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Esto es otra cosa

Ulyfox | 11 de noviembre de 2015 a las 13:26

Vista de la playa de Pefkoulia, en Lefkada.

Vista de la playa de Pefkoulia, en Lefkada.

 

Tanta diferencia como de la noche al día, o casi tanta.

Desde el aeropuerto europeo y multinacional de Basilea-Mulhouse-Friburgo, y tras cinco días por la Europa más escamondada, Alsacia, salimos con más de dos horas de retraso hacia Roma. Ese contratiempo aéreo nos impidió disfrutar como pensábamos de una tarde noche en Roma, y nos tuvimos que conformar con una cena bajo un cielo amenazante que había descargado con furia un rato antes. Bueno, fue muy agradable el reencuentro con los spaguetti alle vongole, el vino blanco en jarra y la pizza auténtica en La Gallina Bianca, una recomendable trattoria cerca del hotel, en el populoso barrio de Termini, cerca de la cinematográfica estación romana. De Francia a Grecia con una breve escala en la capital de Italia, sólo una noche como cámara de descompresión tal vez en el camino al Mediterráneo profundo.

A la mañana siguiente la lluvia volvió a castigar Roma de manera inclemente, así que no llegamos muy lejos ni en el tiempo ni en el espacio. Todo lo más, el rato libre nos alcanzó para comprar con bastante antelación el billete del tren que nos había de llevar a Fiumicino, y para ojear el tumultuoso mundo que se arremolina alrededor y dentro de una gran estación ferroviaria, con las malas pintas habituales, los locos evidentes, los buscavidas transparentes y los borrachos conocidos andando, paseando, pidiendo dinero y ofreciendo todo tipo de mercancías. Destacado papel el de los paquistaníes (por otorgarles una nacionalidad) que cambian de manera rapidísima su oferta pasando de la sombrilla y el palo de selfie al chubasquero y el paraguas a la misma velocidad que la nube decide despejar o descargar. Cerca de la Stazione Termini, unos clásicos y generosos soportales ofrecían un oportuno refugio con café para dejar que el temporal amainase.

Nos dirigíamos hacia nuestro destino y aún otro retraso nos haría llegar a deshora, ya entrada la noche, a Preveza, ciudad importante localizada enfrente de Lefkada, a apenas 20 minutos de camino de esta isla jónica, que técnicamente no debería serlo puesto que está unida al continente por un pequeñísimo puente. Lefkada fue hace una quincena de años simple escala de nuestro viaje a Itaca, no el figurado, sino uno real a la patria de Ulises, pero ahora queríamos visitarla más a fondo.

La llegada, tardía por los inconvenientes, fue agradable. Lefkada capital estaba llena. Una gran multitud recorría sus calles el sábado noche, y los restaurantes junto al mar rebosaban de público. Todo tan mediterráneo… Empezábamos nuestro enésimo encuentro con Grecia, ese cierto caos tan amable.

Y tan diferente del confort limpio que habíamos encontrado en Alsacia. Se diría que esos dos mundos representara precisamente a la antigua lucha de los clásicos griegos, la búsqueda del equilibrio entre la pasión y la razón que daría como consecuencia la virtud. Como si la razón contenida se hubiera hecho ciudadana de Europa del Norte y la pasión se hubiera enseñoreado del Sur. Tal vez, quién sabe, si alguna vez se retoma el equilibrio que se alcanzó en la Atenas de Pericles, Europa entera podría reencontrarse a gusto consigo misma. De momento, nos encantó la cita revivida con la luz explosiva, el reino del mundo familiar en las terrazas y la cocina con sabor a nuestro. De eso hablaremos a partir de ahora.

Obituario

Ulyfox | 12 de junio de 2013 a las 13:09

Una trabajadora de la televisión griega tras el anuncio del cierre.

Grecia se está muriendo, perdón, la están matando a cachitos. Su actual gobierno es el verdugo. Su último golpe de machete es de una audacia cobarde terrible. Por decreto fulminante ha cerrado la Radiotelevisión pública, la ERT (Ellinikí Radiofonía Tileórasi) y ha echado a la dura calle griega de estos momentos a unos tres mil trabajadores de los canales de televisión, de las emisoras de radio, hasta de la orquesta del ente y todas las empresas asociadas. Ningún gobierno europeo ha hecho esto, ninguno se ha atrevido en su afán de acabar con lo público, a dejar a la gente sin televisión: no nos extrañemos si otros siguen el mismo camino, esperemos los planes del gobierno español, o el portugués. Pero claro, es mentira, no van a dejar a la gente sin televisión: ahí están las privadas. Más periodistas, cámaras, productores, presentadores, guionistas, electricistas, técnicos, limpiadores, conductores, maquilladores, locutores, secretarias… al paro. Y estar parado en la Grecia actual, sobre todo en la capital, es ser un condenado a la miseria. Tal vez la troika esté ahora más contenta, y volverá desde Bruselas alguien a decir que Grecia “está haciendo los deberes”.

