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La gestión del miedo

Antonio Lao | 25 de mayo de 2020 a las 18:24

La pandemia de coronavirus nos deja cada día muchas dudas y una sola certeza: vivimos en la época del miedo. Miedo a percibir que no respiramos bien y podamos estar contagiados. Miedo a salir a la calle, tocar un pomo de una puerta, llegar a casa y dejar la COVID-19 campar a sus anchas donde mora tu familia. Miedo de aquellos que rigen nuestros destinos a ser acosados y cuestionados por su gestión de la crisis y miedo de aquellos que cada día tratamos de contar lo que sucede a cuestionar el miedo, como dice el escritor Jonh Carlin. Porque es tan delgada la línea de confort en la que nos movemos que, en realidad, a poco que se desplace más allá de un grado caemos en pánico, aterrados, como si de un tsunami se tratase y sin lugar para guarecernos.
A poco que mires en derredor encuentras motivos para entrar en estado de pavor. Hemos estado confinados dos meses y los muertos han sido tantos que casi nos hemos olvidado de contar. Hemos estado encerrados y han dejado de enseñarnos las morgues comunes y el dolor de las familias para que no pensemos, para que no nos planteemos la crudeza de una enfermedad que llega, te cubre con su manto, y a jugar a la ruleta rusa con tu vida. Están tratando de inmunizarnos contra el dolor de la pérdida de miles de seres queridos sin enseñar a una sola familia, o a muy pocas, que nos cuenten su caso. También es cierto que tratamos de alejar de nosotros todo aquello que signifique pena, dolor o tristeza. Mientras estamos sanos nuestro cerebro jamás te acerca a la realidad de los hospitales, a la realidad del sufrimiento. No estamos hechos para ello y nos vacunamos, -esta si está inventada-, para sacudirnos todo lo que tenga que ver con el dolor.
Pero cuando esto pase vendrá la rabia. La rabia que ya ocupa parte de las calles de aquellos que no llegan a fin de mes. De aquellos que deben acercarse a un comedor social, con gorra y gafas de sol para soportar la vergüenza, a recoger un plato de comida para ellos y sus familias. De aquellos que, inmersos en un ERTE, contienen la respiración hasta ver que ocurre cuando esto pase. Porque esa es otra. Ya nos inoculan en vena cuánto va a caer el PIB, cómo van a ser los recortes y hasta el número de nuevos agujeros que habrá que hacer al cinturón para tratar de que los pantalones no acaben en los tobillos. Pero si al final, y después de meses de zozobra, de vidas perdidas, de trabajos acabados, nos encontramos con que el riesgo de morir de coronavirus es más bajo del que nos han grabado a sangre y fuego, este tiempo de encierro nos habrá robado el alma y una época que ya nunca podremos recuperar, inmersos como estamos en un mundo de zombis, movidos por el viento de los gobernantes, que nos llevan de un lado a otro según sople Poniente o Levante. Y mientras tanto, lo único que permanece, mal que nos pese, es el miedo.

Vivir es arriesgar

Antonio Lao | 18 de mayo de 2020 a las 19:14

Desde el lunes 11 de mayo la provincia ‘vive’ y ‘disfruta’ de la nueva normalidad. Es lo que hay. Aunque para muchos se queda muy lejos, lejísimos, de nuestra cotidianidad quebrantada en febrero. ¡Qué lejos queda! ¿Verdad?
Estamos instalados en un confinamiento impuesto y autoimpuesto. Convivimos con el miedo a la COVID-19. Se ha alojado en nosotros, penetrando hasta los tuétanos. Nos ha invadido de tantas maneras y por tantos frentes que, por más positivos que pretendamos ser, el cerebro te catapulta hacia la prudencia, la paciencia y el bajo riesgo, en la misma manera que un polluelo sale del nido, bate las alas, trata de alzar el vuelo y observando el abismo regresa a la seguridad de su refugio. Mañana será otro día, se dice.
En la misma medida que nos ofrecen los datos del día, por fortuna cada vez más alentadores, -a pesar de que doscientos muertos diarios es como un 11-M cada jornada-, nos inoculan la prudencia. Tratan por todos los medios de provocar en cada uno de nuestros cerebros un estado de vigilancia, de acecho, de alerta, que a poco que sientas algo de debilidad te arrastra la corriente del abismo, los rápidos inabordables por tu barcaza y, como los caracoles, regresas a la parrilla de salida que no es otra que el caparazón de tu casa. Ese lugar, que en los algo más se sesenta días que llevamos confinados, se ha convertido en la cueva inexpugnable, en la caja fuerte más segura de cualquier banco. Pero vivir no es eso, vivir es arriesgar. Vivir es regresar, con la sensatez necesaria, a los tiempos en los que la seguridad parecía un bien ganado para siempre y del que jamás se podía dudar.
No estaría demás que los gobiernos, los que hemos puesto nosotros y los organismos internacionales que nos suministran información, lo hiciesen sin dudas y con claridad. Porque lo único que ha dejado claro esta pandemia es que afecta mucho más a aquellos que pasan de los 70 años, lo que me  permite afirmar que ser mayor es malo para la salud. Pero dicho esto, convendría de forma paralela conocer los porcentajes de mortalidad por décadas hasta llegar a los recién nacidos, para tener un  cabo al  que agarrarse, en el caso de que tratemos de arriesgar para vivir.
Conociendo las consecuencias de nuestros actos y los riesgos reales a los que nos enfrentamos, quizá, sólo quizá, seamos capaces de situarnos en un estadio de “nueva normalidad” en el que retomemos la vida, algo tan simple con la vida. Pero ya les digo, que mientras no recuperemos las grandes concentraciones de conciertos, asistir al fútbol con normalidad y tomarnos una tapa apiñados en el bar de moda, como humanos valoraremos cada paso, cada gesto. Viviremos sí, pero alejados del desenfreno, de la pasión, de la fuerza y la adrenalina que supone el riesgo. Mientras el virus esté ahí, no lo correremos.

