Los pueblos vacíos

Antonio Lao | 18 de septiembre de 2019 a las 18:02

Llega septiembre y el silencio se instala, cruel a veces, en la Almería vacía. El tiempo del regreso de los emigrantes o sus hijos acaba y las puertas de las viviendas se cierran hasta el próximo verano. Con suerte la Navidad traerá un espejismo de habitabilidad y bullicio, pero no más allá de la Nochebuena. Y es que, por más que nos empeñemos en dar vida a los muertos, las resurrecciones son cosa sólo de la Iglesia o de las películas de Semana Santa.
El año ha sido duro, muy duro para aquellos municipios que se apagan como la mecha de una vela sin cera. Los pocos habitantes que van quedando, casi todos mayores, se van yendo sin que nadie ocupe sus viviendas. Las puertas se cierran, con un quejido frío, triste, doloroso en la mayor parte de las ocasiones y con la mirada perdida de aquellos que aún permanecen impasibles viendo transcurrir el tiempo a la espera de su turno.
En la calle principal ya no está Manuel, que dedicó su vida a cultivar parras de uva de Ohanes hasta que la sequía de los ochenta y los precios bajos le hicieron desistir. Alcanzó la jubilación como pudo en el Plan de Empleo y ha vivido hasta los 95 en su pueblo. Nunca quiso abandonar su casa, a pesar de que su mujer, Purificación murió hace veinte años. La casa ya está cerrada.
Carmen era su vecina. Han vivido toda la vida puerta con puerta. Ella se dedicaba a vender pescado que una furgoneta les traía cada día de la plaza de la capital. Su marido murió hace diez años y ella acaba de ingresar en una residencia. El Alzheimer ha podido con sus recuerdos y casi con su vida. Nunca volverá a ser ella. La casa ya está cerrada.
Rosa se ha resistido hasta el último momento. Perdió a su padre hace 17 años y a su madre hace seis meses. Ella ya es mayor y necesita ayuda. Durante el último medio año ha sido atendida por una cuidadora que ha decidido regresar a su país. Desde la semana pasada es una más en una residencia de mayores. A regañadientes se va y dolida porque sabe que no volverá. La casa ya está cerrada.
José Luis trabaja en la Renfe, conductor de Talgo volvió al pueblo porque sus padres, jubilados, decidieron regresar allí donde se habían criado. Compró vivienda, la rehabilitó y ha tratado de permanecer hasta que la enfermedad de ambos lo ha hecho desistir. El pueblo, por más que sea un sitio para vivir con tranquilidad, ya no es para él. La casa ya está cerrada.
Pequeñas historias de gente anónima, de vecinos de la Almería vacía en cada uno del más de medio centenar de municipios de la provincia que corren serio riesgo de desaparecer. Seguro que ustedes conocen muchas similares. Todas ellas con el mismo denominador común: personas mayores que mueren y casas que se cierran. No hay vida, todo se abandona. Silencio. El viento sopla. Más silencio.


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