En nuestros frecuentes viajes a Grecia ponemos muchas veces la televisión como fondo a nuestra estancia en el hotel. A duras penas, con los rótulos y algunas imágenes, con nuestro escaso griego, podemos entender lo que dicen algunas veces. En los informativos, suele aparecer la pantalla dividida en varias cuadrículas, en cada una de las cuales aparece un rostro. Entre todos ellos suelen entablar animados debates. Siempre, por curiosidad obvia, procuramos ver los partes meteorológicos (O Kairós) , atentos siempre al feroz viento que pueda soplar en las islas, que puedan hacer desagradable la navegación. Sin ser definitivo, la televisión forma parte de nuestro paisaje hotelero griego.

Los griegos están tan cansados… Supongo que se sentirán como aquellos humanos de su pasado mitológico, que se veían a sí mismos como juguetes en manos de unos dioses caprichosos, irascibles y violadores. Los humanos que se rebelaban sufrían terribles castigos. Sólo Ulises, fecundo en ardides, logró burlarlos en numerosas ocasiones y volver a Itaca ¿Dónde estará ese Odiseo tan necesario?

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Los refugios

Ulyfox | 29 de mayo de 2013 a las 13:20

Un rincón de una playa junto a Longos.

Según y cómo, dependiendo de situaciones agobiantes, de ambientes opresivos, puede parecernos que no, que no existen. Y en momentos particularmente injustos como éstos, podemos concluir que son incluso ilegítimos. Pero los refugios existen. Geográficos, y sobre todo mentales. Dejadme que os cuente nuestro particular 11-S.

El puerto de la aldea de Longos.

Aquel día de septiembre de 2001, que todos los humanos recuerdan, nosotros estábamos llegando a Paxos, una minúscula (una más) isla griega del archipiélago de las Jónicas, justo debajo de la elegante y majestuosa Corfú. Apenas un trozo de tierra de 10 kilómetros de largo por cuatro de ancho en sus distancias más lejanas. Para que nos hagamos una idea, como si midiéramos desde la Caleta a Torregorda y del Carranza hasta el Río San Pedro. Ahí, en ese cuenquito de cipreses y olivos, de suaves colinas y carreteras sombreadas que llevaban a puertecitos recogidos y calas azules, justo ahí, está uno de esos refugios. Aquel día en el que las Torres Gemelas de Nueva York cayeron con estrépito planetario, en que Occidente tembló como el terremoto más grande que vieron los siglos, apenas una vibración sutil en forma de corrillos llegó hasta la isla de Paxos.

El puerto principal de la isla, Gaios, entre el mar y los olivos, al anochecer.

Arribamos en el ‘delfín volador’, el hidrodeslizador que nos trajo de Corfú, en una travesía agitada como pocas, con una mar inhóspita y encabritada. Gaios, la capital de la isla, sin embargo, estaba protegida de la furia de Eolo por su rada estrecha y cerrada por un islote. Era la hora de la siesta y no había casi nadie en el puerto alejado del centro. Sólo algún taxi y otros vehículos que recogían a los pasajeros que tenían sus hoteles concertados. No era nuestro caso, pero eso no suele ser problema en una isla griega, y menos en septiembre. El taxista nos preguntó y se ofreció a buscarnos alojamiento. Nos metió en el coche junto con otra pareja y nos dejó en la placita sombreada mientras acercaba a sus clientes a su destino. El pueblo era la paz soleada, el verde pino y el estrecho brazo de mar. A los pocos minutos reapareció el taxista, y comenzamos un pequeño periplo a posibles habitaciones donde quedarnos. En el camino, el hombre me contó una cosa muy extraña: “¿Ha oído usted que ha habido un accidente grave en Nueva York? Dos aviones se han estrellado contra las Torres Gemelas, no se sabe si puede ser terrorismo…” Yo lo oía como algo lejano, mientras mi mente se preocupaba de las habitaciones que íbamos viendo, no sabía muy bien a qué se refería.

Una minúscula cala, un bote con toldilla…

Después sí, después se lo conté a Penélope, y nos acercamos a ver a las televisiones de los bares, llenos de gente que miraba las pantallas como espectadores de una película de acción terrorífica, y al día siguiente hojeamos algún periódico, aún ni pensábamos en seguir la información por internet en miniportátiles. Pero todo, allí en nuestro refugio, aparecía extraordinariamente lejano. El mundo se derrumbaba, pero nuestro mundo era ese mar sereno y azul de la bahía de Lakka o del puertecito de Longos, era ese paseo por la cortísima zona de tiendas de Gaios, la extraordinaria longitud del tiempo en las mesas de los bares y restaurantes de la plaza, los viejísimos olivos retorcidos que había que cruzar para ir del apartamento a la playa.

