Grecia nos ama (segunda y sabrosa parte)

Ulyfox | 28 de noviembre de 2013 a las 14:16

En el interior del Museo de la Acrópolis, con esas vistas...

En el interior del Museo de la Acrópolis, con esas vistas…

 

 

 

Con Marga, Irini y el jovial Vasili.

Con Marga, Irini y el jovial Vasili.

Marga nos llevó al restaurante Psariston.

Marga nos llevó al restaurante Psariston.

A Margarita, Marga para muchos, Margaritoula para otros, ya la conocéis, aunque seguramente muchos no la recordaréis. Es una mujer entusiasta y polifacética, de San Fernando y residente en Atenas desde hace 25 años. Una fantástica locura isleña instalada en la capital helena, da clases de español en una academia de idiomas, y desde hace poco también enseña cocina española. Alguna vez ha salido en este blog, es amiga nuestra desde hace poco, pero hemos conectado con la fuerza de quienes tienen más de una cosa en común, entre las cuales no es la menos importante el amor por el mundo griego.

Este pasado septiembre reservamos un par de días para visitarla en Atenas. Eran los últimos de las vacaciones, después de la gran vuelta por el Peloponeso, Creta, Naxos y Mikonos, y antes de volver a España. Nos preguntó qué queríamos hacer. Le respondimos “sólo estar contigo, verte en tu mundo, conocer a tus amigos”. A media tarde vino a buscarnos al hotel Athos, muy cerca de Plaka, con abrazos y besos y la compañía de su amiga Irini, una morena griega de ojos profundos, algo así como una Irene Papas en cuerpo y alma. El plan que traía era sencillo y atractivo: acercarnos al Museo de la Acrópolis, hacerle una breve visita y tomar un café en su espléndida terraza con vistas al Partenón; luego iríamos a cenar al restaurante de otro amigo, Vasili, que además es alumno de sus clases culinarias. Empezamos a andar recorriendo las caóticas calles del barrio de Plaka. Un gran todoterreno sonó su claxon para llamar la atención de Marga. Era la mujer del embajador de México que la saludaba, otra de sus alumnas de cocina española. Casi estuvo a punto la pareja diplomática de venirse a cenar con nosotros, pera esa tarde tenían una recepción.

La flor de loto que coronaba el Partenón.

Paseando, llegamos al Museo, un prodigio de arquitectura y exposición de cientos de obras maestras encontradas en décadas de excavaciones en la colina sagrada ateniense. Ese día la entrada era gratis y el luminoso edificio estaba lleno de gente atendiendo a explicaciones de los guías, cientos de griegos supongo que orgullosos de su espléndido pasado. Margarita quería enseñarnos su pieza favorita: una flor de loto de mármol de las que coronaron en tiempos los vértices del frontón del Partenón. Y la buscamos entre esculturas admirables de hombres, mujeres, leones, caballos y perros, allí al lado de los restos que dejaron los ingleses y otros pueblos en su despojo del Templo de Atenea. Y lucía en su filigrana, muy reconstruida pero emocionante, como una joya. Agradecimos la recomendación de esta pieza que desconocíamos. El café posterior fue largo y placentero con esa hermosa vista de las piedras de la Acrópolis, ya doradas a esa hora, casi encima de la embajada española.

En el camino hasta el metro, por la espectacular avenida arqueológica Dionisio Areopagita, saludando a las columnas dórica allá en lo alto y al Teatro de Herodes Ático ahí al lado, pasando junto a cuevas que eran santuarios y colinas que fueron parlamentos, tuve ocasión de practicar mi balbuceante griego con la comprensiva Irini. Y cayeron temas de cocina, de música, de trabajo y de vida mientras íbamos dejando a la derecha el Templo de Hefestion y la Estoa de Attalo en busca de la entrada del metro en la plaza Monastiraki, casi pegada a la biblioteca de Adriano y a los restos del Agora romana.

La fiesta empezó al final...

Margarita nos había dicho que el restaurante estaba lejos del centro, y era verdad. El tren eléctrico y luego un trayecto en taxi nos demostraron de nuevo lo extensa que es Atenas, una ciudad de edificios bajos en su mayoría que se pierden en el horizonte los mires desde donde los mires. El taxista nos llevó a un barrio muy diferente del turístico centro, un lugar que resaltaba su carácter lejano con calles oscuras y casas aisladas.

Allí estaba el restaurante Psariston ( http://www.psariston.gr/), con apariencia de una taberna de cualquier isla pero plantada en la capital, con colores blancos y azules. Un empleado que volteaba un gran pescado sobre una parrilla, justo delante de la puerta, nos dio la prometedora bienvenida. Y a partir de ese momento ya estupendo, la noche no hizo más que mejorar. Empezamos los cuatro con raki y unos aperitivos mientras esperábamos a Vasili: taramosalata con mejillones ahumados y setas a la plancha. El dueño del restaurante llegó al poco tiempo: ese era Vasili, un griego de mediana estatura, fuerte y con una cerrada barba enmarcando una permanente sonrisa de sabio divertido y disfrutón. Era incapaz de decir tres palabras seguidas sin soltar una broma que Margarita e Irini celebraban con risas. Nosotros nos sumábamos a la alegría primera sin entender apenas la mitad. Lo que sí entendimos es que empezó por su cuenta a diseñar nuestro menú de esa noche, que resultaría exquisito, desbordante e inolvidablemente marinero: huevas de erizos de mar en ensalada, otra ensalada con boquerones en vinagre y queso mizithra, mejillones con cebolla, vino y hierbas, langostinos a la parrilla con pimentón ¡de La Vera!, hígado de pescado, tataki de atún con miel y sésamo, bacalao con una salsa roja, arenque en otra salsa riquísima, almejas con mostaza, koutsoumuras (una especie de salmonetes) fritos… y algunos platos más que seguro que olvido. Y bañado en incontables botellas de vino blanco embotellado especialmente para la casa, a base de Chardonnay y Sauvignon blanc.

