No vayais a ver ‘Elysium’

Ulyfox | 26 de agosto de 2013 a las 1:30

No vayais si no quereis ver el futuro que ya empieza, no compreis la entrada si no estais dispuestos a deprimiros con ese retrato de lo porvenir inmediato, no os senteis ante la pantalla si no pensais que la ciencia ficción, algunas películas de ese género futurista, puede provocar más terror que todas las series de zombies, vampiros y monstruos de moda.

Pero id a verla si os queda alguna duda de cuál es el camino que han emprendido la mayoría de los gobiernos occidentales, de las grandes fuerzas financieras occidentales que los tienen a su servicio, de cuál es el futuro que nos tienen escrito y cuya hoja de ruta, esa expresión que tanto les gusta, escriben cada día en cada reunión que tienen en el Eurogrupo, en el FMI o en cualquiera de esas cumbres que empiezan por G- y que son más poderosas cuanto menor es el número que sigue al guión.

A mí, ya os lo digo, aparte de las cualidades cinematográficas de la película, me ha indignado, aterrorizado, preocupado y rebelado, ese futuro dibujado de ricos viviendo en un mundo aparte, legiones de pobres y multitudes de trabajadores haciendo labores durísimas por una miseria de salario. No sé si os suena pero a mí me resulta muy familiar.

Monterrosso al Mare

Ulyfox | 23 de agosto de 2013 a las 13:33

Gigante de piedra en la playa de Monterosso.

Gigante de piedra en la playa de Monterosso.

A veces me parto la cabeza intentando buscar un título para una entrada, y hoy me he dado cuenta de que algunos nombres son de por sí como grandes títulos. Como este, Monterosso al Mare, algo así como monte rojo junto al mar, el nombre de uno de los cinco pueblos italianos que componen la comarca llamada de Cinque Terre, en la costa de Liguria. Entre dos grandes puertos, Génova y La Spezia, se reparte un buen número de lugares pequeños, de puertecitos coloridos y centros turísticos de otro tiempo… y estas Cinco Tierras como cinco gotas derramadas entre los acantilados, las viñas y el mar.

La playa de Monterosso, por la tarde.

La playa de Monterosso, por la tarde.

Monterosso es el mayor del quinteto extraordinario, y el único que dispone de una playa que merezca tal nombre. Tal vez por eso es el más concurrido y ambientado. Vinimos hace ya varios años buscando los paisajes que habíamos visto en no recuerdo qué película, y hemos vuelto ahora para rememorar, disfrutar con calma, compartir con Pepa y porque en el fondo somos fieles a las cosas que nos gustan, tal vez menos exploradores que regodeantes disfrutones. Y desde Sestri Levante es muy sencillo y cómodo, en ese tren que va horadando montañas y asomándose fugazmente al mar, hacer visitas de un día o unas horas a estas brillantes aldeas que parecen pelearse con las paredes montañosas que las empujan al agua.

Vernazza, una de las Cinque Terre, vista desde Monterosso

Vernazza, una de las Cinque Terre, vista desde Monterosso…

... y los otros tres, Corniglia, Manarola y Riomagiore

… y los otros tres, Corniglia, Manarola y Riomagiore

Monterosso tiene una larga, concurrida y ensombrillada playa, con un estrecho paseo marítimo cerrado por dos promontorios. En uno de ellos, la colosal estatua de un gigante disimulado con la piedra llama la atención, y al final del otro se abre un túnel peatonal que da paso al centro histórico. Se atraviesa esa entrada oscura y se sale al brillo asombroso de las paredes, los estucados y los trampantojos, las flores en los balcones y los comercios discretos para turistas, bares, enotecas y restaurantes de todo tipo.

La fachada de mármol bicolor de la iglesia mayor de Monterosso.

La fachada de mármol bicolor de la iglesia mayor de Monterosso.

Un rincón color Italia de Monterosso.

Un rincón color Italia de Monterosso.

