Es tiempo de Paddy

Ulyfox | 14 de noviembre de 2013 a las 22:43

el-tiempo-de-los-regalos-entre-los-bosques-y-el-agua_patrick-leigh-fermor_libro-OAFI550Somos tan incultos (hablo por mí), tenemos tantos libros que leer, tantas películas que ver, tanta música que escuchar… De momento me he comprado el libro. Por fin me dije ¡joé cómpralo ya! Y ayer por la mañana fui a recogerlo, y no pude esperar y en el camino de vuelta a casa me senté en aquella terraza modesta de cuatro mesas y sillas de metal, tan frías en invierno y ahora caldeaditas por el sol, y mientras tomaba un café leí el prólogo de Jacinto Antón. Aquí está, lo tengo, dos libros en un solo volumen: El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua, las dos partes que relatan el viaje que Patrick ‘Paddy’ Leigh Fermor hizo tan joven como con 19 años, y con la única compañía de su mochila, por toda Europa, desde Holanda hasta Constantinopla. Arrastran fama de ser dos de los mejores libros de viajes escritos nunca. Y ya el prólogo te da unas ganas de querer a este hombre tan especial, vagabundo en los Cárpatos, guerrillero en Creta, viajero siempre. Apenas lo he empezado, pero llevo tiempo enamorado de esta persona-personaje, aristócrata y bohemio, dicen que conquistador, seductor, divertido y totalmente singular.

Ya os iré contando. De momento, felicitadme: me dispongo a pasar una temporada en compañía de este aventurero que era como el que muchos quisimos ser y no nos lo permitimos o no nos lo permitieron, ese inglés que secuestraba generales alemanes en Creta y luego hablaba con ellos en latín, sabio en lenguas clásicas e inútil en matemáticas. Me dispongo a entrar en su mundo, y estoy seguro de que no me defraudará. Tal vez, seguro, aprenda algo.

Las hermosas playas y el arte de la prudencia

Ulyfox | 8 de noviembre de 2013 a las 13:49

Pahia Ammos, la gran playa de arena de Paleohora.

Pahia Ammos, la gran playa de arena de Paleohora.

Parece que cada vez más los mil sitios tan bonitos como Cádiz se estuvieran concentrando en el Mediterráneo o, más aún, en Grecia, o más aún, en Creta. Cosas de las experiencias vitales, de las acumulaciones temporales, de los deseos coincidentes. No sé si es un defecto mío, pero quedan aún bastantes cosas por decir de nuestra última estancia y, a pesar del peligro de caer en la redundancia y bordear la reiteración, tengo que contarlo. Hemos vuelto tantas veces a Creta… Os hemos hecho volver tantas veces…

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Las calles y la iglesia pastel de Paleohora.

Las calles y la iglesia pastel de Paleohora.

El caso es que allí estábamos otra vez. Tras nuestra entrada siempre amable por La Canea, planeamos una visita de pocos días a la salvaje Costa Sur, extraordinario lugar de playas amplias y montañas cercando la arena, legendaria tierra rebelde y nunca dominada, ni siquiera por los venecianos ni los turcos que se sucedieron en la invasión durante siglos. Esa región, Sfakiá, permaneció siempre independiente o rebelde. La costa es espectacular, poco visitada, remota y a la vez acogedora. Tiene un solo centro turístico: Paleohora, que empezó como refugio hippie y ahora es un tranquilo lugar de veraneo para independientes y familias, mezclados de manera natural. El pueblo tiene restos casi invisibles de un castillo veneciano en un pequeño promontorio, y lo demás son calles cuadriculadas con la mayoría de las casas crecidas a su aire al calor de ese turismo. Aun así, el centro, con las pocas edificaciones tradicionales y una iglesia como un pastel de colores, es una delicia. Al atardecer se cierra al tráfico y se llena de terrazas, los visitantes se sienten como en casa y pasan largas veladas a las mesas. Lo mismo ocurre con el paseo marítimo que da a una de las dos playas, la de piedra o Halikia.

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El paseo marítimo, para ver llegar el 'Samaria'.

El paseo marítimo, para ver llegar el ‘Samaria’.

La otra playa, Pahia Ammos, en el lado contrario es un largo arenal cerrado a un lado por el castillo y al otro por la cadena montañosa que cierra el paso, bastante más allá, al espectáculo único de arena, agua y viento que es Elafonisi. En Pahia Ammos es muy fácil y barato alquilar una cómoda hamaca con sombrilla, y pedir que te sirvan la comida allí mismo. Un placer al alcance de todos para dejar caer las horas y tomar baños justo antes de que el sol se ponga. Entonces, en lugares como este, lo que toca es recoger toallas y andar hasta el paseo marítimo, mirando tiendas pequeñas y haciendo fotos con esa luz mágica. Y eso hicimos, amén de tomar la excelente cerveza biológica de Rethimnon, la Brinks Dark o Blond, y divisar la lenta llegada al puerto del ‘Samaria’, el barco que recorre esta costa tocando los pueblos que no tienen comunicación por carretera. Y ver cómo desembarcan los cansados excursionistas que vienen de recorrer alguna de las espectaculares gargantas que dan al mar de Libia, ese mar.

