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Cañarete y caos de tráfico

Antonio Lao | 27 de enero de 2020 a las 15:03

Si usted vive en Aguadulce o Roquetas, y en menor medida en Vícar, La Mojonera y hasta El Ejido, los compadezco si tienen que coger el coche y venir a Almería o regresar a sus lugares de origen en hora punta. El cierre de la carretera de El Cañarete, por el desprendimiento de una enorme roca hace ya casi un mes, se ha convertido en un verdadero suplicio para los usuarios del coche, un riesgo para la integridad de quienes lo cogemos, por los alcances habituales, y el peor de los escenarios para aquellos que no tengan nervios de acero.
De siete a nueve de la mañana, los accesos a la autovía del Mediterráneo desde Roquetas, Aguadulce o Vícar son una auténtica ratonera, un cepo con dientes afiliados para aquellos que buscamos llegar al trabajo en hora. Si usted no desea llegar tarde, tiene una reunión o lo están esperando, ármese de paciencia, levántese más temprano, mucho más temprano y, sobre todo, no busque atajos para alcanzar su meta más rápido. No los hay.  Y aquellos que crean vislumbrar alguno, se arriesgan a un accidente, nunca deseado, que al final acabará costándole muy caro.
Y mira que la Policía Local trata de hacer las cosas, buscar fluidez y otras zarandajas, pero cuando es imposible no caben paños calientes ni soluciones de cataplasma que no conducen a ningún sitio.
La carretera de El Cañarete es la vía que evita cada día colas en los accesos en la capital. Las ocasiones en las que los desprendimientos, muy comunes, la han cortado, los automovilistas sólo les queda rezar en arameo, mirar al frente y evitar en la medida de lo posible las consecuencias del estrés. Nunca pediré que la vía se abra sin todas las medidas de seguridad. Sería una temeridad por parte de los responsables. Hasta aquí entiendo que permanezca cerrada. Dicho esto, no entiendo el apagón informativo al que el Ministerio de Fomento tiene sometidos a los almerienses que cada día la usaban y a todos aquellos que nos visitan, que admiran un recorrido paralelo al mar, tan espectacular como peligroso. Los desprendimientos, para nuestro martirio, se han convertido en moneda habitual. Es raro el año en el que no nos enfrentamos a uno de ellos y, por fortuna, no hay que lamentar víctimas.
En la situación actual, parece evidente que la actuación de aquellos que gestionan las carreteras no es la que cabe esperar de aquellos que nos gobiernan. La carretera se cerró, perfecto. Pero nunca más supimos de los trabajos que serán necesarios para arreglarla, el tiempo, la inversión y, lo que es más importante, alternativas a las permanentes colas que sufren los usuarios del coche en horas punta, tanto en un sentido como en otro. Colas que parecen no preocupar a nadie más que aquellos que las sufrimos y estamos expuestos cada día a los alcances habituales, en este mes ya van demasiados, aunque no hay que lamentar víctimas. Aleluya.


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