Mil sitios tan bonitos como Cádiz

…y también una ermita

Ulyfox | 7 de febrero de 2014 a las 13:16

Vista de los ábsides de la ermita de La Lugareja.

Vista de los ábsides de la ermita de La Lugareja.

 

Dije antes que para mí Arévalo era una plaza, la de la Villa, amplia, hermosa y evocadora, y me olvidé de añadir que también es una ermita situada a un corto paseo de dos kilómetros desde el pueblo, en pleno campo. Hasta el nombre lo tiene humilde, La Lugareja, pero resplandece con su obra de ladrillo y su altura de logro arquitectónico sobre una pequeña elevación, a un lado de la carretera. Está considerada como uno de los más bellos ejemplos del mudéjar castellano, ese estilo cuyos maestros eran los musulmanes residentes en los reinos cristianos tras la conquista. A mí me recordó a esas capillas e iglesias bizantinas que salpican los campos y montes de Creta y el Peloponeso, sólo que a esta le faltan los frescos que normalmente decoran los muros exteriores de esos templos mínimos griegos.

El alto interior y la cúpula.

El alto interior y la cúpula.

La Lugareja sorprende más por su trabajada orfebrería de ladrillo exterior, y por la altura de sus capillas y cúpula en el interior, un alarde sobre pechinas como estudiábamos en Historia del Arte. Es limpia y emocionante. Se encuentra en una propiedad privada y sólo se puede visitar determinados días de la semana. Nosotros lo hicimos un miércoles frío del pasado mes de enero, y al menos otras cuatro personas lo estaban haciendo. A los operarios de la finca que abrieron la ermita se les deja una ‘voluntad’. Mirad, mirad como las pilastras de ladrillo se elevan arriba, arriba y se unen en delicados arcos románicos, y luego decoran cornisas dentadas o redondeadas en los ábsides, hasta que el cimborrio remata el desafío de nuevo con arcos. Viéndola desde fuera, se diría que la construcción debería ser completada con tres naves góticas, y que lo que se ve formaría parte del crucero final. De hecho, es la cabecera de una iglesia que no se llegó a terminar. Tal vez eso acentúa su encanto y misterio. Es sólo una parada, un desvío para respirar.

Vista frontal de la ermita.

Vista frontal de la ermita.

 

 

 

Arévalo es para mí una plaza

Ulyfox | 5 de febrero de 2014 a las 13:19

Desde un rincón de la plaza de la Villa de Arévalo.

Desde un rincón de la plaza de la Villa de Arévalo.

 

No la Plaza Real, donde antes estuvo el palacio de los Reyes y ahora sigue estando el Ayuntamiento, ni la Plaza del Arrabal, que concentra la vida ciudadana. Lo que a mí me gustó de Arévalo fue su Plaza de la Villa, enorme y plano recinto abierto, circundado de soportales con columnas de granito y travesaños de madera, escoltado de forma enfrentada por tres altas torres mudéjares, ese románico de ladrillo que toma su nombre de los árabes que vivían en reinos cristianos y de cuyos ejemplos arquitectónicos está  sembrada Castilla la Vieja. Es la Plaza de la Villa un lugar que se imagina uno idóneo para grandes mercados medievales, corridas de toros, torneos y todo tipo de celebraciones festivas o religiosas de otras épocas. De una anterior visita, yo la recordaba mucho más descuidada, polvorienta incluso. Ahora se nota una cuidada restauración en pavimentos, empedrados y fachadas que relucen con su color rojizo aún bajo el cielo nublado del invierno castellano. La piedra de la plaza cría inevitable verdín, y algunas casas dejan ver el clásico entramado de maderas sobre los que se asientan los revestimientos de ladrillos. Las torres, si se miran bien, semejan en realidad como macizas y cuadradas Giraldas, desmochadas algunas y otras rematadas con pináculos recios también. En un rincón, la plaza alberga la peculiar iglesia de San Martín, con dos torres casi gemelas pero perfectamente diferenciables y apreciables en su grandeza, una hueca, la de Los Ajedreces, y otra maciza, la Torre Nueva.  Ante su pórtico lateral, una fuente con canalillos ahora cerrada completa el cuadro medieval. En el lado enfrentado de la plaza, Santa María la Mayor, con vistosos arcos de ladrillo.

El castillo de Arévalo.

El castillo de Arévalo.

