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En la tierra de los Comeclavos

Ulyfox | 12 de noviembre de 2012 a las 13:40

¿Sería esta la casa de Comeclavos o de alguno de sus amigos?

Hace tiempo que se lo debía a Ana. Un agradecimiento por aquel regalo, intercambiado en La Casería con una botellita de raki vacía pero hermosa. Como trueque por este detallito comprado a bajo precio en una de las muchas supervivientes tiendas de Heraklion, ella me ofreció ‘Comeclavos’ de Albert Cohen, y aunque me reí con él hace ya tiempo, nunca he escrito sobre la isla que albergaba a esta familia de judíos locos, borrachos y en cierta forma peleones perdedores: Cefalonia. Los Comeclavos son indescriptibles, están locos y se creen amigos de mandatarios europeos. Es especialmente actual y crítica su descripción de las oficinas y el trabajo absurdo de la Sociedad de Naciones en Ginebra.

En el puerto de Fiskardo, elegante.

Bueno, esto no quiere ser una reseña crítica, Yahvé me libre, Ana es mucho más lectora sabia que yo. En todo caso, quiero invitarla a ella y a todos a conocer Cefalonia, una isla pegada a la mítica Ítaca. De hecho, hay quien afirma que es Cefalonia la real patria de Ulises. Hace mucho que estuvimos en Cefalonia, pero ahora me he encontrado con esas fotos. Algunos quizá la conozcáis si llegásteis a ver la olvidable película ‘La mandolina del capitán Corelli’, quizá el momento cinematográfico en que Nicolas Cage empezó a perder el norte artístico. Penélope Cruz tampoco hizo aquí el papel de su vida. Ahí, en esa peli, Cefalonia sale bellísima de pinos, olivos y playas. Pero si queréis ver películas de soldados italianos en una isla griega durante la Segunda Guerra Mundial, mejor que acudáis a la mucho más modesta y encantadora ‘Mediterráneo’, aunque esa transcurre en la lejana Kastelorizo.

Uno de los restaurantes de Fiskardo

A Cefalonia llegamos hace 11 años desde Frikés, en Ítaca, en un plácido viaje a bordo del ‘Kapitan Aristide’ después de un azaroso y divertido recorrido que incluyó cruzar buena parte de Italia y tomar barcos, trenes y autobuses. Arribamos al puerto de Fiskardo, una maravilla restaurada en casas de colores, prácticamente el único pueblo que se salvó de un terrible terremoto en 1953, devastador y causante de miles de muertes en la isla. Pero Fiskardo está ahí, en pie y al norte, recibiendo ahora miles de turistas cada día, con decenas de restaurantes en el puerto, con hoteles encantadores regentados por viejecitas que hablan francés y rodeado de caminos de cipreses y playas transparentes de guijarros.

Assos, un pueblo en un istmo.

El terremoto no pudo con la belleza natural. Si conducimos hacia el sur bordeando la costa oeste debemos anhelar encontrarnos con Myrtos, una de las playas más fotografiadas de Grecia, poseedora del mar más añil del mundo, una ensenada de tinta cyan, un estanque de color básico que observado desde la altura de la carretera en un día soleado, es más impresionante aún. Hace ya tanto pero aún me sorprende que nuestros iris no acabaran pareciéndose a los de Paul Newman de tanto mirar ese mar. Lástima.

La postal de Cefalonia es la playa de Myrtos.

Fiskardo y Myrtos son los dos grandes nombres de Cefalonia, que aun así muestra joyas como la playa de Antisamos y el pueblo de Assos, en un istmo. La capital, Argostoli, en un emplazamiento ideal tras un lago salado, es demasiado destartalada, construida de aquella manera tras la destrucción. Cefalonia tiene además un nombre precioso. Y es un lugar mítico para los muchos enamorados de Albert Cohen. Id.

El puerto de Fiskardo y al fondo la cercana isla de Ítaca.