P1030133

Vasili ordenaba continuamente a los camareros que trajeran más vino, mientras él mismo se servía un vaso y brindaba ¡yiámas! una y otra vez. En vano pedíamos a los empleados que pararan. “Ha dicho Vasili que traigamos más vino” decían mientras se encogían de hombros y se desentendían de nuestro reclamo de moderación. Sonaba la música, sonaba Haris Alexiou, y acompañábamos su letra “matia mou i Ellada…” mientras los otros comensales miraban y se preguntaban quiénes eran esos extranjeros que tarareaban canciones griegas.

P1030127

La noche estaba decididamente lanzada. Vasili toca el bouzouki habitualmente los miércoles en su local, pero aquello estaba adquiriendo tintes especiales. El expansivo griego estaba feliz y nos hizo el honor de ir a a buscar su instrumento y tocar para nosotros. La gente ya se animó a cantar, y el ambiente acrecentaba nuestro amor griego. Irini, más sabia y pensativa, me previno: “Manolo, no creas, esto no es la Grecia real”. Seguramente, seguro, y hablamos de diferentes injusticias. Se notaba que tal vez le pesaba nuestra diversión exultante, nuestro propio banquete, en medio de situaciones tan terribles. Pero cantamos. El entusiasmo se fue durmiendo en una sucesión de sensaciones propiciada por el vino, y casi sin darnos cuenta nos fuimos deslizando a la calle. Vasili, en otro alarde, de generosidad hacia su amiga española y los amigos de su amiga, no permitió que pagáramos semejante homenaje, dejándonos una sonrisa emocionada y agradecida que nos ocupó todo el cuerpo y que aún no se ha borrado ¿Cómo no querer a esta gente?

 

En el taxi, el conductor se dio cuenta de que éramos extranjeros y nos preguntó qué nos había parecido el restaurante. Ante nuestra entusiasmada respuesta, corroboró: “A este sitio viene mucho el primer ministro, el anterior, Papandreu”. No me extraña, pensé. Habíamos comido como primeros ministros, aunque fueran socialistas, y encima, invitados. Sin duda, y como escribí hace algún tiempo, Grecia nos ama.

P.S. Una última aclaración sobre el nombre del restaurante: Psariston, es una mezcla de dos palabras, psari, que significa ‘pescado’ y ariston, que quiere decir ‘el mejor’. Así que ya sabéis donde se come el mejor pescado y marisco de Atenas. Está lejos de todo lo turístico, pero es algo excepcional. De precio, por suerte para nosotros, no os puedo hablar. Pero seguro que no es barato.

Banderas

Ulyfox | 22 de noviembre de 2013 a las 1:38

DSC_4572

En general, no me fío de las banderas. Las carga el diablo.  Esta bandera griega singular es una toalla. La compré en mi última estancia en Grecia, me provoca una nostalgia infinita ahora y me provocó una simpatía grande cuando la adquirí en aquella tienda de recuerdos y artículos para turistas en Nauplia. Adoramos esta enseña porque nos evoca siempre las popas de los barcos, dibujado su rectángulo blanco y azul volando sobre el fondo de la estela en el Egeo; porque nos recuerda las remotas capillas que siempre corona junto a la amarilla de la iglesia ortodoxa; tal vez porque lució orgullosa colocada por las rebeldes manos de Manolis Glezos sobre la acrópolis cuando sustituyó a la de los nazis invasores. Pero pierde todo ese poder de atracción cuando la enarbolan las oscuras manos de Amanecer Dorado, por ejemplo, o cuando otros las esgrimen como arma contra supuestos enemigos turcos o albaneses.

Comprendo las banderas como fetiches del emigrante lejos de su casa, me regocijan cuando expresan la alegría de un pueblo por cualquier victoria deportiva, quedan bonitas como gallardetes en ferias y verbenas, son útiles para pintar en los mapas. Son odiosas cuando alguien las alza con odio, y tristes cuando alguien las necesita para expresar su desarraigo, y temibles cuando algunos las flamean como símbolo de superioridad sobre los otros. Tengo esta bandera griega en casa porque es una declaración de amor voluntario y libre. No tengo ninguna bandera española, ni siquiera se me ha ocurrido colocarla en esos momentos cumbres del fútbol, cuando más inocua parece. Tal vez la rojigualda se usó tantas veces como símbolo de victoria en la historia reciente que terminé por sentirme de los perdedores. Y esta que me traje de Grecia es sólo una toalla pero mucho más que una toalla.

Etiquetas: ,

Los baños felices

Ulyfox | 19 de noviembre de 2013 a las 0:49

 
Azul intenso en la playa de Elafonisi.

Azul intenso en la playa de Elafonisi.

