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Esa risa en el puerto de Mikonos

Ulyfox | 4 de febrero de 2021 a las 18:09

Penélope en las alturas de Mikonos.

Penélope en las alturas de Mikonos.

Seguramente no exagero si digo que hemos paseado cientos de veces por el viejo puerto de Mikonos, apenas un par de espigones en el que ya sólo atracan los barquitos que hacen la excursión a la sagrada isla de Delos, los pesqueros y los botes que trasladan a los pasajeros de los grandes cruceros. Estos, y los ferris de todo tipo amarran desde hace pocos años en la terminal nueva, mucho más lejos del centro. El puerto viejo, al que no le falta una playita, es uno de los lugares de concentración de los turistas que visitan a millares la preciosa isla, sobre todo por la tarde y noche, pasado ya el horario habitual de playas, aunque aquí el horario playero se extiende las 24 horas del día, de manera casi siempre demasiado estruendosa.

Barcas en el puerto.

Barcas en el puerto.

El paseo en el puerto de Mikonos, inusualmente solitario.

El paseo en el puerto de Mikonos, inusualmente solitario.

Pues esa era una noche de finales de septiembre, y volvíamos de cenar por el paseo frente a la playa, extrañamente solitario por culpa del covid. De pronto, Penélope oyó algo y se paró en seco. Me miró y me dijo: “¡Ayy… esa risa, esa risa… ¿a qué te suena esa risa, a quién te recuerda?”. Era un “¡aahh,jajajaja!” jovial y continuado, y sólo podía ser de… ¡Síííí! Nos volvimos y allí estaba, charlando con un cliente y riendo, que en él es lo mismo, nuestro Vasilis. Vasilis, el guapo camarero y gerente durante años del restaurante Nautilus, en pleno corazón de Hora, como también se conoce a la capital de Mikonos.

El gran Vasilis, ahora sin melena, ante su restaurante en el puerto de Mikonos.

El gran Vasilis, ahora sin melena, ante su restaurante en el puerto de Mikonos.

Hace cinco años, el Nautilus cambió de ubicación y en ese trasiego Vasilis, con su incomparable risa, su melena, sus copiosas invitaciones a mastiha y sus músculos bajo la camiseta ajustada, desapareció de nuestras noches mikonianas. Y cada año lo echábamos de menos. Preguntamos la primera vez a su antigua socia en el nuevo local, pero no nos dio indicaciones muy precisas. De modo que lo perdimos, y creíamos que para siempre.

Vasili, con su melena y ante el Nautilus, hace siete años.

Vasili, con su melena y ante el Nautilus, hace siete años.

Pero no, Mikonos, con todo su glamour, no deja de ser un pueblo pequeño y, por el sonido de su risa inconfundible esta vez, lo reencontramos. Así que nos volvimos y allí estaba. Era el mismo, sólo que su melena había desaparecido en este tránsito. Nos acercamos y nos reconoció en seguida, y la explosión de alegría y risas fue al nivel esperado de su bien ganada fama… y amistad, diría. Entre abrazos ligeros y más risas, nos puso al día brevemente de sus últimos años, nos mostró su franca alegría por el reencuentro, y como es natural, quedamos para venir otra noche a cenar en su nuevo restaurante, instalado frente a la playa y en una zona de mucho paso: el Pelican.

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Calles solitarias en un Mikonos extraño.

Calles solitarias en un Mikonos extraño.

Y volvimos a los dos días, y volvió la excelente cocina, el trato gentil, la risa estentórea “aaahjajajaja”. Y volvió el postre de regalo y el chupito, que esta vez no era de mastija pero prometió que la próxima vez lo sería, por supuesto. En algunas noches de otros años  habíamos llegado a beber de esta manera bastantes más chupitos de los recomendables. Esta vez la cosa fue moderada en una terraza repleta.

Cerca de la Pequeña Venecia, y de noche, había un poco más de animación.

Cerca de la Pequeña Venecia, y de noche, había un poco más de animación, pero nada comparable al gentío habitual.