El tortuoso y provechoso camino

Ulyfox | 27 de mayo de 2012 a las 1:20

El puertecito de Frikes, al atardecer. Penelope, siempre presente

Dice el poema de Kavafis que todo el mundo conoce que “cuando emprendas el camino a Itaca, debes rezar para que el camino sea largo, lleno de aventuras y de descubrimientos, que sean muchas las mañanas en que llegues a un puerto que no conocías…” En fin, aquello de que es más, o por lo menos tan, importante el camino como el destino. Ulyses no conocía el poema de Kavafis, naturalmente, pero desde luego él lo aplicó bien con las calamidades que pasó para volver a su reino y con los mil ardides que tuvo que inventar para lograrlo.

A bordo del 'Capitán Aristide', saliendo de Nydrí hacia Ítaca

Itaca es mucho más que un destino, es un nombre, una palabra para designar el mismo concepto de viaje, y no puede desprenderse de la idea de retorno que le dio para siempre Homero en la ‘Odisea’, siempre esperando a Ulyses. Es una isla muy pequeña y no precisamente de las más hermosas, rodeada de hermosuras como está en el archipiélago griego de las Jónicas, las que caen al Oeste de Grecia casi pegando con el tacón de la bota italiana por un lado, y a un tiro de piedra de la península balcánica por el otro. Casi esconde su modestia compartiendo compañía con bellezas como Corfú, Paxos, Zakintos, Lefkada o Cefalonia. Digamos que Homero y Odiseo la engrandecieron, pero de eso hace tantos cientos de años que la fama no le da más que para recibir unos pocos turistas. Para ir a Ítaca tienes que estar enamorado de la Odisea.

La costa de Lefkada, desde el 'Capitán Aristide'

Nosotros, naturalmente, estábamos enamorados de la Odisea, de Ulyses, de la misma idea de Ítaca cuando decidimos aquel lejano septiembre llegar hasta sus costas. Fue un largo y provechoso camino, como mandaba el poema. Veníamos de la Costa Amalfitana, de Capri, cruzando Italia desde Nápoles hasta Brindisi en tren, alcanzando a lo justo un ferry hasta Corfú y luego, casi sin descanso, en hidrodeslizador sobre un mar encrespado hasta la maravillosa y pequeñísima isla de Paxos, desde la que, tras unos días de aislamiento inolvidable, se suponía que era fácil acceder a lo que fue el reino de Ulyses y Penélope, los auténticos.

La playa de Lakka, en la pequeñísima Paxos.

Pero el Mediterráneo tiene sus propias leyes, y la mañana prevista para zarpar se despertó de mal humor. El barco, tipo catamarán, no salió. Plantados con nuestras maletas en el muelle, decidimos volver al pueblo y recapacitar ante una taza de café. Ya vendría la solución. Y si no viene, Penélope, la mía, discurre ella sola como toda una agencia de viajes de las grandes.

Nos enteramos, no recuerdo cómo, de que un barco mercante, suficientemente grande para resistir el temporal, salía hacia el continente, al puerto de Igoumenitsa, y que admitía pasajeros. Se podría intentar, aunque ello supusiera dar un gran rodeo, llegar hasta ese puerto y luego viajar en autobús hasta la isla de Lefkada, que en realidad está unida al continente por un puente, y de allí saltar al día siguiente hasta Ítaca. ¿Quién dijo miedo?

En Ítaca, tal vez la playa en la que desembarcó Ulyses

Volvimos al muelle de la capital de Paxos, Gaios, con las maletas. Y nos embarcamos en el mercante, inquietos y excitados por lo incierto del camino que emprendíamos. En una hora arribamos a Igoumenitsa, una ciudad con el aspecto destartalado que tienen muchas poblaciones griegas. No era nuestro día. Perdimos el autobús a Lefkada por unos pocos minutos. Y allí estábamos, parados en medio de un puerto grande, gris, descuidado y polvoriento, bastante lejos de nuestro destino itaquiano. La cabeza de Pe dibujó entonces el plan C: había que alquilar un coche y conducir hacia el sur hasta Lefkada capital y luego tomar el último autobús hasta el puerto de Nydrí, en la misma isla, hacer noche allí y partir con el amanecer, por fin, a Ítaca ¿quién dijo miedo?

