Mil sitios tan bonitos como Cádiz

Monemvasia, una sola entrada

Ulyfox | 26 de septiembre de 2013 a las 18:55

El puente de Gefyra, único modo de entrar en Monemvasia.

El puente de Gefyra, único modo de entrar en Monemvasia.

La puerta de Monemvasia. Arriba, la ciudadela o 'kastro',

La puerta de Monemvasia. Arriba, la ciudadela o ‘kastro’,

 

Monemvasia significa “una sola entrada”, pero es mentira, o no es exactamente la verdad. Es verdad que una de ellas es la que comunica directamente con el resto de Grecia, puesto que las otras tres dan o bien al mar, o al final del peñón que alberga esta hermosura de pueblo medieval, o a una empinada y sinuosa escalera que asciende por una pared de roca vertical a la ciudad alta, a 300 metros sobre el nivel del mar. Murallas por todos lados menos por uno que es esa pared vertical la guardaron durante siglos. Así que es verdad que entrar, entrar, sólo se podía entrar por la puerta principal.

Penélope, en la calle principal de Monemvasia.

Penélope, en la calle principal de Monemvasia.

 

Hace años que tenía apuntado en mi libreta de tareas griegas pendientes el nombre de Monemvasia, allá en uno de los confines del Peloponeso, en la región lacónica. Junto a esa anotación, los nombres de Pilion, la montaña donde habitaban los centauros, los pueblos de la Arcadia interior, Salónica, la Macedonia de Filipo y Alejandro… Ahora, ya puedo tacharlo.

Monemvasia y el mar.

Monemvasia y el mar.

Monemvasia estuvo unido en tiempos al continente hasta que un terremoto, de esos tan frecuentes en Grecia, lo separó. No mucho, tan poco que un pequeño puente la une ahora con el Peloponeso. Es un inmenso peñón, algunos la llaman el Gibraltar griego. Su mole pétrea se alza frente a Gefyra, el pueblo donde en realidad vive la gente, un lugar feo y destartalado de esos que los griegos trucan en agradabilísimo rincón con el simple movimiento de varita de poner un muellecito y algunos barcos pesqueros, y acompañarlos con bares y restaurantes de terrazas y comida espléndida. Así consiguen el milagro de las tardes y noches inolvidables frente al mar, pese a que detrás se levanten apartamentos y hotelitos construidos de aquella manera anárquica. La proverbial amabilidad y buen servicio hacen el resto.

Las casas, entre la roca y el mar.

Las casas, entre la roca y el mar.

Yendo a lo importante, a lo que nos llevó hace unas semanas hasta este rincón del Peloponeso, Monemvasia es una preciosidad: la muralla y las casas tienen el color de la piedra rubia que se enciende al atardecer. Su carácter de fortaleza le da un aire imponente y sus casas hablan de dominaciones venecianas, tan frecuentes en estas latitudes. Se entra de manera familiar por su “única puerta” y se está en un pueblo medieval, eso sí, transformado en los últimos años en un gran atractivo turístico. En realidad, aquí solo viven seis personas permanentemente. El resto son hoteles preciosos en palacios y mansiones restaurados, con unas vistas espléndidas, y algunas tiendas de recuerdos. Naturalmente, hay una antigua mezquita y varias iglesias. Todo esto unido por calles en cuesta o escalonadas, que dejan ver también numerosas casas abandonadas que gritan ¡cómprame! al viajero soñador y poco práctico.

La plaza mayor, con la gran roca al fondo.

La plaza mayor, con la gran roca al fondo.

 

 

Una mansión tradicional en el centro.

Una mansión tradicional en el centro.

 

A la entrada de la ciudadela o 'kastro', tan arriba.

A la entrada de la ciudadela o ‘kastro’, tan arriba.

El casco de Monemvasia, visto desde el kastro.

El casco de Monemvasia, visto desde el kastro.

 

La pared rocosa guarda un flanco de la ciudad.

La pared rocosa guarda un flanco de la ciudad.

Y otra vista.

Y otra vista.

También ofrece retos Monemvasia, como el de acometer la subida hacia la ciudadela, que los lugareños llaman ‘kastro’. El que esto suscribe no se arredró ni pese a la hora de mediodía. Valió la pena ascender por los escalones centenarios, contemplar la vista de los tejados del pueblo desde arriba, y franquear la hermosa puerta veneciana de la ciudad alta para subir aún todavía, en un alarde de salud, hasta la clausurada iglesia de Santa Sofía, colgada del acantilado por el otro lado. La ciudadela es sólo ruinas y viento allá cerca del cielo, pero da para imaginar una vida dura de asedios e historias.

