El Gobierno de verdad

Ulyfox | 21 de noviembre de 2011 a las 14:53

Penélope, ante el Atomium de Bruselas, mucho antes del euro.

No, no voy a hablar de Rajoy. ¿Para qué? Baste decir que algunos acontecimientos me dan más ganas de viajar aún. Me refiero al Gobierno de verdad, a los que deciden realmente lo que se va a hacer en nuestro país. Esos, ya lo hemos comprobado, no están por aquí ni los elegimos nosotros. Están en los grandes bancos norteamericanos, en las Bolsas de Londres, Nueva York o Francfort, en la cancillería de Berlín, en las instituciones comunitarias de Bruselas.

El Atomium es una gran explanada, ideal para tumbarse.

Bruselas es la capital comunitaria, donde se ventilan nuestras penas económicas y se decide qué hacer algún día. Bueno, pues que sepan que nosotros ya hemos estado allí, cuando eso no ocurría, cuando Europa era un sueño limpio y ordenado al que España se acababa de incorporar para hacerlo a su vez al mundo. Entonces todos queríamos ser europeos, o casi todos. Y nadie había oído hablar de primas de riesgo ni deuda soberana, esos términos en los que nos hemos hecho tan mentirosamente expertos, tan engañadamente peritos.

Terrazas y cerveza en la Grande Place.

Y éramos, también nosotros, felices y pobres. Viajábamos en grupos baratos, algo así como autobuses low cost. ¡Aquellos viajes con Mundojoven, nuestra querida agencia ludocutre! Bruselas estaba en aquel itinerario París-Países Bajos ida y vuelta en autocar desde Madrid. Tan bueno. ¿Qué recuerdo de aquello, en un ancestral 1991, ya metidos en nuestra fiebre viajera, que no nos ha abandonado? Bruselas no me pareció más que una capital administrativa grande y ordenada, en la que todo cerraba a las seis de la tarde. Sólo me marvilló la Grande Place y sus alrededores, el centro histórico. La maravilla gótica de su Ayuntamiento y los edificios barrocos de esa plaza llena de terrazas con excelente cerveza; las calles que la rodeaban llenas de restaurantes; los mejillones, algo que asociábamos siempre con Galicia y que eran una sorpresa suculenta en el centro de Europa, pequeñitos, cocinados sólo con vino.

El ambiente en la Grande Place, primeros de septiembre de 1991.

Éramos dos, pobres pero dignos administradores de nuestros escasos bienes, en medio de un grupo viajero seguramente igual de humilde. La última noche la pasamos mirando las pizarras exteriores de los restaurantes, buscando el menú que se adaptara a nuestros últimos florines, mucho antes del euro. Encontramos por fin el menú barato, y naturalmente cenamos mejillones y cervezas. Y nos reíamos de nuestro modesto bolsillo, ya esquilmado a esa hora, saboreando los moluscos bivalvos, yo disfrutando de la belleza de Penélope, aprendiendo sin saber a ser ricos en cualquier circunstancia. Era en Bruselas, mucho antes del Banco Central, y cuando hablar de mercados era hablar de pescados, carnes y verduras. Y cuando el Atomium era famoso.

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