Mil sitios tan bonitos como Cádiz

Estrella siempre

Ulyfox | 24 de diciembre de 2013 a las 1:20

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Hace ya un par de semanas que la Estrella de Oriente luce sobre la última planta del Hospital de San Carlos. Es una sola estrella, a catorce pisos de altura, que se mantiene fiel a la tradición de bombillas blancas que dicen que es Navidad. Una figura geométrica de seis puntas con una cola de otras tres, quizá cuatro, a la manera del cometa que desde siempre ha representado para nuestra mente de niño el astro que guió hasta Belén a tres magos, hace más o menos 2.013 años.

Me gusta imaginar a ese encargado, tal vez empleado antiguo, quien sabe si un enfermero, un médico, un celador o un operario de mantenimiento, a lo mejor el director del hospital, que todos los años se acuerda de encender la estrella, de comprobar antes que las bombillas funcionan, que todo está preparado para que la sencilla iluminación resplandezca como siempre a 14 pisos de altura, mientras la gran mayoría en el centro está pendiente de otras cosas, de las radiografías, de las consultas o de los infrecuentes ingresos. Quizá sea ese único y solitario poeta de las luces que un año y otro se empeña en que luzca la estrella de lámparas blancas el verdadero representante del quimérico, inútil y persistente espíritu de la Navidad.

Y yo, que gusto de cualquier ocasión para felicitar, compartir y amar, le estoy agradecido. Feliz Navidad, y todos los 365 días siguientes, pese a ellos, los otros.

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Diez viajes de los mejores

Ulyfox | 18 de diciembre de 2013 a las 1:11

Es que no puede ser. Es que este hombre me cuida. Acabo de recibir de Ricardo, el hombre que podría escribir novelas con las historias de su familia, este enlace:

http://lalineadelhorizonte.com/blog/los-10-mejores-relatos-de-viajes-de-2013/

Yo sé que busca hacer de mí un escritor de viajes. Como yo sueño con lo mismo, me dejo querer con sus atenciones en forma de regalos y sugerencias. Resulta que hay una revista digital, que también es editorial, que lleva el hermoso nombre de La Línea del Horizonte, LDH (como si fuera una enzima o un componente de la sangre) para los amigos, y en el blog que lleva aparejado su página web han hecho una subjetiva selección de los diez mejores libros de viaje publicados en el año 2013. No he escapado mal, puesto que en la lista hay dos conocidos míos: El laberinto junto al mar (que he leído y me regaló hace poco ¿adivináis quién? ¡premio! sí, Ricardo) y una biografía de Patrick Leigh Fermor, escrita por su amiga Artemis Cooper, al que le sigo los pasos y pronto capturaré, en cuanto acabe El tiempo de los regalos.

He repasado la lista y encuentro viajes en coche por Europa e itinerarios tan aventureros como los que van en busca de las fuentes del Nilo, títulos evocadores y capaces de provocar ensueños y tiritonas nerviosas por coger las maletas, la mochila o el hatillo, recipientes formales de las ganas de marcharse. La lista engloba diferentes maneras de vivir el o del viaje, la del que no puede parar quieto, la del que busca siempre los confines, la del que ha hallado su paraíso y se engolfa en él. Mi ya amigo Paddy Leigh Fermor decidió enfrentarse con un largo viaje a pie por Europa cuando se enfrentó con la vida, antes de cumplir los 19. De eso va El tiempo de los regalos. Quería conocer, pero cuando ya vivió, decidió que en realidad siempre había querido vivir en Grecia. A él los viajes le trataron bien. En aquel primero quiso caminar como un mendigo y dormir en los pajares, pero en realidad encontraba amigos y nobles recomendados por su familia que le alojaban en hermosos castillos. En realidad, privilegios de ser rico de familia.

Estos libros, los de la lista y otros muchos, nos dan al menos la oportunidad de hacer esos viajes de una forma tan humana como imaginando y viviendo. Y con un billete muy barato. Ya que otros han vivido lo que nosotros no, aprovechémonos de sus relatos. Viajemos.

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Viaje de espuma

Ulyfox | 17 de diciembre de 2013 a las 13:44

Reflexiones ante una espumosa copa de Gulden Draak en Gante.

Reflexiones ante una espumosa copa de Gulden Draak en Gante.

Una Brinks negra de Creta en el paseo marítimo de Paleohora.

Una Fix Dark griega en el paseo marítimo de Paleohora, en Creta.

Cerca de esa plaza mayor de Bérgamo, en la Lombardía.

Cerca de esa plaza mayor de Bérgamo, en la Lombardía.

Duvel y Triple Karmeliet en ese sitio de Bérgamo.

Duvel y Triple Karmeliet en ese sitio de Bérgamo.

 

No se sabe nunca qué cosas te harán viajar. El alcohol, en cualquiera de sus benignas formas, es una de ellas. Como tampoco se sabe qué cosas podrás aprender, qué caminos se te abrirán cada vez que subes a un tren o bajas de un avión o un barco. No dedicaré mucha literatura a contaros que una de las cosas que últimamente nos hacen viajar es la cerveza, y no precisamente porque nos lleve a estados alucinatorios por una ingesta excesiva. No.

