Atardeceres no griegos

Ulyfox | 16 de octubre de 2012 a las 1:03

Hombre, claro que hay atardeceres hermosos fuera de Grecia. Me manda mi amigo Fabián, reconvertido en chiclanero, un artículo de la sección El Viajero, de El País, en el que aparece en primer lugar entre las mejores puestas de sol en España la que se contempla desde Sancti Petri :(http://elviajero.elpais.com/elviajero/2012/10/12/actualidad/1350048557_614800.html)

No todo va aser mediterráneo. El mundo es muy grande. Hay al menos mil sitios tan bonitos como Cádiz y la mayoría están en otro lado. Es más, me moriré seguramente sin conocer la mayoría. Pero mientras, disfrutad de este sencillo, gráfico y relajante reportaje.

Yo recuerdo atardeceres gloriosos en Santorini, un tópico ya, en multitud de islas griegas, en Croacia, en Italia. En Grecia, el cielo se pone violeta al caer la tarde. Precioso, pero también uno en un autobús de Comes mientras volvíamos, hace ya… uf desde Conil después de un día de verano en la playa; o una llegada en invierno a Pedraza. Ya véis.

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La casa del artista

Ulyfox | 11 de octubre de 2012 a las 14:08

Un lugareño, con la ropa tradicional cretense, en la plaza de Anogia.

Me gustan los ídolos, ciertos ídolos. Personajes a los que salvamos de cualquier crítica poniendo en un altar su figura, concitando consensos admirados, olvidando o perdonando sus defectos. Parece que, a fin de cuentas, necesitamos agarrarnos a algo. Estos personajes suelen tener una legión de admiradores ciegos y, naturalmente, otra de decididos enemigos. Vale. En el mundo de la música, más que en resto de las artes, se da abundantemente este fenómeno. Los hay longevos, que envejecen con sus fans y los acompañan durante toda su vida. Pero los que entran en la leyenda son los que mueren jóvenes, los que permanecen en su mejor momento artístico para siempre. Los Ritchie Valen, Janis Joplin, Jimmi Hendrix y el mismo Elvis.

La hermana de Nikos Xylouris, en su casa-café, con grandes fotos de su hermano.

Todos los pueblos tienen su leyenda musical en el hombre o mujer que en cierta forma logró encarnar en su figura las aspiraciones, las contradicciones, el espíritu y hasta los males de una época y un lugar. El más cercano a nosotros es mi paisano Camarón, con su tiempo y su sufrimiento y su voz privilegiada. Es imposible que en Creta, mi otra Isla, una tierra en la que la música tiene una presencia constante, no existan estos ídolos, maravillosos virtuosos de la lyra como Skordalos, o soberbios cantantes como Nikos Xylouris, apodado el Arcángel de Creta.

 

El ritual: rakí, queso y pañuelo, en la casa de los Xylouris

Nikos, además, murió joven, a los 43 años en 1980, lo bastante como para entrar en la leyenda, además de por la calidad de su voz y la elección de su repertorio, su implicación en la lucha contra la dictadura de los coroneles griegos, y por formar parte de una extraordinaria familia de artistas, los Xylouris, todos en primera línea de la música griega. Todos son originarios de la aldea de Anogia, a los pies del casi sagrado Monte Psiloritis, un pueblo que recibe miles de turistas que acuden a comprar los excelentes bordados de sus mujeres. Anogia fue totalmente arrasada durante la Segunda Guerra Mundial, en buena parte como represalia por dar apoyo a un comando inglés que secuestró a un general alemán. La Historia, siempre presente, ha dejado un pueblo no muy bonito en un entorno montañoso espectacular.

Mujeres a la espera del comprador de telas, alfombras y bordados.

Hoy, Anogia está quizá demasiado turistizada, y las mujeres mayores te invitan a pasar a sus casas a venderte sus tejidos, mientras los hombres permanecen en los cafés o se pasean por las calles vestidos con el llamativo traje tradicional cretense, luciendo sus grandes bigotes, sus pañuelos a la cabeza, sus bastones, sus botas altas e incluso sus puñales de vainas curvadas ceñidos a la cintura.

