Mil sitios tan bonitos como Cádiz » Archivo » Una Salamanca, dos catedrales

Una Salamanca, dos catedrales

Ulyfox | 12 de enero de 2014 a las 21:56

Arcos de entrada a la Plaza Mayor de Salamanca.

Arcos de entrada a la Plaza Mayor de Salamanca.

El sol sobre la fachada del convento de San Esteban.

El sol sobre la fachada del convento de San Esteban.

El sol salió ya tarde ante la Catedral.

El sol salió ya tarde ante la Catedral.

Sepulcro coloreado para un personaje importante en la Catedral Vieja.

Sepulcro coloreado para un personaje importante en la Catedral Vieja.

El románico tardío de la Catedral Nueva.

El románico tardío de la Catedral Vieja.

La fachada oriental de la Catedral Nueva.

La fachada oriental de la Catedral Nueva.

Detalle de la fachada de la Casa de las Conchas.

Detalle de la fachada de la Casa de las Conchas.

Fachadas de piedra hasta la Clerecía y la Universidad Pontificia.

Fachadas de piedra hasta la Clerecía y la Universidad Pontificia.

Pepa ante el barroco de la Plaza Mayor.

Pepa ante el barroco de la Plaza Mayor.

 

El tiempo es implacable, imparable, inapelable. Vamos cumpliendo años y ya es la tercera vez que visitamos Salamanca. Eso querrá decir algo. Decía yo el otro día, durante nuestra última estancia, esta vez acompañados por Pepa, que ya probablemente estaba bien, que seguramente será la última. Puede ser, pero lo que hemos comprobado es que un poco de Salamanca, de vez en cuando, sienta estupendamente. Es fría, estaba relativamente solitaria durante la tarde del 4 de enero y la mañana del 5. Pensábamos que las calles serían un hervidero de compras la víspera de Reyes, pero no era así. Muy pocos turistas, y los lugareños quizá eligieran también el centro comercial en las afueras para sus encargos de última hora.

Pero la capital universitaria de España no pierde belleza, y el centro sigue impresionando con su color de piedra marrón dorada. A esas alturas del año, vacaciones, no es fácil intuir la presencia estudiantil que debe hacer de la ciudad algo tan especial. Sólo familias, ya por la tarde, a la busca de la cabalgata de la ilusión, como rebautizaron los cursis municipales a lo que siempre ha sido la Cabalgata. En Salamanca hay que buscar toparse con las piedras, iluminarse con la luz que devuelven sus fachadas aun en los días nublados. En sus calles y su historia se percibe el poder de la Iglesia y de la sabiduría siempre vinculada a ella, y seguramente muchas veces rebelde contra ella. Los alardes dejan boquiabierto ante la Casa de las Conchas o las fachadas platerescas. Renacimiento a la española. La música extremada de Salinas cantada por Fray Luis de León. Palacios nobles poderosos y evocaciones de la muerte en las columnas ¡Quién fuera estudiante en estas calles! exclamas. Y tuviera su edad.

En la Catedral Nueva, que quiere apabullar con sus alturas góticas flamígeras y sus filigranas platerescas, en realidad lo que te emociona es la bajada a la Catedral Vieja, con su felizmente conservado románico. La ambición del arco apuntado y del pilar interminablemente alto de su hermana más joven, que dice querer homenajear a Dios y en realidad es sólo más pretenciosa, palidece ante la dimensión más humana del medio punto y la bóveda de cañón que empieza a descubrir las posibilidades arquitectónicas. Dice la completa audioguía que te facilitan con la entrada que la Catedral Vieja tiene muestras del románico tardío o de transición y de protogótico. Nombres para designar las ansias de progreso en la belleza. Después de alcanzado el esplendor del gótico, los arquitectos se dieron a la fantasía y el derroche sin alma, diría yo. Tanto que tuvo que llegar el Renacimiento para que el equilibrio volviera y el arte tuvo que vivir una revitalizadora pasada por Italia ¿Y qué hago yo hablando de historia del arte, donde no me llaman?

La visita a las catedrales nos consumió casi todo el tiempo antes de la comida, extraordinaria, en un lugar llamado Vinodiario. Luego, sólo nos dio tiempo a disfrutar de la fachada del convento de San Esteban, a la que unos misericordiosos rayos de sol poniente dieron un tono de oro que agradecimos en lo que valía, pasar por delante de la Torre del Clavero, volver a la Plaza Mayor y hasta pertrecharnos de un abrigo en condiciones. Y el día murió entre la excesiva calefacción del hotel Aragón, y la búsqueda afortunadamente poco ansiosa entre los bares de la calle Van Dyck, famoso vértice de tapeo invadido por multitudes familiares que no querían preparar la cena en la noche que antes, cuando creíamos ser felices, llamábamos mágica.

  • Exiliado

    “color de piedra marrón dorada” a lo que siempre se ha llamado y se llama piedra de Villamayor, es como si se visita Cádiz tres veces y no se sabe lo de la piedra ostionera.

  • Ulyfox

    Exiliado, muchas gracias por leer… y corregir. De ese color es como yo la veo, qué le vamos a hacer. Mira por donde he aprendido una cosa más.