Mil sitios tan bonitos como Cádiz

El pueblo más bonito de Austria

Ulyfox | 20 de diciembre de 2019 a las 20:34

Vista general de Hallstat.

Vista general de Hallstat.

Eso dicen las guías, y casi todas las listas que pululan por internet, esas del tipo ‘los diez lugares que no puedes perderte en…’ o ‘los no sé cuantos sitios más bonitos de…”. Por no hablar de ‘las tantas joyas escondidas de…’ Pues bien, en todas esas clasificaciones que se refieren a Austria aparece en los primeros lugares siempre Hallstat. Muchas veces en primera posición. Y, como suele ocurrir, con todos los méritos.

El otro perfil de Hallstat.

El otro perfil de Hallstat.

La belleza de Hallstat es casi tópica e inevitable: piedras y colores en la fachada, flores en los balcones de madera, pizarra en los tejados y un esbelto y muy agudo campanario, todo ello a la orilla de un lago verde y calmado entre montañas alpinas, nevadas en invierno, brillantes de árboles cuando les da el sol del verano.

Una de las calles del pueblo más bonito de Austria.

Una de las calles del pueblo más bonito de Austria.

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Casas sobre la ladera, yla plaza central de Hallstat.

Arriba, la plaza central de Hallstat. Abajo, una cascada en el centro del pueblo.

Así que es un placer para la vista aproximarse por la carretera y divisar semejante panorama, que aparece poco a poco y según qué curvas del camino. Una maravilla para los ojos de unos andaluces acostumbrados a la llanura, a montañas mucho más bajas y a mares infinitos en el Atlántico.

El pueblo tiene más plazas de aparcamiento que viviendas. No es extraño: estar siempre en la cima de las clasificaciones de la belleza atrae a miles de visitantes. Cuando llegamos nosotros, a mediados de junio, lo hicieron a la vez cientos de chinos. más, por supuesto, otros cientos de muchas nacionalidades. Todos nos parábamos en los mismos rincones increíbles y disparábamos las mismas fotos. Me daba igual, las nuestras son mejores.

Cascada en el centro.

Cascada en el centro.

Las casas pintadas en tonos pastel, los rótulos de forja, la montaña, las cascadas que atraviesan el pueblo, la atractiva superficie del lago, los perfiles, los contornos, las siluetas, los fondos y los primeros planos: todo era fotografiable con éxito seguro. Los chinos eran ruidosos, sí, pero tras sus gritos estaba la placidez del lugar. Había que saber sentirla, pero nosotros ya nos hemos hecho unos expertos en eso.

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Un rato inolvidable comiendo junto al lago.

Un rato inolvidable comiendo junto al lago.

Así que con esa placidez nos sentamos a saborear la exquisita cerveza, y nos pusimos a pasear y a fotografiar. Y así nos sentamos luego a la mesa junto al lago de un restaurante maravilloso, de cuento centroeuropeo, de película de La 1 los sábados por la tarde. Y como si fuéramos personajes de esas historias sin drama disfrutamos durante un largo almuerzo, más que de la comida (que no estaba mal), de la situación, de lo que estaba ocurriendo.
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Ahí, en esa orilla, todo era más tranquilo, más gozoso, porque el bocado y las miradas tenían la misma importancia. El día no estaba especialmente luminoso, pero la neblina leve daba un aire indefectiblemente romántico al escenario circular de casas, lago, montañas y árboles.
Hallstaat nos sedujo, no nos importaron las multitudes de disparador compulsivo sino el poder de un paisaje hecho para acogerte.
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Kanoni, la fotografía

Ulyfox | 17 de diciembre de 2019 a las 17:55

La isla y monasterio de Vlaherna, y el islote de Pontikonisi, vistas desde Kanoni.

La isla y monasterio de Vlaherna, y el islote de Pontikonisi, vistas desde Kanoni.

Hay pocos lugares tan preciosos para despedirse de una estancia en Corfú. Se llama Kanoni y es uno de los lugares más fotografiados de esta fotogénica isla. Y es el sitio ideal para despedir el día. En una pequeña bahía, muy cerca de la capital, hay una isla minúscula unida a tierra firme por un pasadizo artificial y estrecho. El islote, que casi no merece ese nombre, no tiene sitio para nada más que un monasterio, una de esas construcciones emotivas que sólo los griegos saben hacer, en el que aúnan la belleza y la sencillez, sin que una pueda existir sin la otra, como un resumen de lo griego.

