Mil sitios tan bonitos como Cádiz

El mal de Antequera

Ulyfox | 5 de julio de 2021 a las 17:58

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La monumental entrada al dolmen de Menga.

El animado, joven y locuaz guía lo explicó bien mientras esperábamos a la entrada del Dolmen del Romeral, en Antequera. Hablaba de lo que él llamó ‘mal de Antequera’, y al describirlo relató justo lo que yo había sentido unos minutos antes. Al parecer, los visitantes de esta hermosa y monumental población, al poco tiempo de visitar el maravilloso conjunto de los Dólmenes a las afuera y de escuchar la historia de su descubrimiento, empiezan a imaginar que cada colina o pequeña elevación del terreno se podría encontrar uno de estos impresionantes monumentos megalíticos prehistóricos. Y efectivamente: me había ocurrido mientras miraba los dos montículos allá lejos, a los pies de la no menos asombrosa Peña de los Enamorados, que los antequeranos llaman también ‘El Indio’ por semejar su silueta claramente el perfil de un nativo americano acostado. Quién sabe, igual no ando tan descaminado en mi intuición, puesto que al lado se acaba de descubrir otro, aunque este mucho más pequeño que sus hermanos de la zona.

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Tres imágenes del impresionante interior del dolmen de Menga.

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Visitábamos por segunda vez Antequera y este conjunto único de enterramientos prehistóricos, y era normal que yo tuviera, como tantos, esa curiosa inquietud subterránea, después de conocer la historia de los hermanos Viera, que se toparon con el dolmen que ahora lleva su nombre y tal vez fueran los primeros en padecer ese síndrome. Tras el descubrimiento de ese monumento, se imaginaron que un poco más lejos, bajo aquel montecito llamado del Romeral podría aguardar su alumbramiento otro dolmen. Y su intuición no les falló, y después de buscar lo hallaron: allí estaba el dolmen del Romeral, construido con una ingeniosa técnica de bóveda falsa, lasca de piedra sobre lasca de piedra estrechando el espacio, hasta llegar incluso a construir dos cúpulas cerradas con una gran roca plana. Asombroso.

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Entrada al dolmen de Viera.

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Entrada al dolmen del Romeral, y el montículo artificial que lo cubre.

El más apabullante de los tres que componen el conjunto antequerano, por sus dimensiones, es el más antiguo, el dolmen de Menga, que figura en los libros desde hace siglos. Compuesto por un corredor y una sala con paredes y techos construidos con grandes piedras de toneladas de peso, su visita obliga al pasmo mientras se repasa el nombre de sus componentes: ortostatos las paredes clavadas metros bajo tierra, cobijas los techos, pilares que los sustentan. Y admira cómo pudieron hacerlo hombres, mujeres y niños del Neolítico, por mucho que te cuenten las teorías sobre ello los y las magníficas guías del yacimiento.

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En el interior del Romeral.

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La falsa cúpula del dolmen del Romeral.

La visita se hace en un par de horas y es una delicia de información sobre aquella época en la que la Humanidad estaba descubriendo e inventando tantas cosas. El síndrome conocido como ‘el mal de Antequera’ no hace daño y además alimenta la imaginación…

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Alcachofitas de la huerta de Antequera con jamón.

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Surtido de porras.

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Porrilla de garbanzos y espinacas, una de las delicias de Arte de Cozina.

La delicia se prolongó después en Antequera, puesto que la rematamos con un almuerzo fantástico en el establecimiento Arte de Cozina, una comida que resultó también un viaje en el tiempo hacia recetas antiguas, sencillas y sabrosas, elaboradas con esmero y amor por el personal. Una auténtica experiencia de autenticidad y buen servicio. Imposible mejor remate.

Una parada en Jaén

Ulyfox | 22 de junio de 2021 a las 21:08

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Una vista cercana de la Catedral de Jaén.

No habíamos estado nunca y, fuerza es reconocerlo, tampoco nos había interesado mucho viajar a Jaén capital. Pero debería estar escrito que es muy equivocado desdeñar cualquier rincón. Yo había leído y sabido siempre de su catedral, de los trabajos maestros que en ella realizó su diseñador original, Andrés de Vandelvira, y uno de los mejores ejemplos del estilo renacentista en España, pero siempre lo dejaba para mejor ocasión. La ubicación apartada de la llamada capital del Santo Reino tampoco facilitaba la decisión.

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El Museo Ibero, una joya aún por pulir.

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Pero esta vez sí: la acumulación de un par de días libres de Penélope y el interés mostrado por Pepa por conocer el Museo Ibero, inaugurado hace pocos años, se conjugaron para que fuera posible la visita, que planeamos incluyera Baeza y Úbeda.

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Sólo teníamos previsto medio día y una noche en Jaén y, sin correr ni apresuramientos, queríamos aprovecharlo. Nada más llegar, soltamos las maletas en el hotel y nos dirigimos al Museo Ibero, muy cercano. Éramos los tres únicos visitantes en un espacio grande, diáfano y reluciente, por lo que disfrutamos de la visita. El Museo se ve vacío, con espacio para albergar muchas más piezas y colecciones que están por venir pero aún no han llegado. No obstante, lo mostrado es excepcional para conocer algo más de esta cultura anterior y contemporánea a la de los romanos en la Península, tan fundamental en nuestro país y aún tan desconocida.

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Lo expuesto en el centro hace hincapié sobre todo en su organización social y en sus costumbres religiosas, con la exposición de piezas singulares, sobre todo idolillos y exvotos, y con unos paneles y vídeos explicativos muy didácticos. Interesante es su apartado dedicado a la plaga del expolio en yacimientos y a sus nefastas consecuencias para el estudio de la historia.

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Cerámica griega, que indica el rico comercio con otras civilizaciones.

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La muestra principal, la que lleva por título ‘La Dama, el Príncipe, el Héroe y la Diosa’ es extraordinaria y explica a través de estos cuatro personajes prototípicos la complejidad de la cultura ibera. De manera muy sencilla, lo consigue, y lo hace de forma suficientemente breve y completa.

Fue una delicia de paseo cultural, que nos abrió el apetito y nos predispuso a buscar un lugar donde reparar este inconveniente. Y lo encontramos en un establecimiento estupendo con nombre inspirador: Panaceite, con una excelente comida tradicional, de calidad y platos generosos, y donde comenzamos a disfrutar esa grata costumbre de Andalucía Oriental que consiste en ponerte una tapa gratis con cada consumición de bebida.

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De camino a la Catedral de Jaén.

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Detalle de la fachada de la Catedral.

 

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Tras la comida, aún nos quedaron ganas de seguir andando, y enfilamos la cuesta hacia la catedral, lamentablemente cerrada al público a esas horas, así que nos tuvimos que conformar con admirar su impresionante fachada barroca y con esperar que para otra ocasión sea posible admirar su interior, por ejemplo la sacristía y la sala capitular, obras maestras de Vandelvira.

