Con ustedes: la cerveza

Ulyfox | 11 de mayo de 2013 a las 2:33

La cerveza corre en el Markt de Brujas.

A veces soy muy pedestre. Admiro el Flandes que hemos encontrado en nuestro reciente viaje, las altas casas góticas y barrocas de los comerciantes opulentos, las estilizadas agujas de sus catedrales, los románticos rincones de sus canales, la obra de los pintores flamencos y su particular siglo de oro. Pero si algo me ha asombrado, lo confieso más allá de cualquier prurito cultureta, es la calidad y la variedad de las cervezas belgas, toda una ciencia y un arte antiquísimo destilado y fermentado para nuestro disfrute. Blancas, tostadas, rubias, negras, de doble o triple fermentación, de fermentación natural, con sabor a frutas, trapenses, franciscanas, carmelitas… aromas y gustos a café, torrefactos, caramelo, especias. Claro, llegar a un bar, a un restaurante, a una terraza en cualquiera de las plazas barrocas y pedir una cerveza es imposible. Tienes forzosamente que decir qué cerveza quieres. ¡Y cada una tiene su vaso diferente! En un bar de Amberes la carta de cerveza tenía el grosor de un libro, y el catálogo alcanzaba a más de 200 diferentes. Es un disfrute inencontrable en otros lugares, un disfrute en cierta forma peligroso porque cuando has pedido la segunda y le das la vuelta a la botella descubres asombrado que pueden llegar a tener 11 grados de alcohol, como un vino joven. De todas formas, en los cuatro días que pasamos allí, nunca nos sentó mal, aunque es verdad que notábamos la euforia.

Chimay con mejillones, exquisita combinación, me pareció.

Tripel Karmeliet y Brusge Zot, cada una en su copa diferente.

Recuerdo algunos nombres sublimes: Tripel Karmeliet, Duvel, Kasteel Bier,Chimay por supuesto, Westmaalle, Gulden Draak, Leffe, Grimbergen. No me gustó la Kriek, muy popular allí por su color rosado y su dulce sabor a cereza. Me pareció un tinto con casera o un lambrusco de supermercado. Pero todas eran una experiencia. Ahí van algunas muestras gráficas:

Cervezas de Gante: Gentse Tripel y Gulden Draak, maravillosa.

Ahí está el nombre.

Indescriptible sabor de caramelo toffee en la Kasteel…

Delirium Tremens y la popular Kwak en su peculiar vaso con soporte.

Cerveza blanca Hoegaarden y la rosada Kriek de cerezas.

Por desgracia no puedo decir nada bueno de la cocina belga, propia de esos países del norte de Europa que no conocen ni quieren conocer el ajo y el refrito. Los típicos mejillones estaban buenos, pero el resto del marisco me pareció insípido. Era muy aburrido sentarse a comer, y más de una vez recurrimos a la cocina italiana. Pero la cerveza ¡ah! qué placer aterrazado. No sólo por eso, pero también por eso merece la pena visitar ese país flamenco, extraño, cosmopolita y nublado, aunque el sol tuvo el detalle de saludarnos todos los días. Un maravilloso mundo fermentado.

Feliz ambiente cervecero de terrazas un domingo en Gante.

¿Veis lo que os digo?

Cordero en Gante

Ulyfox | 5 de mayo de 2013 a las 20:37

Las casas de los gremios en el Muelle de la Hierba de Gante.

No, no voy a hablar de comida, porque eso en Bélgica, como en casi toda Europa del Norte, significaría hablar mal, y para qué enemistarnos con los que mandan. Es otro cordero del que quiero hablaros, mucho más espiritual, tanto que quizá por eso no os pueda ni enseñar fotos:  no dejan hacerlas.

Panel central del Cordero Místico de Van Eyck. Foto de internet.