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El pequeño convento de Vlaherna, un prodigio de sencillez y blancura.

El pequeño convento de Vlaherna, un prodigio de sencillez y blancura.

El pequeño trozo de tierra se llama Vlaherna, como el convento que alberga, y desde las alturas de la península de Kanoni compone una imagen única, con su campanario blanco y sus tejas rojas. Un poco más atrás se encuentra otra islita, Pontikonisi (la isla del ratón), con otro pequeño monasterio, y al fondo, tras el azul inmenso de sus aguas, la costa escarpada.

Un café frappé en el café Kanoni.

Un café frappé en el café Kanoni.

Los turistas acuden allí para dos cosas fundamentalmente: tomar algo en la terraza del café Kanoni a la vez que disfrutan de la relajante vista, y para apostarse sobre una pasarela que cruza la bahía y fotografiar los aviones que aterrizan en el aeropuerto de la isla, casi rozando sus cabezas.

El avión sobrevuela muy bajo la bahía de Kanoni.

El avión sobrevuela muy bajo la bahía de Kanoni.

El lugar, pese a todo, consigue dar sensación de placidez.

Penélope, ante el monasterio.

Penélope, ante el monasterio.

Paleokastritsa, atacada

Ulyfox | 8 de diciembre de 2019 a las 21:37

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Calas de Paleokastritsa a primeras horas del día.

Calas de Paleokastritsa a primeras horas del día.

A pesar de todo lo que vais a leer, Paleokastritsa es un lugar hermosísimo, uno de los más bellos de Corfú. Una sucesión de pequeñas calas bordeadas de cipreses con un agua limpísima, casi aérea. A pesar de todo, si uno viene muy temprano, es posible contemplarlo en toda su única belleza, sólo con el verde oscuro de sus cuevas y la calma de su superficie, mientras el personal de los servicios de playa acomoda hamacas y sombrillas.

Vista general de la playa, ya llena de gente.

Vista general de la playa, ya llena de gente.

Pero luego… luego llega una invasión humana insoportable. El aparcamiento se llena y los autocares entran y salen como en caravana después de desembarcar cientos de grupos de todas las nacionalidades y condición, cada uno compuesto por decenas de familias o parejas coloridos y normalmente ruidosos, que en seguida hacen cola para subir a bordo de pequeñas embarcaciones que los llevan a recorrer los alrededores, entrar en cuevas y asustar a los peces (y a algunos viajeros, pocos, más tranquilos) con sus chapoteos y gritos.

Turistas en barca visitando las cuevas.

Turistas en barca visitando las cuevas.

Las idílicas playas se convierten en un gallinero alborotado, el sonido de los motores destroza la obligada serenidad que debería tener el sitio, y los humanos en tribu desordenan tumbonas, cojines y sillas. Incomprensiblemente para mí, miles de personas parecen encontrarse a gusto así.

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El azul del agua de Paleokastritsa es como un imán irresistible.

El azul del agua de Paleokastritsa es como un imán irresistible.

A veces, volver a los sitios que uno recordaba paradisíacos provoca horror y mucha tristeza… En 25 años, el ser humano ha tenido tiempo de destrozar muchos de ellos. Claro que existe la opción de volver en invierno, pero entonces el sol no brilla, y la deseada brisa se convierte en molesto temporal. Y no hay cuerpo que desee sumergirse en sus aguas.

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La subida al monasterio es una sucesión de panoramas.

La subida al monasterio es una sucesión de panoramas.

Nosotros aún tuvimos el ánimo de emprender el empinado camino hacia el monasterio que corona uno de los promontorios, y eso nos trajo un poco de calma. Mucha menos gente se animó ese día, y pudimos contemplar las vistas del camino de ascenso (hay pocos azules como el de sus aguas divisadas desde arriba), y solazarnos con la relativa tranquilidad del modesto y bonito complejo monacal, con las flores de su patio y con la ausencia de multitudes.

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Abajo seguía la marabunta, su fuerte rumor llegaba hasta arriba. Tuvimos que volver, algo había que comer. Y fue un tentempié en un bar de playa con pinta de provisional, en el que aún nos dio tiempo a contemplar y escuchar la insólita escena en la que una exigente familia italiana pretendía que el asombrado camarero les dijera ¡con qué ingredientes cocinaban allí la salsa boloñesa de los espaguetis que se ofrecían en la carta…!

