Mil sitios tan bonitos como Cádiz

Buen viaje

Ulyfox | 5 de mayo de 2014 a las 13:40

Ante el Mercado de la Ribera, iglesia y puente de San Antón, con nubes y fresquito.

Ante el Mercado de la Ribera, iglesia y puente de San Antón, con nubes y fresquito.

Acabamos de volver de Bilbao. En una palabra: encantados, con la ciudad, con la comida, con la gente. Llenos de cosas que contar, más bien de ganas de contarlas. Lamentando (es un decir, nunca es tarde) no haber ido antes. Pintxos, calles, verdes, mares, historia y hasta una tarde noche con una cuadrilla de auténticos vascos. No ha faltado de nada, quizá más y mejor tiempo. Pero eso abona el deseo de volver, lo mejor que se puede decir de una tierra. No nos han molestado ni las nubes, que sólo permitieron la salida franca del sol el último día. La lluvia tampoco molestó más que unos minutos.

A la vuelta, ya por la noche en San Fernando, un encuentro inesperado. Tomando una cerveza, de dos o tres mesas más para allá no llegan ecos de un idioma conocido hablado por un grupo de hombres. Claro, recién llegados del País Vasco pensamos ¿será euskera? No, no, las kas y las eses eran de otro origen. Al fin lo identificamos: eran griegos. Después de pensarlo un momento, nos presentamos y les hablamos de nuestro amor por esa tierra. Ellos eran marineros, venían de El Pireo y estaban en un barco en Cádiz. Una gran alegría sumada a otra que traíamos. De Euskadi al puerto cercano a Atenas. El mundo unido por un aire. No queríamos molestar demasiado, nos despedimos: “kalinikta, kalós orízate, járiga”, buenas noche, bienvenidos, encantados. De verlos, de ir, de volver, de pensar en partir de nuevo.

Contaremos pronto. De momento, esto está bien para pinchar e ir haciendo unas risas: http://www.traveler.es/viajes/mundo-traveler/articulos/40-cosas-que-oiras-si-vienes-a-bilbao/5268

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Un monasterio en una pared

Ulyfox | 21 de abril de 2014 a las 14:26

El monasterio de Panagia Chozoviotisa, en la isla de Amorgós.

El monasterio de Panagia Chozoviotisa, en la isla de Amorgós.

A 300 metros sobre el mar y pegado a la pared del acantilado, derramándose o trepando por él según la visión o el estado de ánimo del que lo contemple, siempre apabullado por la osadía. Así es el monasterio de Panagia Chozoviotissa, en la isla griega de Amorgós, en ese asombroso y cinematográfico archipiélago de las Cícladas. Las Cícladas, siempre de casas, monasterios e iglesias blancas sobre rocas tortuosas y peladas, a simple vista estériles y sin embargo productoras de maravillas como los tomates y vinos de Santorini o los aceites de Naxos.  Amorgós es una de ellas, la más oriental, en el camino hacia sus compatriotas del Dodecaneso, ya pegadas a Turquía. Hay quien dice es la auténtica joya de las Cícladas, pero eso sería capaz de afirmarlo yo de casi cada una de ellas. Alcanzó fama años atrás entre cinéfilos y submarinistas porque en ella se rodó una película de mucho éxito, El gran azul de Luc Besson. Todavía hoy, en un café del puerto de Katapola, pasan todas las tardes la cinta. Al menos así era cuando estuvimos, hace seis años.

La escalera de entrada al monasterio, entre el muro y la roca.

La escalera de entrada al monasterio, entre el muro y la roca.

Y sí, aunque los puertecitos de Katapola y Aegiali son lugares para retirarse, resúmenes de la serenidad, la auténtica y singular atracción de Amorgós es el monasterio, increíblemente construido pegado a esa piedra, eso sí que es construcción en vertical. Se llega a él desde un aparcamiento de tierra y después de andar un corto paseo bordeando el mar. Por el camino da tiempo a ir asombrándose con este cenobio del siglo XI, hecho con ese estilo de fortaleza, según dicen para albergar un icono milagroso salvado de la furia iconoclasta de una desconocida ciudad, Chozova. Los griegos son muy dados a poner capillas y otros edificios religiosos en lugares difíciles y escarpados, pero con este se emplearon a fondo en esta faceta. El resultado es bellísimo, como si un cubo de cal se hubiera derramado por el acantilado.

