Mil sitios tan bonitos como Cádiz

La decepción

Ulyfox | 3 de marzo de 2013 a las 2:44

El claustro de Santo Domingo de Silos

¿No os ha pasado nunca? Seguro que sí. Esperar ver algo que os va a emocionar porque lleváis años esperando, y al final no. Pasa a menudo. No sé. Yo, por ejemplo, esperaba más de las pirámides de Egipto, esperaba caerme rendido a sus pies, que me entrasen ganas de arrodillarme por la incomprensión ante tamaña grandeza. Habría sido feliz si hubieran brotado lágrimas. Y no. Sin embargo, los ojos se pusieron brillantes y la boca se abrió unos días antes, en el patio de mi primer templo egipcio, en Medinat Habu, ante esos muros llenos de relieves y esos techos coloreados.

Los maravillosos capiteles de Santo Domingo.

Ansiaba, mi gran sueño, temblar ante la visión del Tesoro de Petra tras el desfiladero del Siq, y el estremecimiento llegó en un ligero vibrar, mucho menor de lo deseado. No me decepcionó Petra, eso es imposible, pero mi corazón no se desbocó ante el Tesoro, como yo ansiaba, teatrero que soy, desde décadas atrás. Y sin embargo, recorriendo el Cardo Máximo de Jerash, mi asombro pasmado no cabía en mí, paseando entre las filas de columnas corintias y subiendo escaleras monumentales, deteniéndome ante las fuentes e imaginando aglomeraciones del tráfico romano de entonces, ante la piedra que señalaba el cruce del Cardo con el Decumano.

Ahí estaba yo, esperando la iluminación.

Debo declarar aquí y ahora que yo he sido prisionero en mis viajes del recuerdo de muchas fotos de aquel maravilloso libro de texto de Historia del Arte de sexto de Bachillerato. Y por eso he buscado en todas partes la realidad que mostraban sus imágenes. Por eso en Micenas realicé mi deseo ante la Puerta de los Leones, en Atenas ante las cariátides, en París ante Notre Dame, en Londres ante la Piedra Roseta, en el Louvre frente al friso persa de los arqueros (gran llorera) o en Toledo en unos minutos suspendidos en la iglesia de Santo Tomé, ante El entierro del conde de Orgaz de El Greco.

Relieves en una esquina del claustro románico.

Y esa pequeña decepción conmigo mismo me volvió a ocurrir cuando estuve ante una de mis visiones largamente anheladas: el claustro románico del monasterio de Santo Domingo de Silos, hace siete años. Amo los claustros. Quizá haya rasgos monásticos en mi subconsciente y la meditación aparece como un deseo oculto, pero adoro esos patios cuadrados rodeados de arcadas sucesivas, hechos como para darle vueltas a los deseos y los temores propios o para largas conversaciones profundas con un interlocutor inteligente y comprensivo o con uno mismo. Y ahí estaba Santo Domingo, con su románico sobrio, síntesis de mi estilo favorito, más primitivo que el orgulloso gótico triunfalista y puntero, más sencillo que el desmesurado barroco, y más humano que el rígido orden clásico. Y ocurrió: no me estremecí. Nos desviamos del camino para ver Santo Domingo, yo recordando para mis adentros el inicio del bello soneto de Gerardo Diego: “Enhiesto surtidor de sombra y sueño/ que acongojas al cielo con tu lanza…” también levemente olvidado de otro libro, el de Literatura. Y ante la sucesión de arcos, columnas y capiteles, y a pesar de la explicación del guía, del reconocimiento al labrado de los canteros anónimos, de la mañana soleada que daba la luz casi perfecta al claustro, no hubo nada de la admiración que yo esperaba, apenas un hálito de emoción casi forzada. No sentí la elevación y sí la decepción. Esas cosas pasan. Quién sabe, quizá después de todo y a pesar de lo que pensaba mi madre, yo no iba para cura. Y  bien que lo siento. Lo de la emoción, no lo de cura.

Grándola, vila morena!

Ulyfox | 25 de febrero de 2013 a las 22:42

Memorial dedicado a la canción de Zeca Afonso, a la entrada de Grándola.