Arriba en el monasterio la tranquilidad daba el contraste sereno.

Arriba en el monasterio la tranquilidad daba el contraste sereno.

La vuelta a Corfú capital con la promesa de ropa limpia, calles venecianas y una cena en un restaurante agradable fue como un bálsamo…

Hacia Italia

Ulyfox | 20 de noviembre de 2019 a las 13:25

Mosaicos en Rávena.

Mosaicos en Rávena.

No hay que desperdiciar un momento. Nos vamos a Italia. Al norte esta vez. Qué sonoros y evocadores son los nombres de las regiones italianas. Visitaremos parte del Véneto y de la Emilia Romagna. Nos esperan Treviso, que dicen que es una gran desconocida, ya sabéis, esas ciudades con aeropuerto para vuelos baratos que la gente no visita habitualmente. Hermana menor de Venecia, nos espera como una promesa.

Algunos pueblos pequeños de la zona, y paseos por ciudades que son como libros de arte: Vicenza, Padua, Rávena (¡esos mosaicos bizantinos tan largamente vistos desde mi juventud en los libros!) y una escala final en Bolonia para la vuelta.

Nos espera también, suponemos, la sabrosa cocina italiana, sus vinos, la gran belleza de calles, palacios y ambiente.

En fin, os contaremos a la vuelta. Ciao!

Porto Timoni, esfuerzo y recompensa

Ulyfox | 20 de noviembre de 2019 a las 13:09

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Sostiene Penélope que la tendencia última en el turismo como fenómeno es que cuanto más difícil de acceder es un sitio, cuanto más recóndito o escarpado, más gente acude a visitarlo. Es la tendencia a presumir de “yo he estado”. Las redes sociales abundan en comentarios sobre estos lugares, normalmente preciosos, y extrañamente muchos insisten que se podrá estar sin gente. Mentira: ya no hay lugares secretos.

Vista general de las playas de Porto Timoni.

Vista general de las playas de Porto Timoni.

Pasa con Porto Timoni, una pareja de playas azules enfrentadas que se dan la espalda en su semicírculo, en el noroeste de Corfú. Hermosas de verdad, vistas desde las alturas, dos medias lunas esmeraldas de aguas tranquilas… pero con un acceso infernal por tierra. Hay que trepar, subir, bajar y mirar con cuidado donde se pisa por una estrecha senda sin sombra. No es que sea para montañeros expertos, pero tampoco para que se haga sin un calzado adecuado o con una cierta edad. Pues allí vimos a gente en chanclas, grupos de todas las edades y hasta algún padre temerario con su bebé a hombros. Con lo tranquilas y fáciles que son tantas playas griegas… e igual de hermosas.

Algunos valientes disfrutan de la playa.

Algunos valientes disfrutan de la playa.

Aun sintiendo que muchas veces no hay más remedio siempre me da reparo abominar del turismo masivo, sobre todo porque siento que es raro criticar que la gente vaya a un sitio donde yo también estoy. Pero no puedo evitarlo. El caso es que ahí estábamos también nosotros en el camino de cabras, siguiendo y siendo seguidos a y por otros. Antes habíamos dejado el coche en un pueblecito llamado Afionas, y tomado un desayuno con impresionantes vistas para coger fuerzas. Desde ahí, ya todo fue andar, no mucho, una media hora sobre el acantilado, a cien metros sobre el mar, en un suave descenso en busca de la playa.

Vistas en el camino a Porto Timoni.

Vistas en el camino a Porto Timoni.

Y en una de las curvas apareció, allí abajo, la estampa ciertamente impresionante de Porto Timoni, mucho más bella de lo que las fotos decían. Se veían algunas personas en la orilla y un par de barcos, más que flotando, sobrevolando el cristal del agua. Buscamos un hueco casi peligroso para hacer (nos) la foto, pensamos en la posibilidad de seguir descendiendo y zambullirnos en esa maravilla… pero la fila de gente que bajaba y la prespectiva de ser parte de la misma comitiva a la hora de la dura subida nos hicieron sacar lo que de razonable conservamos: decidimos darnos la vuelta y disfrutar con un solo sentido, el de la vista, en lugar de meter los cinco en las profundidades de Porto Timoni. También se puede llegar por barco, pero no tenemos tal privilegio…

Una cerveza en las alturas de Afionas, recompensa al esfuerzo.

