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Moarves de Ojeda, esa fachada

Ulyfox | 17 de febrero de 2020 a las 20:51

 

El espléndido friso de San Juan Bautista en Moarves de Ojeda.

El espléndido friso de San Juan Bautista en Moarves de Ojeda.

 

“Pues ya tienen que tenerle ustedes amor a esto para venir de tan lejos”, nos dijo el hombre que nos abrió la puerta de la iglesia románica de San Juan Bautista en Moarves de Ojeda. Apenas unos minutos antes, yo había entrevisto la maravillosa portada desde la carretera, visión de la que no había podido gozar Penélope, que estaba atenta a la conducción. Aparcamos detrás de la iglesia, y yo disfrutaba ya del momento en que rodeáramos el pequeño templo y pudiéramos compartir el asombro.

La sencilla fachada trasera de la iglesia.

La sencilla fachada trasera de la iglesia.

Es inútil escribir la onomatopeya de la estupefacción que nos produjo ese conjunto labrado en piedra que, de oxidada, parece hierro viejo. Un friso rojizo que muestra una representación clásica: en el centro el Cristo Pantocrátor rodeado del llamado Tetramorfos, es decir los cuatro animales que son el símbolo de los cuatro evangelistas. Y a un lado y otro, los doce apóstoles divididos en dos hileras de seis. Los expertos en arte dirán lo que tengan que decir de la calidad de las esculturas, nosotros nos limitamos a sufrir uno de los impactos artísticos más profundos que recordamos de los últimos tiempos.

Detalle del Pantocrátor y parte de los Apóstoles.

Detalle del Pantocrátor y parte de los Apóstoles.

Bajo el singular friso, la puerta está flanqueada por arquivoltas ajedrezadas, y los capiteles representan músicos, animales mitológicos y reales e incluso dos guerreros batallando. El color rojo y el casi perfecto estado de conservación ayudan al pasmo que produce esta obra singular con aspecto de retablo, en el centro de esta pedanía del municipio de Olmos de Ojeda, más que humilde y en la que en la actualidad viven sólo 14 personas. “Y todas mayores”, según nos dijo nuestro guía.

Ante la maravillosa fachada...

Ante la maravillosa fachada…

El hombre vive en una casa de piedra situada justo enfrente de la iglesia, y cuando lo fuimos a buscar al enterarnos de que era él quien guardaba la llave, nos advirtió:

-Pero dentro hace mucho frío, eh.

-No pasa nada -le tranquilizamos- venimos abrigados.

-Y además, saben que tienen que pagar un euro cada uno.

-Sí, hombre, no se preocupe- le repetimos. Hacía más de un mes que nadie había venido a visitar San Juan.

Los capiteles de la portada principal.

Los capiteles de la portada principal.

Al responderle a su pregunta que veníamos de Cádiz para ver el románico palentino, mientras abría la puerta, fue cuando dijo aquello: “Pues ya tienen que tenerle ustedes amor a esto para venir de tan lejos”. Y ciertamente es así. El románico es tal vez el estilo arquitectónico que despierta más enamoramiento. Al menos, el románico de esta gran cantidad de pequeñas iglesias y ermitas del campo y la montaña en las cercanías de Aguilar de Campoo, tan alejado de las imponentes catedrales del mismo estilo en  Santiago y Zamora o, no digamos, sus hermanas espléndidas en Francia, Alemania o Italia.

Más capiteles en el lado opuesto de la puerta.

Más capiteles en el lado opuesto de la puerta.

En el románico palentino, que visitamos en diciembre y del cual San Juan de Moarves es una de sus cumbres, te emociona la grandeza que supone que en estos enclaves humanos mínimos se erijan estas maravillas asombrosas. Nuestro humilde cicerone seguía con sus advertencias:

-Pero de todas formas lo importante está fuera -mientras nos contaba con expresión de experto los detalles escultóricos de la fachada.

Una peculiar imagen de San Juan Bautista, nada que ver con las representaciones tradicionales.

Una peculiar imagen de San Juan Bautista, nada que ver con las representaciones tradicionales.

Ya dentro relataba historias del casi desnudo interior: las pequeñas figuras de san Juan que sacaban en procesión antes para rogativas de las lluvias. No se veía muy creyente, puesto que de vez en cuando acotaba a sus intervenciones, con “eso dicen…” o “eso es lo que la Iglesia dice…”.

Detalle de la pila bautismal.

Detalle de la pila bautismal.

-Y miren la pila bautismal esta. Parece que es también Cristo con los apóstoles, como el friso de fuera, pero aquí hay trece apóstoles ¿cómo puede ser eso? A lo mejor el otro es San Pablo, eso dicen, pero para mí que igual es la Virgen ¿no?

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La visita es corta, claro, porque el hombre tiene razón y lo verdaderamente precioso está fuera, en esa fachada única que, una vez que se ha ido, y con la compañía silenciosa de otra pareja que se ha sumado a la cita de manera repentina, nos demoramos en seguir contemplando largo rato, prolongando la partida porque ¿quién sabe cuándo vamos a volver desde tan lejos?

En esos días fríos y lluviosos, nos sobrepusimos a los elementos para poder conocer esta y otras pequeñas maravillas en piedra. El tiempo y la soledad del invierno nos negaron la entrada en algunas. Lo iremos contando, pero San Juan de Moarves, su friso de piedra y su manera de reinar en el solitario frío de los campos palentinos, merecían el detalle de figurar solo aquí.

Palencia ya no es desconocida

Ulyfox | 10 de febrero de 2020 a las 13:38

vista del ábside de la catedral de Palencia.

vista del ábside de la catedral de Palencia.