 

Allá por el año 1975, en los últimos estertores de Franco y de su nefasto régimen, tan bien digerido por los españoles durante 40 años, muchos desesperados por la duración de una dictadura que parecía no tener fin repetíamos un lema rimado y consolador: “Menos mal que nos queda Portugal”. El país vecino (hermano, decían los del régimen, defensores de un pacto ibérico que asoció más de palabra que de hechos a dos dictadores, Franco y Oliveira Salazar) había salido el año antes por fin de la opresión mediante un golpe de militares demócratas, incruento y esperanzador como pocos. Fue el 25 de Abril, la Revolución de los Claveles, llamada así porque los soldados que habían librado al país de la vergüenza llevaban esa flor regalada por los ciudadanos en el cañón de sus fusiles.

Una puerta manuelina, en el Alentejo del 92

En España muchos mirábamos con envidia al otro lado de la raya, y viajar a Portugal se convirtió en algo más que turismo, en una forma de respirar libertad con sólo dar un pasito desde Badajoz o Ayamonte. En nuestro país, llevar claveles en la mano era como enseñar a los grises el libro rojo de Mao pero con menos peligro. Recuerdo que el 25 de abril de 1975, en aquella Facultad de Periodismo gris y hormigónica que algunos años después sirvió de escenario ideal para ‘Tesis’, la ópera prima de Amenábar, fue convocada una peculiar protesta: como modo de reclamar democracia se pedía a la gente que viniera vestida con los colores de la bandera portuguesa: rojo y verde. Obviamente, yo carecía de estilo para combinar sabiamente esos dos colores tan poco combinables, pero bastante gente se las ingenió para hacerlo, y de paso traer claveles. Tampoco tenía dinero para viajar, ni siquiera a Portugal, tan distinto, tan cerca, como decían los eslóganes que empapelaban las cabinas de Madrid con una foto en la que una joven saltaba con un clavel, rojo por supuesto, en la mano.

Los azulejos de Portugal, tan sorprendentes en todos sitios.

En aquellos tiempos prehistóricos, Fuerzas Armadas tenía un significado muy distinto de Forças Armadas. Así, dicho en portugués y comiéndose las vocales, sonaba musical, liviano y alegre. En español, daban miedo juntas. Y una canción de José ‘Zeca’ Afonso, de cierto ritmo marcial y que sirvió para dar la señal de salida al golpe democrático, se convirtió en himno ibérico: era Grándola, vila morena. ‘O povo é quem mais ordena’, decía en uno de sus versos: el pueblo es el que manda.

Me emocioné el otro día al oír que un grupo de personas, artistas y músicos, se habían colado en el Parlamento portugués para protestar contra las medidas de austeridad que en Portugal, como en España, como en Grecia, están llevando a la gente a la ruina por culpa de la ambición de los de siempre. Y su protesta fue original, sencilla, sensible, emocionante: cuando el primer ministro, Passos Coelho, estaba hablando de esas medidas, se levantaron y entonaron, muy bellamente por cierto, Grándola. Y sin embargo, las fuerzas de seguridad los desalojaron a ellos, no al primer ministro. Aquí podéis verlo: http://www.youtube.com/watch?v=bmFTcYneygk   El gesto parece que está siendo ahora repetido por grupos en actos a los que acuden ministros, algunos de los cuales incluso cambian horarios o no aparecen en los actos para no sufrir la protesta incontestable, temerosos de unas desarmantes palabras y notas musicales.

El espléndido claustro de los Jerónimos en Lisboa.

No viajamos entonces, en aquellos ilusionantes años, a Portugal, pero después lo hemos hecho a menudo, y siempre hemos disfrutado. Nunca hemos ido a Grándola, no sé siquiera si tiene mucho que ver, pero de camino a Lisboa en coche hemos pasado varias veces ante la desviación, y siempre yo, cantarín como soy, he entonado la canción desde que el rótulo aparecía en la carretera. Creo que la próxima vez nos desviaremos. O tal vez sea más acertado decir que tomaremos el camino correcto. Obviamente, la foto que encabeza este post no es nuestra.

¡Ya está!

Ulyfox | 21 de febrero de 2013 a las 14:01

 

Coche de caballos en el puerto veneciano de La Canea, la joya de Creta.

