Mil sitios tan bonitos como Cádiz

Ávila, una muralla

Ulyfox | 19 de febrero de 2014 a las 13:03

Ávila con su muralla vista desde los Cuatro Postes.

Ávila con su muralla vista desde los Cuatro Postes.

 

A Ávila se va para visitar conventos, para disfrutar iglesias, para sentir la huella de la Santa más grande que dio este país, para comer carne y legumbres. Pero nosotros vamos a Ávila siempre para ver las murallas, para pasearlas, para contemplarlas de cerca y de lejos, para admirar como se enciende su color con la luz del atardecer. Es cosa muy de asombrarse llegar de noche, como lo hicimos nosotros esta vez, por el camino de Madrigal de las Altas Torres, y ver los muros iluminados rodeando la ciudad antigua, un casco urbano tan bien conservado que conserva su carácter. Las murallas de Ávila no nos rechazaban sino que por sus puertas parecían darnos su acogida, y su invitación a entrar.

Lo hicimos de noche, para comprobar que enero, después de las fiestas navideñas, es mala fecha si queremos encontrar un mínimo de animación. Frío en las calles y oscuridad encontramos, entre las piedras centenarias, letreros que ni alumbraban negocios y restaurantes cerrados, aunque afortunadamente algunos guardaban su vigilia para el turista de contramano y contratemporada, como lo éramos nosotros.

La Puerta de Santa Teresa, con la fachada del convento de la Santa al fondo.

La Puerta de Santa Teresa, con la fachada del convento de la Santa al fondo.

La mañana siguiente, al menos, se levantó soleada, con un sol que empezó tímido pero impuso poco a poco su fuerza durante el corto día. Las murallas lucieron. Tienen estos muros una rotunda apariencia desde el siglo XI, con esa mezcla de granito gris y anaranjado que la hacen tan hermosa. Y uno siente la sensación de conquistador amable cuando asalta civilizadamente alguna de sus puertas, tras la que siempre se esconde una belleza. Esta fortificación está tan presente, es tan invasiva que la misma catedral, una belleza que guarda un interior sorprendente, está integrada en sus muros, y el hermoso ábside, más conocido como cimorro, forma parte de la defensa, con su adarve y paseo de ronda incluidos.

La catedral es también una fortaleza y su ábside está integrado en la muralla.

La catedral es también una fortaleza y su ábside está integrado en la muralla.

Cuando contemplo sus altas piedras  no puedo evitar una sensación de felicidad por lo conservado, por la huella no borrada de la Historia, y agradecimiento hacia los miles de personas que supieron desde su nacimiento que este singular tesoro había de preservarse a salvo de cualquier codicia o de cualquier insensatez de urbanista iluminado. A esta ciudad se entra y de ella se sale por puertas, como era cuando se fundaron las ciudades. Ahora, estos sillares y lienzos, estos adarves no servirían para defender ni el más mínimo ataque de cualquier ejército. Hace mucho que muchos comprendieron que había que defenderlos a ellos, a estos testigos de la historia.

La Puerta de SanVicente, desde el pórtico de la basílica del mismo nombre.

La Puerta de SanVicente, desde el pórtico de la basílica del mismo nombre.

Después de tres visitas Ávila, en esta pude cumplir por fin mi deseo de contemplar el conjunto amurallado desde la corta distancia, cientos de metros apenas, a la que está situado el humilladero más fotografiado de España, lo que se llama Los Cuatro Postes. Cuatro columnas y una cruz de piedra, que también estaban extrañamente solitarias en esa mañana de final de nuestras vacaciones invernales. Pero fue el lugar perfecto para decir hasta luego a Ávila.

La belleza de las murallas al atardecer.

La belleza de las murallas al atardecer.

 

¿Dónde nació El Greco?

Ulyfox | 14 de febrero de 2014 a las 13:55

Los dos únicos cuadros de El Greco que se conservan en su tierra, Creta.

Los dos únicos cuadros de El Greco que se conservan en su tierra, Creta.

 

Todo el mundo sabe que Domenico Thetokopouli, más conocido como El Greco, murió en Toledo, y pronto, con las celebraciones que ya han empezado en la ciudad castellana, sabrán que eso ocurrió hace 400 años. Casi todo el mundo sabe que nació en Grecia, si no ¿de dónde iba a venir su universal apodo? Muchos menos están al tanto de que su lugar natal, su patria chica es la isla de Creta, de la que excuso deshacerme en alabanzas porque ya me conocéis. Casi nadie, a escala mundial, puede asegurar en qué pueblo vino al mundo uno de los mayores genios de la pintura de todos los tiempos. Y ya puestos, nadie lo puede asegurar con certeza, ni siquiera en la misma Creta. Los expertos parece que se han puesto de acuerdo en ese nacimiento se produjo en 1541 en Candia, actualmente la capital de la isla que ha cambiado ese nombre veneciano de origen árabe (de El Handak, ‘el foso’) por el mucho más mitológico de Heraklion. Pero la persona que tenga la feliz idea de visitar Creta encontrará que muchos folletos y guías remiten desde hace décadas la cuna del artista hispano-griego a un pueblo cercano, Fodele, a unos 20 kilómetros de distancia.

Animada charla en 'Domenico' de Fodele.

Animada charla en ‘Domenico’ de Fodele.

