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La isla interior

Ulyfox | 13 de diciembre de 2013 a las 2:13

 

Capilla sobre un pico en el interior de Naxos.

Capilla sobre un pico en el interior de Naxos. Al fondo, el perfil de Paros.

El campo de Naxos.

El campo de Naxos.

En este ya lejano último viaje a Grecia, y que aún lentamente, tziga tziga como dicen los griegos, os estamos relatando,  no hubo casi descubrimientos. Sí mucha revista y redisfrute, a otro ritmo, de lugares conocidos. Por ejemplo, pensábamos hacer una breve visita a Naxos, y la magia de los Estudios Kalergis en la playa de  Agios Georgios, nos enganchó para cinco jornadas. Uno de esos días, el mismo que el viento eligió para soplar fuerte, quisimos dedicarlo a recorrer el bellísimo interior de esta isla, la más grande y fértil de las blancas Cícladas, con montes que se elevan a más de mil metros y valles de viñedos y olivos, algo extraño en este archipiélago por lo general volcánico y de aspecto árido.

El templo de Deméter.

El templo de Deméter.

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Alquilamos un coche, de esos que se pueden conseguir a buen precio en las islas cuando acaba la temporada alta, y nos pusimos en marcha. Muchas veces habíamos visto en las guías el templo de Deméter como una de las atracciones arqueológicas de Naxos, pero nunca nos habíamos acercado a contemplar su mármol dórico. Esta vez lo hicimos. En realidad, este antiquísimo santuario dedicado a la diosa de la agricultura y la fertilidad fue casi completamente destruido hace siglos, pero una meritoria labor de restauración le ha dado un aspecto visitable y sus columnas y el resto del pórtico junto con el pequeño museo anexo permiten evocar lo que fue, así como la basílica que se erigió sobre el mismo. Su emplazamiento en lo alto de una colina que domina el valle hace imaginar romerías arcaicas de campesinos subiendo con sus ofrendas para que se mostrara magnánima con las cosechas. Es una visita agradable y aleccionadora. Las cosas no han cambiado tanto en cuanto a la relación de los hombres con sus dioses, a los que acudimos para que nos echen una mano en donde la nuestra no alcanza. Al fin y al cabo, sin esperanza no somos nada. Pienso en qué deidades deberían recibir nuestras plegarias para que nos libraran realmente de los malos gobernantes.

En una calle del pequeño Halki.

En una calle del pequeño Halki.

Decidimos parar también en el pueblecito de Halki, con grandes mansiones medio en ruinas, torres defensivas de las que abundan en Naxos y algunas espléndidas capillas bizantinas en sus alrededores. Tiene Halki varias tiendas en las que se han asentado artistas y diseñadores, y un par de restaurantes en una plaza sombreada. La vuelta por el pueblo fue casi fugaz, con tiempo de sentarnos a degustar una Fix Dark, la estupenda cerveza negra griega, y comprar un pequeño recuerdo en la tienda Olive Tree, un original colgante de plata que figura un olivo cuyas hojas son peces, el logotipo de este comercio, famoso en toda Grecia. Disfrutamos más de esta pequeña población interior cuando las visitamos hace unos años con nuestros amigos Batuka.

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Diferentes ángulos de la antiquísima y extraña iglesia de la Panagia.

Diferentes ángulos de la antiquísima y extraña iglesia de la Panagia.

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Iglesias, barcos de piedra...

Iglesias, barcos de piedra…

¡Ah, pero estaban las iglesias! Las iglesias bizantinas como barcos de piedra esparcidos por el campo, medio ocultas entre olivares, quién sabe por qué tan repartidas al final de un carril, en la curva de un camino o en lo alto de aquel pico. Se puede hacer un particular viacrucis con múltiples estaciones en estas capillas, todas emocionantes, todas encantadoras y sencillas, pobres y lejanas del lujo que apabulla en tantos templos cristianos, como refugios para el creyente humilde o temeroso bajo su sencilla planta de cruz griega. Muchas están cerradas, pero es posible visitar otras, y admirar sus frescos, o lo que queda de ellos. La iglesia de la Panagia, unos siete kilómetros al norte de Halki, es la más antigua de la isla. Estamos hablando del siglo VI. Parece hecha por fases y por manos populares. Es oscura, y a una pequeña nave primitiva se le fueron añadiendo hasta tres capillas que son como cuevas diminutas. Por fuera, es como un muestrario de cúpulas enanas cubiertas de piedras. Todo ello habla de ritos sin ostentación. En lo poco que tiene que ver se demora uno, y a falta de grandes obras de arte tiene que conformarse el espectador con su capacidad de comprensión sobre qué cosas mueven el alma de los hombres.

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El almuerzo en el restaurante Rotonda, comida con vistas.

El almuerzo en el restaurante Rotonda, comida con vistas.