Hemos terminado, alea iacta est! que siempre queda bien una cita en latín. Es decir, que la guía de Creta, la nuestra, ya está acabada, que ya hemos enviado el original a Anaya. Ahora queda la edición, la corrección y el ajuste de los textos, la elección de las fotos y ese trabajo editorial tan bonito. Es decir, que aún resta trabajo. Pero lo fundamental, la redacción de los capítulos, el repaso una y otra vez, la elección de las palabras procurando que sean justas, descriptivas, evocadoras y concisas a la vez, la selección de los lugares, la calificación de los locales, la preocupación por el detalle y la generalidad, el descarte de lo que no querríamos descartar, la confirmación de los datos prácticos, las largas y placenteras veladas ante los ordenadores, cotejando, debatiendo, discutiendo conceptos y enfoques… todo eso está listo. Como en la foto que abre este post, que muestra la aldea de Agia Roumeli, a la salida de la Garganta de Samaria, nos vamos alejando de Creta… o tal vez acercándonos más.

El puerto de Rethymno, una mañana de junio

De pronto llegó el segundo decisivo, el que marcó la enorme diferencia entre el de un segundo antes y un segundo después, entre la pesada carga de la responsabilidad y el alivio incrédulo: “¡Pues yo creo que esto ya está!” Poco, poquísimo antes, aún estábamos enredados entre dónde ir con niños o cómo llegar desde La Canea a Heraklion, y de pronto, nos encontramos con la inmensa alegría del trabajo acabado, y creemos que bien hecho. De momento, las primeras reacciones de la editorial son de satisfacción por nuestro texto ¿Qué más podemos pedir? Sí, claro, más dinero, pero mira por dónde no esperaba llegar a decir, en tratándose de trabajo, que lo más importante no es lo que te pagan. Pero así ha sido esta vez.

En la plaza baja de Anogia, en las laderas del Psiloritis.

Gracias a la realización de esta guía, y después de dos meses largos dando vueltas por Creta, en primavera, verano e invierno, podemos decir que ya somos unos expertos en la isla de Zeus, que seguramente no será una cosa muy útil pero os puedo asegurar que nos da mucho gusto. Sabemos que cuando volvamos tendremos amigos a los que saludar, y algunos hasta nos invitarán con placer. En Heraklion siempre tendremos una botella de retsina kekrivari y en Kato Zakros una pareja de hoteleros muy especiales con los que charlar; en La Canea reconoceremos los muelles soleados y en Rethymno Yiorgos y Katerina quizá hagan de nuevo para nosotros la pasta filo.

Creta es ante todo vida rural tradicional.

Y por aquí, es seguro que más de dos usarán nuestras palabras para guiarse en las carreteras que bordean el monte Psiloritis o para buscar el monasterio de Agios Nikolaos donde el eremita Christódulos nos obsequió con galletas y raki, o para comprobar la tragedia del Moní Arkadi o si realmente la laguna de Balos frente a Gramvousa es tan impresionante. Cuando vayan a Creta, tal vez alguno se decidirá por nuestra guía como su guía, y entonces nos habremos extendido tanto tanto como nunca habíamos soñado, habremos compartido nuestra admiración y amor por Creta hasta límites insospechados. Si con suerte son varios miles (ánimo, ánimo), habremos sembrado algo de eso, y nunca tendremos tiempo de agradecer tanta suerte. Casi un año de trabajo, con Pe al pie del cañón. No podemos decir que ha merecido la pena, porque no hay pena, ni la más mínima.

 

Color y luz inusitados en la playa de Elafonisi.

 

Suiza, patria querida

Ulyfox | 17 de febrero de 2013 a las 1:53

El lago Leman de Ginebra nos recibió con su gigantesco surtidor.

“¡Ay Suiiiza, patria queridaaaa/ay Suiiiza de mis amoreees,/ yo tengo una cuenta en Suizaaaaa,/ con muuuchísimos milloneees!/ Vivan las cuentas en clave, la fuga del capital, /y el tráfico de divisas. Viva la Suiza neutral./ Viva la Suiza neutral, refugio de mi chequera,/viva la banca extranjera con capital naaaaacioooonaaaaal”. Así cantaba en los últimos 70 Luis Eduardo Aute en un disco histórico y divertidísimo compuesto a partir de los personajes de Forges, en esta ocasión con la música del célebre Asturias patria querida. Algunos, si tenéis la suficiente edad, lo recordaréis.

