Matar a un ruiseñor

Ulyfox | 23 de noviembre de 2012 a las 1:46

La acabo de ver de nuevo. Hacía años. En blanco y negro sereno e inquietante.  Grandioso Gregory Peck-Atticus Finch. Me embelesan las películas de hombres íntegros, las ejemplares, las de hombres buenos, como El apartamento, como Solo ante el peligro, como Casablanca, incluso como Qué bello es vivir. O últimamente El gran Torino. Siempre me han parecido necesarias, y más en tiempos como éstos, tiempos para traicionarse por un precio no demasiado alto, época en la que buscamos excusas demasiado tópicas, o reales, que nos justifiquen nuestra rendición. Pero estas películas no nos dejan engañarnos.

En Matar a un ruiseñor, un personaje le dice a la hija de Atticus, Scout: “Hay hombres que han nacido para cargar con las cosas desagradables de los demás, tu padre es uno de esos hombres”, mientras Peck aparece al fondo, de espaldas, recibiendo la trágica, inevitable noticia, cargando de nuevo con el peso de otro. Por las noches, Atticus, el abogado que consiente en defender a los pobres tras la Gran Depresión de 1929 a cambio de que le paguen en con nueces o verduras, sienta en sus rodillas a Scout y le explica cómo vivir. Por ejemplo, el significado de la palabra transigir: “Tú no quieres ir a la escuela y prefieres que yo te siga leyendo, yo quiero que vayas a la escuela a aprender. Te propongo que vayas a clase y a cambio yo te seguiré leyendo. Eso es transigir”. Otra frase de Atticus a Scout: “No comprenderás nunca a una persona hasta que no te pongas en su lugar e intentes sentir como ella”. “Papá ¿por qué defiendes a un hombre negro?”, le pregunta. “Porque si no no podría ir con la cabeza alta”. Terrible frase para los que hemos aceptado caminar con la cabeza gacha, mirando hacia otro lado. Películas espejo para que no nos volvamos ciegos ante tantos ruiseñores muertos, cazados por escopeteros sin reglas. El camino está ahí. Para los valientes.

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He tenido carta de Kato Zakros

Ulyfox | 22 de noviembre de 2012 a las 2:06

La solitaria playa de Kato Zakros

“Por supuesto que nos acordamos de vosotros muy bien. Nosotros estamos bien y disfrutando del invierno en Creta. El tiempo ahora es lluvioso y en unas pocas semanas comenzaremos la cosecha de aceitunas. Con mucho gusto os enviaremos raki, pero por lo que sé es bastante caro si se mandan pocos litros”. Son palabras de Stella, la dueña de los apartamentos que llevan su nombre en un lugar definitivamente paradisíaco del este de la isla. Ya os he hablado de Kato Zakros y de los apartamentos Stella, y de su impar marido Ilias, y del hijo de los dos, Stratis. Ayer les pedí que me investigaran la posibilidad de enviarme una buena remesa de raki, ese destilado maravilloso omnipresente en Creta, símbolo de hospitalidad y generosidad. Allí te dicen por la mañana que es bueno para ayudarte a sobrellevar el día, a media mañana para acompañar el café o ese pequeño almuerzo de quesos y aceitunas, más tarde a la hora del aperitivo, luego que sirve para hacer la digestión, por la tarde en la visita a los amigos y por la noche te ayuda a dormir.

La terraza de los apartamentos Stella, el jardín, el olivar y el mar al fondo.

Y esas palabras de Stella me han parecido venir de una Arcadia feliz y en armonía con la naturaleza. Me imagino a esa familia, únicos habitantes permanentes de esa mini aldea, pintando y arreglando sus preciosos apartamentos en medio de ese jardín, a Ilías yendo al campo con su burro en los intervalos entre la fabricación de los muebles de madera y los supongo felices. Él es un hombre total, ex culturista y alpinista, arreglador y señalizador de senderos, ella lleva los apartamentos y da clases de danza griega en invierno (recuerdo que durante nuestra estancia allí, una tarde demostró que sabía bailar sevillanas y dijo que le encantaban).

Nuestro alojamiento en casa de Stella

Y me siento, nos sentimos felices de tener amigos allí, cerca de la Garganta de los Muertos y de los restos del palacio minoico de Kato Zakros, a la orilla de una bahía profunda y cristalina que en tiempos albergó un puerto que comerciaba con Mesopotamia y Fenicia. Amigos que recogen aceitunas y producen raki. Amigos que nos escriben esas cartas evocadoras y provocadoras de envidia, y que están allí tal vez esperándonos…

El valle y la bahía de Kato Zakros, desde Terra Minoika, las villas también propiedad de Stella e Ilias.