Está Arévalo, como todos los pueblos de esta zona, históricamente ligado a los grandes acontecimientos y peleas del reino de Castilla entre apellidos de los cuales descolló finalmente a base de batallas el de Trastámara, que llevó la Reina Católica. Isabel pasó aquí buena parte de su infancia bajo el cuidado de su madre Isabel de Portugal. De nuevo, esta figura es la base de alguna ruta turística de la población. Sorprendentemente, es la segunda ciudad más poblada de la provincia de Ávila, después de la capital. Y baso la sorpresa en su poca población, comparable por estas latitudes a la de un pueblo pequeño de la provincia.

Detalles y escenarios medievales.

Detalles y escenarios medievales.

Tiene también Arévalo un castillo, faltaría más, pero aquí la restauración se nota demasiado, y más si se compara con antiguas láminas en las que se apreciaba su ruina. De cualquier forma, luce bonito allá con su alta torre en las afueras del pueblo, y sobre el recodo que forman los ríos Adaja y Arevalillo. A trozos, se puede ver rodeando el pueblo algunos trozos de muralla, sobre los que se han ido instalando casas con el paso de los siglos.

Y otro ángulo del gran recinto abierto.

Y otro ángulo del gran recinto abierto, con las dos torres de San Martín.

La otra fama de Arévalo procede de sus asados, cordero y cochinillo, pero no tuvimos suerte con los horarios, los cierres y los días festivos. Y el lugar a donde fuimos a parar a cenar no nos proporcionó una gran experiencia. Sí, en cambio, el sitio en el que nos alojamos La Posada Real de los Cinco Linajes, que hace referencia en su nombre a los cinco grandes apellidos que gobernaron la antaño gloriosa villa. El hotel, en un palacio restaurado, está bien situado, bien gestionado y bellamente decorado. Muy agradable, y creo que por desgracia no probamos su comida. Una estupenda etapa en este paseo por la Castilla profunda.

Otra vista de la plaza.

Otra vista de la plaza, con la iglesia de Santa María la Mayor.

 

 

 

Tánger apenas entrevista

Ulyfox | 31 de enero de 2014 a las 13:02

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“!Esto ya es otra cosa!” dijo uno de los integrantes del grupo al entrar en la zona más europea, más ordenada y quizá más limpia de Tánger. Y yo dije. “Pues qué quieres que te diga, yo prefiero la parte de allí abajo”, refiriéndome a las calles de la Medina, camino de la Alcazaba, donde habíamos cenado estupendamente en el restaurante El Hamadi. Y es así, me gusta el mundo musulmán abigarrado, callejero, vivido en los ámbitos públicos. Es verdad que a ojos europeos puede parecer desordenado, caótico y sucio. Y sobre todo, digo yo, si uno va a Tánger tiene que conocer y apreciar lo diferente, no lo que se parece o es igual a lo nuestro, tiene que sumergirse en ese mundo propio. Y eso que la ciudad del norte de Marruecos es de lo más europeo que hay por allí.

Fontaneros a la espera de clientes a las puertas de la Medina de Tánger.

Fontaneros a la espera de clientes a las puertas de la Medina de Tánger.

 

Han sido sólo 24 horas, un viaje realmente relámpago, que mi cuerpo y mi espíritu han agradecido, y agradecen, a la Asociación de la Prensa de Cádiz, que nos han invitado a las III Jornadas de Periodismo Hispano-Marroquí. Es asombroso que un paseo de un día al exterior, al otro mundo, una salida de la rutina tan breve, te contagie una alegría tan grande. Se trataba sólo de un día de trabajo para hablar de tu trabajo con compañeros de trabajo, algunos muy queridos y no vistos desde hacía años, pero fue un día fuera. Y eso quiere decir fuera realmente, un salto a la calle de al lado, una salida de la vía, como un sacar los pies del tiesto sin romperlo, como bajar del tren de todos los días en una parada no prevista y echar a andar por un pueblo inhabitual, algo moderado pero necesario de vez en cuando. Fue hablar con periodistas de aquí y de allá, fue conocer sus inquietudes, escuchar sus quejas por la imagen que aún (¿por cuánto tiempo?) se tiene en España de Marruecos a la vez que mucho querían recuperar la convivencia de ese pasado conjunto y común entre los dos pueblos, comer la pastela y el tajine de cordero del Hamadi, beber el mojito del legendario bar del Hotel Minzah, con su pianista y su cantante espectacular, fue todo eso y volver a casa con ganas de contarlo todo.

Otra puerta de la Medina, a la hora de la apertura matutina.

Otra puerta de la Medina, a la hora de la apertura matutina.

