Vascos y sus cosas

Ulyfox | 26 de marzo de 2015 a las 14:13

El rito de la sidrería.

El rito de la sidrería.

No éramos una reunión común, no formábamos un grupo de excursionistas. Era más bien una de las convocatorias más singulares a las que he acudido en mi vida, una experiencia única. Nuestro amigo lo definió diciendo que haber estado allí era como un privilegio. No sé si nos encontramos un compendio del País Vasco, pero desde mi punto de vista era lo más parecido a eso que podíamos esperar.

Volvíamos a Bilbao antes de que pasara un año de nuestra primera y única visita. Quién nos lo iba a decir. Tantos años aplazándolo, tanto tiempo diciendo que casi lo único que nos quedaba por visitar de España era la tierra vasca (ahora ya sólo está pendiente Asturias) y en el corto espacio que va desde mayo pasado a este marzo ya hemos estado dos veces. Naturalmente, no fueron sólo el ambiente de la capital vasca, su arquitectura ni su gastronomía, que por supuesto que sí, lo que nos llamó de vuelta. Ya lo he dicho muchas veces: fue sobre todo esa cuadrilla que integramos en una noche de sábado entre potes, barras y risas. Y además, esta vez Verónica, Joseba, su familia y sus amigos nos tenían preparada una, o mejor varias sorpresas.

El lluvioso y peculiar sábado empezó a una hora y media de coche de Bilbao, en el cogollo de la comarca de El Goierri, lo que nuestros propios anfitriones llamaban la “Guipúzcoa profunda” y, más jocosamente, “el corazón de Giputxilandia”. Una comarca verde a la vista, pero en realidad verde, blanco y rojo, los colores de la ikurriña y del sentimiento nacionalista, en el corazón. Estábamos en Lazkao, que en castellano se conoce más por una denominación que sólo nos suena como apellido: Lazcano. Allí están el Archivo de Lazkao y su extraordinario creador, recopilador y cuidador, el benedictino Juan José Agirre. Nos había hablado Verónica con entusiasmo de este personaje, alto, todavía espigado y muy ágil a sus más de ochenta años, que con una pasión propia de vasco y una rigurosidad y paciencia de monje ha logrado reunir todo lo reunible sobre la historia de la Transición en el País Vasco. Y al decir todo queremos decir papeles, folletos, panfletos, carteles, comunicados, fotografías, libros… todo lo que circulaba por Euskadi en aquellos años ilusionantes, trágicos, alegres y tristes en los que el país tuvo un parto aún más doloroso de lo que se nos ha contado para dar a luz a la democracia.

Juanjo Agirre da explicaciones sobre uno de los incunables guardados en el Archivo de Lazkao.

Juanjo Agirre da explicaciones sobre uno de los incunables guardados en el Archivo de Lazkao.

En el Archivo nos reunimos de pronto y conforme íbamos llegando, cuatro gaditanos y 19 vascos. Y entre estos, la muestra demográfica improvisada: la viuda y la hija de un periodista asesinado por ETA; un ex etarra reinsertado; un ex gobernador civil de Vizcaya con el PSOE; la hermana de José Antonio Zabala, uno de los tristes protagonistas del ‘caso Lasa y Zabala'; un alto cargo de la Ertzaintza y una miembro importante del cuerpo; varios periodistas, entre los que estaban los antiguos directores del nacionalista Deia y de los ‘abertzales’ Egin, Gara y Egunkaria, considerados estrechamente vinculados a lo que los más exquisitos llamaban el “entorno de ETA”, cien veces perseguidos por la justicia; una encantadora y animosa pareja con caserío, encargada de buscar todos los años una sidrería para remojar el encuentro, y cuatro españoles venidos de Cádiz. Creo que sólo faltaba una pareja de guardias civiles para completar una película que, visto el reparto, podía desembocar tanto en una comedia satírica como en un drama de fondo político. Aunque Verónica nos había adelantado algo en conversaciones telefónicas, no dejaba yo de sentir cierta tensión y expectación interior, que se debatía entre las ganas de preguntar y una quizá malentendida discreción ¿Para qué nos habíamos reunido, para hablar o para no hablar de “eso”? ¿Qué era más adecuado, preguntar sobre el hermano torturado, sobre el padre asesinado, sobre sus sentimientos a un criminal condenado, o dejar que el circunloquio educado llevara al tema?