Algo más que un cuchillo

Ulyfox | 21 de noviembre de 2012 a las 1:13

Tenía ganas de tenerlo. Es como si un afán inexplicable me llevara a poseer cosas de Creta. No sé qué poesía o grandeza puede esconderse en un cuchillo, en un simple cuchillo artesano cretense. Sé que tienen fama y que en Chania hay una calle de los cuchilleros. Quizá solo por eso quería tenerlo. Es precioso, con una hoja brillante en la que está grabado un mapa de Creta y un poema que, lamentablemente, no puedo traducir. Y un mango de madera de olivo que se remata dividido en dos, como marca la tradición. Lo compré en ‘Armenis’, la tienda más afamada de la calle Sifaka de La Canea que lleva el nombre del artesano, y en cuyo interior se amontonan las joyas de acero afilado, y también las figuritas de Eleftherios Venizelos, el gran político cretense, como la que se ve en la foto de arriba.

Vista de los arsenales venecianos en el puerto de La Canea,

Y estoy contento con mi cuchillo artesano. Y lo utilizo en la cocina. Cuando con él corto tomate o pico cebolla, ejecuto el ritual de entonar a la vez algún estribillo fácil de Nikos Xylouris y el hechizo se completa. Con ese conjuro, estoy de nuevo junto a la muralla bizantina, o en el barrio de Splantzia bajo el minarete, o sentado en la taberna Monastiri comiendo unos huevos fritos con staka, que ojalá supiérais lo que es, para que el recuerdo os resultara tan jugoso como a mí. Y a lo mejor, más que un cuchillo es una varita mágica, una llave del tiempo, un billete hacia el mar de Libia, una clave para llegar al laberinto y salir de él.

Mi cuchillo cretense, en mi cocina.

Lo tengo y con él tengo mucho más que un cuchillo (majeri, en griego).

Promesa

Ulyfox | 12 de noviembre de 2012 a las 13:48

Hace tiempo que este blog está impregnado de una cierta tristeza, motivada seguramente por lo difícil de la situación, pero que es de alguna manera una traición a su espíritu, luminoso, gozoso, amplio y claro. Esto es un blog de viajes, y viajar significa no tener miedo, y casi no reparar en los peligros.

Así que esto se acabó. Prometo la sonrisa no rehén ni conformista, la propuesta ilusionante y la imagen amiga. A los que andamos buscando nos conviene mejor tener una antorcha que una venda. Ya he empezado a retomar aires brillantes. Mejor que esto sea una ventana que abrir para respirar, que demasiado viciado se está poniendo el aire. Podemos recomenzar por el post que hay aquí abajo, dedicado a una isla, como no, que tiene en el azul esperanza su carnet de identidad. Y que les den.

En la tierra de los Comeclavos

Ulyfox | 12 de noviembre de 2012 a las 13:40

¿Sería esta la casa de Comeclavos o de alguno de sus amigos?

Hace tiempo que se lo debía a Ana. Un agradecimiento por aquel regalo, intercambiado en La Casería con una botellita de raki vacía pero hermosa. Como trueque por este detallito comprado a bajo precio en una de las muchas supervivientes tiendas de Heraklion, ella me ofreció ‘Comeclavos’ de Albert Cohen, y aunque me reí con él hace ya tiempo, nunca he escrito sobre la isla que albergaba a esta familia de judíos locos, borrachos y en cierta forma peleones perdedores: Cefalonia. Los Comeclavos son indescriptibles, están locos y se creen amigos de mandatarios europeos. Es especialmente actual y crítica su descripción de las oficinas y el trabajo absurdo de la Sociedad de Naciones en Ginebra.

En el puerto de Fiskardo, elegante.

Bueno, esto no quiere ser una reseña crítica, Yahvé me libre, Ana es mucho más lectora sabia que yo. En todo caso, quiero invitarla a ella y a todos a conocer Cefalonia, una isla pegada a la mítica Ítaca. De hecho, hay quien afirma que es Cefalonia la real patria de Ulises. Hace mucho que estuvimos en Cefalonia, pero ahora me he encontrado con esas fotos. Algunos quizá la conozcáis si llegásteis a ver la olvidable película ‘La mandolina del capitán Corelli’, quizá el momento cinematográfico en que Nicolas Cage empezó a perder el norte artístico. Penélope Cruz tampoco hizo aquí el papel de su vida. Ahí, en esa peli, Cefalonia sale bellísima de pinos, olivos y playas. Pero si queréis ver películas de soldados italianos en una isla griega durante la Segunda Guerra Mundial, mejor que acudáis a la mucho más modesta y encantadora ‘Mediterráneo’, aunque esa transcurre en la lejana Kastelorizo.