Recuperamos así una de nuestras citas gastronómicas anuales en la preciosa isla, que en los últimos años se habían reducido a la tradicional noche en la ‘psarotaverna’ (taberna especializada en pescado) Kounelas, otro de nuestros santuarios y refugios. Esa noche del feliz reencuentro veníamos precisamente de cenar allí. Kounelas es una taberna excelente, y con uno de los comedores más divertidos de las islas. Se trata de un patio de dimensiones reducidísimas en el que se amontonan muchas más mesas de las verosímiles, lo que hace necesario dejar constantemente paso a los que se sientan o se van de los lugares a tu lado y propicia unas conversaciones jugosas, puesto que todo el mundo allí parece ser muy comunicativo.

Con Manolito, hace dos años.

Con Manolito, hace dos años.

Entre 'Manolito' y Yiannis en 2013.

Entre ‘Manolito’ y Yiannis en 2013, junto al patio del Kounelas.

 

El público, de procedencias lejanísimas entre sí, siempre tiene muchas historias que contar y la cercanía y el ambiente festivo propician el intercambio de ellas. Hemos pasado grandes noches allí, al calor de la conversación, el pescado a la parrilla, la ensalada de erizos, la taramosalata y el vino blanco de la casa. En esta ocasión, las medidas anticovid obligaban a una mayor distancia, aparte de que la afluencia era menor. Pero volvió a producirse la cálida acogida de Yiannis, que siempre nos saluda y recibe con una graciosa mezcla de italiano y español. En todos estos años, el personal ha cambiado casi en su totalidad, pero Yiannis se mantiene al frente de Kounelas. Con alguno de los camareros entablamos un cierto conocimiento, pero sigue la amistad con uno de ellos, un albanés que ahora trabaja allí sólo por las mañanas, limpiando pescado, que nos permite llamarle ‘Manolito’ y que procuramos ver todos los años donde sea.

 

El atardecer desde nuestra habitación 27 en el Damianos Hotel.

El atardecer desde nuestra habitación 27 en el Damianos Hotel.

La misma vista, por la mañana, con la terraza donde se da el desayuno.

La misma vista, por la mañana, con la terraza donde se da el desayuno.

Pero, sin duda, nuestra ‘familia’ en Mikonos es la que regenta como propietarios el entrañable Damianos Hotel, en la zona alta del pueblo llamada Drosopésoula. Damianos es el nombre del marido de Eleni, que es la verdadera alma del establecimiento, labor en la que poco a poco la está relevando su hijo, el dispuesto Thanasis al que hemos visto crecer desde menudo casi adolescente hasta el robusto hombre de ahora. Uno u otro son los encargados de ir a recogernos siempre a nuestra llegada a la isla, bien en el puerto bien en el aeropuerto. Al principio con un coche más o menos precario, luego con una furgoneta roja que se iba destartalando y últimamente con una especie de minibus moderno, pero siempre con la misma afabilidad y cariño a unos clientes fieles de más de quince años.

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Diferentes vistas de nuestra 'casa' en Mikonos, el Damianos Hotel.

Diferentes vistas de nuestra ‘casa’ en Mikonos, el Damianos Hotel.

Con la misma fidelidad por su parte se vienen los abrazos y los besos, y es imposible que nos dejen pagar las consumiciones que hacemos en el hotel. A la hora de la marcha, se empeñan en que paguemos lo mismo que el año anterior, y así llevamos un montón. Tanto que cada cierto tiempo, nos subimos nosotros mismos el precio cuando respondemos a esa pregunta.

El Damianos, de noche.

El Damianos, de noche.

La piscina que nunca usamos, pero que merece la pena.

La piscina que nunca usamos, pero que merece la pena.

Recordamos a Eleni aquella primera vez, en el puerto de Mikonos, a la caza de posibles clientes desplegando una carpeta que era un álbum con fotografías de su hotel, cuando eso era una práctica habitual en el sector turístico de Mikonos y todas las islas. La gran afluencia de turistas y las reservas por internet han hecho desaparecer ese sistema por innecesario, pero lo que sí permanece es que los vehículos de los establecimientos siguen acudiendo a recoger a sus huéspedes de manera gratuita. En el hotel, las empleadas nos reciben también con abrazos y parabienes… una delicia.