Un mundo muy lejano de las Torres Gemelas.

Aun comprendiendo la magnitud de los atentados, allí en Paxos era imposible sentir el miedo, allí estábamos a salvo de la contaminación mediática que hablaba de Tercera Guerra Mundial (como si no fuéramos ya por la quinta o sexta), que empezaba a considerar sospechoso a todo el que tuviera cara de llevar turbante; era impensable sentir que la civilización occidental y cristiana estuviera siendo atacada por el maligno. Tampoco pudimos sentir, es cierto, la solidaridad con las víctimas y el dolor que conlleva. Paxos, en aquel septiembre verde y dorado, nos protegió. Cumplió con lo que se pide a un verdadero refugio.

Una escultura en una fábrica abandonada en Longos.

Skorpios: el que puede puede

Ulyfox | 17 de abril de 2013 a las 13:40

 

No estoy seguro, pero una de estas puede ser la isla de Skorpios.

 

En el curso de uno de los viajes más intensos, agitados y gozosos de nuestra vida, hace ya más de 10 años, pasamos junto a Skorpios, la mítica residencia de los Onassis, su isla particular, la que había vivido las pasiones, intrigas y amoríos del magnate griego, la isla donde se casó y bañó su cuerpo Jacqueline la viuda de Kennedy y esposa del armador, y donde fue tan desgraciada Christina porque tenía un destino de desgraciada. En ese viaje, estuvimos a unos metros de la nieta del naviero de las gafas oscuras y el poder inmenso que llegó a ser el hombre más rico del mundo. Fue en el puerto de Nidrí, en la isla de Lefkada, frente a Skorpios y donde los lugareños descubrían aquella noche una estatua en honor de Aristóteles Onassis. Su única descendiente, Athina, estaba allí. Fue una noche de fiesta y de sorpresa para nosotros, que llegamos después de una larga e incierta peripecia, con banda de música y todo.

Penelope, a bordo del ‘Capitán Aristides’ y camino de Itaca.

A la mañana siguiente, en nuestro camino hacia Itaca a bordo del ‘Capitán Aristides’, el barco pasó muy cerca de Skorpios, pero sólo pudimos adivinar en lontananza lo que fue en sus tiempos la imagen del lujo: un paraíso verde en las Jónicas y con playas a disposición de una familia que había hecho correr ríos de tinta en todos los periódicos y revistas del mundo. Skorpios recibió a estadistas y multimillonarios en aquellos años 60 y 70, y en mi recuerdo infanitl aparece siempre un montón de gente sonriente, bronceada y con gafas de sol cuando este artilugio protector era solo una excentricidad de revista, y para nosotros niños no existía más defensa contra la fuerza del astro rey que achinar los ojos todo lo posible y combatir así el intenso reflejo en las fachadas de cal, en aquella calle empedrada con grandes chinos y acerada con losas de Tarifa, y en las explayadas azoteas.

Y Skorpios (ya veis aquí: http://www.abc.es/estilo/gente/20130417/abci-rica-heredera-skorpios-201304171205.html ) acaba de ser comprada por la hija de un magnate ruso. Signo de los tiempos: al glamour de Jackie, ex primera dama de Estados Unidos, y Maria Callas, la diva de la ópera y verdadero gran amor de Aris, le sucede ahora el exhibicionismo de los nuevos ricos. Las resonancias mafiosas de ambos orígenes seguramente tienen un fondo común y parecido, pero la presentación al gran público es considerablemente más hortera. Entre Ekaterina Rybolovleva, hija de Dmitry Ribolovlev, y Athina nieta de Onassis hay una diferencia de aspecto notable, pero quizá no habría que escarbar mucho para ver la gran semejanza entre las dos grandes injusticias que cimentaron su fortuna.

Marineros por imitación

Ulyfox | 2 de abril de 2013 a las 13:43

Descansando en el buque ‘Samaria’ después de hacer la garganta del mismo nombre, en Creta.

Hay que ver la asombrosa afición que tienen ciertos políticos, banqueros o empresarios a viajar en barco. ¡Un yate, un yate! como expresión del poder. Nadie se resiste a la invitación a un yate. Si uno coge vacaciones, y tiene mínimas ganas de tocar poder, de lucir poder, de fumar poder, entonces hay que  embarcarse. Pero no en cualquier cosa que flote y tenga casco, borda y algún camarote. Mejor si es lo que se llama un yate. El último caso, el del presidente gallego, Alberto Núñez Feijoo, pillado en un pequeño desliz de hace casi 20 años, disfrutando de sus vacaciones en el mar con un conocido, ya entonces, narcotraficante, naturalmente en el ¡yate! del susodicho. Y gratis, invitado, por el morro, by the face. Qué afán imitador, por dios, el de estos ricos, nuevos ricos o aspirantes a serlo, del marineo.

