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La vacuna lo ocupa todo

Antonio Lao | 2 de marzo de 2021 a las 18:33

Desde marzo de 2020 a hoy el mundo que conocíamos se diluyó. Tantas cosas han cambiado que si decido enumerarlas una a una es muy posible que llegue al final de este artículo y sólo haya comenzado. Voy a centrarme en dos, quizá tres, para tratar de avanzar en este periodo que nos ha tocado vivir y que no ha hecho nada más que comenzar, como si de una ‘era’ se tratase.
Este tiempo ha sido el de la esperanza. La esperanza en una vacuna salvadora que ayudara a devolver la normalidad perdida, con los menores costes posibles en términos de salud, de economía y de equilibrio entre los humanos.

Este año la frase más repetida, ya sea hablada o escrita, ha sido “… hasta que llegue la vacuna”. Pues bien, la tenemos con nosotros y el número de inmunizados se acrecienta de forma exponencial cada semana. Cuando usted esté leyendo esto ya serán cuatro millones las dosis que han llegado a este país y las inyectadas se aproximarán al 80%. La población que ha recibido las dos dosis se acerca al 4% y los primeros resultados, esperanzadores, los oteamos en el horizonte de las residencias y en los mayores de ochenta años. Como en su momento los seguidores de Juan el Bautista, nos concentramos y arremolinamos en torno a la solución milagrosa, al “Bálsamo de Fierabrás”, capaz de acabar de un plumazo con las mascarillas, los geles hidratantes, la distancia social y, lo que considero casi vital, las enfermedades mentales derivadas de una vida constreñida, triste, cortada, rota y partida en pequeños pedazos, como si la figura de porcelana de caolín, la más cara del mundo, se nos hubiera escapado de entre las manos y agachados, con cara de circunstancias, miremos los trozos con la esperanza de devolverlos a su estado original.

 

Pero seamos sensatos. Sabedores de que las vacunas son eficaces y eficientes, pese a las nuevas cepas del virus que amenazan con volver a vestir de negro una sociedad que vuelve a tornarse, si no de color de rosa, si amarillo turquesa, tomemos la distancia necesaria, adquiramos el compromiso firme de mantener las precauciones necesarias y retomemos la normalidad en la medida en que no ya solo no nos hagamos daño a nosotros, si no a quienes nos rodean. Tres olas han debido ser suficientes para tomar conciencia, como posiblemente no habíamos hecho desde la guerra civil, de lo frágil que es la vida. De repente lo que podía ser una reflexión de filósofos  se ha convertido en una sensación de peligro inmediato. La calavera y los dos huesos cruzados, esos que aparecen en los postes del tendido eléctrico, nos mantienen alerta, en permanente tensión, no ya del coronavirus, sino de cualquier otra enfermedad que provoca la muerte. Vamos, lo que Chakespeare llamaba “los miles de padecimientos de que son herederos nuestros míseros cuerpos”. O como diría mi abuela, ese pequeño “dolorcillo que te lleva a la tumba”.


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