El monasterio o se derrama o trepa por el acantilado ante el mar.

El monasterio o se derrama o trepa por el acantilado ante el mar.

Pero en ese reguero de cal se puede entrar. Para acceder a él hay que subir, subir una escalera estrecha y empinada entre la roca y el muro exterior, una escalera que ya es como un paso místico (que significa secreto en griego). En lo alto, en una estrecha estancia con pequeñas ventanas, espera un monje que explica la historia del recinto y te muestra algunos de sus tesoros y que, hospitalidad obliga, te obsequia con un vaso de agua, una copa de licor y un dulce gelatinoso y con sabor a rosas, lo que un paso más hacia Oriente se conoce como ‘delicias turcas’.

Delicias griegas, diría yo, de sorpresas como este monasterio. En una isla sin aeropuerto, deliciosa para llegar a ella en ferry, último rincón de las Cícladas.

La doctora Penélope, en acción

Ulyfox | 20 de abril de 2014 a las 2:20

Calle principal de Hora, en Andros.

Calle principal de Hora, en Andros.

En la vida real, Penélope es médico, una gran médico, añado yo sin que la pasión me quite el conocimiento. A veces, ya después de tantos años, lo es a su pesar. Sí, porque a veces, algunas veces, el mundo no es como debiera, y las autoridades recortan desde su óptica administrativa y económica, y tal vez pierden el respeto a los profesionales. Y otras veces son los enfermos los que se olvidan de respetar la inmensa sabiduría, digo yo, que tiene el que sabe qué nos aqueja simplemente contándole dónde nos duele. Tengo en mis altares de las profesiones a estos médicos, igual que a los maestros que nos enseñan a lidiar con las enfermedades del espíritu, igual que a los albañiles y arquitectos que construyen nuestros hogares y a los panaderos, todos ellos gente imprescindible. Pero… a veces el mundo no es como debiera.

La calle principal, sin Penélope.

La calle principal, sin Penélope.

En esta ocasión que os voy a contar, Penélope hizo del médico que le gusta ser. Estábamos en la isla de Andros, una Cíclada que no lo parece, la más cercana a la península griega, en su pueblo tal vez más agradable, Batsi, poco más que un puertecito de pescadores con una aglomeración de casas y una playa recogida y tranquila. Queríamos conocer esta islita alejada del turismo y su capital, Hora, una ciudad que es una flecha blanca de paredes y roja de tejados que se adentra en el mar. En esta estuvimos una tarde y una noche, simplemente recorriendo la larga calle empedrada con unas losas brillantes, y cenando luego en un local pequeñísimo que estaba a punto de cerrar pero cuya dueña tuvo la amabilidad de prepararnos una strapatsada, delicioso revuelto de huevos y tomates naturales, mezclado con la sonrisa de ella. Fue una noche agradable, y al día siguiente salimos para Batsi.

Vista general de Hora en su península

Vista general de Hora en su península.

Nos encontramos, efectivamente, un pueblo blanco asomado al mar, con calles escalonadas que trepaban por la ladera sobre el puerto. En este, las clásicas barcas de colores, y más allá la playa, una playa de esas griegas con forma de media luna y con la longitud de un paseo, de las que al segundo día ya conoces a todo el que va. Lamentablemente, el tiempo no acompañó. Nubes y viento y temperatura algo baja en septiembre. No importó, Andros es especial. Como en todos los puertos griegos, el muelle suele estar bien surtido de bares y restaurantes. Y la primera noche, cosas del destino, nos decidimos por una pizzería. Allí estábamos, comiendo y charlando, cuando de pronto veo que Penélope se levanta como con un resorte y se dirige andando rápido y con la vista fija en la mesa de enfrente, donde estaban una mujer bastante mayor y el que parecía su hijo, mientras la oigo decir algo así como “esa mujer se está ahogando…”

El puertecito de Batsi.

