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Desubicados

Antonio Lao | 31 de agosto de 2020 a las 17:02

Con el fin del confinamiento parecía que todo volvía a la normalidad. Que el paréntesis de tres meses que el virus nos obligó a todos a hacer en nuestras vidas iba a ser eso, sólo un paréntesis. Pero no. Nada ha acabado. Además de los efectos psicológicos, que sin duda ha provocado en todos nosotros, lo cierto es que a medida que pasan los días tengo la sensación de que mis peores presagios se cumplen. Los brotes y rebrotes amenazan con devolvernos al estado de shock que la alarma provocó en nosotros en marzo.
Cuando todavía no hemos tenido  tiempo material para recuperar la normalidad, ‘nueva normalidad’ que hemos dado en llamar ahora, miras el mapa provincial, regional y nacional, y ya ni les digo el mundial, y todo tiende a oscurecerse en la misma media que el número de casos se multiplica. La cotidianidad, aquella que nos hemos dado y que no valorábamos por normal, a veces triste, en muchas ocasiones aburrida y sólo en contados casos electrizante, no quiere imponerse víctima de nuestros errores. Porque hasta que no haya una vacuna (los datos cada día son más esperanzadores) somos nosotros y sólo nosotros los que podemos luchar contra la COVID-19, instalado en nuestras vidas, pegado a nosotros como una garrapata a un perro, incapaz de desprenderse hasta que no ha hecho todo el daño que le ha sido posible.

Nuestra existencia se ha convertido en una contradicción tan brutal, en un verano tórrido y extraño, en el que la noria nos ha envuelto en su círculo del que somos incapaces de salir. Y es que si confinamos, no vivimos y si no lo hacemos, el riesgo de perecer víctimas del bicho se multiplica de forma exponencial. Lo mires por donde lo mires tenemos tantas papeletas para lograr el premio gordo de Tánatos que sólo con pensarlo te dan ganas de no jugar un solo boleto. Y no jugar es confinar, quedarte en casa, no trabajar y encerrarte en una burbuja impenetrable de la que tampoco, ya les aseguro, puedo confírmales que saldremos indemnes. Y es que ni el metro y medio, ni la mascarilla, ni los geles. Nada, absolutamente nada, nos garantiza que no habrá contagio. Porque usted cumple las normas, pero desconoce lo que hacen aquellos con los que trata a diario. Así que tratemos de ponernos en manos de la ciencia, valoremos su utilidad, y sonriamos cuando conocemos que cualquiera de las vacunas en fases de experimentación, Moderna, Oxford, la china y aquellas otras, doce en nuestro país,  que aún no están en fases avanzadas, sean capaces de sacarnos de este atolladero, de este sin vivir en el que estamos inmersos. Llegados hasta aquí sólo les recomiendo paciencia, un mar de prudencia y como los camaleones, seamos capaces de adaptarnos al mundo que nos llega, que ni de lejos se parece al que teníamos, pero al que debemos amar porque es el que nos ha tocado vivir.


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