La taberna Matoulas, frente al mar.

La taberna Matoulas, frente al mar.

Y más aún, sabiendo que nos lo habíamos ganado, reparar nuestras fuerzas en la excelente taberna Matoula sobre el mar, con un vino rosado y delicias de la cocina griega. Los amantes del vino deberían saber, por cierto, que la variedad malvasía tiene aquí su origen puesto que el nombre de esta uva que aporta tanta suavidad y aroma a los vinos blancos es una italianización que hicieron los venecianos de la palabra monemvasía. Fin de la cita cultureta.

La iglesia de Santa Sofía, único edificio en pie en la ciudadela.

La iglesia de Santa Sofía, único edificio en pie en la ciudadela.

Para acabar: Monemvasia es un destino, no un camino. Se va a allí si uno tiene el antojo, como lo tenía yo. Cada uno tiene sus lugares míticos o deseados. A nosotros nos mereció la pena el viaje de tres horas y media desde Nauplia. Era nuestro destino.

Saludos desde el Paraíso

Ulyfox | 21 de septiembre de 2013 a las 18:31

Amanecer en la playa de Agios Georgios, desde el balcón de nuestro estudio.

Amanecer en la playa de Agios Georgios, desde el balcón de nuestro estudio.

Vale, me salto todos los órdenes cronológicos, ya sé que tengo un montón de entradas pendientes de este nuestro periplo septembrino por la Hélade, pero os tengo que comunicar que nos hemos encontrado de nuevo con el Paraíso. Después de viajar por el Peloponeso y Creta hemos decidido darnos un baño de Cícladas, y la campesina, luminosa isla de Naxos, tantas veces visitada solos o en compañía de otros nos recibió con un abrazo sereno de luz y calma, de sol radiante y extraño mar tranquilo. Y los Kalergis Studios, ( http://www.studios-kalergis.com/ ) tan sabiamente elegidos por la mano de Penélope, nos sorprendieron con esta visión desde nuestra habitación: un salto desde el balcón y a la arena, al agua del Egeo.

El puerto de Naxos, con el kastro veneciano al fondo.

El puerto de Naxos, con el kastro veneciano al fondo.

Esta es la playa de Agios Georgios de Naxos, pegada a Hora, poblada y a la vez calmada, un rincón acogedor como pocos, donde los niños pueden estar en el agua sin peligro y los mayores andamos y andamos hasta lograr que nos cubra; un sitio con todo incluido: apartamentos limpios y tradicionales, tabernas, bares, hamacas. Seguramente en julio y agosto esto está atestado, pero en estos últimos días de septiembre tiene la ocupación justa, con guiris tranquilos que se pasan el día tumbados y bebiendo y abuelas y nietos griegos que vienen al atardecer.

El atardecer del segundo día.

El atardecer del segundo día.

El segundo día, el amanecer por la ventana nos sorprendió con la belleza total, como el ocaso nos despidió el día anterior. No digo más por ahora. Sabed, los interesados, que nos encontramos bien, mejor imposible. Y que retomaré el orden cronológico algún día. Cuando tenga un rato libre entre comer, leer, soñar, pensar, pasear o bañarme.

 

Ecos de Cádiz en el Peloponeso

Ulyfox | 16 de septiembre de 2013 a las 0:37

Uly, Pe, Montse, Yiannis y Enrique, encuentro gaditano-catalano-navarro-griego en un bar de Gefyra.

Uly, Pe, Montse, Yiannis y Enrique, encuentro gaditano-catalano-navarro-griego en un bar de Gefyra.

No, no vienen muchos españoles por aquí, por el Peloponeso, por Creta. Normalmente, el español que viene a Grecia lo hace en el típico ‘crucero por las islas griegas’, y lo más corriente es que visite a paso ligero Mikonos, Santorini y en todo caso Rodas. Y, aparte de la obligada Atenas, poco más. Por eso resultó tan extraño recibir tantos ecos de España en tan sólo dos días entre Nauplia y Monemvasia.