Tras el recodo... ¡Gialiskari!

Tras el recodo… ¡Gialiskari!

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Tiene el sur de la provincia de La Canea una atractiva luz violeta al atardecer, y suele deparar, cuando el frecuente viento da descanso, unos amaneceres también espléndidos porque el agua calmada es un inmenso barreño de oro. Con ese despertar, nos propusimos visitar un lugar vecino y prometedor, la playa de Gialiskari, que Penélope tenía desde hacía tiempo en su mapa de intenciones. A cuatro kilómetros al este del pueblo, es muy fácil hacer el camino de tierra andando, pero a eso de las once ya hacía demasiado calor como para marchar por un sendero sin ni siquiera un trozo sombreado. Teníamos el coche y lo usamos como urbanitas precavidos. Y encontramos, en primer lugar, un hermoso pedregal que moría en un agua transparente. Casi nos quedamos allí pero al fondo apareció otro recodo y decidimos explorarlo. En buena hora lo hicimos, porque descubrimos una media luna de arena con montañas recortadas en el fondo, y un promontorio rocoso con forma de codrilo y un plato de agua a resguardo incluso de la ligera brisa que soplaba pero no aliviaba casi nada el calor.

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Baños constantes en Gialiskari, frente al gran cocodrilo.

Baños constantes en Gialiskari, frente al gran cocodrilo…

...amenazanate.

…amenazanate.

Entrábamos y salíamos del mar, nos acostábamos en la tumbona de alquiler, nos adormecíamos, fuimos a tapear algo en la taberna salvadora que hay casi siempre en las playas griegas, volvimos a la hamaca, sesteábamos, y finalmente volvimos por el pedregal para las obligadas fotos y para retomar el coche. Entre todos los grandes días de playa que hemos vivido en Grecia este fue uno de los mejores, tal vez por el carácter de descubrimiento que supuso para nosotros. Antes de volver a Paleohora, nos desviamos por una estrecha y sinuosa carretera hasta las alturas de Anydri, un pueblecito tradicional con una peculiar taberna situada en la antigua escuela, y llamada así To Scholeio, La Escuela, desde la que se divisa el mar de Libia, allá abajo al final de la garganta. Allí merendamos sabrosamente: un queso tradicional de untar con hierbas y el pastel de Sfakiá, una especie de torta fina rellena también de queso, que se toma con miel. Delicioso. Y allí, en ese mirador sombreado al Sur, nos ocurrió uno de esos episodios ridículos evitables fácilmente con la prudencia.

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La singular playa de piedra de Gialiskari.

La singular playa de piedra de Gialiskari.

 

Estaba un grupo de senderistas alemanes disfrutando grandemente de la comida tradicional cretense, celebrando el buen sabor del vino de barril y el posterior rakí de cortesía. Y a nosotros no se nos ocurrió otra cosa que comentar algo así como “a estos alemanes no les importa obligar a los griegos a recortes criminales y calificarlos de vagos, pero bien que les gusta venir por aquí y disfrutar de este modo de vida, de su comida, del vino, del buen trato…” Durante un buen rato criticamos lo que entendíamos como alarde de superioridad, pero el hombre que parecía comandar el grupo nos sorprendió cuando se puso a hablar en griego con el camarero y a comentar entre risas algunos aspectos de la comida. Al final, parecía que eran en realidad unos amantes de Grecia. Y más nos sorprendió cuando al despedirse, él y su mujer se dirigieron a nosotros con un “buenas tardes” y “que disfruten de sus vacaciones en Grecia” en casi perfecto castellano. Con media sonrisa disimuladora les devolvimos el deseo con un “gracias, igualmente” semiavergonzado y que quería parecer natural. Después de la rajada, sólo esperábamos que nuestro cerrado acento andaluz les hubiera impedido entender los peores calificativos que les habíamos dedicado. Apuro aleccionador para terminar el día, estupendo día.

Ahí, el grupo de alemanes políglotas en la taberna To Scholeio.

Ahí, el grupo de alemanes políglotas en la taberna To Scholeio.

Hacer deporte con vista

Ulyfox | 3 de noviembre de 2013 a las 13:41

El primer recorrido, el borde marítimo de Nauplia. Al fondo, la fortaleza de Bourtsi.

El primer recorrido, el borde marítimo de Nauplia. Al fondo, la fortaleza de Bourtsi.

El paseo alrededor de Nauplia.

El paseo alrededor de Nauplia.

Y el desayuno ante el hotel Latini.

Y el desayuno ante el hotel Latini.