Respirar no es vivir

Antonio Lao | 11 de mayo de 2020 a las 19:02

TOMO prestado el título de esta columna del inglés  Alfred Tennyson, uno de los grandes poetas y dramaturgos universales y creador de una nueva expresión lírica que se conoce como “monólogo dramático”. Esta frase de uno de sus poemas, traducida al castellano, claro, viene a reflejar la sensación que, de alguna manera, a todos nos invade con lo que se ha venido en llamar ‘nueva normalidad’. Nueva normalidad para no desplazarte más allá de tu provincia y sólo si tienes una causa justificada. Nueva normalidad para salir a caminar no más lejos de un kilómetro de donde resides. Nueva normalidad para respirar a través de una mascarilla incómoda y ya no le digo si llevan gafas. Nueva normalidad cubriendo las manos con guantes de látex, que con las temperaturas que ya vivimos se convierten en una especie de plastilina lechosa, en la que el talco busca fijarse para no resbalar y lo único que se consigue es la hinchazón de los dedos, -o al menos a mi me lo parece-, reblandecidos por efecto del calor y al borde de que la carne se desprenda, como si de una pata de cerdo al horno, poco hecha, se tratase. Y nueva normalidad para evitar acudir a un bar a tomarse a unas cañas, saludarte con los codos, esquivar cualquier actitud cariñosa y tomar una cerveza quitando y poniéndote la mascarilla. Arriba y abajo como si de un lateral se tratase corriendo la banda en un partido de fútbol.
Respirar no es vivir en unos tiempos en los que se tiene miedo a perder la vida, pero no miedo a morir. Llegados a este punto quiero recordar a Albert Camus, novelista, ensayista, dramaturgo y filósofo francés, aunque nacido en Argelia, quien aseguraba que era preferible “morir de pie que de rodillas”. Y en esas estamos, buscando las fórmulas para no doblar la extremidad inferior, aunque después de algo más de dos meses de encierro, treinta mil muertos y más de doscientos mil infectados, la sensación de arrojar la toalla y dejarte llevar por el hastío y el pesimismo gana enteros en la misma medida que el calor se apodera de los días y casi de las noches en este mayo atípico que nos ha tocado vivir.
No decaigan. No se dejen llevar por el “Inguma” o genio maléfico que tan bien describe Dolores Redondo en su trilogía del Baztan. A ser posible sáquenlo de las profundidades en las que busca instalarse, lo sujetan con fuerza y lo lanzan allí donde el mismísimo Caronte, barquero de Hades, trate de recogerlo. Y como no lleva la moneda necesaria para el paso de la laguna Estigia, deba vagar cien años hasta obtener la benevolencia del timonel que los trasladaría sin cobrar.
Volveremos a la normalidad. A las playas, a los bares, a las tapas, a los conciertos, a las comidas con amigos, a los viajes, al cine… a tantas y tantas cosas que estaban ahí y que éramos incapaces de valorar, que cuando nos las arrebatan vagamos perdidos y sin destino fijo.

Optimismo o pesimismo

Antonio Lao | 4 de mayo de 2020 a las 18:38

No vivíamos en los mejores tiempos. Las cifras macroeconómicas mostraban una ralentización perceptible, un avance claro de los nacionalismos, una seria crisis de identidad europea pero, de pronto, todo se convirtió en peor. La llegada de la Covid-19 ha traído de vuelta el mundo sombrío de Dickens: “lo teníamos todo y no teníamos nada”; el “invierno de la desesperación” se impuso a la “primavera de la esperanza”.
Y así es como viven muchos  la epidemia del coronavirus, según los sondeos que cada día se van conociendo en los distintos países de nuestro entorno. Francia, por ejemplo, figura como uno de los que mira con mayor pesimismo y desconfianza la pandemia, mientras Gran Bretaña y Alemania muestran una visión más confiada y optimista de la gestión de sus respectivos gobiernos.  Franceses y españoles confían menos en su gobierno que los alemanes y británicos.  España se sitúa en una posición intermedia, aunque más cerca de Francia. Una encuesta realizada a primeros de abril por Sciencies PO, el prestigioso Instituto de Estudios Políticos de París, brinda una imagen comparativa del estado de ánimo de los ciudadanos de Francia, Alemania y Reino Unido ante la Covid-19, según recogía La Vanguardia del pasado domingo.  Y es que, a poco que oteemos nuestro alrededor, el horizonte que se dibuja es sombrío, no negro, pero tenebroso, casi de habitación del pánico. No hay, la verdad, muchos motivos para el optimismo. Al contrario. Sólo ver a Fernando Simón cada día dando “el parte” diario de la pandemia dan ganas de bajar el telón y no mirar la película. Ojos hundidos, cazadora de cremallera a la que se le ha dado mucho uso y barba de días sin arreglar, dibujan un escenario de película de miedo que mejor no mirar.
Pero ese no debe de ser el objetivo. El planteamiento debe ir más por la primavera de la esperanza de la que habla Charles Dickens que del invierno de la desesperación. A poco de que seamos capaces de recapitular, pensar con calma, ante nosotros se abre un futuro por descubrir. Un futuro diferente, desconocido, casi virgen, en el que las oportunidades llegarán en la misma medida que el oso descubre un panal de miel. Cada día que pasa es uno menos que resta para descubrir ese verano en el que el sol saldrá para todos y acabará con el negro-luto que nos ha ocupado estos dos meses. Como escribe Sabina, el coronavirus quedará en nuestra memoria colectiva como “una mala gripe que había que pasar”. Volveremos a los bares, a los restaurantes, a las playas, a los conciertos, a la reuniones interminables de amigos… a la cotidianidad que no valorábamos porque la dábamos por conquistada, pero que hoy parece el plan soñado para una larga jornada de verano, en el que la vida transcurre de forma plácida mirando las olas romper en cualquiera de nuestras playas. Sean optimistas, ya queda un día menos.

Reparto de culpas y culpables

Antonio Lao | 27 de abril de 2020 a las 18:45

En tiempos de pandemia y cuando la solidaridad de los ciudadanos está muy por encima de aquellos que nos gobiernan cabría preguntarse entre quiénes repartimos la culpa y quiénes son los culpables. Decía Al Pacino- John Milton  que “la culpa es como un saco de ladrillos: solo hay que descargarlo”. Y en ese mundo de arenas movedizas, de ciénagas plagadas de cocodrilos y caimanes nos movemos. Acechando la pieza días, semanas y meses si es necesario con tal de capturarla y al zurrón. No importa si estamos en periodo de veda o no, o si tiene serio riesgo de extinción. El caso es acechar y matar, cual vulgar raposo, que no se conforma nunca con comer, sino en cobrarse el máximo número de piezas. Logrado el objetivo, ya medito después si soy o no capaz de acabar con el banquete sin compartir nada con el resto.
En el mundo que nos ha tocado vivir los dos últimos meses, en el que de verdad hemos sabido quienes merecen la pena y  los que no; quienes son prescindibles y cuales necesarios, muy pocos de los que ostentan el gobierno han estado a la altura de las circunstancias y de lo que se esperaba de ellos.
Repito, aunque ya lo he dicho en alguna ocasión, que llegamos al menos una semana tarde. El Estado de Alarma debió aplicarse mucho antes, conocedores como éramos de la situación que vivía Italia. Dicho esto, puedo entender que un país como el nuestro, en el que la calle es como la sala de estar nuestra casa, iba a ser complejo y difícil aplicar y que se cumpliera un estado de confinamiento como el que estamos inmersos, si realmente los ciudadanos no veían los riesgos sanitarios que ahora conocemos.
Con el coronavirus golpeando con dureza, me cuesta mucho entender que quienes hemos elegido para llevar las riendas del país, los que gobiernan y los que hacen oposición, no sean capaces de avanzar en un proyecto común para afrontar la salida del precipicio, a ser posible, sólo con algunas magulladuras, pequeños golpes y algún que otro arañazo.
El reparto de culpas y los culpables están ahí. Y seremos todos, aquellos que tenemos la posibilidad de quitar y poner, de ejercer nuestro derecho, los que calibremos cómo han gestionado quienes ejercer el poder y cuánto han ayudado los que tratan de ocuparlo. Pese a los bulos, la permanente desinformación que unos y otros tratan de transmitir a través de medios de dudosa reputación e información veraz, lo cierto es que cuando estemos en la playa tostándonos al sol -será pronto, no lo duden-, o tomando una cerveza en la terraza de un bar, otearemos el horizonte y en ese reparto de culpas y culpables los situaremos en una balanza y el fiel caerá del lado de los solidarios, de los que sumaron. Y la derrota en aquellos que trataron de forma indecente de hacernos comulgar con ruedas de molino.

