Christódulos el eremita y la monja que no tomaba aceite

Ulyfox | 15 de julio de 2012 a las 2:42

La sencilla iglesia de Agios Nikolaos guarda una joya en su interior.

Christódulos es un buen nombre para un monje. Lo era, muy apropiado, para aquella figura envuelta en un hábito negro, ya pardo por el uso, que dormitaba en el solitario monasterio de Agios Nikolaos (San Nicolás), apenas a tres kilómetros de Zaros, el pueblo montañoso del centro de Creta donde nacen todas las aguas. Ovillado en una silla vieja junto a una pared de ladrillo y al lado de una puerta de madera, sin dejar por eso de apoyar su mano derecha en un bastón de vara, al oírnos llegar se desveló de pronto, mostró su verdadera ancianidad y nos llamó con el único inglés que sabía: “Come, come“. Christódulos, sin levantarse, echó mano de un envase redondo de plástico que tenía en un poyo cercano y nos ofreció unas galletas de canela, buenísimas, y, por supuesto, dos vasos de raki, con unos dedos gordos, gastados y despreocupados por la mundana higiene.

La iglesia de Moní Vrondisi

Ahí no había más remedio. Tuvimos que usar el griego pedestre que manejamos y tras preguntarle su nombre entablamos una conversación. No quería que lo fotografiáramos, ni por supuesto aceptaba dinero: “Soy eremita y no tengo dinero, no lo necesito”. También nos advirtió que dentro de la emocionante capilla blanca, con unos restos preciosos de frescos bizantinos del siglo XIV, no se podían hacer fotos, y cruzando las muñecas con el gesto del esposado nos dijo: “Si  no, la policía de Zaros me lleva preso”. No quisimos ser los causantes de la detención de un eremita de 82 años. Le dijimos nuestros nombres (“Manolis es un nombre muy cretense” me contó), nuestras profesiones, periodista (dimosiografo) y médico (iatrós), y le faltó tiempo para contar a Penélope sus dolores de piernas, a causa de los cuales ya no podía trabajar. Por eso tal vez esperaba a los caminantes allí para ofrecerles galletas y raki con los que seguir el camino. “Ela, Manoli, ela iatré” decía utilizando el bello vocativo de las declinaciones griegas para animarnos a aceptar más dulces y aguardiente, “iatré, iatré kaziste, ine datsi” (doctora, doctora, siéntese, así está bien) decía para refrenar nuestra prisa y servirnos de nuevo el licor sagrado. Una monja encorvada apareció de pronto de un pobrísimo edificio blanco y bajo, empuñando una escoba, y se puso a ejecutar un barrido imposible en un camino lleno de tierra y polvo.

Queríamos visitar la iglesia del monasterio, apenas una mancha blanca con un pequeño campanario. El eremita nos invitó a tomar fotos del exterior y se levantó con un gran esfuerzo, apoyándose en su bastón. No había muchos pasos, y Christódulos sacó de algún pliegue de su vestidura una llave vieja con la que nos franqueó la entrada. Apenas traspasado el umbral, nos detuvo, cogió tres delgadas velas de un color marrón claro y las encendió, clavándolas en el candelero. A partir de ese día, repetimos ese rito cada vez que entrábamos en un templo cretense. No se trata de creencia, sino de la extraña alegría infantil que se siente con ese gesto de agarrar la bujía, encenderla con otra y asentarla en la arena del candelero, mientras se piensa tal vez un buen deseo.

Escena en una calle de Venerato

La capilla tenía una sola nave con entrada lateral, enfrente un montón de iconos de San Nicolás, y a la derecha, alrededor del iconostasio, los restos descoloridos de los frescos, con ese fondo azul característico y los trazos deliberadamente ingenuos de las imágenes. Todo centenario, todo sencillo, todo en paz, como Christódulos, que se había sentado a rezar en voz baja, mientras nosotros contemplábamos las pinturas. “Manoli, to fós” (“Manolo, la luz”), me pidió al salir para que volviera a dejar a oscuras la pequeña iglesia. Aún insistió en darnos más galletas y caramelos cuando nos despedimos de él. Durante todo el día tuve en mis manos el olor de la canela, y por siempre me acompañará el aroma de su hospitalidad no impostada, el aire de armonía que reinaba entre el hombre y su hábitat.

Unas hojitas como amuleto...

Ese día había comenzado de una manera decididamente espiritual, ya que la primera visita de la mañana fue a otro convento: el monasterio Paliani, el más antiguo de Creta y uno de los más venerados (de hecho, se encuentra junto al pueblo de Venerato). Es un patio rectangular al que dan unas humildísimas celdas, pero que alberga una preciosa iglesia bizantina, que no pudimos visitar por estar en restauración. De todas formas, el auténtico objeto de culto de Paliani está a un costado del templo: un milagroso mirto aromático, enorme y monumental del que los fieles han colgado decenas de ex votos en petición de favores: una hermosura de árbol, del que arrancamos una hojita como amuleto.

Bajo el árbol milagroso de Moní Paliani.