El inevitable monumento al resistente, y parroquianos ante la casa-café de Xylouris.

En Anogia, en la plaza central, está orgullosa la casa donde nació y vivió su infancia Nikos Xylouris. Una de sus hermanas, ya con cerca de 80 años, gestiona una especie de café minúsculo lleno de fotos y recuerdos de Nikos, en el que aprovecha para vender algunos productos turísticos mientras cuenta cosas de su hermano, se queja del calor y espera el frío que llegará del Psiloritis dentro de poco. Mientras, te sirve un vaso del siempre presente rakí y te pone un platito con queso y esos deliciosos panes desecados cretenses llamados paximadia. Compramos uno de los pañuelos de redecilla casi femeninos que se ponen los cretenses en la cabeza. Me lo probé y me fotografié. Poco después fuimos a una tienda cercana a llevarnos una pequeña antología discográfica de Nikos Xylouris. Ahora, la disfruto y desentraño en mi coche de camino y de vuelta al trabajo, como la gocé en las carreteras de Cretaas, hace apenas unas semanas. Y no sé si me gustan más las canciones en las que el Arcángel renueva la tradición o las que responden fielmente a ellas. Bueno, si pincháis en el siguiente enlace oiréis la canción Ítane miá forá (Érase una vez) dedicada a las mujeres de los marineros, una pequeña muestra.

http://www.youtube.com/watch?v=fijrzwu6i_Q

En el templo de Nikos Xylouris

La playa de Zorba

Ulyfox | 9 de octubre de 2012 a las 1:52

La playa cretense de Stavros.

Bueno, todo es cuestión de mitología, o mitomanía, como se llame. Recuerdo haber visto hace mucho tiempo la película Zorba el griego, basada en la novela del cretense Nikos Kazantzakis Vida y aventuras de Alexis Zorbas. No tengo una sensación especial de aquella, más bien creo que no me gustó mucho, como si fuera una obra deslabazada. También leí el libro, claro, algo después, y me da la impresión de que debería releerlo, porque no supe captar su bondad, si la tiene como todo el mundo literario parece acordar. Pero eso sí: he estado en la isla de Zorba y de su autor. Muchas veces. Y, cuestión de mitomanía selectiva, hay dos frases de la peli que recuerdo, y las dos las pronuncia el gran Anthony Quinn en una playa a su jefe, el joven británico que ha heredado una casa en Creta: “Jefe, tienes que hacer locuras, hay que estar un poco loco para romper las ataduras y ser libre” y “Jefe, ¿has visto alguna vez un desastre de este tamaño”? cuando lo pierden todo y poco antes de ponerse a bailar.

En la playa hay un pequeño embarcadero de pesca.

Esa playa, sobre cuya arena Quinn baila el sirtaki más famoso de la historia, existe. Está en Creta, claro, en la península de Akrotiri, muy cerca de La Canea, y se llama Stavros, que significa ‘cruz’ en griego. Tiene un agua transparente. Una flecha de arena y un imponente farallón con forma de lomo de elefante hacen que esté casi siempre calmada. Como ya hace mucho de la película y como no pasará a la historia más que por la excepcional música de Teodorakis y la escena del baile, no atrae a grandes multitudes. Casi no hay hoteles cerca, y está frecuentada sobre todo por familias griegas. No hay nada del glamour cinematográfico hollywoodiense, y sólo un snack bar insulso, pero heredero de una antigua taberna, recuerda que allí mismo Anthony Quinn, Alan Bates y todo el equipo de rodaje disfrutaron con una comida cretense cuando dieron por concluida la escena. También hay un chiringuito decente para salir del paso.

Agua para jugar

Pero si uno camina hacia un extremo de la playa para quedarse lo más solo posible ante la belleza, entonces puede aún sentir el espíritu de Zorba, el espíritu del cretense libre, generoso, festivo y fuerte que es capaz de bailar ante el desastre más grande que vieron los siglos.