Cuando nos reencontremos

Antonio Lao | 20 de abril de 2020 a las 18:57

Comienzo esta semana haciendo referencia a uno de los pasajes del libro “Todo esto te daré” de Dolores Redondo, premio Planeta y autora de la Trilogía del Baztán, francamente recomendable. No se trata, no es mi intención, de desmenuzar la trama, pero si viene al caso para situaciones que se pueden derivar cuando nos reencontremos.
“No, no conocía a los empleados de la agencia, dudaba de que fuese capaz de recordar el nombre de más de tres, pero había sido aquella mañana, mientras buscaba en la agenda el teléfono de su agente, cuando se había dado cuenta de hasta que punto había vivido como un idiota mirando al mar. Había dejado que Álvaro cargase con su porción de realidad, la que corresponde a cada ser humano, a cada vida, y Álvaro había cargado con la de los dos, preservándole, manteniéndole a salvo como si fuese alguien especial, un genio o un retrasado”.
Y en esas estamos. En un proceso de cambios tan vertiginoso que de pronto hemos de dejar a un lado vivir como idiotas, oteando el horizonte, a la espera de que otros se impregnen de realidad y solventen nuestras cuitas. La realidad ha llegado para quedarse. El fin de los tiempos en los que casi todos nos llegaba hecho ha pasado a mejor vida y enfrentamos una época en la que, conscientes de la debilidad del ser humano, se acabaron los arropes para dormir, apagar la luz y cerrar la ventana para que no entre frío o la sobreprotección para evitar un resfriado común.
Cuando nos reencontremos nada o casi nada será igual. Nos miraremos con el deseo de los abrazos y los besos y no seremos capaces de acercarnos a más de dos metros, conscientes del miedo atroz que el coronavirus a inoculado en todos nosotros. El pánico ha superado los límites conocidos, hasta ser capaces de escribir carteles en los bloques, en los que sabemos vive una cajera de supermercado, un médico o un agricultor, y los conminamos a marcharse para evitar contagios. El colmo del despropósito, del egoísmo y de la intransigencia. Son válidos para darnos de comer cada día, para curarnos si la enfermedad nos asola, pero los queremos lejos cuando el miedo absurdo y el racismo más atroz se adueña de nosotros, inundando de maldad hasta los tuétanos.
Cuando nos reencontremos es posible que nuestra capacidad de relacionarnos permanezca intacta, aunque la lluvia fina caída a lo largo del encierro nos ha empapado cada poro de la piel y los inunda de recelos, de miedos, de cielos nublados amenazando tormenta para hacer frente al más elemental de los instintos del hombre: la supervivencia.
Cuando nos reencontremos no habrá una mano amiga que nos mantenga a salvo y seguiremos a merced de la COVID-19, si una vacuna milagrosa no es capaz de burlarlo, reírse en su corona y alejarlo aunque sea a base de salivazos.

Criterio, responsabilidad y certeza contra el virus

Antonio Lao | 13 de abril de 2020 a las 19:24

La pandemia de coronavirus nos ha embestido en un mundo dominado por la mentira, bajo el dominio de la posverdad. Un término acuñado en 2010 por el bloguero David Roberts, y que define con claridad que vivimos en una época caracterizada por el fomento de las emociones, muy fácilmente manipulables por las redes sociales. Tal y como recoge el articulista de La Vanguardia, Antonio Puigverd “es por ello que, sin desdeñar el duelo por los muertos o el sufrimiento de los enfermos, es preciso recordar que la verdad es una de las víctimas de la enfermedad que nos abruma”. Algunos atribuyen la frase a Esquilo y otros a un senador estadounidense. “La primera víctima de la guerra es la verdad”.
Cómo será de grave la situación en la que nos encontramos, que hasta he visto en las últimas semanas que algún gobierno autonómico e incluso el estatal ha alertado de una situación que crea alarma entre la población y eleva el nivel de estrés, ya muy alto, que padece la ciudadanía confinada en sus casas desde hace ya cuatro semanas. A través de las redes sociales, cualquiera que ustedes usen, o los seudo diarios digitales creados sólo con el objetivo de servir a un amo determinado y concreto, revolotea como las moscas en la miel con todo tipo de falsedades sobre la COVID-19 y sobre la gestión que el Gobierno central, el autonómico, los provinciales o los ayuntamientos están llevando a cabo. Cada día recibo en mi correo, en cualquiera de los grupos de Wasap en los que estoy o de particulares -se sorprenderían ustedes de algunos de ellos y quienes lo remiten- todo tipo de conspiraciones judéo masónicas sobre el origen del virus, curas milagrosas y curanderos cercanos a Merlín dispuestos a ofrecernos toda su sapiencia para acabar de un plumazo con el bichito. Y claro, con un miedo tan libre y tanta necesidad de creer, no les extrañe que muchos ciudadanos de buena fe los hagan suyos y hasta pongan en marcha cualquiera de los miles de remedios caseros con los que curanderos de tres al cuarto tratan de hacer su agosto en tiempos de dificultad. Frente a todo esto, el único remedio posible, cierto, real, tangible es la serenidad que el periodismo serio, con rigor, creativo y veraz ofrece. No hay otra vacuna contra la efervescencia de las redes y el amarillismo, cuyo único objetivo es confundir y obtener beneficios y réditos políticos y económicos provocados por la confusión. Nos hemos zambullido de lleno en un mercado persa, en el que los pícaros florecen como los tulipanes en primavera. Es hora de que nos aferremos a la verdad, como la única arma -además de la investigación médica- de vencer la pandemia que nos asola y de la que parece que, con el criterio, la independencia y el rigor científico vamos a ser capaz de salir. Alejemos cuanto podamos a los nigromantes, visionarios y toda esta ralea, que sólo buscan dinero fácil llegado del dolor y la muerte