Más Italia en las fachadas del interior

Más Italia en las fachadas del interior

Bares y tiendas en las calles estrechas.

Bares y tiendas en las calles estrechas.

Dentro del pueblo, que es como de decorado pero auténtico, sólo hay que hacer lo que se espera del visitante: recorrer a paso lento las estrechas calles, disparar la cámara cientos de veces y entretenerse con la parsimonia que da todo el tiempo del mundo a mirar pequeños escaparates, hasta que el estómago y la garganta pidan por la boca. Nosotros oímos su llamada e hicimos la posta en la Enoteca Internazionale (  http://www.enotecainternazionale.com/contatti.html ), un lugar a propósito para probar y comprar vinos de la zona, quesos y bruschette de todo tipo. Un gran rato, previo a hacer la digestión con el paseo reposado, cuesta abajo y de nuevo vuelta al tren, repleto de turistas, excursionistas que regresan de hacer el bellísimo sendero del Parque Natural de Cinque Terre ( http://www.cinqueterre.eu.com/es/cinque-terre-card ), que va de pueblo a pueblo subiendo y bajando montes, descubriendo paisajes marinos y atravesando tanto calles como caminos.

Lardo (tocino) con anchoas, quesos de Liguria, carpaccio de pescado...

Lardo (tocino) con anchoas, quesos de Liguria, carpaccio de pescado…

Pepa, degustando el chardonnay de la zona, no tocando la trompeta.

Pepa, degustando el chardonnay de la zona, no tocando la trompeta.

El corazón se engrandece con experiencias tan pequeñas.

Cierta manera de veranear

Ulyfox | 20 de agosto de 2013 a las 13:28

Pepa en la Bahía del Silencio de Sestri Levante.

Pepa en la Bahía del Silencio de Sestri Levante.

Hay muchas, al menos varias, maneras de pasar las vacaciones. Antiguamente se decía (recuerdo y abrazo a Pepe González, aquel corresponsal gráfico de TVE, aquel hombre alto de cámara de cine en mano) que a Cádiz no venían turistas, sino veraneantes, es decir, sevillanos, cordobeses, extremeños y madrileños que pasaban al menos un mes en la capital, en Conil, Chiclana o Sanlúcar. Y durante esos treinta días vivían por aquí una segunda vida idílica a su forma consistente en conservar sólo las rutinas agradables (desayunos, tapeos, comprar el periódico de su ciudad de origen aunque fuera un día más tarde, almuerzos prolongados…) y en aparcar las desagradables, sobre todo la de acudir cada día al trabajo.

Playas privadas de recogida al atardecer.

Playas privadas de recogida al atardecer.

Nada que ver con la diversidad de maneras que se ha instalado hoy en día. Viajes de crucero, sol y playa, estancias de una semana en hoteles todo incluido, sobre todo que incluya gran piscina para los niños, rutas culturales, turismo alternativo, de aventuras, gastronómico, incluso el Camino de Santiago casi como nueva ruta del bacalao… y todo masificado en julio y agosto.

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La calle comercial de Sestri Levante. Arriba, decoración y trampantojos en las fachadas.

La calle comercial de Sestri Levante. Arriba, decoración y trampantojos en las fachadas.

Existen, sin embargo, lugares donde aparentemente nada ha cambiado desde aquellos años 60. He encontrado en Italia varios sitios así, pueblos y playas que conservan el aire de balneario de película de Fellini, a los que solo falta que los bañadores fueran más largos para componer una fotografía de una época acompañada por la banda sonora de ‘Sapore di sale’ o ‘Cuando calienta el sol’. Se han actualizado las vestimentas pero el decorado no ha cambiado. De hecho, al mobiliario y servicio de las playas, tan frecuentemente privadas, se les llama ‘atrezzo’. Contempla uno en los salones del hotel fotografías antiguas de Sestri Levante, en la zona del golfo de Génova conocida como Riviera de Levante, y no siente la nostalgia de lo desaparecido sino la alegría de que todo sigue allí, la larga playa de arena y el promontorio en la Bahía de las Fábulas, y la pequeña ensenada con el semicírculo de casas de colores en la Bahía del Silencio, coronada por los pinos. En las fachadas de colores amarillos, ocres y sienas, dibujos y trampantojos simulan molduras, cornisas y relieves donde sólo hay pintura con oficio y talento.