Al mal tiempo buena cara

Ulyfox | 30 de septiembre de 2012 a las 19:30

No sé que tienen los tiempos de crisis y desazón que hace que acudamos al sabio refranero español: al mal tiempo, buena cara. Será eso. Es el único mensaje que se me ocurre cuando hace apenas unas horas que hemos vuelto de nuestra estancia en Grecia y estamos a otras tantas de meternos en no se sabe bien qué. No sabemos lo que nos preparan el Gobierno o nuestras empresas. Así que, a falta de concreciones, optemos por la vía de lo seguro, lo que tenemos hasta ahora, lo que nos hemos ganado, lo único que sabemos. Tal vez dentro de nada el miedo que muchos tienen se concrete en que llevaban razón. Mientras, a todos, sólo puedo decir que venimos de un lugar maravilloso.

Como única ilustración, una foto del paraje más hermoso que conocemos: nuestras sonrisas en vacaciones. Es la expresión de un deseo.

P.S. Si alguien tiene curiosidad por conocer donde está tomada la foto, se trata del restaurante Nautilos, en el centro de Mykonos, en una de las últimas noches de nuestras vacaciones. Para más detalles, después de un carpaccio de lubina, una ensalada aromática y unos farfalle con salmón. El vino, un chardonay griego fantástico. El autor es Vasili, un camarero cachas con melena que, extrañamente en esa isla, no parece gay.

Vamos a cocinar cretense

Ulyfox | 27 de septiembre de 2012 a las 19:18

Penélope, junto con la maestra Koulas, durante la lección de cocina cretense.

Como las penas con pan son menos, hablemos de comida. O mejor, hagamos comida. Eso mismo pensamos nosotros cuando nos decidimos a adentrarnos de verdad en el espíritu cretense. No se conoce un pueblo si no se conoce su cocina. Y qué mejor que tomar unas lecciones. Dicho y hecho: hay un pueblo, en la fértil comarca de Apokoronas, un paso por delante de las impresionantes Montañas Blancas (Lekfá Ori) que se llama Vamos. Sí, tiene ese nombre tan invitador en español. Dicen sus habitantes que la denominación se la pusieron un grupo de árabes expulsados de España que recalaron en la isla como reflejo de su nostalgia. Puede que sea así.

La llegada a los alojamientos tradicionales de Vamos.

El caso es que Vamos es un pueblo lleno de mansiones con una vista espléndida de las Montañas y de la bahía de Suda, que no hace mucho se vio en peligro de abandono total. Un buen grupo de sus habitantes decidió evitarlo y formó una asociación para resaltar los valores tradicionales de su territorio, y restauraron numerosas casas que ahora son alojamientos encantadores, y montaron cafés con actuaciones y festivales anuales, y organizaron actividades relacionadas con su vida de siempre: vendimia, elaboración de aceite, fabricación de pan, lecciones de cocina. El éxito fue total: ahora Vamos es un centro de atracción para un tipo de turismo alternativo y respetuoso, tremendamente hermoso y satisfactorio, integrado con el entorno. Esta es la página web de los autores del reconfortante milagro: http://vamosvillage.gr/ .

El desayuno en el porche de nuestra casa en Vamos.

No podíamos dejar de pasar dos días en este sitio, y mucho menos, de apuntarnos a una de sus clases de cocina cretense. Nos alojaron en una casa enorme, preciosa, tradicional, con dos plantas, para nosotros solos, pero cabían al menos seis personas holgada, cómoda y felizmente. Grandes paredes de piedra y suelos de madera. Altos techos. El lugar está además muy cerca de la singular Canea, de playas y de ruinas y en el camino que va hacia la indómita Sfakiá.

Dos latinos rodeados de sajones en la clase.

Koulas, una gran maría cretense, de hechuras y pechos generosos, con pasado culinario en Canadá y Estados Unidos, hija de padre y madre que combatieron en la resistencia contra los alemanes, fue nuestra profesora de cocina, nosotros los dos únicos latinos en medio de un grupo de ingleses y norteamericanos que no sabían distinguir un pimiento normal de un chile. Antes de la lección práctica, Koulas nos habló de la importancia de las hierbas silvestres y del aceite de oliva en la cocina de su isla.