Aprendimos en un reciente viaje a la Bélgica flamenca que la cerveza es mucho más que un líquido más o menos rubio o fresco que sale de un grifo o del gollete de una botella. En esos países del centro-norte de Europa, esas fermentaciones de cervezas, maltas y lúpulos representan algo así como el vino por tierras más soleadas. Y por eso resulta un gusto muy particular apoyar las conversaciones en una copa adecuada, con la espuma conveniente y la temperatura idónea en una terraza de la plaza del Mercado de Brujas o junto a un canal en Gante.

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Desde aquel circuito ferroviario de la primavera pasada por Flandes, el mundo cerveceril se nos abrió, y no nos conformamos. Y por eso no dudamos en probar nuevas marcas cuando antes sólo pedíamos “una cerveza”. Y por eso en junio pasado decidimos sentarnos en aquel pequeño bar de una esquina del Cannareggio veneciano, y en la isla de Elba probamos la cerveza artesanal ‘Napoleón’ y en Bérgamo fuimos a buscar la pequeña cervecería que recordábamos de nuestro anterior viaje a Italia. Y por eso decidimos acercarnos a la tienda Gades Beer de Cádiz  (http://www.gadesbeer.es/ ) en busca de la espuma belga de vez en cuando. Y también por lo mismo, en nuestro recurrente amor a Creta, ya vamos siempre a un bar cuyo nombre no recuerdo, en las cercanías del barrio de Splantzia de La Canea, que tiene una larga carta de especialidades de todo el mundo.

Y por todo eso, nos dio una alegría tan grande que un primo nuestro haya abierto en San Fernando una tienda especializada en cervezas del mundo, La Birra (http://www.labirra.es/ ) , cerca del Centro Comercial Plaza, que nos sirve para saciar nuestra sed de conocimiento con las catas especializadas que organiza y para charlar de este producto tan antiguo y para surtirnos de recuerdos e ilusiones. En la última ocasión, un sorprendente, animoso y erudito chaval de 25 años, que se hace llamar Benjie, y que es autor de un inmenso blog llamado En copa sabe mejor http://www.encopasabemejor.com/ ), nos ilustró sobre las diferencias y las complicidades entre las cervezas de abadía y las trapenses, de tal maravillosa forma que me extrañé de que en esos conventos productores no hubieran aumentado las vocaciones. Levanto por todos ellos mi copa de tulipa llena de un líquido sublime, mi preferida, la Triple Karmeliet. No dejéis de probarla ¡Salud!

La isla interior

Ulyfox | 13 de diciembre de 2013 a las 2:13

 

Capilla sobre un pico en el interior de Naxos.

Capilla sobre un pico en el interior de Naxos. Al fondo, el perfil de Paros.

El campo de Naxos.

El campo de Naxos.

En este ya lejano último viaje a Grecia, y que aún lentamente, tziga tziga como dicen los griegos, os estamos relatando,  no hubo casi descubrimientos. Sí mucha revista y redisfrute, a otro ritmo, de lugares conocidos. Por ejemplo, pensábamos hacer una breve visita a Naxos, y la magia de los Estudios Kalergis en la playa de  Agios Georgios, nos enganchó para cinco jornadas. Uno de esos días, el mismo que el viento eligió para soplar fuerte, quisimos dedicarlo a recorrer el bellísimo interior de esta isla, la más grande y fértil de las blancas Cícladas, con montes que se elevan a más de mil metros y valles de viñedos y olivos, algo extraño en este archipiélago por lo general volcánico y de aspecto árido.

El templo de Deméter.

El templo de Deméter.

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Alquilamos un coche, de esos que se pueden conseguir a buen precio en las islas cuando acaba la temporada alta, y nos pusimos en marcha. Muchas veces habíamos visto en las guías el templo de Deméter como una de las atracciones arqueológicas de Naxos, pero nunca nos habíamos acercado a contemplar su mármol dórico. Esta vez lo hicimos. En realidad, este antiquísimo santuario dedicado a la diosa de la agricultura y la fertilidad fue casi completamente destruido hace siglos, pero una meritoria labor de restauración le ha dado un aspecto visitable y sus columnas y el resto del pórtico junto con el pequeño museo anexo permiten evocar lo que fue, así como la basílica que se erigió sobre el mismo. Su emplazamiento en lo alto de una colina que domina el valle hace imaginar romerías arcaicas de campesinos subiendo con sus ofrendas para que se mostrara magnánima con las cosechas. Es una visita agradable y aleccionadora. Las cosas no han cambiado tanto en cuanto a la relación de los hombres con sus dioses, a los que acudimos para que nos echen una mano en donde la nuestra no alcanza. Al fin y al cabo, sin esperanza no somos nada. Pienso en qué deidades deberían recibir nuestras plegarias para que nos libraran realmente de los malos gobernantes.

En una calle del pequeño Halki.

En una calle del pequeño Halki.

