuestas a ejercer su trabajo, que no es otro que asestar a la COVID-19 el golpe definitivo que todos esperamos como el maná ‘quitahambres’. Y como de lo que se trata es de ser positivos, de imaginar la botella medio llena, quiero creer que vamos mejor y que no estamos tan mal. A pesar de tanto dolor, de tanto luto en blanco y negro como nos deja el año que se ha marchado, aún nos ha permitido recuperar elementos perdidos, olvidados, que con la vorágine diaria y la soledad de la sociedad del XXI, hemos recuperado. Hablo de los amigos, de las tertulias, de la familia, de la vida tradicional,  la de siempre, la auténtica, la alejada de los focos y los flashes e instantáneas, que eran solo eso, momentos en la inmensidad del universo. No nos hemos podido tocar, pero la tecnología y la ciencia ha hecho su trabajo. La primera permitiendo que sigamos conectados y unidos y la segunda,  dándonos en tiempo récord una vacuna que nos devolverá la normalidad, no la nueva normalidad.

Un año para olvidar

Antonio Lao | 28 de diciembre de 2020 a las 18:43

En cuatro días concluye un año para olvidar. 365 días que empezaron con normalidad, aunque los primeros casos de coronavirus ya barruntaban lo que se nos venía encima, y que a partir de marzo se truncó como jamás hubiésemos imaginado.
Aunque lo importante es la salud, no me cabe la menor duda,  el tiempo que ha pasado ha dejado tras de sí tanto dolor, tristeza y luto, que va a ser extremadamente difícil pasar página, pese a las excelentes perspectivas que se abren con la vacuna. La COVID 19 ha segado en la provincia de Almería casi 300 vidas, más de 20.000 personas han pasado el virus y las secuelas las arrastramos todos nosotros.
Al margen del problema sanitario, si es que podemos ponerlo a un lado, 2020 quedará en nuestra memoria como el año en que tuvimos que aprender a vivir de otra forma. Un tiempo en el que nos dimos de bruces con una realidad insospechada y no esperada y a la que nos adaptamos, todavía hoy, como vamos pudiendo.
Un año en el que el teletrabajo se instaló en nuestras vidas, los ERTEs han llegado casi para quedarse y en el que la crisis, ya muy perceptible a pesar de las ayudas del Estado, se otea en un horizonte cercano, con consecuencias imprevisibles.
Esta tierra, el sureste de la península ha soportado mejor que otros muchos territorios la losa que se nos ha venido encima. La agricultura, un sector denostado y al que tanto esfuerzo ponen cada día miles de almerienses, con pírricas ayudas de los gobiernos regionales, nacionales y europeos, se convirtió de la noche a la mañana en clave y básico. Sin los hombres y mujeres del campo, aquellos que fueron a trabajar cada día incluso en los momentos más críticos de la pandemia, han sido capaces de alimentar a Europa de productos básicos, aunque los precios no hayan acompañado todo lo que cabría esperar.
Aún hoy la agricultura camina en el filo de esa delgada cuchilla que es la competencia y la distancia gubernamental, dando el callo jornada tras jornada, adaptada a las normativas de seguridad y soportando críticas infundadas de aquellos que desconocen al sector.
De otras carencias provinciales mejor no hablar. Los fondos, escasos siempre, se han dedicado a otras prioridades, por lo que no es el momento de poner negro sobre blanco incumplimientos rancios como son las comunicaciones, las obras de la Alta Velocidad o la urgente solución a los problemas de escasez de agua crónicos que padecemos.
Todos ellos se han pospuesto para el año que comienza en cuatro días. Un año en el que la esperanza de la vacuna nos permite mirar con cierto optimismo, al que le tenemos fe, aunque ya les digo que no depositen toda la que les pueda quedar y no hayan gastado, porque se avecinan aún jornadas, semanas y meses duros. Esto no ha acabado.