Uno de los restaurantes de Fiskardo

A Cefalonia llegamos hace 11 años desde Frikés, en Ítaca, en un plácido viaje a bordo del ‘Kapitan Aristide’ después de un azaroso y divertido recorrido que incluyó cruzar buena parte de Italia y tomar barcos, trenes y autobuses. Arribamos al puerto de Fiskardo, una maravilla restaurada en casas de colores, prácticamente el único pueblo que se salvó de un terrible terremoto en 1953, devastador y causante de miles de muertes en la isla. Pero Fiskardo está ahí, en pie y al norte, recibiendo ahora miles de turistas cada día, con decenas de restaurantes en el puerto, con hoteles encantadores regentados por viejecitas que hablan francés y rodeado de caminos de cipreses y playas transparentes de guijarros.

Assos, un pueblo en un istmo.

El terremoto no pudo con la belleza natural. Si conducimos hacia el sur bordeando la costa oeste debemos anhelar encontrarnos con Myrtos, una de las playas más fotografiadas de Grecia, poseedora del mar más añil del mundo, una ensenada de tinta cyan, un estanque de color básico que observado desde la altura de la carretera en un día soleado, es más impresionante aún. Hace ya tanto pero aún me sorprende que nuestros iris no acabaran pareciéndose a los de Paul Newman de tanto mirar ese mar. Lástima.

La postal de Cefalonia es la playa de Myrtos.

Fiskardo y Myrtos son los dos grandes nombres de Cefalonia, que aun así muestra joyas como la playa de Antisamos y el pueblo de Assos, en un istmo. La capital, Argostoli, en un emplazamiento ideal tras un lago salado, es demasiado destartalada, construida de aquella manera tras la destrucción. Cefalonia tiene además un nombre precioso. Y es un lugar mítico para los muchos enamorados de Albert Cohen. Id.

El puerto de Fiskardo y al fondo la cercana isla de Ítaca.

Los emigrantes

Ulyfox | 5 de noviembre de 2012 a las 13:42

 

El puertecito de Makrygialos, al sureste de Creta, en invierno.

 

Ya sabéis como se está poniendo la cosa. Nos están echando, no digo ya de nuestros puestos de trabajo, sino de nuestro propio país. Por todos lados oyes a tus amigos desesperados, hablando de sus hijos y cada vez son más los que les aconsejan que se marchen de esta España de poderosos ingratos, de gobiernos abroncadores y culpabilizadores, fuertes con los débiles y sumisos cuando no comprados con los fuertes.

Vivre comme un clochard à Paris?

Uno ya tiene una edad como para tener dificultad en planteárselo con cierta seriedad, pero cada vez acude con más fuerza a nuestra mente esa terrible frase “si yo tuviera veinte años menos…” Ya sabéis u os imagináis a dónde me iría para ese viaje más definitivo, más estable hacia el lugar en el que uno cree que se sentirá mejor acogido, más querido, más aceptado y respetado. Evidentemente, Creta, porque allí he sentido la generosidad de los pobres, el orgullo sin exclusión, la amabilidad sin servilismo, la buena comida sin abusar de los precios, la hospitalidad gozosa, el amor a la tradición sin folklorismo barato, la sensación en definitiva de que no te vas a encontrar solo y tirado. Tal vez no sea del todo así, pero en los sentimientos apasionados siempre tiene que haber una pizca de autoengaño para que nos los creamos. En la mediocridad ruin que nos rodea, aliviada por los salvadores ejemplos de amistad y amor, ese reino enorme del Minotauro aparece como el refugio a la medida, pequeña, ínfima, del ser humano.

A lo mejor tenemos que quedar en San Gimignano.

Pero no sé, a lo mejor la salvación está al otro lado del charco, quién sabe si de la mano del civilizado este norteamericano o del sur hablador del Río de la Plata; tal vez en una pétrea plaza toscana o en un barrio de París; a lo mejor poniendo cervezas en un pub de Dublín; o en una kasbah cerca del Atlas; ¿y si echáramos mano de ese pariente en Australia?