El puertecito de Batsi.

A la fracción de segundo siguiente, Penélope ya tiene agarrada a la mujer desde atrás con los brazos sobre su abdomen, y apretando con fuerza, lo que luego me enteré que se llama la ‘maniobra de Heimlich’. El hijo está de pie con cara preocupada y mirando muy extrañado la aparición de esa extraña con pelo rizado que abraza a su madre y le practica esa clase de masajes opresivos. Yo intento tranquilizarlo a él y a los dueños del local que han acudido alarmados, diciéndoles “ine iatrós” (es médico) y lo aceptan con preocupación. Pero casi enseguida, la mujer expulsa una especie de nudo verde, como un amasijo de verdura, y empieza a respirar con más normalidad y aliviada, casi sonríe. Le pregunto “iste kalá?” (¿está usted bien?) y ella me responde con un leve “né” (sí) y un movimiento afirmativo de cabeza. Poco a poco la situación se restablece y todo el mundo se tranquiliza. Volvemos a la mesa, y por supuesto nos ganamos una invitación a raki por parte del agradecido hijo de la accidentada.

En la playita de Batsi.

En la playita de Batsi.

Yo permanezco ya toda la noche orgulloso de mi compañera, alabándole su decisión y seguridad en lo que evidentemente había sido salvarle la vida a alguien, en un sitio en el que sólo contamos un pequeño puesto de auxilio, cerrado los dos días que allí estuvimos.

A la noche siguiente, el pequeño puerto estaba de fiesta. Se celebraba lo que parecía el final del verano y una entrega de premios a los pequeños alumnos de un curso de vela. Todo estaba lleno, y al pasar por delante de la pizzería, los dueños nos reconocieron y buscaron rápidamente un sitio “!vengan, vengan, por aquí!” apartando a algunos clientes, juntándolos hasta hacernos un hueco. Cenamos, y luego empezó la fiesta, como sólo pueden festejar en Grecia. Los músicos tocaban canciones tradicionales en un lateral del negocio, y cuando el repertorio contratado pareció acabar, la gente se levantaba, colocaba un billete entre las cuerdas del violín y pedía al instrumentista una canción más. Y este accedía encantado, claro. Y así, siempre detrás de cada billete colocado, el violinista atacaba otro tema, y el peticionario se lanzaba a bailar una danza individual con pequeños saltos, brazos curvados ligeramente arriba, y flexiones de piernas hasta tocar al suelo. Y luego lo acompañaba alguien, y después otro se lanzaba. El dueño de la pizzería no dejaba de servirnos raki. Poco después, él mismo se animó al baile, y a continuación lo siguió la mujer. Y la música y las voces no dejaban de sonar. Siempre aparecía alguien con otro billete para los músicos. Duró mucho aquella fiesta. Y el raki de invitación no dejaba de manar de una gran botella con un pitorrito fino.

Dijimos basta al dueño por dos razones: temíamos los efectos del raki, y al día siguiente debíamos salir temprano para tomar un barco de vuelta a Mikonos en Gavrio, el puerto principal de la isla, y este no estaba cerca. Nos fuimos, pero la fiesta no acabó, y de vuelta al hotel oíamos como se alejaba la música.

El puerto de Batsi, de nuevo.

El puerto de Batsi, de nuevo.

Queda decir que el raki, consumido en abundancia, no nos sentó mal, y que no perdimos el barco, claro. Y que en cambio nos llevamos en el cuerpo otro trocito de esa medicina de humanidad festiva que nos va curando de todo hasta hacernos inmortales, como los dioses, que no por casualidad eran griegos. Y yo, más seguro cada vez, con Penélope a mi lado, doctora de tantas cosas.

La belleza del desierto

Ulyfox | 12 de abril de 2014 a las 1:27

Penélope, en el Sáhara marroquí en 1988.

Penélope, en el Sáhara marroquí en 1988.

