La fachada de Orvieto

Ulyfox | 8 de octubre de 2018 a las 14:40

La fachada principal de la catedral de Orvieto, encendida con el sol poniente.

La fachada principal de la catedral de Orvieto, encendida con el sol poniente.

 

Orvieto tiene un nombre precioso. Con su origen, claro, en el periodo etrusco, esos misteriosos y apasionantes antecesores de los romanos, como muchas otras ciudades de la Italia histórica, en Toscana y Umbría sobre todo. Fue tan importante y tan antigua que los romanos ya la llamaron Urbis Vetus, es decir, Ciudad Antigua, y de ahí su denominación actual. Además de la historia de su nombre, hay veces en que una ciudad, un pueblo, se resumen en unos pocos metros cuadrados de monumento, en una fachada imponente; en el caso de Orvieto, la de su catedral.

La vista de Orvieto desde la lejanía.

La vista de Orvieto desde la lejanía.

Desde muchos kilómetros antes, viniendo del interior, la silueta de Orvieto se puede divisar en lo alto de una gran roca y ya desde esa distancia destaca la figura de su Catedral, un edificio que empezó como románico, se continuó como gótico y culminó como maravilla. Hay obras que merecen por sí solas el desplazamiento. ¿Habrá iglesias en Italia? ¿Habrá oratorios, catedrales, basílicas únicas y magistrales? La de Orvieto es única. Las hay parecidas, es verdad, y además no muy lejos, en Siena el Duomo recuerda mucho a esta. No sabemos lo que la hace única, pero es muy posible que sea una causa que se repite todos los días desde hace siglos: el sol se pone y le da de lleno a esa hora, mágica como pocas. Debe de ser Orvieto uno de los pocos lugares en los que esa moda, la de ver atardecer, se ejercita de espaldas al sol. La gente se aposta a esa hora ante la Iglesia, y no mira el ocaso, y eso que Orvieto ofrece un mirador privilegiado a la Toscana circundante. La gente se pone a mirar la fachada, porque entonces se incendia y los colores de sus mosaicos, las sombras de sus relieves, los reflejos de sus dorados son más cálidos, mágicos dirían otros. El resto del día hay más luz, pero es más dura, menos matizada, más cruel incluso.

Visión nocturna.

Visión nocturna.

Nosotros, por poco no alcanzamos a verlo por culpa de la intrincada y retorcida red de carreteras de la Italia campestre interior. En realidad, el fenómeno estaba acabando cuando llegamos ante la obra maestra. No importa, entonces el aire era más rosado y la admiración fue absoluta.

En las calles de Orvieto, Penélope y Pepa.

En las calles de Orvieto, Penélope y Pepa.

Rodeada de tantas hermanas hermosas, no es Orvieto tan visitada como sus vecinas de Toscana, pero tiene como muchas de estas extraordinarias poblaciones de Umbría numerosos atractivos, calles de piedra, murallas, un ingente pasado etrusco, iglesias, arcos y callejas escondidas, palacios de antiguos nobles y burgueses riquísimos, y muchas galerías, pozos y túneles que siempre ha facilitado la piedra porosa sobre la que se asienta. Es un sitio extraordinario, y además, todo hay que decirlo, de los lugares donde mejor comimos. No recuerdo el nombre del restaurante, pero sí un lardo (tocino) sobre tostadas, una pasta con tomate y una coda alla vaccinara (rabo de ternera guisado) exquisita.

El paisaje de Umbría, desde lo alto de Orvieto.

El paisaje de Umbría, desde lo alto de Orvieto.

A pleno sol.

A pleno sol.

Recordadlo, Toscana es hermosa, llena de lugares imposibles de conocer todos en unas vacaciones normales, pero si podéis no os olvidéis de Umbría, de Orvieto.

 

El centro de Orvieto. La Piazza de la República.

El centro de Orvieto. La Piazza de la República.

 

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El Palazzo del Popolo, en la plaza del mismo nombre.

El Corso Cavour, con la Torre del Moro al fondo, otro de los emblemas de Orvieto.

El Corso Cavour, con la Torre del Moro al fondo, otro de los emblemas de Orvieto.


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