Una cerveza en las alturas de Afionas, recompensa al esfuerzo.

La cerveza en la terraza de la taberna que nos esperaba a  la vuelta en lo alto nos confortó del esfuerzo y del calor de julio. Luego bajamos en coche a la mucho más fácil pero falta de encanto playa de Afionas, donde nos refrescamos un rato antes de volver a otra de nuestras mágicas tardes en Corfú capital. Porque por fin ¡las maletas habían aparecido! Y teníamos todo el equipaje a nuestra disposición. Ponerse guapos para la passegiata (así, en italiano, llaman los corfiotas al paseo vespertino, costumbre tan civilizadamente social mediterránea) es otro de los placeres de la vacación veraniega.

Kalami y el espíritu de los Durrell

Ulyfox | 13 de noviembre de 2019 a las 14:05

 

En el restaurante instalado en la Casa Blanca de la familia Durrell, ante fotos de Gerald.

En el restaurante instalado en la Casa Blanca de la familia Durrell, ante fotos de Gerald.

Todos tenemos un libro favorito. Los más afortunados tienen muchos, y los señalados por el dedo de los dioses tienen muchísimos. Para mí, una de esas obras únicas, maestras, es un libro que muchos podrían considerar menor. No soy crítico, así que ¿cómo calificar Mi familia y otros animales, ese delicioso relato de Gerald Durrell que tuvo continuación en Bichos y demás parientes y El jardín de los dioses, hasta llegar a componer la conocida como ‘Trilogía de Corfú’? Yo tuve precisamente la inmensa suerte, o la habilidad, de leer buena parte de ella, hace 25 años, en nuestra primera visita a esa isla jónica.

Vista panorámica de la pequeña bahía de Kalami.

Vista panorámica de la pequeña bahía de Kalami.

También, como hemos hecho en este pasado julio, en aquella primera ocasión visitamos Kalami, un pueblecito verde al borde del mar, casi una hora en coche al norte de la capital de la isla. En ese lugar, también marcado por las divinidades del Olimpo en su agenda, tuvo la familia Durrell una de las tres casas que habitaron durante su estancia allí. Las andanzas y correrías de este peculiar grupo formado por la madre y los hermanos de Gerald en Corfú son retratadas con una gracia irresistible por éste.

Gerald era entonces un niño, más que interesado, embelesado por la naturaleza que le rodeaba. La isla griega ofrecía un escenario singular a este interés por los búhos, los gatos, los pelícanos, las salamanquesas, las serpientes y todo lo que anduviera, se arrastrara o volara. Andando el tiempo, se cumplió el destino y se convirtió en un enorme naturalista. Su familia representaba una fauna no menos peculiar y desde luego no menos extraña en Corfú. La combinación de estos dos retratos hacen del libro una obra sin parangón, menos celebradas tal vez que las escritas por Lawrence Durrell, el hermano mayor, que también tiene un estupendo libro dedicado a Corfú: La celda de Próspero, además de otros dos maravillosos dedicados a las islas griegas: Una Venus marina (dedicado a Rodas) y Limones amargos, con Chipre como escenario.

Calitas y barcas en Kalami.

Aguas azules, calitas y barcas en Kalami.

Así que, aunque nuestras maletas seguían perdidas, y equipados sólo con el coche de alquiler y con bañadores y toallas comprados de urgencia, no tuvimos más remedio que visitar de nuevo Kalami. Y prácticamente no había cambiado. Aunque con algunos alojamientos más, allí seguía ese conjunto pequeño de casas de colores en medio de un casi jardín de pinos, allí seguía el promontorio de olivos y cipreses que cerraba la pequeña bahía, allí seguían el mar sereno, las barcas blancas y, naturalmente, la Casa Blanca de los Durrell.

La recordábamos más descuidada. Ya hace 25 años había instalada una taberna en sus dependencias, pero con una modesta terraza sobre el mar. Ahora es un restaurante y alojamiento en toda regla, preciosamente decorado, a cargo de un chef galardonado y con dificultades para encontrar mesa. The White House sale en todas las revistas de viajes y en las de los aviones. Y no es sólo un restaurante, sino una agencia que ofrece además servicios turísticos. Todo bajo el reclamo de la impar historia de los Durrell.