 

Participamos en algunas mesas redondas, y me asombró la capacidad de participación y de preguntar de profesionales y estudiantes marroquíes, las ganas de hablar, y la seguridad con la que lo hacían. Y esas reclamaciones hacia España, esa reivindicación de una cultura tan parecida en muchos aspectos detrás de una imagen aparentemente tan distinta. Callejeas, los pocos minutos que pude escaparme por la mañana temprano para llegar hasta la Medina antes del comienzo de las Jornadas, y ves fachadas y nombres tan próximos, calle España, calle de la Alcazaba, esa Cafetería La Española; contemplas descorazonado desde el taxi el deplorable aspecto del Gran Teatro Cervantes, propiedad ruinosa del Estado español, y te alegras cuando ves el pabellón del Instituto Cervantes. Crees vislumbrar una esperanza de que esa hermandad podría crecer en cuanto unos pocos políticos pusieran un poquito de empeño. Compruebas como el auditorio aplaude al interviniente andaluz que recuerda la alegría que siente al entrar en este territorio hermano. Y lamentas, de nuevo, el poder del tópico y la indiferencia de los poderes.

Una calle 'andaluza' en la ciudad marroquí.

Una calle ‘andaluza’ en la ciudad marroquí.

 

En ese paseo cortísimo sólo pude acercarme a las puertas de la Medina antigua, de ese mercado callejero tan propio de los países musulmanes, y comprobar desalentado que era demasiado temprano para que hubiera tiendas abiertas. A las ocho y media empezaban algunos a levantar sus barajas, y ese zoco comenzaba a llenarse de vida. Pero yo tenía que volverme. Me quedaron unas enormes ganas de volver sólo para disfrutar de esta ciudad, para ir con Penélope al café El Hafa sobre las aguas del Estrecho, tan recomendado por Peluso, y cuya visita me fue imposible. De disfrutar los dos juntos del excelente té con yerbabuena en el Gran Café de París, de tantas reminiscencias. Me quedé con el deseo de mezclarme con la marea humana, de practicar el regateo en la Medina, de aceptar los tés de cortesía de los comerciantes, de recoger en fotografías todo eso, más allá de las pocas imágenes que el tiempo me permitió.

La entrada a la antigua Medina.

La entrada a la antigua Medina.

¡Volveré! Porque a las dos tenía que tomar el barco, y a eso no hay derecho.

El Grand Café de Paris. excelente té con yerbabuena.

El Grand Café de Paris, excelente té con yerbabuena.

El Instituto Cervantes en Tánger.

El Instituto Cervantes en Tánger.

Vista general y detalle de la Gran Mezquita de Tánger.

Detalle de la Gran Mezquita de Tánger.

 

 

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Donde mueren las reinas

Ulyfox | 28 de enero de 2014 a las 13:40

Rincón de la enorme Plaza Mayor de Medina del Campo.

Rincón de la enorme Plaza Mayor de Medina del Campo.

Podemos discutir la calidad de la serie. Bueno, yo ni puedo discutirla porque no la he visto, sólo algunos capítulos sueltos, ya empezados y no sé si terminamos. Pero que Isabel, sobre la vida de la Reina Católica, ha sido un éxito es innegable. Puedo decir que a mí lo que vi me interesó. Y parece también indudable que ha acrecentado el interés sobre esa figura fundamental de la Historia española, gran hueco en nuestro saber, al menos en el mío. Algunos pueblos de Castilla ya tenían la Ruta de Isabel la Católica, pero ahora, tras la serie, han visto reforzada su oferta isabelina a la par que aumentaba la afluencia de personas. Hace unos días vi en el escaparate de una agencia de viajes un cartel anunciando una oferta para visitar las ciudades de ‘El tiempo entre costuras’, Tánger y Tetuán. Bienvenido sea todo esto si ayuda a saber de nosotros mismos, como país y como personas. Nosotros también, con la excusa de que Pepa está siguiendo la serie, aprovechamos recientemente para visitar (en la mayoría de los casos, revisitar) algunos rincones de esa Castilla histórica que vivió la singular historia de esta Isabel, una región plana, sobria como ella sola, siempre con apariencia de estar envuelta en una capa de polvo histórico y paralizado, y más si el viaje se hace en invierno, su duro invierno.

El patio y la torre del homenaje del castillo de La Mota.

El patio y la torre del homenaje del castillo de La Mota.

