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Los Monasterios en el Aire

Ulyfox | 29 de marzo de 2013 a las 2:50

Las rocas de Meteora, en la Tesalia griega.

Esa aventura fue la segunda flecha que nos lanzó Grecia en el mismo día para que nos enamorásemos de ella, para siempre jamás. La primera había sido temprano, nada más llegar a Atenas, ante, bajo, cabe, con el Partenón, en las alturas de la Acrópolis. Era nuestro estreno con el país que pasado el tiempo llegaría a ser nuestra segunda casa. Desde que decidimos viajar a tierras helenas, en aquel lejano 1992 que luego se llamó mágico, yo había jurado que no volveríamos de allí sin visitar Meteora, en griego Meteora Monastiria, es decir, Monasterios en el Aire, un nombre que representaba para mí algo así como una tierra mítica llena de altas y estrechas rocas en cuyas cumbres se asentaban conventos inaccesibles habitados por monjes solitarios y apartados del mundo.

El monasterio de Varlaam en primer plano, y el de Rosanou al fondo.

Pero Mundojoven, la desaparecida agencia a la que tantos viajes le debemos, no incluía en el circuito griego la excursión a Meteora, un lugar alejado de Atenas. Aun así, estábamos decididos y bien informados. El mismo día de nuestra llegada advertimos a la guía, la competente Mercedes, de que nos íbamos al encuentro de los monasterios en el aire, pero que estaríamos de vuelta dos días después, a punto para emprender la excursión por el Peloponeso. Y esa tarde echamos en una mochila una mudita y los artículos de aseo imprescindibles y empezamos a andar hasta la estación de autobuses, en una calurosa Atenas con huelga de casi todo, incluido los buses urbanos, y con taxis que no querían parar.

Altas paredes como defensa.

Al llegar a la cochera el alma se me cayó a los pies. El último coche para Kalambaka, el pueblo más cercano a los monasterios, acababa de partir y no habría otro hasta el día siguiente, ya sin tiempo para nuestros planes. La cara que puse debió de ser tan penosa y patética que Penélope a mi lado tomó la decisión rápida: “¿Cuál es el pueblo más cercano a Kalambaka?” me preguntó. “Trikala”, le contesté. “Saca billete para Trikala, y una vez allí ya veremos”, insistió. Salvación y tuvimos suerte: había autobús un poco más tarde. Al rato, estábamos a bordo de un vehículo de tono verdoso, asientos de eskai azules y sin aire acondicionado, que empezó a andar hacia el norte, con la tarde ya cayendo.

Ante el Monasterio de la Transfiguración o Monasterio Grande (Megalo Meteoro).

El viaje caluroso, con las ventanillas abiertas y las cortinillas volando, duró cinco horas y media, y transcurrió en un duermevela provocado por nuestro cansancio (la noche anterior habíamos volado de madrugada y no habiamos dormido), y salpicado por la emoción incierta de pasar junto a las Termópilas, cuando yo buscaba ese pasadizo entre las montañas que marcó la batalla. Entre sueños y con el fondo de una música que a mí me sonaba a árabe, me parecía oír a los viajeros hablar en español y ahí descubrí la cercanía fonética extraordinaria entre los dos idiomas, capaz de hacer confundir los soniquetes. Avanzaba la noche y crecía nuestra inquietud. ¿Cómo sería el lugar al que íbamos a llegar? Pe tenía como mayor preocupación, si nos tocaba dormir en la calle, que nos pudieran robar la cámara.

Delante de Agia Triada y de rocas que no hace mucho albergaron otros monasterios.

De noche cerrada llegamos a la solitaria estación de autobuses de Trikala. Naturalmente, no había combinación para Kalambaka a esa hora. El conductor nos ofreció una posible solución y nos acercó en el autobús vacío a la estación férrea. Muy agradecidos, nos despedimos de él ante el apeadero pero el amarillento taquillero nos dijo que claro que no, que tampoco había tren a Kalambaka. “¿Y el centro del pueblo?” “Por esta misma calle al fondo” Con pocas esperanzas nos dirigimos andando en busca de un lugar donde pasar la noche, y todo nos empezó a sonreír. Encontramos un hotel apañado y barato, y en la calle, a pesar de ser más de las once, la gente llenaba las terrazas, cenamos sin problemas y algunos nos preguntaban qué hacíamos allí, un lugar tan poco turístico. Sonreímos.

Integrada en el imponente paisaje humano y físico.