Decidimos parar también en el pueblecito de Halki, con grandes mansiones medio en ruinas, torres defensivas de las que abundan en Naxos y algunas espléndidas capillas bizantinas en sus alrededores. Tiene Halki varias tiendas en las que se han asentado artistas y diseñadores, y un par de restaurantes en una plaza sombreada. La vuelta por el pueblo fue casi fugaz, con tiempo de sentarnos a degustar una Fix Dark, la estupenda cerveza negra griega, y comprar un pequeño recuerdo en la tienda Olive Tree, un original colgante de plata que figura un olivo cuyas hojas son peces, el logotipo de este comercio, famoso en toda Grecia. Disfrutamos más de esta pequeña población interior cuando las visitamos hace unos años con nuestros amigos Batuka.

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Diferentes ángulos de la antiquísima y extraña iglesia de la Panagia.

Diferentes ángulos de la antiquísima y extraña iglesia de la Panagia.

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Iglesias, barcos de piedra...

Iglesias, barcos de piedra…

¡Ah, pero estaban las iglesias! Las iglesias bizantinas como barcos de piedra esparcidos por el campo, medio ocultas entre olivares, quién sabe por qué tan repartidas al final de un carril, en la curva de un camino o en lo alto de aquel pico. Se puede hacer un particular viacrucis con múltiples estaciones en estas capillas, todas emocionantes, todas encantadoras y sencillas, pobres y lejanas del lujo que apabulla en tantos templos cristianos, como refugios para el creyente humilde o temeroso bajo su sencilla planta de cruz griega. Muchas están cerradas, pero es posible visitar otras, y admirar sus frescos, o lo que queda de ellos. La iglesia de la Panagia, unos siete kilómetros al norte de Halki, es la más antigua de la isla. Estamos hablando del siglo VI. Parece hecha por fases y por manos populares. Es oscura, y a una pequeña nave primitiva se le fueron añadiendo hasta tres capillas que son como cuevas diminutas. Por fuera, es como un muestrario de cúpulas enanas cubiertas de piedras. Todo ello habla de ritos sin ostentación. En lo poco que tiene que ver se demora uno, y a falta de grandes obras de arte tiene que conformarse el espectador con su capacidad de comprensión sobre qué cosas mueven el alma de los hombres.

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El almuerzo en el restaurante Rotonda, comida con vistas.

El almuerzo en el restaurante Rotonda, comida con vistas.

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Reconfortado nuestro ánimo, llenos de preguntas, buscamos un lugar para comer. Y digo buscamos porque el sitio era lejano e intrincado. Rotonda era el restaurante recomendado, y estaba en Apiranthos, lo que las guías llaman ‘un pueblo tradicional’. Fue preciso subir y subir contemplando como el valle se alejaba, sin seguridad de encontrarlo y con el hambre acuciando ya nuestro estómago. Afortunadamente, en Grecia sigue imperando la costumbre de dar de comer a cualquier hora. ¡Y qué sorpresa al llegar! ¡qué vista nos deparaba aquel lugar a cientos de metros de altura sobre un paisaje que se prolongaba hasta la costa y más allá, hasta la cercana isla de Paros! El sol empezaba su caída, pero todavía su calor ayudaba a combatir el fresco que se había presentado con el viento del norte, el meltemi. Vino blanco de Naxos, ensalada y un plato de pasta en una de las comidas con mejor panorámica que recuerdo. Una pareja, que ya habíamos visto en el Blue Star Naxos, el barco que nos trajo desde Creta, se sentó a nuestro lado. El hombre arrastraba con esfuerzo una pierna enyesada y dimos en pensar cómo de bien recomendado estaría el restaurante Rotonda para que se molestara en desplazarse hasta ese lugar ciertamente lejano.

El 'kuros' incompleto, miles de años en el campo.

El ‘kuros’ incompleto, miles de años en el campo.

A la vuelta hicimos un tramo por la costa este, divisando no muy lejos el perfil de Donousa, una de las islas satélites de Naxos conocidas como Pequeñas Cícladas. Luego nos dirigimos de nuevo al interior, por una carretera claramente secundaria, brincando montañas doradas y cruzando algún pueblo dormido. Íbamos en busca de un kuros incompleto. Los kuroi son unas esculturas gigantes de la época arcaica de la cultura griega. Representan a un varón joven desnudo y atlético en actitud de caminar. En su rostro se dibuja siempre una enigmática sonrisa, y su apariencia recuerda mucho a las esculturas egipcias de faraones y dioses, pero un paso más adelante, puesto que ya muestran un sentimiento. Muchos de ellos estaban esculpidos en el magnífico mármol de Naxos. Se trabajaban en la misma cantera y luego eran trasladados. Algunos quedaban sin terminar porque se producía un fallo en su elaboración o porque el mármol se rompía. Varios de estos han quedado en medio de cultivos o en las arboledas de la isla durante siglos. Allí siguen. Ahora están señalizados y protegidos, pero imagino la sorpresa antigua de caminantes desprevenidos al encontrarse con estos gigantes dormidos, como dioses que se hubieran convertido en piedra. El más famoso está cerca del pueblo pesquero de Apolonia, pero el que buscábamos está en el interior, en el curso de una fabulosa excursión senderista que recorre también las antiguas canteras y más capillas. El kuros dormía bajo unos árboles, sin rostro y con los pies más altos que la cabeza, soportando su triste destino frustrado de haber sido estatua principal y quedarse en trozo de piedra casi antropomorfo, posando en posición tan poco digna para los flashes de los turistas curiosos.