Ese era mi cacao mental mientras Juanjo, como le llamamos desde el principio, nos enseñaba las maravillas antiguas que atesora su archivo a la vez que nos iba rodeando todo con su discurso de recopilador de huellas del conflicto, del nacionalismo y de la Transición, mientras contaba entre mediasbromas cómo el juez Garzón lo quiso relacionar con la red de apoyo a ETA, y la visita que le hicieron 15 hombres “de paisano”, cuando él -decía- lo único que hacía era limitarse a recoger papeles de todo signo. Lo cierto es que Lazkao guarda, gracias a él y a su paciencia insistente, cientos de miles, seguramente millones de documentos, y que escritos en ellos debe estar la historia diversa de una época crucial y aún no terminada. Muchos de ellos, como los de Juan María Bandrés, están allí, pero prohibidos a la vista aún por su carácter delicado. Sí pudimos ver el primer comunicado de ETA y su libro blanco fundacional, e intuir muchos más, miles de carteles, revistas, periódicos, documentación de partidos, asociaciones, gestoras, grupos… todo lo que bullía en tres provincias pequeñas, antiguas y mecidas por el odio y la esperanza de todos y por el enfrentamiento y el compañerismo no sé si a partes iguales.

A esas alturas, lo que se había estado gestando desde hacía meses como un encuentro de sidra y chuletón, con correos y llamadas telefónicas que viajaban del norte al sur, tenía visos de ir a convertirse en algo más y muy diferente. La delicia estaba en escuchar a Juanjo hablar de su trabajo y sus incunables, en tocar alegremente y sin precauciones libros con cientos de años, vivas demostraciones de que el papel no ha muerto. Así transcurría la visita. Pero incluso el dominico locuaz de fuerte acento y hablar disperso se puso serio cuando nos llevó a una dependencia pequeña repleta de libros, con una mesita en el centro. En torno a ella nos apretamos los integrantes del heterogéneo grupo. Encima había un cofre de madera con la tapa labrada con un laubur, esa especie de svástica curva que se ve en muchos lugares del País Vasco, y dentro de ella otra cajita. El fraile explicó, con su dosis de misterio, la historia del paquete, y mostró su contenido: guardaba los casquillos de las balas que mataron a Juan Paredes Manot, alias Txiki, uno de los cinco últimos terroristas fusilados por el régimen de Franco en septiembre de 1975, apenas dos meses antes de la muerte del dictador. Venían con un escrito de la abogada del etarra, que certificaba la procedencia de esos casquillos, fotos y algunos documentos más. A mí me vino en seguida a la cabeza la canción Al alba de Luis Eduardo Aute, compuesta con ese motivo. No sé si fue lo más adecuado que fuera la hermana de Zabala la que leyera el certificado de la abogada en ese momento en voz alta para todos. Seguramente Juanjo no se dio cuenta cuando le dio el papel para que lo recitara. Un segundo de estremecimiento al menos recorrió la habitación débilmente iluminada. Diría que sólo se oyó en ese momento la fuerte lluvia que caía afuera. Y, ahora, pasados unos días, rememorando aquella escena con un cura, un convento y un cofre misterioso, me pregunto cuánto había en ella de veneración de aquellos mortíferos objetos como reliquia de mártir.

Las últimas balas del franquismo.

Las últimas balas del franquismo.

No sé si fue un exorcismo o algún tipo de ritual, pero a partir de ahí la visita volvió al modo cultural y el dominico octogenario de nariz aguileña se apresuró (y esto es literal, no imagináis como ese hombre corría por los pasillos) a mostrarnos varios incunables, libros censurados por la inquisición, tesoros cartográficos, un cantoral con las hojas hechas de piel de oveja (“hizo falta un rebaño para fabricarlo” contó expresivamente), y por último su joya personal, un libro hecho por él mismo, en los cinco idiomas de la Península, castellano, catalán, euskera, gallego y portugués, e iluminado a mano con miniaturas hechas al modo medieval: en esta obra maestra de paciencia y tiempo libre Juanjo ha escrito la regla de la orden dominica, las normas presididas por el gran lema de San Bernardo: ora et labora, reza y trabaja.