 

Y Fodele se muestra indiferente a la verdad histórica. Sigue vendiendo que es la auténtica patria del misterioso hombre que pintaba gente alargada. A un paseíto de diez minutos del centro se levanta una pequeña casa de piedra que se reclama el lugar donde el pequeño Domenico pasó su infancia. Dentro, reproducciones de las obras de El Greco y una curiosa vitrina en la que se muestran noticias sobre familiares descendientes del pintor, e incluso retratos que comparan los rostros de esos Theotokopouli con el autorretrato del caballero grequiano. En otro lugar se muestra un recorte de un periódico español de los años 40 del pasado siglo en el que se cuenta la expedición de unos turistas españoles a ese pueblo en busca de las raíces del artista. El Museo es uno de los escasos sitios de Creta en los que se ofrece información en español a los visitantes. Al final de la calle principal, donde el bonito río Pantomantris se sumerge en el fértil valle, junto a un viejo plátano de sombra, hay un monolito de piedra castellana que una comisión de la Universidad de Valladolid regaló en 1934 a la población, y en él una inscripción en español y griego para recordar la herencia común.

Vendedora de bordados en Fodele.

Vendedora de bordados en Fodele.

 

La supuesta casa natal y su correspondiente Museo no destacan entre los miles de atractivos de Creta, pero la iglesia bizantina que está justo en frente sí merece la pena, por su construcción antigua de piedra y sus difuminados frescos. Y Fodele como tal se gana una tranquila visita por su situación, por la carretera bordeada de frutales que lleva hasta él y por el casco urbano lleno de casas tradicionales, tabernas junto al río y puestos donde las ancianas venden sus bordados. Los dueños de establecimientos como ‘Domenico’ gustan de charlar con sus clientes, indagarles sobre su procedencia y bromear con las turistas. A veces la felicidad se condensa en unos minutos de tomar un café griego (helinikó) en terrazas como esa. Y si hay que creerse que aquí nació El Greco se lo cree uno, como se viene haciendo desde siempre.

Comparación, en el Museo de El Greco de Fodele, de una obra del pintor con un habitante del pueblo.

Comparación, en el Museo de El Greco de Fodele, de una obra del pintor con un habitante del pueblo.

La iglesia bizantinaq de la Panayía, en el campo que rodea Fodele.

La iglesia bizantina de la Panayía, en el campo que rodea Fodele.

Ante la casa de la supuesta casa de El Greco en Fodele.

Ante la supuesta casa y Museo  de El Greco en Fodele.

Pero parece que no, que en realidad nació en Heraklion, una ciudad fascinante, no por sus bellezas arquitectónicas, arrasadas casi por completo por el inmisericorde bombardeo nazi durante la llamada Batalla de Creta. La capital atrapa por su intensa vida ciudadana y cultural, por sus innumerables terrazas y restaurantes, por la posibilidad de escuchar la profunda y antigua música cretense, por las ganas de agradar de su gente y, naturalmente, por el incomparable y recientemente renovado Museo Arqueológico, que muestra joyas maestras únicas de aquella desaparecida y elevadísima cultura minoica, la primera civilización del mundo occidental.

La iglesia de Agios Titos, antigua mezquita turca.

La iglesia de Agios Titos, antigua mezquita turca.

Es casi un empeño heroico hablarles a los españoles de Heraklion. Pocos, la mayoría en fugaces cruceros, visitan Creta, y los que lo hacen se limitan a estar de paso en la capital. Como mucho, se acercan a ver las ruinas del palacio de Cnosos, hogar del rey Minos que dio nombre a esa cultura y también a su monstruoso bastardo el Minotauro. Nosotros supimos ver, sólo a la tercera o cuarta visita, el enorme encanto de esta ciudad caótica, sus estupendos lugares para comer de todas las maneras, sus tiendas de música, sus puestos de dulces loukoumades, sus arcos venecianos escondidos, sus mezquitas reconvertidas una y otra vez, la increíble manera de sus jóvenes de pasar horas en charlas de bares sin casi alcohol, su puerto veneciano viejo y dorado, con los leones de mármol labrados en sus muros, sus arsenales, la gruesa muralla, la tumba de Kazantzakis, su mercado aún vivo y sus tiendas de vista y olor antiguo, y esas baratísimas ouzeries, donde tomar el licor con entremeses.

El puerto veneciano de Heraklion, al atardecer.

El puerto veneciano de Heraklion, al atardecer.

Se entra a Heraklion desde el puerto antiguo por la calle 25 de Agosto, a la que llaman la calle de la Mentira, porque su bello aspecto de fachadas neoclásicas promete una ciudad hermosa que luego no existe en cuanto sale uno de ella. Pero, como buena urbe griega heredera de costumbres turcas, enseguida anima la vista la gran cantidad de tiendas y comercios esparcidas sobre todo en los alrededores del Mercado abierto: ferreterías, mercerías, bazares al modo antiguo con artículos que uno creería desaparecidos en nuestra vida moderna, escaparates repletos y boutiques de diseño, tiendas de recuerdos y cafés. Y de vez en cuando, una fuente con elementos romanos o turcos, o los dos mezclados. Y mucha gente, siempre mucha gente, el ritual oriental y mediterráneo del paseo sobre todo vespertino.

Una fachada neoclásica de Heraklion.

Una fachada neoclásica de Heraklion.

Una pequeña y antigua ouzerie en la calle del Mercado.

Una pequeña y antigua ouzerie en la calle del Mercado.

Una de los cientos de tiendas tradicionales de Heraklion.

Una de los cientos de tiendas tradicionales de Heraklion.