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Los Baños Árabes, esplendor subterráneo.

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Teníamos una cita con una amiga, pero calculamos y nos daba tiempo de acercarnos a los Baños Árabes, entre los más grandes y mejor conservados de España. Parece que su origen corresponde al periodo de dominio almohade en la Península, en el siglo XII, y después pasó por varios avatares, incluido el de que una buena parte de ellos quedara oculta durante siglos por la construcción sobre ellos, en el XVI, del palacio del Conde de Villardompardo, hasta que a principios del siglo XX fueron redescubiertos en su totalidad. En 1931 fue declarado Monumento Nacional.

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El Palacio es centro cultural y alberga varias exposiciones permanentes, pero sin duda el interés máximo está en los Baños, su vestíbulo y su distribución clásica en sala fría, sala templada y sala caliente. La sala templada sobre todo es espectacular, con sus arcos y su gran cúpula agujereada con luceras en forma de estrella, al estilo clásico árabe. Una visita rápida pero muy grata, en un ambiente de penumbra, antes de salir disparados para nuestra cita.

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Las deliciosas alcachofas fritas sobre ajoblanco de Mangas Verdes.

La corta pero productiva jornada acabó en una cena frugal, pero intensa y deliciosa, en otro local recomendable, Mangas Verdes, claro de luz y acogedor de espacio, donde degustamos varias raciones, entre las que quiero destacar unas alcachofas fritas sobre ajoblanco memorables.

No nos arrepentimos, al revés, nos dejó buenas impresiones Jaén, a la vez que ganas de volver a sus monumentos, su gente y su buena comida. Lo haremos.

La mejor playa de Kythira, la más fácil

Ulyfox | 11 de junio de 2021 a las 14:25

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En el agua transparente de la playa de Diakoftí.

Nos habían dicho que era muy buena playa, pero no tiene ni mucho menos la ‘fama’ que en la redes atesoran todas las demás que Kythira ofrece. Pero Diakoftí es maravillosa, un espectáculo azul de aguas calmadas por la cercanía de un islote que le hace de rompeolas, y sobre el que se asienta el puerto principal de la isla, donde atracan los ferries que la comunican con el Peloponeso y con Creta.

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Al fondo, el ferry que va a Creta.

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Es muy fácil llegar a Diakoftí, puesto que se hace por la mejor carretera de la isla, la misma que conecta también con el aeropuerto, así que por eso se hace más incomprensible que no esté tan visitada como las otras playas, con mucho peores accesos. Debe de ser que estas dificultades de los lugares llamados ‘salvajes’ les otorgan más interés, pero sin duda las aguas más transparentes y tranquilas están aquí.

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Vista general de Diakoftí, con el islote que la cierra y donde se sitúa el puerto.

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Diakoftí es, aparte de su grandioso espectáculo marino, un brevísimo grupo de casas de vacaciones desperdigadas, un café y un arenal con hamacas que cuenta con un kiosco de bebidas y aperitivos como único servicio hostelero. En un extremo, un puente la une con el islote donde se asienta el puerto. La llegada de los escasos ferries, con su trasiego de coches, camiones y furgonetas de suministros, es el único momento ‘animado’ del día. Los vehículos pasan rápidos en busca de los escasos núcleos turísticos de la isla, y ninguno parece tener interés en quedarse. Mejor para los que tengan el acierto de quedarse a pasar un día de baños.

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Barcos atrapados en Diakoftí.

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Es difícil dejar de asombrarse a cada momento por las tonalidades del agua. La vista vuelve una y otra vez a los azules y turquesas, y de vez en cuando se desvía hacia la silueta parcial de un par de cascos oxidados de barcos embarrancados, o tal vez abandonados, y semihundidos a unos pocos metros de la orilla. No tiene más tema Diakoftí que esa gradación de añiles y esmeraldas, pero en querer salir y entrar de ellos constantemente se pasa el día.

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También aquí coincidimos en el primer café con el grupo de mujeres que iban recorriendo la isla, y que seguramente estaban alojadas en Agia Pelagia, el único centro turístico que merece ese nombre, porque tiene apartamentos y hoteles, alguno de ellos incluso con piscina. No podemos decir nada más, porque ni nos acercamos.

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En la calle principal de Potamós.

 

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Sí nos desviamos un momento para visitar esa tarde el pueblo más grande del interior de la isla, Potamós, con una gran iglesia y unas muestras interesantes de arquitectura popular. Tomamos un café en una plaza casi desierta. Era precisamente el último día en Kythira, una de las grandes sorpresas del año de nuestro gran periplo griego, y la llegada al atardecer a nuestra base de Kapsali fue de nuevo gloriosa con la luz declinante y el islote de Hitra en el horizonte.

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Doble visión, al atardecer y por la mañana, de la iglesia de San Juan en el Acantilado, pegada a la roca.

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Al día siguiente teníamos que tomar el avión a Atenas para dirigirnos a nuestros acostumbrados destinos finales en Creta y Mikonos, pero todavía tuvimos una larga mañana para disfrutar de un desayuno largo y de un último paseo hasta el promontorio donde reposan la iglesia y el faro, y disfrutar de la preciosa y luminosa visión de la Bahía de Kapsali mientras disparábamos nuestras cámaras.

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El castro de Jora, desde la bahia de Kapsali.

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En el faro.

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La capilla, el faro, en la bahía de Kapsali…

Un taxista nos esperaba a mediodía para llevarnos al aeropuerto, en un corto viaje de media hora por las serpenteantes y estrechas carreteras de la isla, amenizado por una conversación en griego dubitativo con el conductor. Nos contó que estaba acabando la temporada y entonces la isla se duerme durante largos meses. “En Kapsali cierra todo”, nos dijo, y la gente se va a vivir a los pueblos de Livadi y Potamos. “Y entonces, un taxista no tiene trabajo”, le dijimos, pero nos contradijo: “Sí, sí, claro que sí, en invierno trabajo para el ayuntamiento y llevo a los niños al colegio”.

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Última visión de Kapsali, desde la capilla en el promontorio.

Atravesábamos aldeas y dejábamos al lado numerosas iglesias bien conservadas. “Aquí tenemos 365 iglesias -contó a bote pronto-, una para cada día del año. Así que cuando morimos, vamos seguro al Paraíso”, concluyó el conductor con una sonrisa, la misma que dejó para siempre en nuestro interior esta isla maravillosa…

Cascadas, puentes y playas en Kythira

Ulyfox | 31 de mayo de 2021 a las 21:00

La cascada de Milopótamos, en el centro de la isla de Kythira.