Atento a las explicaciones.

Pasamos a lo gordo: la clase práctica. Nuestra tarea consistió básicamente en cortar, picar, amasar y rellenar. Koulas dirigía nuestras acciones (tengo que decir que éramos los alumnos más aventajados, modestia aparte) con la seguridad de una profesional de la cocina. Qué hicimos: pavo guisado con pasta, dolmades (riquísimas hojas de parra rellenas de arroz), kalitsounias (masa rellena de queso blando), croquetas de calabacín (kolokythokeftedes), ensalada griega y ensalada de remolacha con yogur. En dos horas, no está nada mal, cocinamos para diez y sobró mucha comida, porque luego, claro, nos comimos nuestra obra en una cena colectiva y a una hora antimediterránea (por dios, eran las siete de la tarde cuando empezamos a cenar), pero la ocasión dio pie a una charla distendida en un inglés macarrónico, el nuestro por supuesto, a algunas risas y por supuesto a irnos con la lección bien aprendida.

Y nos salió bueno todo, buenísimo.

Puedo decir sin temor a equivocarme que Creta es uno de los lugares de Grecia donde mejor se come. En general, en las tabernas de todo el país se repite la misma carta. En algunos sitios puedes encontrar variaciones locales, pero los platos principales y los entrantes son iguales, al menos de nombre. Incluso en restaurantes de postín encuentras inevitablemente las recetas tradicionales, bien que tratadas de forma más exquisita.

Una de las casas rehabilitadas en Vamos.

En Creta también ocurre, claro, pero es especial. Es de resaltar la importancia que se da aquí a los productos naturales, a los provenientes directamente de granjas y explotaciones de las llamadas ‘orgánicas’ y, por supuesto, al aceite de oliva, uno de los más antiguos del mundo: ya los minoicos lo producían, negociaban y consumían. Y es sorprendente lo barato que puede resultar comer bien una buena comida tradicional en Creta. Y siempre, siempre, regado al final generosamente con raki, ese destilado aparentemente duro pero muy amigable y digestivo, que se produce a riadas en las montañas cretenses.

Y otro ejemplo más.

Creta tiene sus especialidades reseñables: el dakos, un pan integral desecado en el horno y sobre el que se coloca una deliciosa mezcla de queso misithra (más suave que el feta), tomate y orégano con aceite de oliva; las ya nombradas kalitsounias, riquísimas frituras rellenas de queso o espinacas, o de jorta, una jugosa hierba silvestre; la staka, una especie de crema de queso que hace una mezcla sublime con los huevos fritos; los caracoles (jojlí) que se preparan fritos con vinagre o con arroz (huuum); el conejo (kuneli) stifado; la sepia guisada con tomate, vino y aceitunas o en su propia tinta…

La fértil región de Apokoronas, donde se encuenra Vamos.

De verdad ¿a qué estáis esperando? Ah,sí, a que salga nuestra guía de Creta. Vale.

Penélope Glamour

Ulyfox | 26 de septiembre de 2012 a las 20:32

Carretera que sigue la garganta de Kotsifou, en Creta.

Yo no soy el único viejo. Así que seguro que muchos de vosotros recordáis también aquella serie de dibujos animados sobre una carrera interminable de coches locos a través de desiertos y montañas. Sí, hombre, la del malvado Pierre Nodoiuna y su sarcástico perro Patán. Uno de los personajes al volante era Penélope Glamour, claro que lo recordáis, una rubia ingenua de larga cabellera al viento. Me he acordado ahora, viendo a mi Pe conducir con mano experta por carreteras y caminos ciertamente complicados, mientras yo a su lado llevaba los mapas, haciendo de gps humano.

El paso antes del túnel de Topolia, construido por los invasores nazis.