La pandemia que no vimos venir

Antonio Lao | 6 de abril de 2020 a las 18:51

Del cuatro al siete de febrero, el sector agrícola de Almería se desplazó a Berlín. Fruit Logistica mostraba ya, en parte, lo que se avecinaba. Para entrar en la Feria debías firmar un documento en el que confirmases que no habías estado con una persona de riesgo. Ya había frascos con desinfectantes por doquier y las distancias en los stands se empezaban a respetar. Un mes después tuve la oportunidad de volver a la capital alemana. La Feria de Turismo se había suspendido, en España los casos de coronavirus no llegaban al medio millar, pero en las calles sonaba una especie de “run-run” que podía adelantar lo que se nos venía encima. Nadie, absolutamente nadie, pero ni en España ni en el resto del continente, era consciente de lo que hoy estamos padeciendo. A pesar de los datos cada vez más alarmantes que llegaban desde China e Italia, en España se tardó en reaccionar y en percibir la magnitud de los contagios locales. Pareciese como si la cosa no fuera con nosotros, que estábamos hechos de otra pasta o, peor aún, que la superioridad de occidente para situaciones adversas estaba por encima de cualquier “bichito” que osara u osase molestarnos.
El día 8 de marzo salimos a las calles a manifestarnos por la igualdad de la mujer como si no hubiera un mañana y, posiblemente, nos dimos los últimos besos y  abrazos que vamos a recibir en muchos meses. El futuro inmediato, que les voy a decir a ustedes, es una incógnita, pero el pasado más reciente es para  temblar.
El coronavirus no solo ha matado ya a miles de personas en China, Italia o España, sino que ha desbordado una y otra vez, como si de un martillo pilón se tratase, las previsiones de las autoridades. Sólo se han cumplido los presagios más oscuros. Ya el primer fin de semana, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, admitía que se avecinaba “la ola más dura, la más dañina” de la pandemia. Y el lunes las noticias ya hablaban de 462 fallecidos en 24 horas —una cifra que casi se duplicaría el viernes—, de decenas de muertes en residencias de ancianos y de una gran morgue improvisada por el Ejército en un centro comercial de Madrid. La semana no había hecho más que empezar, y el país se había rendido por fin a una evidencia que había intentado no mirar de frente desde hacía mes y medio.
Hoy, cuando se cumple la cuarta semana de confinamiento las muertes siguen siendo muchas, demasiadas, datos demoledores que nos van a marcar durante décadas. Es verdad que la curva parece descender, el número de contagios baja a un ritmo razonable y la luz se vislumbra al final del túnel. Nos quedan kilómetros de oscuridad aún que recorrer. La salida va a ser dura, muy dura. Y una vez que estemos fuera nos daremos de bruces con otra realidad, la económica, también crítica. Pero seguiremos ahí, vivos para contarlo.

La gestión de la crisis

Antonio Lao | 30 de marzo de 2020 a las 18:37

El coronavirus ya es una catástrofe humanitaria de consecuencias incalculables. En los hospitales  se selecciona a los enfermos -qué profunda tristeza- por su esperanza de vida. Las últimas encuestas conocidas aseguran que más de la mitad de los españoles tienen miedo a perder el empleo. Los datos económicos no contienen, lo miremos por donde lo miremos, mejor pinta. Al contrario. El tsunami que se nos avecina no tiene parangón en la historia de este país e, incluso ya se habla de planes Marshall y de la emisión de eurobonos por la Unión Europea. El estado de alarma en el que nos encontramos, que como muy pronto acabará el 11 de abril, muestra a las claras, sin parches que nos suavicen el dolor, cuál es la realidad de este país. Una realidad que comenzó en China en noviembre y la miramos de lejos como si no fuera con nosotros. Una realidad que llegó a la preocupación cuando conocimos los primeros casos en Europa, en España y en Almería. Una realidad que nos ha introducido de lleno en el ojo del huracán, que nos da miedo, que nos atemoriza y nos sume en la alarma, en la misma medida que conocemos el aumento de casos y el número de fallecidos. Y una realidad que nos agarrota, que nos paraliza, cuando ya conocemos a algún amigo o a algún familiar que lucha cada día frente a la enfermedad o, lo más triste, nos notifican que ha fallecido.
Puedo entender que la ola nos ha pillado a todos desprevenidos. Pero no comparto que aquellos que nos dirigen, aquellos que nos administran, no hayan sabido ver a lo que nos enfrentamos cuando teníamos el caso de China o el de la propia Italia a la vuelta de la esquina, para tomar nota y estar preparados para afrontar con garantías la guerra con “el bicho” que se acercaba. Y es aquí donde se me han caído todos “palos del sombrajo”. Es aquí donde me he dado de bruces con la realidad de este país. Es aquí cuando compruebo que al final estamos más cerca del tercermundismo que del mundo desarrollado. Es aquí donde, al margen de la solidaridad de cientos de  miles de españoles, observo como es la vecina de la lado, la amiga de enfrente, la que pone su máquina de coser al servicio de la comunidad para hacer mascarillas, ante las carencias mostradas por quienes nos dicen gobernar.
Mal vamos si aquellos que creemos nos van a sacar del atolladero no paran, un día  sí y otro también, de magnificar el lenguaje, de acercarse más al belicista que al tranquilizador, al guerrero que al educativo. No me serena lo más mínimo, y es para preocuparse, que adaptamos cada día nuestras palabras a la situación que padecemos. Y es que mucho me temo que todavía hoy, cuando se cumplen dos semanas del estado de alarma, el coronavirus va por delante de nosotros en esta carrera infernal, en la que el premio es la salud y la derrota la muerte. No hay medias tintas. Pero quiero ser optimista.

Con los lectores, con las personas, con la provincia

Antonio Lao | 23 de marzo de 2020 a las 19:21

Creo que a estas alturas de la pandemia del coronavirus y con algo más de una semana en “estado de alarma”, todos somos ya conscientes de que la provincia, la región, el país, el mundo atraviesa una situación muy difícil, extrema diría yo. La tormenta perfecta parece que se ha instalado en el planeta. Con los datos que ya conocemos  pienso que la emergencia sanitaria que padecemos no se va a resolver, ojalá fuera así, de la noche a la mañana, ni en las próximas semanas. Todos debemos mentalizarnos y entender que nos espera un trabajo por delante, posiblemente de meses, para retornar a la ansiada normalidad.
Sabemos de la intranquilidad de nuestros lectores, de aquellos que cada día se acercan al quiosco a comprar Diario de Almería o de los que a través de un clic acceden a nuestra web y a nuestras redes sociales. Esa misma intranquilidad es la que yo siento por los efectos de una pandemia que puede causar serios daños en la salud de nuestras familias, en especial en nuestros mayores, en la economía de la provincia, tan dependiente de la agricultura y del turismo, o en el trabajo de aquellos que lo buscan por primera vez.
Desde esta atalaya dominical pretendo  hacerles llegar el compromiso y la responsabilidad de todos cuantos hacemos Diario de Almería para ofrecerles en cualquier circunstancia y en cualquier escenario -el que afrontamos no es precisamente cómodo- desde nuestra web y desde el modelo tradicional de papel, la información más contrastada, la información más verificada, así como las opiniones más rigurosas, criterios médicos y todo aquello de especial relevancia y que tenga que ver con el COVID-19 y sus efectos, que ya los está teniendo y de forma, a veces dolorosa, en las vidas de cada uno de nosotros. Todos nuestros recursos periodísticos, técnicos y empresariales trabajan  cada día, para que ustedes, los lectores, los que están al otro lado, conozcan lo que sucede con la pandemia,  lo que se puede prever que ocurrirá, y de todo lo que nos rodea en esta crisis sanitaria de incalculables consecuencias. Y siempre alejados de las falsas noticias. Como explica Soledad Gallego Díaz, “lo importante en una crisis de un alcance tan formidable como esta es garantizar lo básico a la población: alimentación, energía, telefonía, medicamentos, asistencia sanitaria… y periódicos. Periódicos, digital o papel, que les cuenten lo que sucede y les amplíen la mirada en este encierro obligatorio”. No vamos a renunciar a ni uno solo de nuestros colaboradores para que el alma de Diario de Almería siga siendo información que sepa aunar la crítica, siempre necesaria, con un fuerte sentimiento de comunidad solidaria ante la adversidad que nos invade. Nosotros, quienes hacemos Diario de Almería, y ustedes, nuestros lectores, tenemos desde hace 13 años un vínculo especial. Nos une la provincia. Lo sentimos así y trataremos de no defraudarles.