 

Por eso estuvimos, como ya os hemos contado, en Tordesillas, y por eso luego paseamos por Medina del Campo, y más tarde por Arévalo y Madrigal de las Altas Torres, nombres en los que se escribió la España de finales del XIV, es decir, todo lo que fue después. Llegamos a Medina desde Tordesillas, más o menos a la hora de comer, con apetito, con mucho apetito. Así que lo primero fue buscar un restaurante, tarea mucho más difícil de lo que podría parecer, ya que en las fechas inmediatamente posteriores a las fechas navideñas está casi todo cerrado. Por fortuna dimos con El Mortero, no barato, pero con un lechazo exquisito y un original y sabroso jamón de buey. Una buena experiencia.

Vista general del castillo.

Vista general del castillo.

 

Tras el rico almuerzo, salimos en busca de las huellas de Isabel, fácilmente rastreables junto al Ayuntamiento, en un rincón de la enorme Plaza Mayor. Esta plaza, abierta y baja, es una evidente muestra de lo que fue Medina durante siglos: la ciudad que albergaba las ferias comerciales más importantes del país. Estaba concebida para albergar grandes mercados. No es especialmente atractiva, teniendo en cuenta las preciosas plazas que hay en Castilla, pero sí responde a su función. Hay que conocer la historia de Medina y pasmarse con su poderío comercial, tan especial y con tantas particularidades que algunas han llegado hasta nuestros días. Aún hoy, los comercios y bancos abren los domingos por la mañana como un privilegio heredado de esa tradición.

Los muros de ladrillo mudéjar del castillo de La Mota.

Los muros de ladrillo mudéjar del castillo de La Mota.

 

Desde casi toda Medina se puede ver el castillo de La Mota, de silueta reconocible en todos los libros de Historia. Está en las afueras, a un corto paseo a pie, y es una mole mudéjar de ladrillo rojo, ancho foso y altas torres, sobre todo la del Homenaje, con casi 40 metros de altura, destruido y reconstruido muchas veces. Un lugar para rememorar historias de ambiciones, caballeros, intrigas nobiliarias y venganzas reales. Su obra de ladrillo y tal vez las numerosas restauraciones dan a esta fortaleza un aire un poco falso, que hubiera desaparecido si su aspecto fuera más ruinoso, más acorde con su historia de bombardeos.

El edificio testamentario de Isabel la Católica.

El edificio testamentario de Isabel la Católica.

 

Pero es en aquel rincón antes nombrado de la Plaza Mayor, en una casa de aspecto exterior insignificante e interior ilustrativo, donde se encuentra lo más significativo de Medina del Campo. Allí murió Isabel la Ctaólica y, más importante aún, dictó su testamento en 1504, es decir, marcó el futuro de España, ya que por él su hija Juana I era reina de Castilla, pero si no podía gobernar se haría cargo de ello su marido Fernando el Católico, rey de Aragón. Y la línea de herencia marcaba que el futuro rey sería Carlos, hijo de Juana y de Felipe el Hermoso, o sea, el que sería conocido por todos nosotros desde niño como Carlos I de España y V de Alemania. Dentro de la modesta casa de ladrillo hay un museo interactivo que cuenta de forma muy didáctica toda la historia. Estupendo para ese turismo de invierno que busca los lugares recogidos, breves y amenos, que abran el espíritu, y alimenten el alma mientras se espera que el cuerpo pida también su ración de hotel cálido y mesón tradicional. Que ese era nuestro ánimo cuando enfilamos al atardecer la carretera camino de Arévalo.

 

 

El pequeño lugar donde se repartió el mundo

Ulyfox | 22 de enero de 2014 a las 13:47

Un ángulo de la Plaza Mayor de Tordesillas.

Un ángulo de la Plaza Mayor de Tordesillas.

Vista de Tordesillas y del puente sobre el río Duero.

Vista de Tordesillas y del puente sobre el río Duero.

 

Ríete tú de la conferencia de Yalta. Hace más de quinientos años, en un pueblo de Castilla, dos reinos se repartieron el mundo futuro. Dos reinos punteros, de los que ahora se llamarían emergentes, entonces mucho más pobres que los comerciantes y burgueses reinos o principados de Italia y Centroeuropa. Portugal y España, que entonces ni siquiera se llamaba así, trazaron una línea en mitad del Océano Atlántico y se dijeron “de aquí pallá lo que yo descubra y conquiste es mío, y de aquí pacá, tuyo”. En pocas y burdas líneas, eso fue el Tratado firmado en Tordesillas (Valladolid) en 1494, poco después de que Colón se topara con América cuando iba en busca de las Indias, y para evitar conflictos entre los dos reinos navegantes. Y básicamente, eso explica también que Portugal se quedara con Brasil y España con el resto del gran continente nuevo. Otra cosa es todo lo que ocurrió luego.