Creta tiene una carretera buena, la que recorre todo el norte de la isla, la parte fácil. Los cretenses le llaman autovía, pero en realidad sólo tiene cuatro carriles en tramos contados. No importa, en Grecia una carretera nacional normal es utilizada como si fuera autovía, la gente sabe convertir un carril en dos, apartándose cuando el de atrás aprieta. En caso de necesidad, el arcén también se convierte en utilizable. Este modo de conducir choca mucho al principio, pero es conveniente adaptarse y adoptarlo cuanto antes si se va a conducir mucho tiempo, como ha sido nuestro caso.

Con Penélope al volante, no hay obstáculos.

Aparte de esa carretera nacional, el resto es bastante complicado. El interior de la isla es muy montañoso y atravesarla de norte a sur, como hemos hecho varias veces, es arduo, lleno de curvas y de pendientes. Las montañas cretenses conservan su salvajismo primitivo, y las carreteras tienen unos trazados antiguos, no hay túneles, excepto uno que construyeron los invasores alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, ni viaductos. El estado del piso no es demasiado malo, pero hay que atravesar los pueblos por calles, en algunos lugares realmente estrechas. Y constantemente hay que estar pendiente de las cabras. El término circunvalación solo vale para las grandes poblaciones del norte: Heraklion, La Canea, Rethimnon.

Carreteras sinuosas y travesías estrechas, paisaje cretense del interior.

Todo esto da como resultado unas carreteras preciosas, integradas en unos paisajes espectaculares, pero muy difíciles. Todo esto lo ha solventado mi Penélope Glamour con la gracia de un experto piloto de rallys, aunque bastante más nerviosa en algunas ocasiones.

La ruta pasa por paisajes costeros escarpados y espectaculares.

Tenía motivos, como yo lo tengo para darle el Grand Prix honorífico, también en la conducción. No extraña pues, que tras esa larga expedición por Creta, las carreteras de Mykonos y Paros le parezcan a Pe una divertida pista de karts.

Penélope se toma un descanso en la garganta de Kourtalioti.

La garganta de Kourtalioti, ventosa y estrecha.

La hermosa bahía de Plakias, desde la carretera que lleva a ella, en el sur de Creta.

Vacaciones empañadas

Ulyfox | 26 de septiembre de 2012 a las 19:29

Este año, lo sé, la vuelta de las vacaciones será más triste que nunca. Siempre es duro saltar de aguas transparentes y gestos cariñosos de los griegos al trabajo diario. Pero este año no sé si estará ese trabajo, ni si estarán algunos de esos compañeros que hacen más fácil, más suave el retorno con salidas, reuniones y cervezas. Este año no sé nada. Y se hace difícil escribir de playas, capillas blancas o rudos cretenses con mostachos, si están ocurriendo o se barruntan desgracias allá lejos, pero ahora tan cerca, tan corazonamente cerca.

No sé cuántos serán o seremos despedidos, pero sí sé que ninguno lo merece, y mucho menos aún salir a la lucha de nuevo casi a cuerpo gentil, con las malas condiciones que un gobierno desalmado ha propiciado con su reforma laboral. Sí sé que los que salgan/amos han dedicado buena parte de su vida, incluso la personal, a este Diario, por supuesto mucho más que algunos de los que van a decidir, en un segundo, que su futuro inmediato se vista de color negro. Es seguro que el negocio del periodismo impreso está en crisis. Qué tontería digo: en su definitiva crisis. Pero hay que dilucidar qué han hecho los responsables de estos medios, responsables de ver el presente y el futuro, con su negocio. Y también nos gustaría saber qué están pensando para los días venideros. Lo que sí sé es que van/vamos a pagar no necesariamente los culpables, si es que se puede hablar de culpables, seguramente no.

No puedo conocer el futuro inmediato. No temo por mí. Ya soy mayor para ciertos miedos, pero no sé cuánto lo seré para afrontar problemas de cierto tamaño. En la tumba de Nikos Kazantzakis, el gran novelista, poeta y hombre de paz cretense, en lo alto de un bastión de la imponente muralla de Heraklion, su epitafio dice: “No temo nada, no deseo nada, soy un hombre libre”. Yo solo aspiro a no tener que morir para sentirme así. Buena suerte para todos.