Yo no soy de hacer mucho deporte. Nunca lo he sido, y no me siento orgulloso. Tampoco me avergüenzo. Sé que la gente que lo practica habitualmente se encuentra bien, está sana y es más feliz. Pero podría decir que en todos esos aspectos estoy bastante satisfecho sin estar obsesionado. Y eso que tuve una relativamente larga época de gimnasio que me ayudó bastante a estar en forma y a tener un aspecto agradable, lo cual compruebo en algunas viejas fotos. Así que digamos que no participo de esta corriente moderna que no concibe la vida sin correr varios kilómetros al día (tanta gente corriendo, huyendo de la muerte, como decía Woody Allen), y mucho menos de la que piensa que es mejor un entrenador personal que el siempre dispuesto, gratis y salvador ángel de la guarda. Pero me parece bien, cada cual busca la felicidad como su cuerpo le da a entender.

Gythion, aquella mañana.

Gythion, aquella mañana.

Luz para hacer deporrte.

Luz para hacer deporrte.

De vuelta al pueblo de Gythion.

De vuelta al pueblo de Gythion.

Una cierta voluntad, teñida de ganas de ejercicio, nos atrapó el pasado septiembre en Grecia. Nos propusimos y, lo que es aún más increíble, conseguimos andar una hora todas las mañanas, antes del desayuno. Los días en que sucumbimos a la pereza nos sobrevenía una cierta sensación de culpa, sobre todo a Pe. Esta demostración de determinación tenía un porqué muy entendible: los parajes por los que hacíamos nuestra excursión mañanera. No es lo mismo, claro que no, el paseo costero alrededor de la fortaleza de Nauplia, a la sombra de los pinos o al sol templado aún, la caminata por el frente marítimo de Gythion, la búsqueda de los confines orientales de La Canea, más allá de Tambakaria o el descubrimiento del amanecer tranquilo de la playa de Agios Georgios en Naxos, que arrastrar nuestros kilos de más por una circunvalación o bien entre las naves de algún polígono industrial de los que nos rodean.

El descanso en el puerto de La Canea...

El descanso en el puerto de La Canea…

... y el reparador desayuno en el Remezzo.

… y el reparador desayuno en el Remezzo.

En esos semitrotes tempranos siempre veíamos a grupos de personas mayores, hombres y mujeres del lugar, dándose el que se supone saludable y tonificador chapuzón del amanecer mientras mantenían una conversación animada, increíblemente quietos en su flotar. Kaló baño! (¡buen baño!) se deseaban los que entraban y salían de aquellas calas tranquilas, aún no golpeadas por el sol. La media de edad de estos bañistas superaba los 75 años con toda seguridad ¡Qué magnífica y optimista manera de empezar el día!

Deporte entre barcos.

Deporte entre barcos.

Esa callejuela del hotel Leo de Rethimnon.

Esa callejuela del hotel Leo de Rethimnon.

Al sol mañanero en la playa de Agios Georgios, en Naxos.

Al sol mañanero en la playa de Agios Georgios, en Naxos.

El caso es que ahí íbamos los dos, andando a buen ritmo, bordeando playas en Rethimnon o buscando ensenadas en Mikonos, sabiendo que al final de la excursión nos esperaba siempre un desayuno vacacional prolongado, relajado, en la terraza del hotel o en una cafetería cercana, con su suculento pan griego, su café filtro y con el capricho extemporáneo de dos huevos fritos con bacon, y sus vistas a la callejuela floreada o al puerto veneciano. Placeres y pecados para los que ya nos habíamos prevenido con la relativa penitencia previa de la caminata. A la vuelta de las vacaciones, hemos tratado de seguir esta costumbre. Naturalmente, como en todo, en esto Penélope pone mucha más voluntad y decisión que yo. Pero ahí andamos.

Desayunar en estos sitios, tras el paseo. Playa de Agios Giorgios.

Desayunar en estos sitios, tras el paseo. Playa de Agios Giorgios.

 

El molde del alma

Ulyfox | 29 de octubre de 2013 a las 14:16

La habitación aérea del Hotel Helena.

La habitación aérea del Hotel Helena.

La mezquita de los Jenízaros y los coches, desde las ventanas del Hotel.

La mezquita de los Jenízaros y los coches, desde las ventanas del Hotel.

Hace ya algún tiempo creíamos que nuestro hotel en La Canea, la preciosa capital occidental de Creta, iba a ser la pensión Theresa, en esa calle Angelou que te desembarca en el puerto veneciano, con su imposiblemente empinada escalera retorcida, sus suelos y adornos de madera y sus ventanas a la tienda de alfombras. Luego, nos convencimos de que nuestra parada habitual sería sin duda el novísimo Palazzo Duca, en un palacio reconstruido y con las camas más cómodas que hemos conocido, y que se ha puesto a la cabeza de los preferidos en sólo un año. Más tarde, soñábamos con tener siempre el balcón del Mama Nena Hotel sobre uno de los muelles venecianos y despertarnos cada día con la visión del trajín mañanero frente a la mezquita de los Jenízaros, y con el inigualable desayuno preparado al momento con los mejores productos. Después de la última visita el pasado septiembre, veletas que somos, estamos igual de decididos a que nuestra repetida estancia sea en el Hotel Helena (http://www.helena-hotel.gr/), porque tiene una aérea habitación en el tercer piso, de arduo subir pero limpia y amplia. Con dos ventanas, de nuevo, al puerto, para que el sol te ciegue por la mañana y te ilumine al atardecer el escenario del frente, la rosada mezquita ante la dársena un día tranquila y otro furiosa, con la compañía de los blanquísimos coches de caballos aparcados junto a ella.