Era la primera vez que veíamos el desierto, pero el desierto de las películas, el de verdad, con sus altas dunas de color amarillo rojizo, su horizonte infinito y agobiante porque inmediatamente se te venía a la cabeza la maldición que supondría perderse en él, andar a trompicones por la arena, mirar hacia el sol abrasador, apurar las últimas gotas de la cantimplora seca, caer finalmente de bruces y perecer abandonado, o quizá no, quizá de pronto abrirías los ojos en un último esfuerzo y verías una figura bamboleante y extraña, desenfocada, que poco a poco se iría aclarando a la vez que se acercaba y verías ¡oh, sí, gracias a dios! que era un hombre a camello, tu salvación. Como en las películas.

Viendo el amanecer en el desierto marroquí.

Viendo el amanecer en el desierto marroquí.

Pero no, no era una película de aventuras, sino una excursión domesticada que nos levantó a las cuatro de la madrugada en aquel hotel también de película, en Tinerghir, a las puertas del Sáhara marroquí, en una habitación calurosa, refrescada (es un decir) sólo por un ventilador de pie de los que tenían una luz difuminada azul en el centro. Y Penélope además se despertó mal, porque llevaba un día arrastrando una infección estomacal que le provocaba fiebre y otras molestias. Pero en una decisión fruto de su arrojo y de sus 28 años, se puso en pie, se tomó una culdina y se subió al jeep con todos los excursionistas. No se arrepintió, aunque antes de llegar a las dunas hubo que hacer un camino de más de una hora por unas pistas pedregosas, con unos conductores que se empeñaron en hacer carreras entre ellos. Muy divertido, lo juro, a esa edad, todos con el pañuelo tuareg en dos tonos de azul, anudado con maestría para evitar el polvo. Creo que aún podría ponérmelo correctamente, tras aquellas lecciones improvisadas.

Pose fílmica en las arenas.

Pose fílmica en las arenas.

La excursión, dentro de aquel inolvidable circuito en 1988 con Unijoven por todo Marruecos, con paliza de autobús y hoteles a tono con el precio tan económico, resultaba imprescindible. Su objetivo era ver el amanecer en el desierto, contemplar la salida del sol desde lo alto de una duna. Y sí, fue impresionante, porque el sol emergió como de una niebla roja, lentamente allí enfrente, mientras que detrás de la duna aún era noche cerrada y…  no habíamos visto nada igual antes.

Luego, más tarde, tras volver al hotel, el grupo siguió el camino, y seguimos viendo otro tipo de desierto, de montañas amarillas y tierras yermas. Y muy de vez en cuando, un oasis. Oasis enormes, extensos palmerales junto a los cuales crecían verdes huertas gracias al agua de esos wadi o ríos subterráneos que cruzan los desiertos.

Luego hemos estado en el también espectacular Wadi Rum, en Jordania, con sus piedras sabias y el recuerdo de Lawrence de Arabia el el aire. No es fácil apreciar la belleza del desierto, pero yo lo tuve más sencillo, porque la llevaba de compañera, como podéis ver en la primera foto que ilustra esta entrada.

Este es un verdadero oasis.

Este es un verdadero oasis.

 

Penélope Travels

Ulyfox | 9 de abril de 2014 a las 13:54

Terraza del Stella Apartments en Kato Zakros, en Creta.

Terraza del Stella Apartments en Kato Zakros, en Creta.

Así nos gustaría llamar a una agencia de viajes que montáramos para amigos y confiados. Estos nos buscan y nosotros los buscamos. Se nos abre la expresión cuando alguien nos pregunta ¿habéis estado en tal sitio? y si es que sí, empezamos y no paramos. Especialmente conocida es nuestra pasión por el Mediterráneo, por lo que nos llueven las preguntas sobre ese lugar central del mundo que nosotros todos conocemos y vivimos.

Casas de Cefalú, en Sicilia, al borde de la playa.

Casas de Cefalú, en Sicilia, al borde de la playa.

A Ricardo y Cana, amigos en el alma viajera, les compartimos preparativos y están a punto de cerrarlo todo para irse a Creta este verano. Y era ver hoteles, lugares, tabernas y crecer la envidia en nosotros, la envidia porque ellos irán antes. Pero es a la vez llegar a casa Penélope y hacer lo que más le gusta: repasar estancias, comprobar direcciones, aconsejar alojamientos, confirmar horarios. De nuevo, una guía personalizada. Ya está.