El orgullo de Juanjo, su obra.

El orgullo de Juanjo, su obra.

Vino después la sidrería, el motivo original de nuestro viaje, ya todos con hambre y ganas de beber. Todo eso había que remojarlo y quizá rumiarlo. El lagar, Sidrería Urbitarte, en Ataun, era una especie de gran chozo en medio del monte, al lado de una carretera que transcurría entre prados, caseríos y ovejas muy lanudas, aplicadas a su manera en las labores previas de fabricación del fabuloso queso Idiazábal. Llegamos y ya había gente haciendo cola ante los tanques de sidra, aguantando el sirimiri. Dentro, varios grupos sentados en mesas alargadas. Nos pusieron en mesas separadas, y empezó la fiesta. Había que levantarse a empezar a beber. El rito es el siguiente: alguien abre el grifo de la kupela (los barriles o botas) y al final del chorro se coloca el vaso. Hay que procurar que el chorro golpee contra las paredes del vaso, se llena poca cantidad y se bebe de un trago. Si queda algo, se tira al suelo y se sigue la ronda. Así, cuantas veces quieras. De vez en cuando, los encargados del local gritan ¡txotx! que es algo así como el aviso de que va a abrir alguna kupela exclusiva, y entonces todo el personal se levanta hasta ese tanque. Tiene su gracia.

Algo espectacular!

Algo espectacular!

Tres de los gaditanos que dieron cuenta de la txuleta vasca.

Tres de los gaditanos que dieron cuenta de la txuleta vasca.

El menú de sidrería es siempre el mismo, con un precio por persona y pudiendo repetir las veces que quieras: tortilla de bacalao, bacalao frito con pimientos y chuleta, que aquí llamaríamos chuletón y que en esta ocasión era la carne más sabrosa que he probado en mi vida, de por lo menos cinco centímetros de grosor, hecha en su punto perfecto de cocción, quemadita por fuera, una maravilla. De postre, queso Idiazábal  de allí al lado con membrillo y nueces. Al parecer, esta costumbre de las sidrerías no es muy antigua, y antes sólo la practicaban los comerciantes de sidra en la temporada de elaboración, cuando acudían a los lagares a probar la sidra de temporada, de enero a marzo, y se llevaban algo de comer para acompañar esta sin duda ingrata tarea. Ahora, hay excursiones masivas los fines de semana de todo el País Vasco a las sidrerías, sobre todo a las guipuzcoanas, las mejores por tradición. Comimos muy bien. A mi lado, aunque separados por el ex gobernador civil, no sé si como involuntario intermediario, se sentó el ex etarra. No hubo forma de entablar conversación con él. Respondía con frases cortas y parecía ido, contó que se dedicaba a los maratones. Me enteré por el intermediario de que tenía dos asesinatos a sus espaldas, 24 años de cárcel y un arrepentimiento al menos oficial que le ha permitido salir de la cárcel no hace mucho y tener un trabajo, que ha entrado en un programa de encuentros de reconciliación con víctimas y que incluso se ha hecho amigo de verdad de una de ellas. Es más, buena parte de toda aquella reunión en la que participábamos parecía ser parte de ese programa de reconciliación, como una especie de terapia de grupo no se sabe si oficial o personal, una ceremonia que nació hace años, y que ni siquiera sé si se puede contar.

Dos seglares y un cura compatiendo sidrería.

Dos seglares y un cura compatiendo sidrería.