Entre los muchos recuerdos agradables que me traje de nuestra primera visita hace ya tanto tiempo a Gante, la impresionante ciudad de la Bélgica flamenca, tengo presente una frustración: en la Catedral de San Bavón, una capilla a la izquierda de la entrada está dedicada exclusivamente a mostrar La adoración del cordero místico, también conocido como El Políptico de Gante, la obra maestra de Jan Van Eyck y de toda la pintura flamenca, lo que ya es decir. En aquel entonces, hace más de veinte años, no entramos a verlo. Aunque parezca mentira, y aunque mi afición a la pintura viene desde mi más tierna juventud, el precio nos echó para atrás. Problemas de ser un viajero decidido y vocacional, pero pobre. Ahora no, ahora nos pudimos permitir la módica entrada, que incluye una audioguía fundamental y que en realidad es un pasaporte al conocimiento de un cuadro, en realidad un políptico, maravilloso. Y era tanta la fuerza de la cita aplazada que la visita al Cordero místico fue casi lo primero que hicimos esta vez: media hora en una pequeña salita atestada de turistas chinos, pero disfrutando cada detalle (y son cientos) de la obra de Van Eyck, verde y luminosa.

 

Otro ángulo del Grasslei o Muelle de la Hierba.

 

Remate de una fachada junto a la iglesia de San Nicolás.

Ya llenos de misticismo, recorrimos la impresionante cuna de Carlos I de España y V de Alemania, el poderoso hijo de Felipe el Hermoso y Juana la Loca, la ciudad de los altos tejados y las torres orgullosas, la de los canales esplendorosos y los rincones modestos. Íbamos por las calles gozosamente redescubridores de esquinas y fachadas recordadas, asombrados por la cantidad de turistas, de las terrazas llenas con mesas donde brillaban las cervezas.

Tejados y fachadas desde la torre Belfort

En la plaza de Korenmarkt, frente a la bella iglesia gótica de San Nicolás, un señor con abrigo y maletín se dirigió a nosotros en español casi perfecto, y mostró un gran conocimieno de la provincia de Cádiz, de toda Andalucía. Profesor y traductor, nos dio una pequeña lección de historia de Gante y un buen rato de conversación. Al final descubrió su objetivo: un pequeño donativo para tomar un café. Empañó con este prosaico detalle una notable actuación. No era un farsante: luego comprobamos en la iglesia que, efectivamente, había traducido la guía del templo para los visitantes españoles. Su nombre figuraba en las páginas finales: Raimundo de Si, o algo así. Era él, realmente el pedigüeño bien vestido era un notable de la ciudad.

Ante las torres del Belfort, rematada por un dragón dorado, y de la catedral de San Bavón, .

Gante es hermosa y amplia, pero tiene sobre todo dos lugares destacados: por una parte la fascinante visión desde el puente de San Miguel  hacia el oeste, con la perspectiva de las tres altas torres góticas de la iglesia de San Nicolás, la torre Belfort con su dragón dorado en el remate, y la de la catedral; y por la otra, el muelle de las Hierbas (Grasslei), con las ricas fachadas de las casas de los antiguos gremios que dan al canal, sobre todo cuando el sol del atardecer las convierte en doradas. Recuerdo que esta imagen fue la que más me gustó de aquel lejano primer viaje. A las orillas del canal del Grasslei se amontonan las terrazas. Un sitio ciertamente encantador y en alguna medida, apabullante. Allí volvimos a caer presos de la cerveza.

El castillo de Gante (Gravensteen), al fondo.

El dragón dorado en la aguja de la torre Belfort.

 

Tras una comida relativamente pasable para lo que es el canon belga, el resto de la tarde fue buscar el castillo junto al agua, y deambular entre canales y callejuelas, la mejor actividad posible en ciudades tan bellas.

El castillo de Gante, Gravensteen.

 

Café junto a un canal.

Reflejos en la parte más recóndita del Gante histórico.

Brujas con magia

Ulyfox | 30 de abril de 2013 a las 1:51

Junto al Ayuntamiento de Brujas.