La cascada de Milopótamos, en el centro de la isla de Kythira.

Kythira no sólo tiene unas espléndidas aguas rodeando su costa, sino que ofrece otras ‘presentaciones’ del líquido elemento mucho más inesperadas: las cascadas de Milopótamos, una sorpresa de verdor y agua en el centro de la isla. Ese fue el primer objetivo de nuestro segundo día completo allí.

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Iglesias en el camino.

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Tras serpentear por las estrechas y dificiles carreteras, admirando a nuestro paso iglesias y pueblecitos, dejamos el coche en la plaza de Milopótamos (que podría traducirse como Molino de Río) y emprendimos una corta y placentera excursión hacia las cataratas, como las llaman pomposamente allí. El camino tiene un trecho de carretera, y luego se desvía por un carril hacia el rio. Es más cómodo, saludable y ecológico hacerlo a pie, pero demasiada gente accede en su propio coche hasta la profundidad cercana a la cascada, y además sin ningún pudor de dejar su huella por allí en forma de restos, envases y bolsas. Una pena.

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El lugar tiene el encanto de pasar en pocos metros de un paisaje ‘normal’ a un pequeño hábitat selvático, por el rumor del agua y la abundante vegetación que lo sombrea. La cascada cae sobre una pequeña laguna, que, pese a la poca afluencia de la hora, estaba ocupada por una familia que se bañaba desafiando el frío del agua para hacerse algunos selfies. Nosotros no. Nos limitamos a hacer fotos.

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Paseo por el río de Milopótamos.

Después de eso, emprendimos un paseo a lo largo del río en busca del Molino de Filipos, una construcción de piedra con regueros de agua, que aún funciona, según parece, pero en el que sólo había un hombre mayor trabajando y no muy hablador.

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Torre campanario en Milopótamos.

 

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Un café frappé, auténtica bebida nacional griega, en la plaza de MIlopótamos.

A la vuelta, paramos en la plaza del pequeño pueblo a tomar un café frappé, auténtico vicio griego . La taberna y su amplia terraza, que en principio estaban muy tranquilos, se llenó de pronto con la llegada del autobús de la misma excursión de señoras mayores con la que coincidimos en todos sitios. El alboroto al ocupar las mesas, dejarlas señaladas con alguna prenda y largarse con su charla a las cercanas cataratas fue monumental.

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Playa de Jolkós.

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Nosotros decidimos que ya era hora de un baño y fuimos a la playa de Jolkós, accesible en coche por un carril de tierra. Se trata de un lugar de aguas frescas y transparentes y con una orilla formada por grandes guijarros, y con la ventaja práctica de tener un servicio de hamacas  y sombrillas, además de una cantina con algunas contadas vituallas para comer y beber.

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Jolkós es una playa rocosa y hermosa.

Rodeada de rocas, es ideal para bañarse y tomar buenas fotos si trepamos a alguno de los peñascos desde los que los más valientes se lanzan al agua. Cuando fuimos nosotros, estaba muy tranquilo.

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El puente Koutani, una obra extraordinaria en una islita griega.

Antes de llegar a la playa, paramos junto al pueblo de Livadi para admirar el bello puente Katouni, construido en el siglo XIX por los ingleses. Con más de 100 metros de largo y sus trece arcos es una de las construcciones más llamativas e impresionantes de la isla.

Acabamos el segundo día en la sorprendente Kythira cruzando la isla para acabar la jornada con nuestra habitual cena en Kapsali, lugar de reposo de todas las inquietudes. En esta ocasión, la comida fue en Apagio, un lugar interesante con modernas presentaciones de la comida tradicional griega.

Kythira, la cuna de Afrodita

Ulyfox | 25 de abril de 2021 a las 21:12

En el castillo de Kythira, con la bahía de Kapsali alla abajo.

En el castillo de Kythira, con la bahía de Kapsali alla abajo.

 

Entre las islas griegas, para nosotros están aquellas que conocemos, aquellas a las que volvemos una y otra vez y las que descubrimos. Conocemos muchas y volveremos también a bastantes, pero afortunadamente aún tenemos entre nuestros planes otras desconocidas, ahí dispuestas a ofrecernos el placer de su descubrimiento. Procuramos reservar siempre una parte de nuestros viajes a estos hallazgos gozosos. En esta tarea placentera hemos tenido decepciones, lugares que han defraudado nuestras ansias o simplemente no las han colmado. Pero también, y en mucha mayor medida, hemos topado con sorpresas mayúsculas, con placeres inesperados para la vista y todos los demás sentidos, incluidos los no físicos.

Kapsali, su playa y su bahía, desde las alturas.

Kapsali, su playa y su bahía, desde las alturas.

Esto último nos pasó con Kythira, o Citera, un trozo de tierra desprendido de la península griega, casi a medio camino entre el Peloponeso y Creta. Llegamos en avión desde Atenas, aunque también se puede llegar desde el Peloponeso en barco, desde el puerto de Neápoli, y tuvimos el acierto de reservar cuatro noches en Kapsali, un lugar encantador y sereno en una pequeña bahía enmarcada por dos promontorios, en uno de los cuales, el más bajo, se asientan la capilla de San Jorge (Agios Georgios) y un faro, mientras que en el otro domina desde las alturas la blanca y bellísima Hora (Pueblo) de Kythira, con su castillo en el extremo.

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Ambiente vespertino en Kapsali, la tarde de nuestra llegada.

Ambiente vespertino en Kapsali, la tarde de nuestra llegada.

Después de un retraso ya habitual en el vuelo, Kythira nos recibió con nubes y algunas gotas de lluvia, pero la temperatura era buena y aun así nos dimos un baño en la bahía mientras caía el sol, en un agua agradable y con la compañía de unos pececillos que picoteaban los talones más de lo habitual. Nos alojamos en los apartamentos Cengo, sencillos y económicos, sin grandes alardes pero limpios y con una gran atención por parte de su encargado, Dimitris, dispuesto a colaborar en todo, como suele ser habitual en este tipo de alojamientos familiares en las islas griegas.

20190905_190629Esa tarde aprovechamos para un corto paseo (las dimensiones no permiten uno largo) frente al mar de Kapsali y para cenar con el ocaso en la terraza de Alatarea, que se convertiría casi en nuestro restaurante oficial, por su calidad y buen servicio. Antes, nos queríamos asegurar la contratación de un coche de alquiler en la oficina de Panayiotis, justo al lado. Estaba cerrada, pero llamamos a un teléfono apuntado en la puerta y la llamada pudimos oírla, puesto que el mismo Panayiotis estaba cenando a pocos metros. Se levantó y, con el aire amistoso y el toquecito en el hombro con el que los griegos sellan los acuerdos, nos prometió el vehículo para la mañana siguiente.