Casi un paraíso particular, increíblemente tranquilo.

Casi un paraíso particular, increíblemente tranquilo.

Encontramos una mesa de pura suerte. Comimos muy bien, la verdad, el servicio era un poco estirado, aunque las numerosas fotos de la familia, de Gerald joven y mayor, y el entorno azulado y verde permitían a la informalidad abrirse paso.

Baños transparentes...

Baños transparentes…

Con los bañadores ‘prestados’ nos dejamos acariciar por las aguas y la sombra de los cipreses. La bahía estaba tranquila, nada de aglomeraciones. Su modestia parece que la pone a salvo de la invasión turística que llena otros lugares de Corfú. Exploramos algunas calas y recovecos preciosos, con playitas casi unipersonales y pequeños embarcaderos. Casi un paraíso ahora, imagino que un paraíso absoluto en aquellos tiempos en que la loca familia de los Durrell crecía, vivía y discutía aquí.

En Kalami, los primeros de cientos de baños...

En Kalami, los primeros de cientos de baños…

El cuerpo y el alma reconfortados, volvimos a la capital, atravesando de vez en cuando ese tipo de aglomeraciones turísticas que van en contra de aquel espíritu de los Durrell y que pueden terminar ahogando esta bellísima isla, llevándola por un camino muy distinto del que vivieron ellos. Como muestra: esa misma noche, cenando al borde del Egeo, en una taberna, ante la aparición de un precioso escarabajo verde dorado, un par de turistas italianas dieron un grito terrible y una de ellas plantó todo el peso de su cuerpo sobre el del insecto. “¡Lo maté!”, dijo satisfecha y aliviada. De inmediato me acordé de Gerald, que habría sido capaz de oficiar un funeral por el infortunado bichito.

Corfú tan bello, tanta gente

Ulyfox | 8 de noviembre de 2019 a las 18:49

Corfú, asomada al mar Jónico.

Corfú, asomada al mar Jónico.

Teóricamente, no deberíamos estar con el mejor ánimo para visitar una ciudad tan bella como Corfú. Sin maletas aún tras habérnosla extraviado Vueling, podría pensarse que no tendríamos ganas. Pero no hay quien pueda con el ansia de un viajero de verdad al comienzo de un viaje. Con resignación no exenta de buen humor, y una vez hechas las presentaciones ante el propietario de los apartamentos Solomou, en pleno centro, nos echamos a la calle sabiendo que nos quedaban cuatro días para disfrutar de este lugar. Disgustados, pero contentos. A fin de cuentas, estábamos en una de las islas más bonitas del Mediterráneo. Ánimo.

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El casco antiguo de Corfú, casi Venecia.

El casco antiguo de Corfú, casi Venecia.

Kerkyra es el nombre griego tanto de la capital como de la isla, en una muestra más de esa dualidad nominativa que tienen muchos sitios en Grecia. Le ocurre también a Zakintos (o Zante), Lesbos (Mitilene), Santorini (Fira), Kastelorizo (Megisti), entre otras. Cosas de las diferentes dominaciones que esta tierra ha sufrido, y de su transcripción al alfabeto griego en otros casos. Pues eso, que salimos al aire de Corfú o Kerkyra, muy caliente en esa mañana de julio.

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A pesar de la multitud, hay rincones más solitarios...

A pesar de la multitud, hay rincones más solitarios…

Y era como si paseáramos por una ciudad italiana, por los colores de las fachadas, la arquitectura, la luz y hasta por algunos rótulos de calles y comercios. Se notaba que durante cientos de años, esta isla, al igual que otras muchas de Grecia, formó parte de los dominios venecianos. Puertas, arcos y columnas recuerdan el pasado ligado a la Serenísima República.

El inusual campo de cricket de Corfú.

El inusual campo de cricket de Corfú.

El palacio de San Miguel y San Jorge.

El palacio de San Miguel y San Jorge.

Pero de pronto llega uno a la Spianada y descubre asombrado ¡un campo de cricket! Porque la isla también tiene un pasado inglés, durante unos 60 años en el siglo XIX. La afición a este deporte tan británico sigue presente y los domingos se pueden ver los partidos de los clubs locales. De fondo, el Palacio de San Miguel y San Jorge, con su columnata dórica, construido también por los ingleses.

El Liston, un trozo de París en Corfú.

El Liston, un trozo de París en Corfú.