O un refugio azul junto a la isla de Kekova, en la costa licia de Turquía.

¿Cuál sería vuestra tabla, teniendo en cuenta que este mar en el que habíamos aprendido a nadar más o menos, ha sido tomado por piratas implacables con el sable entre los dientes y que además se entretienen en provocar olas de marejada para los que caen al mar?

Ya están aquí, de nuevo

Ulyfox | 31 de octubre de 2012 a las 13:29

Un barco varado y abandonado en una playa de Vilanova de Milfontes, Portugal

Ya han vuelto. No han tardado mucho: las ganas de viajar. Mira que no hace ni un mes que volvimos de nuestro último gran viaje. Pero aquí están. Ellas, las ganas, son más rápidas y más sinceras que nosotros, y se acrecientan con la sensación de naufragio que nos rodea, con el sentimiento de que todo un mundo se va a pique. Las ganas nos están diciendo que hay lanchas de salvamento por algún lado y que tenemos la obligación de buscarlas.

Panorama otoñal en Zambujeira de Mar, en el Bajo Alentejo atlántico.

Viajar en otoño es tan placentero y tan distinto de hacerlo en invierno. Este año, ahora, no podrá ser. Estamos demasiado ocupados con la redacción de la guía. Es curiosa esta afortunada contradicción de los fines de semana largos como el que está a punto de llegar: por un lado las ganas nos llevan a salir, a tomar aunque sea una pequeña maleta; por el otro, otros deseos nos dicen que se disfruta escribiendo, rememorando, comparando, buscando anotaciones, repasando datos… y dándole forma en una pantalla con letras y cifras, signos de puntuación y concatenación de oraciones principales y subordinadas.

Entonces ¿por qué no?

Pero quién sabe, lo mismo cualquier día no podemos más y nos lanzamos a un corto, gozoso, intenso viaje, por ejemplo a la cercana y siempre otoñal Portugal. Quién sabe.

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Paisaje de un ERE

Ulyfox | 27 de octubre de 2012 a las 1:17

Hay un reguero de cadáveres y heridos por el camino, y tal vez un general allí arriba. Son contadas las ocasiones en las que los buenos han vencido.

Hay también un montón de espectadores, unos avergonzados, otros aliviados, unos con el corazón encogido, otros desviando la mirada.

No obstante, la batalla no ha concluido y pese al destrozo, el general no ha vencido su propio miedo, porque los heridos se están reagrupando. El estratega les llama insolentes por su resistencia, pero no puede evitar sentir curiosidad y una cierta preocupación por su próximo movimiento. Es lógico, la mayoría lo han perdido todo, menos la razón, que solo se calma con razones. ¿Por qué a mí? El genral no habla aún, y mantiene a su lado los mapas de la batalla.

¿Pero dónde está, quién es?

¿Para qué sirven los viajes?

Ulyfox | 21 de octubre de 2012 a las 1:25

En la playa de Mirtos, en Cefalonia.

Sí, claro, para pasarlo bien, para conocer mundo, para que el mundo te conozca, para aprender, para probar comidas y bebidas nuevas, para hablar otros idiomas, para escuchar otras músicas, para respirar otro aire, para ver otros paisajes, para sentir otros abrazos, para encontrar otros amigos, para arrinconar esos días, para olvidar esas miradas, para alejarse, para tener ganas de volver, para alargar y encoger el tiempo a tu voluntad, para ensanchar el espacio, para perderte, para encontrarte, para mirar de lejos tu mundo ambiente, para tener nostalgia, para querer a tu gente, para acordarte de tu perro, para dejarse llevar, para reírte, para vivirte otro, para asombrarte con las obras del hombre, para lamentar otras, para decir así lo quiero, para soñar así debería, para encontrar un hueco, para cargar maletas, para enviar postales, para reencontrar, para maldecir el viento, para agradecer el sol, para mirar peces, para subir castillos, para buscar tumbas, para cruzar ríos, para recorrer gargantas, para fotografiar atardeceres, para comprar pan.

O en una placita de Sarlat-La Caneda, en el Perigord francés.

Sí, claro, todo eso. Y para cuando han acabado, a la vuelta, recordarlos, y en llegando una mañana soleada de sábado otoñal, a punto de salir para el inseguro trabajo, decir: “Ahora me gustaría estar en…” y sentir como el cuerpo se ensancha, se expande, se hace diáfano, y descubrir así el secreto de los dioses, que efectivamente se puede estar en, al menos, dos sitios a la vez.