Hace unos días, tres amigas y compañeras me consultaban su viaje a Sicilia. Programamos juntos paradas y fondas, desechamos algunos, reforzamos otros y rectificamos lo que había que rectificar, entre referencias cinematográficas a ‘El Padrino’ y ‘Cinema Paradiso’. Nada más agradable comprobar a la vuelta que ese lugar bendecido por la herencia griega y latina les ha encantado.

Y una pregunta que nos hacemos cada vez más a menudo: ¿no deberíamos dedicarnos a esto, a ayudar al necesitado de consejo a planificar su viaje, a no perderse los detalles más humanos de cada lugar, a compartir nuestros amigos, a que les lleven recuerdos y besos, a que los traten bien cuando lleguen, a cuidar que no tengan problemas y si los tienen encuentren la solución?

Esa es la cuestión.

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Y la elegida es… ¡Bilbao!

Ulyfox | 2 de abril de 2014 a las 13:34

PENSION-ARIAS-BILBAO_-CASCO-VIEJO

Mira que estuvimos a punto de reservar vuelo y hotel en Edimburgo. Mira que de pronto apareció en nuestra búsqueda el brillante nombre de Palermo y la promesa de revivir Sicilia. Mira que tenemos algunas guías de Escocia que nos ha prestado un amigo, y mira que las palabras de quienes han ido a visitar ese país son muy convincentes, y entre todas ellas las que pronuncia la enamorada Pili. Pero no, al final, por fin, en este próximo Puente del 1 de Mayo ¡nos vamos a Bilbao!

Es interesante analizar el proceso por el que algunas veces hemos hecho todos los preparativos, menos el paso definitivo, para irnos a algún sitio y luego lo hemos pospuesto. Nos dice Pili: “Cuando por fin vayáis a Edimburgo, os preguntareis por qué no habéis ido antes”. Ojalá, y seguro que iremos. No vamos a ir todavía por varias razones, cada una de las cuales podría considerarse nimia según el momento. Pero, resumidamente, es bastante más caro, el viaje bastante más largo, y las combinaciones de vuelos bastante más incómodas. Y el Norte-Norte con sus nieblas y sus paisajes bucólicos que atrapan las ensoñaciones de Pili aún no nos toca el corazón tanto como el brillo mediterráneo. Por otra parte, está el tema del tiempo, del atmosférico me refiero. Ya sé que Bilbao no es precisamente Cancún, pero tiene otro argumento de más peso: seguro que comemos mucho mejor. Siempre me ha extrañado mucho la poca importancia que se le da a la comida en los países del norte de Europa, la dificultad de encontrar algo realmente rico, al contrario de lo extremadamente fácil que es comer bien en cualquier país del Sur.

Es curioso que muchos de estos argumentos, algunos excepto el de la comida, nos han servido muchas veces para posponer nuestra deuda con el País Vasco. Esta vez, quién sabe, los iones en el aire tal vez se dispusieron para abrir definitivamente las puertas de nuestra resistencia. Así que nos prometemos una ciudad moderna, una gente educada, unos paisajes verdes y una comida excelsa. Eso esperamos, y que la visita nos contraríe de una vez por todas nuestras reticencias.

Por eso, por favor, como seguro que muchos habréis hecho la tarea antes que nosotros y conocéis ya la gran capital del Norte y sus alrededores, soltadnos por aquí unos consejitos, unas pistas de lugares para ver, oler y comer en sus calles, costas y montes. Se agradecerán. Os devolveremos el favor con creces dándole, a la vuelta y quizá durante, forma a varias entradas en este blog que es vuestro.

El mar bravío de Nazaré

Ulyfox | 28 de marzo de 2014 a las 1:29

El mar bravío en la playa de Nazaré.

El mar bravío en la playa de Nazaré.