En realidad, luego se pudo comprobar en el larguísimo epílogo de la comida, con las copas en la mano, todos parecían necesitar hablar de eso, eso sí, de buen ánimo. Me dio la impresión de que no han podido superar aún lo que ellos mismos llaman los años de plomo, tantos miles de días conviviendo con un terror que llegó a parecerles normal pero que les persigue, tanta defensa de un nacionalismo que sienten incomprendido desde fuera. Debe de ser todo muy complicado, doloroso y esquizofrénico, en un hábitat pequeño en el que absolutamente todo el mundo es o conoce, o comparte amistad o sangre, o simplemente vecindario y mercado, colegio de los niños, con un verdugo o una víctima, cómplice o colega, encubridor o delator, y en el que tenían y tienen que seguir viviendo. El policía no podía entender que en Andalucía no hubiera ni asomo de nacionalismo ni, por supuesto, ganas de defender ese ideal hecho de cromosomas, tradiciones, paisajes, solidaridades, afrentas e himnos. Es un conversador magistral y apasionado. Le dije que existía incluso la posibilidad de convencerme si empleaba como arma sólo las palabras. “Puedes cachearme, si quieres”, me respondió con una sorna desarmante. No llegamos a un acuerdo porque por mi parte no había siquiera desacuerdo, yo, que tengo mi patria repartida, como mi corazón, entre tantos sitios. Y uno de ellos es desde hace poco esa Euskadi, la de gente apasionada y acogedora, de paisaje verde y civilizado, la que nunca, creo, debió disparar ni justificar o por lo menos tuvo que parar mucho antes de hacerlo. Pude ver en esa reunión que ahora están intentando una reconciliación entre ellos, los más dañados, que aún están curando sus heridas.

Un poco antes, en la sidrería, ante tanta controversia, yo terminé prefiriendo entablar animada conversación con el dueño, un enorme Demetrio Terradillos que nos dio a probar su selección personal del afrutado líquido, con un reconocible aroma y sabor a manzana, y nos contó que todos los años viene a Sanlúcar.

¿Volvería? Sí, porque me gusta la gente, sus historias y sus secretos. Sobre todo, éstos, y me quedaron un montón por desvelar. Me provocan unas ganas enormes de conocerlos, pero aún no sé qué pintábamos allí los cuatro gaditanos. Tal vez éramos invitados de honor, honrados por la extraordinaria amabilidad de Verónica, tal vez sólo espectadores privilegiados, o bien, quién sabe, actores secundarios pero imprescindibles para una trama que está ahora en su nudo más difícil y que ojalá alumbre un desenlace feliz.

Y  veréis otra igual y diferente manera, con el corazón a borbotones y el lenguaje magistral, de ver aquel día si pincháis aquí:

http://www.lobeli.net/os-acordais-de-la-entrada-del-etarra-y-el-viaje-a-bilbao/

  • Rakítico Love

    Gracias.

    Por unas palabras tan bien escogidas, tan maravillosamente ordenadas que ayudan a interpretar un recuerdo complicado.

    Por la oportunidad de ver aquel rato con otros ojos, mejores, por bondadosos y generosos, por inteligentes y descreídos.

    Por haber propiciado un viaje inolvidable, por la cita de la sidrería y por los días anteriores de paseo.

  • isabel

    una crónica sencillamente (casi ná) magistral…gracias por compartirla!

  • Jesús

    Manolo, tras leer tu entrada, es como si hubiera estado allí, pero con una ventaja y una desventaja: La ventaja, que he podido visionar ese ambiente de toda esa gente tan dispar, sin tener que controlar mis sentimientos, que en esta cuestión tanto me (nos) condiciona.
    La desventaja: pues el no haber disfrutado del chuletón y la tortilla de bacalao (la sidra, si hay que beberla, pues se bebe).
    Un abrazo y ¡enhorabuena!

  • Ulyfox

    Rakítico, las ocasiones vienen solas, pero hay que acompañarlas. Y esta fue una ocasión muy especial. Gracias a vosotros por la inteligente compañía. Preludio tal vez de otros muchos. Y si no, bien ha valido con este. Creo que ha sido verdaderamente inolvidable, por tantas razones.
    Ahí estamos.

  • Ulyfox

    Gracias, Isabel, por seguir ahí. Es bueno compartir, es lo mejor. A lo mejor ese es también el secreto de reuniones como la de la sidrería.

  • Ulyfox

    Jesús: aquella era una reunión llena, sobre todo, de sentimientos. Si pudiéramos tener una especie de rayos x del alma habríamos solucionado el conflicto del País Vasco, y quién sabe cuántos más, desde casi el principio.
    Y el chuletón, ya te lo he dicho, espectacular. Lo bueno es que allí eso es normal!
    Abrazo y nos vemos.

