Mil sitios tan bonitos como Cádiz

Adivinanza en marcha

Ulyfox | 6 de junio de 2013 a las 13:36

Bahías de silencio y fábulas.

Nosotros, Pe y yo, somos como esos zumos de fruta envasados, que pueden ser más o menos buenos pero a los que hay que agitar para que salga el sabor desde el fondo. Es decir, nos mantenemos, sí, conservamos nuestra esencia, nuestras propiedades, hasta nuestras intenciones, pero si nos movemos, si subimos y bajamos de trenes, si montamos en aviones, si nos balanceamos a bordo de un barco nos llenamos de nosotros mismos. Y desde luego, si alguien opta por probarnos, sabemos mejor.

Palacios góticos.

Así que ya estamos otra vez en marcha. Si todo sale bien, en un par de semanas habremos cambiado otra vez nuestro escenario, estaremos viajando, y en nuestro viaje aterrizaremos en la patria chica de un músico que preparaba elixires para enamorar, o para llorar furtivamente, con sus notas; continuaremos en una flecha roja hacia un serenísimo lugar de belleza única, en el que navegaremos al andar; pero antes habremos parado en la capital mundial de los amores imposibles para mirar hacia un balcón, y después atravesaremos como en botas de siete leguas hacia una isla de fugaces exilios imperiales, y culminaremos en un rincón colorido y acantilado tan concentrado que en él caben cinco Tierras. Y la última tarde, ya lamentándonos del final, haremos el resumen en una ciudad alta y amurallada de ladrillo y mármol.

Y luego, al volver, seremos de nuevo como el néctar industrial, reposando en aquel estante en espera de la mano de nieve que sepa arrancarnos, de la voz que nos diga levántate y anda (gracias y perdón, Gustavo Adolfo).

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Un año

Ulyfox | 6 de junio de 2013 a las 1:48

El puertecito de Makrygialos, en el sudeste de Creta.

Hace ahora un año también cumplí años. Pero cumplía algo más. Los tópicos dirían que un sueño, pero era algo más real. Estábamos en Creta hace 12 meses, al inicio de esa realidad, pisando el terreno de nuestro proyecto, tomando las primeras notas para la guía en una Moleskine regalada por una decena de buenos amigos y mejores promotores de sueños. Elounda era el lugar, en el golfo de Mirabello, frente al bello y siniestro islote de Spinalonga que fue fortaleza, prisión y leprosería y hoy recibe miles de turistas al año.

Está bien conmemorar aniversarios, establecer hitos, recitar “hace un año…” con sonrisa en la boca y nostalgia en el pecho, pese a que entonces estábamos mejor que ahora, o tal vez por eso. Eso fue entonces. Ahora la guía está terminada, corregida y entregada para que los editores y las máquinas hagan su trabajo con nuestros textos y nuestras fotos. No será posible que esté en las librerías este año, tal vez a finales o a principios de 2014. Esperaremos con ansia el día. Ha quedado bien, nos emocionamos al ver nuestras palabras, nuestros gestos, nuestras sensaciones, nuestros pasos arriba y abajo de orillas y gargantas, impresos en couché, a todo calor. Añoramos, anhelamos repeticiones, nuevos encargos, nuevas mochilas, otros hoteles, otros idiomas, otros sabores. Soñamos (recurrentemente) con más realidades que contar.

Cumplimos años, bienvenidos. Este ya será inolvidable, porque ha sido único pero no lo queremos irrepetible. Volvimos un día, pero nunca nos iremos de Creta. Desde hoy, nunca más tendré 56, pero a esa edad se hizo realidad un sueño nunca soñado: recorrimos una isla mitológica y tangible con el único, maravilloso y envidiable propósito de contarlo. Jronia polá!! (Felicidades!, naturalmente en griego) nos decimos sin pudor.

Indignos (esta vez no hay fotos)

Ulyfox | 1 de junio de 2013 a las 1:27

Se suben el sueldo a nuestras espaldas sufridas, los pillamos, dicen uy perdón, en qué estaríamos pensando, vale ya lo devolvemos, pero tampoco es para ponerse así, no es tanto dinero. Sus jefes, nuestros representantes, todos ellos, de todos los colores, se rasgan las vestiduras y hacen como que no lo sabían. Hay que ver, hay que ver cómo son nuestros chicos, dicen, qué malos y qué taimados. Ya lo van a devolver, menos mal.