Pasa el tiempo, llegan los fríos y sigo rememorando nuestra reciente estancia en Grecia. El blog avanza muy lento y, para quitarme la mala conciencia de este ritmo perezoso, me da por pensar que en realidad me estoy administrando una medicina espaciada y lenta, una vez o dos por semana, antes o después de las comidas, al acostarme o al levantarme, con la que curarme la nostalgia. O aliviarme, si no la enfermedad, al menos los síntomas.

Se puede llegar andando al islote.

Se puede llegar andando al islote.

Como diría Fray Luis, contábamos ayer que aún estábamos en Creta, nuestra visita a Paleohora y su cercana playa de Gialiskari. Y mencionábamos de pasada Elafonisi. Pero Elafonisi es una palabra mayor, es un asombro, es la playa con letras capitulares, es una invasión de azul infinito, es algo sin igual. Es difícil llegar, está lejos de cualquier núcleo de población grande, en uno de esos confines impactantes de la isla, pero está llena de sombrillas y hamacas, recibe a miles de personas todos los días en temporada alta. Los visitantes llegan en sus coches, en autobuses de excursión desde La Canea y en barco desde Paleohora, porque es una atracción única. Sí, puede llegar a ser un agobio. Sólo en junio o pasado mediados de septiembre es amable. De cualquier forma, si uno se toma la molestia de caminar un rato hacia el este, encuentra otra playa, descrita como maravillosa y aún no pisada por nosotros, la de Kedrodassos, en la que como su nombre indica, es posible descansar entre baño y baño a la sombra de los cedros y con mucha menos gente.

Hay pocos azules como el de Elafonisi.

Hay pocos azules como el de Elafonisi.

Tras la laguna, la arena.

Tras la laguna, la arena.

Bañarse en el azul.

Bañarse en el azul.

Deportes acuáticos a favor del viento.

Deportes acuáticos a favor del viento.

Y ya dejo de apabullaros.

Y ya dejo de apabullaros.

Ya os hemos hablado alguna vez de Elafonisi, esa gran flecha de arena, prolongada en su base y hacia los lados, que apunta hacia un islote de piedra y más arena. La flecha cambia de anchura según los vientos y las mareas, igual que lo hace la escasa profundidad de las aguas, más bien una serie de lagunas transparentes. Se puede ir andando al islote, hundido hasta la cintura. El lugar adquiere la apariencia de infinito. La mejor visión, como siempre, se obtiene desde las alturas, un poco antes de bajar a la playa. Hemos estado tres veces, siempre buscando la ocasión extraña en la que no sople el viento. En la última casi lo conseguimos, y con eso quiero decir que Eolo tenía un día tranquilito pero no estaba precisamente dormido. Se podía estar de manera agradable, paseamos por la orilla sin que la arena nos fusilara las pantorrilas, cruzamos hasta el islote, nos pudimos bañar sin que el agua perdiera su transparencia, pudimos tirarnos en las hamacas, y comer algo en la escueta cantina, antes de nuestro segundo encuentro de este viaje con La Canea. Os juro que volveremos para intentar ver y vivir Elafonisi sin viento.

La bahía de Souda, con la base de la OTAN y la fortaleza veneciana.

La bahía de Souda, con la base de la OTAN y la fortaleza veneciana.

El tiempo se estaba portando bien con nosotros, que anhelábamos tranquilos y completos días de playa. En Paleohora disfrutamos del calor y la calma. Elafonisi nos mostró su cara más amable esta vez. Y la racha se prolongó en La Canea. Sí, hacía viento, el enemigo mayor del bañista exigente. Pero eso tenía remedio. Miramos la dirección del aire, miramos el mapa y pensamos en nuestras ganas de conocer. Allí, en un rincón de la península de Akrotiri, casi pegada a la famosa base de la OTAN en Souda, aparecía el nombre de Marathi, al resguardo del viento. En llegando vimos que eran dos pequeños trechos de arena dorada divididos por un espigón que daba refugio a unas cuantas barcas. Un islote, de nuevo, cerraba la bahía calmando las aguas. Levantando la vista al otro lado de la bahía de Souda se podía divisar , de este a oeste el cabo Drapanos, con una enorme falla circular a modo de cráter, el farallón de Malaxa con sus ecos bélicos de la batalla de Creta y más allá, muy lejos pero muy grandes, las Montañas Blancas.

Playa de Marathi, con las Montañas Blancas al fondo.

Playa de Marathi, con las Montañas Blancas al fondo.

Un velero, desde la taberna en Marathi.

Un velero, y al fondo la falla-cráter de Drapanos.

Pero aquí cerca, a nuestros pies, el baño cristalino, el baño feliz de las playas domésticas con un público mayoritariamente griego. Detrás unas tabernas muy cuidadas, a medio camino entre la tradición y el diseño y cerrando la playa, como casi siempre, una pequeña capilla blanca. Marathi estaba bien abastecida de público y servicios, pero todo parecía transcurrir con la placidez aparentemente lubricada de lo espontáneo y bien organizado. Cuando ya abandonábamos el remanso, los camareros preparaban las preciosas terrazas para lo que prometía ser una colección de cenas agradables con luz tenue y a la orilla del mar. Nos dio cierta pena dejar aquel lugar, por mucho que este sentimiento se viera mitigado con la promesa de otras terrazas en el puerto veneciano de La Canea.