Y esos jardines que nos maravillaron.

Y ya véis, han pasado más de 30 años, se murió Franco y eso sigue igual: los mismos se siguen llevando lo mismo a esa Suiza neutral, mientras los mismos tontos seguimos trabajando y pagando impuestos. Pero no nosotros, nosotros fuimos a Suiza a finales de los ochenta, en un viaje de aquella agencia mítica: Mundojoven. Circuitos duros, baratos, de mochilero organizado, con hoteles de tres estrellas, guía dinámico y grupos normalmente de buen rollo. Jornadas enteras de autobús, con aquellas temibles para mí ‘noches en ruta’. Aquella vez llegamos de Madrid a Suiza de un tirón. Salimos de la capital de España por la mañana y paramos por la tarde unas horas en Barcelona. De noche atravesamos Francia hasta que a mediodía llegamos a Ginebra.

Por las calles de la vieja Ginebra.

A Ginebra llegamos destrozados, tanto que caímos rendidos de sueño en un maravillosos césped ante el lago Leman, con su inmenso surtidor y el macizo del Jura enfrente. También nos pareció un sueño europeo, nosotros en uno de nuestros primeros viajes al continente, provinientes de un país como quien dice recién salido del subdesarrollo.  Y a pesar de que ya sabíamos que bajo aquella pulcritud se escondía la mierda, nos extrañamos y maravillamos ante la civilización, la limpieza de las calles, los periódicos puestos en la acera sin vigilantes y todo el que cogía uno dejaba la moneda, los pasos de cebra que todo el mundo respetaba, los jardines cuidados, la calma en los parques, la gran cantidad de asiáticos y africanos instalados allí mucho antes de que aquí conociéramos el significado de la palabra inmigrante, la patria de Rousseau, la sede de la Sociedad de Naciones, los restaurantes en las calles…

En la calle principal de Berna.

Y después conocimos Berna, la verdadera capital cuyo símbolo es el oso, de tejados altos y relojes musicales en torres medievales en un recodo del río, y Lucerna con su puente medieval de madera sobre el lago de la ciudad, que a los pocos años ardió en un incendio y fue reconstruido. Y cada kilómetro que el autobús recorría, el asombro por los verdes valles y las altas montañas al fondo, cumbres nevadas y laderas verdes como alfombras o prados siempre segados. Que no es mentira si decimos que a cada curva esperábamos ver aparecer a Heidi y su abuelito. Que era como en las películas, pero de verdad. Que subíamos una carretera de montaña y el paisaje se aparecía como un fondo para Sissi emperatriz, y las vacas eran casi, casi de Milka.

 

En el balcón del hotel en Lucerna.

 

Que sí, que nos gustó. Mucho. Y que no recordamos la comida, salvo una pizzería de Ginebra y una infame solución urgente en un Mc Donald de Lucerna, sorprendidos porque los restaurantes ya no te servían cena a las 9. De todas formas, no es la cocina lo más destacado en ese país. Que llovía casi siempre y que no lo hemos olvidado. Y que por supuesto, no tenemos ningún dinero allí… salvo alguna cosa.

Y además, debéis perdonarnos el color de las fotos, desvaídas por el tiempo, la meteorología y la pobre tecnología que nos acompaña. Al natural era todo tan bonito, que algunas hemos preferido ponerlas en blanco y negro.

Ante el puente de Lucerna, sobre el lago del mismo nombre.

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Frío, el de fuera

Ulyfox | 9 de febrero de 2013 a las 1:26

El frío en Zamora es de verdad.

 

O ante la hermosa Colegiata de Toro.

Hace frío, dicen. Frío el de otros lugares. Siento discrepar, pero nunca he entendido el dicho tan extendido (valga la aliteración) de que el frío de Cádiz es peor que el de Madrid, por ejemplo. Que en Madrid (o en París, o en Berlín) te pones un abrigo y se te quita el frío porque es seco, pero que aquí no hay manera, que se te mete en los huesos por su humedad por mucho que te abrigues… ¡venga, hombre! Yo no recuerdo haber pasado más frío en mi vida que la primera vez que estuvimos en París un fin de año, hace ya… Es verdad que coincidió toda la semana con una niebla espesa. No sabíamos cómo abrigarnos, reliados en bufandas, capuchas, pijamas bajo los pantalones y guantes que no impedían que las puntas de los dedos se tornaran cubitos de hielo. Seguramente no íbamos preparados, y si nos hubiéramos cubierto convenientemente habríamos salido mejor parados, seguro. Pero entonces, es lo que yo digo: que hace mucho más frío si necesitas mejores y más gordas prendas. Otro cantar es si las casas y los locales públicos están preparados aquí, que seguro que no, pero vamos que nos pongamos como nos pongamos, hace más frío en Palencia que en Cádiz.