No haber visitado Palencia hasta una cierta y elevada edad podría no tener perdón, ni siquiera con la  válida excusa de vivir en la más baja Andalucía. No, porque hemos pasado bastantes veces por su cercanía en nuestros viajes al Norte. Sí, podría no tener perdón, una vez visto lo que nos habíamos estado perdiendo. Me refiero a la capital, aunque la provincia tiene una gran cantidad de tesoros románicos que otro día os contaremos.

La Plaza Mayor de Palencia.

La Plaza Mayor de Palencia.

Aun estando tan lejos, no sé qué hace que viajemos al Norte siempre en invierno. En esta ocasión fue a finales del otoño, tiempo gris, en ocasiones lluvioso, que sin embargo no nos ha impedido nunca el disfrute de esas regiones españolas. Añoramos más sol y menos agua cuando estamos por allí, pero los recuerdos siempre han sido duraderos.

El Mercado Central y la sede de la Diputación Provincial.

El Mercado Central y la sede de la Diputación Provincial.

En las horas que pasamos allí comprobamos que Palencia es para pasearla, con un casco antiguo pequeño, con monumentos esparcidos por toda su extensión pero no especialmente bello. Parece haber sido modernizado en una buena parte y eso le resta asombro al callejeo, aunque no encanto ni comodidad. Tiene, eso sí, algunas iglesias góticas muy interesantes como las de San Miguel y San Pablo, el monasterio de Santa Clara, y sobre todo, por encima de todo, su asombrosa catedral, la dedicada a San Antolín, que se había designado siempre como ‘la bella desconocida’ y que a partir de su restauración en marcha se está llamando ‘la bella reconocida’. Con cuánta justicia.

Detalle del retablo de una de los altares principales de la Catedral.

Detalle del retablo de una de los altares principales de la Catedral.

 

La catedral por sí sola, se puede decir alta y claramente, merece una visita a Palencia. Es un asombro de belleza que injustamente no figura entre las de obligado cumplimiento para los amantes del arte. Cuando la visitamos estaba en obras, y tenía desafortunadamente cerradas la nave central y el altar mayor. También por desgracia había concluido unos días antes la posibilidad de visitar los trabajos usando un ascensor desde el que se podía contemplar toda su grandeza. En temporada, se podrá volver a disponer de este circuito.

Portada de la iglesia del Monasterio de Santa Clara.

Portada de la iglesia del Monasterio de Santa Clara.

 

Pero lo que se podía ver, aun así, es maravilloso, una riqueza artística en arquitectura, en escultura, pinturas y relieves insospechada en la que es (otra vez un dato descubierto) la tercera catedral más grande de España. Las piezas únicas se despliegan en las naves, en el coro, en el trascoro, en las numerosas capillas laterales y de la girola, y en la misteriosa cripta de San Antolín. La restauración en marcha debe dejar un conjunto ciertamente admirable. Ya lo es en lo que se puede ver.

Vista de la fachada principal de la Catedral.

Vista de la fachada principal de la Catedral.

 

Una estupenda audioguía sirve de perfecto acompañamiento a la visita, que forzosamente debe ser lenta y reposada, demorándose uno en cada rincón para admirar la factura de las obras de arte y las historias que estas te cuentan.

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Imágenes del interior de la bellísima catedral gótica.

Imágenes del interior de la bellísima catedral gótica.

El recorrido debe incluir también el magnífico museo, que incluye esculturas románicas, tapices y obras de El Greco, Zurbarán, Silóe y otros muchos, aparte de curiosidades como el retrato deformado a lo ancho de Carlos V que sólo se puede apreciar a través de un minúsculo agujero lateral.

La antiquísima cripta de San Antolín.

La antiquísima cripta de San Antolín.

 

Y después de esto, siempre se tiene la posibilidad cierta de acabar el disfrute con las delicias de la comida castellana en alguno de los restaurantes o bares de tapas palentinos. Sería imperdonable perderse este final. Nosotros nos lo dimos en el restaurante Los Candiles, con un estupendo lechazo.

Estupendo lechazo en Los Candiles.

Estupendo lechazo en Los Candiles.

Tren sin final de trayecto hacia Kalavryta

Ulyfox | 7 de febrero de 2020 a las 12:17

El train hacia Kalavryta recorre lugares inverosímiles. La foto es de los ferrocarriles griegos.

El tren hacia Kalavryta recorre lugares inverosímiles. La foto es de los ferrocarriles griegos.

Ese viaje en tren tan excitante, tan emocionante, tan hermoso, tan adrenalínico por momentos, no tiene un final feliz. Al menos no un final feliz como se entiende normalmente. Pero es el final adecuado, como una película redonda. Como un peliculón, un melodrama de Douglas Sirk o del mejor Almodóvar. El mínimo convoy que parte desde el nivel del mar en Diakoftó, en la misma orilla del Golfo de Corinto y asciende en una hora larga hasta Kalavryta, a más de 700 metros de altitud en el interior del Peloponeso, enseña mil historias mientras serpentea y escala, pero guarda la más conmovedora para el fin de trayecto.

La antigua locomotora, en la vieja estación junto al mar.

La antigua locomotora, en la vieja estación junto al mar.

Sale alegre este tren griego compuesto por tres vagoncitos, ahora modernos y dotados de aire acondicionado y hasta hace poco lleno de aromas antiguos, recorriendo los primeros kilómetros en llano. Pero al poco tiempo comienza su senda montañera por una vía muy estrecha, y por tramos parece que se despeñará sin remedio sobre el río que baja bravo, o que simplemente no acertará con los numerosos y estrechos túneles horadados a duras penas en la piedra hace más de cien años en una gesta ingenieril admirable. Apenas unos centímetros de holgura. Aunque se pudiera, no sería conveniente sacar una mano por la ventanilla. Mucho menos la cabeza.