Regresamos ya con la última luz a devolver el coche. Entregamos las llaves a la joven hija del dueño del negocio. Pero cuando ya nos íbamos, dando las gracias en griego, el hombre se volvió y nos dijo que esperáramos (“periménete, parakaló”), se metió en la trastienda y apareció con una botella de vino rosado, dos vasos y muchas ganas de charlar. Nuestro griego no daba para satisfacerlas, pero sí para intercambiar algunas impresiones sobre la situación económica de los dos países y la opinión que nos merecen ambos gobiernos. La familia del hombre provenía precisamente de la comarca que habíamos estado visitando por la tarde, y que en otro tiempo fue tierra de canteras de sílex, pero aún conservaba buen aceite y buen vino. Encantados con esta nueva muestra de hospitalidad griega, volvimos andando a casa, a los Estudios Kalergis, a mirar de nuevo atardecer sobre el mar desde nuestro balcón blanco.

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Un faro turco en un puerto veneciano

Ulyfox | 9 de diciembre de 2013 a las 20:31

Penélope ante el faro turco de Rethymnon.

Penélope ante el faro turco de Rethymnon.

 

Entre el destrozo generalizado que los siglos perpetraron en Creta, en el que colaboraron los terremotos, los romanos, los piratas árabes, los iconoclastas turcos y los bombarderos alemanes, los más bellos restos corresponden a lo que se ha salvado: los monasterios y las iglesias refugiados en las alturas del interior, la huella persistente de Bizancio. La mayoría de las ciudades y pueblo sufrieron un acoso histórico más o menos equilibrado por unos y otros invasores, pero la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial, y las duras represalias a las que sometió a la isla por su rebeldía fue la que provocó el mayor destrozo.

... y la Fuente Rimondi.

… y la Fuente Rimondi.

 

De aquella masacre se medio salvaron dos ciudades que representan lo mejor de la mezcla entre Venecia y Turquía: La Canea y Rethymnon. Al principio, la belleza impar de la primera nos ensombreció un poco el brillo de la segunda. Como todo, hemos aprendido a amar ahora sus calles estrechas, sus minaretes y la luz que el sol sabe inventarse en sus esquinas, o cuando se refleja en los tonos crema de las sillas y mesas de los innumerables restaurantes en la calle. No hace mucho, paseamos su soledad lluviosa y fría en invierno. Hace menos, nos reconciliamos con el calor mientras la gente tomaba aliento bajo la sombra de su gran Fortezza, el mayor castillo que construyeron los venecianos en el Mediterráneo en su época.

La luz de la tarde de Rethymnon.

La luz de la tarde de Rethymnon.

Y Rethymnon tiene también, lo sabéis, un puertecito veneciano que, como manda la cronología de la Historia, corona y cierra un esbelto faro turco, continuación en piedra clara de un espigón. Y nos gusta, cada vez que volvemos a esta ciudad, rendirle la visita al faro, buscar la mejor foto, grabar como un Monet digital, las diferentes horas del día sobre su cilíndrica e iluminada figura.

Restaurantes en el puerto de Rethymnon.

Restaurantes en el puerto de Rethymnon.

Como en La Canea, los muelles rebosan de restaurantes, ofertantes únicos de esa oportunidad que es comer o cenar junto a las barcas. Pero a diferencia de aquella ciudad, en Rethymnon no hay apenas espacio para caminar, y los pequeños huecos parecen conducir al turista hasta las garras del camarero que te ofrece su carta como la almadraba conduce el atún hasta el copo. Afortunadamente, a los humanos aún nos queda la capacidad de decir que no, y seguir nuestro caminar hacia establecimientos algo más alejados y menos pensados para el guiri.

 

El faro de Rethymnon, cerrando el puerto veneciano.

El faro de Rethymnon, cerrando el puerto veneciano.

 

Tiene Rethymnon un turismo numeroso y diríase que fiel, que llena su hermosa playa urbana y los kilómetros de arena que cubren la costa hacia el este. Por la noche, el recogido y pequeño casco antiguo acoge a miles de ellos en las decenas de restaurantes y tabernas, en las bien dispuestas terrazas que prometen noches inolvidables. Por todo eso, volvimos a la hermosa ciudad el pasado septiembre, por eso lo repetimos aquí.

Héroes y dioses

Ulyfox | 7 de diciembre de 2013 a las 20:08

Interior de la cueva de Melidoni.

Interior de la cueva de Melidoni.

Paisaje desde la cueva de Melidoni, al final del verano.

Paisaje desde la cueva de Melidoni, al final del verano. Al fondo, el Psiloritis.