 

Aquí, en Heraklion encontraréis los dos únicos cuadros de El Greco que se conservan en su tierra natal. Están en el precioso Museo Histórico de la ciudad, y podréis apreciar que ya estaba en ellos la huella del pintor que luego terminó representando el espíritu español, mire usted por donde. Y si queréis ahondar más en sus raíces, entonces dirigíos a las cercanías de la brillante catedral de Agios Minas. Cerca de uno de sus costados está la iglesia de Santa Catalina (Agia Ekaterini) en el Monte Sinaí. En ella se encuentra el Museo de Arte Sacro, que contiene los mejores ejemplos de iconos bizantinos. El Greco fue uno de los discípulos de la prestigiosa Escuela artística que radicaba en su seno, y la colección del Museo muestra varias obras maestras de Mijaíl Damaskinos, contemporáneo de Theotokopouli.

No os puedo ocultar información: si queréis más detalles de estas dos poblaciones hermanadas por el genio toledano, comprad nuestra Guía Compact Un corto viaje a Creta editada por Anaya. Sí, ya está a la venta. Corred, en masa si queréis, a las librerías y si no la tienen, reclamadla. Por internet, seguro que ya podéis. Si pincháis ahí, podréis ver la portada: http://www.anayatouring.com/Guias/creta/

El mes que viene haremos la presentación en Cádiz. Ya os avisaremos, pero id preparando vuestras mejores galas.

La catedral de Agios Minas

La catedral de Agios Minas

 

 

Restos de Altas Torres

Ulyfox | 10 de febrero de 2014 a las 13:15

Puerta de Cantalapiedra, en Madrigal

Puerta de Cantalapiedra, en Madrigal

 

El joyero de Madrigal de las Altas Torres, en la provincia de Ávila, está escondido, es pequeño y no se puede fotografiar. Bueno, es una habitación tan pequeña como un pequeño cuarto de baño de los de hoy. Pues allí, sobre una cama de un tamaño difícil de imaginar que se apoyaba sobre un suelo de barro hoy aún existente, nació una reina, que la historia y el imaginario dicen que ha sido la más grande que ha tenido España, Isabel de Castilla llamada la Católica. El pequeño cuarto es una insignificancia dentro de un palacio austero, que correspondía a lo que era un palacio real de un reino pobre rodeado de otros reinos pobres. Aquel palacio real de Juan II, hoy monasterio de Nuestra Señora de Gracia está a un paso de lo que queda de la que fue fantástica muralla mudéjar de Madrigal, la que dio nombre al pueblo por la cantidad de torres que se repartían por su perímetro de ladrillo trabajado.

Así es Madrigal de las Altas Torres.

Así es Madrigal de las Altas Torres.

Aún hoy se pueden ver torres en ruinas en los trozos de muro, y en algunas se puede uno deleitar con lo hermoso de su construcción, sobre todo en las puertas que se conservan, con esas almenas protegiendo el paso. Pero por dentro, Madrigal es un pueblo plano, extenso, de calles anchas y urbanismo aparentemente destartalado que sobrelleva la excesiva importancia de su hermosísimo nombre, y la fama de haber sido la cuna de la ilustre reina. Sobresalen dos grandes obras mudéjares, las iglesias de San Nicolás de Bari, con su desmedida torre, y la de Santa María del Castillo, llamada así porque fue edificada sobre una fortaleza ya existente. Ambas están en la parte más alta del pueblo, si se le puede llamar altura a esa pequeña colina.

Fachada de la casa natal de Isabel la Católica.

Fachada de la casa natal de Isabel la Católica.

 

Llegamos con suerte, el sol salió cuando estábamos en plaza junto a San Nicolás, y las fotografía se redimieron un poco del tono gris general del último viaje a Castilla. Visitamos, naturalmente, la casa donde nació Isabel, primorosamente cuidada por las pocas monjas que aún quedan en el convento de clausura. Nos contó la amable guía que la mayoría eran ya muy mayores, y sólo unas pocas hermanas jóvenes venidas de América hacían posible que el recinto conservara su actividad. El lugar es hermoso y evocador, muy limpio. Asombran los artesonados del siglo XV perfectamente conservados, las estancias reales, modestas a nuestros ojos, la poca altura de las puertas de paso, los inexistentes detalles de lujo, el rumor aún perceptible de aquellos pasos apresurados tal vez ante la noticia del inminente nacimiento de una reina, los amores contrariados que convertían en monjas a princesas…

Vista general de Madrigal de las Altas Torres, con lo que queda de sus murallas.

Vista general de Madrigal de las Altas Torres, con lo que queda de sus murallas.

Junto a la casa de Isabel se encuentra el antiguo Hospital de la Purísima Concepción, con dos bellas galerías exteriores. Pero los monumentos parecen estar aislados, nunca acompañados por un escenario envolvente de ambiente de la época. Como si todo el pueblo estuviera en las afueras. No contribuía mucho a la poca animación que aquella tarde que pasamos en Madrigal coincidiera un funeral en San Nicolás, al que parecían acudir todos sus habitantes confluyendo en grupos pequeños en la iglesia desde todos los rincones, mientras la campana del templo sonaba a muerto con un bien espaciado toque único, como una marcha fúnebre primitiva, sobria, castellana. Pensamos en visitar la iglesia, pero decidimos buscar nuestro destino en murallas más sólidas, la última etapa de nuestro viaje invernal, algunos kilómetros al sur, en Ávila.