 

Sí, ha vuelto el invierno cuando parecía que la primavera tenía que empezar su reinado. Este invierno ha sido persistente, insistente, ha funcionado como un tirano que de vez en cuando aflojaba la mano,  dejando una mínima tregua de uno, dos días. Tan sólo hace un par de semanas el buen tiempo asomó la cara, pareció decirnos “¿os acordais de lo guapo que soy, de lo simpático que puedo resultar?”, para después volver a marcharse, o quizá ser expulsado por el déspota.

Precisamente los últimos coletazos del invierno oficial los vivimos, según empezamos a contaros, en el centro de Portugal. Un viaje relámpago, en el puente festivo de Andalucía, en el que pasamos por Óbidos, nuestro vicio, y Alcobaça, y en el que volvimos también a Nazaré, el gran pueblo pesquero de pasado heroico, en el que los pescadores se echaban a la mar en hermosos barcos de proa afilada y curva. Nazaré, de nombre tan bíblico, es una gran playa atlántica, un inmenso arenal muy visitado en verano por portugueses de todo el país, y también muy conocido entre los españoles que visitan Fátima, no muy lejos.

Aguantando el temporal en el Paseo Marítimo de Nazaré.

Aguantando el temporal en el Paseo Marítimo de Nazaré.

 

Cerca, muy cerca de Nazaré, está Sitio, que viene a ser como la parte alta del pueblo, allá arriba del acantilado y comunicado con la parte baja por un funicular, que los lugareños titulan ‘ascensor’. Desde Sitio, cuando no hay nubes, se contempla una panorámica espectacular y bellísima de la playa, larga y larga, azul a un lado, dorada al otro. Pero ese día, cuando llegamos nosotros, ni siquiera era posible distinguir desde el Paseo Marítimo las casas en lo alto, y el ascensor se perdía entre la niebla a medio camino. Soplaba además un viento fuerte que hacía que el oleaje golpeara con fuerza sobre la base del acantilado, bajo el faro, haciendo comprender por qué tantas rocas parecen desgarradas de tierra firme. La carretera había sido protegida de los embates del océano amontonando arena en la playa, a modo de muro defensivo, para que las olas no llegaran a las casas. Guarecidos dentro de los chaquetones, era hermoso soportar el espectáculo visual y sonoro, pero desagradable al poco rato.

Así que después de almorzar un arroz de marisco en una calle del interior algo más protegida, y de pasear como héroes turistas un rato por el pueblo, decidimos que era lo mejor refugiarse en la calidez del hotel, a procurar una tranquila siesta y un rato de lectura hasta la hora de la cena.

Era, al parecer, la noche grande del Carnaval de Nazaré, que goza de una cierta fama en la región. Y pudimos contemplar una serie de grupos y personajes con máscaras del género que en Cádiz se llamaría mamarracho, reunidos en los bares, guarecidos del temporal en sus disfraces y con el abrigo de paredes y cervezas. Parecían bastante animados, algo difícil de comprender teniendo en cuenta que el viento incluso había arreciado y a su rachear se había sumado una ligera llovizna. Los restaurantes estaban ocupados por grupos de familias enteras disfrazadas, y hay que reconocer que en contados casos había algún tipo coral muy bien trabajado y conseguido. Bien, la gente se divertía pese a todo. En nuestro caso, apañamos una cena ligera en un bar, contemplando el deambular de los divirtientes y nos fuimos relativamente temprano a la cama. Al día siguiente, nos esperaba un largo camino de regreso a la cotidianeidad, tras un fugaz paseo por ese país extraño que es Portugal.

Casas tradicionales en en la playa de Nazaré. Arriba, entre la niebla, Sitio.

Casas tradicionales en en la playa de Nazaré. Arriba, entre la niebla, Sitio.

 

 

 

Gracias, gracias, gracias

Ulyfox | 23 de marzo de 2014 a las 12:08

El ser humano y el mar de Creta.

El ser humano y el mar de Creta.

Acabo de añadir esta foto.

Acabo de añadir esta foto.