  • Su

    Dejando todo esto un poco al margen, he de decirle que lo que no tiene perdón de Dios es que le falte a usted Asturias. Habremos de remediarlo cuanto antes.
    Fuerte abrazo

  • Ulyfox

    Querida Su, Dios sabrá perdonarme si comprende que lo mejor suele dejarse para el final. Pero obviamente, ya estoy tardando demasiado, teniendo en cuenta la calidad humana de los asturianos que conozco, y la buena mano con la cocina que se gastan.
    Otro fuerte abrazo

  • antoniodlr

    Como diría Antonio Reguera, ubiquemos la acción: Siglo V antes de Cristo, en Grecia.
    “La raza y la sangre son una sandez –prosiguió Clístenes-. Te lo digo yo, que puedo recitarte mis ancestros hasta más de 20 generaciones. ¡Cuanta patraña!. Mi abuelo Alcmeón, aparte de ser un avaricioso, llevaba unos cuernos más grandes que los del Rey Minos, así que imagínate de qué sangre puedo descender yo. Lo mismo llevo en mis venas la de algún esclavo tracio” (Salamima. Javier Negrete).
    Año 2.015 después de Cristo:
    “El policía (vasco) no podía entender que en Andalucía no hubiera ni asomo de nacionalismo ni, por supuesto, ganas de defender ese ideal lleno de cromosomas, tradiciones, paisajes, solidaridades, afrentas e himnos”. (Ulyfox, aquí mismo; en este blog).
    Será que 2.500 años después nosotros hemos aprendido algo. Todavía hay quien piensa en la pureza de la raza, en 8 apellidos vascos y en la diferencia de ser diferentes, o sea sentirse superiores. Lo digo porque en esto de los nacionalismos hay un componente de cierta superioridad (como bien deja entrever Lobeli en su crónica). Que somos diferentes es evidente; ahora bien porque unos nazcan en Euskadi y otros en la mitad (Cadi) no significa que unos sean la mitad de listos y otros tontos enteros.
    No es nada personal, simplemente que en siglo XXI todo esto, toda esa sangre derramada, toda esa inquina, todo eso sobra. Es de agradecer que sean capaces de perdonar y de sentarse juntos a la mesa, pero se lo podrían haber ahorrado.
    El chuletón hubiera sabido más sabroso hablando sólo del Athletic.

  • Ulyfox

    Querido Antonio, no puedo estar más de acuerdo con tus comentarios. El nacionalismo, en un entorno democrático, nos lleva hacia atrás, hacia un supuesto atrás, por cierto. Pero habrá que imaginar que ellos han nacido y se han criado en eso, de la misma manera que nosotros hemos crecido, por ejemplo, en ambiente cofrade, y no hay quien acabe con la Semana Santa. Y líbreme quien sea de persistir en estas comparaciones. Yo, que tengo apellidos venidos de los siete confines. Me falta uno griego, ay.
    El nacionalismo extremo quizá sea algo parecido al sentimiento de familia en la Mafia: lo más importante en la vida es la nación. En fin, que acabe pronto, y no se repita.
    El chuletón, de cualquier forma, estaba exquisito.

  • Flipatxi

    Pues yo me hubiera apostado dos chuletones y tres ttortillas a que tu hubieras cantado el himno vasco con aCento vasco antes que ellos una del yuyu o el “man dicho quel amarillo …” de Manolo SAnTander.
    Completamente de acuerdo con vosotros. Para ese viaje no hacian falta alforjas…
    Nos lo podiamos haber ahorrado. Pero bueno … palante.
    Euzkadi es para mi otro amor absurdo. Me gusta y no sabria decir porque siempre me gusto. Uly sigues siendo mi cronista de viajes favorito.

  • Ulyfox

    Flipatxi, lo del himno vasco, seguro. Y claro que nos podríamos haber ahorrado tanto dolor para nada. Para tener que lamentarse en grupo muchos años después. Lo malo es la cantidad de gente que todavía no lo lamenta ni cree que haya motivos para arrepentirse. En fin, yo también amo el País Vasco, y eso que he empezado a conocerlo ahora.
    Siempre a tu servicio, Flipatxi.