La secuencia empezó en la playa de Nauplia, Karathonas, un lugar extrañamente poco frecuentado siendo la ciudad tan turística. Una playa bien surtida de servicios, con varios restaurantes y numerosas hamacas, con el agua muy tranquila, poco más allá de la fortaleza de Palamidi. Allí, la música que ofrecía la taberna no era griega, sino hispana. El segundo día fue un recital de versiones aflamencadas de grandes éxitos latinos. Incluso sonó el ‘Porompompero’, y por un momento temí que terminaran poniendo el Vaporcito del Puerto.

El peñón de Monemvasia, visto desde Gefyra.

El peñón de Monemvasia, visto desde Gefyra.

Al día siguiente viajamos hasta Monemvasia. Enfrente de este impactante pueblo medieval amurallado situado en un peñón (del que ya os hablaré, y bien pronto) unido a tierra por un puente, está Gefyra, que precisamente significa ‘puente’ y donde se encuentra todo lo práctico que no se puede hallar en Monemvasia. Gefyra son unas cuantas casas y apartamentos destartalados, un puertecito y varios restaurantes, bares y cafés. En uno de estos bares, el encargado nos oyó hablar y nos preguntó ¿sois españoles? en casi perfecto castellano. Se explicó: vive en Pamplona seis meses y los otros seis en este su pueblo, está casado con una pamplonesa que viene a verlo siempre cuando ella coge sus vacaciones de un mes. Así vive, siendo conocido como Yiannis en Navarra y como Juan en Monemvasia. “Aquí hay muchos Yiannis, pero sólo un Juan” dice riéndose.

Y al enterarse de que éramos de Cádiz dijo sonriendo: “Ah, de Cai”, evidenciando su conocimiento del país. “Pues precisamente estos días está por aquí un gaditano, que tiene un barco, si venís mañana os lo presento”. Claro que cuando nosotros venimos a Grecia no venimos buscando gaditanos para recordar nuestra tierra, pero nos movió la curiosidad y allí estábamos a la noche siguiente, porque además Juan nos dijo que tenía un buen surtido de cervezas belgas. Con dos Tripel Karmeliet por delante, nos presentó a Enrique Hormigo, hijo de conocido historiador gaditano, pero él mismo marchado de Cádiz desde muy joven, y trabajando de profesor de Comercio en Barcelona hasta que felizmente se prejubiló en la Ciudad Condal. Acompañado de una amiga, Montse, venía navegando por el Peloponeso desde hacía semanas y pensaba continuar hasta la isla de Egina para dejar pasar el invierno a su barco allí. Nos habló de antiguos compañeros y amigos suyos en Cádiz: Pettenghi, Ravina, Repeto, Tejuca… a los que ve o no cada vez que vuelve a su tierra. Hablamos de Cádiz, de Barcelona, de Grecia, del mundo, cenamos juntos…

Yiannis, o Juan, nos presentó y nos despidió diciéndonos “Esperad que os voy a poner una canciòn”. Me temí que sonara el ‘Viva España’, pero no, desde su aparato de sonido, bajo una gran ikurriña que tiene colocada sobre la barra, empezó a sonar poco a poco el ‘Cai’ de Alejandro Sanz cantado por Niña Pastori. Bueno, fue un buen detalle para una noche rara en un puertecito del Peloponeso, casi perdido en uno de los confines de Grecia.

Piedras en el estómago

Ulyfox | 15 de septiembre de 2013 a las 20:10

Penélope, ante las piedras enormes de la muralla de Tirinto

Penélope, ante las piedras enormes de la muralla de Tirinto

La cena había sido buena de verdad, en la taberna Savouras.

La cena había sido buena de verdad, en la taberna Savouras.

La cena había sido maravillosa, en el frente marítimo de Nauplia: un buen pescado fresco a la parrilla, de buen tamaño, con el solo entrante de unos gávros marinatos, es decir, boquerones en vinagre, y un acompañante muy griego, horta, o lo que es lo mismo, hierbas tipo espinaca hervida simplemente. El vino, también muy bueno. Un festín la primera noche en la capital de la Argólida.

Muros altos, gruesos y milenarios es lo que queda de Tirinto.

Muros altos, gruesos y milenarios es lo que queda de Tirinto.