La playa de Kapsali, con Kythira Hora y  el castillo al fondo.

La visión de nuestro primer desayuno en Kythira.

Al levantarnos, eso fue lo primero que hicimos. No era un alquiler barato, se nota que Panayiotis es una especie de monopolio en la isla, pero el coche estaba en buenas condiciones y muy limpio. Tomamos nuestro primer y espléndido desayuno frente al mar en Al Mare, un lugar buenísimo al que volvimos todas las mañanas y que es el ejemplo de local turístico de calidad, en el que lo mismo puedes desayunar que almorzar que tomar un helado a media tarde.

En el camino hacia la playa de Kaladi.

En el camino hacia la playa de Kaladi.

La playa de Kaladi, considerada por algunos la mejor de la isla.

La playa de Kaladi, considerada por algunos la mejor de la isla.

Y salimos os a recorrer Kythira, haciendo nuestra primera parada en la playa de Kaladi, que para Dimitris era la mejor de la isla. Sin duda es muy hermosa, y su visión desde la altura de la carretera es impresionante, con un gran peñasco dividiéndola en dos mitades y un agua brillantemente azul. Pero la empinada y larga escalera de acceso, y la fila de gente que bajaba pertrechada de hamacas y sombrillas, junto con la certeza de que abajo no había ni una cantina, nos hicieron limitar nuestro disfrute al disparo de varias fotos desde arriba.

El entrante marino en el enclave de Avlemonas.

El entrante marino en el enclave de Avlemonas.

20190906_123321Así que dirigimos nuestros pasos hacia la cercana Avlémonas, que tiene una especie de minifiordo rocoso que forma una piscina natural, rodeado de algunas casas y apartamentos, y al que alguien con gustos mitológicos y poéticos ha llamado el Baño de Afrodita (Loutró Afroditis). Aquello estaba mucho más tranquilo, aunque la calita aparecía llena de un grupo de mujeres mayores que disfrutaban como pequeñas diosas del agua remansada, al igual que hacen en miles de rincones griegos, preferentemente por la mañana temprano, equipadas con sus gorros blancos y manteniendo intensas conversaciones mientras flotan. Ese mismo grupo nos perseguiría luego por casi toda la isla, y nos las encontramos en varios lugares en diferentes días.

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Otra vista de Avlemonas.

Otra vista de Avlemonas.

Al poco tiempo, las mujeres se subieron a una de las tabernas a comer, largo rato que aprovechamos para tomar el lugar y darnos uno de los baños más gustosos de nuestra estancia, con continuas entradas y salidas del agua y dándole trabajo al dedo disparador de cámara y móviles. Cuando la taberna se despobló, entonces fue nuestro turno de almuerzo tardío en la Psarotaverna O Sotiris, que vendría a ser algo así como la Taberna de Pescado de Salvador.

Ante el fuerte de Avlemonas.

Ante el fuerte de Avlemonas.

Por el lugar se esparcen algunas casas particulares de vacaciones y en un entrante rocoso, se halla un mínimo atracadero para barcas junto a un pequeño castillo octogonal, torre defensiva contra los constantes ataques de piratas en el pasado. Es uno de esos paraderos tan serenos y tan abundantes en Grecia.

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Tras el gran día, el atardecer era obligatorio pasarlo en las alturas pétreas e imponentes de Hora Kythira. Nos encontramos un lugar tan apacible que parecía dormir todavía a esa hora. Es prácticamente una sola calle alargada, con una plaza a mitad del recorrido que acaba en el Kastro, o sea el Castillo.

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El viajero encuentra a su paso tiendas, bares, restaurantes, pequeñas iglesias, casas blancas, buganvillas y muchos ramilletes de siemprevivas, la flor emblemática local. Cuando llegamos, aún muchas tiendas estaban por abrir y la población sesteaba, pese a que estaba próximo el atardecer.

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El pueblo capital, que se extiende por una cresta montañosa, recuerda por su trazado y la blancura de sus casas cúbicas a los de las islas Cícladas, pese a que está bastante lejos de ellas y normalmente se las encuadra en el archipiélago de las Jónicas.

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Al llegar al castillo, el visitante asciende por una impresionante rampa y atraviesa un túnel de entrada a la fortaleza. En el amplio recinto interior la mayoría de edificios está en ruinas y algunos completamente derruidos. Sobreviven algunos almacenes, uno de los cuales está convertido en pequeño museo lapidario. Al final, ya casi sobre el risco, está la iglesia de la Panagía, blanca con un aspecto primitivo y un llamativo campanario.

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La vista desde el extremo del castillo quita la respiración. La fortaleza fue construida en el siglo XIII pero fueron los venecianos los que la ampliaron y le dieron su actual aspecto en el XVI. Dada su altitud y ubicación fue llamado ‘el ojo de Creta’ porque desde allí se podían ver los barcos que salían o entraban de esta isla. Muy abajo está la hermosa bahía de Kapsali, sobre las laderas hay varias iglesias, en una pared al fondo está agarrada la de San Juan en el Acantilado, con su  llamativa escalera blanca.

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La iglesia de la Panagia, dentro del castillo de Kythira.

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En el interior del castillo.

En el interior del castillo.

Y allá lejos, en medio del mar, se eleva el islote que dicen que es el órgano genital que Cronos cortó a Urano y arrojó al mar. De la espuma resultante surgió ya adulta y deseable Afrodita, que tiene también entre sus nombres, precisamente, el de Citerea. Así que, entre los muchos atractivos de esta isla no es el menor ser el lugar de nacimiento de la diosa del amor, conocida como Venus por los romanos. Aunque este honor lo disputa con la playa de Pafos, en Chipre.

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Kiythira es la isla donde algunos clásicos situaron el nacimiento de Afrodita.

El primer día completo en la asombrosa Kythira acabó de nuevo en el paseo de Kapsali, sobre la mesa del atractivo restaurante Apagio, ante unas gambas fritas y un risotto… Los siguientes días también dieron mucho para contar. Y lo contaremos…

 

Vista desde la terraza del restaurante Alatarea.

Vista desde la terraza del restaurante Alatarea.

Skala Eresos, ciudad lesbiana

Ulyfox | 4 de abril de 2021 a las 21:29

Bares y restaurantes sobre la arena, en la estupenda playa de Skaa Eresos.

Bares y restaurantes sobre la arena, en la estupenda playa de Skala Eresos.

Ser lesbiana, hasta hace no tanto, no significaba más que ser originaria de la isla griega de Lesbos, también llamada Mitilene. Sin embargo, ahora ese gentilicio ha pasado a ser simplemente un sustantivo más que un adjetivo para denominar a las mujeres homosexuales. El motivo es bien sabido: responde a las agrupaciones culturales y religiosas femeninas que hace miles de años convocaba la gran poetisa Safo, natural de la isla y autora de poemas de amor entre mujeres, aunque eso no está tan claro.