La que os voy a contar es una de los cientos de historias que en torno al heroísmo se han escrito en Creta. Yo, que creo que la muerte es el final de todo y casi nunca es digna, tiendo a ser de aquellos que piensan que vale más un cobarde vivo que diez valientes muertos. Y nunca me impresionaron, sino que más bien me extrañaron y me produjeron sentimientos contrarios, esas historias que nos contaban en el colegio sobre el valor de los habitantes de Numancia o Sagunto, prefiriendo morir antes que perder la vida, apóstoles de la honra sin barcos o de morir con las botas puestas. No digo que no, sino que tengo muchas dudas. Es este el caso de la triste historia de la cueva de Melidoni, cerca de Rethymnon, junto a la costa norte central de Creta.

Conocida también como Gerontospilios, desde la antigüedad se supone que albergaba el culto a Talos, un gigante de bronce que protegía a la isla de Creta de sus enemigos. Este ser por cuya única vena corría sangre de dioses, era capaz de dar dos veces la vuelta a la isla en sus gigantescas rondas de vigilancia. No terminó bien sus días. La hechicera Medea, que viajaba con los Argonautas cuando estos quisieron arribar a la isla, consiguió dormirlo con engaños y arrancó el clavo que cerraba su vena, lo que hizo que se desangrara, y muriera de manera poco digna. En la cueva se han encontrado multitud de restos arqueológicos, testigos de este culto.

Otra vista de la sala principal de la cueva.

Otra vista de la sala principal de la cueva.

 

Pero un hecho más reciente y no menos sangriento hizo que volviera a convertirse de nuevo en un lugar sagrado para los cretenses. En octubre de 1823, en plena revolución griega contra los ocupantes turcos, 340 mujeres y niños y 30 hombres se refugiaron en la cueva, bastante escondida, huyendo de los soldados otomanos. Naturalmente, éstos no tardaron en dar con ellos, y cercaron el refugio conminando a sus ocupantes a rendirse. El heroísmo, esa espada de doble filo, les llevó a negarse. Y la verdad es que resistieron bien. Todos los intentos de los turcos eran rechazados sistemáticamente. Pero en junio de 1824, el jefe Hussein Beis decidió que ya no aguantaba más, acumuló cantidades ingentes de ramas, telas y todo lo que podía arder en la entrada de la cueva y prendió fuego. Murieron asfixiados todos los resistentes. Hoy, una tumba común con los restos de los héroes y una cruz sobre ella recuerdan ese terrible drama que no concede gloria a ninguno de los protagonistas.

La cueva, que es en sí misma una belleza de formaciones, estalactitas y estalagmitas, se encuentra a más de doscientos metros de altura, y desde su boca se divisa un hermoso y amplia paisaje de olivos y cultivos que se prolonga hasta que comienzan las estribaciones del no menos imponente Monte Psiloritis, o Monte Ida, rodeado también de un aura sagrada milenaria, la misma que impregna a toda la isla.

 

 

Grecia nos ama (segunda y sabrosa parte)

Ulyfox | 28 de noviembre de 2013 a las 14:16

En el interior del Museo de la Acrópolis, con esas vistas...

En el interior del Museo de la Acrópolis, con esas vistas…

 

 

 

Con Marga, Irini y el jovial Vasili.

Con Marga, Irini y el jovial Vasili.

Marga nos llevó al restaurante Psariston.

Marga nos llevó al restaurante Psariston.

A Margarita, Marga para muchos, Margaritoula para otros, ya la conocéis, aunque seguramente muchos no la recordaréis. Es una mujer entusiasta y polifacética, de San Fernando y residente en Atenas desde hace 25 años. Una fantástica locura isleña instalada en la capital helena, da clases de español en una academia de idiomas, y desde hace poco también enseña cocina española. Alguna vez ha salido en este blog, es amiga nuestra desde hace poco, pero hemos conectado con la fuerza de quienes tienen más de una cosa en común, entre las cuales no es la menos importante el amor por el mundo griego.

Este pasado septiembre reservamos un par de días para visitarla en Atenas. Eran los últimos de las vacaciones, después de la gran vuelta por el Peloponeso, Creta, Naxos y Mikonos, y antes de volver a España. Nos preguntó qué queríamos hacer. Le respondimos “sólo estar contigo, verte en tu mundo, conocer a tus amigos”. A media tarde vino a buscarnos al hotel Athos, muy cerca de Plaka, con abrazos y besos y la compañía de su amiga Irini, una morena griega de ojos profundos, algo así como una Irene Papas en cuerpo y alma. El plan que traía era sencillo y atractivo: acercarnos al Museo de la Acrópolis, hacerle una breve visita y tomar un café en su espléndida terraza con vistas al Partenón; luego iríamos a cenar al restaurante de otro amigo, Vasili, que además es alumno de sus clases culinarias. Empezamos a andar recorriendo las caóticas calles del barrio de Plaka. Un gran todoterreno sonó su claxon para llamar la atención de Marga. Era la mujer del embajador de México que la saludaba, otra de sus alumnas de cocina española. Casi estuvo a punto la pareja diplomática de venirse a cenar con nosotros, pera esa tarde tenían una recepción.

La flor de loto que coronaba el Partenón.