El Hospital de la Purísima Concepción.

El Hospital de la Purísima Concepción.

El cielo invernal de Castilla en Madrigal.

El cielo invernal de Castilla.

El ábside de Santa María del Castillo.

El ábside de Santa María del Castillo.

San Nicolás y su alta torre.

San Nicolás y su alta torre.

 

 

 

…y también una ermita

Ulyfox | 7 de febrero de 2014 a las 13:16

Vista de los ábsides de la ermita de La Lugareja.

Vista de los ábsides de la ermita de La Lugareja.

 

Dije antes que para mí Arévalo era una plaza, la de la Villa, amplia, hermosa y evocadora, y me olvidé de añadir que también es una ermita situada a un corto paseo de dos kilómetros desde el pueblo, en pleno campo. Hasta el nombre lo tiene humilde, La Lugareja, pero resplandece con su obra de ladrillo y su altura de logro arquitectónico sobre una pequeña elevación, a un lado de la carretera. Está considerada como uno de los más bellos ejemplos del mudéjar castellano, ese estilo cuyos maestros eran los musulmanes residentes en los reinos cristianos tras la conquista. A mí me recordó a esas capillas e iglesias bizantinas que salpican los campos y montes de Creta y el Peloponeso, sólo que a esta le faltan los frescos que normalmente decoran los muros exteriores de esos templos mínimos griegos.

El alto interior y la cúpula.

El alto interior y la cúpula.

La Lugareja sorprende más por su trabajada orfebrería de ladrillo exterior, y por la altura de sus capillas y cúpula en el interior, un alarde sobre pechinas como estudiábamos en Historia del Arte. Es limpia y emocionante. Se encuentra en una propiedad privada y sólo se puede visitar determinados días de la semana. Nosotros lo hicimos un miércoles frío del pasado mes de enero, y al menos otras cuatro personas lo estaban haciendo. A los operarios de la finca que abrieron la ermita se les deja una ‘voluntad’. Mirad, mirad como las pilastras de ladrillo se elevan arriba, arriba y se unen en delicados arcos románicos, y luego decoran cornisas dentadas o redondeadas en los ábsides, hasta que el cimborrio remata el desafío de nuevo con arcos. Viéndola desde fuera, se diría que la construcción debería ser completada con tres naves góticas, y que lo que se ve formaría parte del crucero final. De hecho, es la cabecera de una iglesia que no se llegó a terminar. Tal vez eso acentúa su encanto y misterio. Es sólo una parada, un desvío para respirar.

Vista frontal de la ermita.

Vista frontal de la ermita.

 

 

 

Arévalo es para mí una plaza

Ulyfox | 5 de febrero de 2014 a las 13:19

Desde un rincón de la plaza de la Villa de Arévalo.

Desde un rincón de la plaza de la Villa de Arévalo.

 

No la Plaza Real, donde antes estuvo el palacio de los Reyes y ahora sigue estando el Ayuntamiento, ni la Plaza del Arrabal, que concentra la vida ciudadana. Lo que a mí me gustó de Arévalo fue su Plaza de la Villa, enorme y plano recinto abierto, circundado de soportales con columnas de granito y travesaños de madera, escoltado de forma enfrentada por tres altas torres mudéjares, ese románico de ladrillo que toma su nombre de los árabes que vivían en reinos cristianos y de cuyos ejemplos arquitectónicos está  sembrada Castilla la Vieja. Es la Plaza de la Villa un lugar que se imagina uno idóneo para grandes mercados medievales, corridas de toros, torneos y todo tipo de celebraciones festivas o religiosas de otras épocas. De una anterior visita, yo la recordaba mucho más descuidada, polvorienta incluso. Ahora se nota una cuidada restauración en pavimentos, empedrados y fachadas que relucen con su color rojizo aún bajo el cielo nublado del invierno castellano. La piedra de la plaza cría inevitable verdín, y algunas casas dejan ver el clásico entramado de maderas sobre los que se asientan los revestimientos de ladrillos. Las torres, si se miran bien, semejan en realidad como macizas y cuadradas Giraldas, desmochadas algunas y otras rematadas con pináculos recios también. En un rincón, la plaza alberga la peculiar iglesia de San Martín, con dos torres casi gemelas pero perfectamente diferenciables y apreciables en su grandeza, una hueca, la de Los Ajedreces, y otra maciza, la Torre Nueva.  Ante su pórtico lateral, una fuente con canalillos ahora cerrada completa el cuadro medieval. En el lado enfrentado de la plaza, Santa María la Mayor, con vistosos arcos de ladrillo.

El castillo de Arévalo.

El castillo de Arévalo.

Está Arévalo, como todos los pueblos de esta zona, históricamente ligado a los grandes acontecimientos y peleas del reino de Castilla entre apellidos de los cuales descolló finalmente a base de batallas el de Trastámara, que llevó la Reina Católica. Isabel pasó aquí buena parte de su infancia bajo el cuidado de su madre Isabel de Portugal. De nuevo, esta figura es la base de alguna ruta turística de la población. Sorprendentemente, es la segunda ciudad más poblada de la provincia de Ávila, después de la capital. Y baso la sorpresa en su poca población, comparable por estas latitudes a la de un pueblo pequeño de la provincia.

Detalles y escenarios medievales.

Detalles y escenarios medievales.