Como ya sabréis, no hay brujas en Brujas. Ni siquiera se llama así porque antes las hubiera en esta ciudad encantada, sino que su nombre en idioma flamenco es Brugge, que literalmente significa “puentes”, por el gran número de ellos que sortean sus románticos canales. Así que ni sombreros puntiagudos ni escobas voladoras, ni bebedizos ni sortilegios. Pero sí puentes, y canales y rincones con cisnes entre fachadas de ladrillos, ventanas ojivales y restaurantes colgados sobre el agua. Y barcas, muchas barcas ofreciendo paseos a los turistas.

Cisnes, puentes y canales en el Lago del Amor.

Uno de tantos rincones bonitos de Brujas.

¡Y qué de turistas en este fin de semana de finales de abril! Ríos de gentes, aspectos e idiomas, muchos en español, pero también gran cantidad de chinos y japoneses, rusos y latinos. Tanta es la atracción de este lugar de película, patrimonio de la humanidad desde el año 2000.  Cuando uno estudiaba en el Bachillerato el auge de los burgos en la Europa medieval, la pujanza de los gremios, los cambistas y los comerciantes de tejido seguramente se refería a ciudades como esta, como Gante, como Amberes, donde florecía la pintura flamenca y los señores y damas se vestían con brocados y encajes. Era esto, seguramente.

El Callejón del Burro Ciego se llama este pasaje, y no señalo a nadie.

En la plaza (Markt) los que construían sus altas casas no eran los nobles, sino los burgueses, y el Ayutamiento representaba un gran poder, el poder civil. No se habla tanto en estos ladrillos de duques y condes como de carniceros, tejedores, comerciantes, navegantes, banqueros… el principio del capitalismo, hace ya tantos siglos, cuando en Españea tal vez los grandes señores feudales todavía se dedicaban a repartirse los terrenos conquistados a los musulmanes. Y se ve el poder, el dinero fruto del negocio más que de la guerra. La historia, que explica tantas cosas.

Una gran parada en el Markt para beber y comer.

El Markt es una plaza bella de verdad.

 

La Torre Belfort preside la plaza.

Anduvimos, anduvimos y anduvimos, dimos vueltas y vueltas admirando rincones, parando ante el agua, bebiendo cerveza y comiendo mejillones en la plaza fría pese al sol, asomándonos a los puentes, retratando dorados y alturas inverosímiles de torres levantadas por el orgullo atrevido de los triunfadores, con el recuerdo recurrente de nuestra primera visita a esta ciudad, hace veintitantos años, cuando no teníamos para sentarnos en una terraza pero ya nos alimentábamos con la vista. Ahora, nos cansamos de andar, y de qué manera. Fuimos felices cumpliendo con nuestro destino de viajeros. Fue un primer día en el que supimos que habíamos acertado al volver, ahora con dinero para disfrutar, por ejemplo, de la terraza del Panier d´Or.

Hasta la próxima a los canales de Brujas.

Au voleur! au voleur!

Ulyfox | 29 de abril de 2013 a las 0:59

Estación de Charleroi Sud. El incidente no fue aquí, sino en Bruselas, poco después.

 

Cuando corría ayer tras el hombre que se había llevado mi mochila en la estación Bruxelles Sud no logré recordar cómo se decía en francés “¡al ladrón!”, pero aun así lo pude alcanzar. Es decir no llegué a hacerlo porque en cuanto sintió que me acercaba soltó la bolsa en el suelo y se escapó rápido. Tuve suerte porque habría sido un desastre: en la mochila iba la cámara con sus dos objetivos.

Yo esperaba junto a los servicios a Penélope cuando un hombre se me acercó y atrajo mi atención pidiéndome cambio de un billete. Yo fingí no entenderlo, pero él insistió unos segundos y luego se fue. Enseguida oí una voz de mujer que decía en español “¡tu maleta!” ¿Cómo? “¡Tu maleta, que se lleva tu maleta!”, repitió y comprendí que era a mí. La miré e inmediatamente me señaló a otro hombre que andaba con paso ligero hacia la salida. Miré al suelo a mi lado y comprobé con un golpe de vista que no estaba la mochila. Seguramente, mientras uno me daba conversación el otro se había acercado por detrás y aprovechaba mi distracción para llevarse el bulto. Afortunadamente, pude seguir al bergante, que no estaba muy lejos, y casi alcanzarlo porque yo corría y él sólo andaba rápido. En seguida soltó su presa. Sólo alcancé a gritarle ¡cabrón! mientras recogía el botín abandonado y me volvía corriendo a donde había dejado el resto del equipaje, dándome tiempo en décimas de segundo a respirar aliviado y a preocuparme a la vez por si me habrían robado las otras dos maletas.