¿Y ya está? ¿El presidente del Parlamento andaluz que se firmó con unos cuantos portavoces una especie de autoconvenio colectivo muy favorable, a escondidas vergonzantes de sus votantes va a seguir siendo presidente del Parlamento andaluz? ¿va a seguir asistiendo a actos, entregando medallas, dando turnos de palabra, pronunciando discursos sobre la democracia, ganando un pastón sacado de los impuestos de quienes no robamos, de quienes sufrimos bajadas de sueldo, de quienes hemos sido estafados? ¿Los portavoces de partidos de derechas, de centro, de (dios mío) izquierda, que decidieron que ganaban poco cuando todos ganamos menos y se aumentaron las dietas van a seguir cobrando de nuestro dinero? ¿seguirán asistiendo a la Cámara sin que se les ponga la cara colorá siquiera? ¿nadie de sus jefes les va a hacer subir los colores? Griñán, Díaz, Jiménez, Zoido, Valderas, Cayo ¿dónde estáis?

Deben ir, sin más tardanza, todos al paro. Ya están tardando. Indignos de nuestro voto, de pisar la cada vez más desprestigiada arena parlamentaria. Indignos de sentarse ni un minuto más en ese escaño que debería ser sagrado. No hay excusa. Queremos saber sus nombres, publicar sus caras, señalarlos con el dedo, someterlos al escarnio público, y al final, condenarlos al ostracismo.

Se me olvidaba que esto es un blog de viajes.

Los refugios

Ulyfox | 29 de mayo de 2013 a las 13:20

Un rincón de una playa junto a Longos.

Según y cómo, dependiendo de situaciones agobiantes, de ambientes opresivos, puede parecernos que no, que no existen. Y en momentos particularmente injustos como éstos, podemos concluir que son incluso ilegítimos. Pero los refugios existen. Geográficos, y sobre todo mentales. Dejadme que os cuente nuestro particular 11-S.

El puerto de la aldea de Longos.

Aquel día de septiembre de 2001, que todos los humanos recuerdan, nosotros estábamos llegando a Paxos, una minúscula (una más) isla griega del archipiélago de las Jónicas, justo debajo de la elegante y majestuosa Corfú. Apenas un trozo de tierra de 10 kilómetros de largo por cuatro de ancho en sus distancias más lejanas. Para que nos hagamos una idea, como si midiéramos desde la Caleta a Torregorda y del Carranza hasta el Río San Pedro. Ahí, en ese cuenquito de cipreses y olivos, de suaves colinas y carreteras sombreadas que llevaban a puertecitos recogidos y calas azules, justo ahí, está uno de esos refugios. Aquel día en el que las Torres Gemelas de Nueva York cayeron con estrépito planetario, en que Occidente tembló como el terremoto más grande que vieron los siglos, apenas una vibración sutil en forma de corrillos llegó hasta la isla de Paxos.

El puerto principal de la isla, Gaios, entre el mar y los olivos, al anochecer.

Arribamos en el ‘delfín volador’, el hidrodeslizador que nos trajo de Corfú, en una travesía agitada como pocas, con una mar inhóspita y encabritada. Gaios, la capital de la isla, sin embargo, estaba protegida de la furia de Eolo por su rada estrecha y cerrada por un islote. Era la hora de la siesta y no había casi nadie en el puerto alejado del centro. Sólo algún taxi y otros vehículos que recogían a los pasajeros que tenían sus hoteles concertados. No era nuestro caso, pero eso no suele ser problema en una isla griega, y menos en septiembre. El taxista nos preguntó y se ofreció a buscarnos alojamiento. Nos metió en el coche junto con otra pareja y nos dejó en la placita sombreada mientras acercaba a sus clientes a su destino. El pueblo era la paz soleada, el verde pino y el estrecho brazo de mar. A los pocos minutos reapareció el taxista, y comenzamos un pequeño periplo a posibles habitaciones donde quedarnos. En el camino, el hombre me contó una cosa muy extraña: “¿Ha oído usted que ha habido un accidente grave en Nueva York? Dos aviones se han estrellado contra las Torres Gemelas, no se sabe si puede ser terrorismo…” Yo lo oía como algo lejano, mientras mi mente se preocupaba de las habitaciones que íbamos viendo, no sabía muy bien a qué se refería.

