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Cuando nos reencontremos

Antonio Lao | 20 de abril de 2020 a las 18:57

Comienzo esta semana haciendo referencia a uno de los pasajes del libro “Todo esto te daré” de Dolores Redondo, premio Planeta y autora de la Trilogía del Baztán, francamente recomendable. No se trata, no es mi intención, de desmenuzar la trama, pero si viene al caso para situaciones que se pueden derivar cuando nos reencontremos.
“No, no conocía a los empleados de la agencia, dudaba de que fuese capaz de recordar el nombre de más de tres, pero había sido aquella mañana, mientras buscaba en la agenda el teléfono de su agente, cuando se había dado cuenta de hasta que punto había vivido como un idiota mirando al mar. Había dejado que Álvaro cargase con su porción de realidad, la que corresponde a cada ser humano, a cada vida, y Álvaro había cargado con la de los dos, preservándole, manteniéndole a salvo como si fuese alguien especial, un genio o un retrasado”.
Y en esas estamos. En un proceso de cambios tan vertiginoso que de pronto hemos de dejar a un lado vivir como idiotas, oteando el horizonte, a la espera de que otros se impregnen de realidad y solventen nuestras cuitas. La realidad ha llegado para quedarse. El fin de los tiempos en los que casi todos nos llegaba hecho ha pasado a mejor vida y enfrentamos una época en la que, conscientes de la debilidad del ser humano, se acabaron los arropes para dormir, apagar la luz y cerrar la ventana para que no entre frío o la sobreprotección para evitar un resfriado común.
Cuando nos reencontremos nada o casi nada será igual. Nos miraremos con el deseo de los abrazos y los besos y no seremos capaces de acercarnos a más de dos metros, conscientes del miedo atroz que el coronavirus a inoculado en todos nosotros. El pánico ha superado los límites conocidos, hasta ser capaces de escribir carteles en los bloques, en los que sabemos vive una cajera de supermercado, un médico o un agricultor, y los conminamos a marcharse para evitar contagios. El colmo del despropósito, del egoísmo y de la intransigencia. Son válidos para darnos de comer cada día, para curarnos si la enfermedad nos asola, pero los queremos lejos cuando el miedo absurdo y el racismo más atroz se adueña de nosotros, inundando de maldad hasta los tuétanos.
Cuando nos reencontremos es posible que nuestra capacidad de relacionarnos permanezca intacta, aunque la lluvia fina caída a lo largo del encierro nos ha empapado cada poro de la piel y los inunda de recelos, de miedos, de cielos nublados amenazando tormenta para hacer frente al más elemental de los instintos del hombre: la supervivencia.
Cuando nos reencontremos no habrá una mano amiga que nos mantenga a salvo y seguiremos a merced de la COVID-19, si una vacuna milagrosa no es capaz de burlarlo, reírse en su corona y alejarlo aunque sea a base de salivazos.


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