La Historia sale al paso

Ulyfox | 21 de octubre de 2012 a las 0:51

Restos de templos ante la muralla de Aptera.

Hay un lugar allí arriba en la colina, no muy alto, entre piedras ancestrales y olivos residuales, cerca de un pueblo medio recuperado. No hay que subir mucho desde la carretera que va de La Canea a Rethimnon, apenas unos kilómetros, pero tiene una vista privilegiada de la Bahía de Souda. El pueblo se llama Aptera, y el lugar del que os hablo, Antigua Aptera. Fue una de las más importantes ciudades primero minoica, luego doria, después helenística, más tarde romana y bizantina, en Creta, esa isla en la que la Historia, toda la Historia que estudiamos y algunos amamos desde chicos, toda la vida del hombre en esta tierra te sale a cada paso.

En la calzada, ante lo que fue la puerta principal de entrada a Aptera.

Es que vas por la carretera y ahí a la derecha te encuentras una muralla hecha de grandes piedras perfectamente encajadas, con una calzada que parece dirigirse a una abertura, es decir una antigua puerta. Y sí, eso era la entrada principal de la Aptera romana y antes helenística, con las huellas de los carros aún en el pavimento, el rastro de sus habitantes impreso para siempre, por los siglos de los siglos, per saecula saeculorum. A un costado, fuera del muro restos de templos y algunos edificios públicos.

Alguien levantará un día estas columnas del peristilo, en la villa romana.

No se puede entrar por aquella puerta, descubierta recientemente, porque toda la zona está en fase de esperanzadora excavación: más de un metro de tierra rojiza acumulada por el tiempo guarda quizá el rastro de calles y comercios, quién sabe. Dan ganas de ponerse el sombrero y empezar a descubrir artefactos, escombros, vasijas o desperdicios de hace 2.000 años. Dejemos que los expertos, cuando haya bastante dinero, hagan su trabajo. Un caminito medio arreglado sube hacia el interior de lo que fue la gran ciudad. En realidad, al principio, es difícil ver nada, pero la Historia vuelve a salirte al paso cuando varios nidos de ametralladoras de cuando la invasión nazi aparecen a la izquierda del camino. Debía de ser una posición estratégica sobre la bahía. Pero luego, un desvío entre olivos dirige tus pasos a una antigua villa romana, las columnas del peristilo caídas hacia adentro del impluvium, síntoma inequívoco del efecto de un terremoto. Nadie ha caído en levantar de nuevo las basas, fustes y capiteles dóricos, y erguirlos contra el horizonte, y se puede impunemente pisar sobre sus históricos sillares, románticamente solitarios en el campo, hundidos en el suelo.

Los obreros hacen surgir de la tierra el antiguo teatro.

Volviendo al camino, cinco minutos más allá están los principales restos: un pequeño teatro, un semicírculo de piedra y graderíos va surgiendo de la tierra gracias al trabajo de un montón de privilegiados obreros trabajando en su limpieza y recuperación, con sombrajos para los arqueólogos que despliegan en mesas alargadas hallazgos y papeles, lápices e instrumental solo útil para ellos.

En el interior de la cisterna, bóvedas milenarias de piedra, arcos de medio punto milagrosos.

Y más adelante, el signo infalible de que aquello fue algo importante: grandes cisternas, enormes almacenes de agua para abastecer a sus habitantes, algo en lo que los romanos eran expertos. Y una de ellas, sobre todo, está maravillosamente conservada. Se puede entrar y admirarse del definitivo invento que fue el arco de medio punto. Altas bóvedas sostenidas sobre gruesos pilares, un aljibe impresionante de cientos de años, que todavía se llena de agua en época de lluvia y ahora es hogar de palomas. Ante esos siglos, bajo ese recorrer diacrónico, uno se siente felizmente pequeño, aunque del mismo tamaño que aquellos hombre que fueron capaces de construir esto, luchando y venciendo contra leyes tan severas e implacables como la de la gravedad. Es Aptera, la que fue grande, una muesca más de la Historia en Creta. La misma Historia que pasó sobre ella, cuando abandonada, un sultán turco compró la mayor parte de sus piedras para edificar, un poco más allá, un poco más estratégica, la impresionante fortaleza otomana de Izedin.

 

La fortaleza de Izedin, edificada con piedras de la antigua Aptera.