Los turistas desafían el peligro.

Los turistas desafían el peligro.

La callejuela donde se encuentra el Hotel Helena, al fondo.

La callejuela donde se encuentra el Hotel Helena, al fondo.

Llegamos más tarde de lo previsto aquel día a La Canea, por culpa de un ya desusado retraso de la compañía aérea, la nueva Olympic Air, que parece haber heredado de la antigua empresa pública sólo los incumplimientos horarios. El Hotel Helena está en un recodo de los muchos que tiene el bellísimo e intrincado Topana, el barrio veneciano de fachadas estucadas. Así que estábamos despistados buscando su entrada cuando apareció un amable joven que al vernos cargados de equipaje nos preguntó. Era el recepcionista de nuestro alojamiento. Era allí mismo, a la vuelta de esa esquina. Un callejón lleno de plantas alberga varios de esos hotelitos familiares que abundan en toda Grecia. Una mujer muy mayor sentada a la puerta de su casa respondió a nuestro saludo, “kalispera”, repitiéndolo dos veces, como suelen hacer los griegos, “kalispera, kalispera!”. Tras el rápido trámite del registro, el joven nos condujo a la habitación con su necesaria ayuda en el ascenso del equipaje a la tercera planta. Nada más soltar las maletas, él sabía lo que tenía que hacer para impresionarnos, y abrió las dos ventanas del cuarto. Y entró toda la noche del puerto veneciano en la habitación de golpe, todas las luces de los bares y restaurantes, todo el pasear de los turistas, todo el murmullo de los comensales, y la invitación unánime de todo eso a contemplarlo un momento y salir ligeros a mezclarnos, a formar parte del paisaje vivo que formaba.

Escena callejera en el barrio de Topana.

Escena callejera en el barrio de Topana.

Y otra escena más.

Y otra escena más.

Podemos contarlas, pero ya es un ejercicio inútil saber cuántas veces hemos estado en La Canea. Es una cuenta más exacta decir que cada una de esas veces nos ha gustado más que la anterior. Salimos al puerto, y ahí estaba otra vez esa sensación de llegada a Creta: era como si el alma se encajara al cuerpo viajero y dijeras ahora sí, ahora estoy donde tengo que estar. Y ya mirábamos los expositores de los restaurantes, ya sorteábamos los requerimientos de los camareros a entrar, ya rehusábamos coger los folletos de las excursiones en barco allí mismo amarrados, ofreciendo sus fondos de cristal y sus paseos románticos a los islotes cercanos y a ver atardecer a bordo. Y ya sonreíamos al reconocer a los vendedores pakistaníes de inutilidades para turistas desinhibidos: el tomate de increíble gelatina que se aplasta y se vuelve a recomponer, el molinillo que se lanza al cielo con una goma y cae dando vueltas y haciendo lucir sus flecos de colores, el cochecito a pilas todoterreno que no sólo no se detiene ante nada sino que vuelca y se incorpora solo, el soldadito de los cuerpos especiales que repta y se detiene para disparar su ametralladora, el imposible y mágico ensartador de agujas. Nada que siga funcionando en cuanto has salido de ese zoco improvisado.

A la vuelta de la esquina...

A la vuelta de la esquina…

En el barrio antiguo de La Canea abundan los alojamientos con encanto.

En el barrio antiguo de La Canea abundan los alojamientos con encanto.

La calle Daliani, con su minarete.

La calle Daliani, con su minarete.

En el puerto veneciano de La Canea no vive nadie. Los edificios pertenecen a hoteles en su parte alta y alojan tiendas, bares o restaurantes en los bajos. Y algunos están aún hoy abandonados. Presentan una gran variedad de tonos pastel, y en los días soleados se reflejan miméticamente en el agua. De noche, miles de lámparas alumbran a los paseantes sobre el fondo oscuro de la dársena. A altas horas, la parte oeste cae en el silencio mientras el extremo oriental aún luce y suena con la música de los bares de moda, que persiste hasta la madrugada en verano. Es curioso, porque las notas pop o discotequeras suelen dar paso a la misteriosa y profunda música cretense conforme se va acercando el amanecer. Por eso, los hoteles que dan justo encima del puerto y no tienen un buen aislamiento sonoro no son muy aconsejables si se quiere descansar: el Hotel Helena es perfecto en ese sentido, porque está en un callejón trasero y aun así tiene vistas.

Allí arriba, nuestra habitación.

Allí arriba, nuestra habitación.