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Uno de los restaurantes sobre la playa.

Uno de los restaurantes sobre la playa.

Safo de Lesbos, o de Mitilene, era considerada ya en la Antigüedad como una de las grandes autoras. Sócrates llegó a llamarla ‘la décima musa’ y sus poemas, siempre centrados en el amor, están situados entre los mejores de ese periodo, a pesar de que sólo nos han llegado fragmentos o referencias de otros autores. Esta gran mujer nació en Eresos, población de Lesbos que tiene su correspondencia junto al mar en Skala (o puerto de) Eresos,

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Por eso, aquí tiene lugar cada septiembre el Festival de Mujeres, y lesbianas y gays de todo el mundo han hecho de éste una cita anual imprescindible. Pues bien, Safo nació en Eresos, y por eso las lesbianas han hecho de este un lugar de culto. Eso no siempre es del agrado de los naturales de Lesbos, que han pedido en más de una ocasión que deje de llamarse lesbianas a las que tienen por tendencia el amor homosexual.

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Un nescafé frappé (auténtica bebida nacional griega) de vuelta al hotel.

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Para el resto, Skala Eresos es un lugar muy agradable, con una gran playa, numerosos restaurantes y bares levantados sobre palafitos en la arena, y ambiente acogedor. Nada más. Y nada menos. Si no eres lesbiana, tienes casi los mismos alicientes para pasar unos días allí. Nosotros estuvimos disfrutando de unos atardeceres impresionantes, y unas cenas más que suculentas con todo lo que te ofrece una isla griega en septiembre: placidez y comunión con la naturaleza.

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Vista desde nuestra habitación en el hotel Kyma.

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Unas tapas (mezedes) junto a la playa.

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Notamos una afluencia bastante mayor de mujeres, pero ya está. Logramos encontrar los momentos de felicidad que te da todo eso, si te alojas en un hotel agradable, unos buenos desayunos y una habitación con vistas al mar. En realidad, la vida es poco más que eso.

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Santuario en la antigua Messon.

Santuario en la antigua Messon.

Nuestra estancia en Lesbos terminaría al día siguiente con una última noche en la capital, Mitilene, pero antes y de camino quisimos hacer una parada para ver los restos del templo de la Antigua Messon, dedicado a los dioses Zeus, Dionisos y Hera. Comparado con otros yacimientos en Grecia, el lugar no es de los más destacados, pero es muy interesante y además suele estar muy poco concurrido. Entre las ruinas de lo que fue un gran centro de culto se aprecian también los vestigios de una basílica paleocristiana que se construyó aprovechando sus piedras.

La intención era además acercarnos a ver lo que queda de un impresionante acueducto romano, pero la carretera se complicó y el tiempo se nos echaba encima, así que quedó, quién sabe, para otra ocasión.

 

Y los árboles se quedaron de piedra en Lesbos

Ulyfox | 27 de marzo de 2021 a las 22:03

Parte de un tronco petrificado, con sus raíces, en Sigri.

Parte de un tronco petrificado, con sus raíces, en Sigri.

Sobre el mapa no parecía que estuviera tan lejos. Pero es que en realidad se trataba de un viaje hacia atrás en el tiempo, a millones de años antes. Veníamos de Molyvos, en el norte de la isla de Lesbos y viajábamos hacia la costa occidental, en busca de Sigri, un puertecito que vivió mejores tiempos. A la salida, el paisaje era verde en la tierra y azul en el mar, pero conforme nos íbamos acercando a nuestro destino comenzó a ponerse amarillo y seco, y la carretera aparecía como una serpiente torturada que ascendía y bajaba sin parecer llegar a ningún lugar.

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Piedras que en verdad son troncos de árboles.

Piedras que en verdad son troncos de árboles.

Nuestro destino era el bosque petrificado, una de las maravillas geológicas de Lesbos, un fenómeno ocurrido hace unos 20 millones de años y provocado por la intensa actividad volcánica de la isla en aquella época. La lava sepultó grandes extensiones de bosques, y el proceso físico y químico convirtió los árboles en piedra con el paso de los siglos. Por tiempo inmemorial, las plantas permanecieron ocultas, pero ahora, están floreciendo de otra manera, saliendo a la luz.

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En los bordes de la carretera, con tramos pedregosos y casi prehistóricos, podían verse grandes troncos incrustados en las paredes cortadas, en los taludes y junto a los arcenes. Continuamente siguen apareciendo estos vestigios de árboles que ya son piedra.

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Árboles petrificados expuestos en el Museo de Sigri.

Árboles petrificados expuestos en el Museo de Sigri.

En Sigri se ha instalado el Museo de Historia Natural del Bosque Petrificado de Lesbos, y ante su puerta estacionamos el coche. Se trata de un centro modélico y muy educativo, que explica con gráficos, maquetas y muestras reales, el proceso de formación de esta rareza natural. A su lado, se ha acondicionado una pequeña extensión de terreno como muestra del bosque de piedra. Es algo decepcionante, porque el verdadero bosque está unos kilómetros más tierra adentro, y se extiende por una gran superficie, pero está cerrado al público actualmente.

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El jardín sirve para hacerse una idea, porque se pueden encontrar varios troncos y tocones que hace milenios eran madera y ahora son roca. El museo exhibe el corte de varios de ellos y se puede observar su interior brillante como cuarzo recién pulido. También muestra un buen número de plantas, hojas y flores fosilizadas, atrapadas por el imparable avance de la lava.

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Fuera, algunos troncos con raíces semejan pulpos y presentan unos colores rojizos. El paseo es corto y caluroso a esa hora del día. Lo impresionante de verdad es conocer cómo unos árboles prehistóricos han llegado hasta nosotros conservados en piedra.

Sigri, visto desde el exterior del Museo.

Sigri, visto desde el exterior del Museo.

El pueblo de Sigri no tiene mucho que ver, y hasta se diría que carece de ese encanto que cualquier población costera tiene en Grecia. Aparecía desértico a mediodía, con un aire abandonado y mortecino. Junto al puerto, con pocos barcos, un castillo veneciano preside el panorama. Sólo paramos para tomar una cerveza en uno de los pocos lugares abiertos. Muy poco después, salíamos de camino a nuestra siguiente etapa: Skala Eresos, de resonancias poéticas… y aún tuvimos que atravesar un largo trecho desértico, devastado por el tiempo.

Dos excursiones desde Molyvos: Petra y Skala Sikaminia

Ulyfox | 17 de marzo de 2021 a las 19:57

La iglesia Panagia Glykofillousa, sobre su roca en Petra.

La iglesia Panagia Glykofillousa, sobre su roca en Petra.

