Toscana escondida

Ulyfox | 3 de agosto de 2018 a las 18:30

Vista general de Pitigliano, sobre la roca.

Vista general de Pitigliano, sobre la roca.

Bueno, no está tan escondida. Ya casi no hay lugares escondidos en este planeta, sobre todo si hablamos de países tan turísticos como Italia, o cualquier otro europeo. Es verdad que nosotros buscamos esos rincones, tan atractivos como los más famosos y seguramente mucho más auténticos, aunque eso siempre es relativo: solo los autóctonos saben lo que es auténtico. Nosotros, los forasteros, sólo podemos hablar de lo que nos parece. En cualquier caso, nosotros siempre vamos buscando lo (que nos parece) bello. Y esos pueblecitos del interior de la Toscana nos lo parecían.

Calles del interior de Pitigilano.

Calles del interior de Pitigliano.

Pitigliano y Sorano, esos son sus nombres. Pueblos fuertes, amurallados, uno por su misma situación sobre una roca y el otro por un modesto muro casi invisible, pero con hermosa puerta y todo: lo que para nosotros significa escondido. Los había encontrado, en su afán explorador sobre los mapas, Penélope, que más parece muchas veces merecer el nombre de Ulises. Se encontraban en nuestro camino previsto desde que debíamos desembarcar en Porto Santo Stefano y la brillante ciudad de Orvieto, la de reluciente catedral. Apenas dos paradas, dos altos agradables para llegar a buena hora.

Pacita de Pitigliano.

Pacita de Pitigliano.

Un poco antes de mediodía llegamos a Pitigliano, y la silueta hermosa de su caserío antiguo nos recibió desde una curva de la carretera. Preciosa imagen, antigua estampa de piedra rubia, tejados rojos y la imprescindible torre del Duomo dominándolo todo. Hacía calor, en las calles no había mucha gente a esa hora canicular, apenas unas cuantas personas que como nosotros buscaban pasear por la escasa sombra que permitía un sol casi en todo lo alto. Cuestas, alguna iglesia pequeña escondida en una plazuela que casi no merecía ese nombre, una judería oscura a la que llaman Pequeña Jerusalén, un Duomo modesto con una torre fortificada, y a la entrada, para dulcificar el camino, una fuente de mármol travertino en una plaza amplia con vistas al valle. A su lado un impresionante palacio, el de los Orsini, la familia que era dueña de los contornos, supongo. Comimos en Pitigliano, porque en Italia las horas de almuerzo son increíblemente tempranas para nosotros, y no lo hicimos de manera especialmente memorable. La renombrada trufa parecía haber perdido su aroma. Ni mal ni bien.

La catedral de Pitigilano.

La catedral de Pitigliano.

 

La Fontana delle Sette Canelle.

La Fontana delle Sette Canelle.

 

Fachada del palacio Orsini.

Fachada del palacio Orsini.

La siguiente parada, entre carreteras estrechas y sinuosas, estaba en Sorano. Aquí, tras la sobremesa, el calor apretaba, y el paseo se acompañó con uno de esos helados en los que los italianos son unos maestros. El pueblo dormía la siesta o acababa de despertar en el caso de algunos pocos que abrían sus tiendas. Si en el caso de Pitigliano las fachadas eran de un gris como enfoscado sin lucir, en Sorano abundaba el color toscano, esos tonos pasteles tan identificativos. Parecía tener como… más clase, para entendernos. Una roca enorme en el centro del pueblo alberga una torre señorial. Desde su altura se domina todo el contorno, y parece tener una conexión visual evidente con el castillo al otro lado. Alrededor, todo es un bosque frondoso. El paseo por sus calles deja la sensación de una agradable tarea de sube y baja que se realiza sin esfuerzo, y como si al acabarla hubieras aprendido algo, sin poder indicar muy bien lo que es.

Vista del castillo y parte del caserío de Sorano.

Vista del castillo y parte del caserío de Sorano.

De esta manera, a lo tonto, ya estábamos en el pomeriggio, esa hora de la primera tarde de nombre tan maravilloso en italiano. No estábamos demasiado lejos de Orvieto, pero no contábamos con la intrincada red de carreteras de esa zona llena de pueblecitos. Atravesamos algunos preciosos, nos perdimos en otros cuyo nombre no recuerdo, extraviamos algunos cruces, de manera que llegamos casi a punto de perdernos la brillante luz de la fachada de la catedral de Orvieto al atardecer. Por poco…

Pero esa es ya otra historia.

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Dos imágenes del interior de Sorano.

Dos imágenes del interior de Sorano.

 

  • isabel

    Es musical este relato italiano…y bellisimas las fotos…gracias amigos por compartirlo!

  • Ulyfox

    Querida Isabel
    Ojalá tuviera más tiempo para contar muchos relatos. Tiempo para vivirlos también…
    Gracias a ti por leerlo!


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