Resto de una fachada mudéjar en convento de Santa Clara.

Resto de una fachada mudéjar en convento de Santa Clara.

Pero entonces era otra cosa. Todo parecía que iba a sonreír a las nuevas potencias. Y se reunieron en lo que hoy se conoce como las Casas del Tratado, convertidas en un museo temático sobre ese acuerdo histórico. Tordesillas, tan pequeña y tan grande por sus resultados, es un típico pueblo castellano, con su Plaza Mayor porticada, sus palacios señoriales y sus calles empedradas. Tiene un hermoso puente medieval sobre el río Duero, que en estos días atrás bajaba caudaloso y marrón, y guarda además en sus orillas un capítulo de los más oscuros de la historia de España del tiempo de los Reyes Católicos: en el convento de Santa Clara, que entonces era palacio real, pasaría años de encierro y prisión la reina Juana I, más conocida por la historia como Juana la Loca, estigmatizada por una supuesta demencia nunca aclarada, y seguramente víctima de mil conspiraciones, intrigas y peleas a muerte por la Corona y el poder. El palacio monasterio es ahora un espectacular compendio de historia del arte y de la política, y en sus rincones escoltados por artesonados espectaculares, bóvedas y arcos árabes destruidos o respetados, sustituidos por el gótico o el herreriano más sobrio, se esconde quizá un tratado de política real, gloriosa y asquerosa a la vez. Quizá el futuro de España se jugó de nuevo allí, entre príncipes flamencos, nobles castellanos y comuneros.

 

Patio del convento de Santa Clara.

Patio del convento de Santa Clara.

 

El palacio convento se puede recorrer con una interesante visita guiada en la que surgen más preguntas que respuestas, y que da ganas de estudiar Historia de España, tan diferente de la que nos contaron en aquellos libros de texto y en aquellas películas idealizadas de Juan de Orduña ¡Qué falta nos hace! Lo malo es que creo que ahora eso sólo se cuenta en series de televisión, con mayor o menor fortuna.

Entrada al convento de Santa Clara.

Entrada al convento de Santa Clara.

Estatua de Juana la Loca ante la iglesia de San Antolín.

Estatua de Juana la Loca ante la iglesia de San Antolín.

Las Casas del Tratado.

Las Casas del Tratado.

 

 

¡Ole tus huevos!

Ulyfox | 22 de enero de 2014 a las 12:37

Huevos fritos con patatas para los tres, y torreznos, chorizo y lomo al centro.

Huevos fritos con patatas para los tres, y torreznos, chorizo y lomo al centro.

 

Los huevos son los de Casa Tino en Valladolid, fritos a la antigua usanza, con su encajito dorado alrededor y todo, acompañados de unas patatas auténticas, limpias, jugosas y crujientes a la vez. Los mencioné en mi anterior entrada, pero cometí el injusto olvido de no poner la foto-evidencia. Tras reparar el fallo, ahí va la muestra de que la capital castellana tiene más de un atractivo para visitarla. Al menos, un par de ellos.

La tradicional fachada de Casa Tino.

La tradicional fachada de Casa Tino.

 

El día en Valladolid se remató con la compañía de Marta y Fernando.

El día en Valladolid se remató con la compañía de Marta y Fernando.

 

Aunque no queremos olvidar tampoco que nuestro principal motivo para acercarnos (en realidad era alejarnos de nuestra ruta) era el de visitar a esos amigos surgidos al calor griego, Marta y Fernando. Dos anfitriones acogedores, amables y amantes de su tierra. Ahí los tenéis, guapos y jóvenes.

Para disfrutarlos con esa carita.

Huevos para disfrutarlos con esa carita.

 

 

Valladolid, la sorpresa

Ulyfox | 21 de enero de 2014 a las 1:12

Pórtico de la iglesia del Monasterio de San Benito el Real.

Pórtico de la iglesia del Monasterio de San Benito el Real.

Una calle del centro de Valladolid con la catedral al fondo.

Una calle del centro de Valladolid con la catedral al fondo.

Acercarse para ver los detalles.

Acercarse para ver los detalles.

Esto es San Gregorio.

Esto es San Gregorio.

Un detalle de la fachada.

Un detalle de la fachada de San Pablo.

Fachada de la iglesia de San Pablo.

Fachada de la iglesia de San Pablo.