Tiene también Arévalo un castillo, faltaría más, pero aquí la restauración se nota demasiado, y más si se compara con antiguas láminas en las que se apreciaba su ruina. De cualquier forma, luce bonito allá con su alta torre en las afueras del pueblo, y sobre el recodo que forman los ríos Adaja y Arevalillo. A trozos, se puede ver rodeando el pueblo algunos trozos de muralla, sobre los que se han ido instalando casas con el paso de los siglos.

Y otro ángulo del gran recinto abierto.

Y otro ángulo del gran recinto abierto, con las dos torres de San Martín.

La otra fama de Arévalo procede de sus asados, cordero y cochinillo, pero no tuvimos suerte con los horarios, los cierres y los días festivos. Y el lugar a donde fuimos a parar a cenar no nos proporcionó una gran experiencia. Sí, en cambio, el sitio en el que nos alojamos La Posada Real de los Cinco Linajes, que hace referencia en su nombre a los cinco grandes apellidos que gobernaron la antaño gloriosa villa. El hotel, en un palacio restaurado, está bien situado, bien gestionado y bellamente decorado. Muy agradable, y creo que por desgracia no probamos su comida. Una estupenda etapa en este paseo por la Castilla profunda.

Otra vista de la plaza.

Otra vista de la plaza, con la iglesia de Santa María la Mayor.

 

 

 

Tánger apenas entrevista

Ulyfox | 31 de enero de 2014 a las 13:02

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“!Esto ya es otra cosa!” dijo uno de los integrantes del grupo al entrar en la zona más europea, más ordenada y quizá más limpia de Tánger. Y yo dije. “Pues qué quieres que te diga, yo prefiero la parte de allí abajo”, refiriéndome a las calles de la Medina, camino de la Alcazaba, donde habíamos cenado estupendamente en el restaurante El Hamadi. Y es así, me gusta el mundo musulmán abigarrado, callejero, vivido en los ámbitos públicos. Es verdad que a ojos europeos puede parecer desordenado, caótico y sucio. Y sobre todo, digo yo, si uno va a Tánger tiene que conocer y apreciar lo diferente, no lo que se parece o es igual a lo nuestro, tiene que sumergirse en ese mundo propio. Y eso que la ciudad del norte de Marruecos es de lo más europeo que hay por allí.

Fontaneros a la espera de clientes a las puertas de la Medina de Tánger.

Fontaneros a la espera de clientes a las puertas de la Medina de Tánger.

 

Han sido sólo 24 horas, un viaje realmente relámpago, que mi cuerpo y mi espíritu han agradecido, y agradecen, a la Asociación de la Prensa de Cádiz, que nos han invitado a las III Jornadas de Periodismo Hispano-Marroquí. Es asombroso que un paseo de un día al exterior, al otro mundo, una salida de la rutina tan breve, te contagie una alegría tan grande. Se trataba sólo de un día de trabajo para hablar de tu trabajo con compañeros de trabajo, algunos muy queridos y no vistos desde hacía años, pero fue un día fuera. Y eso quiere decir fuera realmente, un salto a la calle de al lado, una salida de la vía, como un sacar los pies del tiesto sin romperlo, como bajar del tren de todos los días en una parada no prevista y echar a andar por un pueblo inhabitual, algo moderado pero necesario de vez en cuando. Fue hablar con periodistas de aquí y de allá, fue conocer sus inquietudes, escuchar sus quejas por la imagen que aún (¿por cuánto tiempo?) se tiene en España de Marruecos a la vez que mucho querían recuperar la convivencia de ese pasado conjunto y común entre los dos pueblos, comer la pastela y el tajine de cordero del Hamadi, beber el mojito del legendario bar del Hotel Minzah, con su pianista y su cantante espectacular, fue todo eso y volver a casa con ganas de contarlo todo.

Otra puerta de la Medina, a la hora de la apertura matutina.

Otra puerta de la Medina, a la hora de la apertura matutina.

 

Participamos en algunas mesas redondas, y me asombró la capacidad de participación y de preguntar de profesionales y estudiantes marroquíes, las ganas de hablar, y la seguridad con la que lo hacían. Y esas reclamaciones hacia España, esa reivindicación de una cultura tan parecida en muchos aspectos detrás de una imagen aparentemente tan distinta. Callejeas, los pocos minutos que pude escaparme por la mañana temprano para llegar hasta la Medina antes del comienzo de las Jornadas, y ves fachadas y nombres tan próximos, calle España, calle de la Alcazaba, esa Cafetería La Española; contemplas descorazonado desde el taxi el deplorable aspecto del Gran Teatro Cervantes, propiedad ruinosa del Estado español, y te alegras cuando ves el pabellón del Instituto Cervantes. Crees vislumbrar una esperanza de que esa hermandad podría crecer en cuanto unos pocos políticos pusieran un poquito de empeño. Compruebas como el auditorio aplaude al interviniente andaluz que recuerda la alegría que siente al entrar en este territorio hermano. Y lamentas, de nuevo, el poder del tópico y la indiferencia de los poderes.

Una calle 'andaluza' en la ciudad marroquí.

Una calle ‘andaluza’ en la ciudad marroquí.

