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Una casa para un príncipe

Ulyfox | 13 de mayo de 2014 a las 13:23

El Guggenheim y la ría de Bilbao.

El Guggenheim y la ría de Bilbao.

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Le acaban de dar el Premio Príncipe de Asturias a un arquitecto señero, casi ‘el arquitecto’ de este siglo, sea el que sea. Frank Gehry, ya sabéis que así se llama el galardonado en la categoría de Artes, es responsable de haber cambiado la cara a una ciudad: Bilbao, que a estas alturas y si seguís el blog, conocéis que nos ha gustado mucho. Siguiendo con las cosas que no son noticia, Gehry es autor del Museo Guggenheim, allí al borde de la ría y donde antes había industrias útiles pero que cayeron en la ruina y sólo les quedó la parte fea. Una ruina, vamos. Pero he aquí que, milagros de la historia y del arte, un edificio singular, único, bellísimo y extraordinario, por sí solo fue capaz de cambiar la vida de un barrio. Ante su extraordinaria apariencia, era forzoso cambiar, adornar, embellecer el entorno, y así se hizo, y de una manera descaradamente contemporánea, sin complejos. El resultado ya ha sido bastante alabado por expertos, no expertos, turistas simples y críticos de arte, con lo que yo, simple y modesto amante de la belleza, no añadiré ni una palabra más en este sentido.

Contad las curvas...

Contad las curvas…

Sólo diré que nos impresionó el modo en que una construcción puede convertirse en atractivo, en imán para la gente, en tótem alrededor del cual tiende a reunirse la tribu. Le pasa igual, por ejemplo, a la Torre Eiffel, al campanario de la basílica de San Marco en Venecia o al puente de Carlos en Praga. Alrededor del Guggenheim la gente pasea a sus niños, a sus perros y a sus abuelos, serenamente, sin tener por qué saber de arquitectura, de arte o ni siquiera el nombre del arquitecto que concibió semejante disfrute del aire y los volúmenes, de sus sombras y sus reflejos, del agua que lo rodea y de ese perrito de flores, Puppy, que puede llegar a inspirar tanta ternura como un cachorro de anuncio de televisión. Al otro extremo la araña madre de metal inspira más bien temor.

El paseo del Museo...

El paseo del Museo…

Una escultura de vapor de agua.

Una escultura de vapor de agua.

Se debe llegar al Museo lentamente, igual que hicimos nosotros en nuestro último día de estancia, el día en que el sol se decidió a saludarnos, tal vez cruzando la ría por el puente cercano de Calatrava, grandilocuente como siempre pero esta vez contenido aunque polémico por los resbalones que se daba la gente en días de lluvia (es decir casi todos) y al que ha habido que poner una alfombra de fibra antideslizante que lo afea pero le quita culpa. Entonces, el edificio aparece convenientemente lejos y cerca como para que apetezca, desde la otra orilla, el acercamiento a ritmo de paseo. Pero ya no puedes evitar empezar a disparar con la cámara. La serena caminata transcurre por el Campo Volantín, un paseo arbolado del siglo pasado y que siempre me trae recuerdos de un compañero, Josu, que nació allí y que pasó tantos años en el Diario que ni con su despido han podido borrar su acento cruzando el aire de la Redacción. De hecho, a él le debo algunas palabras que aprendí en euskera y con las que pude sorprender a la cuadrilla que nos acogió en Bilbao.

La pasarela de Calatrava, que lleva al Campo Volantín.

La pasarela de Calatrava, que lleva al Campo Volantín.

 

Reflejos de titanio.

Reflejos de titanio.