La gran noche de reencuentro con Creta, después de nuestro arduo y gozoso trabajo de la primavera, verano e invierno anteriores recogiendo material para la guía, continuó en el paseo por delante de los enormes arsenales venecianos, donde el pavimento de grandes losas gastadas dificulta la marcha y constituye un peligro real para los tobillos de aquellas que se arriesgan con los tacones. Nuestro objetivo era el magnífico mezedopeleio (restaurante especializado en entrantes o mezedes) Glositses. Era nuestra cuarta visita. Su dueño nos había reconocido en la segunda porque en la primera habíamos pedido una retsina de Salónica muy especial, la de marca Kekribari. Por supuesto, esta vez también nos saludó con una sonrisa, las expresiones de bienvenida y las habituales preguntas de cortesía sobre la salud. Comimos unas deliciosas sardinas (de esas pequeñas que hay en Grecia) abiertas y fritas empanadas con semillas de sésamo; una peculiar skordalia (crema de puré de patata y ajo) aderezada con bacalao y unos exquisitos mejillones abiertos con vino y hierbas. Cenamos como unos verdaderos reyes cretenses, y dimos paso de la mejor manera a nuestra última estancia en la isla del Minotauro, con el alma, ahora sí, amoldada al cuerpo.

El puerto de La Canea, al anochecer.

El puerto de La Canea, al anochecer.

Un coche o un sentimiento

Ulyfox | 27 de octubre de 2013 a las 0:50

El Toyota Auris, por las retorcidas carreteras de Creta.

El Toyota Auris, por las retorcidas carreteras de Creta.

Nos da igual, realmente. Las cosas materiales no valen nada, si no fuera por lo que pueden significar. Un coche es una herramienta. De acuerdo, los hay mejores y peores, o mucho mejores y mucho peores, pero todos sirven para lo mismo: llevarte de un lado a otro, acercarte a tu destino o a tus sueños. Pero qué queréis que os diga. A algunos se les coge cariño. Y a mí me pasa con el Toyota Auris (no llevo comisión, ojalá). Ese fue el coche que alquilamos durante aquel junio del año pasado para recorrer Creta, un mes entero a bordo de un carruaje que nos llevó de monasterios a playas, y de palacios minoicos a puertos venecianos. Desde entonces, cada vez que veo un anuncio, o uno de esos vehículos por la calle se me escapa una sonrisa. Tonterías, el corazón que tiene sus razones. Un mes subiendo y bajando maletas, abriendo y cerrando puertas, arriba y abajo, sorteando estrecheces o negociando curvas vestidos de gris metalizado. Resumido y con el guión adecuado sería un gran anuncio televisivo.

El canal de Corinto.

El canal de Corinto.

Este año, en nuestro ya lejano circuito privado por el Peloponeso, también nos tocó un Toyota Auris, y cuando ya en Creta quisimos alquilar otro, nos lo cambiaron al final por el mismo modelo. Destinos. Ese coche nos llevó desde el aeropuerto de Atenas hasta Gythion, ida y vuelta, pasando por las paradas que ya os hemos contado, Nauplia y Monemvasia. La última de ellas, ya con el horario del avión que debía llevarnos de nuevo a Creta pisándonos los talones, fue una escala alimenticia junto al canal de Corinto, ese estrecho pasadizo para barcos construido a finales del siglo XIX, una proeza de excavación en el istmo del mismo nombre, que habían intentado 20 siglos antes Julio César y Nerón. Un coche o un sentimiento, más bien una pasión.

Penélope, sobre el canal de Corinto.

Penélope, sobre el canal de Corinto.

De El Palmar a Nueva York con blog

Ulyfox | 23 de octubre de 2013 a las 0:51

El pan de Amasakapaka

El pan de Amasakapaka

La historia de esta mujer y de su pareja es bonita, es humana, es sentimental y es dura. Y tan blanda como algunas de las recetas que propone. No necesitáis saber mucho de ella. Son amigos, de una familia amiga, de una familia que no para. Una historia que comienza en El Palmar de Vejer, continúa por Málaga y que de momento tiene su etapa actual en Nueva York, siempre en pos del trabajo y del reconocimiento profesional. Allí están ellos dos, jóvenes y entusiastas, él en la universidad viendo más reconocido su talento, ella luchando en el país de las oportunidades, y encontrando algunas.

Pero ella, ella, ella tiene unas manos prodigiosas, y con ellas elabora tartas y panes, y ha decidido compartir su talento con todo el mundo, con la alegría de quien reparte raciones de comida bien hecha. Les tengo cariño, pero además, veréis qué bien escrito está este blog del otro lado del charco. Y ahora que llega el durísimo invierno, hay que imaginarla horas encerrada en su casa, al calor del horno. Ahí os dejo el enlace: pinchad y oleréis.

http://amasakapaka.blogspot.com.es/

Amor postal

Ulyfox | 23 de octubre de 2013 a las 0:25

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Es la segunda vez que ocurre. Hoy ha llegado a mi buzón otra postal equivocada en la dirección, pero no en el remitente enamorado y la destinataria amada. Alguien está haciendo un viaje por Europa, y desde cada ciudad histórica (Praga, Viena,, Budapest…) está enviando su mensaje de amor epistolar a una mujer que no los está recibiendo, de momento. Hay algo trágico en esto: un trovador lanzando sus requiebros y desvelos al aire, confiado en que llegará a la apartada orilla donde más clara la luna brilla, y allí al otro lado, el ángel de amor tal vez preguntándose por qué no recibe los versos prometidos. Y mientras, declaraciones como “estoy viendo muchos monumentos pero ninguno tan bello como tú” mueren, o duermen al menos, en mi mesita de la entrada.