 

En ese paseo cortísimo sólo pude acercarme a las puertas de la Medina antigua, de ese mercado callejero tan propio de los países musulmanes, y comprobar desalentado que era demasiado temprano para que hubiera tiendas abiertas. A las ocho y media empezaban algunos a levantar sus barajas, y ese zoco comenzaba a llenarse de vida. Pero yo tenía que volverme. Me quedaron unas enormes ganas de volver sólo para disfrutar de esta ciudad, para ir con Penélope al café El Hafa sobre las aguas del Estrecho, tan recomendado por Peluso, y cuya visita me fue imposible. De disfrutar los dos juntos del excelente té con yerbabuena en el Gran Café de París, de tantas reminiscencias. Me quedé con el deseo de mezclarme con la marea humana, de practicar el regateo en la Medina, de aceptar los tés de cortesía de los comerciantes, de recoger en fotografías todo eso, más allá de las pocas imágenes que el tiempo me permitió.

La entrada a la antigua Medina.

La entrada a la antigua Medina.

¡Volveré! Porque a las dos tenía que tomar el barco, y a eso no hay derecho.

El Grand Café de Paris. excelente té con yerbabuena.

El Grand Café de Paris, excelente té con yerbabuena.

El Instituto Cervantes en Tánger.

El Instituto Cervantes en Tánger.

Vista general y detalle de la Gran Mezquita de Tánger.

Detalle de la Gran Mezquita de Tánger.

 

 

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Donde mueren las reinas

Ulyfox | 28 de enero de 2014 a las 13:40

Rincón de la enorme Plaza Mayor de Medina del Campo.

Rincón de la enorme Plaza Mayor de Medina del Campo.

Podemos discutir la calidad de la serie. Bueno, yo ni puedo discutirla porque no la he visto, sólo algunos capítulos sueltos, ya empezados y no sé si terminamos. Pero que Isabel, sobre la vida de la Reina Católica, ha sido un éxito es innegable. Puedo decir que a mí lo que vi me interesó. Y parece también indudable que ha acrecentado el interés sobre esa figura fundamental de la Historia española, gran hueco en nuestro saber, al menos en el mío. Algunos pueblos de Castilla ya tenían la Ruta de Isabel la Católica, pero ahora, tras la serie, han visto reforzada su oferta isabelina a la par que aumentaba la afluencia de personas. Hace unos días vi en el escaparate de una agencia de viajes un cartel anunciando una oferta para visitar las ciudades de ‘El tiempo entre costuras’, Tánger y Tetuán. Bienvenido sea todo esto si ayuda a saber de nosotros mismos, como país y como personas. Nosotros también, con la excusa de que Pepa está siguiendo la serie, aprovechamos recientemente para visitar (en la mayoría de los casos, revisitar) algunos rincones de esa Castilla histórica que vivió la singular historia de esta Isabel, una región plana, sobria como ella sola, siempre con apariencia de estar envuelta en una capa de polvo histórico y paralizado, y más si el viaje se hace en invierno, su duro invierno.

El patio y la torre del homenaje del castillo de La Mota.

El patio y la torre del homenaje del castillo de La Mota.

 

Por eso estuvimos, como ya os hemos contado, en Tordesillas, y por eso luego paseamos por Medina del Campo, y más tarde por Arévalo y Madrigal de las Altas Torres, nombres en los que se escribió la España de finales del XIV, es decir, todo lo que fue después. Llegamos a Medina desde Tordesillas, más o menos a la hora de comer, con apetito, con mucho apetito. Así que lo primero fue buscar un restaurante, tarea mucho más difícil de lo que podría parecer, ya que en las fechas inmediatamente posteriores a las fechas navideñas está casi todo cerrado. Por fortuna dimos con El Mortero, no barato, pero con un lechazo exquisito y un original y sabroso jamón de buey. Una buena experiencia.

Vista general del castillo.

Vista general del castillo.

 

Tras el rico almuerzo, salimos en busca de las huellas de Isabel, fácilmente rastreables junto al Ayuntamiento, en un rincón de la enorme Plaza Mayor. Esta plaza, abierta y baja, es una evidente muestra de lo que fue Medina durante siglos: la ciudad que albergaba las ferias comerciales más importantes del país. Estaba concebida para albergar grandes mercados. No es especialmente atractiva, teniendo en cuenta las preciosas plazas que hay en Castilla, pero sí responde a su función. Hay que conocer la historia de Medina y pasmarse con su poderío comercial, tan especial y con tantas particularidades que algunas han llegado hasta nuestros días. Aún hoy, los comercios y bancos abren los domingos por la mañana como un privilegio heredado de esa tradición.

Los muros de ladrillo mudéjar del castillo de La Mota.

Los muros de ladrillo mudéjar del castillo de La Mota.

 

Desde casi toda Medina se puede ver el castillo de La Mota, de silueta reconocible en todos los libros de Historia. Está en las afueras, a un corto paseo a pie, y es una mole mudéjar de ladrillo rojo, ancho foso y altas torres, sobre todo la del Homenaje, con casi 40 metros de altura, destruido y reconstruido muchas veces. Un lugar para rememorar historias de ambiciones, caballeros, intrigas nobiliarias y venganzas reales. Su obra de ladrillo y tal vez las numerosas restauraciones dan a esta fortaleza un aire un poco falso, que hubiera desaparecido si su aspecto fuera más ruinoso, más acorde con su historia de bombardeos.

El edificio testamentario de Isabel la Católica.

El edificio testamentario de Isabel la Católica.