Molyvos (también llamada Mithimna), en la costa norte de Lesbos, encierra en sí misma numerosas bellezas, pero si se hace, como nosotros, una estancia de cuatro días permite algunas excursiones a interesantes sitios cercanos. El más cercano es Petra (nada que ver con su misteriosa homónima en Jordania), a sólo unos cinco kilómetros hacia el sur. El lugar es un pueblo agradable, con una buena playa, y muy visitado por grupos turísticos, dada la cercanía al gran polo atractivo de Mólyvos.

Una calle en el centro de Petra.

Una calle en el centro de Petra.

Abundan los excursionistas de un día, que acuden a comprar la artesanía que elabora la Agrupación de Mujeres locales, a bañarse y, sobre todo, a visitar la iglesia de la Panagia Glikofillousa (Nuestra Señora del Dulce Beso), sobre su espectacular emplazamiento: una enorme roca (petra, en griego) que se alza en el centro del pueblo y que da precisamente su nombre a la localidad.

Vista desde las alturas de la Panagia Glykofillousa.

Vista desde las alturas de la Panagia Glykofillousa.

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El patio ante la iglesia.

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Vista desde la iglesia hacia el interior de la isla.

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Penélope, en el balcón sobre la roca.

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El interior la iglesia, con el iconostasio.

La iglesia es imponente vista desde abajo, encaramada al peñasco y para visitarla hay que subir 112 escalones labrados en la roca. Su silueta, una muestra más del gusto de los griegos por colocar santuarios en lugares difíciles y elevados, destaca a lo lejos por encima de todas las casas. Desde arriba, y en un balcón de hierro forjado ante la entrada, se tiene una hermosa vista del pueblo y de toda la costa. En el interior, es de una claridad deslumbrante, y cuenta con una hermosa colección de iconos. Recibe numerosos peregrinos.

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Vistas del interior y exterior de la Mansión Vareltzidaina.

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Alrededor del santuario se agrupan las casas del pueblo, con sus tejados rojos, y algunas casas señoriales de antiguos magnates, como la llamada Mansión Vareltzidaina, bonito ejemplo de construcción tradicional, de finales del siglo XVIII, y que combina elementos arquitectónicos clásicos y otomanos. Dentro, tiene una preciosa decoración de frescos en paredes y techos. Actualmente está convertida en museo, y muestra la historia de la familia que la habitó y la vida en aquellos tiempos.

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La preciosa iglesita de Ayiou Nikolaou, perparada para la ceremonia infantil.

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Algunos de los frescos de Ayiou Nikolaou.

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Antes de visitar la Panagia Glykofillousa pasamos por delante de una pequeña y sencilla capilla de piedra, la dedicada a San Nicolás (Ayiou Nikolaou). La iglesita estaba engalanada para una ceremonia religiosa infantil, no sé si un bautizo o algo equivalente a una primera comunión, con figuras y banderolas. En el interior, destacaban en la oscuridad las paredes llenas de frescos bizantinos, algo siempre emocionante en estos pequeños templos.

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Dos vistas del minúsculo puerto Skala Sikaminia.

Dos vistas del minúsculo puerto Skala Sikaminia.

La capilla del puerto.

La capilla del puerto.

Un café griego para empezar la mañana.

Un café griego para empezar la mañana.

Otra posible excursión, un poco más lejos, aunque no se tarda más de media hora en coche es al precioso y minúsculo Skala Sikaminia, que no es más que el puerto (skala) de Sikaminia, la población principla, situada dos kilómetros más al interior y más alta. Skala no es más que una treintena de casas y casi el mismo número de pequeñas embarcaciones en su muelle coronado por una blanca capilla.

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Camino de la playa de Skala, Kayia.

Camino de la playa de Skala, Kayia.

Tiene hacia el este una playa de guijarros grandes bañada por unas aguas bastante frías, y el mejor plan es caminar hacia ella, refrescarse de verdad y volver al pueblecito a comer las excelentes sardinas de la isla, en una taberna junto a las barcas de pesca, rodeados de gatos pedigüeños e insistentes.

El coro de gatos esperando que les caiga algo.

El coro de gatos esperando que les caiga algo.

Las suculentas sardinas de Lesbos.

Las suculentas sardinas de Lesbos.

A la vuelta, tomamos la carretera de la costa, desde la que se divisaba todo el tiempo el continente turco, ahí tan cerca. En un mirador, nos paramos a admirar la vista. Allí llevaba horas apostada una joven con unos grandes prismáticos. Pensamos que pertenecía a alguna asociación de observadores de aves, pero ni mucho menos. Resultó ser española, y pertenecía a una ONG que vigilaba el incesante tráfico de embarcaciones con migrantes. “Son decenas todos los días” nos contó, y que su misión era contar su número y avisar a los buques de auxilio para que acudieran a rescatarlos. No era una turista precisamente, y su trabajo debía de ser arduo. Pocos días después pudimos constatar directamente el drama, cuando pasamos ante el atestado y desgraciadamente conocido campamento de refugiados en Moria.

Sikaminia, en lo alto de la costa.

Sikaminia, en lo alto de la costa.

Skala, vista desde Sikaminia.

Skala, vista desde Sikaminia.

Una embarcación, patrullando la costa griega de Skala.

Una embarcación, patrullando la costa griega de Skala.

En ambas excursiones, fue agradable después volver al Aphrodite Hotel para disfrutar de sus tumbonas e incluso de su playa privada, y terminar las jornadas cenando en su bastante buena taberna junto al mar.

¡Ayvalik, Ayvalik!

Ulyfox | 7 de marzo de 2021 a las 20:38

Penélope, ante una casa griega en Ayvalik.

Penélope, ante una casa griega en Ayvalik.

¡Ayvalik, ay Ayvalik! fue durante décadas el lamento de muchos griegos forzados a abandonar su hogar en esta ciudad de la costa turca. Y desde entonces todavía miles cantan el dolor por el éxodo forzado de este lugar famoso por su aceite de oliva. De aquella localidad predominantemente griega incrustada en el imperio otomano quedan aún cientos de casas de inequívoco sabor y aspecto helénico, algunas iglesias reconvertidas en mezquitas y la nostalgia que nunca se fue, en forma de abundante ruina y abandono. Siempre que pienso en Ayvalik me viene a la mente una canción, del gran cantante cretense Nikos Xilouris: ‘Jilia miria kymata makriá t’Aivali’ (Mil millones de olas lejos de Ayvalik), que cuenta, como tantas, ese desarraigo, lo que en esa hermosa lengua llaman xenitiá, es decir el exilio de todo un pueblo expulsado.

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Escenas callejeras en Ayvalik.

Escenas callejeras en Ayvalik.