La imagen exterior del destino turístico

Antonio Lao | 16 de marzo de 2020 a las 13:37

Fue el presidente de la Diputación del Málaga, Francisco Salado, el que el jueves ofrecía en Berlín un dato demoledor, a mi entender, para el destino turístico andaluz: “La imagen que tienen fuera de nuestras fronteras de nuestros hoteles, de nuestras instalaciones, de nuestra oferta, tiene mucho se sesentera y anticuada”.  Cuando la realidad, todos la conocemos, es que las infraestructuras son modernas, optimizadas y a la vanguardia. Mientras el consejero de Turismo y vicepresidente de la Junta, Juan Marín, asentía a tales afirmaciones, un rotundo escalofrío recorría mi cuerpo, a la vez que me planteaba qué podemos estar haciendo mal, para que aquellos que nos visitan lleguen pensando en que somos un destino viejo y cuando se van sus prejuicios iniciales saltan hechos añicos.
Desde los comienzos de este sector como fuente de empleo, desarrollo y modernidad de este país, el trabajo llevado a cabo por todos, -entiéndase administraciones y empresarios- ha sido ímprobo en avanzar en la permanente reforma de las instalaciones, así como en ampliar la oferta para atender los “paladares” más exquisitos de una industria en constante movimiento y en el que los competidores avanzan, si no más que nosotros, si lo suficiente como para poner sobre el tapete los mismos elementos y los conceptos que nuestra industria desarrolla.
Si la desazón inicial por la afirmación turbó mi ánimo, la reflexión posterior me llevó al optimismo, nunca exagerado, pero si moderado, al entender que, a pesar de la imagen podamos transmitir entre aquellos que no nos conocen no es la mejor, lo cierto es que este país, por mil circunstancias que sería prolijo enumerar, ha logrado durante dos años consecutivos batir su propio récord de visitas, estancias, pernoctaciones e ingresos.
Dicho esto, si conviene de forma paralela pararse un momento y pensar que las campañas que una y otra vez hacemos, en la creencia de que llegan a potenciales clientes no deben ser las mejores para alcanzar los objetivos marcados en rojo en las conclusiones y análisis anual.
En mundo tan cambiante como el que nos ha tocado vivir, en el que lo que hoy es dogma mañana es papel mojado, lo mejor es no perder el tren y perfilar cada acción como si fuese la última que hiciéramos en nuestra vida y de ella dependiera el futuro de la humanidad. Cada detalle cuenta, cada aspecto se analiza con lupa y la valoración que se lleven de nosotros aquellos que nos visitan es el mejor de los antídotos contra cualquier virus de los sesenta que ose instalarse en el organismo turístico de nuestra tierra. Y es que pese a campañas, proyecciones, apuestas y demás, la mejor de las publicidades siempre es el boca a boca. Y es ahí donde nos jugamos el futuro. Un futuro del que dependen miles de empleos en toda la comunidad y la renta de muchas familias.

Ábalos ya tiene quien le escriba

Antonio Lao | 9 de marzo de 2020 a las 12:04

Ramón Fernández Pacheco, alcalde de Almería, ha dejado de tener  paciencia con el Ministro de Transporte, Movilidad y Agenda Urbana José Luis Ábalos. El primer edil, conciliador siempre, lo que no significa exigente, ha remitido una carta al máximo responsable de las infraestructuras de este país, en la que solicita una reunión en la que analizar la situación de las obras y proyectos que afectan a la ciudad de Almería, dependientes del Gobierno de España, que se encuentran “en desarrollo o esperan su puesta en marcha”.
Entre los asuntos de interés a tratar referidos por el alcalde en esta misiva, se encuentran la rehabilitación de la Estación de Ferrocarril y su cesión a la ciudad; la llegada de la Alta Velocidad; las obras de integración ferroviaria o la conexión de la autovía A-7 con el Puerto.
Sobre la Estación, el alcalde recuerda que “estas obras, iniciadas en el año 2016, que deberían estar concluidas en febrero de 2019, actualmente están paradas”, desconociéndose a fecha de hoy “los planes y plazos de ejecución de esta obra”, promovida a través del Administrador de Infraestructuras Ferroviarias (ADIF). Evoca en esta actuación la pretendida recuperación para la ciudad de un inmueble, “de los más notables de la arquitectura ferroviaria andaluza y uno de los edificios más singulares, históricos y reconocidos con los que cuenta nuestra ciudad”. Subraya, además, la “especial vinculación de los almerienses con la antigua Estación” y alude a que su rehabilitación y puesta en valor como espacio cultural se convirtió en un “clamor popular”, llegando el Gobierno de España a un “compromiso público” de ceder el inmueble a la ciudad una vez recuperado, todo ello después de “muchos esfuerzos y reuniones” mantenidas por el Ayuntamiento con el Ministerio.
Siempre muy correcto, el primer edil plantea en el escrito mantener “una fluida y productiva relación entre nuestras respectivas administraciones”, emplazando en la solicitud de esta reunión al ministro para “analizar éste y otros asuntos comunes, entre ellos los plazos del Gobierno para la llegada de la Alta Velocidad a la ciudad, las obras de integración ferroviaria o la conexión de la autovía A 7 con el Puerto”.

“El interés común que ambos compartimos por ofrecer respuestas y el propósito dar soluciones a las necesidades de la sociedad almeriense me anima a solicitarle que dicho encuentro se pueda producir en el menor plazo de posible”, concluye Fernández-Pacheco, quien ya espera fechas disponibles en la agenda del ministro para mantener dicho encuentro.  Mucho me temo que hasta que no haya presupuestos no habrá respuesta. Y aún así va a ser difícil(ironía) encontrar fechas para hablar de obras necesarias para Almería, que están en la agenda del Ministerio, pero hay otras que parece que al señor Ábalos le rentan más. Quedamos a la espera

