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Enmascarados

Antonio Lao | 14 de septiembre de 2020 a las 17:35

La mascarilla se ha convertido en una prenda más. Ha llegado para quedarse en nuestro atuendo. Las podemos encontrar de mil formas y colores. Y a ser posible tratamos de que vayan a juego con lo que llevamos puesto. Si bien es verdad que el objetivo no es otro que limitar el posible contagio por coronavirus, no lo es menos que hemos hecho de ellas un complemento más.
Decía John Carlin en uno de sus últimos artículos que “el fetichismo de la mascarilla es lo que nos distingue a los españoles del resto de Europa”. Y debe ser cierto porque somos, con diferencia, el único país en los que todos vamos enmascarados. Tanto, que es complicado en multitud de ocasiones reconocer  a los amigos con los que has quedado. Miras en derredor y sólo ves un enjambre humano, por las calles, en los bares, en las playas, haciendo senderismo. Da igual el lugar, que la mascarilla se ha unido a nosotros como un apéndice más. Y está bien.
Sólo de vez en cuando te encuentras por la calle algún despistado, un olvidadizo o un disidente que ha decidido no usarla por no creer en los beneficios que reporta. También sabe que se arriesga a una fuerte multa. Y es que hemos fiado gran parte de la lucha contra la COVID-19 a la mascarilla y en su poder aislante frente a los virus. Y debe ser así.
Es una oportunidad para alejar de nosotros gran parte de nuestros miedos y nuestros temores. Pero lo cierto es que el cumplimiento del mandato de nuestros gobernantes, con el asesoramiento de los técnicos, no nos ha impedido que seamos el país europeo en el que más casos se están produciendo. Todo lo contrario que otras naciones europeas, en las que el uso de la prenda es mucho más laxo y menos respetado. Suecia, por ejemplo, nunca ha llevado las prohibiciones al extremo. No se confinaron, no cerraron los bares, la gente siguió en los parques, los niños en las escuelas y no les ha ido mal. Siguen siendo un modelo de control de la pandemia, aunque a mediados de julio hubo una especie de repunte que nos llevó a pensar que iban a convertirse en uno más dentro de la manada de casos de dolor, sufrimiento, muerte y destrucción económica que nos asola a todos. Pero no ha sido así.
Aquí seguimos con la cara tapada, con el argumento sólido de que nos ayuda a la prevención. Pero también puede ser como dice el doctor Pedro Cavadas que “es más nocivo el resultado del mal manejo de las medidas para combatirlo que el virus en sí mismo, ya que es de baja mortalidad y que no ha sido el virus, sino la respuesta lo que ha provocado un empobrecimiento en España”.
Sea como fuere, seguimos asidos a la agarradera de la vacuna y al final del año como el momento en el que nos desprenderemos del famoso y triste complemento. Espero que pronto llegue el día que lo veamos como una reliquia del pasado.


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