El tren cruza numerosos puentes sobre el río bravo.

El tren cruza numerosos puentes sobre el río bravo.

Sube y sube, siguiendo la garganta de Vouraikós, casi mimetizado con la naturaleza. Y la vista de los pasajeros va desde los altos árboles a las profundas pozas y las frescas cascadas. Más vale no mirar abajo. El caminar es lento y más de una vez suena el silbato, porque algunos senderistas eligen la propia vía para hacer el camino de vuelta desde Kalavryta, degustando el peligro, que sobre gustos no hay nada fiable escrito.

El tren en la estación de Kalavryta.

El tren en la estación de Kalavryta.

El tren de Kalavryta, ahora pasto del turismo familiar en verano y también conocido por el nombre de Odontotos, nació de un sueño de desarrollo en 1896. Unos 22 kilómetros de recorrido que funciona todos los días del año y en todas condiciones atmosféricas. Un logro extraordinario, con trechos dificultosos de cremallera, a una velocidad que no supera los 40 kilómetros por hora. Y que es mucho menor en los tramos de cremallera. Histórico, en todos los sentidos. Hermoso.

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El puelo es ahora centro de turismo.

El puelo es ahora centro de turismo.

El pueblo, cuyo nombre viene a significar seguramente algo así como “fuentes buenas”, es en sí mismo un centro de turismo de invierno y sus construcciones son modernas aunque su edad es considerable. Kalavryta era un pueblo feliz y próspero hasta que les cayó encima la Segunda Guerra Mundial y con ella la atroz invasión alemana. La dominación nazi provocó la resistencia guerrillera, y la ejecución por parte de los milicianos de 70 soldados prisioneros alemanes conllevó una represalia brutal: unos 500 varones mayores de 14 años fueron apresados en el pueblo, encerrados en la escuela municipal y poco después sacados a las afueras y fusilados sin piedad ni, por supuesto, juicio el 10 de diciembre de 1943. Solo 14 hombres se salvaron porque se refugiaron bajo los cuerpos de los muertos. Las mujeres fueron encerradas en el colegio, que fue incendiado, aunque lograron escapar.

La escuela municipal, ahora memorial de la matanza.

La escuela municipal, ahora memorial de la matanza.

La escuela es ahora un emocionante museo memorial en donde se muestra cómo era la vida social de Kalavryta y su comarca (varias aldeas también fueron arrasadas) antes de aquel horrible suceso que acabó con el pueblo, y donde se puede conocer las circunstancias de la matanza. Y llorar ante las fotografías de niños y hombres poco antes de que fueran ejecutados.

Una placa recuerda la puerta que se cerró en la escuela para que las mujeres perecieran en el incendio.

Una placa recuerda la puerta por la que entraron para separarse y no verse más mujeres y hombres.

En el lugar donde ocurrió la masacre, a 15 minutos andando desde el pueblo hay ahora una gran cruz y un monumento que recuerda a los mártires con un gran letrero: “Oji pió polemoi,  No más guerras”. El descenso vespertino por la misma vía se hace ya de otra manera, más entristecidos pero también más sabios. El viaje a Kalavryta no acaba nunca.

El monumento levantado en el lugar donde fueron fusilados los hombres en 1943.

El monumento levantado en el lugar donde fueron fusilados los hombres en 1943.

 

Neueschwastein, castillo asaltado

Ulyfox | 5 de febrero de 2020 a las 13:32

El castillo de Neueschwastein, desde el puente Marienbruck.

El castillo de Neueschwastein, desde el puente Marienbruck.

Uno de los ejemplos mayores de masificación turística de nuestra ya larga vida viajera lo vivimos el pasado verano, en un lugar que recordábamos mucho más tranquilo. Seguro que hace ya 30 años bastante gente visitaba el castillo de Neueschwastein (pronúnciese Noisbáshtain) , el sueño loco levantado por Luis II de Baviera en el corazón de un paraje maravillosamente de cuento. Recuerdo que no estábamos solos en aquel lejanísimo viaje con una empresa que se llamaba Eurojoven y organizaba circuitos en grupo por un precio que nos podíamos permitir. Aquel visitaba varios países de Centroeuropa en autobús. Entonces ya había muchos viajeros, pero no existía esa especie tan actual del ‘coleccionista de sitios’ y, sobre todo, no podías encontrarte turistas de según qué países como los de la entonces Europa comunista o de China.

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Otras dos vistas del castillo.

Otras dos vistas del castillo.

Este fenómeno masivo se ha instalado definitivamente, llenando los destinos más clásicos, los más desconocidos, e incluso los recónditos.

Paisaje de castillos y lagos en los alrededores de Neueschwastein.

Paisaje de castillos y lagos en los alrededores de Neueschwastein.

Lo que nos encontramos aquella mañana en Neueschwastein, a mediados de junio, fue sencillamente asombroso: miles de personas esperando a entrar en turnos de cada diez minutos para una visita en la que el siguiente grupo te iba pisando los talones, en un edificio maravilloso de cuyo interior no se podían sacar fotos.

El castillo de Hohenschwangau.

El castillo de Hohenschwangau.