Los baños felices.

Los baños felices.

Es tiempo de Paddy

Ulyfox | 14 de noviembre de 2013 a las 22:43

el-tiempo-de-los-regalos-entre-los-bosques-y-el-agua_patrick-leigh-fermor_libro-OAFI550Somos tan incultos (hablo por mí), tenemos tantos libros que leer, tantas películas que ver, tanta música que escuchar… De momento me he comprado el libro. Por fin me dije ¡joé cómpralo ya! Y ayer por la mañana fui a recogerlo, y no pude esperar y en el camino de vuelta a casa me senté en aquella terraza modesta de cuatro mesas y sillas de metal, tan frías en invierno y ahora caldeaditas por el sol, y mientras tomaba un café leí el prólogo de Jacinto Antón. Aquí está, lo tengo, dos libros en un solo volumen: El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua, las dos partes que relatan el viaje que Patrick ‘Paddy’ Leigh Fermor hizo tan joven como con 19 años, y con la única compañía de su mochila, por toda Europa, desde Holanda hasta Constantinopla. Arrastran fama de ser dos de los mejores libros de viajes escritos nunca. Y ya el prólogo te da unas ganas de querer a este hombre tan especial, vagabundo en los Cárpatos, guerrillero en Creta, viajero siempre. Apenas lo he empezado, pero llevo tiempo enamorado de esta persona-personaje, aristócrata y bohemio, dicen que conquistador, seductor, divertido y totalmente singular.

Ya os iré contando. De momento, felicitadme: me dispongo a pasar una temporada en compañía de este aventurero que era como el que muchos quisimos ser y no nos lo permitimos o no nos lo permitieron, ese inglés que secuestraba generales alemanes en Creta y luego hablaba con ellos en latín, sabio en lenguas clásicas e inútil en matemáticas. Me dispongo a entrar en su mundo, y estoy seguro de que no me defraudará. Tal vez, seguro, aprenda algo.

Las hermosas playas y el arte de la prudencia

Ulyfox | 8 de noviembre de 2013 a las 13:49

Pahia Ammos, la gran playa de arena de Paleohora.

Pahia Ammos, la gran playa de arena de Paleohora.

Parece que cada vez más los mil sitios tan bonitos como Cádiz se estuvieran concentrando en el Mediterráneo o, más aún, en Grecia, o más aún, en Creta. Cosas de las experiencias vitales, de las acumulaciones temporales, de los deseos coincidentes. No sé si es un defecto mío, pero quedan aún bastantes cosas por decir de nuestra última estancia y, a pesar del peligro de caer en la redundancia y bordear la reiteración, tengo que contarlo. Hemos vuelto tantas veces a Creta… Os hemos hecho volver tantas veces…

DSC_3716

DSC_3717

DSC_3719

Las calles y la iglesia pastel de Paleohora.

Las calles y la iglesia pastel de Paleohora.

El caso es que allí estábamos otra vez. Tras nuestra entrada siempre amable por La Canea, planeamos una visita de pocos días a la salvaje Costa Sur, extraordinario lugar de playas amplias y montañas cercando la arena, legendaria tierra rebelde y nunca dominada, ni siquiera por los venecianos ni los turcos que se sucedieron en la invasión durante siglos. Esa región, Sfakiá, permaneció siempre independiente o rebelde. La costa es espectacular, poco visitada, remota y a la vez acogedora. Tiene un solo centro turístico: Paleohora, que empezó como refugio hippie y ahora es un tranquilo lugar de veraneo para independientes y familias, mezclados de manera natural. El pueblo tiene restos casi invisibles de un castillo veneciano en un pequeño promontorio, y lo demás son calles cuadriculadas con la mayoría de las casas crecidas a su aire al calor de ese turismo. Aun así, el centro, con las pocas edificaciones tradicionales y una iglesia como un pastel de colores, es una delicia. Al atardecer se cierra al tráfico y se llena de terrazas, los visitantes se sienten como en casa y pasan largas veladas a las mesas. Lo mismo ocurre con el paseo marítimo que da a una de las dos playas, la de piedra o Halikia.

DSC_3727

DSC_3731

El paseo marítimo, para ver llegar el 'Samaria'.

El paseo marítimo, para ver llegar el ‘Samaria’.

La otra playa, Pahia Ammos, en el lado contrario es un largo arenal cerrado a un lado por el castillo y al otro por la cadena montañosa que cierra el paso, bastante más allá, al espectáculo único de arena, agua y viento que es Elafonisi. En Pahia Ammos es muy fácil y barato alquilar una cómoda hamaca con sombrilla, y pedir que te sirvan la comida allí mismo. Un placer al alcance de todos para dejar caer las horas y tomar baños justo antes de que el sol se ponga. Entonces, en lugares como este, lo que toca es recoger toallas y andar hasta el paseo marítimo, mirando tiendas pequeñas y haciendo fotos con esa luz mágica. Y eso hicimos, amén de tomar la excelente cerveza biológica de Rethimnon, la Brinks Dark o Blond, y divisar la lenta llegada al puerto del ‘Samaria’, el barco que recorre esta costa tocando los pueblos que no tienen comunicación por carretera. Y ver cómo desembarcan los cansados excursionistas que vienen de recorrer alguna de las espectaculares gargantas que dan al mar de Libia, ese mar.