Allegados y coronavirus

Antonio Lao | 22 de diciembre de 2020 a las 18:49

La pandemia de coronavirus no tiene un sólo aspecto positivo. Por más vueltas que le pretendas dar a la situación y buscar elementos que deriven en propuestas de futuro, con fundamento, no existen. Claro que luego estamos quienes, por defecto, somos capaces de ver la botella medio llena en medio de una tormenta, montados en una piragua y en mitad del océano. Y a fe que hallamos elementos que, por más que nos puedan nublar el juicio o llevar a los demás a rasgarse las vestiduras o llevarse las manos a la cabeza, los encontramos.
Es como una especie de algoritmo que nos hayan implantado en el cerebro para sobrevivir y lo llevamos a la práctica por encima de todo y de todos.
Uno de esos elementos a valorar como indudable, como cierto, ha sido lo mucho que ha crecido nuestro vocabulario en estos 365 días. Palabras nuevas o recuperadas las encontramos a cascoporro, aunque yo me quedo con dos, a lo sumo tres, que nos han permitido incrementar nuestro léxico. Me refiero, por supuesto a coronavirus, la COVID-19, o el “bicho” como se le conoce en lenguaje coloquial. Cualquiera de ellas se ha insertado en nuestro cerebro como una grapa en la madera y ahí quedará, “per secula, secolorum”, aunque este año 2020 pase, la normalidad se recobre y de la pandemia sólo quede una pesadilla o un mal sueño.
No creo que haya un sólo mortal que no haya dicho, expresado, hablado o escrito, en cualquiera de los idiomas que se hablan en la tierra, la palabra coronavirus.
Luego están los vocablos de andar por casa, aquellos que algún iluminado descubre, caso del ministro Illa y su “allegado”. Y ahí estamos todos devanándonos lo sesos para descifrar qué ha querido decir. Porque a día de hoy, y la Navidad está a tiro de piedra, aún no he conseguido saber a quién o a quiénes puedo invitar a la cena de Navidad. Al margen de la definición de la Real Academia Española de la Lengua: “Dicho de una persona: Cercana a otra en parentesco, amistad, trato o confianza”, creo que bastante clara, lo que ahora tengo que definir es si invito a mis allegados, a los allegados de mis allegados y ellos a su vez a los allegados, de los allegados, de sus allegados. Con lo cual puedo montar en casa un Belén en Nochebuena que para sí lo quisiera un jerezano en su zambomba flamenca.
Ironías al margen, lo que apuesto es por la claridad de aquellos que nos tratan de gobernar y que se dejen de gaitas, porque al final están jugando con la vida de todos nosotros. Dicho lo cual y si alguno todavía mantiene alguna duda sobre sus “allegados”, lo razonable es que aplique la lógica, la coherencia y la sensatez. Lo importante no son cuántos nos vamos a reunir en torno a la mesa esta Navidad, sino que el año próximo por estas fechas, los que nos sentemos sigamos siendo los mismos, sin echar a nadie de menos.

