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Al borde de la locura

Antonio Lao | 1 de febrero de 2021 a las 19:30

El martes por la mañana me disponía a desayunar con la tranquilidad que el teléfono te permite en estos días de zozobra, nervios y miedo que la pandemia nos dibuja. No había dado el primer bocado a la tostada cuando recibí un mensaje de un amigo de la política -siempre he creído que en este mundo la amistad es difícil, compleja y de corto recorrido-, porque a la más mínima crítica todo tiende a darse la vuelta. Quizá lo correcto sería entonces hablar de conocido. El caso es que se me avanzaba una trama que, llegado el momento, podría convertirse en uno de los casos mediáticos del año, en los que las dimisiones se sucederían en cascada a no tardar.
Siempre que una situación de estas características se produce buscas en el mundo paralelo al que te llega la oportunidad de confirmar, de testar lo que te juran y perjuran que sucede. Valoras, claro está, la oportunidad de que tu medio se apunte la primicia, con lo que ello supone en este mundo competitivo que nos ha tocado vivir. El caso es que rastreas, tratas de husmear en la medida de lo posible, confirmar extremos, atar cabos y al poco el castillo de naipes que han tratado de poner frente a tus narices se desmorona. No hay nada. Es una fake news más de las que las inundan las redes y que mi amigo-conocido ha comprado desde la primera hasta la última letra, sin pensar más allá de que varios grupos de wasaps lo comentan y comparten convencidos de la realidad paralela que se ha dibujado en torno a sus maleables cerebros, fáciles de convencer y engañar. La situación no es nueva. Después de la toma del Capitolio por los seguidores de Donald Trump, y esto son palabras mayores, hubo miles de ciudadanos de ese país que creían, al calor de las redes, que Joe Biden no llegaría a jurar el cargo como presidente de Estados Unidos. Un golpe militar se encargaría de mantener en la Casa Blanca al ‘rey de las fake’ en los últimos cuatro años, que no ha sido otro que extinto populista. Tal ha sido la ingente cantidad de mentiras que trató de inocularnos durante su mandado, que uno de los periódicos más serios y con mayor prestigio de Estados Unidos, como es el New York Times, logró encadenar en un magnífico reportaje una a una todas las mentiras que el ya expresidente ha dicho en todo este tiempo. La última, al pie de la escalerilla que lo llevaba a Miami tras abandonar la Casa Blanca, cuando afirmó que su mujer había sido una de las primeras damas más querida y con mayor popularidad. Nada más lejos de la realidad. ¿Que pretendo poniendo sobre la mesa estos dos casos? El serio riesgo al que nos exponemos como sociedad si no somos capaces de beber en fuentes fiables y creíbles y, sobre todo, en la necesidad de ser capaces de denunciar y no creer aquellos bulos que buscan convertirnos en un rebaño adocenado, fácil de manejar y dispuestos siempre a acudir a la llamada del pastor, y más si este es un  mentiroso.


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