Postal desde Paros

Ulyfox | 22 de septiembre de 2012 a las 19:17

La playa de Alyki, una de las muchas maravillosas de Paros.

Ahora que hemos terminado nuestro trabajo de campo, estamos por fin de vacaciones. Han sido, en total, casi 50 días recorriendo Creta, descubriendo, comprobando, disfrutando, admirando, corrigiendo, sintiendo esta isla única, asimilando para poder contar dentro de un año, más o menos, a los lectores de nuestra próxima guía lo que no deben perderse, lo que deberían buscar, en qué deberían fijarse. A partir de ahora, dentro de poco, vendrá el trabajo de plasmar todo eso en letras sucintas, directas y con alma.

En la iglesia de Agios Ioanni, en el extremo noroeste de Paros.

Pero ahora, por unos días, estamos de vacaciones. Y hemos elegido Paros, una isla blanca del archipiélago de las Cícladas, pequeña, hermosísima, serena, humilde y elegante, lejana del ajetreo de, por ejemplo, Santorini o Mykonos. Una islita con un vino fantástico y unas playas limpias de arena dorada, un lugar espléndido con rincones edénicos, como Alyki, un pequeño puerto de pescadores con varias tabernas fantásticas y un agua cristalina en la orilla y azul graduado hacia el interior. Ahora que el viento está calmado es el lugar ideal para unas vacaciones.

Tras el almuerzo en la taberna To Balkony, de Alyki

Algunos de vosotros ya la habéis probado y sabéis que a vosotros, especialmente, va dirigida esta postal, con amor desde la isla del mármol que alumbró a la Venus de Milo, Paros.

Pistolas y vendettas

Ulyfox | 20 de septiembre de 2012 a las 22:53

 

Cartel señalizador de un pueblo, agujereado por disparos, en el interior de Creta

 

Dice el tópico que todos los cretenses tienen al menos una pistola o una escopeta en su casa. Si les preguntas directamente te responden, sin palabras, con una sonrisa. Así que quizá están dando a entender que sí. Lo cierto es que hace unos cuantos años debía de ser verdad. Y de ello pudieron dar fe los alemanes del III Reich cuando invadieron esta isla, y la mayor resistencia les vino de la población civil, ya que las tropas aliadas fueron evacuadas ante el avance nazi. Digamos que hay como una tradición de rebeldía transmitida de padres a hijos y nietos desde hace siglos.

Otro cartel en Sfakiá, el del pueblo de Argoulés.

Lo cierto también es que esta tendencia al uso de armas se puede apreciar a simple vista en las carreteras, sobre todo las del interior de la isla, y muy especialmente en la nunca dominada región de Sfakiá, en torno y al sur de las imponentes Montañas Blancas. La mayoría de las señalizaciones y rótulos junto a las calzadas muestran numerosos impactos de disparos, agujeros de todos los tamaños en torno al nombre de una población o sobre la señal de curva peligrosa. Los cretenses tienden a utilizar sus armas en todas las festividades, sobre todo en las relativas a los ciclos naturales. Stelios, nuestro conductor en la excursión en jeep a la playa de Balos, nos contaba, delante de un alambique, que cuando llega noviembre se produce en todos los pueblos un gran alboroto. La gente destila el raki, una especie de orujo recio y delicioso, con los sobrantes de las aceitunas prensadas, en medio de enormes discusiones risueñas sobre quién elabora el mejor de este licor exquisito, y todos disparan sus pistolas al aire ¿No os dan ganas de volver en otoño a probar esta vitamina única?

Así está el anuncio de entrada en la prefectura de Rethymno

A Stelios le pregunté directamente sobre otro de los tópicos en torno a los cretenses: la permanencia de las ‘vendettas’ con resultados mortales. El sí respondió francamente. Todavía existen, dijo sin dudar, y nos contó el caso de un hombre al que le pusieron una bomba, hace sólo tres años, mientras cuidaba de los tomates en su huerto. ¿Y por qué razón? Quién sabe, dijo: una cuestión de honor, alguna pelea por mujeres, rencillas entre familias…

Curva peligrosa.

