Valladolid, la sorpresa

Ulyfox | 21 de enero de 2014 a las 1:12

Pórtico de la iglesia del Monasterio de San Benito el Real.

Pórtico de la iglesia del Monasterio de San Benito el Real.

Una calle del centro de Valladolid con la catedral al fondo.

Una calle del centro de Valladolid con la catedral al fondo.

Acercarse para ver los detalles.

Acercarse para ver los detalles.

Esto es San Gregorio.

Esto es San Gregorio.

Un detalle de la fachada.

Un detalle de la fachada de San Pablo.

Fachada de la iglesia de San Pablo.

Fachada de la iglesia de San Pablo.

 

A fin de cuentas, el objetivo de nuestro viaje a Valladolid de hace poco más de una semana era ver a nuestros amigos Marta y Fernando. Marta se enteró por este blog de que íbamos a dar un paseo por Castilla y lanzó el reclamo de su deseo de vernos. Y a ese reclamo acudimos sin dudarlo. A ella la conocimos en Mikonos hace cuatro veranos, en el desayuno de nuestro hotel, el siempre revisitado Damianos. Al año siguiente decidimos coincidir en Rodas y allí nos encontramos con ella y Fernando para pasar una noche de cena de verano en una terraza del casco medieval de la ciudad de los caballeros. Una amistad entre dos vallisoletanos y dos gaditanos fraguada bajo el cielo griego.

Hace muchísimos años también habíamos viajado a Valladolid a ver a otra amiga, qué cosas, y entonces no nos pareció una ciudad demasiado atractiva. De hecho, no figura entre los lugares con más tirón de Castilla, rodeada y oscurecida quizá con justicia por vecinas tan llamativas como Salamanca, Ávila, León, Burgos y Segovia. Pero a todo hay que darle al menos una segunda oportunidad. Como habíamos quedado con los amigos por la tarde, y el hotel estaba en el centro, lo mejor que se podía hacer era conceder esa segunda opción a la ciudad que fue capital de Castilla, cabeza de rebelión de los comuneros, e incluso capital de España.

Lo primero que hicimos fue el ritual que está marcado para las visitas a las ciudades de Castilla: ir a la Plaza Mayor. Y, aparte de los habituales adornos y atracciones infantiles de las fechas navideñas, encontramos un recinto muy cuidado, de fachadas coloreadas, soportales con columnas y un señorial Ayuntamiento con recuerdos de reyes famosos y señores rebeldes. Al lado justo de la Casa Consistorial hay un templo del comer modesto y eterno: Casa Tino. Preguntamos para entrar. Sí, tenían una mesa para nosotros tres, pero nos hicieron una advertencia. “Sólo tenemos un menú -nos dijeron-, huevos fritos con patatas caseras, ensalada de escabeche y una fuente con torreznos y chorizo de olla para empezar” ¡Vaya problema! Nos entusiasmó la idea. Y después nos entusiasmó el resultado de mojar pan y papas, con un par de copas de vino. Fantástica comida, barata, sabrosa y de siempre. Estupendo almuerzo que nos invitaba a la siesta.

Afortunadamente nos resistimos a la tentación, porque yo había divisado desde la Plaza Mayor un pórtico con un arco altísimo de piedra clara, y me había determinado a acercarme. Afortunadamente. Era el pórtico frontal de la iglesia del Monasterio de San Benito el Real. En realidad, una torre pórtico añadida en el siglo XVI por Gil de Hontañón al templo gótico anterior. En realidad, una maravilla altísima y grandiosa, un espacio asombroso creado bajo una bóveda y entre dos torres. Me di el gustazo de entonar a voz en grito el Tee vooglioo beene assaaaii…! y bajo aquel arco sonó casi bien. Una mujer que pasó por la solitaria plaza sonrió complacida, y me animó a seguir, pero no.

El paseo siguió en busca de dos fachadas maravillosas con nombres santos: San Pablo y San Gregorio, cumbres del estilo isabelino, ese desarrollo manierista del gótico que tanto impulsó la Reina Católica. El día estaba gris, pero la piedra labrada, cincelada y retorcida de las dos puertas monumentales, muy cerca el uno del otro, brillaba por sí sola.  Quizá la muestra de un país que empezaba a ser rico, con la unificación del reino y el descubrimiento de América. Quizá. Mejor que miréis las fotos.

Y después quisimos pasar por delante de la catedral, una mole sobria de piedra, en cierta forma hermosa pero inacabada e indefinida. Juan de Herrera, el arquitecto de El Escorial, la pensó. Nos gustó en su enormidad. Y la fuimos dejando atrás mientras por fin nos encaminamos al Hotel Amadeus, a descansar un poco y esperar a nuestros amigos, conocidos en el calor griego y reencontrados en el frío castellano de una ciudad que guarda verdaderos tesoros, pero desperdigados, escondidos entre desaguisados urbanísticos, es e injustamente desconocidos. Nos quedamos con las ganas de ver el Museo Nacional de Escultura, cerrado por la fiesta. Será en otra ocasión, cuando volvamos a visitar a nuestros amigo, que era a fin de cuentas a lo que habíamos ido a Valladolid.

  • Paco Piniella

    Te hubiera recomendado “La Parrilla de San Lorenzo”, un lugar para comer fantástico.

  • Ulyfox

    Sí, Paco, tan fantástico que estaba lleno desde varios días antes, que yo quise reservar. Pero te juro que no nos arrepentimos, porque los huevos de Casa Tino merecen la pena.

  • Paco Piniella

    También los conozcos jajajaja… son famosos

  • Observador

    Una aclaración, en ningún caso Valladolid fue “cabeza de rebelión de los comuneros”. Hay que recordar que fue Toledo con Juan de Padilla que iba con el salmantino Pimentel y Juan Bravo además del obispo de Zamora, Antonio de Acuña. Toledo (entonces capital de España) además resistió con la viuda de Padilla, María Pacheco luego exiliada en Portugal. No sé si se refiere a la derrota comunera que fue en Villalar, hoy Villalar de los Comuneros donde se celebra cada 23 de abril la autonomía. En todo caso, la historia es clara y Valladolid poco aportó al movimiento comunero ni mucho menos fue la “cabeza”.

  • Ulyfox

    Ole, Observador. Siempre es bueno que alguien nos dé las lecciones que nos merecemos. Muchas gracias