Pero me sentó mal, qué le vamos a hacer, hasta el punto de no poder disfrutar de la excursión del día siguiente a mi mitológica Micenas, a las imponentes murallas de Tirinto, hasta renunciar a la revisita a Epidauro. Una molestia estomacal y las más altas ínfulas culturales se diluyen como un eructo. Ecco lí quá!

Galería interior del muro de Tirinto.

Galería interior del muro de Tirinto.

No digo yo que no apreciara los gruesos muros de la ciudadela de la que fue gran Tirinto, más importante aún que la propia Micenas según dicen los que saben, con sus enormes sillares que sólo pudieron mover los cíclopes, con sus puertas de acabado triangular y sus galerías interiores. Desde la carretera misma es imposible no quedar impresionado con sus dimensiones de hace miles de años, en aquellos tiempos de Odiseas y guerras de Troya.

La Puerta de los Leones de Micenas, sacada de los libros de aventuras. Es real.

La Puerta de los Leones de Micenas, sacada de los libros de aventuras. Es real.

Y cómo no recordar, de nuevo, mis libros de Historia del Arte, inexperto bachiller deslumbrado por esa foto que parecía sacada de una película de aventuras, mucho antes de que ni siquiera Steven Spielberg empezara a imaginar sus imaginaciones: la puerta de los Leones de Micenas era la misma que hace 21 años, con dos pilares, un dintel y un relieve inmortales que debió contemplar Paris cuando echó la vista atrás al fugarse con Elena, y que albergaron la furia de Menelao y la astucia de Agamenón.

Círculos mágicos de piedra dentro de Micenas.

Círculos mágicos de piedra dentro de Micenas.

Sí, sí… pero mi cuerpo no respondía nada más que con quejas, insensible a las historias de la Historia. Así que el tercer día en este septiembre griego, en la mítica Argólida, transcurrió con mirada triste y sensaciones desagradables, sin hambre y acabó en la playa de Karathonas, cerca de Nauplia, en una hamaca y esperando que los malestares dejaran mi cuerpo como el diablo a la niña del exorcista.

Tumbas monumentales en la ciudad de Agamenón.

Tumbas monumentales en la ciudad de Agamenón.

  • El impresionante interior de la tumba de un rey micénico.

    El impresionante interior de la tumba de un rey micénico.

 

Y sí, al final no hizo falta el padre Karras ni ninguna intervención eclesiástica. Dulcemente, poco a poco, el mal abandonó mi estómago. Tanto que a media tarde estaba dispuesto a ayudarle con un Martini dry. El aparato digestivo aceptó tan distinguida ayuda y empezó a regir, tanto que al final del día nos dirigió a la taberna ‘To Koutouki’ justo al lado de nuestro hotel, el Family Latini, muy recomendable.

El Martini Dry alivió mis males.

El Martini Dry alivió mis males.

Y se cumplió el designio de los dioses: el trabajo previo del Martini fue finalizado con maestría inigualable por esta taberna: unos bourekakia (especie de flamenquines envueltos en pasta filo) y una pantorrilla (si se dice asi) de cerdo antológica, cocinada en salsa, tipo estofado, con  sus verduritas, sus zanahorias, su vino… Me pusieron  bueno, dormí estupendamente, y tuve que reconocer que los caminos de los dioses hacia su gloria son infinitos, y desconocidos. Una deliciosa comida tradicional curó mi cuerpo. Así sea siempre.

Los amores duraderos

Ulyfox | 6 de septiembre de 2013 a las 23:27

Penélope, en el puerto de Gythio, en el Peloponeso.

Penélope, en el puerto de Gythio, en el Peloponeso.

Hace 22 años que venimos a Grecia, sólo faltamos uno desde entonces. Últimamente hemos venido más a menudo, y anoche, de nuevo, volví a sentir el estremecimiento indefinible tras pedir la comida en una taberna frente al mar y mirar al frente. La felicidad debe de ser eso. Y me pregunté cómo es posible que después de tanto tiempo, de tantas veces, de tanto repetir podamos sentir esa vibración que estalla en un leve suspiro y una amplia sonrisa con mirada a Penélope. Otra vez ese momento impagable, ese minuto a la espera de que llegue el vino de la casa y las aceitunas o el tzatziki, y que quiere decir tal vez simplemente “qué bien se está aquí”.

Ante la muralla marina de Monemvasia.

Ante la muralla marina de Monemvasia.