Pero nada en el aire de los pueblos cretenses profundos, en los kafeneios de las tranquilas plazas, hace notar ese presunto ánimo violento ¿qué será lo que hace saltar esa espoleta? Algo tan antiguo como esta tierra, seguramente. ¿Creta o Sicilia? Las dos tienen un aire muy parecido, lo que no es de extrañar si tenemos en cuenta que la isla italiana perteneció durante siglos a lo que se llamó la Magna Grecia. Pasiones a lo mejor, sinrazones seguramente. No me siento capaz de responder.

Caminata enorme (lo conseguimos)

Ulyfox | 18 de septiembre de 2012 a las 19:19

El comienzo de la garganta de Samaria, un largo y empinado descenso.

Samaria es una pasada, un reto, una enormidad, la garganta geológica más larga de Europa: 16 kilómetros de sendero andando entre piedras, paredes de roca altísimas, bosques de pinos, robles y cipreses. Eso sí: siempre cuesta abajo. Y es una de las grandes atracciones de Creta.

Vistas desde el Xiloskalo, primeras impresionantes del sendero

Todos los años, miles de aficionados al senderismo, el trekking y el hiking, o simples turistas desprevenidos se aventuran a triscar por esta preciosa ruta trazada por la erosión en las Montañas Blancas, una de las pocas heridas que se ha dejado hacer la rebelde tierra de Sfakiá, la patria de los grandes guerrilleros contra la ocupación árabe, la veneciana, la turca, la fascista… contra todas las dominaciones. Pero tuvieron que aliarse el viento y el agua para hacerla.

Una de las pocas zonas llanas, en la primera parada de descanso.

Creta es una isla con numerosas gargantas. En realidad, es uno de los paraísos del senderismo europeo, con un interior que se eleva por encima de los 2.000 metros en muchas ocasiones, con ríos poderosos que en invierno van desgastando lo que se interpone a su paso: nombres como los de Aradena, Imbros, Kotsifou, Roubas, Agia Irini, Ha, De los Muertos responden a otros tantos cañones impresionantes.

El camino transcurre muchas veces sobre las grandes piedras del lecho seco del río.

Nosotros no somos especialmente senderistas, ni tenemos bastones para marchar, pero en esta ocasión era una obligación: antes de ir nos compramos unas botas de trekking (una magnífica compra en una tienda especializada de El Puerto, no puedo decir más), imprescindibles. Así que, pese a nuestros miedos por cómo respondería  el cuerpo al reto, nos decidimos. Y ahí estábamos, a las seis de la mañana, esperando en La Canea el autobús que habría de llevarnos a la meseta de Ómalos, punto de partida de la garganta de Samaria. Íbamos con una excursión organizada, eso te asegura plaza en el autobús de vuelta.

La mayor parte del camino transcurre entre hermosos bosques.

Después de un desayuno en un bar especializado en proveer a los turistas para la ocasión, nos soltaron ante Xyloskalos (‘escalera de madera’) la primera parte del recorrido, más de dos kilómetros de fuerte bajada por escalones flanqueados por una barandilla de madera, hasta llegar a la primera área de descanso, fuente de agua fresca junto a un enorme ciprés. Este primer tramo era el de las dudas, ¿aguantarán las rodillas? ¿seremos capaces de acabar? Las piedras eran muy deslizantes y delante de nosotros una turista se dio con la rodilla contra una piedra. Lloraba de dolor. Primera baja. Tuvo que volverse a lomos de un mulo de los dispuestos en el camino para estos casos. Mala suerte, decíamos mientras pensábamos ¿y si nos ocurre a nosotros? La guía, una rusa de San Petersburgo que hace este camino tres veces a la semana, no animaba: “Sólo llevamos dos kilómetros trescientos metros” decía con cara de querer decir “qué lentos váis”. Pues íbamos como podíamos, nosotros pensábamos que normal, demasiado para ser dos animales sedentarios con una digamos que cierta edad.