La Bahía del Silencio, a pie de playa.

La Bahía del Silencio, a pie de playa.

Ambiente veraniego en el centro.

Ambiente veraniego en el centro.

La mejor vista de Sestri Levante.

La mejor vista de Sestri Levante.

Al atardecer, tras la cena temprana de horario europeo, los veraneantes se lanzan a pasear por el Lungomare mientras los bagni, negocios de playa con pequeño bar y gran oferta de hamacas, duchas y sombrillas, limpian y recogen todo para la mañana del día siguiente. Casi cada mano lleva un helado, y muchas otras comparten el otro brazo con la correa de un perro que también aquí parece civilizado y veraneante. Todo tiene un aire tan apacible y lejano del turismo masivo… sin ser precisamente elitista. Tampoco estamos en el sur de Italia, tan ruidoso y jaranero, tan explosivo y cercano. El verano, tal vez, como cuando uno era chico, sólo que entonces la siesta era sobre una colcha en el suelo hidráulico acogedoramente fresco y las persianas bajadas, pero con la misma marcha lenta de las horas, y con la diferencia de que uno ni siquiera soñaba conocer esos lugares de gente con perro de raza y que toman campari en las terrazas. Y es ocioso decir que eso nos gusta.

Y Pepa en el Lungomare de Sestri.

Y Pepa en el Lungomare de Sestri.

Cuando no luce el sol

Ulyfox | 17 de agosto de 2013 a las 19:33

Tejados de Capoliveri.

Tejados de Capoliveri.

A veces, en los lugares turísticos hace mal tiempo, o no tan bueno como para que el visitante normal se sienta obligado a ir a la playa. Sí, sí, aunque nos parezca mentira, en las islas mediterráneas puede hacer un viento desagradable al caer la tarde, o por la mañana, aunque estemos a finales de junio y el cuerpo pida ya dejar su blancura invernal y empezar a tomar color. Entonces, en esos días, los turistas normales se acuerdan de que todas las islas, además de costa con arena y sombrillas, tienen un interior, y que normalmente suele estar habitado, y tiene historias, y monumentos y casas y museos y restaurantes y todo lo demás. No podemos ir a la playa, vayamos de visita.

Un rincón de Capoliveri

Un rincón de Capoliveri

En Elba nos ocurrió. Veíamos desde el coche las cristalinas calas y los arenales blancos, pero las nubes ocultaban alternativamente la luz. Acarreamos cada día con los bañadores y no los estrenamos. Uno de esos días decidimos visitar un pueblo del interior, Capoliveri, figurante en todas las guías, allá en lo alto, intacto de urbanizaciones. Llegamos y era bonito, con zona peatonal, miradores, casas con arcos, calles en cuesta pintadas en colores toscanos o despintadas, una larga y curva vía principal que dirigía al mirador, pero las nubes seguían yendo y viniendo, y los turistas paseando. Tejados a dos aguas sobre el promontorio y el mar al fondo por un lado, el valle por el otro. Buen consuelo para otro día más sin playa.

Un alto en la visita.

Un alto en la visita.

Y otra vez a andar...

Y otra vez a andar…

La isla de Elba fue el único lugar nuevo que visitamos en nuestro último viaje en junio. Queríamos que Pepa los conociera y a la vez volver a disfrutar con lo conocido. Elba fue un descubrimiento, nuevo y reconocible a la vez, en Capoliveri, en Porto Azzurro, en Marciana Marina, en Marina del Campo, en Portoferraio…

Imagen de Porto Azzurro a la hora de la siesta.

