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Optimismo o pesimismo

Antonio Lao | 4 de mayo de 2020 a las 18:38

No vivíamos en los mejores tiempos. Las cifras macroeconómicas mostraban una ralentización perceptible, un avance claro de los nacionalismos, una seria crisis de identidad europea pero, de pronto, todo se convirtió en peor. La llegada de la Covid-19 ha traído de vuelta el mundo sombrío de Dickens: “lo teníamos todo y no teníamos nada”; el “invierno de la desesperación” se impuso a la “primavera de la esperanza”.
Y así es como viven muchos  la epidemia del coronavirus, según los sondeos que cada día se van conociendo en los distintos países de nuestro entorno. Francia, por ejemplo, figura como uno de los que mira con mayor pesimismo y desconfianza la pandemia, mientras Gran Bretaña y Alemania muestran una visión más confiada y optimista de la gestión de sus respectivos gobiernos.  Franceses y españoles confían menos en su gobierno que los alemanes y británicos.  España se sitúa en una posición intermedia, aunque más cerca de Francia. Una encuesta realizada a primeros de abril por Sciencies PO, el prestigioso Instituto de Estudios Políticos de París, brinda una imagen comparativa del estado de ánimo de los ciudadanos de Francia, Alemania y Reino Unido ante la Covid-19, según recogía La Vanguardia del pasado domingo.  Y es que, a poco que oteemos nuestro alrededor, el horizonte que se dibuja es sombrío, no negro, pero tenebroso, casi de habitación del pánico. No hay, la verdad, muchos motivos para el optimismo. Al contrario. Sólo ver a Fernando Simón cada día dando “el parte” diario de la pandemia dan ganas de bajar el telón y no mirar la película. Ojos hundidos, cazadora de cremallera a la que se le ha dado mucho uso y barba de días sin arreglar, dibujan un escenario de película de miedo que mejor no mirar.
Pero ese no debe de ser el objetivo. El planteamiento debe ir más por la primavera de la esperanza de la que habla Charles Dickens que del invierno de la desesperación. A poco de que seamos capaces de recapitular, pensar con calma, ante nosotros se abre un futuro por descubrir. Un futuro diferente, desconocido, casi virgen, en el que las oportunidades llegarán en la misma medida que el oso descubre un panal de miel. Cada día que pasa es uno menos que resta para descubrir ese verano en el que el sol saldrá para todos y acabará con el negro-luto que nos ha ocupado estos dos meses. Como escribe Sabina, el coronavirus quedará en nuestra memoria colectiva como “una mala gripe que había que pasar”. Volveremos a los bares, a los restaurantes, a las playas, a los conciertos, a la reuniones interminables de amigos… a la cotidianidad que no valorábamos porque la dábamos por conquistada, pero que hoy parece el plan soñado para una larga jornada de verano, en el que la vida transcurre de forma plácida mirando las olas romper en cualquiera de nuestras playas. Sean optimistas, ya queda un día menos.


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