 

¿Por qué vino tanta gente a la presentación de nuestra guía de Creta? No hay respuesta segura, a menos que se pregunte a todos y cada uno de los asistentes. Pero puedo deducirlo, si repaso mentalmente sus rostros. Estaba mi familia, la familia de Penélope, amigos, compañeros del trabajo, compañeros de profesión, conocidos, y sí, algún compromiso, supongo. Da igual, cualquiera de estas condiciones personales confiere buenas vibraciones a todos los que acudieron. Permítanme entonces que presumamos de que fue el cariño que nos tienen lo que les hizo acudir a la convocatoria. No es mal patrimonio para ir contento por esta vida.

Da igual, entre todos, con su paciencia y buena disposición al escucharnos, con sus risas, con sus sonrisas, con sus felicitaciones cuando acabamos, con esa generosa cola que se formó para que les firmáramos ejemplares, hicieron que fuera una de las mejores tardes de nuestra vida. Al final, continuaron con su generosidad al decirnos que les había gustado. De verdad que esto no tiene precio.

Tenía razón Óscar cuando me insistió, ante mi incredulidad, en que había que presentar el libro en Cádiz. Tenía razón Jesús cuando acudió porque entendió que el acto era la culminación de nuestro sueño. Tuvo el mérito de un amigo el desvelo de Fabián porque todo saliera bien; encerraba el compromiso del compañero la ayuda de Antonio y de la APC en la organización; contenían los gestos de Jose y Fito la importancia desinteresada de una mano técnica; desbordaron el apoyo y los besos familiares los límites obligados; acompañó en esa noche el cariño de compañeros que no tienen por qué demostrarlo tanto y sin embargo lo hicieron ¿Y sin el proyector de Paco, qué habríamos hecho? ¿Y si el apoyo de Anaya no hubiera tenido ese condimento del interés cierto y sonriente de Ana, el acompañamiento en la distancia del gaditano-bilbaíno Pedro? Y por supuesto, por supuesto, por supuesto ¿habría tenido el acto el ambiente de risas, amistad y calor si Pepe-Lobeli no hubiera tenido esa intervención llena de amor y humor?

Dos años de trabajo, investigación, escritura y pasión culminaron el viernes en la sede de la Asociación de la Prensa de Cádiz. Podemos descansar y, gracias a todos vosotros, sentirnos satisfechos.

Gracias, gracias, gracias. Y hasta la próxima.

 

Aquí Creta, aquí unos amigos

Ulyfox | 19 de marzo de 2014 a las 12:49

invitacion buena

Gran ocasión, al menos (perdonadnos el autobombo) para nosotros. Este próximo viernes, a las ocho de la noche en la sede de la Prensa, presentaremos al respetable nuestro humilde trabajo, declaración de amor impresa, normalizada y oficializada por Creta patrocinada por nuestros editores, los amables y generosos chicos y chicas de Anaya Touring. No es necesario decir lo que nos gustaría que estuviérais allí. Prometemos la actuación nerviosa, ilusionada y en directo de los auténticos Ulyfox y Penélope, con la compañía y presentación del mísmísimo Lobeli, que intentarán explicar entre todos por qué los humanos necesitan viajar a esa isla, patria del Minotauro y cuna del mismo Zeus, lugar donde nacieron los mejores olivos y viven sus descendientes, una de las tierras más salvajemente delicadas que quedan en Europa, el sitio donde comer y beber es un agradable trabajo social, y donde la recompensa de playas transparentes aparece siempre al cabo de largas gargantas y desfiladeros.

La isla donde casi necesariamente floreció la primera gran civilización europea, la minoica, donde los venecianos decidieron dejar su huella colorida y los turcos se empeñaron en dominar pese a las periódicas y duras rebeliones. El lugar donde vieron la luz tanto uno de los padres de la moderna Grecia, Elefterios Venizelos como uno de los escritores con mayor conciencia universal del siglo XX, Nikos Kazantzakis. Este libro, escrito por dos gaditanos reciclados en griego sin dejar de serlos, y que quiere ser una brújula en el amigable rincón cretense, es de lo que hablaremos este viernes. Y si sois tan amables de comprarlo, os lo dedicaremos personal, amigable y sinceramente.