Imagen de Porto Azzurro a la hora de la siesta.

 

Una animada calle de Porto Azzurro.

Una animada calle de Porto Azzurro.

 

Puerto y playa de Marina del Campo.

Puerto y playa de Marina del Campo.

 

Un balcón de Marciana Marina.

Un balcón de Marciana Marina.

El rincón completo

El rincón completo

 

 

La tarde en Portoferraio.

La tarde en Portoferraio.

 

Que al atardecer es rosa.

Que al atardecer es rosa.

 

La salida de Elba en ferry. Portoferraio por la ventana.

La salida de Elba en ferry. Portoferraio por la ventana.

 

 

 

 

Napoleón en Elba

Ulyfox | 13 de agosto de 2013 a las 13:41

La entrada a la villa napoleónica en Elba.

La entrada a la villa napoleónica en Elba.

Napoleón Bonaparte es un personaje de tal presencia en la Historia mundial que podríamos decir con San Juan de la Cruz (con perdón por el sacrilegio de usar al más grande poeta de la lengua española) que por los sitios por donde pasó “yéndolos mirando/ con sola su figura/ vestidos los dejó de su hermosura”. Y como su recorrido por el planeta fue tan grande y ancho, muchos lugares en la tierra conservan esa huella. En la misma isla de Creta, tan amada, tan alejada y tan en el centro de todo, hay una de esas huellas, mínima, leve. Está en Ierápetra, el puerto más sureño del territorio europeo, frente al mar de Libia. Allí, en el destrozado centro histórico conviven retales descuidados del pasado turco y bizantino. En una de esas calles, una casa igualmente abandonada es testigo del paso del temible general corso. Nada, ni una placa mísera lo recuerda oficialmente, pero todo el mundo sabe que en ese edificio de dos plantas a punto de caerse, durmió una noche el gran Napoleón, cuando regresaba a Francia después de su gran victoria en la Batalla de las Pirámides, contemplado en su gloria por 50 siglos de historia, como él mismo dijo a sus soldados.

La vista imperial desde la villa, Portoferraio al fondo.

La vista imperial desde la villa, Portoferraio al fondo.

Entonces estaba en el apogeo de su fama, pero la casa que hemos visitado hace poco más de un mes no era esa del medio salvaje sur cretense, sino una mansión con jardín en la apacible (si obviamos a los miles de turistas) isla toscana de Elba. Allí donde pasó poco más de un año de exilio, donde las potencias que le vencieron por primera vez le obligaron a ejercer de rey, como un premio de consolación, demasiado pequeño para el más grande. Napoleón no pudo soportarlo y poco tiempo después escapó, llegó a París aclamado y corrió raudo a su definitiva derrota en las llanuras belgas de Waterloo.

El pequeño emperador no se sintió bien aquí.

El pequeño emperador no se sintió bien aquí.

Pero, genio y figura, en los pocos meses que pasó como pequeño emperador de Elba le dio tiempo a intentar reformar los sistemas agrícolas de la verde isla. Tenía su residencia oficial en Portoferraio, y se construyó una villa en el campo, a unos cuantos kilómetros, donde quizá podía sentirse algo más emperador. No fue posible, aquello no era nada comparado con el gran imperio que soñó y construyó durante algunas décadas, peleando contra todas las monarquías reinantes en la vieja Europa y tal vez convirtiéndose en el más absoluto de los absolutistas que decía combatir.

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Cocina, salón y baño, y poco más en la casa de Napoleón.

Cocina, salón y baño, y poco más en la casa de Napoleón.

En la villa campera de Elba, una reja con las águilas napoleónicas precede a una avenida bordeada de cipreses que dirige hacia un pórtico monumental y clásico: primer engaño, en realidad esas columnas, capiteles y frontón fueron construidos bastante después de la estancia del emperador venido a menos, como un homenaje demasiado tardío. La verdadera casa de Napoleón está detrás, subiendo unas escaleras y es en realidad una modesta residencia, eso sí, con una perfecta vista de la capital de la isla, allá a lo lejos. En la galería clásica edificada posteriormente hay una exposición que es en realidad infamante para la memoria del gran general: numerosas caricaturas de la época representan a un emperador de pega dirigiendo un imperio minúsculo a lomos de un burro y comandando a ejércitos de atunes. No extraña que estuviera deseando salir de allí y reivindicar su fama y honor.