Kioni, un agradable puertecito de Ítaca, en un día gris.

Poco después, tras almorzar ligeramente y esperar a que abriera la tienda de alquiler de coches, costeábamos con nuestro utilitari0 sobrepasando ciudades medianas, playas extensas y solitarias, ruinas de murallas griegas, tomando un transbordador para sortear las marismas de Preveza para llegar con la caída del largo día a la capital de la llamada isla blanca. Ya habréis imaginado lo que pasó después de que entregáramos el coche: el último autobús a Nydrí se acababa de marchar.

Una vista mucho más bonita del 'Capitán Aristide'

No hay problema sin solución, mientras haya un plan D y taxis que te puedan llevar veintitantos kilómetros más allá. Acordamos el precio con uno, y mientras las verdes costas se iban haciendo cada vez más oscuras en la carretera, el angloparlante torpe que vive en mí se torturaba con una pregunta: “¿El taxista me ha dicho fifteen thousands dracmas o fifty thousands ?” La diferencia era sustancial y esa inquietud monetaria, unida a la incertidumbre de si encontraríamos donde dormir en Nydrí, desconocida para nosotros, nos llenó de zozobra el trayecto silencioso. Pero Palas Atenea nunca abandona a sus hijos. ¡Eran fifteen! El hombre nos dejó cerca del muelle, junto a una taberna, una muchedumbre impedía el paso más allá. Fue abrir la puerta del coche y empezar a sonar una banda de música entre aplausos y vítores ¡vaya recibimiento! ¿qué pasa, qué pasa? Athina, la nieta de Aristóteles Onassis, estaba descubriendo una estatua en honor a su abuelo que le dedicaba el pueblo de Nydrí por su labor en la ciudad. A un tiro de piedra, allí en la Bahía, está la isla de Skorpios, propiedad del gran magnate naviero griego, y en la que pasaba sus vacaciones junto a sus poderosos amigos. Por el mismo suelo que pisábamos había paseado numerosas veces con María Callas, con Jacqueline…

El perfecto amanecer dorado que nos condujo a Ítaca.

Y claro que encontramos cama, y un pueblo turístico muy animado, y nos zampamos una suculenta parrillada de pescado… y a la mañana siguiente, una de las más bellas que recuerdo, con la aurora de rosáceos dedos abriéndose entre la bruma y sobre un mar como de vino, viajábamos a bordo del ‘Capitán Aristide’, rumbo por fin al puerto de Frikes, Ítaca. Pero lo importante había sido el camino, difícil como manda el poema, provechoso…

Los trabajos de Penélope

Ulyfox | 11 de mayo de 2012 a las 19:59

Penelope en el centro de operaciones.

 

Los días, no es casualidad, se van haciendo más largos y brillantes conforme se acerca junio. Como queriendo adelantar lo que será el gran viaje para hacer la guía, como presagios luminosos, las jornadas avanzan temperaturas, vientos y pájaros, atardeceres más largos que nunca. Creta se va acercando no diría yo que a un ritmo demasiado rápido, tampoco demasiado lento. Hay mucho trabajo que hacer antes de emprender el rumbo adecuado.

El fuerte veneciano del puerto viejo de Heraklion, la capital de Creta.

En el puente de mando, Penélope estudia (y se aprende) mapas y planos, rutas y caminos, posadas y refugios. Sabemos ya que los primeros días tienen nombre: Heraklion para llegar, Koutouloufari para ver el vestigio auténtico en el caos turístico del Norte, Sissi para un río de sosiego, Mochlos para retirarse, Agios Nikolaos para el glamour, Sitia la capital de provincia, Paleokastro de playas vírgenes… No tiene medida su afán, no tiene fin su deseo, se rebela contra los límites de las horas su espíritu, y no caben sus ganas de que llegue el día en los planes del calendario. Se acerca su mirada al papel, a la pantalla del ordenador, su mente científica a su pesar conjuga con la fuerza que da el desafío. Dice sin querer decirlo que es el trabajo de su vida, de esta vida de estos meses al menos. Creta es esa Ítaca a la que ella va poniendo obstáculos para hacer el camino más difícil y venturoso, más sabio.  Su labor es preludio de mañanas y tardes con aire egeo y africano. Aspiramos a que estos guiones se representen en aquellas tierras y mares diacrónicos.