Una minúscula cala, un bote con toldilla…

Después sí, después se lo conté a Penélope, y nos acercamos a ver a las televisiones de los bares, llenos de gente que miraba las pantallas como espectadores de una película de acción terrorífica, y al día siguiente hojeamos algún periódico, aún ni pensábamos en seguir la información por internet en miniportátiles. Pero todo, allí en nuestro refugio, aparecía extraordinariamente lejano. El mundo se derrumbaba, pero nuestro mundo era ese mar sereno y azul de la bahía de Lakka o del puertecito de Longos, era ese paseo por la cortísima zona de tiendas de Gaios, la extraordinaria longitud del tiempo en las mesas de los bares y restaurantes de la plaza, los viejísimos olivos retorcidos que había que cruzar para ir del apartamento a la playa.

Un mundo muy lejano de las Torres Gemelas.

Aun comprendiendo la magnitud de los atentados, allí en Paxos era imposible sentir el miedo, allí estábamos a salvo de la contaminación mediática que hablaba de Tercera Guerra Mundial (como si no fuéramos ya por la quinta o sexta), que empezaba a considerar sospechoso a todo el que tuviera cara de llevar turbante; era impensable sentir que la civilización occidental y cristiana estuviera siendo atacada por el maligno. Tampoco pudimos sentir, es cierto, la solidaridad con las víctimas y el dolor que conlleva. Paxos, en aquel septiembre verde y dorado, nos protegió. Cumplió con lo que se pide a un verdadero refugio.

Una escultura en una fábrica abandonada en Longos.

Juegos de niños

Ulyfox | 23 de mayo de 2013 a las 14:00

El Manneken Pis de Bruselas, vestido de soldado francés, o algo así.

Una viñeta de Tintin en plena calle.

 

Turistas arremolinados en torno a la minúscula estatua.

Si pregunta los que conocen Bruselas, la mayoría coincidirá en que tiene dos cosas que ver: una grandiosa, la Grand Place, y otra menuda, el Manneken Pis, es decir esa fuentecilla en una esquina que representa a un niño desnudo orinando. Ya ves qué poca cosa puede convertirse en símbolo de una ciudad. Si vas y la ves, te preguntarás qué tiene para hacerse tan famosa, tan imprescindible en las fotos de los turistas, tan visitada. Pues seguramente nada: no es una obra excelsa de arte, no es grande, no representa un gran momento de la humanidad. Un niño orinando. Y además, según como te hagas la foto delante, corres el peligro cierto de aparecer como si el muchachito te estuviera soltando su chorrito de agüita amarilla en la misma cabeza. Pero es un símbolo. Su figura aparece en postales, llaveros, imanes, chocolates… A los bruselenses y a los turistas les encanta, mucha gente le regala ropa hecha a su medida, vestimentas de diferentes profesiones o épocas históricas. Esta vez, el Manneken Pis estaba vestido de soldado francés. Ahí lo tenéis, las autoridades de la ciudad se entretienen cambiándolo de ropaje de vez en cuando, ignoro con motivo dé qué en cada ocasión. Hace años, un artista local hizo una escultura hermana de esta, la Janneke Pis, no muy lejos de allí, representando a una niña haciendo la misma función fisiológica. La verdad, no nos acercamos a verla.

Detalle de una fachada en la Grand Place. Un cisne.

Los belgas están también muy orgullosos de sus creadores de historietas, de los inventores de personajes famosos mundialmente, los más conocidos de los cuales son Tintín y Lucky Luke. Y no es raro ver en las fachadas enormes graffitis reproduciendo esos héroes de tebeo. O figuras alegóricas, grandes esculturas rematando tejados… Como si, en el fondo, estos belgas fueran unos niños. Naturalmente, también hay un museo dedicado al cómic en Bruselas. No fuimos. En realidad, en este reciente viaje a Flandes no nos hemos preocupado de los museos. Más bien nos dejamos llevar por el paseo calmado, las terrazas con cerveza y el ritmo festivo. Y en Bruselas, comprobar el grandioso aire cosmopolita de esta capital de Europa, la multitud de lenguas y apariencias que reúnen turistas, lugareños e inmigrados permanente u ocasionales. Muy curioso y tal vez esperanzadoramente europeo, de lo que debe ser Europa.

Espléndidos remates en las casas de la Grand Place.

Terrazas en la Grand Place, la mejor diversión.