La fotógrafa ciega en acción de nuevo.

La fotógrafa ciega en acción de nuevo.

Pero es un encuentro esclarecedor con la Historia, casi una miniatura versallesca en medio de la campiña y a un corto paseo en coche de playas y puertos mediterráneos. La isla explota con sabiduría esta herencia, y bares, calles e incluso una cerveza artesanal llevan un nombre grande como pocos: Napoleón.

El decrépito recuerdo de Napoleón en Ierápetra, Creta.

El decrépito recuerdo de Napoleón en Ierápetra, Creta.

Gibraltar es peñón

Ulyfox | 12 de agosto de 2013 a las 13:33

Como viajero gozador, os podéis imaginar la gracia que me hacen las fronteras. Todas son un incordio, y algunas una simple forma de sacar dinero en forma de visado. Celebré tanto por eso la eliminación de barreras y la libre circulación por Europa, nuestra casa histórica al fin y al cabo. No he estado nunca en Gibraltar, y aún diría que no me llama la atención, pero sí he podido disfrutar con su enorme presencia verde y gris cerrando la Bahía de Algeciras, imponente al bajar de los puertos que nos traen desde Tarifa, y su aire de verdadera columna de Hércules si se viene desde la provincia de Málaga. También su presencia de promontorio avanzado apuntando a Africa, allá a lo lejos en los días claros desde las alturas de Castellar viejo, y su silueta apuntada emergiendo del mar si se mira desde el otro lado, en la kashba de Tánger.

Todo lo demás es juego político: un gobernador valentón que arroja bloques de hormigón, un gobierno en apuros que ve la ocasión perfecta para armar un escándalo y se hable menos del verdadero problema nacional, y un azuzar no sé qué hormonas patrioteras en uno y otro lado, olvidando que siempre, siempre, los verdaderos son los asuntos de la gente, habitantes del Peñón o del Campo de Gibraltar. Y la terrible mentalidad colonialista que nos lleva a proclamar sin pestañear que no se puede consentir en la Europa del siglo XXI que haya una colonia extranjera en territorio nacional. Como diciendo: sí se pueden consentir los numerosos ejemplos de colonias en otros continentes, porque naturalmente la potencia colonizadora somos nosotros. En todos los conflictos hay intereses que desconocemos pero en este caso muchos los podemos intuir. Tan natural debe ser tener ciudades inglesas en España como españolas en Africa, tendería a pensar la mente lógica, tan proscrita en estos asuntos de las entretelas carpetovetónicas. Por no hablar del islote de Perejil, tan fundamental para el honor patrio.

¿Qué hacemos con los miles de gibraltareños que quieren ser ingleses? Yo lo único que quiero es llevarme bien con ellos, y a ser posible, que no sean un refugio de dinero sucio. Todo lo demás se puede hablar, al menos conmigo. Oigo hablar a los yanitos con ese acento andaluz tan fuerte como el mío y no se me ocurre ningún motivo para pelearme con ellos. Qué queréis, siempre me ha podido la palabra.