Paseando, llegamos al Museo, un prodigio de arquitectura y exposición de cientos de obras maestras encontradas en décadas de excavaciones en la colina sagrada ateniense. Ese día la entrada era gratis y el luminoso edificio estaba lleno de gente atendiendo a explicaciones de los guías, cientos de griegos supongo que orgullosos de su espléndido pasado. Margarita quería enseñarnos su pieza favorita: una flor de loto de mármol de las que coronaron en tiempos los vértices del frontón del Partenón. Y la buscamos entre esculturas admirables de hombres, mujeres, leones, caballos y perros, allí al lado de los restos que dejaron los ingleses y otros pueblos en su despojo del Templo de Atenea. Y lucía en su filigrana, muy reconstruida pero emocionante, como una joya. Agradecimos la recomendación de esta pieza que desconocíamos. El café posterior fue largo y placentero con esa hermosa vista de las piedras de la Acrópolis, ya doradas a esa hora, casi encima de la embajada española.

En el camino hasta el metro, por la espectacular avenida arqueológica Dionisio Areopagita, saludando a las columnas dórica allá en lo alto y al Teatro de Herodes Ático ahí al lado, pasando junto a cuevas que eran santuarios y colinas que fueron parlamentos, tuve ocasión de practicar mi balbuceante griego con la comprensiva Irini. Y cayeron temas de cocina, de música, de trabajo y de vida mientras íbamos dejando a la derecha el Templo de Hefestion y la Estoa de Attalo en busca de la entrada del metro en la plaza Monastiraki, casi pegada a la biblioteca de Adriano y a los restos del Agora romana.

La fiesta empezó al final...

Margarita nos había dicho que el restaurante estaba lejos del centro, y era verdad. El tren eléctrico y luego un trayecto en taxi nos demostraron de nuevo lo extensa que es Atenas, una ciudad de edificios bajos en su mayoría que se pierden en el horizonte los mires desde donde los mires. El taxista nos llevó a un barrio muy diferente del turístico centro, un lugar que resaltaba su carácter lejano con calles oscuras y casas aisladas.

Allí estaba el restaurante Psariston ( http://www.psariston.gr/), con apariencia de una taberna de cualquier isla pero plantada en la capital, con colores blancos y azules. Un empleado que volteaba un gran pescado sobre una parrilla, justo delante de la puerta, nos dio la prometedora bienvenida. Y a partir de ese momento ya estupendo, la noche no hizo más que mejorar. Empezamos los cuatro con raki y unos aperitivos mientras esperábamos a Vasili: taramosalata con mejillones ahumados y setas a la plancha. El dueño del restaurante llegó al poco tiempo: ese era Vasili, un griego de mediana estatura, fuerte y con una cerrada barba enmarcando una permanente sonrisa de sabio divertido y disfrutón. Era incapaz de decir tres palabras seguidas sin soltar una broma que Margarita e Irini celebraban con risas. Nosotros nos sumábamos a la alegría primera sin entender apenas la mitad. Lo que sí entendimos es que empezó por su cuenta a diseñar nuestro menú de esa noche, que resultaría exquisito, desbordante e inolvidablemente marinero: huevas de erizos de mar en ensalada, otra ensalada con boquerones en vinagre y queso mizithra, mejillones con cebolla, vino y hierbas, langostinos a la parrilla con pimentón ¡de La Vera!, hígado de pescado, tataki de atún con miel y sésamo, bacalao con una salsa roja, arenque en otra salsa riquísima, almejas con mostaza, koutsoumuras (una especie de salmonetes) fritos… y algunos platos más que seguro que olvido. Y bañado en incontables botellas de vino blanco embotellado especialmente para la casa, a base de Chardonnay y Sauvignon blanc.

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Vasili ordenaba continuamente a los camareros que trajeran más vino, mientras él mismo se servía un vaso y brindaba ¡yiámas! una y otra vez. En vano pedíamos a los empleados que pararan. “Ha dicho Vasili que traigamos más vino” decían mientras se encogían de hombros y se desentendían de nuestro reclamo de moderación. Sonaba la música, sonaba Haris Alexiou, y acompañábamos su letra “matia mou i Ellada…” mientras los otros comensales miraban y se preguntaban quiénes eran esos extranjeros que tarareaban canciones griegas.

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La noche estaba decididamente lanzada. Vasili toca el bouzouki habitualmente los miércoles en su local, pero aquello estaba adquiriendo tintes especiales. El expansivo griego estaba feliz y nos hizo el honor de ir a a buscar su instrumento y tocar para nosotros. La gente ya se animó a cantar, y el ambiente acrecentaba nuestro amor griego. Irini, más sabia y pensativa, me previno: “Manolo, no creas, esto no es la Grecia real”. Seguramente, seguro, y hablamos de diferentes injusticias. Se notaba que tal vez le pesaba nuestra diversión exultante, nuestro propio banquete, en medio de situaciones tan terribles. Pero cantamos. El entusiasmo se fue durmiendo en una sucesión de sensaciones propiciada por el vino, y casi sin darnos cuenta nos fuimos deslizando a la calle. Vasili, en otro alarde, de generosidad hacia su amiga española y los amigos de su amiga, no permitió que pagáramos semejante homenaje, dejándonos una sonrisa emocionada y agradecida que nos ocupó todo el cuerpo y que aún no se ha borrado ¿Cómo no querer a esta gente?