Dejadnos el tren

Ulyfox | 19 de mayo de 2013 a las 1:40

Delante de la Estación Amberes Central

Este gobierno parece haber sido designado para destrozar el país. No es una consideración política. No quiero “hablar” de política en el mal sentido de esta palabra tan noble. Pasaba algo parecido con el anterior gobierno. Pasa lo mismo con la oposición actual. Quizá pasa lo mismo con todos. De pronto, un gobierno decide que va a cerrar nosecuántas líneas de tren, y no estalla nada, no se “incendia la red” como les gusta decir ahora a los modernos, no estalla un clamor popular contra ese despojo de la riqueza común, contra el desmantelamiento de comunicaciones que costó cientos de años construir precisamente para el progreso de los pueblos.

Mira que habremos pasado crisis en este país, y a nadie se le ocurría suprimir líneas de tren de esta manera masiva. Cuando el ferrocarril empezó a construirse, se entendía que necesariamente iba a aportar riqueza, modas, viajes, ideas, personas, sentimientos de ida y vuelta, aires renovadores a los pueblos a los que llegaba. No nació el tren para ser rentable. Como las carreteras. Nadie hace una carretera para que sea rentable por sí misma, sino para que por ella llegue la riqueza. Pues lo mismo el tren, digo yo. Eso de buscar la riqueza en la herramienta en lugar de en el producto acabará por hundirnos, y algunos se están empeñando a conciencia en ello.

Acabamos de estar en Flandes, bien lo sabéis, y aparte de ver una industria en cada ciudad, hemos visto estaciones esplendorosas en Charleroi, en Bruselas por supuesto, en Gante, en Brujas, en Amberes, muchas estaciones, infinidad de vías, trenes cada dos minutos, trenes llenos, trenes antiguos y ultramodernos, y un traqueteo continuo de salidas y llegadas esperanzadoras. El tren eliminó nuestra necesidad de alquilar un coche para ir de una ciudad a otra. Y todas esas ciudades, excepto Bruselas, son menores que Sevilla, algunas del tamaño de Cádiz, y los trenes no descansan, los trenes se ganan el pan, trabajan por el país. Pero aquí matan una línea y cientos de miles de personas enfermarán. Lo que vamos a ahorrar…

Dejadnos el tren, no lo toquéis, es nuestro, de la gente, de los pueblos, de los maquinistas y de los niños, del cine, de los libros, del paisaje, de la historia, de las miradas, de las casas que pasan y de las vacas impávidas, de las montañas allí y de los túneles, de mis viajes de estudiante y de nuestras primeras escapadas a Madrid, y de aquella parada para ver al amigo, de maletas bajadas en pleno centro de la ciudad y de noches insomnes que nos pertenecen, como el tren, sólo a nosotros. Sacad vuestras sucias manos del tren.

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La estatua que abandonó su pedestal

Ulyfox | 17 de mayo de 2013 a las 1:43

 
Monumento a Charles Buls en Bruselas.

En la apacible, concurrida y musical plaza del Agora de Bruselas hay una estatua que abandonó su pedestal, se sentó a ras de calle, llamó a su perro, que acudió a mordisquearle como siempre la manga de su chaqueta, y se puso a esperar que miles de personas se sentaran a su lado. Después de que esto hubo sucedido, se quedó para siempre allí, en bronce, el bigote brillante toqueteteado una y otra vez y las manos de dedos largos estirados. Y desde esa sublime decisión, miles de personas se han sentado junto, debajo, encima de la imagen de Charles Buls, que una vez fue alcalde amado de Bruselas y que salvó con su visión enamorada y su firme decisión de burgomaestre las nobles, hermosas fachadas de la Grand Place, impidió su destrucción y ordenó su restauración.

Buls da la espalda a su pedestal.

Y uno, que de vez en cuando sueña, imagina que después de que muriera este sabio que hablaba varios idiomas, entre ellos seguramente el más valioso y difícil, el del pueblo, el artista quiso representarlo así: a la manera de alguien merecedor del mejor pedestal como tantos militares, políticos, banqueros, tiranos, santos, pero que para diferenciarse alcanza su máxima altura a ras de suelo. Alguien más amante del contacto que de la gloria ensalzada, alguien que no quiso ponerse por encima de los demás. O mejor aún: que Charles (o Karel) Buls, una vez inaugurado su monumento, decidiese bajar de esa peana, dejarse de tonterías y bajar al banco, a permitir que al gente le frotara el bigote de bronce, o le abrillantara con su trasero los faldones de la levita.