 

Pero es en aquel rincón antes nombrado de la Plaza Mayor, en una casa de aspecto exterior insignificante e interior ilustrativo, donde se encuentra lo más significativo de Medina del Campo. Allí murió Isabel la Ctaólica y, más importante aún, dictó su testamento en 1504, es decir, marcó el futuro de España, ya que por él su hija Juana I era reina de Castilla, pero si no podía gobernar se haría cargo de ello su marido Fernando el Católico, rey de Aragón. Y la línea de herencia marcaba que el futuro rey sería Carlos, hijo de Juana y de Felipe el Hermoso, o sea, el que sería conocido por todos nosotros desde niño como Carlos I de España y V de Alemania. Dentro de la modesta casa de ladrillo hay un museo interactivo que cuenta de forma muy didáctica toda la historia. Estupendo para ese turismo de invierno que busca los lugares recogidos, breves y amenos, que abran el espíritu, y alimenten el alma mientras se espera que el cuerpo pida también su ración de hotel cálido y mesón tradicional. Que ese era nuestro ánimo cuando enfilamos al atardecer la carretera camino de Arévalo.

 

 

El pequeño lugar donde se repartió el mundo

Ulyfox | 22 de enero de 2014 a las 13:47

Un ángulo de la Plaza Mayor de Tordesillas.

Un ángulo de la Plaza Mayor de Tordesillas.

Vista de Tordesillas y del puente sobre el río Duero.

Vista de Tordesillas y del puente sobre el río Duero.

 

Ríete tú de la conferencia de Yalta. Hace más de quinientos años, en un pueblo de Castilla, dos reinos se repartieron el mundo futuro. Dos reinos punteros, de los que ahora se llamarían emergentes, entonces mucho más pobres que los comerciantes y burgueses reinos o principados de Italia y Centroeuropa. Portugal y España, que entonces ni siquiera se llamaba así, trazaron una línea en mitad del Océano Atlántico y se dijeron “de aquí pallá lo que yo descubra y conquiste es mío, y de aquí pacá, tuyo”. En pocas y burdas líneas, eso fue el Tratado firmado en Tordesillas (Valladolid) en 1494, poco después de que Colón se topara con América cuando iba en busca de las Indias, y para evitar conflictos entre los dos reinos navegantes. Y básicamente, eso explica también que Portugal se quedara con Brasil y España con el resto del gran continente nuevo. Otra cosa es todo lo que ocurrió luego.

Resto de una fachada mudéjar en convento de Santa Clara.

Resto de una fachada mudéjar en convento de Santa Clara.

Pero entonces era otra cosa. Todo parecía que iba a sonreír a las nuevas potencias. Y se reunieron en lo que hoy se conoce como las Casas del Tratado, convertidas en un museo temático sobre ese acuerdo histórico. Tordesillas, tan pequeña y tan grande por sus resultados, es un típico pueblo castellano, con su Plaza Mayor porticada, sus palacios señoriales y sus calles empedradas. Tiene un hermoso puente medieval sobre el río Duero, que en estos días atrás bajaba caudaloso y marrón, y guarda además en sus orillas un capítulo de los más oscuros de la historia de España del tiempo de los Reyes Católicos: en el convento de Santa Clara, que entonces era palacio real, pasaría años de encierro y prisión la reina Juana I, más conocida por la historia como Juana la Loca, estigmatizada por una supuesta demencia nunca aclarada, y seguramente víctima de mil conspiraciones, intrigas y peleas a muerte por la Corona y el poder. El palacio monasterio es ahora un espectacular compendio de historia del arte y de la política, y en sus rincones escoltados por artesonados espectaculares, bóvedas y arcos árabes destruidos o respetados, sustituidos por el gótico o el herreriano más sobrio, se esconde quizá un tratado de política real, gloriosa y asquerosa a la vez. Quizá el futuro de España se jugó de nuevo allí, entre príncipes flamencos, nobles castellanos y comuneros.

 

Patio del convento de Santa Clara.

Patio del convento de Santa Clara.

 

El palacio convento se puede recorrer con una interesante visita guiada en la que surgen más preguntas que respuestas, y que da ganas de estudiar Historia de España, tan diferente de la que nos contaron en aquellos libros de texto y en aquellas películas idealizadas de Juan de Orduña ¡Qué falta nos hace! Lo malo es que creo que ahora eso sólo se cuenta en series de televisión, con mayor o menor fortuna.

Entrada al convento de Santa Clara.

Entrada al convento de Santa Clara.

Estatua de Juana la Loca ante la iglesia de San Antolín.

Estatua de Juana la Loca ante la iglesia de San Antolín.

Las Casas del Tratado.

Las Casas del Tratado.

 

 

¡Ole tus huevos!

Ulyfox | 22 de enero de 2014 a las 12:37

Huevos fritos con patatas para los tres, y torreznos, chorizo y lomo al centro.

Huevos fritos con patatas para los tres, y torreznos, chorizo y lomo al centro.

 

Los huevos son los de Casa Tino en Valladolid, fritos a la antigua usanza, con su encajito dorado alrededor y todo, acompañados de unas patatas auténticas, limpias, jugosas y crujientes a la vez. Los mencioné en mi anterior entrada, pero cometí el injusto olvido de no poner la foto-evidencia. Tras reparar el fallo, ahí va la muestra de que la capital castellana tiene más de un atractivo para visitarla. Al menos, un par de ellos.

La tradicional fachada de Casa Tino.

La tradicional fachada de Casa Tino.

 

El día en Valladolid se remató con la compañía de Marta y Fernando.

El día en Valladolid se remató con la compañía de Marta y Fernando.