El camino empieza a estrecharse pasada la mitad del recorrido

Pero no os creáis, los kilómetros iban pasando, las camisetas se empapaban pero el calor no era excesivo puesto que, al salir temprano, el camino se hace casi todo con la espléndida sombra que dan los bosques. En julio o agosto debe de ser infernal. Pero va muchísima gente, familias enteras, grupos de colegiales con profesores, hombres y mujeres bastante mayores que tú dices ¿cómo se atreven?, algunos con chanclas, otra con una venda en la rodilla, pero no se ve a nadie con cara de disgusto y sí muchos riendo, tal vez para disimular el tremendo cansancio.

No se paraba nuestro entusiasmo pasada la mitad del recorrido

Por este camino histórico escapó el rey Jorge de Grecia, abuelo de Sofía, con parte de su gobierno cuando los alemanes invadieron Creta en la Segunda Guerra Mundial. Claro que él lo hizo a lomos de mulos. Ahora está señalizado, con áreas de descanso, numerosas fuentes de agua fresca, sólo hay que llevar comida para ir manteniendo la energía. Cada parada se disfruta, algunas de ellas en lugares abandonados como el antiguo pueblo de Samaria. Se mira y se admira a cada paso, los cortados, los enormes bosques, los picos a lo lejos. Uno se da cuenta de cómo van doliendo los pies y las rodillas, pero es como si el cuerpo fuera tonificándose, el cansancio es mayor al principio, luego notas que la fatiga te pide no parar más que lo justo para recuperar algo y llegar a tu destino.

Y las paredes se seguían estrechando…

Es verdad que cuando descansas después de tres horas y media te das cuenta de que te queda aún lo mismo que has andado.

Sí, hombre, yo también iba.

Y que el calor empieza a apretar, pero la promesa de nuevas atracciones te va dando ánimos: “Ahora viene el cañón, la parte más estrecha, luego las llamadas sideroportes, es decir ‘las puertas de hierro’, donde las paredes de la garganta están apenas a tres metros de distancia y se elevan a cientos por encima de tu cabeza, y luego el poblado abandonado de Agia Roumeli y luego, mucho más allá y, aunque bajo el sol, la espléndida playa del mismo nombre, ya en el Pélagos Lybikon, el Mar de Libia, cristalino como pocos, donde podrás refrescarte del esfuerzo”.

La Sideroportes (Puertas de Hierro) es la parte más espectacular del cañón.

Sea como sea, lo conseguimos. Y por más que durante bastante trecho pensáramos que había que mirar demasiado tiempo el suelo, por más que fuera imposible divisar ni una sola cabra kri-kri (una especie de íbice endémico de Creta), por más que dijéramos a quién le pueda gustar esto, cuando llegamos a Agia Roumeli, el final del camino, nos invadió una gran alegría junto con la de quitarnos las botas: la de haberlo logrado. Y nos zampamos un almuerzo de salchichas, dakos (pan desecado con queso mizithra, tomate y queso) y ensalada, y cerveza bien fría para arrastrarnos luego hasta la orilla y refrescarnos; y seguirnos arrastrando hasta recoger el billete del barco, única manera de salir de allí, hasta Sougia, donde ya llega de nuevo la civilización en forma de carretera y de autobús de vuelta.

Los tres últimos kilómetros son más fáciles, pero sin sombra.

Y esa noche dormimos regular, y al día siguiente estábamos agotados, y las agujetas en las piernas nos duraron cuatro días, pero qué queréis que os diga, la experiencia fue única. No importa que los senderistas de verdad digan que Samaria, con sus siete horas de caminata, es para débiles. Nosotros disfrutamos, por muchísimas razones, algunas de las cuales han quedado aquí expuestas, y mostradas en forma de fotografías.

Una cerveza, comida, playa e incluso el suelo plano como cama, recompensas del final del camino.