Desde luego, es impensable acudir al castillo sin haber hecho muchos días antes la reserva de una hora concreta de entrada. Del mismo modo, la visita, con audioguía y acompañado de un vigilante, no puede durar más que media hora.  Naturalmente, las fotos sí se pueden hacer del exterior, y todo el mundo va aleccionado, todos quieren hacerla desde el mismo punto: el puente Marienbruck, al que se llega caminando por un paseo lleno de curvas y de cuestas.

Aglomeración turística en el puente Marienbruck.

Aglomeración turística en el puente Marienbruck.

Todo el camino hasta ese puente lo hicimos rodeado por un inmenso gentío. Al llegar al pequeño viaducto, que alguna vez fue romántico, hay que esperar otra cola porque está limitado el aforo, supongo que por el peso que puede soportar la estructura. Una vez conseguido el acceso, hay apenas unos segundos para disparar una o varias fotos apresuradas… demasiado estrés para un paisaje tan bucólico.

Marienbruck, entrevisto a lo lejos desde el castillo.

Marienbruck, entrevisto a lo lejos desde el castillo.

Digamos que tuvimos la suerte, o la precaución, de llegar temprano, así que nos dio tiempo a tomar después poco más que un tentempié en uno de los restaurantes del hermoso parque que rodea el castillo. Habíamos subido a la colina andando, pero ya conseguido nuestro objetivo, nos permitimos incluso hacer el descenso en un coche tirado por caballos percherones, que caminaban muy lentos. Nos reímos al menos, porque la gente nos adelantaba andando.

Descenso en coche de caballos.

Descenso en coche de caballos.

Neueschwastein (he conseguido escribirlo por tercera vez) no nos decepcionó. Es imposible: es hermoso por sí mismo y por la historia del desgraciado e incomprendido, perseguido rey que lo mandó construir. Pero la forma en la que ahora se puede visitar es una locura no tan hermosa como las que se le ocurrían a Luis II. Supongo que al cabo del año el número de las personas que acceden por sus puertas supera las seis cifras…

Pies frescos en el lago junto al castillo de Hohenschwangau.

Pies frescos en el lago junto al castillo de Hohenschwangau.

Luego, nos acercamos a uno de los lagos cercanos, junto al centro de recepción y bajo el castillo Hohenschwangau, que perteneció al padre de Luis II. Allí, también una multitud considerable, en una buena parte de origen oriental, paseaba por sus orillas o se bañaba en sus frías aguas.

Ante las cascadas de Fussen.

Ante las cascadas de Fussen.

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Vistas de una calle de Fussen.

Vistas de una calle de Fussen.

No digo que saliéramos huyendo. Estábamos contentos, hizo un día espléndido, y volvimos al atardecer al cercano y bonito pueblo de Fussen, donde estaba nuestro alojamiento durante dos días, el Hotel Hirsch, muy limpio y agradable. En esas dos jornadas, nos dio tiempo a dar paseos tranquilos, bordeando el castillo en el centro urbano, recorriendo las coloridas calles, acercándonos al monasterio franciscano, e incluso a unas pequeñas cascadas en las afueras. Las largas tardes de junio permitían todo esto, y el ambiente era, comparado con la multitud corretona y apresurada de la colina, un remanso. Y no es que estuviéramos solos. Bien acompañados, en cambio, sí.

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La calle principal  de Fussen, Reichenstrasse, con el castillo Hohes al fondo.

La calle principal de Fussen, Reichenstrasse, con el castillo Hohes al fondo.

Parga, en la costa de Epiro

Ulyfox | 29 de enero de 2020 a las 19:53

Vista panorámica de Parga.

Vista panorámica de Parga desde el castillo veneciano.

Paxos nos había dejado varias evidencias gozosas, como cualquier experiencia viajera debe ser. Una era que la masificación turística provoca daños irreparables al lugar en cuestión, como pudimos comprobar al comparar la placidez de esta última isla con la aglomeración muchas veces insufrible de su hermosa hermana mayor, Corfú. Otra evidencia fue que es posible sustraerse a esos efectos, y que el disfrute es incomparable si uno no tiene que estar sorteando codos. Que las islas Jónicas son bellísimas por su mezcla italo-greca queda como la constatación mejor.

El paseo marítimo de Parga, con el castillo al fondo.

El paseo marítimo de Parga, con el castillo al fondo.

Después de cuatro días en Paxos era nuestra intención volver a Ítaca, visitada en tiempos remotos, mucho antes de esta explosión viajera de los últimos años. Pero no nos fue posible por dos circunstancias, una insospechada y otra sobrevenida. La primera es que no había disponibilidad hotelera. Muérete. La temporada alta de finales de julio, aunada con la fiebre turística, hicieron que no hubiera sitio para nosotros en aquellas fechas. Eso nos hizo añorar nuestra primera visita, cuando buscamos alojamiento al desembarcar, y lo encontrábamos. Una mínima posibilidad se abría uno de los días, pero coincidía con una previsión de viento fuerte que no prometía una buena travesía en los pequeños barcos.

Atardecer en el paseo marítimo de Parga.

Atardecer en el paseo marítimo de Parga.

Tras unas lamentaciones no demasiado profundas, convenimos en cambiar el plan (aláxoume to prógramma, como le dijimos a nuestra amable hotelera). Teníamos tiempo, mucho tiempo de vacaciones por delante, podíamos hacer la variación. Así que la cosa quedó en lo siguiente: un ferry nos llevaría hasta Igoumenitsa, en el continente; allí nos recogería un transfer que nos llevaría hasta Parga, donde pasaríamos unos días, y luego desde ahí nos dirigiríamos hasta Patras, en el Peloponeso, desde donde también salen grandes barcos para Ítaca. Confiábamos en que pasados unos días, el panorama hubiera cambiado y podríamos arribar a la patria del gran Ulises, el Odiseo pródigo en ardides que retrató Homero. Luego comprobaríamos que la isla del héroe de Troya no era fácil de alcanzar ni aun así…

La empinada cuesta que lleva al castllo y a los apartamentos Paraskevi.

