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Tercera ola de coronavirus. No aprendemos

Antonio Lao | 18 de enero de 2021 a las 19:10

Entre los propósitos de Año Nuevo, y también los de diciembre, quizá debiera haber estado aprender responsabilidad. Atrás deben quedar aquellos tradicionales que perduran en nosotros un suspiro y que en menos que canta un gallo se diluyen en el limbo de los incumplimientos. Que si ir al gimnasio; que si comer más sano; que si perder peso; que si dejar un buen vino sólo para ocasiones especiales y no para casi todos los días… ¡Qué pereza! Consciente de que la mayoría, por no decir todos los voy a incumplir, convendría avanzar en criterio, en cordura y en sensatez y sólo conjugar frases en las que la cualidad de la responsabilidad perdure y se manifieste sobre cualquier otro argumento que me azuce a romper el pacto conmigo mismo.
Y es que en diez meses de pandemia hemos pasado del confinamiento a la nueva normalidad. De la primera a la segunda ola y, sin apenas solución de continuidad, ya nos envuelve la tercera. La causa, por más vueltas que pretendamos objetar, no es otra que nuestra falta de responsabilidad. Una cualidad inherente, o no, a los seres humanos y que en la situación de pandemia en la que nos encontramos brilla por su ausencia. Me cansa sobremanera escuchar cada día bobada tras bobada sobre la culpabilidad que tienen quienes nos gobiernan en la situación que soportamos. Me aburre la falta de argumentos o la multitud de ellos que esgrimen quienes no son capaces de avanzar más allá de sus propias narices, aunque las tengan como Pinocho, y no sean aptos de ir más allá de ver la mota en el ojo ajeno y no la viga en el propio.
Me apena como ser humano, que cada vez que somos capaces de tener controlado el virus, con enorme esfuerzo y restricciones, desde las administraciones se abra la mano para que la economía respire y como borregos vayamos en manada en busca del despiporre, creyendo -desconozco con qué razones- que el virus ha pasado y la normalidad se extiende allende los mares. Falso. Todo falso. No alcanzo a comprender que tropecemos una y otra vez en la misma piedra, sin solución de continuidad.

Caminamos entre bofetadas, entre cuchillas afiladas en forma de virus, a la espera de que una de ellas te de el zarpazo en forma de contagio para lograr un aprendizaje rápido, sin necesidad de acudir a la mejor academia. Lo triste y preocupante no es como la necedad se apodera de nosotros y es capaz de adueñarse y marcar el camino sino que, producto de esa ilógica de la que hacemos gala con terquedad, bobería y obstinación, lo único, o casi, que deja traslucir es la línea más recta hacia la muerte. Porque el virus, queramos o no aprenderlo, sigue ahí. Permanece acechando, como ave rapaz, a la espera del más mínimo error para clavar sus garras y no soltar la presa hasta que deje de respirar. Un ruego, traten de aprender la lección. No hay que estudiar mucho.


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