Vivir y sobrevivir

Antonio Lao | 14 de diciembre de 2020 a las 18:48

Vivimos tiempos duros, económicamente desastrosos, con nóminas, quien la tiene, a la baja. Tiempos en los que para la gran mayoría el reto no va a ser cómo vivir, sino como sobrevivir. Si algo nos ha dejado la pandemia -no creo que sea bueno, pero ahí está- es que todos, sin excepción nos hemos adaptado a tirar hacia adelante con mucho menos de lo que disponíamos hace tan sólo un año.
Anclados y cobijados en la sociedad del bienestar, con sus altibajos, la colectividad  de hasta principios de año se las prometían muy felices, con una economía en crecimiento sostenido, con prestaciones dignas y progresos que empezaban a hacernos olvidar la crisis de 2007. Ahora, sólo nueve meses después, la quiebra de Lehmans Brothers y la debacle del ladrillo, nos parece un juego de niños comparado con lo que soportamos.
Visto con la distancia necesaria y no sin grandes dosis de pragmatismo, lo cierto es que en los tiempos que corren, lo que se prioriza por encima de todo es la salud, el bienestar de la familia y el de los que te rodean. Lo que hace un año nos parecía de vital importancia, por necesario, aunque superfluo, hoy se ha convertido en una baratija de la que pasamos con amplitud, sin que ello nos suponga más allá que un mal paso.
Con menos se puede ser mucho más feliz. Y es que no vive en la opulencia quien más tiene, sino quien menos necesita. Un dicho popular con el que nos hemos topado y adaptado con cierta normalidad o la fuerza. Vete tú a saber. El caso es que aquí estamos tratando de sobrevivir a etapas de angustia, tristeza y soledad con la mejor de las sonrisas.
Acogotados por disponer de todo cuanto podíamos soñar, la existencia tiende a convertirse en una banalidad desoladora. Y como bien define el periodista y escritor Jonh Carlim, “si ganar mucho dinero y tener muchas posesiones es lo que te define, saber que otro tiene más te amarga la vida”. Tener todo cuanto deseas puede llegar a ser hasta desolador. No lo llegas a valorar. Lo importante es realizar cosas, como ir a comer a un restaurante, y tener el placer de comprender y saber que es un extra que no puedes permitirte todos los días. Ya la pandemia de mierda que estamos viviendo ha sido capaz, de sopetón, sin que aquellos que pretenden educarnos en la solidaridad, el ahorro, la familia, el amor por los demás…de enseñarnos un camino más fácil, más acorde con el mundo que nos rodea. Aunque ganemos menos, el gasto es tan pírrico que la percepción te deja un poso de tranquilidad que, con seguridad, en otros momentos jamás habrías entendido o compartido. Hoy, lo importante, no es dónde voy a ir de vacaciones, en qué restaurante voy a comer, qué vino degustaré o qué último modelo voy a disfrutar. Hoy, lo importante es la vida. Nada más.

‘Son molinos, no gigantes’

Antonio Lao | 10 de diciembre de 2020 a las 20:02

La escritora y periodista Irene Lozano, ahora presidenta del Consejo Superior de Deportes, acaba de publicar el libro “Son molinos, no gigantes”, del cual tomo prestado el título de esta columna. En él se adentra en un tema que me apasiona en los últimos años y es en cómo “las redes sociales y la desinformación amenazan de muerte nuestra democracia”.
A su juicio, y lo comparto en su totalidad, las “nuevas tecnologías de la información han modificado nuestra forma de ver el mundo y condicionado nuestra percepción de la realidad, hecho que se ha traducido en una nueva política, basada en el populismo, que busca la fragmentación, el desgaste y la polarización de la sociedad. Para presentar un relato que sea asumido como propio por la comunidad a la que se dirigen, hacen uso de una estrategia que, en la era de internet, tiene como principal arma la desinformación: bulos y fake news corren sin freno por la red y suponen una grave amenaza para la democracia al situar en el debate público problemas que, a menudo, son inexistentes. El discurso de Donald Trump en Estados Unidos, el de los partidarios del Brexit en el Reino Unido y el de los independentistas desde las instituciones catalanas durante el procés enmascaran la realidad, debilitan el sistema democrático y contribuyen a crear, cada vez más, una sociedad dividida y desinformada. Pero ¿son las redes y los medios los culpables? ¿En qué momento los ciudadanos bajamos la guardia y perdimos la mirada crítica sobre los políticos?  En Son molinos, no gigantes, Irene Lozano analiza en profundidad, desde su posición como política en activo, la crisis de la racionalidad y la comunicación que amenaza la democracia actual, un sistema que no puede sobrevivir sin un conocimiento claro de la realidad por parte de los ciudadanos. Una realidad que el populismo pretende desdibujar para que, “como le ocurrió a nuestro Quijote, confundamos molinos con gigantes”.
El análisis y sus conclusiones no son baladís. Al contrario. En la misma medida que las redes sociales ocupan espacio dejamos de percibir la realidad tal cual es. Los ciudadanos quedamos a merced de aquellos que, con excelente manejo de las  herramientas digitales, son capaces de cambiar la percepción de las cosas y creer cosas impensables. Les pongo un ejemplo. Hay un porcentaje nada despreciable de la población americana, por ejemplo, que piensa que con la vacuna del coronavirus los gobiernos nos van a insertar chips para controlarnos. Ante semejantes despropósitos conviene avanzar en la educación de la verdad. Que no es otra que tratar de dudar de todo, informarse de forma veraz, confirmar por varios medios y fuentes, nunca por uno solo, y dejar de creer que todo aquello que nos cuentan los que ostentan el poder es cierto por naturaleza. Debemos ser críticos sin más. Críticos en la esperanza de que lo que acabe triunfando, con dificultades, sea lo más parecido a la verdad. Sin más.