Gracias a Buls que salvó este conjunto bellísimo de la Grand Place.

Todo esto soñaba yo mientras fotografiaba asombrado este monumento, siempre rodeado, acompañado de gente, en el corazón de Bruselas, justo detrás de la Grand Place, salvada para siempre por el empeño de Buls. Gloria a él. Con o sin pedestal.

Un rincón de la Grand Place.

…y otro rincón.

 

La terraza de uno de los bares más célebres de la Grand Place, Le Roi dÉspagne.

 

La lluvia nos saludó en Amberes

Ulyfox | 16 de mayo de 2013 a las 2:11

El centro de Amberes, con la torre de la catedral al fondo.

Fuimos a Flandes sabiendo que nos iba a llover. Pero llovernos todos los días. Y a cambio nos encontramos una temperatura fría, una nubosidad abundante a ratos y todas las tardes espléndidas de sol para despedir el día. Abrigo y bufanda, pero luz. Esquinas y sombras heladas pero rinconcitos de sol calentitos. Y casi nada de lluvia. Sólo en Amberes, la tercera etapa de este corto viaje. Aprovechamos para refugiarnos en su hermosa catedral gótica. Pero cuando salimos de su sencillo y a la vez luminoso interior, lleno de obras maestras de Rubens, que tuvo casa aquí, seguía lloviendo. No nos importó. Con las expectativas que llevábamos casi disfrutamos de la fina precipitación mientras mirábamos escaparates de tiendas de cervezas y recuerdos.

San Jorge y el dragón en el remate dorado de una casa en la Plaza Mayor.

Al final, visto que persistía, fuimos a caer en una cervecería en la hermosa plaza mayor (Grote Markt), un local con calefacción en el que descubrimos dos joyas de nombre inolvidable: Vestmaalle y Kasteel. Dimos tiempo al tiempo, cerveza en mano y corazón, para que la lluvia cumpliera con el papel que se espera de ella en Bélgica, y se diera por satisfecha. Satisfechos también nosotros, el sol empezó a salir tan tímidamente como si fuera belga, y pudimos admirar una nueva muestra del poderío comercial histórico de esta tierra: las casas de la plaza, su decoración, sus remates dorados… En el centro de la plaza, una hermosa estatua de Silvio Brabo, una escultura de verdad, como las antiguas, con cabeza, cuerpo y manos, con forma de algo reconocible, evocadora, interrogadora sobre significados, impresionante en su tamaño.

La estatua de Sivio Brabo en la Plaza Mayor de Amberes.

Cuenta la leyenda que un gigante vivía en el río Escalda y que imponía a todos los navegantes un alto peaje. Al que se resistía a pagar, el gigante Druoon Antigoon le cortaba la mano. Pero un día el centurión romano Silvio Brabo se hartó de esta tiranía y él mismo cortó la mano al gigante y la arrojó al río. Dicen también que de ahí viene el nombre de la ciudad, Antwerpen en neerlandés, de ant (mano) y werpen (lanzar). Así que el monumento representa a Silvio lanzando la mano del gigante. Bonito.

El castillo de Amberes.

Ya os he contado la triste historia de la comida en Bélgica: tuvimos que recurrir a un restaurante italiano de los muchos que ocupan el centro de Amberes. No fue mala decisión. Las culturas siguen notándose. Antonio es de la Puglia, ya sabéis esa región que está en el “tacón” de la “bota” de Italia. Nos saludó al entrar con un sonorísimo “Buon giorno, come stai?” que me obligó a algo que adoro: hacer como que sé hablar en italiano, y ya todo fue hablar de la crisis de los países del Sur, y de fútbol. La pizza y la pasta no eran nada del otro mundo, pero al menos eran reconocibles como comida.

Casas cerca del río Escalda.