Un pueblo con nombre de canción

Ulyfox | 7 de agosto de 2013 a las 1:14

Porto Azzurro, isla de Elba

Porto Azzurro, isla de Elba

 

Me encanta Azzurro, la evocadora, cautivadora canción de Paolo Conte que hizo famosa Adriano Celentano. Los que me conocen, los que comparten mi lugar de trabajo lo saben. Me pongo pesado con ella, repetitivo, pegadizo. Me rindo ante “il pomeriggio é troppo azzurro e lungo per me…” no me canso de cantarlo. A los becarios les obligo a aprendérsela. No me hacen caso. Paolo Conte la grabó también, y tantos artistas italianos, y hasta la selección italiana la grabó, y Jaime Urrutia hizo una voluntariosa versión en español a la que, para mantener el ritmo y la rima, tituló Absurdo. Los más musiqueros recordarán que era la sintonía de cierre del programa de radio ‘Flor de pasión’. Pues bien, hay un pueblo que lleva su nombre, y está en la isla de Elba, un pueblo con nombre de canción y de lugar de película romántica: Porto Azzurro, Puerto Azul. Existe.

La calle y el mar.

La calle y el mar.

Apacible hora de la siesta

Apacible hora de la siesta

 

Una calle interior de Porto Azzurro.

Una calle interior de Porto Azzurro.

Está en el sur de la isla, en una profunda ensenada, un puerto natural, como tantos lo son en el Mediterráneo. Un pueblo a orilla del mar, pequeño, de colores y vigilado por dos castillos montaña arriba. Pocas casas y muchos restaurantes, fachadas pastel, ventanas verdes y calles peatonales. No hace falta más para sentirse bien mirándolo. Desde la capital de la isla, Portoferraio, hay una distancia en coche de menos de media hora. Tiene barcos deportivos en el puerto, y un entorno verde. Sí, definitivamente no está mal.

La sabiduría italiana de Pepa.

La sabiduría italiana de Pepa.

Pero los horarios nos jugaron una mala pasada a la hora de comer. Tuvimos que conformarnos con unos antipasti y una pizza en un local con personal muy joven y agradable que tenían que cerrar corriendo. Una de ellos era española, de Alicante. Era Erasmus en Florencia y había conocido a su novio, el encargado de la pizzería allí. No sabemos si se llevó los apuntes y los libros a Elba. Fue un buen rato, después de todo. Tras la comida, callejeamos, subimos, bajamos, tomamos un helado y un café. Conocimos Porto Azzurro, supimos que a veces las canciones dan nombre a los pueblos. Y ahora, también para vosotros, una tarea: aprendeos esta canción, y tarareadla, sucumbid a ella como yo hice para siempre, disfrutad de este encantador vídeo de los años 60, pinchad ahí : http://youtu.be/nFgtCWw-abE

El pueblo con nombre de canción existe.

El pueblo con nombre de canción existe.

El tiempo esquivo

Ulyfox | 6 de agosto de 2013 a las 21:01

Se va el tiempo a la vez rápido (ya hace más de un mes que volvimos de Italia) y lento (el trabajo impide caminar a las horas), y aún nos queda tanto que contar de nuestro viaje… Han sido días de ajetreo en las noticias, casi todas desagradables, casi todas absorbentes. El resultado es que el tiempo se convierte en nuestro enemigo, no quiere nada con nosotros, no nos habla, no nos acompaña, simplemente nos esquiva. O sea, que no cuido el blog ni a los que (me gusta pensar) estáis esperando algún escrito. Debemos seguir con nuestras historias. Sigamos. Empiezo a escribir. Dentro de poco. Manténganse a la escucha. Muchas gracias.

El embarque para Elba

Ulyfox | 28 de julio de 2013 a las 13:45

Un rincón de la costa en la isla de Elba

Era fin de semana, y todos los italianos del norte parecían querer ir a la isla de Elba, esa en la que reinó durante unos meses el destronado Napoleón, hasta que se fugó para ir directo a su derrota final. Nosotros nos levantamos temprano en Venecia, y en seguida estuvimos en la estación de Santa Luzia, esa que parece una estación normal de trenes cuando llegas a ella, si no fuera porque antes tienes que atravesar buena parte de la laguna por el puente de la Libertá, y sobre todo, porque cuando dejas los andenes con tus maletas y sales al aire libre te encuentras de golpe con un gran canal nervioso de vaporettos, góndolas y embarcaciones de todo tipo, y una multitud de gente que sube y baja de ellos, y empiezas a dibujar con la mirada puentes, cúpulas, columnas y palacios: una llegada espléndida.

