Luminosas mezquitas mejor que oscuras iglesias

Ulyfox | 27 de noviembre de 2014 a las 14:31

Grupos se fotografían en el patio de la mezquita de Fatih.

Grupos se fotografían en el patio de la mezquita de Fatih.

Una calle del barrio de Fatih.

Una calle del barrio de Fatih.

Son luminosas porque están despojadas. Exentas de recargados adornos, por supuesto, pero también libres de señales de sufrimiento. Entras en las innumerables mezquitas de Estambul y quedas siempre deslumbrado. Por fuera se parecen todas mucho, con sus cúpulas y sus minaretes, me podríais decir, e incluso por dentro. Si, pero es fascinante jugar al juego de las diferencias, por otro lado fácilmente apreciables al ojo y el alma mínimamente sensibles. También las iglesias se asemejan: con su planta de cruz, sus fachadas y sus campanarios. Hay una diferencia fundamental, no obstante, entre templos cristianos y musulmanes. Ya lo he dicho: la ausencia en estos últimos de rasgos de sufrimiento. En las iglesias te asaltan por todos lados imágenes de martirizados, crucificados, mutilados, penitentes, llagas, asaeteados, flagelados, calaveras… Nada de eso encuentras en las mezquitas turcas. Al contrario: luz, espacios amplios, alfombras para los pies obligatoriamente descalzos, paso franco a todo visitante. No se cobra la entrada en estos templos ni se impide la entrada a nadie fuera de las horas de oración, y eso que en algunas los turistas molestamos con nuestra numerosa presencia el aire místico que sin embargo se ve en las menos frecuentadas. La gente se sienta en los rincones a pensar, la oración particular es en silencio, las moquetas amortiguan los sonidos, los pies desnudos en contacto con el suelo parecen darte una comunión con el edificio. Nada ni nadie parece amenazarte con el infierno. Admiro rendidamente un claustro o una bóveda románicos pero detesto las tembladeras que parecían querer provocar ciertas representaciones del infierno o del juicio final.

El patio de las abluciones de Fatih.

Arriba y abajo, el patio de las abluciones de Fatih.

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Ya he crecido lo bastante como para no despeñarme por ninguna creencia pero mantengo la sana duda de lo trascendente, y estas mezquitas me gustan. Me gusta el inmenso patio ante ella donde la gente se lava antes de entrar a la oración, me gustan las altas cúpulas de las más grandes, los bellísimos azulejos de alguna más modesta como Rustem Pasá, me divirtió el aspecto versallesco de la decoración y las lámparas de araña de la de Ortakoy sobre el Bósforo, me impresiona la grandiosidad de Suleymaniye allá arriba dominando toda la ciudad, me emociona con qué empeño Sultanahmet rivaliza con la iglesia maestra de todas, Santa Sofía. El espacio en una mezquita invita a la reflexión antes que al arrepentimiento. Al menos es lo que me pareció en Turquía, porque en la mayoría de países musulmanes los infieles no podemos entrar.

 

Aires barrocos y versallescos junto al Bósforo en la mezquita de Ortakoy.

Aires barrocos y versallescos junto al Bósforo en la mezquita de Ortakoy.

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Rezos en Fatih

Rezos en Fatih

La casi totalidad de nuestro segundo día en Estambul lo dedicamos, de una manera impensada, en entrar en mezquitas. Una vez que bajamos del cielo de los mosaicos en San Salvador y Fethiye anduvimos a la búsqueda de la de Fatih, cruzando el barrio del mismo nombre, llamados así en honor al conquistador (fatih en turco) de la ciudad. Es un barrio fascinante, habitado por la gente más religiosa e incluso integrista de la ciudad, repleto de mujeres tapadas y hombres vistiendo a la usanza tradicional, como todos hirviendo de comercios y de vida callejera, con un aire más marcadamente musulmán que el resto de la capital turca, tan occidental en otros lugares. La mezquita es el centro del barrio, y brilla como casi ninguna porque muchos de los materiales son relativamente nuevos por la restauración que vivió no hace mucho. Tiene un patio de altos arcos apuntados impresionante y ofrece una visita calmada porque está fuera de los circuitos turísticos normales. Empezamos en ella a enamorarnos de las mezquitas, por una escena que no pude fotografiar por respeto, la foto que no pude hacer de la que hablaré en otro momento.

El azulado interior de la modesta Rustem Pasá.

El azulado interior de la modesta Rustem Pasá.

Alejándonos de Fatih, ambiente callejero.

Alejándonos de Fatih, ambiente callejero.

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Luego seguimos bajando entre puestos ambulantes, restaurantes tradicionales, acueductos romanos y tranquilas terrazas de té, hasta desembocar sin darnos cuenta en los bulliciosos alrededores del Bazar de las Especias. El azar nos llevó junto a la mezquita de Rustem Pasá, elevada sobre la calle, y la curiosidad nos impulsó dentro. Pequeña en comparación con otras, tiene unas paredes decoradas con deliciosos azulejos de motivos florales. Es una joya de tranquilidad dentro de la marabunta de voces, correteos y agitación que rodea en muchísimas calles el Bazar.

Un rincón de Rustem Pasá.

Un rincón de Rustem Pasá.

El lavatorio, antes del rezo en Suleymaniye.

El lavatorio, antes del rezo en Suleimaniye.

Suleimaniye, allá arriba.

Suleimaniye, allá arriba.

El Bósforo, tras las cúpulas de Suleimaniye.

El Bósforo, tras las cúpulas de Suleimaniye.

Aunque esta actividad nos atraía, decidimos coger un último impulso para subir las tortuosas cuestas que llevan hasta Suleimaniye, la gran maravilla hecha mezquita, la más grande, la más impresionante, un complejo enorme de templo, albergues, posadas y escuelas coránicas sobre una de las colinas de Estambul. Subíamos dejando a los lados, una tras otra, gigantescas tiendas de mayoristas que apilaban en sus aceras cantidades de artículos de plástico, metal o madera, que a esa hora del día ya estaban empezando a recoger el género. Porque ese comercio en la ciudad tiene horario continuado, pero vive con el sol, y cuando éste se ha puesto las calles se apagan también. Para cuando acabamos la visita a la mezquita y emprendíamos el camino de vuelta y de descenso, ya no quedaba luz ni gente. Asombroso el paso del gentío a la soledad en cuestión de minutos. Sólo en los barrios de hoteles y restaurantes la vida se aprestaba para unas cuantas horas aún de vida.

La monumental entrada al patio de Suleimaiye.

La monumental entrada al patio de Suleimaiye.

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  • isabel

    Luminosidad que transmiten fielmente las fotos y el texto!!Nos haceis vivirlo. Un abrazo para ti y para Carmen!!

  • Ulyfox

    Gracias Isabel. Me alegra saber de vosotros. A nosotros sí que nos gustaría volver a vivirlo! Maravillosa Estambul. Abrazo fuerte a los dos!