Al final, resultó que la destinataria era una jovencita de la vecindad y el remitente un romeo entregado, supongo. Sin querer hemos ejercido de mensajeros del amor, que dijo Moustaki en Le jeune facteur (“Le jeune facteuer est mort, l’amour a perdu son mesageur”) Vale, hemos enmendado el entuerto creado por ese inexperto que confundió un 7 con un 1 al poner la dirección, y hemos dejado la postal en las manos adecuadas.

Por eso, hoy, día en que los autores de este blog cumplimos 29 años de casados, y unos cuantos más de relación, me he acercado a algunos comercios y he cumplido con el tributo más material que debemos al amor, el regalo en la fecha señalada, he contribuido a la pequeña economía del país, y a mi propia felicidad, con la lectura del periódico mientras me tomaba un café, y he vuelto un poco más a gusto conmigo mismo. Para que las señales no queden por el camino.

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Kardamili, la sombra de Paddy

Ulyfox | 21 de octubre de 2013 a las 13:12

En el puerto de Kardamili, el pueblo de Paddy

En el puerto de Kardamili, el pueblo de Paddy

Pinos, cipreses y olivos sobre el mar, el paisaje peloponesio.

Pinos, cipreses y olivos sobre el mar, el paisaje peloponesio.

Una de las cosas que tengo que agradecerle a Ricardo son sus libros. Quiero decir, los que me ha regalado. Y entre todos, el descubrimiento de sir Patrick ‘Paddy’ Leigh Fermor, cuando trajo en su mano Mani, la narración de un viaje por esa península remota griega, la primera vez que nos vimos. A Ricardo y Encarna los conocí a través de este blog. La afinidad que en seguida se instaló hizo que quedáramos, como habíamos hecho antes con Avenger, como nos encantaría con Antonio dlr. Y ese día, aparecieron con ese inesperado, espléndido, amoroso regalo. Ellos me descubrieron a Paddy, y su increíble historia humana, viajera y guerrillera, la peliculera vida de un hombre que a los 18 años se recorrió Europa andando, y que poco después estaba batallando contra las tropas nazis en Creta, porque dominaba el griego como pocos, porque amaba Grecia y su lengua. Fue un héroe, y su gesta más conocida fue el secuestro y traslado del general alemán Kreippe, gobernador de la isla. Cuenta Antony Beevor estupendamente este episodio guerrillero, así como la relación que se estableció entre captor y prisionero, recitando a dúo las odas de Horacio en latín.

Buscando a Paddy en sus paisajes.

Buscando a Paddy en sus paisajes.

Paddy era alto, guapo, valiente, gran escritor, magnífico conversador, con un encanto arrollador. Dicen los que le conocieron que “cuando él llegaba llegaba la alegría”. Y naturalmente, vivió muchos años en Grecia. Apenas hace dos años que murió. En el Mani tuvo hasta el fin una casa, en Kardamili, frente al mar, rodeada de olivos y cipreses, como debe ser una casa allí. En esa finca y en ese pueblo se rodó gran parte de la reciente película Antes del anochecer, dirigida por Richard Linklater y protagonizada por Ethan Hawke y Julie Delpy.

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La amenaza de lluvia en las calas de Kardamili.

La amenaza de lluvia en las calas de Kardamili.

Me queda por descubrir casi toda la obra de Leigh Fermor, así como adentrar en su vida, que me fascina desde que conocí una pequeña parte. Especialmente, anhelo leer El tiempo de los regalos, donde narra precisamente aquel viaje juvenil por Europa, aunque lo escribió 30 años después de hacerlo. Todo esto era bastante motivo para viajar a Kardamili, teniendo en cuenta que ya estábamos en el Mani, en Gythion, el otro pueblo del que Paddy es ciudadano honorario.

Entre el mar y el campo, las casas.

Entre el mar y el campo, las casas.

Así que desde Gythion enfilamos la ruta hacia el norte, por la costa maniota. Pero no contábamos con la meteorología. De camino, íbamos viendo como el cielo se iba tiñendo de negro. Los Montes Taiyetos a la derecha se cubrían de nubes aunque el sol aún iluminaba los pueblos pegados al mar allá abajo. Parecía que la carretera ponía el límite a la lluvia. Pero de pronto la ruta subió y se adentró en la sierra, y nosotros nos adentramos en el aguacero. El agua corría como río por la carretera llena de curvas cerradas, no se veía más de dos metros delante y lo más sensato fue pararse a un lado, junto a la entrada de una casa. La parada duró un buen rato, y la lluvia no parecía querer dejar de caer. A punto estuvo de frustrarse nuestra excursión a Kardamili, pero en realidad la única solución era continuar y salir de aquella tormenta, buscar refugio en la costa.

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Iglesias bizantinas salpican la carretera.

Iglesias bizantinas salpican la carretera.