Los precios del agro

Antonio Lao | 2 de marzo de 2020 a las 13:55

Centenares de agricultores se manifestaban el martes en el Polígono La Redonda de El Ejido para protestar por los bajos precios. Una protesta que se repite de forma incesante por todo el país, al entender que la gota que ha colmado el vaso de un sector maltratado por las administraciones, ya ha caído.
Pese a las molestias ocasionadas, difíciles de asumir para quienes las padecen, lo cierto es que a los agricultores les asiste toda la razón. Son muchos años en los que se anunciaba la llegada del “lobo”, al que nadie quería ver, pero lo cierto es que el cánido ya está asentado y parece, si nadie lo remedia, que ha venido para quedarse.
La campaña, allá por donde preguntes no ha sido, no está siendo buena. Al contrario, la mayoría de los agricultores consultados hablan de ella como una de las peores que recuerdan, aunque siempre hay excepciones. Las causas que nos han llevado al agotamiento de un modelo de éxitos son muchas, al igual que los culpables. No se trata a estas alturas de señalar a nadie. Pero lo cierto es que el grado de aguante de un sector con las manos encallecidas, la piel curtida por el sol y harto de sufrir las escarchas mañaneras o la calima del mediodía, ha llegado al límite. No hay mucho más tiempo para seguir poniendo dinero y que otros eslabones de la cadena obtengan beneficios.
De media, poner en producción una hectárea cuesta a un agricultor en torno a los 50.000 euros. Una cantidad que cada año sale de las arcas de los bancos, en forma de préstamos, que hay que pagar con precisión suiza, como los relojes, durante la campaña. Y las cuentas no salen.
Se imaginan la tensión, los riesgos y la decepción de aquellos que han apostado todo a un producto, a dos o a tres y que luego las pizarras se encarguen de romper. Al igual que cualquier atisbo de esperanza en recuperar lo invertido y alcanzar un sueldo digno para cada una de las familias que cada mañana se parte el lomo dentro del invernadero. Con seguridad muchos de ustedes lo desconocen, no aciertan a entender donde está el problema, las causas y el modo de resolverlas.
Demasiada paciencia han demostrado aquellos que nos permiten llenar la nevera cuando vamos al supermercado. Demasiado tiempo han soportado el desprecio de tantos, las críticas de unos pocos y la indiferencia de tantos, cuando debiéramos inclinarnos en señal de respeto ante aquellos que nos dan de comer. Ha llegado la hora de caminar en la senda de las soluciones, del entendimiento, de los precios justos y del respeto. Basta de intermediarios que sólo ponen la mano, no sudan porque permanecen a cubierto del aire acondicionado de la oficina y no padecen las inclemencias climatológicas y los miedos de las tormentas, olas de calor o vendavales. En vuestro ánimo y en vuestro carácter está la solución. No decaigáis.

Aeropuerto Antonio de Torres

Antonio Lao | 17 de febrero de 2020 a las 19:39

Quien recuerda a sus personajes históricos, a aquellos que han llevado tu pueblo o tu ciudad por el mundo, merecen todo mi reconocimiento. Mantener en la memoria a quienes nos precedieron nos honra como ciudadanos y nos eleva en la escala de valores hasta la cima.
Digo esto tras aprobarse en el Pleno del Ayuntamiento, por unanimidad, que el aeropuerto pase a denominarse Antonio de   Torres. Considerado como el padre de la guitarra actual, supone un espaldarazo a una de las personas que  más huella ha dejado y con más durabilidad en el tiempo de cuantos han nacido en la capital.
Con seguridad, no me equivoco, que la iniciativa servirá para que aquellos que nos visiten puedan identificarlo nada más tomar tierra. Antonio de Torres es, posiblemente, más conocido fuera de nuestras fronteras que en su patria chica. Bien es verdad que en los últimos años un buen  número de historiadores y cronistas de la ciudad, entre ellos Antonio Sevillano, han trabajado con denuedo y sin descanso para contribuir al rescate de una figura de relevancia internacional, olvidada por muchos, más de los necesarios, y acomodada en uno de esos baúles para recuerdos que solemos instalar en el desván. Recuerdos que  de vez en cuando, cuando la nostalgia y el paso de los años nos invade, buscamos en la creencia de que fueron mejores, cuando la realidad es que sólo permanece lo bueno instalado en la memoria. De ahí el concepto tan positivista que nos inunda de esos tiempos pretéritos. Desconozco si emulando o no a Barajas que ahora se llama Adolfo Suárez o al inconcluso aeropuerto de Berlín, dedicado a Willy Brandt, ambos grandes dirigentes políticos español y alemán, lo cierto es que la iniciativa que se defendía en la sesión plenaria del lunes es, bajo mi punto de vista, una de las de mayor calado de la actual legislatura. Algunos pueden pensar que no deja de ser un detalle con el padre de la actual guitarra, y hasta es posible que no les falte razón y no se pueda comparar, por ejemplo, con los nuevos accesos a la Alcazaba o la idea del puerto-ciudad. Grandes obras, sin duda, pero un detalle como este quedará recogido para la historia de la ciudad en los libros que se escriban a partir de ahora. Y aquellos que los lean, nuestros nietos o bisnietos, con certeza acudirán a las hemerotecas de su tiempo, comprenderán y pondrán en valor no sólo la iniciativa, sino a la figura que honrará  a la ciudad y a su aeródromo en el futuro.
Los millones de personas que entrarán a la provincia por el aeropuerto Antonio de Torres, o una buena parte de ellos, nada más tomar tierra buscarán en Google su nombre, lo admirarán y en sus cerebros sonarán los acordes de cualquiera de sus guitarras rasgada por las manos de los mejores que las han tocado. Imaginen las notas y deléitense.

Fruit Logistica, los precios y la comercialización

Antonio Lao | 10 de febrero de 2020 a las 19:26

Depende de con quien hables la versión puede diferir. Aunque hay cierto consenso y coincidencia en que la campaña no está siendo de las mejores, según quien exprese su opinión, las matizaciones aparecen y urgen diferencias, pequeños detalles, que profundizan en la disparidad de opiniones que subyacen de un fondo común.
Fruit Logistica, la feria europea de los productos frescos por excelencia, en el corazón de Europa (Berlín) ha puesto de manifiesto, otra vez más, las dificultades por las que atraviesa el sector, a la vez que ha abierto el buzón de las oportunidades para un sector en constante evolución, innovador y capaz de hacer frente a las dificultades, renaciendo, si es necesario, de las cenizas como el Ave Fénix.
La concentración en la capital de hace diez días no fue la misma que se vivió en el mes de octubre. Si entonces los precios de las hortalizas iban a pérdidas, en la actualidad, con el frío instalado en Europa y con  temperaturas a la baja en la provincia, las pizarras están calientes, no tanto como quisieran los agricultores, pero con cifras razonables para lograr beneficios y tratar de tapar los agujeros abiertos en el inicio de la temporada.
El llamamiento a la movilización fue tibio, al igual que la respuesta, con la protesta en la calle, sin aspavientos, con la boca chica y recogiendo rápido que hay que seguir trabajando en el invernadero. Me alegro por los agricultores que la situación haya pasado del negro al gris en tan poco tiempo y con perspectiva de blanco para el mes de febrero.  Las pizarras calientes no significan que los problemas se hayan evaporado. Están ahí y siguen siendo los de siempre. Hay que afrontar la comercialización con otras garantías y con la posibilidad de ser, de verdad, un interlocutor válido frente a las grandes cadenas de supermercados. Desde la administración andaluza parece que se dan los primeros pasos para tratar de vender con una sola voz. La tarea que hay por delante es ardua y compleja, porque no todos están por la labor. A pesar de que el horizonte no está despejado y la competencia global nos rodea, todavía el margen de beneficio es lo suficientemente goloso como para que el inmovilismo permanezca asentado y con escasos visos de emprender el camino.
Pero no queda otra. Estos días en Berlín he comprobado lo importante que es trabajar para vender con una sola voz o nuestros competidores acabarán devorado un sector que ha permitido a esta tierra situarse entre las primeras del país en renta per capita, crecer en población, innovar y desarrollarse como  nunca antes y, lo que es más importante, liderar un sector como el de las hortalizas que nos ha hecho referente mundial. No lo perdamos por entender que el trabajo está hecho. A poco que nos descuidemos los que vienen detrás nos adelantan y nos quedará cara de alelados. No lo duden.