Pero no, junto a ellas había permanecido esos segundos la mujer que me salvó, guardando además nuestras posesiones viajeras, en realidad nada irremediable, ropa y neceseres. Varias veces le di las gracias, igual que luego se las di a mi ángel de la guarda, al que quiero tanto, y que estaba atento para, la única vez que hemos tenido un problema de este tipo en más de dos décadas de viajes, poner en el escenario del crimen a una turista española que reaccionó como debía. Imaginaos que hubiera sido una sueca y me lo hubiera gritado en su idioma: quizá habría tardado tanto en reaccionar que habría perdido de vista al ladrón. Penélope no se enteró de nada, en tan poco tiempo se desarrolló la acción que cuando salió del servicio yo estaba esperándola en la misma postura y en el mismo lugar en que ella me dejó. Menos mal. Se evitó el susto. No hubo pérdidas.

Terrazas ante el Hotel Portinari, en Brujas.

Luego ya pudimos subir a un tren repleto de boys scouts rubitos y llegar a Brujas sin más incidencias que tener que hacer medio trayecto sentado en el escalón de la puerta de salida hasta que la mitad del pasaje se bajó en Gante. Y en Brujas el acogedor Hotel Portinari, la cerveza y una bellísima ciudad nos hicieron olvidar pronto el incidente. No ha pasado nada.

Pequeño anticipo de Brujas, capaz de hacértelo olvidar todo.

Por cierto, en francés “al ladrón” se dice “au voleur!” tal y como recordé poco después, y de carrerilla le recité a Penélope aquel fragmento que aprendí cuando en bachillerato leíamos El avaro de Moliére: “Au voleur! au voleur. On m’a volé mon argent! Je suis mort! Je suis assasiné!…” o algo así. Tout est bien qui fini bien, que dicen los franceses, o lo que es lo mismo, bien está lo que bien acaba.

Saludos europeos

Ulyfox | 27 de abril de 2013 a las 1:30

Acabamos de llegar, de noche, a Charleroi. En el aeropuerto, grandes grupos de magrebíes organizaban con taxis colectivos los traslados de los pasajeros a sus hoteles, sus ciudades, sus casas. Nos dejamos llevar, negociamos un precio y estamos en el hotel Ibis. Aquí, en recepción, dos africanos negros atendían amablemente a los numerosos clientes que íbamos llegando desde nuestros aviones. El mundo se mueve a cientos de kilómetros de ese Cádiz parado, se mueve a otra velocidad, tanto que parece otro mundo, que seguramente lo es. Y en la distancia, nuestra tierra nos parece fuera de esta marcha, quejosa o pasota, maltratada siempre.

En el aeropuerto de Sevilla, las cafeterías están cerradas y sus empleados en huelga ¿qué están haciendo con este país? me pregunto. Aunque desconozco el conflicto, no es difícil imaginarse que la empresa querrá despedir a unos cuantos, o bajarles el sueldo, o las dos cosas. Lo están destrozando todo. Lo están expulsando de este mundo a golpe de tristeza insolidaria.

Mañana estaremos en Brujas, y me temo que volveremos a comparar. En el hotel, pasada la medianoche, no deja de entrar gente.

Sañudos europeos, y buenas noches.