Es curioso, y un resultado hermoso de toda esta tragedia, que el intercambio de poblaciones diera a luz a uno de los géneros más profundos de la música griega, el zeimbekiko, un tipo de canción que da lugar a los bailes más sentidos y personales de toda esa tradición del Este mediterráneo. Y multitud de letras y músicas….

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Puesto de frutas en Ayvalik.

El caso es que estábamos en Ayvalik, otra vez y 20 años después. Volvíamos de Cunda en taxi y la ciudad nos recibió con un bullicio enorme, desacostumbrado e inesperado. Preguntamos al taxista. “¡Es día de mercado!” nos dijo abriendo los brazos. Miles de personas llenaban las aceras y todos los rincones, el tráfico era infernal. El coche nos dejó cerca del hotel, y aun así, sufrimos para llegar hasta él andando. Los vehículos inundaban las calzadas, las aceras y hasta los callejones sin tráfico, en una especie de aparcamiento amontonado. Se oía turco, pero también el idioma griego, de gente que sin duda había venido de la isla vecina de Lesbos para hacer compras. Sea como fuere, llegamos al Orchis Hotel.

En el antiguo puerto de Ayvalik.

En el antiguo puerto de Ayvalik.

El alojamiento no estaba mal, pero de Ayvalik siempre tendremos la nostalgia de la pensión Taksiyarhis de aquella lejana y primera estancia nuestra, de descalzarnos los pies al entrar, de sus sucu-lentos desayunos, de sus múltiples terrazas donde leer al amanecer o al atardecer, de sus despertares con el canto del muecín. La pensión sigue existiendo, y pasamos por delante. En la puerta estaba la misma dueña, pero no sé por qué no nos dio por saludarla y recordarle que estuvimos allí hacía tantos años…

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Varias vistas de la iglesia Taksiyarhis.

Varias vistas de la iglesia Taksiyarhis.

A su lado está precisamente la preciosa iglesia Taksiyarhis, que en aquellos lejanos tiempos era una auténtica ruina, y ahora está reluciente. El templo está sobre una plataforma y domina el barrio, mayoritariamente de arquitectura griega y con unas cuestas terribles, con su presencia bizantina. A su alrededor, casas coloreadas y balconadas con colores pastel, las que no están en ruinas. Nos gusta deambular por estas calles que muestran la historia y vida de algunas ciudades.

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La ciudad bullía, pero a nuestro paso parecía que iban cerrando los comercios abiertos por el mercado semanal. Nos sentamos a comer carne a la parrilla en diferentes formas de kebab, y a nuestro lado se sentaron unos españoles. Oimos a algunos más a lo largo del día, lo cual en sí mismo ya fue una diferencia enorme con nuestra primera visita.

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Comida de parrilla.

Comida de parrilla.

Terminamos tan tarde que no tuvimos tiempo más que de echar una siestecita en el hotel y luego salir a dar un corto paseo hacia una agencia de viajes en la que comprar el billete para la vuelta, muy temprano al día siguiente, a Grecia y la isla de Lesbos, sin sospechar siquiera la desagradable sorpresa que nos esperaba para entonces…

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Sí. Nos dijimos: levantémonos temprano para no tener problemas. No pensábamos que los fuéramos a tener, puesto que en el viaje que nos trajo desde Grecia veníamos casi solos en el barco. Pero lo que encontramos al llegar al puerto fue una cola larguísima delante de la terminal, lo que nos empezó a inquietar. Nos pusimos a la cola, pero la inquietud no desaparecía sino que aumentaba al ver como mucha gente se salía de ella y se ponía en otra en la acera de enfrente, ante una agencia de viajes. Me dio por pensar que, evidentemente, había que validar los billetes y obtener las tarjetas de embarque en ésta, y efectivamente era así. Dejé a Penélope en una fila y me fui a la otra, mientras se acercaba irremediablemente la hora de partida del barco. Los nervios ante la posibilidad de perder el transporte aumentaban, pero me tranquilizaron, relativamente, en la agencia al decirme que el barco esperaría.

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El incómodo viaje de vuelta...

El incómodo viaje de vuelta…

Así fue, la cola avanzó lentamente y, más de media hora más tarde de la hora fijada, el ferry, por fin, se puso en marcha. Ahí comprobamos de verdad lo que significa la expresión ‘a reventar’. No había sitio ni para estar de pie. Conseguimos ‘acomodarnos” (¡ja!) en un rincón de la cubierta exterior, junto a una barandilla, con espacio incluso para tender una toalla. Allí que se dispuso Penélope, como una inmigrante cualquiera, y yo diría que incluso llegó a echar alguna cabezada durante el lento y ventoso trayecto de vuelta a Grecia.

...y el comodísimo viaje de ida.

…y el comodísimo viaje de ida.

Fue incómodo pero no duradero. Casi más tiempo tardamos luego, a la llegada al puerto de Mitilene, capital de Lesbos. Allí tuvimos que soportar otra cola, y otra aglomeración durante la espera en el control de pasaportes. Una frontera complicada la existente entre Turquía y Grecia, y más si como ese día, te coincide con una vuelta de fin de semana… Después de otra hora, por fin pudimos salir de la estación marítima y encontrarnos con el empleado de la agencia de alquiler de coches en la que habíamos reservado un vehículo para recorrer la isla griega. Nuestro destino inmediato era Molyvos, del que ya hemos hablado… para continuar nuestro extraordinario viaje por Grecia

 

 

El salto a Turquía: la isla de Cunda

Ulyfox | 2 de marzo de 2021 a las 21:22

Una calle de la única población de la isla de Cunda.

Una calle de la única población de la isla de Cunda.

 

Turquía está tan cerca de muchas islas griegas que, estando en Lesbos en 2019, decidimos dar el salto desde Mitilene, su capital. Teníamos tiempo, era el viaje de mi jubilación y Penélope se había tomado seis meses sin sueldo. Ese megaviaje era para dedicarlo entero a Grecia, y desde el principio teníamos pensado que si los pasos nos llevaban al Dodecaneso o a las islas del Egeo norte, nos acercaríamos a la costa turca. Y allí estábamos, a sólo una hora en barco… y ¿quién se resiste?

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Vistas del hotel Yunda Antik.

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Así que esa mañana de agosto dejamos el equipaje pesado en el hotel de Mitilene y con una mochila y una bolsa estábamos temprano en el puerto, dispuestos a embarcar en el ferry para Ayvalik, la tan cantada en canciones nostálgicas griegas. De allí como de tantas ciudades de la costa jónica y de Estambul fueron expulsadas hace 100 años miles de familias helenas, después de la sangrienta guerra greco-turca, que duró de 1919 a 1922. El conflicto, cuya resolución con la derrota se conoce en Grecia como la Gran Catástrofe, vivió matanzas por las dos partes y dejó huellas de rencor que todavía perduran, y arrasó con la presencia de los griegos en la costa este de Turquía, una presencia que se remontaba a 2.500 años y que aún es visible hoy en incontables yacimientos, de los que Efeso y Pérgamo son los más destacados, y en la arquitectura neoclásica de muchas ciudades de la zona.