Así que lentamente, con precaución, pusimos en marcha nuestro Toyota Auris de alquiler, y varias curvas más adelante y más abajo cesó de pronto el chubasco. Habíamos salido de la nube, y lo que aparecía ante nuestros ojos era un valle verde iluminado a trechos por rayos de sol, y que se derramaba sobre el mar en numerosos entrantes rematados por núcleos blancos de casas: los pueblos del Mani mesenio. Más allá nos esperaba Kardamili. Pero apenas lo entrevimos, apenas entre nubes y claros divisamos su puertecito bajo su península de árboles y torres, sus calles mojadas y las montañas detrás con la garganta de Viros ya imposible de visitar por el chubasco.

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Vistas interiores de los pueblos del Mani messenio.

Vistas interiores de los pueblos del Mani messenio.

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Llegamos a la hora tardía de comer, y lo hicimos en una taberna sobre el mar, frente a los cipreses. Un excelente cerdo al horno recuerdo de aquel día pasado por agua. Aun escampado, a nuestra espalda avanzaba desde el mar una importante cortina negra, hermosa como ella sola. Envidiamos una vez más a Paddy Leigh Fermor, también por el lugar donde había escogido vivir, y decidimos emprender el camino de vuelta antes de tiempo, en previsión de que la tempestad pudiera retrasar y dificultar de nuevo nuestro paso por el trecho de carretera de montaña.

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El paisaje en el camino de retorno, ya cerca de Areópoli.

El paisaje en el camino de retorno, ya cerca de Areópoli.

Afortunadamente, no volvió a llover más que levemente, y pudimos parar en algunos pueblos de piedra que habíamos pasado en nuestro viaje de ida, exhibicionistas ante la carretera, salpicados de iglesias bizantinas, con calles recias como si pertenecieran al norte de España, tan alejadas de la imagen griega típica de la cúpula azul. Y comprendimos de nuevo a Leigh Fermor, militante pionero del amor a Grecia.

El Mani, una parte

Ulyfox | 18 de octubre de 2013 a las 1:27

Areópoli, la calle principal.

Areópoli, la calle principal.

 

Estábamos en Gythion, en la sobremesa, cuando tomamos la acertada decisión de no echarnos la apetecida siesta tras el almuerzo marinero y el tsipouro de después. En lugar de esa placentera pérdida de tiempo, nos plantamos en la carretera con intención de visitar Areópoli, que yo recordaba como una visión difusa y atractiva en el libro Mani, de Patrick Leigh Fermour. Eran sólo 25 kilómetros. Fueron kilómetros de una ruta que discurría al principio entre olivos, luego entre pinos que ocultaban antiguos torres-residencia y algún castillo, y finalmente ascendía por una montaña más bien seca. Detrás de esa elevación pelada encontramos Areópoli, o Ciudad de Ares, el dios griego de la guerra.

A la espera de clientes, al caer la tarde.

A la espera de clientes, al caer la tarde.

Terrazas dispuestas con gusto.

Terrazas dispuestas con gusto.

Escena callejera en la plaza de Areópoli

Escena callejera en la plaza de Areópoli

Areópoli fue fiel cuando debía serlo a este origen guerrero, tan tradicional en el Mani, y fue allí donde comenzó en 1821 la guerra de independencia griega de los turcos. Tal vez por eso también, la ciudad tiene un buen número de torres defensivas. A partir de ella comienza una región de aspecto desolado que no llegamos a recorrer en esta ocasión, aunque los que lo han hecho aseguran que es fascinante. Quede para otra ocasión. Nosotros nos paramos allí, y conocimos un pueblo llano, bajo y hermoso, con la piedra como protagonista, con casas de muros gruesos y calles empedradas de grandes losas, con un par al menos de iglesias pétreas, y restauradas; y ahora, con muchos restaurantes que empezaban a abrir a media tarde. Los empleados de esos locales, sencilla y bellamente decorados, sacaban las sillas, montaban las terrazas, colocaban adornos, prometiendo veladas agradables al aire libre, bajo el plátano o junto a la buganvilla.

La gran buganvilla.

La gran buganvilla.

Nos colamos en una pequeña iglesia, aislada en una placita, y encontramos en las paredes esos conmovedores restos de frescos bizantinos que hay por toda Grecia, esos fondos azules, esas caras coronadas que surgen o que han sobrevivido a siglos de ataques de los iconoclastas o de los turcos, y que te hacen sentir, cuando las miras, como si tú mismo las hubieras descubierto.

La pequeña iglesia...

La pequeña iglesia…

...y sus frescos.

…y sus frescos.

La esbelta torre grande domina el pueblo.

La esbelta torre grande domina el pueblo.

Al fondo de la calle principal, la esbelta torre de varios cuerpos atrae la atención en seguida, al igual que dirigió nuestros pasos hacia ella. Fuimos hacia acá, hacia allá, bordeando muros y sorteando ladridos de perros. A la vuelta, con un sol tímido cayendo, el pueblo se preparaba ya para la noche, y nosotros decidimos que aún haríamos unos kilómetros más, en vertiginoso descenso hasta Limeni, el antiguo puerto de Areópoli, en una bahía profunda y casi rodeada por paredes verticales, como si las hubiera construido el propio dios de la guerra como murallas naturales.