Viaje relámpago

Ulyfox | 26 de abril de 2013 a las 13:43

Casas en Brujas (Bélgica)

Mira por dónde, de una manera trabajosa y en cierta forma poco decidida, esta noche dormiremos en Charleroi y mañana en Brujas. Al día siguiente estaremos en Gante. Así es. Un retorno pensado durante décadas, y ahora llega. No ha sido fácil. Ha habido que reunir un fin de semana largo y sortear algún tipo de problema familiar, pero finalmente, si el último segundo no quiere ser funesto, estamos en marcha. Será la primera vez en mucho tiempo que nos alejamos del Mediterráneo, y ya sabemos que nos espera el frío Norte, pero a la vez nos reencontraremos con el arte flamenco, el gótico de los edificios civiles, las casas de de comerciantes rematadas en escalera, las espléndidas cervezas belgas, los mejillones de grato y divertido recuerdo, el mundo europeo tal como se entendía antes.

Aquella primera vez en Gante fue en 1991.

Nuestra primera visita sí que fue relámpago, en medio de uno de esos míticos grupos de Mundojoven, subiendo y bajando de autobuses, durmiendo en hoteles baratos y alejados de los centros, riéndonos mucho y haciendo mucha carretera. Me dicen en el trabajo: tú sí que eres chulo, viajando en estos días en que no hacen más que darnos malas noticias. Pues sí, me parece una buena forma de combatir a estos malajes. Mientras haya posibilidades, ganas y salud, no nos van a amargar. Así que ahí vamos. Ya os contaremos, a los que estéis interesados. Seguid bien, quedarse con dió, que decía mi tía cuando se despedía.

La belleza reina en la Grand Place de Bruselas. Ahora es promesa de cerveza.

La ilusión

Ulyfox | 25 de abril de 2013 a las 2:27

A estas alturas ya os habréis dado cuenta de la jugada: el Gobierno, este gobierno como el anterior, está decidido a que nos jubilemos más tarde, no porque quiera que trabajemos hasta que las arrugas nos lleguen al alma, más allá de los 67 años. Por dios, quién va a tener trabajo en este país a esa edad, quién nos va a contratar, qué empresa va a aguantar pagar antigüedades, cubrir las bajas más frecuentes, aguantar con el ritmo de trabajo de un anciano, cómo vamos nosotros a rendir tras tantos esfuerzos, tantas puñaladas, tanto desengaño, tanto simple, humano, natural cansancio y desmotivación. El gobierno de estos impúdicos no está pensando en una población activa casi septuagenaria como futuro deseable. Sus criminales cuentas sólo tienen un objetivo, no que trabajemos hasta los 68 o los 70 años, sino que no empecemos a cobrar la pensión hasta esa edad. Dicen desvergonzadamente que la esperanza de vida ha subido mucho desde que la jubilación se marcó a los 65, y obvian que en las condiciones que nos están preparando para el futuro, con los recortes en sanidad, servicios sociales y culturales, en sueldos y en pensiones, esa esperanza de vida no tardará en volver a bajar. ¡Si pretenden quitarnos hasta la simple esperanza!

Y por ahí sí que no. No estoy dispuesto. Y me agarro a lo que nunca me falla: la ilusión. Estos días, para alimentarla, me han llegado las pruebas de imprenta de la guía de Creta que hemos escrito para Anaya. Están todas las páginas, luminosas, coloridas, brillantes, casi con olores. Nuestros textos y muchas de nuestras fotos ahí, testimonios de nuestro trabajo, nuestros nombres, las descripciones de los lugares, las indicaciones, los consejos, las direcciones, las sensaciones, los recuerdos, los deseos, todos en papel y tinta, pero mucho más que eso. Sobre todo, ahí está nuestro afán, lo aparentemente imposible convertido en realidad, lo nunca imaginado, bellísima criatura. Y he vuelto al trabajo, a repasar, a corregir, a pulir, incluso a los arrepentimientos que conlleva hacer un libro. Y ahora deseo tener jornadas libres para dedicarme a que salga una guía perfecta, ligera de incorrecciones. Y entre las manos, unas hojas sacadas de una impresora no perfecta son un globo de oxígeno, son una sonrisa grabada en el pecho, son el brazo más cálido en el hombro, el hijo más guapo por ser nuestro. Y me dicen estas páginas viajeras: soy fuerte, pese a todo, y capaz de dar fuerza a otros. Ánimo, no nos vencerán. Somos creadores. Mientras ellos conspiran ataques nosotros alumbramos alegrías. Ellos quieren que duren poco en la casa del pobre, para que se cumpla la maldición. Nosotros haremos que sean muchas, por muy cortas que parezcan.