Paseo en faluca durante el crucero por el Nilo.

A nosotros también nos encanta el mar, el trayecto en barco. Rememorando, me sale que siempre hemos pagado nuestro billete. Y analizando, me entra la duda de si habremos hecho siempre el tonto, vista la habilidad de algunos para colarse sin tocarse el bolsillo. Pero no, no, mejor pagando, mejor no deberle nada a ningún narcotraficante o magnate. En todo caso, me hubiera encantado ser polizón, de esos de las películas, los que se escondían bajo la lona de un bote salvavidas y acababan siendo descubiertos por la pasajera más guapa. Pero ya está.

Esperando en el puerto de El Pireo el embarque hacia las Cícladas.

Y pagando hemos navegado contra la corriente en el Nilo, observando las coloridas velas de las falucas, y de Brindisi a Corfú para llegar al amanecer; hemos rodeado en la oscuridad la punta norte de Naxos y rasgado la niebla de la aurora en una fantasmagórica y bellísima llegada a la isla de Amorgós; en ferry y pagando hicimos aquella primera vez en una ventosa noche la vuelta de Creta a Atenas; y en un lujoso Blue Star nos encaminamos a Patras desde Bari para quitarnos el sudor de aquella increíble noche tumbados en el viejo ‘Marco Polo’ en el que abandonamos Dubrovnik; en aliscafo creímos volar de perfil de Capri a Nápoles; en un ajado ‘Capitán Aristide’ llegamos mitológicamente a Ítaca y en el incombustible y cabeceante ‘Skopelitis’ descubrimos una pequeña Cíclada llamada Koufonisia; en la barca de aquel viejo capitán tunante y turco nos acercamos a la ciudad sumergida de Kekova, y en otra un poco más grande cruzamos con mucha gente de Rabat a Salé; en un desmemoriado transbordador volvimos una tarde desde Santa Clara a Cienfuegos, cuando el grupo se olvidó de nosotros y descubrimos la luna de miel en Cuba; un lento ‘Samaria’ acogió nuestro gran cansancio después de recorrernos la garganta del mismo nombre en Creta, y un rapidísimo transbordador de aluminio nos puso en poco tiempo de Hydra a Atenas, en aquellos primeros descubrimientos mediterráneos; un gran mercante nos sirvió para salir de la aislada, verde, minúscula Paxos hacia el continente y aún no sé cómo saltamos a bordo de un catamarán ya en marcha para no quedarnos en tierra, aunque fuera la privilegiada y entonces aún solitaria isla de Formentera.

La felicidad es que llegue el barco a tiempo, por ejemplo en las Espóradas.

En barco nos hemos acercado y nos hemos alejado a nuestro destino, que al final va a resultar que es el de pagar siempre por todo, honradamente, descansadamente, pagar.

Ante las tumbas licias y sobre el mar de Kekova, en la costa azul turca.

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Iberia rompe con Grecia

Ulyfox | 9 de diciembre de 2012 a las 2:52

Un antiguo anuncio de la compañía que entonces se denominaba orgullosamente Líneas Aéreas de España decía: “Con Iberia ya habría llegado”. Con gran dolor tengo que lamentar hoy que con Iberia ni usted ni nadie llegará nunca, ya no, a Grecia. La compañía ha anunciado que suprime la ruta con Atenas, al igual que hará con Estambul y El Cairo y más adelante con La Habana y Santo Domingo. Menos oportunidades.

En los Propileos de la Acrópolis, ante el templo de Atenea Niké (la victoriosa)

Iberia nos lo pone más difícil. Digo yo que siendo inteligente siempre habría que estar conectado con Atenas, permanentemente tener la puerta abierta en esa dirección, el hilo sin soltar, el cable del que tirar, la línea pintada en el suelo, las migas de pan en el sendero, las ramas rotas, las muescas en los troncos, las flechas en las rocas señalando a Atenas, el faro siempre encendido en la Acrópolis, el billete siempre dispuesto para acercarse a Plaka, a los barrios menesterosos de Monastiraki, para embarcarse en El Pireo, y el ánimo perenne a pasear siempre bajo la colina de las Ninfas. Pero ahora Iberia no, ya no, ya no quiere.