En Lerma, el mejor cordero

Sea como sea, y como muestra de lo extraordinario del ser humano, ha terminado gustándome el frío en los vacaciones. Desde hace mucho tiempo, adoro los viajes en invierno (también el de Schubert). La experiencia de este año en Creta ha sido fantástica. Pero esta afición empezó hace años. Fue en París aquel Año Nuevo cuando descubrimos el intenso y desconocido placer de entrar en bares, restaurantes y cafeterías calentitos, pero la cosa creció en reconfortantes excursiones por Castilla, Extremadura o Cantabria cuando el frío apretaba, con las lejanas cumbres nevadas tras las ventanillas del coche, las apresuradas salidas frotándose las manos a la hora de parar a repostar en las gasolineras, el temor a que la nieve se acercara a la carretera, siempre sin cadenas. El gusto alcanzaba cotas sublimes cuando tocaba entrar a algún asador, ante un lechazo asado acompañado de una simple ensalada y un vino tinto recio, o tras el entrante de una restauradora sopa castellana. Y hasta te ríes cuando toca un largo rato de revestirse ante

¿Conocéis Covarrubias, la de bello nombre?

s de volver al frío de fuera, bendiciendo por dentro las bajas temperaturas.

¿Y Aranda de Duero?

Y aunque siempre apetece pasear sin tanta ropa, guardo para siempre el frío y los montones de nieve en las calles de San Gimignano, aquel viento en una esquina de Salamanca ante la estatua de Salinas con la oda que le escribió Fray Luis de León escrita en su pedestal (“el aire se serena y viste de hermosura y luz no usada…”), las rachas heladoras ante el mercadillo navideño junto al lago Como, donde compré un increíble pecorino con trufas, el paseo novato por Ordesa y el Monte Perdido con los peligrosos resbalones sobre el hielo, el mejor cordero del mundo en Lerma, los vinos descubiertos en La Alberca, la luz de la catedral de Burgos, un paseo bajo una lluvia fina hasta la cueva de Altamira, el descubrimiento del casco antiguo de Cáceres o la playa de Comillas los tres llenos de bufandas.

El Monte Psilorits surge de las nubes en un atardecer de enero en Creta.

Y por supuesto, lo último, el blanco Monte Psiloritis apareciéndosenos al final de un día de nubes y frío de este pasado enero por el valle de Amari, poderoso, endiosado, saludándonos desde sus 2.456 metros, por fin enmarcada su cumbre de nieve contra un cielo tan azul como solo es posible en Creta. Lo habíamos estado buscando todo el tiempo y al final, cayendo la tarde, cuando ya volvíamos a Rethymno, quiso decirnos hola, y vaya cómo lo hizo. Parecía despedir el día desde su altura, como si hubiera aparecido de entre las nubes sólo para ordenar al sol que se pusiera. Si quería impresionarnos, lo consiguió, por Zeus.

Llamada a Ricardo

Ulyfox | 6 de febrero de 2013 a las 14:54

Por si sigues leyendo esto. Me ha llegado una llamada de ayuda de esas que nos gustan porque no es grave, porque no incide en las tragedias e injusticias que estamos viviendo en estos días terribles. Se trata de viajes. Ricardo, tú puedes echar un cable.

Carmen, una lectora más o menos asidua de este blog, enamorada de Creta y de toda Grecia como nosotros, viajera persistente, quiere viajar este año al Peloponeso sur, ya sabes, ese Mani que tanto te gustó hace años y que has revisitado hace poco. Pide información. Y, Ricardo, eres entre todos los que conozco, el que más sabe de esa región. Así que si puedes…

Pongo aquí el comentario que me ha llegado de Carmen a una entrada anterior:

Hola, soy Carmen (otra enamorada de Creta, como vosotros).