 

Skorpios: el que puede puede

Ulyfox | 17 de abril de 2013 a las 13:40

 

No estoy seguro, pero una de estas puede ser la isla de Skorpios.

 

En el curso de uno de los viajes más intensos, agitados y gozosos de nuestra vida, hace ya más de 10 años, pasamos junto a Skorpios, la mítica residencia de los Onassis, su isla particular, la que había vivido las pasiones, intrigas y amoríos del magnate griego, la isla donde se casó y bañó su cuerpo Jacqueline la viuda de Kennedy y esposa del armador, y donde fue tan desgraciada Christina porque tenía un destino de desgraciada. En ese viaje, estuvimos a unos metros de la nieta del naviero de las gafas oscuras y el poder inmenso que llegó a ser el hombre más rico del mundo. Fue en el puerto de Nidrí, en la isla de Lefkada, frente a Skorpios y donde los lugareños descubrían aquella noche una estatua en honor de Aristóteles Onassis. Su única descendiente, Athina, estaba allí. Fue una noche de fiesta y de sorpresa para nosotros, que llegamos después de una larga e incierta peripecia, con banda de música y todo.

Penelope, a bordo del ‘Capitán Aristides’ y camino de Itaca.

A la mañana siguiente, en nuestro camino hacia Itaca a bordo del ‘Capitán Aristides’, el barco pasó muy cerca de Skorpios, pero sólo pudimos adivinar en lontananza lo que fue en sus tiempos la imagen del lujo: un paraíso verde en las Jónicas y con playas a disposición de una familia que había hecho correr ríos de tinta en todos los periódicos y revistas del mundo. Skorpios recibió a estadistas y multimillonarios en aquellos años 60 y 70, y en mi recuerdo infanitl aparece siempre un montón de gente sonriente, bronceada y con gafas de sol cuando este artilugio protector era solo una excentricidad de revista, y para nosotros niños no existía más defensa contra la fuerza del astro rey que achinar los ojos todo lo posible y combatir así el intenso reflejo en las fachadas de cal, en aquella calle empedrada con grandes chinos y acerada con losas de Tarifa, y en las explayadas azoteas.

Y Skorpios (ya veis aquí: http://www.abc.es/estilo/gente/20130417/abci-rica-heredera-skorpios-201304171205.html ) acaba de ser comprada por la hija de un magnate ruso. Signo de los tiempos: al glamour de Jackie, ex primera dama de Estados Unidos, y Maria Callas, la diva de la ópera y verdadero gran amor de Aris, le sucede ahora el exhibicionismo de los nuevos ricos. Las resonancias mafiosas de ambos orígenes seguramente tienen un fondo común y parecido, pero la presentación al gran público es considerablemente más hortera. Entre Ekaterina Rybolovleva, hija de Dmitry Ribolovlev, y Athina nieta de Onassis hay una diferencia de aspecto notable, pero quizá no habría que escarbar mucho para ver la gran semejanza entre las dos grandes injusticias que cimentaron su fortuna.

Cuéntame

Ulyfox | 15 de abril de 2013 a las 13:40

 

¿En qué tabernas has comido?

 

Cuéntame Antoniodlr. Cuéntame y cuéntanos. Ya habrás vuelto de tu viaje a Atenas, ya habrás comprobado algunas cosas. Nos hemos acordado de ti en estos días. Ya sabes: “Ahora estará volando” , “ya habrá pasado las habituales turbulencias sobre Italia”, “ya estará aterrizando”, “habrá ido a la Acrópolis”, “¿en dónde estará cenando?”, “¿habrá ido a Egina al final?”.