La Acrópolis ilumina la ciudad

Menos mal que nos queda, de momento, Aegean Airlines, si no ¿cómo volar desde Madrid sobre Valencia, Mallorca, Alghero, Nápoles y el Vesubio, Corfú, Patras, Corinto, Salamina… para aterrizar bastante más allá de Likabitos? ¿de qué manera llegar para saltar después a las Cícladas, a Rodas o Creta? Ya hace unos años, la clásica Olympic Airways suprimió los vuelos, pero entonces tomó el relevo Aegean. ¿Qué pasará ahora? Antes había hasta cuatro vuelos diarios con Atenas. Ahora quién sabe.

Seguiremos yendo a rendir pleitesía al Hefestion.

Iberia, donde estuvo el jardín de las Hespérides, donde Hércules robó las manzanas de oro, rompe con Atenas. Zeus, no se lo tengas en cuenta a ese presidente repeinado que tienen. Después de hacer un ERE con miles de empleados ahora lo va a hacer  con los usuarios. No podrá desde luego con nosotros. Atenas, la inmortal, siempre encontraremos la forma de llegar a ti. Como Ulises sabía que volvería a su Ítaca. Si toda la furia de Poseidón no pudo impedirlo ¿cómo va a poder hacerlo un engominado mortal? La sabia Atenea, patrona de la inmortal polis, que ya ayudó a Ulyses en su Odisea, sabe a quién tiene que guiar y cómo.

Seguiremos yendo a comer a las tabernas bajo el emparrado.

Los antiguos atenienses, lo sabéis, eligieron a Atenea como su protectora precisamente en competición con Poseidón. Este, para ganarse su favor, abrió con su tridente un gran manantial para surtir a la ciudad. La hija de Zeus les regaló el primer olivo domesticado, y los atenienses lo tuvieron claro. Desde entonces, un olivo crece en la Acrópolis, justo detrás del Erecteion de las cariátides. Pero para verlo, tendréis que coger un avión que no sea de Iberia. Así es.

Y seguirá el olivo siempre junto al Erecteion, y durará más que Iberia.

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En la tierra de los Comeclavos

Ulyfox | 12 de noviembre de 2012 a las 13:40

¿Sería esta la casa de Comeclavos o de alguno de sus amigos?

Hace tiempo que se lo debía a Ana. Un agradecimiento por aquel regalo, intercambiado en La Casería con una botellita de raki vacía pero hermosa. Como trueque por este detallito comprado a bajo precio en una de las muchas supervivientes tiendas de Heraklion, ella me ofreció ‘Comeclavos’ de Albert Cohen, y aunque me reí con él hace ya tiempo, nunca he escrito sobre la isla que albergaba a esta familia de judíos locos, borrachos y en cierta forma peleones perdedores: Cefalonia. Los Comeclavos son indescriptibles, están locos y se creen amigos de mandatarios europeos. Es especialmente actual y crítica su descripción de las oficinas y el trabajo absurdo de la Sociedad de Naciones en Ginebra.

En el puerto de Fiskardo, elegante.

Bueno, esto no quiere ser una reseña crítica, Yahvé me libre, Ana es mucho más lectora sabia que yo. En todo caso, quiero invitarla a ella y a todos a conocer Cefalonia, una isla pegada a la mítica Ítaca. De hecho, hay quien afirma que es Cefalonia la real patria de Ulises. Hace mucho que estuvimos en Cefalonia, pero ahora me he encontrado con esas fotos. Algunos quizá la conozcáis si llegásteis a ver la olvidable película ‘La mandolina del capitán Corelli’, quizá el momento cinematográfico en que Nicolas Cage empezó a perder el norte artístico. Penélope Cruz tampoco hizo aquí el papel de su vida. Ahí, en esa peli, Cefalonia sale bellísima de pinos, olivos y playas. Pero si queréis ver películas de soldados italianos en una isla griega durante la Segunda Guerra Mundial, mejor que acudáis a la mucho más modesta y encantadora ‘Mediterráneo’, aunque esa transcurre en la lejana Kastelorizo.

Uno de los restaurantes de Fiskardo

A Cefalonia llegamos hace 11 años desde Frikés, en Ítaca, en un plácido viaje a bordo del ‘Kapitan Aristide’ después de un azaroso y divertido recorrido que incluyó cruzar buena parte de Italia y tomar barcos, trenes y autobuses. Arribamos al puerto de Fiskardo, una maravilla restaurada en casas de colores, prácticamente el único pueblo que se salvó de un terrible terremoto en 1953, devastador y causante de miles de muertes en la isla. Pero Fiskardo está ahí, en pie y al norte, recibiendo ahora miles de turistas cada día, con decenas de restaurantes en el puerto, con hoteles encantadores regentados por viejecitas que hablan francés y rodeado de caminos de cipreses y playas transparentes de guijarros.

Assos, un pueblo en un istmo.