Aceitunas pequeñísimas de Creta y cerveza en el Este perdido de la isla, cerca de Paleokastro.

Cuando lleguemos a Creta, es decir casi ya aunque falta mucho, tendremos un mapa que Penélope ha ido tejiendo tarde a tarde, noche a noche, para que vayamos desenmarañándolo en un mes, dejando jirones en monasterios lejanos, en playas minúsculas o gigantes, en tabernas al borde del Egeo o del mar de Libia y en piedras con nombres minoicos, como pistas para cuando volvamos o para cuando alguien quiera ir.

En las escalinatas del palacio minoico de Festos.

Yo admiro su tesón, su método, agradezco su dedicación y le prometo la poesía (que en griego significa simplemente “obra”) que saldrá de ese material constructivo.

No es Capri a donde vamos

Ulyfox | 27 de abril de 2011 a las 14:01

Los Farallones (Faraglioni), desde las alturas de Anacapri

No es Capri, no, pese a la sugerencia de Espartaco en un anterior comentario, a donde estamos pensando ir el próximo mes de junio. Hará ya unos diez años que estuvimos en esa isla extremadamente bella, sobreactuadamente hermosa, ineludiblemente unida con el glamour. Seguro que es recomendable volver, al contrario de lo que decía aquella canción de mi infancia, Capri c’est fini (“no volveremos más, a esa isla soñada, no volveremos más a nuestra isla de amor”, cantaba un Hervé Vilard escondido en el recuerdo), pero no iremos este junio. La adivinanza seguía en pie hasta hace muy poco, pero algunos lectores de este blog han demostrado estar muy al tanto, a la altura de un foro tan prestigioso.

El mar de Capri, a través del Arco Natural

Recalamos en un atestado (relativamente, porque no cabe mucha gente) Capri durante dos días, en el curso de uno de los viajes más maravillosos y ajetreados de nuestra vida. Habíamos embarcado en Positano, pero aquel periplo nos llevó además por la escarpada Costa Amalfitana, atravesando luego Italia en tren para coger un barco nocturno en Brindisi de camino hacia la mítica Itaca de nuestro antepasado Odiseo, pero pasando por Cefalonia y Lefkada y por un singular reposo entre olivos y pinos en la minúscula Paxos. Una Odisea controlada, que ya contaremos con detalle, tal vez un día. Hoy toca Capri, la isla que lleva acogiendo turistas desde que el emperador Tiberio la eligió para sus vacaciones.

Una vista general de la costa norte de Capri.

Podemos decir de Capri que tiene su fama bien ganada. De día la pequeña capital puede ser agobiante, con tanto crucerista venido desde Nápoles recorriendo las estrechas calles y queriendo visitar como sea la Grotta Azzurra. Pero se les puede evitar en esas horas punta, dando un paseo de sube y baja no demasiado cansado por la costa este de esta isla, con cientos, miles tal vez, de escalones (la mayoría, bajando) para detenerse muchas veces y contemplar vistas asombrosas verdes y azules, hacia los famosos Faraglioni, esas tres rocas enormes que emergen del mar, el Arco Natural de piedra… El sendero está perfectamente acondicionado, con mucha sombra y a mitad de camino se encuentra la bella y moderna Casa Malaparte, espléndida residencia roja del escritor Curzio Malaparte, en lo alto de un saliente rocoso. Nosotros nos cruzamos con varios arquitectos del Colegio de Cádiz que iban precisamente a visitarla.

La casa Malaparte, prodigio de la arquitectura moderna..