Nos quedaba asomarnos al río, y hacernos la foto del castillo de Amberes, y la fachada del edificio del gremio de los carniceros, que dicen que fue hecho a bandas alternas de piedra y ladrillo rojo para que semejara el jamón veteado. La verdad es que hace falta imaginación, pero el edificio es bonito. La tarde se fue poniendo acogedora, el sol nos quería cada vez más, y callejeamos en busca de tiendas. Las guías hablan del diseño de moda en Amberes como algo muy destacado. No tuvimos paciencia para llegar hasta el barrio del diseño. Anduvimos dando vueltas por calles estrechas y con terracitas agradables, tomamos un café, paseamos, vimos que la gente adora sentarse mirando al esquivo astro rey, en mesitas pequeñas, con su cerveza, no pudimos entrar en la casa de Rubens (Rubenshuis) porque cierra los lunes, volvimos con el sol lentamente cayendo a nuestra espalda hacia el hotel.

El antiquísimo edifcio del Gremio de los Carniceros (Vleeshuis).

Y la noche terminó en un bar con la carta más grande de cervezas que he visto nunca: más de 200. Pura Bélgica.
Se me olvidaba decir que Amberes es la capital del diamante, que hay un barrio entero lleno de escaparates, y que esta ciudad maneja casi el 90% del comercio mundial de este cristal brillante. Pero la verdad es que eso nos dio igual.

Ante la estatua de Rubens, el más ilustre vecino de Amberes.

Con ustedes: la cerveza

Ulyfox | 11 de mayo de 2013 a las 2:33

La cerveza corre en el Markt de Brujas.

A veces soy muy pedestre. Admiro el Flandes que hemos encontrado en nuestro reciente viaje, las altas casas góticas y barrocas de los comerciantes opulentos, las estilizadas agujas de sus catedrales, los románticos rincones de sus canales, la obra de los pintores flamencos y su particular siglo de oro. Pero si algo me ha asombrado, lo confieso más allá de cualquier prurito cultureta, es la calidad y la variedad de las cervezas belgas, toda una ciencia y un arte antiquísimo destilado y fermentado para nuestro disfrute. Blancas, tostadas, rubias, negras, de doble o triple fermentación, de fermentación natural, con sabor a frutas, trapenses, franciscanas, carmelitas… aromas y gustos a café, torrefactos, caramelo, especias. Claro, llegar a un bar, a un restaurante, a una terraza en cualquiera de las plazas barrocas y pedir una cerveza es imposible. Tienes forzosamente que decir qué cerveza quieres. ¡Y cada una tiene su vaso diferente! En un bar de Amberes la carta de cerveza tenía el grosor de un libro, y el catálogo alcanzaba a más de 200 diferentes. Es un disfrute inencontrable en otros lugares, un disfrute en cierta forma peligroso porque cuando has pedido la segunda y le das la vuelta a la botella descubres asombrado que pueden llegar a tener 11 grados de alcohol, como un vino joven. De todas formas, en los cuatro días que pasamos allí, nunca nos sentó mal, aunque es verdad que notábamos la euforia.

Chimay con mejillones, exquisita combinación, me pareció.

Tripel Karmeliet y Brusge Zot, cada una en su copa diferente.

Recuerdo algunos nombres sublimes: Tripel Karmeliet, Duvel, Kasteel Bier,Chimay por supuesto, Westmaalle, Gulden Draak, Leffe, Grimbergen. No me gustó la Kriek, muy popular allí por su color rosado y su dulce sabor a cereza. Me pareció un tinto con casera o un lambrusco de supermercado. Pero todas eran una experiencia. Ahí van algunas muestras gráficas:

Cervezas de Gante: Gentse Tripel y Gulden Draak, maravillosa.

Ahí está el nombre.

Indescriptible sabor de caramelo toffee en la Kasteel…

Delirium Tremens y la popular Kwak en su peculiar vaso con soporte.

Cerveza blanca Hoegaarden y la rosada Kriek de cerezas.

Por desgracia no puedo decir nada bueno de la cocina belga, propia de esos países del norte de Europa que no conocen ni quieren conocer el ajo y el refrito. Los típicos mejillones estaban buenos, pero el resto del marisco me pareció insípido. Era muy aburrido sentarse a comer, y más de una vez recurrimos a la cocina italiana. Pero la cerveza ¡ah! qué placer aterrazado. No sólo por eso, pero también por eso merece la pena visitar ese país flamenco, extraño, cosmopolita y nublado, aunque el sol tuvo el detalle de saludarnos todos los días. Un maravilloso mundo fermentado.

Feliz ambiente cervecero de terrazas un domingo en Gante.

¿Veis lo que os digo?

Cordero en Gante

Ulyfox | 5 de mayo de 2013 a las 20:37

Las casas de los gremios en el Muelle de la Hierba de Gante.