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Distintas formas de descansar en la playa de Paranga.

Distintas formas de descansar en la playa de Paranga.

Con Petros, el encargado de las hamacas, en Paranga.

Con Petros, el encargado de las hamacas, en Paranga.

En nuestra playa favorita, la de Paranga, el encargado de alquilar las hamacas se llama Petros y este principio de otoño nos recibió con su sonrisa discreta de siempre, pero con una matización: “Ya me estaba preguntando si vendrían este año”.

En las aguas de Paranga.

En las aguas de Paranga.

Con las delicias de la taberna Tasos.

Con las delicias de la taberna Tasos.

Pues aquí estábamos otra vez, disfrutando de las atenciones de Petros, de las aguas más frescas y limpias, y comimos como siempre en la taberna Tasos, sobre la arena, sus irrepetibles mejillones al vino, y su sabrosa taramosalata. Y repetimos al día siguiente, con unas sardinas de esas mediterráneas y pequeñitas, para aprovechar el estupendo tiempo con el que Mikonos nos acogió este año para despedir, como siempre, nuestras vacaciones griegas. ¿Cómo no volver, una y otra vez?

Paseando por un belllísimo y vacío Mikonos.

Paseando por un belllísimo y vacío Mikonos.

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La desgracia del covid nos permitió, sin embargo, ver (y nunca mejor dicho) Mikonos como aquellas lejanas y primeras veces, sin multitudes. Calles solitarias y vendedores ociosos eran el panorama, triste por momentos pero tremendamente propicio para contemplar las bellezas innegables de uno de los pueblos más bonitos del mundo.

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La iglesia Panagia Paraportiani, extrañamente sola.

La iglesia Panagia Paraportiani, extrañamente sola.

Qué fácil fue hacerse una foto ante la Paraportiani.

Qué fácil fue hacerse una foto ante la Paraportiani.

Este año desaparecieron los pasos apretujados por las calles traseras de la singular iglesia Paraportiani, y ante ella no había que pelear un hueco para hacerse la foto; en la maravillosa y normalmente atestada Pequeña Venecia (Mikrí Venetía) era sencillo encontrar mesa para contemplar el atardecer.

Construcciones en la Pequeña Venecia.

Construcciones en la Pequeña Venecia.

Pocos placeres como un dry martini al atardecer en la Pequeña Venecia.

Pocos placeres como un dry martini al atardecer en la Pequeña Venecia.

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Alrededor del molino de Boni, que domina el pueblo, no había un enjambre de turistas, sino la extraña estampa de una familia griega sentada en su exterior. Uno de sus miembros, un hombre mayor, no pudo aguantarse y lanzó un grito indignado a una pareja de turistas que se había subido al tejado de una capilla cercana para hacer la típica foto ‘original': “Bastardos, ¿qué tenéis en la cabeza? (tí ejis sti kefali?) ¿cómo se os ocurre subiros encima de una iglesia (pano stin eklissía)?”, según lo que pude entender con mi precario griego.

Sólo una famiia griega en el molino de Boni.

Sólo una familia griega en el molino de Boni.

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Mil detalles en el Mikonos nocturno.

Mil detalles en el Mikonos nocturno.

Este año, por primera vez, decidimos volver al continente pasando por el puerto de Rafina, a unos 20 kilómetros del aeropuerto de Atenas. Nos apetecía cambiar la ruta.  Pasamos una agradable última velada de vacaciones con cena en una desierta taberna de un desértico puerto que seguramente estará atestado en un año normal.

El puerto de Rafina, la última noche de nuestras vacaciones.

El puerto de Rafina, la última noche de nuestras vacaciones.

Por una ruta o por otra, nunca dejaremos de volver a Mikonos.

Heel, la tienda favorita de Penélope en Mikonos.

Heel, la tienda favorita de Penélope en Mikonos.

Vista general de Mikonos.

Vista general de Mikonos.

Otra vista de la capital, Hora.