El terremoto no pudo con la belleza natural. Si conducimos hacia el sur bordeando la costa oeste debemos anhelar encontrarnos con Myrtos, una de las playas más fotografiadas de Grecia, poseedora del mar más añil del mundo, una ensenada de tinta cyan, un estanque de color básico que observado desde la altura de la carretera en un día soleado, es más impresionante aún. Hace ya tanto pero aún me sorprende que nuestros iris no acabaran pareciéndose a los de Paul Newman de tanto mirar ese mar. Lástima.

La postal de Cefalonia es la playa de Myrtos.

Fiskardo y Myrtos son los dos grandes nombres de Cefalonia, que aun así muestra joyas como la playa de Antisamos y el pueblo de Assos, en un istmo. La capital, Argostoli, en un emplazamiento ideal tras un lago salado, es demasiado destartalada, construida de aquella manera tras la destrucción. Cefalonia tiene además un nombre precioso. Y es un lugar mítico para los muchos enamorados de Albert Cohen. Id.

El puerto de Fiskardo y al fondo la cercana isla de Ítaca.

El tortuoso y provechoso camino

Ulyfox | 27 de mayo de 2012 a las 1:20

El puertecito de Frikes, al atardecer. Penelope, siempre presente

Dice el poema de Kavafis que todo el mundo conoce que “cuando emprendas el camino a Itaca, debes rezar para que el camino sea largo, lleno de aventuras y de descubrimientos, que sean muchas las mañanas en que llegues a un puerto que no conocías…” En fin, aquello de que es más, o por lo menos tan, importante el camino como el destino. Ulyses no conocía el poema de Kavafis, naturalmente, pero desde luego él lo aplicó bien con las calamidades que pasó para volver a su reino y con los mil ardides que tuvo que inventar para lograrlo.

A bordo del 'Capitán Aristide', saliendo de Nydrí hacia Ítaca

Itaca es mucho más que un destino, es un nombre, una palabra para designar el mismo concepto de viaje, y no puede desprenderse de la idea de retorno que le dio para siempre Homero en la ‘Odisea’, siempre esperando a Ulyses. Es una isla muy pequeña y no precisamente de las más hermosas, rodeada de hermosuras como está en el archipiélago griego de las Jónicas, las que caen al Oeste de Grecia casi pegando con el tacón de la bota italiana por un lado, y a un tiro de piedra de la península balcánica por el otro. Casi esconde su modestia compartiendo compañía con bellezas como Corfú, Paxos, Zakintos, Lefkada o Cefalonia. Digamos que Homero y Odiseo la engrandecieron, pero de eso hace tantos cientos de años que la fama no le da más que para recibir unos pocos turistas. Para ir a Ítaca tienes que estar enamorado de la Odisea.

La costa de Lefkada, desde el 'Capitán Aristide'

Nosotros, naturalmente, estábamos enamorados de la Odisea, de Ulyses, de la misma idea de Ítaca cuando decidimos aquel lejano septiembre llegar hasta sus costas. Fue un largo y provechoso camino, como mandaba el poema. Veníamos de la Costa Amalfitana, de Capri, cruzando Italia desde Nápoles hasta Brindisi en tren, alcanzando a lo justo un ferry hasta Corfú y luego, casi sin descanso, en hidrodeslizador sobre un mar encrespado hasta la maravillosa y pequeñísima isla de Paxos, desde la que, tras unos días de aislamiento inolvidable, se suponía que era fácil acceder a lo que fue el reino de Ulyses y Penélope, los auténticos.

La playa de Lakka, en la pequeñísima Paxos.

Pero el Mediterráneo tiene sus propias leyes, y la mañana prevista para zarpar se despertó de mal humor. El barco, tipo catamarán, no salió. Plantados con nuestras maletas en el muelle, decidimos volver al pueblo y recapacitar ante una taza de café. Ya vendría la solución. Y si no viene, Penélope, la mía, discurre ella sola como toda una agencia de viajes de las grandes.

Nos enteramos, no recuerdo cómo, de que un barco mercante, suficientemente grande para resistir el temporal, salía hacia el continente, al puerto de Igoumenitsa, y que admitía pasajeros. Se podría intentar, aunque ello supusiera dar un gran rodeo, llegar hasta ese puerto y luego viajar en autobús hasta la isla de Lefkada, que en realidad está unida al continente por un puente, y de allí saltar al día siguiente hasta Ítaca. ¿Quién dijo miedo?