 

A fin de cuentas, el objetivo de nuestro viaje a Valladolid de hace poco más de una semana era ver a nuestros amigos Marta y Fernando. Marta se enteró por este blog de que íbamos a dar un paseo por Castilla y lanzó el reclamo de su deseo de vernos. Y a ese reclamo acudimos sin dudarlo. A ella la conocimos en Mikonos hace cuatro veranos, en el desayuno de nuestro hotel, el siempre revisitado Damianos. Al año siguiente decidimos coincidir en Rodas y allí nos encontramos con ella y Fernando para pasar una noche de cena de verano en una terraza del casco medieval de la ciudad de los caballeros. Una amistad entre dos vallisoletanos y dos gaditanos fraguada bajo el cielo griego.

Hace muchísimos años también habíamos viajado a Valladolid a ver a otra amiga, qué cosas, y entonces no nos pareció una ciudad demasiado atractiva. De hecho, no figura entre los lugares con más tirón de Castilla, rodeada y oscurecida quizá con justicia por vecinas tan llamativas como Salamanca, Ávila, León, Burgos y Segovia. Pero a todo hay que darle al menos una segunda oportunidad. Como habíamos quedado con los amigos por la tarde, y el hotel estaba en el centro, lo mejor que se podía hacer era conceder esa segunda opción a la ciudad que fue capital de Castilla, cabeza de rebelión de los comuneros, e incluso capital de España.

Lo primero que hicimos fue el ritual que está marcado para las visitas a las ciudades de Castilla: ir a la Plaza Mayor. Y, aparte de los habituales adornos y atracciones infantiles de las fechas navideñas, encontramos un recinto muy cuidado, de fachadas coloreadas, soportales con columnas y un señorial Ayuntamiento con recuerdos de reyes famosos y señores rebeldes. Al lado justo de la Casa Consistorial hay un templo del comer modesto y eterno: Casa Tino. Preguntamos para entrar. Sí, tenían una mesa para nosotros tres, pero nos hicieron una advertencia. “Sólo tenemos un menú -nos dijeron-, huevos fritos con patatas caseras, ensalada de escabeche y una fuente con torreznos y chorizo de olla para empezar” ¡Vaya problema! Nos entusiasmó la idea. Y después nos entusiasmó el resultado de mojar pan y papas, con un par de copas de vino. Fantástica comida, barata, sabrosa y de siempre. Estupendo almuerzo que nos invitaba a la siesta.

Afortunadamente nos resistimos a la tentación, porque yo había divisado desde la Plaza Mayor un pórtico con un arco altísimo de piedra clara, y me había determinado a acercarme. Afortunadamente. Era el pórtico frontal de la iglesia del Monasterio de San Benito el Real. En realidad, una torre pórtico añadida en el siglo XVI por Gil de Hontañón al templo gótico anterior. En realidad, una maravilla altísima y grandiosa, un espacio asombroso creado bajo una bóveda y entre dos torres. Me di el gustazo de entonar a voz en grito el Tee vooglioo beene assaaaii…! y bajo aquel arco sonó casi bien. Una mujer que pasó por la solitaria plaza sonrió complacida, y me animó a seguir, pero no.

El paseo siguió en busca de dos fachadas maravillosas con nombres santos: San Pablo y San Gregorio, cumbres del estilo isabelino, ese desarrollo manierista del gótico que tanto impulsó la Reina Católica. El día estaba gris, pero la piedra labrada, cincelada y retorcida de las dos puertas monumentales, muy cerca el uno del otro, brillaba por sí sola.  Quizá la muestra de un país que empezaba a ser rico, con la unificación del reino y el descubrimiento de América. Quizá. Mejor que miréis las fotos.

Y después quisimos pasar por delante de la catedral, una mole sobria de piedra, en cierta forma hermosa pero inacabada e indefinida. Juan de Herrera, el arquitecto de El Escorial, la pensó. Nos gustó en su enormidad. Y la fuimos dejando atrás mientras por fin nos encaminamos al Hotel Amadeus, a descansar un poco y esperar a nuestros amigos, conocidos en el calor griego y reencontrados en el frío castellano de una ciudad que guarda verdaderos tesoros, pero desperdigados, escondidos entre desaguisados urbanísticos, es e injustamente desconocidos. Nos quedamos con las ganas de ver el Museo Nacional de Escultura, cerrado por la fiesta. Será en otra ocasión, cuando volvamos a visitar a nuestros amigo, que era a fin de cuentas a lo que habíamos ido a Valladolid.

Primicia ¡ya está aquí!