La empinada cuesta que lleva al castllo y a los apartamentos Paraskevi.

Llegamos a Parga a media mañana. El hotel Paraskevi’s Luxury Studios resultó delicioso, simple en su aspecto exterior, pero excepcional en las vistas desde el balcón del apartamento y, sobre todo, en la insuperable amabilidad del dueño, Kyriakos (que es como llamarse Domingo en español, aunque también existe aquí el Ciriaco), siempre atento a nuestras preguntas y dudas. Los desayunos en la terraza privada aseguraban buenos ratos de disfrute, con el café caliente servido al momento y la playa y las montañas como fondo.

La vista desde los estudios Paraskevi.

La vista desde los estudios Paraskevi.

Parga tiene una visión única, tanto desde la playa del pueblo, con el caserío que asciende hacia el imponente castillo veneciano, como desde las alturas de este con la vista de la media luna de arena y el islote con la iglesia de Panagía en frente. La costa recortada y verde es hermosísima.

Anochecer desde el castillo.

Anochecer desde el castillo.

Para llegar hasta el paseo marítimo hay que bajar una calle larga y empinadísima que sería bonita si no estuviera llena de tiendas y expositores con artículos turísticos. Y al llegar a la parte llana, es imposible andar: el gentío, que a finales de julio era mayoritariamente ruso y de los Balcanes, invade el espacio. Las estrechas calles resultan intransitables a esa hora temprana en que cena la gente no española. El ambiente es intensamente vacacional y familiar. Llega a ser agobiante por momentos si vas buscando tranquilidad, que probablemente no encontrarás.

Una cena al atardecer en la taberna Stefano.

Una cena al atardecer en la taberna Stefano.

Tiene Parga tres playas, la amplísima de Valtos, de arena fina y capaz de acoger a miles de personas, y dos más pequeñas, una junto al casco urbano, Krioneri y otra separada por un promontorio, Piso Krioneri. Las tres están llenas de tumbonas y sombrillas y son la razón principal por la que tanta gente viene a esta ciudad costera de la región de Epiro. En la primera de ellas pasamos un buen día de baño, lectura y comida, pero en la segunda, el público resultó agobiante y sin miramientos en busca de un sitio en la arena.

Un baño en la playa de Valtos.

Un baño en la playa de Valtos.

Estos inconvenientes hicieron que Parga no fuera uno de los lugares griegos que más nos han gustado, aunque alguna cena al atardecer desde las alturas, las vistas desde el apartamento y la excelente atención de Kyriakos y el personal del hotel compensaron en buena parte esas partes negativas.

Vista mañanera de Parga.

Vista mañanera de Parga.

Un arco de piedra en Paxos, Tripitos

Ulyfox | 27 de enero de 2020 a las 17:23

El arco de Tripitos, en Paxos, en todo su esplendor.

El arco de Tripitos, en Paxos, en todo su esplendor.

Desde que las redes sociales dominan el mundo (y de eso hace ya bastante tiempo), no es que no haya lugares secretos o escondidos, es que cada día aparece uno nuevo. Las guías turísticas convencionales parecerían quedarse viejas al poco tiempo de ser editadas, aunque en el fondo no es así. Lo realmente importante, lo permanente, lo que está al margen de las vertiginosas modas, está en las guías, por más que los supuestos exploradores del blog y el selfie aporten su granito de arena. Pero es un granito, igual que los otros, no son la biblia del turismo, ni son profetas sus autores. Además, hacen falta ganas de creer para fiarse de un profeta, de cualquiera de ellos.

Todo este discurso es para contar que sí, que nosotros también conocimos en ese internet el arco de Tripitos, en el sur de Paxos, una especie de arbotante de piedra sobre el mar en un enclave remoto, difícil, todavía no muy frecuentado pero cada vez más. Y sí, decidimos ir, calzándonos las botas de senderismo. Dejamos el coche alquilado a la sombra en una curva de la carretera y echamos a andar, primero en una subida pronunciada y luego entre olivos. Escasas señales, que había que interpretar, indicaban el camino al Arco. Naturalmente nos perdimos en más de una ocasión.

Sí, me hice el selfie, qué le vamos a hacer...

Sí, me hice el selfie, qué le vamos a hacer…

Desde el acantilado alcanzamos a verlo levemente pero no hallábamos la senda. Oíamos a gente y la divisamos volviendo del Arco. De vuelta sobre nuestros pasos, vimos a un pequeño grupo que salía de una pequeña desviación. Nos confirmaron que sí, que ese pequeño claro era la vía para nuestro destino. A partir de ahí, había una bajada en medio de una vegetación espesa que venía a salir al mar, y a Tripitos. Lo vimos, más espectacular de lo que esperábamos, casi un medio punto perfecto de piedra blanca, un capricho pétreo.

Otra visión del arco.

Otra visión del arco.

Pero para acercarse había que descender por una trocha pedregosa y poco fiable. Penélope prefirió quedarse en las alturas y yo presumí de atrevido. Logré acercarme, sí, como un turista perfecto, y hacer la foto e incluso el selfi agarrándome con una mano a una rama, pero no me arriesgué a caminar hasta encima del Arco. Más vale no tentar a la suerte, me dije desde la altura vertiginosa. Creo que demasiado temerario había sido, allí en los cantiles saludando a la embarcación llena de excursionistas que en ese momento navegaba varias decenas de metros allí abajo.