Turismo de calidad o de bajo coste

Antonio Lao | 3 de febrero de 2020 a las 20:06

Concluida la Feria de Turismo de Madrid (FITUR) y vistas y analizadas las tendencias del sector para los próximos años, cada vez estoy más convencido de que la apuesta de Mojácar por el turismo de calidad, por el turismo de familia, por el turismo del descanso o por el turismo de  notable poder adquisitivo no solo era necesaria y acertada, sino que es la única vía entendible para permanecer y crecer como referente, tanto en el panorama nacional como internacional. Por fortuna para los que viven en la población del levante, como para todos aquellos que la visitamos, Ros Mari Cano, alcaldesa, se dio cuenta a tiempo de la necesidad, urgente y perentoria, de regular la avalancha que se avecinaba de celebraciones multitudinarias de despedidas de soltero, tan garrulas como limitadas, en el aspecto pecuniario para la localidad. Limitar este tipo de propuestas en favor de aquellos que ven al municipio como un lugar para descansar, de búsqueda de sol, tranquilidad y sosiego, aderezado, como no, con la diversión común cuando se está de vacaciones, se me antoja uno de las mayores propuestas que el Ayuntamiento está llevando a cabo, de cara a garantizar el futuro de Mojácar como destino de excelencia en el mercado turístico mundial.
Pero huir del turismo descontrolado, de los viajes en autobús con copas incluidas en macrodiscotecas de playa o las borracheras aseguradas por un puñado de euros, entiendo que es el mejor de los argumentos que esgrimir ante los grandes operadores del turismo europeo, para garantizar que aquellos que decidan pasar sus vacaciones en el municipio del levante de Almería, tengan garantizado el descanso, no exento -no nos olvidemos- de la necesaria diversión, que para eso estamos de vacaciones. La prueba del algodón de que se hace lo correcto, que se camina en la dirección acertada, es que aquellos destinos que en los últimos años han vendido el turismo de  borrachera y descontrol, como la fórmula del éxito – me refiero a localidades de la costa catalana o algunas otras de Baleares, han dado un paso atrás, en un intento de recobrar la compostura, la normalidad y, porqué no decirlo, el aumento de ingresos depauperado con propuestas y paquetes que poco tenían que ver con el beneficio y el desarrollo de estas poblaciones. El valor añadido no se quedaba aquí, sino en los lugares de origen. Pero lo que si permanece o se sufre son los destrozos de mobiliarios, los daños en parques y jardines y el reguero de vomitonas y de orina que cada día los trabajadores de la limpieza deben limpiar cuando la mañana acecha y los que se han bebido hasta las fuentes se retiran a dormir la mona a sus hoteles. Mojácar, de ninguna de las maneras, debe caminar en este sentido. La limitación de horarios y el control de locales es y debe seguir siendo la base sobre la que se asiente el futuro que está por venir.

Cañarete y caos de tráfico

Antonio Lao | 27 de enero de 2020 a las 15:03

Si usted vive en Aguadulce o Roquetas, y en menor medida en Vícar, La Mojonera y hasta El Ejido, los compadezco si tienen que coger el coche y venir a Almería o regresar a sus lugares de origen en hora punta. El cierre de la carretera de El Cañarete, por el desprendimiento de una enorme roca hace ya casi un mes, se ha convertido en un verdadero suplicio para los usuarios del coche, un riesgo para la integridad de quienes lo cogemos, por los alcances habituales, y el peor de los escenarios para aquellos que no tengan nervios de acero.
De siete a nueve de la mañana, los accesos a la autovía del Mediterráneo desde Roquetas, Aguadulce o Vícar son una auténtica ratonera, un cepo con dientes afiliados para aquellos que buscamos llegar al trabajo en hora. Si usted no desea llegar tarde, tiene una reunión o lo están esperando, ármese de paciencia, levántese más temprano, mucho más temprano y, sobre todo, no busque atajos para alcanzar su meta más rápido. No los hay.  Y aquellos que crean vislumbrar alguno, se arriesgan a un accidente, nunca deseado, que al final acabará costándole muy caro.
Y mira que la Policía Local trata de hacer las cosas, buscar fluidez y otras zarandajas, pero cuando es imposible no caben paños calientes ni soluciones de cataplasma que no conducen a ningún sitio.
La carretera de El Cañarete es la vía que evita cada día colas en los accesos en la capital. Las ocasiones en las que los desprendimientos, muy comunes, la han cortado, los automovilistas sólo les queda rezar en arameo, mirar al frente y evitar en la medida de lo posible las consecuencias del estrés. Nunca pediré que la vía se abra sin todas las medidas de seguridad. Sería una temeridad por parte de los responsables. Hasta aquí entiendo que permanezca cerrada. Dicho esto, no entiendo el apagón informativo al que el Ministerio de Fomento tiene sometidos a los almerienses que cada día la usaban y a todos aquellos que nos visitan, que admiran un recorrido paralelo al mar, tan espectacular como peligroso. Los desprendimientos, para nuestro martirio, se han convertido en moneda habitual. Es raro el año en el que no nos enfrentamos a uno de ellos y, por fortuna, no hay que lamentar víctimas.
En la situación actual, parece evidente que la actuación de aquellos que gestionan las carreteras no es la que cabe esperar de aquellos que nos gobiernan. La carretera se cerró, perfecto. Pero nunca más supimos de los trabajos que serán necesarios para arreglarla, el tiempo, la inversión y, lo que es más importante, alternativas a las permanentes colas que sufren los usuarios del coche en horas punta, tanto en un sentido como en otro. Colas que parecen no preocupar a nadie más que aquellos que las sufrimos y estamos expuestos cada día a los alcances habituales, en este mes ya van demasiados, aunque no hay que lamentar víctimas. Aleluya.

Almería, para gozarla

Antonio Lao | 20 de enero de 2020 a las 13:34

FITUR (Feria Internacional de Turismo de Madrid) es el mayor escaparate para proyectar al mundo un destino. Quizá, junto con Londres y Berlín, la muestra capitalina reúne en IFEMA a todos los que son, con novedades, propuestas y eventos, además de ser el termómetro perfecto para calibrar como va a ser el año , en un sector básico para el país y principal para una tierra como la nuestra. Almería acude, un año más, junto con el resto de provincias andaluzas, arropada en el paraguas de la Junta de Andalucía. Aunque se corre el riesgo de ser uno más, lo cierto es que, a poco que seamos capaces de diferenciarnos, el objetivo se cumplirá con creces.
El sol y la playa siguen siendo nuestros argumentos principales. Argumentos nada desdeñables para una tierra que tiene 217 kilómetros de costa y 13 municipios bañados por el Mar Mediterráneo. Entendida como cierta esta primera premisa, lo indiscutible es que de forma paralela y gracias al trabajo que durante muchos años han hecho organismos tan serios y comprometidos como el Patronato Provincial de Turismo o los propios empresarios hoteleros, se han abierto nuevos caminos, nuevos senderos a explorar, que ofrecen un complemento perfecto a lo tradicional, a lo común, a una Almería en la que el sol pasa el invierno y mucho más.