Ulyfox | 15 de enero de 2014 a las 13:09

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Iba a decir que por una vez iba a hablar de nosotros en primera persona, pero en realidad lo hacemos casi siempre en estas entradas, y a fin de cuentas para eso están los blogs. Pero hoy quiero hablar con un sentimiento que muchas veces es denostado y yo diría que con razón: el orgullo. Pero estamos orgullosos, infantil o seriamente orgullosos, y también nerviosos. Acabamos de recoger del correo un sobre, corriente y normal en su exterior, pero extraordinario en su contenido porque traía en su interior varios ejemplares de nuestra guía de Creta, recién salidos de la imprenta, brillantes, coloridos, nuevos… y sonrientes. Anaya Touring nos los ha enviado en primicia y os juro que sonreían al levantar la solapa del sobre marrón con protección de bolitas de aire en su interior. ¡Pero no corráis todavía a las librerías, no os amontonéis! Hasta el próximo mes no estarán a la venta. No os impacientéis, ya os avisaremos. Luego, cuando demos la señal, podréis correr en tropel a agotar las existencias, por docenas. Están a buen precio, son un buen regalo que implica deseo de felicidad, y más en el año en que conmemoramos el cuarto centenario de la muerte de uno de los cretenses más universales, tan relacionado a la vez con España, Doménikos Theotokopuli, El Greco, nacido en la antigua Candia, hoy Heraklion, la capital de Creta. De momento, y como primicia, ahí lleváis la portada de esta pequeña aportación, que es a la vez invitación, al conocimiento de una isla especial y ciertamente maravillosa, que alberga una gente hospitalaria y de aire confortadoramente antiguo.

He releído de nuevo y detenidamente el resultado de meses de trabajo de campo y de elaboración, y de años de experiencia anterior. Y aunque he torcido la boca con gesto apretado con cada una de las pequeñas y escasas, además de inevitables, erratas, he sentido ese orgullo que me tendréis que perdonar. Y, efectivamente, va por todos vosotros.

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Una Salamanca, dos catedrales

Ulyfox | 12 de enero de 2014 a las 21:56

Arcos de entrada a la Plaza Mayor de Salamanca.

Arcos de entrada a la Plaza Mayor de Salamanca.

El sol sobre la fachada del convento de San Esteban.

El sol sobre la fachada del convento de San Esteban.

El sol salió ya tarde ante la Catedral.

El sol salió ya tarde ante la Catedral.

Sepulcro coloreado para un personaje importante en la Catedral Vieja.

Sepulcro coloreado para un personaje importante en la Catedral Vieja.

El románico tardío de la Catedral Nueva.

El románico tardío de la Catedral Vieja.

La fachada oriental de la Catedral Nueva.

La fachada oriental de la Catedral Nueva.

Detalle de la fachada de la Casa de las Conchas.

Detalle de la fachada de la Casa de las Conchas.

Fachadas de piedra hasta la Clerecía y la Universidad Pontificia.

Fachadas de piedra hasta la Clerecía y la Universidad Pontificia.

Pepa ante el barroco de la Plaza Mayor.

Pepa ante el barroco de la Plaza Mayor.

 

El tiempo es implacable, imparable, inapelable. Vamos cumpliendo años y ya es la tercera vez que visitamos Salamanca. Eso querrá decir algo. Decía yo el otro día, durante nuestra última estancia, esta vez acompañados por Pepa, que ya probablemente estaba bien, que seguramente será la última. Puede ser, pero lo que hemos comprobado es que un poco de Salamanca, de vez en cuando, sienta estupendamente. Es fría, estaba relativamente solitaria durante la tarde del 4 de enero y la mañana del 5. Pensábamos que las calles serían un hervidero de compras la víspera de Reyes, pero no era así. Muy pocos turistas, y los lugareños quizá eligieran también el centro comercial en las afueras para sus encargos de última hora.

Pero la capital universitaria de España no pierde belleza, y el centro sigue impresionando con su color de piedra marrón dorada. A esas alturas del año, vacaciones, no es fácil intuir la presencia estudiantil que debe hacer de la ciudad algo tan especial. Sólo familias, ya por la tarde, a la busca de la cabalgata de la ilusión, como rebautizaron los cursis municipales a lo que siempre ha sido la Cabalgata. En Salamanca hay que buscar toparse con las piedras, iluminarse con la luz que devuelven sus fachadas aun en los días nublados. En sus calles y su historia se percibe el poder de la Iglesia y de la sabiduría siempre vinculada a ella, y seguramente muchas veces rebelde contra ella. Los alardes dejan boquiabierto ante la Casa de las Conchas o las fachadas platerescas. Renacimiento a la española. La música extremada de Salinas cantada por Fray Luis de León. Palacios nobles poderosos y evocaciones de la muerte en las columnas ¡Quién fuera estudiante en estas calles! exclamas. Y tuviera su edad.