Pero si se mira más allá del campo de cricket a uno le parece estar en París. ¡Sí, esos arcos y soportales son calcados a la Rue Rivoli! Es el edificio conocido como el Liston, elegantísimo con su gran paseo delante: efectivamente, los franceses también administraron la isla durante dos cortos periodos. Todo esto hace de este espacio urbano uno de los atractivos mayores de la ciudad.

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Una ciudad única.

Una ciudad única.

Tanta mezcla da a Corfú, además de una gran belleza, un aire único, aromatizado por su vida y su gastronomía inequívocamente griega. Y las calles estaban atestadas . Habíamos estado una primera vez en Corfú, hace 25 años, y nos pareció hermosa. La hermosura no había desaparecido, sino que simplemente estaba oculta detrás de aquella multitud de grupos de turistas, tapada por cientos de expositores de recuerdos y camisetas del mismo tipo y diseño que se pueden encontrar en cualquier lugar de Grecia. Resultaba trabajoso circular por las vías más céntricas y afamadas. Una imagen no precisamente calmante.

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Italia y Grecia en una sola ciudad.

Italia y Grecia en una sola ciudad.

Afortunadamente, Corfú es mucho más, y con el paso de las horas la marea humana y comercial fue bajando. ¡Y fue una bajamar espléndida! Porque tomamos la decisión más sabia: ir a descansar al apartamento, a recuperarnos de una noche de tránsito en vela en el aeropuerto de Fiumicino y de paso a esperar que el calor amainara también. Y ya todo fue mejor. Corfú no estaba solitaria, pero la cantidad de gente era la justa. Había muchos corfiotas en las calles, paseando por el gran teatro social que forman la Spianada y los arcos del Liston. Si callejeabas un poco era posible encontrar retazos de la Kérkyra más auténtica, entrever portales, balcones, galerías y terrazas no repletas, esquinas floreadas, iglesias encantadoras, calzadas de piedra, escalinatas que llevaban a fachadas menos decoradas, un laberinto de disfrute para la vista.

La Fortaleza Vieja se adentra en el mar.

La Fortaleza Vieja se adentra en el mar.

 

El foso de la Fortaleza Vieja.

El foso de la Fortaleza Vieja.

¡Y el mar, en la primera de tantas tardes mediterráneas! El mar azul y violeta que lamía los pies de las casas, que acariciaba las zapatas de la Fortaleza Vieja y que separa este trozo de las Jónicas de la costa de Albania, allí enfrente.

Tarde mediterránea...

Tarde mediterránea…

Una llamada al aeropuerto nos confirmó que las maletas tampoco aparecerían por la tarde, así que simplemente compramos algunos artículos de urgencia (entre los que no podían faltar un par de bañadores), cenamos temprano en una taberna y dimos un paseo vespertino para comprobar que el verano corfiota es largo y sabroso. Y risueño como los niños que esperaban largas colas en las abundantes heladerías.

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¿Dónde están las maletas?

Ulyfox | 2 de noviembre de 2019 a las 19:19

Llegada a Corfú, sin maletas. Esperando a desayunar en el Liston...

Llegada a Corfú, sin maletas. Esperando a desayunar en el Liston…

Si la mayor aventura o contratiempo que te ha sucedido en un viaje de dos meses y medio es que te perdieron las maletas al principio, es normal deducir que ha sido un viaje feliz. Si la palabra no se quedara corta esa sería la conclusión. A vuestro parecer lo dejo.

Empezamos duro. Salimos desde Sevilla en avión hasta Corfú. Pero debíamos hacer una larga escala nocturna en el aeropuerto de Fiumicino. No había tiempo para buscar un hotel, así que pasamos la noche en las incómodas salas de espera, con cientos de sillones a nuestra disposición pero todos separados por rígidos brazos metálicos. Ni soñar con tirarte en ellos a dormir. Pasamos las horas como pudimos en una casi completa soledad y un frío artificial terrible, hasta que con el despuntar del día, el aeropuerto empezó a ser invadido, poco a poco, por grupos de jovencísimos viajeros. Adolescentes italianos por centenares, horror, esperando a viajar al mismo destino que nosotros, la antaño calmada Corfú, y a otros destinos insulares griegos.