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Iglesias ruinosas, casas restauradas y espléndidas tabernas sobre el mar en Limeni.

Iglesias ruinosas, casas restauradas y espléndidas tabernas sobre el mar en Limeni.

Pero, cosas del destino, Limeni es ahora un lugar circundado de ruinas de antiguas casas y mansiones, entre ellas la de la familia Mavromijalis, precisamente los que acaudillaron la rebelión contra los turcos. Pegados al mar, en cambio, algunos locales y apartamentos restaurados con gusto exquisito atraen a lo más exclusivo del turismo griego, que ha elegido este lugar supuestamente apartado para sentirse especiales. Sí: es muy bello.

Penélope, en un rincón de Areópoli.

Penélope, en un rincón de Areópoli.

Gythion, el nido de amor de Paris y Helena

Ulyfox | 10 de octubre de 2013 a las 0:15

Gythion y su pequeño puerto pesquero.

Gythion y su pequeño puerto pesquero.

Podríamos cometer el error de despreciar Gythion, apenas un pueblo grande y atractivo a la orilla del mar y con un puerto activo, entre las bellezas que encierra Grecia. Pero si no lo cometemos, si somos capaces de pasar dos días en él, descubriremos que es, ante todo, una excelente base para explorar el extraño, seductor y lejano Mani, esa comarca situada en uno de los ‘dedos’ del Peloponeso, hogar de múltiples leyendas de clanes enfrentados y habitantes hoscos en un paisaje duro. Leyendas. De Gythion sale además un ferry tres veces por semana para la costa occidental de Creta, un barco que pasa por las islas de Kythira y Antikythira, de resonantes nombres mitológicos. Y a su alrededor hay hermosas playas de aguas transparentes, como la de Mavrovouni. No despreciemos pues, a Gythion.

Penélope, en una de las terrazas frente al islote de Marathonisi, al fondo.

Penélope, en una de las terrazas frente al islote de Marathonisi, al fondo.

Nosotros llegamos después de un viaje largo por carretera desde la maravilla Monemvasia, atravesando un paisaje bastante menos verde que el Peloponeso que yo recordaba de hace más de 20 años, a veces bordeando el golfo Lacónico, a veces dejando de lado lugares como Esparta o la misteriosa Mystra, antaño visitadas. A Gythion llegamos a mediodía, y encontramos un lugar aparentemente dormido, con un gran paseo frente al mar lleno (pero de verdad) de terrazas vacías a esa hora. Nuestro hotel, el Hotel Gythion, tenía una encargada amabilísima y un aire tan antiguo como el olor. Pero estaba limpio, y nuestra habitación tenía dos ventanas luminosas frente al puerto. Nos alegramos y nos fuimos a reconocer el terreno, descubriendo que el pueblo era como una capital de provincias pequeñita, con sus comercios y sus bares, sus barcas de pesca en el muelle, y su historia homérica.

Ante la ventana del Hotel Gythion, poco antes del paseo mañanero.

Ante la ventana del Hotel Gythion, poco antes del paseo mañanero.

En la taberna del pescado, siempre sobre el mar.

En la taberna del pescado, siempre sobre el mar.

Dicen las crónicas mitológicas, y siempre tenemos que creer estas cosas, que ese islote casi pegado al pueblo, ahí a la vista de cualquier terraza, el hoy llamado Marathonisi es el antes conocido como Cranae, y que allí pasaron su primera noche de amor Paris y Helena, después de que esta abandonara a su marido Menelao en Micenas y antes de partir hacia Troya. Ahora es un apacible parque de pinos y seguro que sigue sirviendo de nido romántico para más de una pareja. Grecia está llena de lugares así, es indispensable llevar una guía sobre mitología e historia.

Dos tertulianas griegas improvisadas.

Dos tertulianas griegas improvisadas.

La mañana se fue acercando a la hora de comer, y eso fue en una taberna junto al mar. Con pescado fresco. En los puertos griegos siempre hay que buscar un pescado muy parecido al mero, de color oscuro y del que lamento profundamente no recordar su nombre. No es bonito de color, pero es una belleza en sabor, y tiene la garantía de que no es de piscifactoría. A la parrilla, acompañado con jorta (hierba silvestre hervida) y ladolémono (aceite y limón) no necesita más guarnición que nuestro rechupetear de dedos. A nuestro lado se sentaron dos mujeres atenienses, y entablaron conversación. Grandes admiradoras y conocedoras de España, conversamos de los nacionalismos catalán y vasco, de Lorca y de Almodóvar, y de Rajoy y Samarás. Sobremesa aderezada con tsipouro, el aguardiente de la zona, frente a los pinos donde Paris y Helena se amaron y dieron causa para una de las guerras más escritas de la historia. Sí, sería un error despreciar Gythion.

La playa de Mavrovouni, muy cerca del pueblo.

La playa de Mavrovouni, muy cerca del pueblo.