Tras el recodo... ¡Gialiskari!

Tras el recodo… ¡Gialiskari!

DSC_3748

Tiene el sur de la provincia de La Canea una atractiva luz violeta al atardecer, y suele deparar, cuando el frecuente viento da descanso, unos amaneceres también espléndidos porque el agua calmada es un inmenso barreño de oro. Con ese despertar, nos propusimos visitar un lugar vecino y prometedor, la playa de Gialiskari, que Penélope tenía desde hacía tiempo en su mapa de intenciones. A cuatro kilómetros al este del pueblo, es muy fácil hacer el camino de tierra andando, pero a eso de las once ya hacía demasiado calor como para marchar por un sendero sin ni siquiera un trozo sombreado. Teníamos el coche y lo usamos como urbanitas precavidos. Y encontramos, en primer lugar, un hermoso pedregal que moría en un agua transparente. Casi nos quedamos allí pero al fondo apareció otro recodo y decidimos explorarlo. En buena hora lo hicimos, porque descubrimos una media luna de arena con montañas recortadas en el fondo, y un promontorio rocoso con forma de codrilo y un plato de agua a resguardo incluso de la ligera brisa que soplaba pero no aliviaba casi nada el calor.

DSC_3754DSC_3762

Baños constantes en Gialiskari, frente al gran cocodrilo.

Baños constantes en Gialiskari, frente al gran cocodrilo…

...amenazanate.

…amenazanate.

Entrábamos y salíamos del mar, nos acostábamos en la tumbona de alquiler, nos adormecíamos, fuimos a tapear algo en la taberna salvadora que hay casi siempre en las playas griegas, volvimos a la hamaca, sesteábamos, y finalmente volvimos por el pedregal para las obligadas fotos y para retomar el coche. Entre todos los grandes días de playa que hemos vivido en Grecia este fue uno de los mejores, tal vez por el carácter de descubrimiento que supuso para nosotros. Antes de volver a Paleohora, nos desviamos por una estrecha y sinuosa carretera hasta las alturas de Anydri, un pueblecito tradicional con una peculiar taberna situada en la antigua escuela, y llamada así To Scholeio, La Escuela, desde la que se divisa el mar de Libia, allá abajo al final de la garganta. Allí merendamos sabrosamente: un queso tradicional de untar con hierbas y el pastel de Sfakiá, una especie de torta fina rellena también de queso, que se toma con miel. Delicioso. Y allí, en ese mirador sombreado al Sur, nos ocurrió uno de esos episodios ridículos evitables fácilmente con la prudencia.

DSC_3796

La singular playa de piedra de Gialiskari.

La singular playa de piedra de Gialiskari.

 

Estaba un grupo de senderistas alemanes disfrutando grandemente de la comida tradicional cretense, celebrando el buen sabor del vino de barril y el posterior rakí de cortesía. Y a nosotros no se nos ocurrió otra cosa que comentar algo así como “a estos alemanes no les importa obligar a los griegos a recortes criminales y calificarlos de vagos, pero bien que les gusta venir por aquí y disfrutar de este modo de vida, de su comida, del vino, del buen trato…” Durante un buen rato criticamos lo que entendíamos como alarde de superioridad, pero el hombre que parecía comandar el grupo nos sorprendió cuando se puso a hablar en griego con el camarero y a comentar entre risas algunos aspectos de la comida. Al final, parecía que eran en realidad unos amantes de Grecia. Y más nos sorprendió cuando al despedirse, él y su mujer se dirigieron a nosotros con un “buenas tardes” y “que disfruten de sus vacaciones en Grecia” en casi perfecto castellano. Con media sonrisa disimuladora les devolvimos el deseo con un “gracias, igualmente” semiavergonzado y que quería parecer natural. Después de la rajada, sólo esperábamos que nuestro cerrado acento andaluz les hubiera impedido entender los peores calificativos que les habíamos dedicado. Apuro aleccionador para terminar el día, estupendo día.

Ahí, el grupo de alemanes políglotas en la taberna To Scholeio.

Ahí, el grupo de alemanes políglotas en la taberna To Scholeio.

Hacer deporte con vista

Ulyfox | 3 de noviembre de 2013 a las 13:41

El primer recorrido, el borde marítimo de Nauplia. Al fondo, la fortaleza de Bourtsi.

El primer recorrido, el borde marítimo de Nauplia. Al fondo, la fortaleza de Bourtsi.

El paseo alrededor de Nauplia.

El paseo alrededor de Nauplia.

Y el desayuno ante el hotel Latini.

Y el desayuno ante el hotel Latini.

Yo no soy de hacer mucho deporte. Nunca lo he sido, y no me siento orgulloso. Tampoco me avergüenzo. Sé que la gente que lo practica habitualmente se encuentra bien, está sana y es más feliz. Pero podría decir que en todos esos aspectos estoy bastante satisfecho sin estar obsesionado. Y eso que tuve una relativamente larga época de gimnasio que me ayudó bastante a estar en forma y a tener un aspecto agradable, lo cual compruebo en algunas viejas fotos. Así que digamos que no participo de esta corriente moderna que no concibe la vida sin correr varios kilómetros al día (tanta gente corriendo, huyendo de la muerte, como decía Woody Allen), y mucho menos de la que piensa que es mejor un entrenador personal que el siempre dispuesto, gratis y salvador ángel de la guarda. Pero me parece bien, cada cual busca la felicidad como su cuerpo le da a entender.