Al menos eso nos despejó, y al poco tiempo volábamos en apenas una hora hasta nuestra primera etapa, tan prometedora. Ocurrió lo que nunca nos había pasado en 35 años de viajes aéreos: nos perdieron las voluminosas maletas. No llegaron con nosotros, Vueling no supo. Normalmente aparecen en uno o dos días, nos decía todo el mundo. Era ese “normalmente” el que nos inquietó. Pero no nos descabalgó de nuestra creencia, esa que dice que si tienes un problema en Grecia no tienes más que sentarte a esperar que se solucione.

No nos sentamos, sino que nos fuimos al apartamento que habíamos reservado para cuatro días, en el centro de la histórica ciudad. El taxista nos decía “no se preocupen, aparecerán”, frase que repitió el propietario del alojamiento, y la encargada del alquiler del coche, y algún camarero, y por supuesto, la muchacha del mostrador en el aeropuerto.

Las calles de Corfú nos recibieron con flores, no obstante.

Las calles de Corfú nos recibieron con flores, no obstante.

Las maletas, recuperadas.

Las maletas, recuperadas.

Bueno, no pasó nada importante. Nos echamos a la calle en Corfú, entre el calor y el gentío de julio, estuvimos dos días con la misma ropa, lavamos la interior, nos compramos una toalla y dos bañadores… y como en el evangelio, al tercer día aparecieron las maletas. Nada grave ocurrió mientras tanto, más bien lo contrario. Eso en el próximo capítulo…

Hemos vuelto

Ulyfox | 30 de octubre de 2019 a las 14:58

Un pequeño muelle en Kalami, Corfú.

Un pequeño muelle en Kalami, Corfú.

 

Volvimos, sí. A principios de octubre. Volvimos de un extraordinario viaje, de un periplo griego inolvidable. Celebramos mi jubilación con más de dos meses y medio de recorrido por el país de nuestros amores. Largo e intenso. Fuimos, desde Corfú hasta Mikonos, dando incontables rodeos, siempre en persecución del buen tiempo. El móvil, esa gran herramienta tantas veces denostada incluso por nosotros, fue nuestro gran aliado a la hora de buscar el sol y huir del viento. La temperatura estaba asegurada en los meses de julio y agosto, no tanto en septiembre. Pero lo conseguimos casi al cien por cien.

Con esta vuelta, espero retomar con fuerzas este abandonado blog, que se mantiene simplemente porque algunos sois fieles y porque otros caen en él por casualidad. Admito que no correspondo a ese cariño ni a esa suerte. Pero prometo un mejor ritmo a partir de ahora.

Desde la vuelta, nos ha ocupado la actualización de nuestra guía de Creta. Anaya no nos presiona mucho con los plazos, pero preferimos acabar cuanto antes y así dedicarnos a otras cosas. Como escribir unas entraditas como ésta de vez en cuando. Aparte de nuestro último y largo viaje, tengo pendientes tantas cosas…

Como adelanto, sólo puedo deciros que aparecerán aquí la espléndida belleza italiano-greca de Corfú, que resiste el asedio turístico; la placidez de Paxos, el bullicio verde y azul de Parga, la variedad y autenticidad del Peloponeso, las murallas de Acro Corinto, la cara y la cruz de las verdes Espóradas, las difíciles carreteras del Monte Pilion, donde vivió un pintor emocionante; los amores fronterizos y los contrastes de Lesbos, el descubrimiento de un paraíso en Kythira, los reeencuentros vitales en Creta y Mikonos…

Preparaos…

Trizonia, allá en el golfo de Corinto

Ulyfox | 16 de julio de 2019 a las 21:30

 

El puertecito de Trizonia, y ahí cerca, al fondo, la tierra firme del continente.

El puertecito de Trizonia, y ahí cerca, al fondo, la tierra firme del continente.

Este episodio ha ocurrido hace poco, en una vida anterior a esta de jubileta que he empezado a disfrutar, y fue como un prólogo a un proyecto vital que estoy ya escribiendo. Os lo comencé a contar ya, si recordáis, cuando os hablé de Nafpaktos.

Era relativamente temprano y acabábamos de dejar la antigua Lepanto, la de glorioso nombre, y ya circulábamos por una carretera tranquila y sinuosa que bordeaba la ribera norte del Golfo de Corinto. Al otro lado brillaba la nieve todavía abundante sobre las montañas del Peloponeso, sobreponiéndose a una calima húmeda que refrescaba aquella mañana griega de finales de abril.