No sabía muy bien dónde dejar este comentario y he pensado que en tu última entrada o post estaría bien. Entro para preguntarte si conoces la zona sur del Peloponeso. Quisiéramos ir a Gerolimenas (Yerolimenas) y Porto Kagio, pero hay muy poca información sobre el Peloponeso, fuera del circuito Mistras, Epidauro, Mesina o Momenvasia… y cómo vosotros sois unos verdaderos apasionados de la zona oriental del Mediterráneo… he pensado que sabríais algo más sobre esa zona. Por supuesto, que mejor información que la que aparece en las guías de turismo.

Salu2 y muchos viajes

Anda, Ricardo, échanos una mano. Y un abrazo

Difícil

Ulyfox | 6 de febrero de 2013 a las 14:47

Podéis verlo como una justificación. Lo pretendo. Me encanta este blog, pero todo mi tiempo libre lo estoy dedicando a acabar la guía. No importa, es un trabajo maravilloso. Pero absorbente, sobre todo cuando se une al también absorbente trabajo cotidiano y a las obligaciones de la vida normal. Por no hablar de las necesidades físicas de alimentarse y dormir, que también se llevan su tiempo.

Este trabajo que un día afortunado nos tocó nos tiene atareados. Y eso incluye que hayamos abandonado, casi literalmente, a los amigos, las aficiones y casi a la familia. No importa. Ya estamos casi a punto de acabarlo. Hecho el gozoso trabajo de campo, acabada la recopilación y confirmación de datos, terminado el borrador del texto definitivo, ahora estamos en la fase de repaso, corrección y remate de detalles. Pienso que acabando el Carnaval estará acabada la guía, al menos en lo que se refiere a nuestro trabajo. Luego vendrá la tarea de edición y ajuste de los textos, pero eso corresponde en su mayo parte a Anaya Touring. Espero dejárselo facilito.

Y entonces volveremos a ver a los amigos, a ir al cine, a salir a comer y esas cosas que añoramos. Ya tenemos varias citas apalabradas. Por favor, no os bebáis todo el vino que nos tenéis guardado.

Y a seguir escribiendo en este blog. Difícil en estas condiciones. Pero volveré.

Trilogía de Iberia III (Estambul)

Ulyfox | 30 de enero de 2013 a las 14:25

Al atardecer en el puerto de Estambul

Había dejado yo inconclusa la trilogía sobre la afrenta que la antaño compañía de bandera nacional Iberia ha perpetrado contra las relaciones mediterráneas españolas al suprimir sus vuelos con Atenas (la maldición de Zeus caiga sobre ella e invite a muchos de sus directivos a hacer una excursión en la barca de Caronte), El Cairo y Estambul. Me faltaba precisamente esta última, la Sublime Puerta, la que fue la ciudad de Constantino, Constantinopla, la capital de Bizancia, ese imperio romano de Oriente que tantos frutos impresionantes dio, y que ahora despreciamos incluyendo a sus refinados habitantes bajo el despectivo nombre colectivo de ‘moros’.

En el palacio de Topkapi, esplendor de los azulejos.

De aquella corta visita a Estambul, primera y única en el año 97, nos quedaron tantos buenos recuerdos, tantas sensaciones nuevas e imborrables que no pasa nunca mucho tiempo sin hacernos el propósito de volver. Tengo escrito seguramente ya (tiendo a repetirme con mis amores eternos) que aquella vez el primer día nos dio un poco de miedo, el segundo día nos gustó, el tercero nos conquistó y el cuarto fatídico no nos queríamos marchar. Sé que a muchos les ha pasado lo mismo desde hace siglos, así que no somos originales. Y también sé que a muchos otros les sigue dando ese miedo o al menos prevención tan fuerte que les impide elegir a la fastuosa capital turca como una de sus opciones a la hora de viajar. Conozco igualmente a algunos que fueron con ese prejuicio y volvieron encantados. Por no hablar de las delicias del resto de ese gran país europeo y oriental que es Turquía.

El bullicio cerca de la Mezquita Nueva. Al fondo, dominando todo, la de Suleimaniye.