Presupuestos, millones y el papel que lo aguanta todo

Antonio Lao | 30 de noviembre de 2020 a las 20:03

Nos las prometemos la mar de felices al comprobar como en los Presupuestos Generales del Estado para 2021, aún por aprobar, figura una partida casi estratosférica para continuar con las obras del AVE entre Murcia y Almería. La apuesta, cercana a los 700 millones de euros, debe congratularnos sobremanera, pues parece que de una vez y para siempre desde el Gobierno de la nación se apuesta de forma clara por la provincia y el por el desarrollo de una infraestructura prometida para el 2005 y que hoy, quince años después, avanza a paso de tortuga. Nos prometen que ese cansino caminar se volverá ágil y grácil como el de las liebres perseguidas por los galgos.
¿Debemos creer todo cuanto nos prometen, en una obra de vital importancia para las comunicaciones futuras de la provincia?. La respuesta es clara y no admite ambages: No. Con seguridad más de uno/a, al leer mi conclusión, pondrá el grito en el cielo. Y lo entiendo. Pero tengo mis razones para ser un incrédulo.
La primera es que aún los presupuestos no han sido refrendados en el Congreso, aunque parece que todo apunta a que pasarán el trámite con los votos necesarios. Aun siendo así, a nadie se le escapa, ni a los que tratan una y otra vez de meternos la “burra de culo” -los de ahora y los de antes- que es imposible invertir en un año esa cifra de dinero. Les remito a los murcianos, que esperan desde hace quizá más años que nosotros que el ansiado tren circule por las vías de la comunidad y todavía no hay fecha cierta para que las composiciones lleguen a la estación pimentonera.
No dudo de la buena intención de aquellos que apuestan de forma clara por el tren en Almería, pero son tantas y tantas las decepciones y las mentiras con las que me he encontrado en los últimos 20 años, que deben entender mis reticencias a asentir y sentarme a esperar que las obras fluyan desde el papel a la realidad como por arte de magia. Quien espere algo similar ya puede cerrar la carpeta y echarse una siesta casi eterna. No va a suceder.
Sólo con dar una vuelta por los trabajos comprobamos que, efectivamente, se está en el tajo. Pero aquellos que de verdad observen, comprobarán que la velocidad  no es de crucero. Al contrario. Las obras no están paradas, que no lo están, pero la percepción es que no hay prisa. Y es que las empresas concesionarias de los tramos, reciben el dinero con cuentagotas y en la misma medida avanzan en su desarrollo.
No es mi intención ser un aguafiestas, ni mucho menos. Tampoco chafar la esperanza de aquellos que ya se ven en los vagones y circulando a doscientos por hora. Pero, por ahora, va a ser que no. Y ese por ahora tiene, como mínimo, un horizonte, allá en lontananza, de al menos un lustro. Pero ya saben que el papel es capaz de aguantarlo todo. No le pesa la tinta en el blanco inmaculado.