Gythion, aquella mañana.

Gythion, aquella mañana.

Luz para hacer deporrte.

Luz para hacer deporrte.

De vuelta al pueblo de Gythion.

De vuelta al pueblo de Gythion.

Una cierta voluntad, teñida de ganas de ejercicio, nos atrapó el pasado septiembre en Grecia. Nos propusimos y, lo que es aún más increíble, conseguimos andar una hora todas las mañanas, antes del desayuno. Los días en que sucumbimos a la pereza nos sobrevenía una cierta sensación de culpa, sobre todo a Pe. Esta demostración de determinación tenía un porqué muy entendible: los parajes por los que hacíamos nuestra excursión mañanera. No es lo mismo, claro que no, el paseo costero alrededor de la fortaleza de Nauplia, a la sombra de los pinos o al sol templado aún, la caminata por el frente marítimo de Gythion, la búsqueda de los confines orientales de La Canea, más allá de Tambakaria o el descubrimiento del amanecer tranquilo de la playa de Agios Georgios en Naxos, que arrastrar nuestros kilos de más por una circunvalación o bien entre las naves de algún polígono industrial de los que nos rodean.

El descanso en el puerto de La Canea...

El descanso en el puerto de La Canea…

... y el reparador desayuno en el Remezzo.

… y el reparador desayuno en el Remezzo.

En esos semitrotes tempranos siempre veíamos a grupos de personas mayores, hombres y mujeres del lugar, dándose el que se supone saludable y tonificador chapuzón del amanecer mientras mantenían una conversación animada, increíblemente quietos en su flotar. Kaló baño! (¡buen baño!) se deseaban los que entraban y salían de aquellas calas tranquilas, aún no golpeadas por el sol. La media de edad de estos bañistas superaba los 75 años con toda seguridad ¡Qué magnífica y optimista manera de empezar el día!

Deporte entre barcos.

Deporte entre barcos.

Esa callejuela del hotel Leo de Rethimnon.

Esa callejuela del hotel Leo de Rethimnon.

Al sol mañanero en la playa de Agios Georgios, en Naxos.

Al sol mañanero en la playa de Agios Georgios, en Naxos.

El caso es que ahí íbamos los dos, andando a buen ritmo, bordeando playas en Rethimnon o buscando ensenadas en Mikonos, sabiendo que al final de la excursión nos esperaba siempre un desayuno vacacional prolongado, relajado, en la terraza del hotel o en una cafetería cercana, con su suculento pan griego, su café filtro y con el capricho extemporáneo de dos huevos fritos con bacon, y sus vistas a la callejuela floreada o al puerto veneciano. Placeres y pecados para los que ya nos habíamos prevenido con la relativa penitencia previa de la caminata. A la vuelta de las vacaciones, hemos tratado de seguir esta costumbre. Naturalmente, como en todo, en esto Penélope pone mucha más voluntad y decisión que yo. Pero ahí andamos.

Desayunar en estos sitios, tras el paseo. Playa de Agios Giorgios.

Desayunar en estos sitios, tras el paseo. Playa de Agios Giorgios.

 

El molde del alma

Ulyfox | 29 de octubre de 2013 a las 14:16

La habitación aérea del Hotel Helena.

La habitación aérea del Hotel Helena.

La mezquita de los Jenízaros y los coches, desde las ventanas del Hotel.

La mezquita de los Jenízaros y los coches, desde las ventanas del Hotel.

Hace ya algún tiempo creíamos que nuestro hotel en La Canea, la preciosa capital occidental de Creta, iba a ser la pensión Theresa, en esa calle Angelou que te desembarca en el puerto veneciano, con su imposiblemente empinada escalera retorcida, sus suelos y adornos de madera y sus ventanas a la tienda de alfombras. Luego, nos convencimos de que nuestra parada habitual sería sin duda el novísimo Palazzo Duca, en un palacio reconstruido y con las camas más cómodas que hemos conocido, y que se ha puesto a la cabeza de los preferidos en sólo un año. Más tarde, soñábamos con tener siempre el balcón del Mama Nena Hotel sobre uno de los muelles venecianos y despertarnos cada día con la visión del trajín mañanero frente a la mezquita de los Jenízaros, y con el inigualable desayuno preparado al momento con los mejores productos. Después de la última visita el pasado septiembre, veletas que somos, estamos igual de decididos a que nuestra repetida estancia sea en el Hotel Helena (http://www.helena-hotel.gr/), porque tiene una aérea habitación en el tercer piso, de arduo subir pero limpia y amplia. Con dos ventanas, de nuevo, al puerto, para que el sol te ciegue por la mañana y te ilumine al atardecer el escenario del frente, la rosada mezquita ante la dársena un día tranquila y otro furiosa, con la compañía de los blanquísimos coches de caballos aparcados junto a ella.

Los turistas desafían el peligro.

Los turistas desafían el peligro.

La callejuela donde se encuentra el Hotel Helena, al fondo.

La callejuela donde se encuentra el Hotel Helena, al fondo.