Quizá Iberia, llevada por ese rumbo ciego del capitalismo moderno que desdeña los medios de transporte como servicio público y cultural y recalca sólo su papel de rentabilidad cuando no como forma de enriquecerse (algunos), desprecie esa ciudad, que en realidad es la capital de una gran nación emergente en lo económico, poblada por gente amable como sólo lo pueden ser los humildes. Me temo que da igual decirles que se equivocan. Así que esto es una invitación a los que siguen leyendo este blog-guadiana, a que se busquen otras alternativas, por ejemplo la estupenda Turkish Airlines, y que no dejen de visitar la ciudad mágica, de mirar hacia arriba la mística cúpula de Santa Sofía, que desciendan a la cisterna de Yerevatán o que se dejen caer en las alfombras de las libres y abiertas mezquitas Suleimaniye o Sultanahmet. ¡Ánimo! la rebelión tiene muchas puertas.

Lo que no os puedo ofrecer es que tengáis la compañía que yo tuve en ese viaje.

Bocadillo de caballa asada al momento en las barcas del puerto.

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Rellenos de resistencia

Ulyfox | 24 de enero de 2013 a las 14:55

Limpiando deliciosas flores de calabacín en Zaros.

Aquellas mujeres de pueblo cretense, muy de mañana, estaban limpiando amarillísimas flores de calabacín. Limpiarlas significa simplemente quitarles las hormigas y otros bichitos, delicadamente y con la punta de un cuchillo, y luego sacudirlas para que caiga lo que tenga que caer. Amaneció un día espléndido en Zaros, en el centro de Creta, a los pies del monte Psiloritis, después de una noche en la que el viento había golpeado con fuerza en las ventanas y aliviado un poco el intenso calor de la tarde anterior. En Zaros no había mucha gente esa mañana de junio. Por las calles, de hecho, solo se veía alguna mujer limpiando la entrada de su casa, alguna mujer regando sus plantas, alguna mujer preparando flores de calabacín para rellenarlas, como estas de las que hablo.

De mañanita, con el café y unos bizcochitos, se preparan las flores.

Nos acercamos (‘kalimera!’) a preguntar qué hacían, y como pudimos, nos entendimos. Limpiaban las flores para luego escaldarlas un poco y rellenarlas de arroz con cebolla, eneldo y yerbabuena. Todo eso se cuece junto y sale una comida deliciosa, ideal si se acompaña con un poco de yogur o tzatziki y un buen vaso de vino. Damos fe. Después de explicarnos someramente la receta de estas dolmades nos preguntaron de dónde éramos (apó pou iste? Ispanía? Ah, orea!) y cómo estaba nuestro país. Con la misma crisis que aquí, les dijimos. “Ah, hijos, si seguimos así dentro de poco comeremos nada más que dolmades“, se lamentaron entre risas. Nos preguntaron cuándo nos íbamos. Ahora mismo, les dijimos. “Vaya, es una pena, porque si no mañana os llevaríamos un platito de estas dolmades”. Qué mala suerte, hombre, nos tuvimos que conformar con decir adiós. Con lo que nos hubiera gustado probarlas de sus manos, en su platito blanco y con un plastiquito por encima, tal vez en la terraza del kafeneion de enfrente…

Un rincón de la bella Zaros

De todo eso me acordaba hace unos días, cuando me decidí a preparar unas hojas de parra rellenas, otro tipo de dolmades mucho más populares en toda Grecia, con toda su historia detrás. Estas hojas de parra han viajado desde el mercado municipal (el Agora, vaya nombre en griego para una plaza de abastos) de La Canea hasta la Isla. Las compramos allí, en nuestro reciente viaje, a una mujer mayor con un puesto enorme donde vendía de todo para comer, y todo delicioso. Una mujer mayor que hablaba su mijita de inglés, más o menos como yo. A ella le compramos también la tarama, un concentrado de huevas de pescado que hace una pasta exquisita y especial, la taramosalata, cuando se mezcla en las debidas proporciones con puré de patatas, aceite y limón. Otro día se intentará.

Tentadores puestos en el Mercado de La Canea.