Penélope, en el puerto de Trizonia.

Penélope, en el puerto de Trizonia.

Penélope había descubierto una islita en los mapas que escudriña, apenas un suspiro, una mota de polvo pegada a la costa, por nombre Trizonia, y a ella nos dirigíamos. Llegamos en un suspiro y aparcamos en el solitario aparcamiento habilitado sobre la grava, junto al embarcadero. No había nadie todavía, y tras preguntarle al hombre que trajinaba en la barca que parecía nuestro transporte a la isla, nos confirmó que deberíamos esperar aún alrededor de una hora ‘o así’. Aunque el barquito tiene su horario, se apercibía que era el  administrador de una conveniente y mediterránea flexibilidad.

Sin perderlo de vista por si acaso, nos acercamos a una taberna que estaba abriendo sus puertas en ese momento para entretener la espera con un café griego bien dulce. Hasta que poco a poco se fue formando una fila que, aunque escasa de personas, parecía que podría rebasar la capacidad de la embarcación.

Ese ritmo presagiaba lo que encontraríamos en la isla. Tras un trayecto de apenas cinco minutos, desembarcamos rayando el mediodía en el pequeño muelle frente al hotel Iasmos, que nos habría de albergar esa noche. No había nadie. Llamamos a un teléfono apuntado en la puerta, y una muchacha muy amable nos dijo que venía ya para allá, que estaba a punto de embarcar ¡en el viaje de vuelta de nuestro barquero! “Debajo del felpudo está la llave por si quieren entrar” nos dijo. Lo hicimos, pero inmediatamente cerramos al ver que varios gato esperaban también que les franquearan el paso. Optamos por esperar en el porche sombreado.

La espera no se prolongó, y la encargada resultó ser una dicharachera joven que nos contó su vida en diez minutos, intercambiando opiniones sobre la vida en esta sociedad moderna y muchas cosas más imposibles de recordar. El hotel resultó ser tan agradable como la anfitriona, y una vez instalados nos dispusimos a hacer en pocas horas casi todo lo que se puede hacer en ese pequeño trozo de tierra.

Un alto en el sendero junto al mar.

Un alto en el sendero junto al mar.

Así que nos armamos de agua gentilmente provista por el alojamiento y echamos a andar por el sombreado sendero de la parte norte de Trizonia, hasta el cabo oeste. Poco más de media hora de camino de ida y lo mismo de vuelta por una vía que no parecía muy transitada. El pequeño esfuerzo nos lo premiamos con un gran almuerzo de exquisitas albóndigas en tomate y pescadito frito en uno de los apenas cuatro restaurantes del puertecito, un encanto de los que sólo se pueden encontrar en Grecia. A esa hora, desembarcaron varias familias de griegos de los que supusimos que iban a comer como el que se acerca a Chiclana o Conil. La familiaridad con la que se dirigían al personal de la taberna los identificaba como clientes asiduos. Y todo transcurría con la misma calma que parecía invadir la isla entera.

Una taberna junto al mar, como en todos los pueblos costeros de Grecia.

Una taberna junto al mar, como en todos los pueblos costeros de Grecia.

Tiene Trizonia un pequeño núcleo de casas tranquilas subiendo un leve promontorio, y a la vuelta de una de las esquinas, un desmesurado puerto deportivo construido tal vez en épocas más optimistas o quizá directamente especulatorias. A lo mejor es que no era temporada, pero no se veían más que unos pocos veleros con pinta de no haber visto la mano humana en muchos meses o tal vez años.

Tiene también dos playitas accesibles tras un paseo por el interior, que deben de ser muy agradables, pero el tiempo, ligeramente fresco, no acompañaba para animarse al baño.

Viendo atardecer desde el hotel Iasmos.

Viendo atardecer desde el hotel Iasmos.

Y poco más. Un breve descanso en el hotel mientras veíamos caer la tarde precedió a un encuentro casual con una pareja de italianos con el que nos animamos en una frugal cena de charla y entremeses, con intercambio de opiniones políticas. La mujer era de origen ecuatoriano y tenía un extraño discurso más bien anti inmigrantes. O eso me pareció entender…

A la mañana siguiente, deshicimos el camino de cinco minutos en barco, teniendo la sensación cierta de que Trizonia y su engañosa insignificancia se nos había quedado para siempre en el recuerdo. En realidad, no sé si he hecho bien en contarlo…