En Ítaca, tal vez la playa en la que desembarcó Ulyses

Volvimos al muelle de la capital de Paxos, Gaios, con las maletas. Y nos embarcamos en el mercante, inquietos y excitados por lo incierto del camino que emprendíamos. En una hora arribamos a Igoumenitsa, una ciudad con el aspecto destartalado que tienen muchas poblaciones griegas. No era nuestro día. Perdimos el autobús a Lefkada por unos pocos minutos. Y allí estábamos, parados en medio de un puerto grande, gris, descuidado y polvoriento, bastante lejos de nuestro destino itaquiano. La cabeza de Pe dibujó entonces el plan C: había que alquilar un coche y conducir hacia el sur hasta Lefkada capital y luego tomar el último autobús hasta el puerto de Nydrí, en la misma isla, hacer noche allí y partir con el amanecer, por fin, a Ítaca ¿quién dijo miedo?

Kioni, un agradable puertecito de Ítaca, en un día gris.

Poco después, tras almorzar ligeramente y esperar a que abriera la tienda de alquiler de coches, costeábamos con nuestro utilitari0 sobrepasando ciudades medianas, playas extensas y solitarias, ruinas de murallas griegas, tomando un transbordador para sortear las marismas de Preveza para llegar con la caída del largo día a la capital de la llamada isla blanca. Ya habréis imaginado lo que pasó después de que entregáramos el coche: el último autobús a Nydrí se acababa de marchar.

Una vista mucho más bonita del 'Capitán Aristide'

No hay problema sin solución, mientras haya un plan D y taxis que te puedan llevar veintitantos kilómetros más allá. Acordamos el precio con uno, y mientras las verdes costas se iban haciendo cada vez más oscuras en la carretera, el angloparlante torpe que vive en mí se torturaba con una pregunta: “¿El taxista me ha dicho fifteen thousands dracmas o fifty thousands ?” La diferencia era sustancial y esa inquietud monetaria, unida a la incertidumbre de si encontraríamos donde dormir en Nydrí, desconocida para nosotros, nos llenó de zozobra el trayecto silencioso. Pero Palas Atenea nunca abandona a sus hijos. ¡Eran fifteen! El hombre nos dejó cerca del muelle, junto a una taberna, una muchedumbre impedía el paso más allá. Fue abrir la puerta del coche y empezar a sonar una banda de música entre aplausos y vítores ¡vaya recibimiento! ¿qué pasa, qué pasa? Athina, la nieta de Aristóteles Onassis, estaba descubriendo una estatua en honor a su abuelo que le dedicaba el pueblo de Nydrí por su labor en la ciudad. A un tiro de piedra, allí en la Bahía, está la isla de Skorpios, propiedad del gran magnate naviero griego, y en la que pasaba sus vacaciones junto a sus poderosos amigos. Por el mismo suelo que pisábamos había paseado numerosas veces con María Callas, con Jacqueline…

El perfecto amanecer dorado que nos condujo a Ítaca.

Y claro que encontramos cama, y un pueblo turístico muy animado, y nos zampamos una suculenta parrillada de pescado… y a la mañana siguiente, una de las más bellas que recuerdo, con la aurora de rosáceos dedos abriéndose entre la bruma y sobre un mar como de vino, viajábamos a bordo del ‘Capitán Aristide’, rumbo por fin al puerto de Frikes, Ítaca. Pero lo importante había sido el camino, difícil como manda el poema, provechoso…

Los trabajos de Penélope

Ulyfox | 11 de mayo de 2012 a las 19:59

Penelope en el centro de operaciones.

 

Los días, no es casualidad, se van haciendo más largos y brillantes conforme se acerca junio. Como queriendo adelantar lo que será el gran viaje para hacer la guía, como presagios luminosos, las jornadas avanzan temperaturas, vientos y pájaros, atardeceres más largos que nunca. Creta se va acercando no diría yo que a un ritmo demasiado rápido, tampoco demasiado lento. Hay mucho trabajo que hacer antes de emprender el rumbo adecuado.

El fuerte veneciano del puerto viejo de Heraklion, la capital de Creta.

En el puente de mando, Penélope estudia (y se aprende) mapas y planos, rutas y caminos, posadas y refugios. Sabemos ya que los primeros días tienen nombre: Heraklion para llegar, Koutouloufari para ver el vestigio auténtico en el caos turístico del Norte, Sissi para un río de sosiego, Mochlos para retirarse, Agios Nikolaos para el glamour, Sitia la capital de provincia, Paleokastro de playas vírgenes… No tiene medida su afán, no tiene fin su deseo, se rebela contra los límites de las horas su espíritu, y no caben sus ganas de que llegue el día en los planes del calendario. Se acerca su mirada al papel, a la pantalla del ordenador, su mente científica a su pesar conjuga con la fuerza que da el desafío. Dice sin querer decirlo que es el trabajo de su vida, de esta vida de estos meses al menos. Creta es esa Ítaca a la que ella va poniendo obstáculos para hacer el camino más difícil y venturoso, más sabio.  Su labor es preludio de mañanas y tardes con aire egeo y africano. Aspiramos a que estos guiones se representen en aquellas tierras y mares diacrónicos.