No, no voy a hablar de comida, porque eso en Bélgica, como en casi toda Europa del Norte, significaría hablar mal, y para qué enemistarnos con los que mandan. Es otro cordero del que quiero hablaros, mucho más espiritual, tanto que quizá por eso no os pueda ni enseñar fotos:  no dejan hacerlas.

Panel central del Cordero Místico de Van Eyck. Foto de internet.

Entre los muchos recuerdos agradables que me traje de nuestra primera visita hace ya tanto tiempo a Gante, la impresionante ciudad de la Bélgica flamenca, tengo presente una frustración: en la Catedral de San Bavón, una capilla a la izquierda de la entrada está dedicada exclusivamente a mostrar La adoración del cordero místico, también conocido como El Políptico de Gante, la obra maestra de Jan Van Eyck y de toda la pintura flamenca, lo que ya es decir. En aquel entonces, hace más de veinte años, no entramos a verlo. Aunque parezca mentira, y aunque mi afición a la pintura viene desde mi más tierna juventud, el precio nos echó para atrás. Problemas de ser un viajero decidido y vocacional, pero pobre. Ahora no, ahora nos pudimos permitir la módica entrada, que incluye una audioguía fundamental y que en realidad es un pasaporte al conocimiento de un cuadro, en realidad un políptico, maravilloso. Y era tanta la fuerza de la cita aplazada que la visita al Cordero místico fue casi lo primero que hicimos esta vez: media hora en una pequeña salita atestada de turistas chinos, pero disfrutando cada detalle (y son cientos) de la obra de Van Eyck, verde y luminosa.

 

Otro ángulo del Grasslei o Muelle de la Hierba.

 

Remate de una fachada junto a la iglesia de San Nicolás.

Ya llenos de misticismo, recorrimos la impresionante cuna de Carlos I de España y V de Alemania, el poderoso hijo de Felipe el Hermoso y Juana la Loca, la ciudad de los altos tejados y las torres orgullosas, la de los canales esplendorosos y los rincones modestos. Íbamos por las calles gozosamente redescubridores de esquinas y fachadas recordadas, asombrados por la cantidad de turistas, de las terrazas llenas con mesas donde brillaban las cervezas.

Tejados y fachadas desde la torre Belfort

En la plaza de Korenmarkt, frente a la bella iglesia gótica de San Nicolás, un señor con abrigo y maletín se dirigió a nosotros en español casi perfecto, y mostró un gran conocimieno de la provincia de Cádiz, de toda Andalucía. Profesor y traductor, nos dio una pequeña lección de historia de Gante y un buen rato de conversación. Al final descubrió su objetivo: un pequeño donativo para tomar un café. Empañó con este prosaico detalle una notable actuación. No era un farsante: luego comprobamos en la iglesia que, efectivamente, había traducido la guía del templo para los visitantes españoles. Su nombre figuraba en las páginas finales: Raimundo de Si, o algo así. Era él, realmente el pedigüeño bien vestido era un notable de la ciudad.

Ante las torres del Belfort, rematada por un dragón dorado, y de la catedral de San Bavón, .

Gante es hermosa y amplia, pero tiene sobre todo dos lugares destacados: por una parte la fascinante visión desde el puente de San Miguel  hacia el oeste, con la perspectiva de las tres altas torres góticas de la iglesia de San Nicolás, la torre Belfort con su dragón dorado en el remate, y la de la catedral; y por la otra, el muelle de las Hierbas (Grasslei), con las ricas fachadas de las casas de los antiguos gremios que dan al canal, sobre todo cuando el sol del atardecer las convierte en doradas. Recuerdo que esta imagen fue la que más me gustó de aquel lejano primer viaje. A las orillas del canal del Grasslei se amontonan las terrazas. Un sitio ciertamente encantador y en alguna medida, apabullante. Allí volvimos a caer presos de la cerveza.

El castillo de Gante (Gravensteen), al fondo.

El dragón dorado en la aguja de la torre Belfort.

 

Tras una comida relativamente pasable para lo que es el canon belga, el resto de la tarde fue buscar el castillo junto al agua, y deambular entre canales y callejuelas, la mejor actividad posible en ciudades tan bellas.

El castillo de Gante, Gravensteen.

 

Café junto a un canal.

Reflejos en la parte más recóndita del Gante histórico.