 

Aunque no queremos olvidar tampoco que nuestro principal motivo para acercarnos (en realidad era alejarnos de nuestra ruta) era el de visitar a esos amigos surgidos al calor griego, Marta y Fernando. Dos anfitriones acogedores, amables y amantes de su tierra. Ahí los tenéis, guapos y jóvenes.

Para disfrutarlos con esa carita.

Huevos para disfrutarlos con esa carita.

 

 

Valladolid, la sorpresa

Ulyfox | 21 de enero de 2014 a las 1:12

Pórtico de la iglesia del Monasterio de San Benito el Real.

Pórtico de la iglesia del Monasterio de San Benito el Real.

Una calle del centro de Valladolid con la catedral al fondo.

Una calle del centro de Valladolid con la catedral al fondo.

Acercarse para ver los detalles.

Acercarse para ver los detalles.

Esto es San Gregorio.

Esto es San Gregorio.

Un detalle de la fachada.

Un detalle de la fachada de San Pablo.

Fachada de la iglesia de San Pablo.

Fachada de la iglesia de San Pablo.

 

A fin de cuentas, el objetivo de nuestro viaje a Valladolid de hace poco más de una semana era ver a nuestros amigos Marta y Fernando. Marta se enteró por este blog de que íbamos a dar un paseo por Castilla y lanzó el reclamo de su deseo de vernos. Y a ese reclamo acudimos sin dudarlo. A ella la conocimos en Mikonos hace cuatro veranos, en el desayuno de nuestro hotel, el siempre revisitado Damianos. Al año siguiente decidimos coincidir en Rodas y allí nos encontramos con ella y Fernando para pasar una noche de cena de verano en una terraza del casco medieval de la ciudad de los caballeros. Una amistad entre dos vallisoletanos y dos gaditanos fraguada bajo el cielo griego.

Hace muchísimos años también habíamos viajado a Valladolid a ver a otra amiga, qué cosas, y entonces no nos pareció una ciudad demasiado atractiva. De hecho, no figura entre los lugares con más tirón de Castilla, rodeada y oscurecida quizá con justicia por vecinas tan llamativas como Salamanca, Ávila, León, Burgos y Segovia. Pero a todo hay que darle al menos una segunda oportunidad. Como habíamos quedado con los amigos por la tarde, y el hotel estaba en el centro, lo mejor que se podía hacer era conceder esa segunda opción a la ciudad que fue capital de Castilla, cabeza de rebelión de los comuneros, e incluso capital de España.

Lo primero que hicimos fue el ritual que está marcado para las visitas a las ciudades de Castilla: ir a la Plaza Mayor. Y, aparte de los habituales adornos y atracciones infantiles de las fechas navideñas, encontramos un recinto muy cuidado, de fachadas coloreadas, soportales con columnas y un señorial Ayuntamiento con recuerdos de reyes famosos y señores rebeldes. Al lado justo de la Casa Consistorial hay un templo del comer modesto y eterno: Casa Tino. Preguntamos para entrar. Sí, tenían una mesa para nosotros tres, pero nos hicieron una advertencia. “Sólo tenemos un menú -nos dijeron-, huevos fritos con patatas caseras, ensalada de escabeche y una fuente con torreznos y chorizo de olla para empezar” ¡Vaya problema! Nos entusiasmó la idea. Y después nos entusiasmó el resultado de mojar pan y papas, con un par de copas de vino. Fantástica comida, barata, sabrosa y de siempre. Estupendo almuerzo que nos invitaba a la siesta.

Afortunadamente nos resistimos a la tentación, porque yo había divisado desde la Plaza Mayor un pórtico con un arco altísimo de piedra clara, y me había determinado a acercarme. Afortunadamente. Era el pórtico frontal de la iglesia del Monasterio de San Benito el Real. En realidad, una torre pórtico añadida en el siglo XVI por Gil de Hontañón al templo gótico anterior. En realidad, una maravilla altísima y grandiosa, un espacio asombroso creado bajo una bóveda y entre dos torres. Me di el gustazo de entonar a voz en grito el Tee vooglioo beene assaaaii…! y bajo aquel arco sonó casi bien. Una mujer que pasó por la solitaria plaza sonrió complacida, y me animó a seguir, pero no.

El paseo siguió en busca de dos fachadas maravillosas con nombres santos: San Pablo y San Gregorio, cumbres del estilo isabelino, ese desarrollo manierista del gótico que tanto impulsó la Reina Católica. El día estaba gris, pero la piedra labrada, cincelada y retorcida de las dos puertas monumentales, muy cerca el uno del otro, brillaba por sí sola.  Quizá la muestra de un país que empezaba a ser rico, con la unificación del reino y el descubrimiento de América. Quizá. Mejor que miréis las fotos.

Y después quisimos pasar por delante de la catedral, una mole sobria de piedra, en cierta forma hermosa pero inacabada e indefinida. Juan de Herrera, el arquitecto de El Escorial, la pensó. Nos gustó en su enormidad. Y la fuimos dejando atrás mientras por fin nos encaminamos al Hotel Amadeus, a descansar un poco y esperar a nuestros amigos, conocidos en el calor griego y reencontrados en el frío castellano de una ciudad que guarda verdaderos tesoros, pero desperdigados, escondidos entre desaguisados urbanísticos, es e injustamente desconocidos. Nos quedamos con las ganas de ver el Museo Nacional de Escultura, cerrado por la fiesta. Será en otra ocasión, cuando volvamos a visitar a nuestros amigo, que era a fin de cuentas a lo que habíamos ido a Valladolid.