 

Tal como va uno andando, la sorprendente y alegre presencia del Museo se va agrandando, con los prólogos de esculturas y edificios, con el paso tras el Puente de la Salve, antes una fea pasarela y ahora embellecido con unos arcos de colores rojos. Siempre desde la otra orilla se recorre con los pasos y con la vista la silueta increíble de titanio y luces, la sucesión de curvas, rectas y ángulos que Gehry imaginó quién sabe cómo. Y así llegamos hasta la pasarela de Pedro Arrupe, que habrá que cruzar para seguir mirando sólo hacia un sitio. Ya llegamos, efectivamente es como un imán. Alrededor suenan músicos callejeros y no se oye un grito.

Puppy, la gran atracción

Puppy, la gran atracción

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Nosotros lo rodeamos tranquilamente, nos acercamos a Puppy, nos gustó el perrito-macetero, le hicimos mil fotos, fuimos junto a la ría, intentamos capturar la escultura de agua pulverizada que lo adorna por esa parte, le dimos la vuelta subiendo el puente de La Salve para apreciar todos sus ángulos. Cada paso era diferente el aspecto, porque a la curva le nacía un ángulo y a la recta le salía una barriga. Fotos.

El vestíbulo principal del Museo.

El vestíbulo principal del Museo.

El interior es también poderoso, pero el contenido, aunque me esforcé, no me impresionó. Ni siquiera subimos a ver la exposición de la obra de Yoko Ono. No puedo criticarla, pues. El personaje tampoco me interesa.

La ciudad, Puppy, el Museo, Yoko Ono, el monte...

La ciudad, Puppy, el Museo, Yoko Ono, el monte…

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De todo, me asombró la capacidad de un edificio para mandar en su entorno. Muchas ciudades lo han intentado después del Guggenheim con poco éxito y con mucho gasto. Casi todas querían su ‘edificio emblemático’. Pero eso no se busca. Se encuentra, cuando confluyen, quizá, una ciudad, un artista y unas ganas.

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  • Juan

    Majestuosa su entrada sobre el entorno del Guggenheim.
    Es apasionante redescubrirlo nuevamente a través de sus ojos y su prosa.
    Muy atinadas sus perspectivas fotográficas. Excelentes. Hay que tener la pausa necesaria que usted posee para saber seleccionarlas y explicarlas con el sentimiento que lo hace.
    Es una inmensa alegría que han querido y podido seguir conservando el área de influencia del continente más museístico.
    Puppy es un poco acaparador, me gusta mucho la foto donde se ve a “Pe” subiendo las escalera mientras se va elevando el perro floreado, si bien yo le he cogido cierto cariño a Maman la araña.

  • Ulyfox

    Muchas gracias, Juan. Es un halago viniendo sobre todo de alguien tan conocedor de Bilbao como usted. Es verdad que me impresionó del Guggenheim tanto su presencia como su capacidad de generar atracción y serenidad a la vez. Supongo que eso debe de ser el buen arte…
    Puppy desde luego es acaparador. No nos acercamos a la madre araña, no por nada, sino porque fuimos rodeando el edificio y cuando nos dimos cuenta estábamos en lo alto del Puente dela Salve y, la verdad, nos dio mucha pereza volver. Habrá más oportunidades, estoy seguro.

  • Santiago Silvan

    Enhorabuena por las observaciones y por las fotografías. Me has enseñado a ver mejor mi propia ciudad. Gracias.

  • Ulyfox

    Muchas gracias a ti, Santiago, por leerme. Un placer, que espero repetir, haber conocido tu ciudad. Teneis un tesoro, aunque eso ya lo sabeis. No en vano, sois de Bilbao. Aupa.

  • Paco Piniella

    El domingo vinimos de Bilbao… http://www.el-lobo-bobo.com/2014/05/mundo-bilbao-1-la-cosmologia-vizcaina.html

    Como siempre maravilloso !!
    Aupa Patxi

  • Ulyfox

    Paco, esta vez lo hemos comprobado: Bilbao es un lugar sobre todo acogedor y, nos pareció, humano y urbano en el mejor sentido de la palabra. Estupendo tu post, con ese imprescindible toque humano y sentimental. Aupa!