Edificio de Cunda.

Edificio de Cunda.

Ayvalik es una de ellas. Su nombre proviene del turco ayva, que significa membrillo, y parece que la abundancia de esta fruta le dio la denominación. Habíamos estado allí una vez anterior, 19 años antes, y también habíamos arribado desde Mitilene. Pensábamos ahora hacer lo mismo que entonces, tomar un barco para ir a la isla de Cunda (pronúnciese Yunda), también llamada Alibey. Pero todo cambia en casi 20 años, y lo primero fue el puerto: ahora era flamante y estaba muy lejos del centro de la ciudad. Otra cosa: de allí no salían barcos para Cunda. Bueno, afortunadamente entre los cambios también figura el nuevo puente que une la isla, en realidad a sólo unos cientos de metros, con la costa de Asia Menor. Negociamos con un taxi el precio, y hacia ella nos dirigimos.

Otros ángulos del hotel Yunda Antik.

Otros ángulos del hotel Yunda Antik.

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Habíamos reservado dos noches en un hotel de nombre muy largo: YundAntik Cunda Konaklari, pero ni aun así el taxista lograba encontrarlo. Tuvimos que parar en una urbanización a preguntar a los vecinos, que salían con cara de no saber nada… y extrañados de ver por allí a una pareja de españoles preguntando… Bueno, al final dimos con él después de que el taxista llamara por teléfono al número que teníamos apuntado.

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Un alto refrescante.

Y resultó un hotel precioso, todo en piedra como la arquitectura tradicional de la isla, con un patio luminoso para los desayunos y unas habitaciones modernas con todos los adelantos. A la turca, nos recibieron con refrescos y pastelillos y poco después tomamos posesión de nuestro cuarto, para echarnos a la calle en seguida, unas calles empedradas con grandes cantos y flanqueadas por edificios de arquitectura inequívocamente griega.

Hoteles en las antiguas casas griegas.

Hoteles en las antiguas casas griegas.

Calle empedrada de Cunda.

Calle empedrada de Cunda.

El hotel estaba en el centro antiguo. En la parte más cercana al puerto el ambiente era cosmopolita y turístico. Toda esa zona está llena de restaurantes, confiterías (la gran pasión turca) y heladerías. Algunas familias turcas paseaban junto al mar o disfrutaban de las terrazas, y la presencia del alcohol en las mesas era ciertamente insignificante.

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De todas formas, la mayoría de las terrazas estaban vacías, y muchos restaurantes cerrados, intuimos que a la espera de la caída de la tarde y del calor. El pueblo, una cuadrícula de casas antiguas y palaciegas, asciende desde el mar hasta una colina que rematan un molino de viento y una iglesia ortodoxa, Ayios Yiannis, o sea San Juan.

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Detalles griegos en una isla turca.

Detalles griegos en una isla turca.

Las fachadas alternan los estilos griego y turco, y presentan un estado de conservación irregular, pero todos hablan de un tiempo pasado más esplendoroso, con puertas con arcos y preciosos balcones en voladizo, todo en colores pastel. La vez anterior que estuvimos, hace tanto tiempo, el estado del pueblo era más ruinoso, y su aspecto era muchísimo más abandonado y solitario. Sólo el puerto estaba animado, aunque ni mucho menos como ahora. Ahora muchas casas se han convertido en alojamientos tradicionales, y muchos bajos en diferentes tipos de tiendas.

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La Tarihe Kilesi, restaurada.

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Interior de la iglesia, restaurada y convertida en museo.

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Cunda era hasta 1923 una isla poblada mayoritariamente por griegos, que la llamaban Moshonisi o Ekatonisa, pero el resultado de la guerra fue la expulsión de todos, que se fueron a Lesbos, y su repoblación por turcos expulsados a su vez de esa cercana isla. Las iglesias fueron convertidas en mezquitas. La más grande, la llamada Tarihi Kilise, ha sido recientemente restaurada y bajo sus bonitas bóvedas se ha instalado un museo histórico y de costumbres.

PLasando ante una confitería en Cunda.

PLasando ante una confitería en Cunda.

Tomamos una cerveza con una ensalada y queso en una sombreada terracita y nos fuimos a repararnos del madrugón con una pequeña siesta en el hotel, después de la cual tomamos de nuevo las calles empedradas, ahora dando muchos rodeos y subiendo hasta la iglesia en la colina, admirando a cada paso las mansiones mejor o peor conservadas. Había mucha más gente, que se convirtió en multitud en los alrededores de los muelles. Las luces y la música daban un aire alegre y acogedor a Cunda. Las terrazas bullían y los olores flotaban entre nosotros.

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Ambiente nocturno en Cunda.

Ambiente nocturno en Cunda.

Nosotros escogimos el restaurante Ayna de aire moderno y de gran calidad. Comimos bien, y dimos por concluido nuestro primer día en Cunda.

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El siguiente queríamos ir a una playa, pero Cunda no tiene ninguna que se pueda llamar así si atendemos a los cánones habituales. Encontramos algo parecido al norte de la isla, a donde nos llevó un taxi. Un lugar muy particular, con una arena que no lo parecía y un agua en la que nunca te hundías y en la que era imposible refrescarse. Pero tenía un servicio muy particular: una especie de chozas en la orilla te permitían sentirse como un sultán bajo la sombra de unas palmas, o bien tomar una cerveza en unas sillas sumergidas a medias en el agua.

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En la 'playa'.

En la ‘playa’.

Allí pasamos el día, reclinados y pidiendo periódicamente bebida y aperitivos a unos dispuestos camareros, todo por un precio más que asequible. Es difícil que un turco imagine la vida sin un sofá, así que seguimos la regla y nos entretuvimos la jornada del agua a la choza y de la choza al agua. Ensaladas y gozleme (una especie de crepes finos y rellenos) nos sirvieron de compañía. El mismo taxista vino a buscarnos a la hora concertada.

Nuestra comida, gozleme y ensalada sobre el mar.

Nuestra comida, gozleme y ensalada sobre el mar.

La noche vivió otra explosión de gente que había venido de la cercana Ayvalik a cenar a la isla. Esta vez, nos sentamos en uno de los grandes establecimientos de los muelles, grandes superficies con cubierta y mesas grandes donde degustar fundamentalmente pescado y los numderosos metzes (aparitivos) que componen la rica gastronomía turca. Tras eso, nosotros nos despedimos con la idea de pasar el día siguiente en esa Ayvalik, de la que guardábamos estupendos recuerdos…

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