Llegamos más tarde de lo previsto aquel día a La Canea, por culpa de un ya desusado retraso de la compañía aérea, la nueva Olympic Air, que parece haber heredado de la antigua empresa pública sólo los incumplimientos horarios. El Hotel Helena está en un recodo de los muchos que tiene el bellísimo e intrincado Topana, el barrio veneciano de fachadas estucadas. Así que estábamos despistados buscando su entrada cuando apareció un amable joven que al vernos cargados de equipaje nos preguntó. Era el recepcionista de nuestro alojamiento. Era allí mismo, a la vuelta de esa esquina. Un callejón lleno de plantas alberga varios de esos hotelitos familiares que abundan en toda Grecia. Una mujer muy mayor sentada a la puerta de su casa respondió a nuestro saludo, “kalispera”, repitiéndolo dos veces, como suelen hacer los griegos, “kalispera, kalispera!”. Tras el rápido trámite del registro, el joven nos condujo a la habitación con su necesaria ayuda en el ascenso del equipaje a la tercera planta. Nada más soltar las maletas, él sabía lo que tenía que hacer para impresionarnos, y abrió las dos ventanas del cuarto. Y entró toda la noche del puerto veneciano en la habitación de golpe, todas las luces de los bares y restaurantes, todo el pasear de los turistas, todo el murmullo de los comensales, y la invitación unánime de todo eso a contemplarlo un momento y salir ligeros a mezclarnos, a formar parte del paisaje vivo que formaba.

Escena callejera en el barrio de Topana.

Escena callejera en el barrio de Topana.

Y otra escena más.

Y otra escena más.

Podemos contarlas, pero ya es un ejercicio inútil saber cuántas veces hemos estado en La Canea. Es una cuenta más exacta decir que cada una de esas veces nos ha gustado más que la anterior. Salimos al puerto, y ahí estaba otra vez esa sensación de llegada a Creta: era como si el alma se encajara al cuerpo viajero y dijeras ahora sí, ahora estoy donde tengo que estar. Y ya mirábamos los expositores de los restaurantes, ya sorteábamos los requerimientos de los camareros a entrar, ya rehusábamos coger los folletos de las excursiones en barco allí mismo amarrados, ofreciendo sus fondos de cristal y sus paseos románticos a los islotes cercanos y a ver atardecer a bordo. Y ya sonreíamos al reconocer a los vendedores pakistaníes de inutilidades para turistas desinhibidos: el tomate de increíble gelatina que se aplasta y se vuelve a recomponer, el molinillo que se lanza al cielo con una goma y cae dando vueltas y haciendo lucir sus flecos de colores, el cochecito a pilas todoterreno que no sólo no se detiene ante nada sino que vuelca y se incorpora solo, el soldadito de los cuerpos especiales que repta y se detiene para disparar su ametralladora, el imposible y mágico ensartador de agujas. Nada que siga funcionando en cuanto has salido de ese zoco improvisado.

A la vuelta de la esquina...

A la vuelta de la esquina…

En el barrio antiguo de La Canea abundan los alojamientos con encanto.

En el barrio antiguo de La Canea abundan los alojamientos con encanto.

La calle Daliani, con su minarete.

La calle Daliani, con su minarete.

En el puerto veneciano de La Canea no vive nadie. Los edificios pertenecen a hoteles en su parte alta y alojan tiendas, bares o restaurantes en los bajos. Y algunos están aún hoy abandonados. Presentan una gran variedad de tonos pastel, y en los días soleados se reflejan miméticamente en el agua. De noche, miles de lámparas alumbran a los paseantes sobre el fondo oscuro de la dársena. A altas horas, la parte oeste cae en el silencio mientras el extremo oriental aún luce y suena con la música de los bares de moda, que persiste hasta la madrugada en verano. Es curioso, porque las notas pop o discotequeras suelen dar paso a la misteriosa y profunda música cretense conforme se va acercando el amanecer. Por eso, los hoteles que dan justo encima del puerto y no tienen un buen aislamiento sonoro no son muy aconsejables si se quiere descansar: el Hotel Helena es perfecto en ese sentido, porque está en un callejón trasero y aun así tiene vistas.

Allí arriba, nuestra habitación.

Allí arriba, nuestra habitación.

La gran noche de reencuentro con Creta, después de nuestro arduo y gozoso trabajo de la primavera, verano e invierno anteriores recogiendo material para la guía, continuó en el paseo por delante de los enormes arsenales venecianos, donde el pavimento de grandes losas gastadas dificulta la marcha y constituye un peligro real para los tobillos de aquellas que se arriesgan con los tacones. Nuestro objetivo era el magnífico mezedopeleio (restaurante especializado en entrantes o mezedes) Glositses. Era nuestra cuarta visita. Su dueño nos había reconocido en la segunda porque en la primera habíamos pedido una retsina de Salónica muy especial, la de marca Kekribari. Por supuesto, esta vez también nos saludó con una sonrisa, las expresiones de bienvenida y las habituales preguntas de cortesía sobre la salud. Comimos unas deliciosas sardinas (de esas pequeñas que hay en Grecia) abiertas y fritas empanadas con semillas de sésamo; una peculiar skordalia (crema de puré de patata y ajo) aderezada con bacalao y unos exquisitos mejillones abiertos con vino y hierbas. Cenamos como unos verdaderos reyes cretenses, y dimos paso de la mejor manera a nuestra última estancia en la isla del Minotauro, con el alma, ahora sí, amoldada al cuerpo.

El puerto de La Canea, al anochecer.