 

En el taxi, el conductor se dio cuenta de que éramos extranjeros y nos preguntó qué nos había parecido el restaurante. Ante nuestra entusiasmada respuesta, corroboró: “A este sitio viene mucho el primer ministro, el anterior, Papandreu”. No me extraña, pensé. Habíamos comido como primeros ministros, aunque fueran socialistas, y encima, invitados. Sin duda, y como escribí hace algún tiempo, Grecia nos ama.

P.S. Una última aclaración sobre el nombre del restaurante: Psariston, es una mezcla de dos palabras, psari, que significa ‘pescado’ y ariston, que quiere decir ‘el mejor’. Así que ya sabéis donde se come el mejor pescado y marisco de Atenas. Está lejos de todo lo turístico, pero es algo excepcional. De precio, por suerte para nosotros, no os puedo hablar. Pero seguro que no es barato.

Banderas

Ulyfox | 22 de noviembre de 2013 a las 1:38

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En general, no me fío de las banderas. Las carga el diablo.  Esta bandera griega singular es una toalla. La compré en mi última estancia en Grecia, me provoca una nostalgia infinita ahora y me provocó una simpatía grande cuando la adquirí en aquella tienda de recuerdos y artículos para turistas en Nauplia. Adoramos esta enseña porque nos evoca siempre las popas de los barcos, dibujado su rectángulo blanco y azul volando sobre el fondo de la estela en el Egeo; porque nos recuerda las remotas capillas que siempre corona junto a la amarilla de la iglesia ortodoxa; tal vez porque lució orgullosa colocada por las rebeldes manos de Manolis Glezos sobre la acrópolis cuando sustituyó a la de los nazis invasores. Pero pierde todo ese poder de atracción cuando la enarbolan las oscuras manos de Amanecer Dorado, por ejemplo, o cuando otros las esgrimen como arma contra supuestos enemigos turcos o albaneses.

Comprendo las banderas como fetiches del emigrante lejos de su casa, me regocijan cuando expresan la alegría de un pueblo por cualquier victoria deportiva, quedan bonitas como gallardetes en ferias y verbenas, son útiles para pintar en los mapas. Son odiosas cuando alguien las alza con odio, y tristes cuando alguien las necesita para expresar su desarraigo, y temibles cuando algunos las flamean como símbolo de superioridad sobre los otros. Tengo esta bandera griega en casa porque es una declaración de amor voluntario y libre. No tengo ninguna bandera española, ni siquiera se me ha ocurrido colocarla en esos momentos cumbres del fútbol, cuando más inocua parece. Tal vez la rojigualda se usó tantas veces como símbolo de victoria en la historia reciente que terminé por sentirme de los perdedores. Y esta que me traje de Grecia es sólo una toalla pero mucho más que una toalla.

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Los baños felices

Ulyfox | 19 de noviembre de 2013 a las 0:49

 
Azul intenso en la playa de Elafonisi.

Azul intenso en la playa de Elafonisi.

Pasa el tiempo, llegan los fríos y sigo rememorando nuestra reciente estancia en Grecia. El blog avanza muy lento y, para quitarme la mala conciencia de este ritmo perezoso, me da por pensar que en realidad me estoy administrando una medicina espaciada y lenta, una vez o dos por semana, antes o después de las comidas, al acostarme o al levantarme, con la que curarme la nostalgia. O aliviarme, si no la enfermedad, al menos los síntomas.

Se puede llegar andando al islote.

Se puede llegar andando al islote.

Como diría Fray Luis, contábamos ayer que aún estábamos en Creta, nuestra visita a Paleohora y su cercana playa de Gialiskari. Y mencionábamos de pasada Elafonisi. Pero Elafonisi es una palabra mayor, es un asombro, es la playa con letras capitulares, es una invasión de azul infinito, es algo sin igual. Es difícil llegar, está lejos de cualquier núcleo de población grande, en uno de esos confines impactantes de la isla, pero está llena de sombrillas y hamacas, recibe a miles de personas todos los días en temporada alta. Los visitantes llegan en sus coches, en autobuses de excursión desde La Canea y en barco desde Paleohora, porque es una atracción única. Sí, puede llegar a ser un agobio. Sólo en junio o pasado mediados de septiembre es amable. De cualquier forma, si uno se toma la molestia de caminar un rato hacia el este, encuentra otra playa, descrita como maravillosa y aún no pisada por nosotros, la de Kedrodassos, en la que como su nombre indica, es posible descansar entre baño y baño a la sombra de los cedros y con mucha menos gente.

Hay pocos azules como el de Elafonisi.

Hay pocos azules como el de Elafonisi.

Tras la laguna, la arena.

Tras la laguna, la arena.

Bañarse en el azul.

Bañarse en el azul.

Deportes acuáticos a favor del viento.

Deportes acuáticos a favor del viento.

Y ya dejo de apabullaros.

Y ya dejo de apabullaros.

