La despoblación rural

Antonio Lao | 14 de octubre de 2019 a las 12:07

Almócita ha sido estos días el epicentro para visualizar la grave despoblación que padece el interior de la provincia y amplias zonas del país, en especial las dos Castillas, Galicia, Extremadura y Aragón. La lenta agonía en la que muchos de nuestros municipios están inmersos me deja un poso amargo difícil de digerir, cuando la mayor parte de mi infancia y juventud la vivi en un pueblo.
No es la primera vez  que trato de poner negro sobre blanco las causas que nos han llevado a este extremo. Escucho y trato de comprender los argumentos que los expertos esgrimen una y otra vez en multitud de foros y jornadas y lo cierto es que todos, sin excepción, con la mejor de las intenciones, tratan de exponer alternativas, aunque luego plasmarlas y ejecutarlas es harina de otro costal.
Aplaudo, como no podía ser de otra forma, las subvenciones que la Diputación Provincial de Almería ofrece a quienes se instalen en alguno de los municipios con más problemas de despoblamiento; entiendo de forma positiva que se instalen cajeros automáticos en aquellos en los que los bancos o cajas hace años que desistieron y cerraron oficinas; lamento que lugares como Tahal se haya quedado sin colegio, lo que acelerará el cierre de más y más viviendas hasta convertirlo en un pueblo fantasma y aseguro, por más que mi corazón y mi alma me transmitan latidos en sentido contrario, que el camino emprendido hacia el final de muchos de nuestras villas es irreversible. Con seguridad lo único visitable a posteriori serán los cementerios y sólo hasta que la última generación que habitó allí también pase a mejor vida.
En su último libro “El Latido de la Tierra”, la escritora Luz Gabás hace una seria reflexión que suscribo en su totalidad. No se trata de mantenerse anclado en el pasado o adaptarse a los nuevos tiempos. La solución pasa por avanzar y hacer comprender a quienes nos gobiernan que aquellos que han elegido vivir en el campo, el 25% de la población de esta provincia, debe  tener las mismas posibilidades de aquellos que estamos asentados en la costa, zonas de mayor aglomeración urbana.
Pero no nos engañemos. En una sociedad como la actual, donde el trabajo es la base sobre la que se asienta el futuro, difícilmente los municipios van a cobrar vida cuando en ellos subsisten nuestros mayores con sus pensiones , los agricultores agarrados al antiguo Plan de Empleo y los inmigrantes que llegan a cuidar ancianos o a cultivar pequeñas porciones de tierra de aquellos que ya no pueden mantenerla digna. Y así, hagamos los congresos y las jornadas que queramos, el camino tiene un final. Un final, eso sí, nostálgico de quienes visitan sus moradas de nacimiento y triste cuando las ven derruidas y abandonadas, vacías y con las señales del paso del tiempo en sus muros.


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