Uno de los tramos de la senda hacia Tripitos.

Uno de los tramos de la senda hacia Tripitos.

Estaba contento por haberme acercado, ya véis, como si hubiese sido una aventura de verdad, pero la vuelta fue mucho más ardua. Agotadora en la subida, pero con tiempo de descansar en el lugar donde me esperaba Penélope. Que no se diga.

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Dos vistas de la playa junto a Lakka.

Dos vistas de la playa junto a Lakka.

Aparte de la capital, Gaios, y del Arco de Tripitos, y de su precioso interior de olivos, Paxos tiene unas cuantas playas, pequeñas, de guijarros, recortadas y bien cuidadas, como Mongonisi y Manadendri. Algunas de ellas están cerca de sus otros dos núcleos de población, Lakka y Longos, muy cerca el uno del otro, en el norte. Tiene la isla unas preciosas carreteras, pero demasiado estrechas, y eso a finales de julio puede conllevar dificultades serias para la conducción cuando se cruzan dos vehículos en sentido contrario. Más de una vez nos vimos en situación de bloqueo.

Una estrella encontrada en la playa de Lakka.

Una estrella encontrada en la playa de Lakka.

Puertecito de Lakka.

Puertecito de Lakka.

Lakka es una pequeñísima aglomeración de casas junto al mar, igual que Longós, puertecitos ideales para desayunar, almorzar o cenar tanto como para tomar un café o una cerveza entre medias de un paseo a una playa u otra. Paxos, de todas formas, no tiene un turismo excesivo, y quedarase a pasar unas horas en estos lugares no es nada estresante. Lo contrario si se acompaña con un buen tapeo y unos baños en las estupendas aguas jónicas.

Longós, la otra población costera de la isla de Paxos.

Longós, la otra población costera de la isla de Paxos.

 

Vicenza, un arquitecto, un teatro

Ulyfox | 21 de enero de 2020 a las 21:18

El magnifico Teatro Olímpico de Vicenza.

El magnifico Teatro Olímpico de Vicenza.

La gente visita Vicenza por un arquitecto. Bueno, también por más cosas, pero sobre todo por Andrea Palladio, uno de los genios del Renacimiento italiano, del esplendor del Cinquecento. O sea, que se no te interesa la arquitectura no vayas a Vicenza. Pero qué digo: es imposible que no te interese la arquitectura de Palladio. El artista nacido al lado, en Padua, inventó un concepto de palacio y, sobre todo, de villa campestre señorial que fue copiado en todo el mundo rico hasta cientos de años después.

La espléndida Piazza dei Signori.

La espléndida Piazza dei Signori.

Y Vicenza, en la región del Véneto, es un derroche de Palladio. Tiene una calle que lleva su nombre, claro, el Corso Palladio, que atraviesa la ciudad antigua y está llena de palacios diseñados por él, como una exposición permanente de su obra, como un catálogo a tamaño natural de asombros, un compendio de columnas, pilastras y ventanas enormes pensados y realizados con un gusto único.

Un lateral de la Piazza dei Signori.

Un lateral de la Piazza dei Signori.

Esa calle, que uno tiene que recorrer mirando forzosamente a uno y otro lado, levantando y bajando la mirada, entrando y saliendo de los patios, va a parar en lo que para mí es una maravilla única, un lugar que por sí solo merece la visita a esta ciudad asombrosa llena de maravillas: el Teatro Olímpico. También está, por supuesto, la Basílica Palladiana, un invento asombroso y bellísimo para envolver con clasicismo renacentista un palacio comunal medieval. Tal vez, dicen los entendidos, lo mejor de este arquitecto, junto con la Villa La Rotonda, en las afueras, que no nos dio tiempo a visitar.

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La Basílica Palladiana, obra cumbre de este arquitecto en Vicenza.

La Basílica Palladiana, obra cumbre de este arquitecto en Vicenza.

Pero el Teatro Olímpico, que una de las últimas realizaciones de Palladio, que no llegó a terminarla, es algo singular, una locura diría yo si no fuera porque es completamente racional y equilibrada: la reproducción de un teatro romano clásico, hecho a base de maderas y estucos imitando mármol, con gradas, columnas y esculturas, y con un decorado hecho enteramente para la ocasión de la representación de Edipo Rey de Sófocles, que figura la antigua ciudad griega de Tebas. Hasta un cielo falso pintado quiere dar la impresión de que es un espacio al aire libre.

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El fabuloso Teatro...

El fabuloso Teatro…

El pequeño auditorio sobrecoge y alegra a la vez, con esa alegría que da la hermosura, un poco a lo mejor la alegría que da compartir especie con esos grandes hombres. Digo yo.

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El palazzo Chiericati, también de Palladio.

El palazzo Chiericati, también de Palladio.

Ese día, fuera de temporada a mediados de noviembre, llovía en Vicenza. No mucho, pero los palacios brillaban menos por la luz gris. Algún rayo de sol salió para iluminar la Basílica, entendida según la dominación que se le daba en tiempos griegos y romanos a los edificios de los regidores y administradores de la ciudad, en una gran plaza casi rectangular. El edificio, que ha conservado la altísima torre medieval, reina imponente en ese espacio.

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Dos rincones de Vicenza.

Tres rincones de Vicenza.

Tres rincones de Vicenza.

Tres rincones de Vicenza.

Sí, sí, pero el Teatro Olímpico…

Paxos, igual, distinta, acogedora

Ulyfox | 8 de enero de 2020 a las 18:16

Vista general de Gaios, puerto principal de Paxos.

