Francisco Amizián

Antonio Lao | 21 de marzo de 2011 a las 14:13

EL lunes Francisco Amizián, concejal de Obras Públicas del Ayuntamiento de Almería, decidía abandonar la primera línea de la política y abrir un nuevo período en su vida. Los que lo conocemos desde hace casi dos décadas se nos antoja como un imposible. Es difícil entender que la vida del edil no vaya ligada a lo que ha sido “todo” durante mucho tiempo. Su salud y una mayor dedicación a la familia son los dos pilares sobre los que se asienta su decisión. Hasta aquí parece que no hay nada que reprochar. Al contrario. La coherencia y la lógica parecen haberse impuesto al corazón y al “animal político” que habita, y creo que nunca dejará de hacerlo, en el interior de un hombre distinto a lo común.

Y es que Francisco Amizián no ha pasado ni va a pasar nunca desapercibido allí donde esté. Puede tener defectos, como los tenemos todos los humanos, pero alcanza la mayor de las virtudes: “es amigo de sus amigos”.

Detrás de la crudeza, de la voluptuosidad a veces de sus declaraciones, sinceras y sin pensar en las consecuencias, alejadas de lo políticamente correcto, el concejal de Obras Públicas, guarda una capacidad de trabajo difícil de superar -se le echará de menos, el primero el alcalde-, y una empatía con los vecinos, muy cercanas a la familiaridad que casi siempre convence.

En él habita aquello que los “cursis mediáticos y de marketing” alcanzan a llamar capacidad de liderazgo, que en el fondo no es otra cosa que credibilidad, respeto y buen hacer.

Claro que detrás deja algunos enemigos. Aquellos que no le han perdonado su franqueza y sus errores, que también los ha cometido. Aquellos que han visto en el concejal de Obras Públicas el frontón sobre el que lanzar todo su lodazal de palabras, entendiendo que era la forma o la fórmula más cercana para lograr prebendas inconfesables. Aquellos que hoy pueden tener la sensación de que han alcanzado su objetivo, cuando en realidad lo que han firmado es su sentencia.

La marcha de Amizián, para los que se frotan las manos, no es más que un “hasta luego” y quizá ni eso. Seguirá ahí y no defraudará a sus amigos, que no es poco.


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