Dos hermanas en las alturas de Capoliveri

 

Pues dos días después de esa emocionante llegada estábamos entrando de nuevo en la estación, ahora para dirigirnos a la isla de Elba, nuestra siguiente escala en ese precioso viaje de finales de junio. Tuvimos que cruzar la bota desde el Véneto a la Toscana pasando por la Emilia Romagna. Nuestro destino era Piombino, para embarcar a Elba, con dos trasbordos, un trayecto en autobús y finalmente un ferry. Varias horas de camino que no se nos hicieron largas. Y era fin de semana, y había mucha gente que quería llegar a Portoferraio, la capital de la isla, un pueblo ambientado, amurallado y aun así conquistado por el turismo. Un lugar bonito, muy agradable y con buenos locales para comer.

Verde y azul

 

Si todos los pueblos tienen un color, diríamos que Portoferraio es amarillo, ese amarillo italiano que tiene mil variantes, y ese tono se asoma a un puerto antiguo luminoso con forma de U, las casas formando una muralla y escalando suavemente hacia el castillo. Alrededor, el azul mediterráneo y enfrente, el verde de la arboleda enorme que es esta isla, un trozo de la Toscana en medio del mar. La tarde en que llegamos para nuestra estancia de cuatro días se puso dorada, el agua se calmó y la temperatura refrescó.

Porto Azzurro, en la lejanía y al fondo de su bahía

 

Pero el tiempo no nos quiso acompañar del todo. El bochorno que sufrimos en Verona y Venecia se fue diluyendo conforme nos acercábamos a la costa de la Toscana, y las nubes y el viento fresco hicieron imposible que casi ni pisáramos las hermosas playas de la isla. Ni un baño ni un bañador. Nos importó, pero no mucho. Todos los días echábamos en el maletero del coche los avíos de la playa, por si acaso, pero también la chaquetilla. Usamos más esta última que los primeros. Aprovechamos entonces para recorrer pueblos y puertos coloridos, entre el verde de los montes y el azul del mar: Marina di Campo, Porto Azzurro, Capoliveri, Marciana Marina’, y por supuesto, la mansión en la que vivió el pequeño gigante corso durante unos meses y que, espero, no tardaremos en contar uno por uno si el tiempo, esta vez el cronológico, nos lo permite.

Portoferraio, la capital de Elba, desde el ferry.

El primer gueto

Ulyfox | 14 de julio de 2013 a las 22:06

Rótulo del Ghetto, al anochecer

 

Los judíos expulsados de España por los Reyes mal llamados Católicos se dispersaron por todo el mundo. También llegaron a Italia, naturalmente. Y en Venecia, aunque se les necesitaba, se les confinó en una pequeña zona del barrio en el Sestiere de Canareggio. Allí había una fundición (getto en dialecto  veneciano) y esa fundición dio nombre al barrio judío de Venecia, y posteriormente a todos los barrios judíos de Europa, y más tarde a los lugares donde se confina o se reúne un cierto tipo de gente. Cosas de la  historia.

Terrazas junto a los canales en las cercanías del Gheto veneciano

En la actualidad, la zona del Gheto veneciano es muy agradable de pasear, ya sin rejas que impidan la salida ni el paso. Detrás del precioso canal de Canareggio, un laberinto de calles en los que es posible ver a los escasos judíos que quedan en la Sereníssima, con sus particulares vestimentas negras, sus sombreros y sus rizos. Una gran parte fueron deportados durante la terrible Segunda Guerra Mundial. Un poco más lejos, los canales y sus muelles (fondamente) se han convertido en los mejores lugares para cenar en las terrazas junto al agua, aparentemente lejos del turismo masivo pero bien frecuentado por los que pernoctan en la ciudad vieja.

El canal de Canareggio, a la luz de la luna llena.