Nos vemos allí! Y qué queréis que os diga: difundidlo.

Alcobaça, la cocina, los monjes y doña Inés de Castro

Ulyfox | 17 de marzo de 2014 a las 1:45

Altísima nave lateral en la iglesia del monasterio de Alcobaça.

Altísima nave lateral en la iglesia del monasterio de Alcobaça.

Todo es impresionante en el monasterio de Alcobaça, desde su altísima iglesia gótica hasta la enorme chimenea de la enorme cocina donde los poderosos monjes preparaban los manjares que podían costear con su enorme riqueza. Una comunidad satisfecha compuesta por centenares de frailes que mandaban en toda la zona.

Llegamos a Alcobaça en una mañana casi lluviosa a una ciudad casi despoblada. No había turistas. Una pareja joven canturreaba bajo los evidentes efectos de una noche de viernes de Carnaval aún no dormido. Él se dirigió a nosotros: “¿Es la primera vez en Alcobaça?”.  “En Alcobaça sí, pero no en Portugal”. Y entonces, con un hablar resacoso que suavizaba el ya de por sí suave idioma portugués, empezó a contarnos la historia del monasterio, que es la misma de aquel rey que, tras vencer en una batalla a los árabes, decidió agradecer la victoria a Dios levantando allí un monasterio, justo donde convergen dos ríos, el Alcoa y el Baça. De ahí, pues, el nombre del convento, y del pueblo al que dio lugar.

 

En la granplaza ante la fachada principal del monasterio.

En la gran plaza ante la fachada principal del monasterio.

 

Dice la tradición que para determinar la extensión de la edificación, el rey ofreció a la Orden Cisterciense tanta distancia como alcanzara una flecha lanzada por él mismo. El resultado fue una barbaridad en la que cabe la iglesia gótica de Santa María, con una de las naves centrales más grandes de Europa, dos claustros y cientos de dependencias. Y cabe una cocina impresionante forrada de azulejos desde el suelo hasta el altísimo techo, con una chimenea en el centro bajo cuyo tiro podría vivir una familia.

La nave central impresiona al entrar en la iglesia.

La nave central impresiona al entrar en la iglesia.

 

Y fue el mismo joven el que nos contó, aunque también viene en libros, que los monjes idearon el desvío por un canal interior del río hasta la misma cocina, de modo que el cauce fluvial pasaba por un estanque artificial para que los cocineros dispusieran tanto de agua como los peces más frescos, que saltaban prácticamente del río a las ollas. Que el río pasa por debajo de esta dependencia es evidente por el agua que almacena el estanque tanto como por la humedad que sube de los suelos. Fregaderos, pilas y grifos aún parecen en disposición de usarse en esta estancia altísima y lujosa.

El claustro de Alcobaça.

El claustro de Alcobaça.

 

Los jóvenes no nos contaron pero nosotros supimos también de la trágica historia de Don Pedro y de Inés de Castro, cuyos labrados sepulcros góticos están en la iglesia. Entre la historia y la tradición se dice que Inés fue la amante de Don Pedro, príncipe de Portugal, antes de hacerla su esposa. Pero las intrigas palaciegas para evitar que la noble gallega llegara a reina acabaron con su asesinato. Cuando Don Pedro accedió a la corona, mandó desenterrar el cadáver de su mujer, la sentó en el trono y obligó a los nobles que habían acabado con su vida a besar su mano putrefacta como verdadera reina. Verdad o leyenda, los sepulcros se hallan en el crucero de la iglesia, el uno frente al otro como ordenó Pedro para que lo primero que vieran cuando se produjera la resurrección de los cuerpos fuera el rostro de su amado.

El estanque al que llegaba directamente el agua y el pescado del río.

El estanque al que llegaba directamente el agua y el pescado del río.

Todo, todo, es impresionante en Alcobaça

 

La espectacular chimenea de la 'cocinita' del monasterio.

La espectacular chimenea de la ‘cocinita’ del monasterio.

El sepulcro de la infortunada Inés de Castro.

El labrado sepulcro de la infortunada Inés de Castro.

 

 

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