En la Catedral Nueva, que quiere apabullar con sus alturas góticas flamígeras y sus filigranas platerescas, en realidad lo que te emociona es la bajada a la Catedral Vieja, con su felizmente conservado románico. La ambición del arco apuntado y del pilar interminablemente alto de su hermana más joven, que dice querer homenajear a Dios y en realidad es sólo más pretenciosa, palidece ante la dimensión más humana del medio punto y la bóveda de cañón que empieza a descubrir las posibilidades arquitectónicas. Dice la completa audioguía que te facilitan con la entrada que la Catedral Vieja tiene muestras del románico tardío o de transición y de protogótico. Nombres para designar las ansias de progreso en la belleza. Después de alcanzado el esplendor del gótico, los arquitectos se dieron a la fantasía y el derroche sin alma, diría yo. Tanto que tuvo que llegar el Renacimiento para que el equilibrio volviera y el arte tuvo que vivir una revitalizadora pasada por Italia ¿Y qué hago yo hablando de historia del arte, donde no me llaman?

La visita a las catedrales nos consumió casi todo el tiempo antes de la comida, extraordinaria, en un lugar llamado Vinodiario. Luego, sólo nos dio tiempo a disfrutar de la fachada del convento de San Esteban, a la que unos misericordiosos rayos de sol poniente dieron un tono de oro que agradecimos en lo que valía, pasar por delante de la Torre del Clavero, volver a la Plaza Mayor y hasta pertrecharnos de un abrigo en condiciones. Y el día murió entre la excesiva calefacción del hotel Aragón, y la búsqueda afortunadamente poco ansiosa entre los bares de la calle Van Dyck, famoso vértice de tapeo invadido por multitudes familiares que no querían preparar la cena en la noche que antes, cuando creíamos ser felices, llamábamos mágica.

Carretera y manta

Ulyfox | 5 de enero de 2014 a las 0:31

Pe, esta noche en la Plaza Mayor de Salamanca.

Pepa, esta noche en la Plaza Mayor de Salamanca.

Pe, nuestra conductora.

Pe, nuestra conductora.

Lo hemos hecho. Estamos en Salamanca. Siete horas de viaje tranquilo, aunque al final muy entorpecido por el temporal de lluvia y viento que nos cayó cuando casi entrábamos en la provincia de Cáceres. A lomos del Kia Rio los tres, Pe, Pepa y yo mismo, desde las cinco y media de la mañana. No se nos ha hecho muy pesado, porque hemos desayunado hasta tres veces, todas las que hemos parado, pasando Sevilla, pasando Mérida y poco antes de llegar a Salamanca. Nada más llegar a la capital charra, hemos vuelto a comer, esta vez ya en el almuerzo oficial, aunque en realidad ha sido un tapeo con vino cerca del hotel. Muy buenas las tapas en La Cata de Vino, uno de los muchos lugares de restauración que hay alrededor de la calle Van Dyck.

Frío, mucho frío, incluso cayeron algunos copos de nieve a mediodía. Para desgracia de nuestra curiosidad de gente del Sur, fueron muy pocos, sólo llegó para hacernos la ilusión de una nevada. No desesperamos, quedan unos cuantos días de viaje. Aún quizá nos dé tiempo a ver Valladolid, Medina del Campo o la misma Ávila cubiertas de blanco.

Después de una siesta reparadora del cansancio al que el viaje sometió a nuestros ya maduros cuerpos, nos lanzamos al frío de la noche salmantina, a una primera aproximación al plateresco y el barroco de la Plaza Mayor, la Catedral y la Casa de las Conchas. Fueron sólo atisbos a la luz artificial. Esperamos que el domingo el sol salga un ratito e ilumine las centenarias e históricas fachadas. Por cierto, cenamos en el Bambú, un lugar del que el recepcionista del Hotel Aragón (apañao, bien situado y baratito) nos dijo que era el preferido de la gente del Sur. Os digo que estaba todo realmente bueno, excepto el surtido de croquetas, con demasiada bechamel para nuestro gusto. Y con la moderna barra llena de público. Un sitio muy recomendable. Excepcional el carpaccio de presa ibérica y muy curiosa la torrija de foie.

Ahora, a dormir, que queda un domingo de exploración de la ciudad del Tormes.