Aceitunas pequeñísimas de Creta y cerveza en el Este perdido de la isla, cerca de Paleokastro.

Cuando lleguemos a Creta, es decir casi ya aunque falta mucho, tendremos un mapa que Penélope ha ido tejiendo tarde a tarde, noche a noche, para que vayamos desenmarañándolo en un mes, dejando jirones en monasterios lejanos, en playas minúsculas o gigantes, en tabernas al borde del Egeo o del mar de Libia y en piedras con nombres minoicos, como pistas para cuando volvamos o para cuando alguien quiera ir.

En las escalinatas del palacio minoico de Festos.

Yo admiro su tesón, su método, agradezco su dedicación y le prometo la poesía (que en griego significa simplemente “obra”) que saldrá de ese material constructivo.

No es Capri a donde vamos

Ulyfox | 27 de abril de 2011 a las 14:01

Los Farallones (Faraglioni), desde las alturas de Anacapri

No es Capri, no, pese a la sugerencia de Espartaco en un anterior comentario, a donde estamos pensando ir el próximo mes de junio. Hará ya unos diez años que estuvimos en esa isla extremadamente bella, sobreactuadamente hermosa, ineludiblemente unida con el glamour. Seguro que es recomendable volver, al contrario de lo que decía aquella canción de mi infancia, Capri c’est fini (“no volveremos más, a esa isla soñada, no volveremos más a nuestra isla de amor”, cantaba un Hervé Vilard escondido en el recuerdo), pero no iremos este junio. La adivinanza seguía en pie hasta hace muy poco, pero algunos lectores de este blog han demostrado estar muy al tanto, a la altura de un foro tan prestigioso.

El mar de Capri, a través del Arco Natural

Recalamos en un atestado (relativamente, porque no cabe mucha gente) Capri durante dos días, en el curso de uno de los viajes más maravillosos y ajetreados de nuestra vida. Habíamos embarcado en Positano, pero aquel periplo nos llevó además por la escarpada Costa Amalfitana, atravesando luego Italia en tren para coger un barco nocturno en Brindisi de camino hacia la mítica Itaca de nuestro antepasado Odiseo, pero pasando por Cefalonia y Lefkada y por un singular reposo entre olivos y pinos en la minúscula Paxos. Una Odisea controlada, que ya contaremos con detalle, tal vez un día. Hoy toca Capri, la isla que lleva acogiendo turistas desde que el emperador Tiberio la eligió para sus vacaciones.

Una vista general de la costa norte de Capri.

Podemos decir de Capri que tiene su fama bien ganada. De día la pequeña capital puede ser agobiante, con tanto crucerista venido desde Nápoles recorriendo las estrechas calles y queriendo visitar como sea la Grotta Azzurra. Pero se les puede evitar en esas horas punta, dando un paseo de sube y baja no demasiado cansado por la costa este de esta isla, con cientos, miles tal vez, de escalones (la mayoría, bajando) para detenerse muchas veces y contemplar vistas asombrosas verdes y azules, hacia los famosos Faraglioni, esas tres rocas enormes que emergen del mar, el Arco Natural de piedra… El sendero está perfectamente acondicionado, con mucha sombra y a mitad de camino se encuentra la bella y moderna Casa Malaparte, espléndida residencia roja del escritor Curzio Malaparte, en lo alto de un saliente rocoso. Nosotros nos cruzamos con varios arquitectos del Colegio de Cádiz que iban precisamente a visitarla.

La casa Malaparte, prodigio de la arquitectura moderna..

Al final del camino, casi atardeciendo, se llega a uno de tantos miradores, muy cerca del centro de la pequeñísima capital. Entonces, ya con los excursionistas de un día de vuelta a su barco, es momento de un capuccino o un helado relajados, si se coge sitio en la Piazzetta. Y a practicar el delicioso y baratísimo placer mediterráneo de ver a la gente pasar: turistas bien vestidos u horteras, guardias, fachini (los mozos encargados de repartir los equipajes por los hoteles) con carritos eléctricos cargados de maletas…

La Piazzetta de Capri, junto al mirador, llena de turistas.Es preferible buscar los senderos.

La noche queda para los sabios que hayan decidido dormir en Capri… y cenar, por ejemplo, en el Ristorante Da Gemma unos exquisitos y antológicos linguine a modo mio. Aún los recuerdo, como el vino al que nos invitó el amistoso dueño, un hombre enjuto y ya mayor, porque se había equivocado en algo. Capri entero es un bocado exquisito que se merece que volvamos una y otra vez, si el presupuesto lo permite claro. De momento, nos conformaremos con algún otro post, en cuanto me aparezca el resto de las fotos.

Capri, c'est fini.

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