¿Has subido los impresionantes Propileos?

Anda, cuéntanos y dinos tus impresiones: la gente, el aire, la alegría, la tristeza, el paisaje permanente y aéreo de la Acrópolis, si las terrazas están más tristes, si el barrio de Plaka ha perdido turismo, si desde la Acrópolis has visto el mar allá a lo lejos. Hace unos dos años que nosotros no pisamos la capital griega, aunque como sabes han abundado nuestras visitas a las islas. Pero te lo juro, nos interesan mucho tus palabras. Y más teniendo en cuenta el inmenso amor que tenemos a esa ciudad cuna de todos, tan despreciada y desconocida en el fondo. Tan bella en verdad.

¿Cuántas veces has mirado hacia la Acrópolis?

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La muralla ciclópea

Ulyfox | 12 de abril de 2013 a las 16:22

Ante la ciclópea Puerta de los Leones de Micenas.

De aquel primer viaje nuestro a Grecia tengo un montón de recuerdos maravillosos. Nos quedaron clavadas tantas cosas como un clavo sin dolor y con olor. Pero había dos o tres para las que estaba predispuesto y yo esperaba con ansia. No ya las islas y sus azules luminosos, ni las gozosas tabernas, ni que el Peloponeso fuera verde y montañoso, todas ellas embriagadoras sorpresas. Yo anhelaba el encuentro con el Partenón, maravillarme ante los monasterios suspendidos en el aire de Meteora, y ver por fin de cerca la Puerta de los Leones de Micenas.

No pude resistirme a subir a esa muralla. Mal hecho

Esta puerta de entrada a la ciudad de Agamenón, la gran enemiga de Troya, la patria de los aqueos, el símbolo de la gran cultura micénica había sido para mí una imagen fija desde que la vi en una pequeña foto, creo que en blanco y negro en aquel libro de texto de Historia del Arte, mi asignatura favorita entre todas, en sexto de bachillerato. Dos grandes pilares de piedra de una sola pieza y un enorme dintel, y sobre este, un relieve con dos leonas rampantes para guardar el acceso por la muralla a uno de los lugares más míticos de la Antigüedad. Murallas ciclópeas se decían, porque parecía una obra sólo posible de hacer por aquellos gigantes forzudos de un solo ojo, capaces de trabajar con piedras de hasta seis toneladas para levantar una pared de 13 metros de alto.

El misterioso círculo funerario de Micenas.

Por eso fue tan grande mi emoción, tan intensa la incompartible alegría, cuando nos acercamos por fin a la ciudad, en el centro de la península de la Argólida, ese territorio que es como un museo al aire libre de la Historia Antigua. Allí estaba la muralla de la capital más poderosa de la Grecia de hace 4.000 años, el hogar de Agamenón y Menelao, los que comandaron las tropas que derrotaron a la poderosa Troya, esos que hasta los descubrimientos de Schliemann en 1870 se pensaba que eran invenciones del gran Homero. Los aqueos existieron y esta era la prueba. Apareció ante mí la Puerta de los Leones: también era de verdad, no solamente una imagen en un libro, y una verdad emocionante, hermosa y en cierta forma, amiga. Me demoré lo que pude delante, detrás, alrededor e incluso, pecado de turista, encima de la Puerta. Luego recorrimos la antigua ciudadela, ojeamos sus piedras, el círculo funerario, los restos de antiguas casas, y más lejos la impactante Tumba de Agamenón o Tesoro de Atreo, con su cúpula de piedra, y recorrimos el Museo.

Entrada a la Tumba de Agamenón, o Tesoro de Atreo

Pero yo pensaba siempre en la Puerta, nada podía superar a la realización de esa cita concertada tácitamente muchos años antes, y desde entonces tengo mezcladas la alegría de verla y la nostalgia de su piedra marrón. Igual que tenemos pendiente esa vuelta al Peloponeso, esa tierra de nombre resonante que me conecta, como el lenguaje, con lo antiguo.

En el interior y bajo la cúpula de la Tumba de Agamenón.