Y me respondí a mí mismo. Claro que es posible, igual que llevar media vida junto a Pe y saber que no encontraré mejor compañía. Repito cada día el despertar y no me canso. Miro cada vez el mar calmado y no contemplo la rutina, oigo de nuevo el suave rumor de las olas cuando el viento se calma de noche y es cada vez como la primera. Y creo que durará ya para siempre. En cualquier caso, es sosegante este sentimiento, dure lo que dure.

Llegamos a Atenas el domingo 1 y recogimos inmediatamente el coche que teníamos reservado en el aeropuerto. Enfilamos hacia Nauplia, nuestro primer destino en el Peloponeso dejando a los lados de la autopista nombres resonantes y rebosantes de historia: Maratón, El Pireo, Eleufsina, Salamina, Corinto, Micenas, Tirinto, Epidauro, Laconia, Arcadia… como si fueran palabras de amor que a nuestro oído susurra nuestro amante duradero.

‘Ímaste edó’ (aquí estamos) repito y esa misma expresión redobla la sensación. Aquí estamos, de nuevo. En lo que podamos, os iremos contando

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Nauplia revivida

Ulyfox | 5 de septiembre de 2013 a las 19:54

Calle del casco antiguo de Nauplia, con la fortaleza de Acronafplia al fondo.

Calle del casco antiguo de Nauplia, con la fortaleza de Acronafplia al fondo.

La fortaleza de Palamidi, vista de Nauplia.

La fortaleza de Palamidi, vista desde Nauplia.

Lo primero que destaca de Nauplia (Nafplio, dicen los griegos) es su perfil acorazado: dos fortalezas encima del casco antiguo, la de Acronafplia primero, y allá en las alturas la de Palamidi, un prodigio de arquitectura militar, hecha por los mejores en este asunto: los venecianos, que fueron dejando castillos por todo el Mediterráneo, y coronando sus grandes puertas con el león alado, símbolo de la Sereníssima República. Los hay por toda Grecia, pero también en Croacia y Turquía, además de Italia por supuesto.

Bourtzi, en medio de la bahía.

Bourtzi, en medio de la bahía, muy de mañana.

Por si fuera poco, un islote justo a la entrada del puerto, Bourtzi, también fue fortificado, y ahora es uno de los lugares más fotografiados de Grecia, sobre todo cuando el sol de la mañana lo ilumina, en medio de la ensenada y con el golfo Argólico al fondo.

 

Una calle del centro, en la tranquila primera hora de la mañana.

Una calle del centro, en la tranquila primera hora de la mañana.

Pero a esa hora mañanera, no se debe dejar de visitar el casco antiguo, a los pies de los castillos, un prodigio de equilibrio de casas neoclásicas, salpicado con algunas mezquitas y fuentes turcas en las calles, vestigios también de otra dominación, la otomana, la más reciente. Precisamente, Nauplia fue la primera capital de Grecia tras la revolución que la sacudió del dominio del sultán de Estambul, que los griegos siguen llamando Constantinopla.

Vista parcial de la plaza Syntagma, con la antigua mezquita.

Vista parcial de la plaza Syntagma, con la antigua mezquita.

Pensiones restauradas en Nauplia.

Pensiones restauradas en Nauplia.

Es reconfortante el modo en que se están restaurando las antiguas casas de Nauplia, recuperando colores y balcones, puertas y ventanas. Las numerosas tiendas tienen como norma el buen gusto, y sólo algunas se pueden considerar como las típicas para turistas. Los hoteles prefieren ponerse el nombre de ‘pension’ o ’boutique hotel’ y destacan por su encanto en la decoración entre tradicional y moderna. No sé si con todo esto pierde autenticidad o simplemente la realza. Diría yo que a sus habitantes este traje les gusta.

Casas neoclásicas en el centro de Nauplia.

Casas neoclásicas en el centro de Nauplia.

Y naturalmente, no falta la insuperable habilidad griega para instalar y decorar terrazas: terrazas en los bares, en los restaurantes, en las tabernas, en los cafés, en los hoteles, en las plazas o frente al mar, para demostrar que aquí el verano se vive fuera: ¿quién quiere mirar paredes si en la calle está la vida?

Terrazas frente al golfo Argólico.

Terrazas frente al golfo Argólico.

 

La animación de un domingo por la noche en la plaza Syntagma de Nauplia.

La animación de un domingo por la noche en la plaza Syntagma de Nauplia.