La prueba de las dolmades no salió mal del todo. Por si queréis intentarlo, os doy la receta. Lo que ya no sé es deciros cómo conseguir las hojas de parra escaldadas. Desconozco también si servirían las hojas de parra de por aquí, supongo que sí. Bueno, ahí va: se hace un refrito de cebollita, de las largas, y cuando están dorándose se les echa arroz, con un buen puñado de eneldo y otro de yerbabuena, bien picaditos. Se sofríe todo sólo un poco, porque el arroz se terminará de hacer luego. Se aparta del fuego, y cuando esté frío se pone una cucharadita corta de esta mezcla en cada hoja de parra escaldada, y se envuelven formando las dolmades. Se colocan una junto a otra en círculo en el fondo de una cacerola, se cubren con agua, limón y aceite y se deja consumir. En una media hora estarán, cuidando que no se queden sin agua antes de tiempo. Se les pone un plato encima para que no se separen ni se abran. Luego se sacan y se sirven en frío. Mejor si se acompañan con un poco de tzatziki, que no es más que una mezcla de yogur griego (escurrido el suero), pepino rallado (escurrido de agua), ajo triturado, aceite de oliva, sal y pimienta, auténtico sabor griego.

Las hojas de parra, ya en nuestra cocina

¿Que cómo me salieron? Mejorables, pero muy aceptables. Aprendí que debo echarles un poco más de agua para la cocción y no dejar que se consuma toda. La próxima vez serán gloriosas. Esta vez sólo evocadoras, muy evocadoras.

Salieron mejorables, como la foto, algo desenfocada.

Que no pare el tren

Ulyfox | 18 de enero de 2013 a las 1:32

Uno de los salones del Tren Al Andalus.

Hace ahora nueve meses me embarqué en una semana de lujo desacostumbrado. Se ponía en marcha de nuevo el Tren Al Andalus para revivir otros tiempos de coches de alto copete y salones donde las copas estaban incluidas. Y me tocó en suerte que me invitaran al estreno, gracias a la generosidad de un compañero que, cosas de la muda injusticia de la vida, ahora ha dejado de serlo porque fue despedido. Se inauguró el Tren Al Andalus, nos llevaron de gira por Andalucía, nos agasajaron, conocimos a periodistas jóvenes y veteranos, a hombres y mujeres divertidos, viajados y con conversación. No es que fuera el viaje de nuestras vidas, pero sí uno insólito. En mi caso, nunca lo habría hecho si no hubiera sido invitado. Fuimos cobayas consentidos y divulgadores a la vez de un proyecto con apariencia y fondo de elitista, pero interesante como iniciativa turística, respetuoso con la cultura andaluza y que de verdad da trabajo al sector. Y además crea empleo directo.

Pues todo esto está en peligro, según este correo que recibí hace unos días:

Estimados amigos y colaboradores;  después de 9 años al frente de los Trenes Turísticos de Lujo de FEVE,  en esta nueva etapa  donde  nos integramos en RENFE, ceso en mi cargo de Director Gerente al frente de los mismos.

En estos 9 años hemos situado los Trenes Turísticos de Lujo a la cabeza a nivel mundial, generando más de 9  millones de euros  brutos de ingresos anuales,  de  los cuales una parte muy importante se distribuye entre agencias de viaje, restaurantes, empresas turísticas, etc…, generando empleo  y participando en el desarrollo y mantenimiento de las zonas por las que discurren los trenes, además de generar más de 70 puestos de trabajo directo.

Actualmente existe una total indecisión empresarial a cerca del futuro de estos trenes. Que en primera instancia y tras el anuncio de su venta,  han sido relegados de la estructura de la empresa, donde ni tan siquiera aparecen.

Entre todos, hemos conseguido estar a la cabeza mundialmente de éste tipo de turismo, envidia en las reuniones Internacionales, con trenes tan emblemáticos como El Transcantábrico Gran Lujo, El Transcantábrico Clásico, El Tren Al Andalus o El Expreso de La Robla, sin olvidarnos de los Trenes del norte.

Es deber de todos el reivindicar la continuidad y el mantenimiento de estos trenes, con los mismos estándares de calidad actuales para que España siga posicionada a la cabeza mundial de éste tipo de turismo y que las regiones por las que discurren  se sigan viendo beneficiadas por su continua presencia y aporte de recursos.

Un cordial Saludo

Jose Antonio Rodríguez García

Conocí a José Antonio, junto con buena parte del equipo, durante esos días. No sé qué será de ellos ni del proyecto, que me pareció muy interesante y defendible. Espero que les vaya bien a todos.

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