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La pandemia que no vimos venir

Antonio Lao | 6 de abril de 2020 a las 18:51

Del cuatro al siete de febrero, el sector agrícola de Almería se desplazó a Berlín. Fruit Logistica mostraba ya, en parte, lo que se avecinaba. Para entrar en la Feria debías firmar un documento en el que confirmases que no habías estado con una persona de riesgo. Ya había frascos con desinfectantes por doquier y las distancias en los stands se empezaban a respetar. Un mes después tuve la oportunidad de volver a la capital alemana. La Feria de Turismo se había suspendido, en España los casos de coronavirus no llegaban al medio millar, pero en las calles sonaba una especie de “run-run” que podía adelantar lo que se nos venía encima. Nadie, absolutamente nadie, pero ni en España ni en el resto del continente, era consciente de lo que hoy estamos padeciendo. A pesar de los datos cada vez más alarmantes que llegaban desde China e Italia, en España se tardó en reaccionar y en percibir la magnitud de los contagios locales. Pareciese como si la cosa no fuera con nosotros, que estábamos hechos de otra pasta o, peor aún, que la superioridad de occidente para situaciones adversas estaba por encima de cualquier “bichito” que osara u osase molestarnos.
El día 8 de marzo salimos a las calles a manifestarnos por la igualdad de la mujer como si no hubiera un mañana y, posiblemente, nos dimos los últimos besos y  abrazos que vamos a recibir en muchos meses. El futuro inmediato, que les voy a decir a ustedes, es una incógnita, pero el pasado más reciente es para  temblar.
El coronavirus no solo ha matado ya a miles de personas en China, Italia o España, sino que ha desbordado una y otra vez, como si de un martillo pilón se tratase, las previsiones de las autoridades. Sólo se han cumplido los presagios más oscuros. Ya el primer fin de semana, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, admitía que se avecinaba “la ola más dura, la más dañina” de la pandemia. Y el lunes las noticias ya hablaban de 462 fallecidos en 24 horas —una cifra que casi se duplicaría el viernes—, de decenas de muertes en residencias de ancianos y de una gran morgue improvisada por el Ejército en un centro comercial de Madrid. La semana no había hecho más que empezar, y el país se había rendido por fin a una evidencia que había intentado no mirar de frente desde hacía mes y medio.
Hoy, cuando se cumple la cuarta semana de confinamiento las muertes siguen siendo muchas, demasiadas, datos demoledores que nos van a marcar durante décadas. Es verdad que la curva parece descender, el número de contagios baja a un ritmo razonable y la luz se vislumbra al final del túnel. Nos quedan kilómetros de oscuridad aún que recorrer. La salida va a ser dura, muy dura. Y una vez que estemos fuera nos daremos de bruces con otra realidad, la económica, también crítica. Pero seguiremos ahí, vivos para contarlo.


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