Apenas salimos de la benéfica sombra, una monja nos llamó para invitarnos a comprar iconos, en realidad baratas reproducciones para turistas. A nadie hicimos daño por adquirir uno pequeñito, lo que la octogenaria mujer nos agradeció ofreciéndonos parte de su frugal comida, unas rodajas de pepino sin aliñar: “Hoy es viernes, y los lunes, miércoles y viernes no podemos tomar aceite, tal como dejó escrito el santo. Mañana sábado comeré pescado según la misma norma”. Nos enseñó una vieja fotografía que colgaba de la pared. En ella se veía a un numeroso grupo de monjas. “Éramos más de ochenta, y ahora sólo quedamos veinte en el convento”, nos contó, y mientras hacía el gesto de dormir apoyando la mejilla en la palma añadió: “Las demás murieron (thanasis, o algo así dijo)”. Ella sí se dejó hacer la foto, y además con una gran sonrisa. No debía de ser eremita.

La monja octogenaria de moní Paliani, rodeada de iconos.

Una de las cosas que uno no debe dejar de hacer cuando viaja a Creta es visitar un monasterio, en griego ‘moní’. Pequeños, medianos, grandes, minúsculos. Los grandes son impresionantes, los pequeños son emocionantes. Los grandes, monumentales como Moni Arkadiou, Moni Toplou o Agia Triada, con sus fachadas venecianas hablan de luchas, de resistencia al invasor, a las decenas de invasores de todas las religiones que han sufrido los cretenses en su historia. Esos monasterios eran verdaderos refugios para los bravos rebeldes, ya fuera en la lucha contra los turcos o en la guerrilla contra la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial. De hecho, Toplou significa en turco ‘cañón’, y muchas veces los conventos estaban construidos como auténticas fortalezas. Nosotros, ese día aún nos dio tiempo a acercarnos a Moni Vrondisi, un poco más lejos y por una carreterita poco recomendable. Pero mereció la pena por ver la hermosa fuente veneciana con relieves de Adán y Eva en mármol que tiene a su entrada.

La fuente veneciana en Moní Vrondisi

 

 

Son estos, los cenobios pequeños, los perdidos voluntariamente en la espesura o en la colina más agreste los que representan más el espíritu universal, repartidos por toda Creta, pequeños centros de culto y recogimiento. Solitarios, eremitas, moribundos como comunidad, representan otro ritmo y forma de vida posible, generosa y, esta sí, eterna en su terrenalidad.

La vista desde el Moní Vrondisi

  • Rakítico Love

    Cuántos millares de novelas publicadas cuenta menos y, sobre todo, peor que esta preciosa entrada. Ha ‘hecho’ gran placer leerla. Ejfaristó polí.

    Estás hechos unos místicos, se os deja sueltos por Creta cuatro semanitas y os volvéis grandes eremitas.

  • Rakítico Love

    Perdón, quería decir “cuentan menos”

  • Ulyfox

    Bueno, bueno, Rakítico, no te pases. Eso sí, seguro que Christódulos tiene mucho que contar. Ese día entre conventos fue uno de los mejores (y fueron muchos) de esas cuatro semanitas. Aparte del placer de ver tantas bellezas. En realidad, no he contado más que media jornada. Porque luego estuvimos en Zaros, y con la risueña Katerina, la dueña de los estudios Kéramos, y con el viejo constructor de instrumentos…

  • Rakítico Love

    Estoy un poco halagador últimamente. Enseguida se me pasa y me cabreo con el mundo entero. Incluyendo a los que me provocan envidia. Esos, los primeros que van palante.

  • Ulyfox

    Rakítico, me encanta dar envidia. Y si es de la mala, mejor. Pero espero poder compensarla con unos tragos del antiguo vino de Creta, malaka!

  • mangasverdes

    Pues es todo muy bucólico lo de los monasterios y Cristódulos y todo eso, pero en Atenas cuando me crucé con algún pope en la caló septembrina, echaba un furrele que tiraba pa trás. Una, que es muy prosaica.

  • Ulyfox

    Es evidente, Mangasverdes, que cada uno escribe de lo que le llama la atención. ¡¡Prosaica!!

  • MANOLO

    Querido Uly, está claro que el tópico de que una imagen vale más que mil palabras depende de qué imagenes y sobre todo de quien elija las plabras. Las imagenes son excelentes, sobre todo las que ilumina Penelope, pero la emoción, el sentimiento y la sabiduria antigua del texto las superan.
    Tengo claro que la envidia es el pecado capital nacional y te aseguro que soy un envidioso de vuestras vivencias, absolutamente hedonicas, en este tiempo de mediocres incapacitados para disfrutarlas.
    Gracias por compartirlas.

  • Ulyfox

    Doctor, me hace usted un inmenso honor con visitar esta página, así que si encima nos piropeas estoy dispuesto a dejar incluso que me pongas una inyección. Como bien dices, si en estos tiempos no conservamos la capacidad de disfrutar sin hacer daño estamos hundidos. Tocados sí, pero no hundidos.
    Gracias a ti. Besos