Al final del camino, casi atardeciendo, se llega a uno de tantos miradores, muy cerca del centro de la pequeñísima capital. Entonces, ya con los excursionistas de un día de vuelta a su barco, es momento de un capuccino o un helado relajados, si se coge sitio en la Piazzetta. Y a practicar el delicioso y baratísimo placer mediterráneo de ver a la gente pasar: turistas bien vestidos u horteras, guardias, fachini (los mozos encargados de repartir los equipajes por los hoteles) con carritos eléctricos cargados de maletas…

La Piazzetta de Capri, junto al mirador, llena de turistas.Es preferible buscar los senderos.

La noche queda para los sabios que hayan decidido dormir en Capri… y cenar, por ejemplo, en el Ristorante Da Gemma unos exquisitos y antológicos linguine a modo mio. Aún los recuerdo, como el vino al que nos invitó el amistoso dueño, un hombre enjuto y ya mayor, porque se había equivocado en algo. Capri entero es un bocado exquisito que se merece que volvamos una y otra vez, si el presupuesto lo permite claro. De momento, nos conformaremos con algún otro post, en cuanto me aparezca el resto de las fotos.

Capri, c'est fini.

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De repente, una tarde

Ulyfox | 27 de marzo de 2011 a las 19:06

El antiguo y abandonado muelle de la Fábrica San Carlos, en La Casería

El antiguo y abandonado muelle de la Fábrica San Carlos, en La Casería

La belleza tiene vida, designios y voluntad propias. Debe de ser por eso por lo que aparece donde quiere y cuando quiere. La primavera se lo pone más fácil, de acuerdo. Por eso en esta época conviene andarse una mijita atentos en el camino hacia el trabajo, o en el trayecto a la compra, en la caminata matutina por la Ruta del Colesterol o en el que podría ser rutinario paseo al perro. La belleza espera agazapada en múltiples formas o te estalla ante los ojos, no se sabe.
A mí me pasó ayer, sí, paseando a Aquiles. Debéis saber que el nombre de nuestro perro se debe a una confusión de mi Pe, que en realidad quiso llamarle Ulises pero tuvo un lapsus que, de haberla tenido aquella Penélope de Itaca, habría dado lugar a unos capítulos muy diferentes en la Iliada y por supuesto en la Odisea. Se le quedó Aquiles, que resultó al final un nombre más apropiado para sus pies ligeros. Paseábamos, lo hacemos siempre, por el solar de la antigua Fábrica de San Carlos, un lamentable resto de lo que fue una factoría señera, ahora un abandonado campo de encuentros raros tal vez amorosos, paseantes de animales, vertedores ilegales de escombros y basuras, y cazadores furtivos de pajaritos. Pero ahora los olvidados árboles que antes cuidaba el jardinero recuerdan su vida propia, y florecen entre los escasos restos industriales que han dejado los chatarreros y las vallas caídas. Y los abejorros zumban, y los pájaros de decenas de especies insospechadas los persiguen, y las cigüeñas que anidan en las torretas eléctricas roban para sus nidos las ramas que el levante derribó.
No son nenúfares ni las Nimpheas de Monet, aparecieron en el paseo.

No son nenúfares ni las Nimpheas de Monet, aparecieron en el paseo.

Nuestro paseo humano-animal se alarga, en mis días libres, por más vestigios de lo que fue un San Fernando esplendoroso, y rodeo restos militares, instalaciones aún en uso pero descuidadas, herrumbrosas, ajadas por falta de atención. Enormes charcos a lo largo de la cerca no se han secado y de este caldo de cultivo han nacido plantas, hierbas, juncos y ¡milagro! flores acuáticas, sorpresitas blancas con el centro amarillo que me apresuro a captar con la cámara temblorosa de mi móvil y semejan en su detalle las Nimpheas de Monet. Al volver la esquina derruida del antiguo cementerio inglés, ya pisando suelo de margaritas entalladas, es el momento del estallido: el sol se pone sobre la Bahía recortando el contraluz de un desvencijado muelle me temo que condenado a morir, si este pueblo suicida no recupera la cordura.
De repente, una tarde, la belleza se apareció entre la ruina de un barrio. No hay pistas en esta entrada turística sobre cómo llegar, dónde pernoctar o dónde comer. Sólo recuerdos, y algo de rabia. Pero la belleza está, tal vez, esperando que alguien la rescate.