 

Tabernas y terrazas en las calles.

Tabernas y terrazas en las calles.

El islote fortaleza de Bourtzi, y parte del casco antiguo, vistos desde el castillo de Palamidi al atardecer.

El islote fortaleza de Bourtzi, y parte del casco antiguo, vistos desde el castillo de Palamidi al atardecer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Aviso de salida

Ulyfox | 31 de agosto de 2013 a las 21:09

Penélope en Nauplia, en aquel lejano 1992.

Penélope en Nauplia, en aquel lejano 1992.

Nos vamos. De nuevo. Cuando muchos (perdonad la petulancia) de vosotros leáis esto, ya estaremos en camino, en el avión o aterrizando en Atenas, o quizá ya habremos pasado nuestra primera tarde en Nauplia, allá en la Argólida, cerca del asombroso teatro de Epidauro.  Nauplia, extraordinariamente fortificada por los venecianos, fue la primera capital de Grecia tras la independencia, y es una de las ciudades más bonitas del país. Allí estuvimos apenas unas horas en el revelador año de 1992. Llena de bares, cafés y restaurantes que prometen largas veladas en maravillosas terrazas. Desde allí os saludaremos en la próxima entrada, si quieren los dioses de internet, que deben existir también.

En las gradas eternas de mámol del grandioso Epidauro.

En las gradas eternas de mámol del grandioso Epidauro.

Nos espera un mes por tierras helenas, por ese histórico, micénico y clásico Peloponeso, por nuestro hogar-Creta, por las Cícladas, y por Atenas a ver a Margaritoula, la cañaílla entusiasta que ha hecho de la capital griega su hogar, y solo pedimos que el tiempo, el meteorológico, no sea inmisericorde con nosotros. Deseamos largos días de playa y atardeceres majestuosos, y ropa ligera, para disfrutar esa tierra en todo lo que se debe.

Otro rincón de la Nauplia de hace 21 años.

Otro rincón de la Nauplia de hace 21 años.

Apenas hemos terminado de contar nuestra visita a Italia del pasado mes de julio, y ya tendremos material griego en pocas horas para desplegarlo ante los ojos de todo el que quiera verlo. Y el tiempo (Cronos) irá diciendo.

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Volver a Vernazza

Ulyfox | 28 de agosto de 2013 a las 1:09

El espolón de Vernazza sobre el mar.

El espolón de Vernazza sobre el mar.

Y una vista general del pueblo.

Y una vista general del pueblo.

En ese viaje último que hicimos en julio hubo mucho de vuelta. Excepto la isla de Elba, habíamos estado antes en todos los lugares que visitamos: Venecia, Verona, Sestri Levante, Cinque Terre, Bérgamo al final. Ya he escrito alguna vez que nos gusta volver, sea o no con la frente marchita, a los sitios que amamos, en los que pasamos grandes o pequeños ratos, a regustar lo que disfrutamos pero también a probar lo que nos quedó por ver o vimos solo de pasada.

Subir alguna escalera para las mejores vistas.

Subir alguna escalera para las mejores vistas.

Lo de Cinque Terre, esta vez, fue el ansia de redisfrutar, del reencuentro que nunca es igual, del ángulo diferente, del ‘pues yo no lo recordaba así’ y también del ‘qué bien comimos aquí’. Pues bien, volver a Vernazza, lo miremos como lo miremos, era una necesidad. La más genuina de las Cinque Terre según sus propios habitantes, es una calle profunda que lleva directamente del tren hasta el minúsculo puerto y la microscópica playa, y cientos de casa de colores que se elevan por las laderas a ambos lados de esta vía atestada en temporada turística. En una de esas carreras por subir, un grupito de casas trepa hasta un espolón sobre el mar, dominado por una torre de vigilancia medieval, sobre el puerto. En el otro lado, una iglesia de torre amarilla que se refleja en el mar da el contrapunto a la foto.

La plaza junto al puerto de Vernazza.

La plaza junto al puerto de Vernazza.

Si uno sube un tramo corto por el antiguo camino, hoy sendero, que lleva a Cornigia y Manarola, termina descubriendo fantásticas perspectivas del pueblo, y obtiene el premio de la gran foto, la de esa punta de lanza de colores sobre el mar, inverosímil barrio pequeño y elevado, agarrado como en escalada libre a la roca negra.

Un helado en el puerto.