Vista general de Gaios, puerto principal de Paxos.

Lo que nos impulsó a volver a Paxos fue el recuerdo, claro; fueron aquellos momentos que vivimos veinte años atrás. Sí, Paxos es una isla propicia para alojar recuerdos y volver a buscarlos al cabo del tiempo. Nosotros tardamos mucho, pero no los dejamos abandonados a su suerte, tornamos a darles la mano.

Un recodo del puerto de Gaios.

Un recodo del puerto de Gaios.

Y esta isla jónica repleta de olivos, invadida por este árbol sagrado de una punta a otra, nos tomó la mano y tiró de ella para darnos un abrazo. Aunque tiene mucho más turismo que cuando la descubrimos, en realidad no ha crecido tanto, y mantiene un aire aún tranquilo, sobre todo cuando al atardecer quedan sólo los que han tomado la sabia decisión de alojarse una o varias noches en ella. Ventajas enormes, benditas, de no tener aeropuerto. Aunque está muy cerca de Corfú y en cierta forma depende del sobrante turístico de esta, no padece aún las enfermedades de su hermana mayor, que ha perdido el rumbo al entregarse en manos de la masificación inexigente.

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Dos rincones de Gaios.

Dos rincones de Gaios.

Pues eso, nos plantamos en Paxos tras viajar a bordo de un minúsculo ‘Flying Dolphin’, esos aerodeslizadores que comunican algunas islas cercanas y que con el mar bravío son garantía de mareo. En esta ocasión Eolo y Poseidón fueron misericordiosos con nosotros y la travesía fue un placer.

Desembarcamos temprano en el puerto, recogido en un brazo de mar. Habíamos concertado allí mismo una cita con una agencia local para el alquiler de un coche pequeño. Teóricamente, el responsable, Babis, debía estar esperándonos. En vez de eso, junto a la verja exterior del muelle, aparecía aparcado un vehículo rojo con nuestros datos enganchados en el limpiaparabrisas, el papel del contrato por rellenar, con las puertas sin bloquear y la llave en el contacto.

Como al cabo de unos minutos no aparecía nadie, dedujimos que lo que procedía era llevarse el coche y buscar la agencia. Pero no nos atrevíamos, así que llamamos y expusimos nuestra situación. La mujer que contestó, después de comprobar por nuestras palabras que su padre no estaba ahí, lo resolvió rápido. “No pasa nada, cojan el coche y cuando quieran se pasan por la agencia a completar los trámites y el pago, esta tarde, mañana…” Casi inmediatamente apareció Babis, que se limitó a corroborar estos términos informales y a darnos la mano.

El primer-segundo paseo por Gaios.

El primer-segundo paseo por Gaios.

Muy diferente fue este comienzo de aquel de nuestra primera vez. Entonces llegamos a Paxos el 11 de septiembre de 2001, fecha por la que seguro que os han preguntado en dónde estábais y qué hacíais. Sí, mientras las Torres Gemelas de Nueva York caían en pedazos por un ataque terrorista nosotros buscábamos alojamiento en la isla con la ayuda de un taxista. Este fue quien nos informó sobre los atentados. Y tengo que reconocer que en esa isla todo se veía con mucha más tranquilidad y sin la sensación apocalíptica que recorrió buena parte del resto del mundo.

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El paseo vespertino.

El paseo vespertino.

Gaios es el puerto y población principal de Paxos, pero en realidad son tres calles entrelazadas de casitas bajas y blancas a lo largo de un modesto muelle que a la vez es paseo marítimo. Su estampa es un anticipo de la tranquilidad de la isla, que, eso sí, se llena durante el día de excursionistas llegados de Corfú y que llenan las playas y calas. El atardecer y la noche traen la calma. De aquella lejana primera vez permanece inalterable el canto estridente, que puede ser ensordecedor o relajante, de las chicharras, aunque en las calles han crecido notablemente el número de expositores de productos para turistas y los restaurantes.

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Inequívocamente griego,pero con aire italiano.

Inequívocamente griego,pero con aire italiano.

Nos alojamos cuatro estupendos días en los apartamentos Baronessa, un prodigio de esos griegos de relax y buena atención. En el apartamento contiguo vivía un dicharachero matrimonio mayor italiano que tenían una resuelta perra que se colaba también en el nuestro. Ellos nos invitaban por la mañana a un magnífico café italiano preparado en la cafetera que se traían cada año. Y llevaban más de 20 viniendo a estos mismos apartamentos. Habían visto crecer a Emily, la resuelta y atenta joven dueña. Los italianos nos contaron la historia de cómo desde la Edad Media, Venecia dominó la isla y cómo favoreció el cultivo de olivos para utilizar su aceite en los miles de lámparas que iluminaban las calles de la capital de la Sereníssima República.

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Fiesta enel puerto de Gaios.

Fiesta enel puerto de Gaios.

Paxos, Paxos… De nuevo nos acogió solícita y tierna con días luminosos y tardes apacibles… y un recuerdo imborrable del restaurante Dal Pescatore, de su carpaccio de pescado, de sus increíbles spaguetis con boquerones…

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El restaurante Dal Pescatore, una delicia.

El restaurante Dal Pescatore, una delicia.