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Reconfortado nuestro ánimo, llenos de preguntas, buscamos un lugar para comer. Y digo buscamos porque el sitio era lejano e intrincado. Rotonda era el restaurante recomendado, y estaba en Apiranthos, lo que las guías llaman ‘un pueblo tradicional’. Fue preciso subir y subir contemplando como el valle se alejaba, sin seguridad de encontrarlo y con el hambre acuciando ya nuestro estómago. Afortunadamente, en Grecia sigue imperando la costumbre de dar de comer a cualquier hora. ¡Y qué sorpresa al llegar! ¡qué vista nos deparaba aquel lugar a cientos de metros de altura sobre un paisaje que se prolongaba hasta la costa y más allá, hasta la cercana isla de Paros! El sol empezaba su caída, pero todavía su calor ayudaba a combatir el fresco que se había presentado con el viento del norte, el meltemi. Vino blanco de Naxos, ensalada y un plato de pasta en una de las comidas con mejor panorámica que recuerdo. Una pareja, que ya habíamos visto en el Blue Star Naxos, el barco que nos trajo desde Creta, se sentó a nuestro lado. El hombre arrastraba con esfuerzo una pierna enyesada y dimos en pensar cómo de bien recomendado estaría el restaurante Rotonda para que se molestara en desplazarse hasta ese lugar ciertamente lejano.

El 'kuros' incompleto, miles de años en el campo.

El ‘kuros’ incompleto, miles de años en el campo.

A la vuelta hicimos un tramo por la costa este, divisando no muy lejos el perfil de Donousa, una de las islas satélites de Naxos conocidas como Pequeñas Cícladas. Luego nos dirigimos de nuevo al interior, por una carretera claramente secundaria, brincando montañas doradas y cruzando algún pueblo dormido. Íbamos en busca de un kuros incompleto. Los kuroi son unas esculturas gigantes de la época arcaica de la cultura griega. Representan a un varón joven desnudo y atlético en actitud de caminar. En su rostro se dibuja siempre una enigmática sonrisa, y su apariencia recuerda mucho a las esculturas egipcias de faraones y dioses, pero un paso más adelante, puesto que ya muestran un sentimiento. Muchos de ellos estaban esculpidos en el magnífico mármol de Naxos. Se trabajaban en la misma cantera y luego eran trasladados. Algunos quedaban sin terminar porque se producía un fallo en su elaboración o porque el mármol se rompía. Varios de estos han quedado en medio de cultivos o en las arboledas de la isla durante siglos. Allí siguen. Ahora están señalizados y protegidos, pero imagino la sorpresa antigua de caminantes desprevenidos al encontrarse con estos gigantes dormidos, como dioses que se hubieran convertido en piedra. El más famoso está cerca del pueblo pesquero de Apolonia, pero el que buscábamos está en el interior, en el curso de una fabulosa excursión senderista que recorre también las antiguas canteras y más capillas. El kuros dormía bajo unos árboles, sin rostro y con los pies más altos que la cabeza, soportando su triste destino frustrado de haber sido estatua principal y quedarse en trozo de piedra casi antropomorfo, posando en posición tan poco digna para los flashes de los turistas curiosos.

Regresamos ya con la última luz a devolver el coche. Entregamos las llaves a la joven hija del dueño del negocio. Pero cuando ya nos íbamos, dando las gracias en griego, el hombre se volvió y nos dijo que esperáramos (“periménete, parakaló”), se metió en la trastienda y apareció con una botella de vino rosado, dos vasos y muchas ganas de charlar. Nuestro griego no daba para satisfacerlas, pero sí para intercambiar algunas impresiones sobre la situación económica de los dos países y la opinión que nos merecen ambos gobiernos. La familia del hombre provenía precisamente de la comarca que habíamos estado visitando por la tarde, y que en otro tiempo fue tierra de canteras de sílex, pero aún conservaba buen aceite y buen vino. Encantados con esta nueva muestra de hospitalidad griega, volvimos andando a casa, a los Estudios Kalergis, a mirar de nuevo atardecer sobre el mar desde nuestro balcón blanco.

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  • Manolo

    Nuestra vida tiene bastante tiempo para vivir muchas vidas…
    No me extraña la tentación de vivirla en los lugares que os hacen felices.
    Hay teorías que dicen que existen infinitos mundos paralelos que se abren dependiendo de las decisiones que tomamos en cada momento. Es gratificante que esto deje en nuestras manos el sentido de nuestra vida…pero a la vez, como ocurre siempre que percibimos la autonomía, nos plantea la incertidumbre, la ambivalencia, lo que ganamos y lo que perdemos… y al final tendremos que dejarnos guiar por la emoción y menos por la razón…¡¡¡¡

  • Ulyfox

    Manolo, lo malo es, paradójicamente, lo caro que puede salir dejarnos guiar por la emoción. Y lo difícil. Mientras, nos vamos conformando, como dices, con tener un territorio reservado al corazón, al que volver de vez en cuando, cuantas más veces mejor. En eso andamos. A ver si se produce alguna vez el trasvase entre el deseo y la realidad ¡Abrazo!