Otra vista de la capital, Hora.

Líneas y sombras de una construcción en Mikonos.

Líneas y sombras de una construcción en Mikonos.

Un alto en el camino a pie hacia la playa de Paranga.

Un alto en el camino a pie hacia la playa de Paranga.

Deliciosa sombra floral.

Deliciosa sombra floral.

En el puerto de Mikonos o Hora.

En el puerto de Mikonos o Hora.

Mejillones en Paranga, exquisitos.

Mejillones en Paranga, exquisitos.

  • Avenger

    Sin palabras. No podemos encontrar palabras para este post, nuestra querida isla “fin de fiesta” (tranquilo eso si, eh). Siempre que hemos estado por las Cicladas, hemos acabado el tour, en Mikonos. Cuantos lugares comunes y cuánto sitios y personas conocidas. Bueno es saber que Vassilis tiene local nuevo, ya tenemos apuntado el nombre. KOUNELLAS, Nautilus, Nikos Tavern o Barkia son nuestros habituales para comer o cenar en la isla y a veces el alejado y siempre lleno Kiki’s beach una taberna chiringuito muy familiar y donde se come estupendamente. Que maravilla Mikonos sin apestar de gente, a nosotros nos recordó la primera vez que fuimos, en Junio al principio y aunque había gente no era una multitud desaforada. Nos encanta ver que lo pasasteis estupendamente y que nos lo habéis hecho pasar a nosotros también. Efgaristo. Cuidaos mucho.

  • Ulyfox

    Querido Avenger, coincidimos en casi todos los sitios. Era extraño ver este año la inmensa terraza del Nikos casi completamente vacía a la hora de la cena, y que había sitios libres en Barkia. Pese a todos los inconvenientes y a la masificación Mikonos no puede ser más bonito. Ah, este año no hemos visto al pelícano Petros…

  • Avenger

    Yasas amigos, efectivamente Mikonos siempre es una maravilla. Y claro son lugares comunes, todos ellos lugares de buen trato y Excelente comida. Como curiosidad te diré que en tantas veces que hemos ido a Mikonos solo una hemos visto a Petros el pelícano, y ni una foto nos dio tiempo a hacer, ya que por en salmo apareció un nutrido grupo de personas que lo rodearon y cre que casi lo asfixian.

  • Ulyfox

    Claro, Avenger, lugares excelsos diría yo. Lo de Petros depende de la suerte que tengas. Suele estar, infaliblemente, en los alrededores de Nikos, donde tiene comida segura, un territorio que incluye desde las cercanías de la Paraportiani hasta el puerto. De todas formas, en uno de los últimos años pudimos ver hasta tres pelícanos, todos sucesores del primero y mítico Petros. Que pronto los podamos ver…

  • Carmen

    ¡Vaya currada de texto y fotos con Mikonos! Se nota que os atrapó definitivamente. Desde luego que es una isla muy fotogénica. Todos las fotos son espectaculares y acompañan de maravilla a este concienzudo relato griego. Seguro que sí, que la arquitectura de Mikonos bien merece el viaje hasta esta isla, porque es un disfrute ver esas imágenes de las callejuelas y los edificios encalados, con el contraste del azul eléctrico del cielo de Mikonos. Es una arquitectura para sentirla y vivirla.
    Saludos

  • Ulyfox

    Bueno, Carmen, si para la inmensa mayoría Mikonos es un sitio turístico, para nosotros, salta a la vista, es algo muy especial. Volvemos una y otra vez como última etapa de nuestra estancia anual en Grecia. Hubo un tiempo en que pensamos dejar de hacerlo por culpa de la masificación, pero no hemos podido. Cosas del amor.
    Saludos

  • isabel

    Que lugares más hermosos, pero lo que más me emociona son los lazos sentimentales que creáis y mantenéis. Es pura esencia del mediterráneo (en mi imaginario).

  • Ulyfox

    Isabel, será que llevamos muchos años yendo, y siempre se crean lazos. A nosotros nos encantan los lazos, sobre todo los humanos. Adornan de un modo inigualable los viajes. Besos


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