 

 

 

Trenes para viajarlos

Ulyfox | 28 de diciembre de 2019 a las 13:29

TRENES
Yo diría que el turismo moderno empezó con el tren. Los miles, millones de viajeros anteriores al invento de la máquina de vapor seguramente eran o bien guerreros o gente que huía de ellos o en busca de mejor vida, o comerciantes, o pertenecían a esa admirable especie humana de los exploradores. Muchos eran todo eso a la vez.
La llegada del tren tuvo que suponer en el siglo XIX algo parecido al fenómeno de los vuelos de bajo coste de hoy en día: abrió el mundo a las personas simplemente interesadas en conocerlo, individuos ansiosos de contemplar con sus ojos lo que habían visto en los libros, las maravillas de Roma y Grecia, el exotismo de Oriente.
El ferrocarril llegó y se quedó, hoy convertido en un medio de transporte y comunicación limpio y civilizado, que se salta atascos y llega al centro de las ciudades. El tren ha añadido comodidades sin perder el encanto y la emoción de ver pasar por las ventanillas países enteros.
Algunos convoyes se han mantenido, o incluso creado, para rememorar los viajes románticos y de lujo. Así que tengo que contaros mi orgullo e incluso satisfacción al anunciaros la salida a la venta del libro ‘Trenes por el mundo‘ que acaba de editar Anaya Touring y que incluye entre los 20 recorridos por los cinco continentes, uno dedicado al Tren Al Andalus, que he escrito yo. Este y todos los demás capítulos cuentan la historia de cada trazado, un mapa esquema del recorrido, detalles de cada tren, los atractivos turísticos en las diferentes paradas, descripciones paisajísticas…
Trenes típicos y únicos, nostálgicos y supermodernos, con trazados tortuosos o repletos de público local. De eso va, ilustrado con una magníficas fotos de su autor, el periodista Sergi Reboredo, que ha escrito todos los demás textos. Esta obra que su autor define como “una lista de deseos” describe los viajes en tren más míticos del mundo como el Transiberiano, el Transcantábrico, Al-Andalus, el Belmond Machu-Picchu, el Maharajás Express de la India… pero también incluye rutas convencionales como el tren de la selva de Madagascar, el tren bala de Japón o el tren del círculo polar en Noruega.
Qué os voy a decir, se trata de un magnífico regalo para estas fiestas, y lo digo obviamente como parte interesada pero también con la sinceridad que eso me permite…

El pueblo más bonito de Austria

Ulyfox | 20 de diciembre de 2019 a las 20:34

Vista general de Hallstat.

Vista general de Hallstat.

Eso dicen las guías, y casi todas las listas que pululan por internet, esas del tipo ‘los diez lugares que no puedes perderte en…’ o ‘los no sé cuantos sitios más bonitos de…”. Por no hablar de ‘las tantas joyas escondidas de…’ Pues bien, en todas esas clasificaciones que se refieren a Austria aparece en los primeros lugares siempre Hallstat. Muchas veces en primera posición. Y, como suele ocurrir, con todos los méritos.

El otro perfil de Hallstat.

El otro perfil de Hallstat.

La belleza de Hallstat es casi tópica e inevitable: piedras y colores en la fachada, flores en los balcones de madera, pizarra en los tejados y un esbelto y muy agudo campanario, todo ello a la orilla de un lago verde y calmado entre montañas alpinas, nevadas en invierno, brillantes de árboles cuando les da el sol del verano.

Una de las calles del pueblo más bonito de Austria.

Una de las calles del pueblo más bonito de Austria.

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Casas sobre la ladera, yla plaza central de Hallstat.

Arriba, la plaza central de Hallstat. Abajo, una cascada en el centro del pueblo.

Así que es un placer para la vista aproximarse por la carretera y divisar semejante panorama, que aparece poco a poco y según qué curvas del camino. Una maravilla para los ojos de unos andaluces acostumbrados a la llanura, a montañas mucho más bajas y a mares infinitos en el Atlántico.

El pueblo tiene más plazas de aparcamiento que viviendas. No es extraño: estar siempre en la cima de las clasificaciones de la belleza atrae a miles de visitantes. Cuando llegamos nosotros, a mediados de junio, lo hicieron a la vez cientos de chinos. más, por supuesto, otros cientos de muchas nacionalidades. Todos nos parábamos en los mismos rincones increíbles y disparábamos las mismas fotos. Me daba igual, las nuestras son mejores.

Cascada en el centro.

Cascada en el centro.

Las casas pintadas en tonos pastel, los rótulos de forja, la montaña, las cascadas que atraviesan el pueblo, la atractiva superficie del lago, los perfiles, los contornos, las siluetas, los fondos y los primeros planos: todo era fotografiable con éxito seguro. Los chinos eran ruidosos, sí, pero tras sus gritos estaba la placidez del lugar. Había que saber sentirla, pero nosotros ya nos hemos hecho unos expertos en eso.

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Un rato inolvidable comiendo junto al lago.

Un rato inolvidable comiendo junto al lago.

Así que con esa placidez nos sentamos a saborear la exquisita cerveza, y nos pusimos a pasear y a fotografiar. Y así nos sentamos luego a la mesa junto al lago de un restaurante maravilloso, de cuento centroeuropeo, de película de La 1 los sábados por la tarde. Y como si fuéramos personajes de esas historias sin drama disfrutamos durante un largo almuerzo, más que de la comida (que no estaba mal), de la situación, de lo que estaba ocurriendo.
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Ahí, en esa orilla, todo era más tranquilo, más gozoso, porque el bocado y las miradas tenían la misma importancia. El día no estaba especialmente luminoso, pero la neblina leve daba un aire indefectiblemente romántico al escenario circular de casas, lago, montañas y árboles.
Hallstaat nos sedujo, no nos importaron las multitudes de disparador compulsivo sino el poder de un paisaje hecho para acogerte.
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