A lo largo del año, mes a mes, esta provincia ofrece pruebas sólidas que permiten afirmar que aquellos que un día decidieron pasar sus vacaciones en la provincia repiten.
Gastronomía, turismo de las estrellas, turismo industrial y agrario, rutas por el desierto o nieve en lugares emblemáticos como el Puerto de la Ragua o Calar Alto, son señales suficientes para entender que cada uno de los meses esta tierra es capaz de proponernos razones suficientes como para gozarla. Lo que puede parecer una obviedad, porque lo vivimos estación a estación, mes a mes o día a día, resulta ser una delicia para aquellos que nos visitan. Hace unos años, un conocido empresario hotelero de esta tierra, creía que la provincia no lograría ser un destino pleno los doce meses del, año porque le faltaban dos grados de temperatura más. El tiempo ha transcurrido, y con esto del cambio climático, tan preocupante para algunas cosas, al final está permitiendo a esta esquina del país disponer de un verano no tórrido y de un invierno suave, que permite a los más intrépidos y a los que no lo son tanto, aventurarse en las azules aguas del Mediterráneo por la mañana y subir al frío soportable de La Ragua por la tarde. Si a ello le sumas una de las gastronomías más variadas del país, con platos para chuparse los dedos, no nos debe extrañar que en algunos momentos de temporada alta lleguemos a pensar que ya nos visitan demasiados. Aunque lo cierto, es que aún tenemos posibilidades, sobre todo en los meses valle.

Morir en el centro de salud

Antonio Lao | 13 de enero de 2020 a las 12:58

EL viernes 27 de diciembre  fallecía en el Centro de Salud de Olula del Río un hombre de 76 años, al que llegó en estado de “inconsciencia” y con dificultades para respirar acompañado de su hijo, después de haber esperado unos veinte minutos a ser atendido por un médico. La tardanza en auscultarlo no tuvo nada que ver con una negligencia, ni mucho menos. Simplemente en el centro sanitario en ese momento no había ningún facultativo, al estar atendiendo a otro paciente en uno de los pueblos de la comarca. La familia, como no podía ser de otra manera, presentó la correspondiente reclamación ante el Servicio Andaluz de Salud. La administración autónoma, como corresponde en estos casos, lamentó el suceso y anunció la apertura de una investigación para conocer lo ocurrido.
Ansiosos estamos por conocer los resultados, que esperemos no se demoren mucho tiempo en hacerlos públicos. Pero por lo que vienen denunciado los sindicatos, los propios facultativos y trabajadores de la salud, todo tiene su origen en la falta de personal. Es verdad, que para que una situación como la ocurrida en el Centro de Salud de Olula del Río se produzca tienen que unirse y conjurarse todos los elementos negativos posibles, para hacer coincidir la salida del único médico a otra la localidad con la llegada de un paciente de extrema gravedad.
Lo acontecido en la localidad del mármol igual podría haber tenido lugar en cualquiera de los otros centros sanitarios repartidos por las comarcas almerienses y que, a poco que nos demos una vuelta, hacen una extraordinaria labor, digna de encomio y aplauso. Pero, lamentablemente, lo que no pueden es multiplicarse, como los panes y los peces, para atender los casos que se suceden cada minuto. Si a eso le sumas una población envejecida y período de alta frecuentación, el cóctel que nos encontramos es explosivo.
Un médico de uno de estos centros me confesaba hace unos días la impotencia que sentían ante la acuciante falta de personal, no ya sólo de facultativos y enfermeros, sino de otros trabajadores como celadores, o conductores de ambulancia. Era tal su desesperación, que aseguraba que le habían mandado un celador sustituto para la Navidad que era la primera vez que era contratado y no sabía ni encender el ordenador y, ni mucho menos, conocer el programa informático de trabajo. “Lo cierto -se lamentaba- es que a veces nos dan más tareas de los que tenemos”.
Esta es la situación. Un problema que viene de largo, en el que las carencias se acumulan, las contrariedades se tratan de subsanar en la medida de lo posible, las plantillas no se aumentan todo lo necesario y, en medio, nos encontramos con una desgraciada muerte que ha venido a emborronar un trabajo impecable, en situaciones laborales donde las condiciones no siempre son las óptimas.

Colapso en urgencias

Antonio Lao | 23 de diciembre de 2019 a las 13:16

La salud, como bien más preciado, está siempre en el ojo del huracán. Las cosas se pueden hacer razonablemente bien y, a pesar del esfuerzo y el trabajo, siempre habrá alguien descontento, molesto, maltratado o atendido de forma deficiente. Sirva esta introducción para situar las denuncias sindicales y de particulares en la última semana sobre el servicio que prestan las urgencias de nuestros hospitales. Las imágenes que todos hemos visto parece que no dejan lugar a dudas de que las cosas se pueden hacer mejor, y con seguridad que puede ser así. Sin embargo, no creo necesario mancillar el trabajo de los trabajadores sanitarios y, ni mucho menos, el de los gestores de la sanidad pública.
He vivido, posiblemente en más ocasiones de las que hubiera creído necesarias, la vida en las urgencias de un hospital. Y les puedo asegurar que el trabajo, el trato, el cariño y el esfuerzo de todos los que allí trabajan es posible que no se pueda pagar con otra cosa que no sea el reconocimiento, la dignificación y el emponderamiento de la prestación de un servicio vital para la vida. No olvidemos que estamos a las puertas del invierno, una época en la que el número de enfermos se dispara, aunque bien es verdad que la mayoría no requiere hospitalización. Si es cierto, que cuando percibimos cualquier patología lo más socorrido y rápido es una visita a urgencias. Y llega el colapso. Un colapso que si lo miramos desde el punto de vista sindical, empeñados en más y mejores contratos siempre será extremo. Un colapso, que si lo observamos desde aquellos que gestionan los servicios, se reduce prácticamente a la nada y no va más allá de lo habitual en estas épocas.
Sea como fuere y entendiendo que en el término medio está la virtud, lo cierto es que no debemos rasgarnos las vestiduras más allá de los necesario; no pretendemos llevar la reivindicación al paroxismo y tampoco, claro está, hagamos un seguidismo de las bondades del servicio que se presta como si no fuera, que lo es, supuestamente mejorable.
Unas urgencias que se precien debe ser un servicio dinámico, activo, en ocasiones caótico, pero siempre bajo el hilo conductor de la coherencia, la gestión y el buen hacer. Y en eso, con seguridad, están los responsables sanitarios del hospital Torrecárdenas de Almería. Y la prueba más evidente de que es así llega días después de la denuncia con la vuelta a la normalidad de un servicio complejo e imprevisible, en el que te puedes pasar horas en una cotidianidad rayando el aburrimiento como zambullirte en un frenesí diabólico, en el que por momentos puedes tener la sensación de que el control se te escapa de las manos. Demos pues un voto de confianza, como siempre hemos hecho a los profesionales y a aquellos que los dirigen recomendarles prudencia, paciencia, aguante y pelear por la constante mejora.