Un helado en el puerto.

Bajamos luego de esa miniexcursión de nuevo al puerto, cuando ya el sol brillaba y daba sentido a las fachadas, y comimos junto al muelle pasta y pescado, y rematamos con una grappa destilada de la uva sciachetrá, autóctona y dulce, deliciosa y euforizante, víctimas de esa pasión que nos ha cogido últimamente por los aguardientes blancos desde que caímos presos del hospitalario raki cretense. Cosas de viejos.

En la calle principal.

En la calle principal.

Y pese a la invasión turística de los cruceristas llegados de La Spezia o Génova, pese a los miles de apasionado del senderismo que llenan los caminos del parque natural, pese a esta multitud que lleva a que se cobre ocho euros por cartuchitos de pescado frito de muestra, y a llenar algunas calles de tiendas de recuerdos, desde ese rincón marinero de comer pudimos observar escenas que, sí, parecían auténticas, de niños y mayores, y uno miraba a ese abuelo y esa nieta jugando al futbolín en medio del pueblo, y a ese hombre enorme descamisado tomando el sol a despecho de los turistas, y veía una cierta Italia de película, que digo yo que algo debe tener de verdad. Y volvimos felices al tren y al Sestri Levante apacible de turismo antiguo.

Escena en el puerto.

Escena en el puerto.

Futbolín en la plaza.

Futbolín en la plaza.

 

 

La zona VIP del Paraíso

Ulyfox | 26 de agosto de 2013 a las 12:42

Oia, frente a la caldera de Santorini.

Oia, frente a la caldera de Santorini.

Esta es la descripción feliz y certera que me envían Rafa e Isa desde Grecia, tras haber pasado tres días en Santorini y cuando empezaban su estancia de cuatro en Paros. “Esto es la zona VIP del Paraíso” me dicen para agradecernos el diseño de viaje que le hemos hecho, y con eso nos han hecho felices.  Me parece una definición acertadísima, y si es suya, les felicito por el titular y se lo copio. Espero que el resto de su periplo helénico, que incluye también dos noches en Atenas para rematar y que ya está acabando, les vaya tan bien. “El viaje ha superado nuestras expectativas” me cuentan, y a nosotros, que sabemos del encanto irresistible de aquellas tierras y mares, no nos sorprende. Y nos hablan de la gente del Vallas Apartments, y de la comida, y nos alegran el día. Porque esto de recomendar a alguien un sitio, lo sabéis, te crea una responsabilidad. Como cuando hablas bien de un restaurante a un amigo. Si te hace caso y tiene una mala experiencia, sin saber por qué, te sientes en parte culpable del chasco, pero si te viene hablando de lo bien que comieron crees que es también mérito tuyo.

La playa de Martselo, en Paros.

La playa de Martselo, en Paros.

Pues eso: Santorini, Paros, Grecia… la zona vip del Paraíso. Ya sé que somos pesados en esto, pero vamos teniendo cada vez más aliados.

Capilla y calle en Parikia, capital de Paros.

Capilla y calle en Parikia, capital de Paros.

No vayais a ver ‘Elysium’

Ulyfox | 26 de agosto de 2013 a las 1:30

No vayais si no quereis ver el futuro que ya empieza, no compreis la entrada si no estais dispuestos a deprimiros con ese retrato de lo porvenir inmediato, no os senteis ante la pantalla si no pensais que la ciencia ficción, algunas películas de ese género futurista, puede provocar más terror que todas las series de zombies, vampiros y monstruos de moda.

Pero id a verla si os queda alguna duda de cuál es el camino que han emprendido la mayoría de los gobiernos occidentales, de las grandes fuerzas financieras occidentales que los tienen a su servicio, de cuál es el futuro que nos tienen escrito y cuya hoja de ruta, esa expresión que tanto les gusta, escriben cada día en cada reunión que tienen en el Eurogrupo, en el FMI o en cualquiera de esas cumbres que empiezan por G- y que son más poderosas cuanto menor es el número que sigue al guión.

A mí, ya os lo digo, aparte de las cualidades cinematográficas de la película, me ha indignado, aterrorizado, preocupado y rebelado, ese futuro dibujado de ricos viviendo en un mundo aparte, legiones de pobres y multitudes de trabajadores haciendo labores durísimas por una miseria de salario. No sé si os suena pero a mí me resulta muy familiar.