A la mañana siguiente tomamos el primer bus hacia Kalambaka, muy temprano, con la primera luz del día. A primera hora, una vez allí, aún había que coger otro transporte hasta el más alto de los monasterios, ahora comunicado por carretera, el llamado Megalo Meteoro. El plan resultó perfecto, comprobamos, y una vez visitado este convento, lo ideal era bajar andando de vuelta la carretera hasta el pueblo, diez kilómetros de descenso entre curvas y pasando bajo los increíbles edificios colgados de las rocas. Así lo hicimos, parando en dos de ellos (Varlaam, Rosanou) y viendo su interior, comprobando los elevadores que los monjes utilizaban antiguamente para aprovisionarse e incluso para subir y bajar ellos mismos, dentro de grandes cestas de red, único medio de acceso durante siglos.

El monasterio de Rosanou, en todo su esplendor.

Fue un descenso lleno de sensaciones, con descansos y miradas hacia arriba y a los lados. Por todas partes se veían paredes de piedra y oquedades que habían sido morada de eremitas. En una cueva en las alturas, cientos de pañuelos colgados , llevados allí y colocados por atrevidos jóvenes que una vez al año escalan las paredes para hacer esta ofrenda al santo. En los tiempos de apogeo, llegó a haber aquí 24 monasterios, el primero de los cuales fue habitado en el siglo XIV. Durante la Segunda Guerra Mundial, los alemanes destruyeron la mayoría de ellos porque los monjes daban refugio a los rebeldes griegos. Ahora sólo quedan seis en funcionamiento, y están declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

El recorrido entre los monasterios es inolvidable.

Llegamos cansados a Kalambaka a la hora de comer. Nuestra maravillosa Guía del Trotamundos nos dirigió al restaurante Kentrikon, donde almorzamos por un precio irrisorio e hicimos nuestros primeros pinitos con el idioma griego.

Kalambaka, a la sombra de las grandes rocas.

Había que volver ahora a Atenas, y lo hicimos en autobús. Gloria al sistema de transporte público griego, un modelo que permanece, y que ya era entonces modélico. No recuerdo el viaje de vuelta, qué curioso. Sólo la llegada y el extraordinario apelotonamiento en la parada de taxis, que hicieron su agosto acumulando viajeros en el mismo vehículo y según su destino. En cuanto yo oí al taxista gritar “¡Omonia!” pidiendo clientes que fueran en dirección a esa céntrica plaza ateniense, levanté la mano y ahí nos colamos, consiguiendo llegar a las cercanías del hotel, a tiempo aún de tomar algo en un bar cercano, disfrutando de la tranquila noche ateniense, oscura oscurísima por la huelga de electricidad, y felices.

Aún se seguían usando las cestas para subir las provisiones, hace 20 años. Ahora, no sé.

A la mañana siguiente estábamos puntuales en el autobús de la agencia. Mercedes, la competente guía, al hacer las presentaciones de todos los componentes del grupo, pronunció nuestros nombres mientras decía: “Y ahora con vosotros, unos aventureros…” Ya ves tú.
  • antoniodlr

    Se puede decir sin dudas, de que fue toda una odisea. Ya quisiera Homero. Desde luego, solo viendo las fotos, creo que mereció la pena. Ya ni te cuento, viviendolo de cerca.

  • Ulyfox

    Te aseguro, Antonio, que la odisea mereció la pena, y fue la primera confirmación de que nada en Grecia nos podía ir mal. Y empezó a enamorarnos con eso, con la naturalidad y la belleza, amén de la espectacularidad de algunos paisajes increíbles como este. Lástima que no puedas plantear acercarte durante tu estancia en Atenas. Creo que hay un tren intercity desde Atenas que tarda unas cuatro horas y media hasta Kalambaka. Defintivamente, habría que pernoctar allí. Bueno, para otra ocasión.

  • Juan

    No sé si sabrá usted que “Meteora” es el título del segundo álbum del grupo californiano Linkin Park, que fue lanzado allá por 2003, inspirado precisamente en esta región rocosa de Grecia con sus numerosos monasterios construidos sobre las piedras. Vendieron algo así como 20 millones de copias. Curiosidades veraces.
    Salud.

  • Ulyfox

    Sí lo sabía, Juan, pero desde hace muy pocos días, que me puse a mirar cosas sobre Meteora, en vista de que iba a escribir una entrada sobre esa visita que hicimos hace más de 20 años. De todas formas, no he oído nada de ese grupo, corroborando así mi ignorancia más absoluta sobre la música anglosajona. Y digo yo que si vendieron tantos millones de copias, algo tendría que haber oído.Dónde estaría yo por esa época…
    Salud