Ya os hemos hablado alguna vez de Elafonisi, esa gran flecha de arena, prolongada en su base y hacia los lados, que apunta hacia un islote de piedra y más arena. La flecha cambia de anchura según los vientos y las mareas, igual que lo hace la escasa profundidad de las aguas, más bien una serie de lagunas transparentes. Se puede ir andando al islote, hundido hasta la cintura. El lugar adquiere la apariencia de infinito. La mejor visión, como siempre, se obtiene desde las alturas, un poco antes de bajar a la playa. Hemos estado tres veces, siempre buscando la ocasión extraña en la que no sople el viento. En la última casi lo conseguimos, y con eso quiero decir que Eolo tenía un día tranquilito pero no estaba precisamente dormido. Se podía estar de manera agradable, paseamos por la orilla sin que la arena nos fusilara las pantorrilas, cruzamos hasta el islote, nos pudimos bañar sin que el agua perdiera su transparencia, pudimos tirarnos en las hamacas, y comer algo en la escueta cantina, antes de nuestro segundo encuentro de este viaje con La Canea. Os juro que volveremos para intentar ver y vivir Elafonisi sin viento.

La bahía de Souda, con la base de la OTAN y la fortaleza veneciana.

La bahía de Souda, con la base de la OTAN y la fortaleza veneciana.

El tiempo se estaba portando bien con nosotros, que anhelábamos tranquilos y completos días de playa. En Paleohora disfrutamos del calor y la calma. Elafonisi nos mostró su cara más amable esta vez. Y la racha se prolongó en La Canea. Sí, hacía viento, el enemigo mayor del bañista exigente. Pero eso tenía remedio. Miramos la dirección del aire, miramos el mapa y pensamos en nuestras ganas de conocer. Allí, en un rincón de la península de Akrotiri, casi pegada a la famosa base de la OTAN en Souda, aparecía el nombre de Marathi, al resguardo del viento. En llegando vimos que eran dos pequeños trechos de arena dorada divididos por un espigón que daba refugio a unas cuantas barcas. Un islote, de nuevo, cerraba la bahía calmando las aguas. Levantando la vista al otro lado de la bahía de Souda se podía divisar , de este a oeste el cabo Drapanos, con una enorme falla circular a modo de cráter, el farallón de Malaxa con sus ecos bélicos de la batalla de Creta y más allá, muy lejos pero muy grandes, las Montañas Blancas.

Playa de Marathi, con las Montañas Blancas al fondo.

Playa de Marathi, con las Montañas Blancas al fondo.

Un velero, desde la taberna en Marathi.

Un velero, y al fondo la falla-cráter de Drapanos.

Pero aquí cerca, a nuestros pies, el baño cristalino, el baño feliz de las playas domésticas con un público mayoritariamente griego. Detrás unas tabernas muy cuidadas, a medio camino entre la tradición y el diseño y cerrando la playa, como casi siempre, una pequeña capilla blanca. Marathi estaba bien abastecida de público y servicios, pero todo parecía transcurrir con la placidez aparentemente lubricada de lo espontáneo y bien organizado. Cuando ya abandonábamos el remanso, los camareros preparaban las preciosas terrazas para lo que prometía ser una colección de cenas agradables con luz tenue y a la orilla del mar. Nos dio cierta pena dejar aquel lugar, por mucho que este sentimiento se viera mitigado con la promesa de otras terrazas en el puerto veneciano de La Canea.

Los baños felices.

Los baños felices.

Es tiempo de Paddy

Ulyfox | 14 de noviembre de 2013 a las 22:43

el-tiempo-de-los-regalos-entre-los-bosques-y-el-agua_patrick-leigh-fermor_libro-OAFI550Somos tan incultos (hablo por mí), tenemos tantos libros que leer, tantas películas que ver, tanta música que escuchar… De momento me he comprado el libro. Por fin me dije ¡joé cómpralo ya! Y ayer por la mañana fui a recogerlo, y no pude esperar y en el camino de vuelta a casa me senté en aquella terraza modesta de cuatro mesas y sillas de metal, tan frías en invierno y ahora caldeaditas por el sol, y mientras tomaba un café leí el prólogo de Jacinto Antón. Aquí está, lo tengo, dos libros en un solo volumen: El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua, las dos partes que relatan el viaje que Patrick ‘Paddy’ Leigh Fermor hizo tan joven como con 19 años, y con la única compañía de su mochila, por toda Europa, desde Holanda hasta Constantinopla. Arrastran fama de ser dos de los mejores libros de viajes escritos nunca. Y ya el prólogo te da unas ganas de querer a este hombre tan especial, vagabundo en los Cárpatos, guerrillero en Creta, viajero siempre. Apenas lo he empezado, pero llevo tiempo enamorado de esta persona-personaje, aristócrata y bohemio, dicen que conquistador, seductor, divertido y totalmente singular.

Ya os iré contando. De momento, felicitadme: me dispongo a pasar una temporada en compañía de este aventurero que era como el que muchos quisimos ser y no nos lo permitimos o no nos lo permitieron, ese inglés que secuestraba generales alemanes en Creta y luego hablaba con ellos en latín, sabio en lenguas clásicas e inútil en matemáticas. Me dispongo a entrar en su mundo, y estoy seguro de que no me defraudará. Tal vez, seguro, aprenda algo.