El puerto de La Canea, al anochecer.

Un coche o un sentimiento

Ulyfox | 27 de octubre de 2013 a las 0:50

El Toyota Auris, por las retorcidas carreteras de Creta.

El Toyota Auris, por las retorcidas carreteras de Creta.

Nos da igual, realmente. Las cosas materiales no valen nada, si no fuera por lo que pueden significar. Un coche es una herramienta. De acuerdo, los hay mejores y peores, o mucho mejores y mucho peores, pero todos sirven para lo mismo: llevarte de un lado a otro, acercarte a tu destino o a tus sueños. Pero qué queréis que os diga. A algunos se les coge cariño. Y a mí me pasa con el Toyota Auris (no llevo comisión, ojalá). Ese fue el coche que alquilamos durante aquel junio del año pasado para recorrer Creta, un mes entero a bordo de un carruaje que nos llevó de monasterios a playas, y de palacios minoicos a puertos venecianos. Desde entonces, cada vez que veo un anuncio, o uno de esos vehículos por la calle se me escapa una sonrisa. Tonterías, el corazón que tiene sus razones. Un mes subiendo y bajando maletas, abriendo y cerrando puertas, arriba y abajo, sorteando estrecheces o negociando curvas vestidos de gris metalizado. Resumido y con el guión adecuado sería un gran anuncio televisivo.

El canal de Corinto.

El canal de Corinto.

Este año, en nuestro ya lejano circuito privado por el Peloponeso, también nos tocó un Toyota Auris, y cuando ya en Creta quisimos alquilar otro, nos lo cambiaron al final por el mismo modelo. Destinos. Ese coche nos llevó desde el aeropuerto de Atenas hasta Gythion, ida y vuelta, pasando por las paradas que ya os hemos contado, Nauplia y Monemvasia. La última de ellas, ya con el horario del avión que debía llevarnos de nuevo a Creta pisándonos los talones, fue una escala alimenticia junto al canal de Corinto, ese estrecho pasadizo para barcos construido a finales del siglo XIX, una proeza de excavación en el istmo del mismo nombre, que habían intentado 20 siglos antes Julio César y Nerón. Un coche o un sentimiento, más bien una pasión.

Penélope, sobre el canal de Corinto.

Penélope, sobre el canal de Corinto.

De El Palmar a Nueva York con blog

Ulyfox | 23 de octubre de 2013 a las 0:51

El pan de Amasakapaka

El pan de Amasakapaka

La historia de esta mujer y de su pareja es bonita, es humana, es sentimental y es dura. Y tan blanda como algunas de las recetas que propone. No necesitáis saber mucho de ella. Son amigos, de una familia amiga, de una familia que no para. Una historia que comienza en El Palmar de Vejer, continúa por Málaga y que de momento tiene su etapa actual en Nueva York, siempre en pos del trabajo y del reconocimiento profesional. Allí están ellos dos, jóvenes y entusiastas, él en la universidad viendo más reconocido su talento, ella luchando en el país de las oportunidades, y encontrando algunas.

Pero ella, ella, ella tiene unas manos prodigiosas, y con ellas elabora tartas y panes, y ha decidido compartir su talento con todo el mundo, con la alegría de quien reparte raciones de comida bien hecha. Les tengo cariño, pero además, veréis qué bien escrito está este blog del otro lado del charco. Y ahora que llega el durísimo invierno, hay que imaginarla horas encerrada en su casa, al calor del horno. Ahí os dejo el enlace: pinchad y oleréis.

http://amasakapaka.blogspot.com.es/

Amor postal

Ulyfox | 23 de octubre de 2013 a las 0:25

budapest

Es la segunda vez que ocurre. Hoy ha llegado a mi buzón otra postal equivocada en la dirección, pero no en el remitente enamorado y la destinataria amada. Alguien está haciendo un viaje por Europa, y desde cada ciudad histórica (Praga, Viena,, Budapest…) está enviando su mensaje de amor epistolar a una mujer que no los está recibiendo, de momento. Hay algo trágico en esto: un trovador lanzando sus requiebros y desvelos al aire, confiado en que llegará a la apartada orilla donde más clara la luna brilla, y allí al otro lado, el ángel de amor tal vez preguntándose por qué no recibe los versos prometidos. Y mientras, declaraciones como “estoy viendo muchos monumentos pero ninguno tan bello como tú” mueren, o duermen al menos, en mi mesita de la entrada.

Al final, resultó que la destinataria era una jovencita de la vecindad y el remitente un romeo entregado, supongo. Sin querer hemos ejercido de mensajeros del amor, que dijo Moustaki en Le jeune facteur (“Le jeune facteuer est mort, l’amour a perdu son mesageur”) Vale, hemos enmendado el entuerto creado por ese inexperto que confundió un 7 con un 1 al poner la dirección, y hemos dejado la postal en las manos adecuadas.

Por eso, hoy, día en que los autores de este blog cumplimos 29 años de casados, y unos cuantos más de relación, me he acercado a algunos comercios y he cumplido con el tributo más material que debemos al amor, el regalo en la fecha señalada, he contribuido a la pequeña economía del país, y a mi propia felicidad, con la lectura del periódico mientras me tomaba un café, y he vuelto un poco más a gusto conmigo mismo. Para que las señales no queden por el camino.

Etiquetas: ,