Mil sitios tan bonitos como Cádiz

Kioni a pie, la primera excursión por Itaca

Ulyfox | 23 de octubre de 2020 a las 18:52

Kioni, desde las alturas del camino.

Kioni, desde las alturas del camino.

Gerásimos, el taxista gigante de Itaca (Ithaki para los griegos), nos vino a recoger no demasiado temprano, a las diez de la mañana. Nos esperaba ante nuestro hotel en Vathy, con su enorme espalda sobresaliendo un palmo a cada lado del asiento y la cabeza rozando el techo del auto. Habíamos acordado que nos llevaría hasta el pueblo de Anogi, en el otro lado de la isla, de donde parte un sendero muy transitable que baja hasta el puertecito pesquero de Kioni, donde debería ir a recogernos el conductor bastante después de la hora de comer. Teníamos ganas de andar, y sabíamos que Ítaca es un lugar ideal para eso. También conocíamos, de aquella anterior y lejana visita a la isla, el encanto de Kioni, encajonado entre colinas verdes en una estrecha bahía.

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El inicio del sendero.

El inicio del sendero.

Así que ahí estábamos, como dos señores conducidos por un taxista de casi dos metros de altura  y uno de ancho, subiendo la alta cresta que une los dos trozos de Ítaca, admirando a nuestro paso bahías azules y verdes y, desde los casi mil metros de altura una imponente visión del golfo de Vathy. Poco después, dede Anogi Gerásimos  nos dejó junto a un helipuerto, del que arranca un sendero muy bien pavimentado en casi toda su extensión. Nos aguardaban más de dos horas y media de caminata, eso sí cuesta abajo.

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El espeso bosque que acompaña y ensombra casi todo el camino.

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La mayor parte del precioso camino se hace a la sombra de unos finos y altos cedros, y al principio la espesura sólo deja ver algunas torres defensivas de vigilancia y, de vez en cuando, el azulísimo mar allá abajo, por entre la vegetación. A mitad de trayecto, una pequeñísima iglesia ofrece la posibilidad de hacer una parada ante una vista llena de árboles y mar, ideal para hacer la foto.

 

Nos acercábamos a Kioni...

Nos acercábamos a Kioni…

Torres defensivas en la costa de Ítaca.

Torres defensivas en la costa de Ítaca.

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Más adelante, ya aparece la imagen blanca de Kioni en la lejanía, y el alma del caminante, aunque contenta por la belleza del camino, se alegra con la perspectiva de la llegada, aunque, en seguida se demostrará, todavía queda un largo trecho para su culminación. La peculiar situación de este año, con el covid restringiendo los viajes, hace del sendero una vía de tranquilidad. Sólo nos cruzamos, al inicio, con una pareja que hacía el camino al revés, es decir cuesta arriba, lo que tiene mucho más mérito. Hay algo especialmente gratificante en esto de andar, de desplazarte por ti mismo, en medio de paisajes desconocidos y, como en el caso de Ítaca, evocadores por el verde oscuro del bosque, por el castaño de las piedras de las torres, y el blanco de las velas sobre el azul del mar allá abajo.

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La espesa vegetación de Itaca.

La espesa vegetación de Itaca.

 

Pero todo acaba y en esta ocasión el final de la caminata es, aparte de un descanso, una felicidad para los sentidos. Kioni es sólo una hilera de casas alrededor del puertecito y otro grupo en un llano, además de algunas salpicadas por las laderas. No hace falta más para tener un encanto especial, acrecentado por las terrazas y restaurantes junto a la orilla y los barcos amarrados al muelle. Un lugar soñado para arribar.

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El premio de una cerveza fue más que merecido, como lo fue poco después el de unos boquerones perfectamente fritos acompañados de unas berenjenas guisadas con tomate y cebolla (imam), en el mismo lugar en que almorzamos hace casi 20 años, en la taberna Kalypso, que lleva, como tantas en Ítaca, la referencia a la Odisea en su nombre. El camarero que nos atendió tendría unos cuatro años cuando estuvimos la primera vez, calculó él mismo cuando se lo contamos. La vista era la misma, pero esta vez embellecida por un hermoso sol, como eran los mismos los gatos seguramente.

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El joven marinero.

El joven marinero.

Cuando llegamos no había casi nadie en el pueblo, sólo los camareros que se afanaban en preparar las terrazas y en atraer a los pocos clientes. Pero pronto empezó a llenarse el lugar. Y lo atribuimos a excursiones de un día que vienen desde la cercana isla de Lefkada, muy turística. La entrada y salida de algunos barcos llenos nos corroboró esta impresión. Que la economía de las islas griegas sigue siendo familiar también nos lo confirmó las maniobras veloces de un joven marinerito aprendiz para ayudar a desamarrar el barco turístico de algún familiar cercano suyo. El grumete aracía disfrutar mucho trabajando a la vez que jugaba a ser mayor.

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Recordamos que en aquella lejana primera ocasión llegamos a Kioni andando por la carretera de la costa, sólo una hora y no demasiadas cuestas. Pero cuando quisimos volver llamando a un número de taxi desde una cabina, nadie cogía el teléfono. La encargada de una tienda, a la que preguntamos, nos dijo: “¿Un taxi?… dudo mucho de que venga alguno”. Y nos tuvimos que volver de nuevo andando, no sin antes subir con sumo esfuerzo el empinado camino desde el pueblo hasta la carretera. Recuerdo que durante la subida me traje algunas aceitunas con la esperanza de sembrarlas y tener en mi patio un auténtico olivo de Ítaca. No recuerdo qué pasó con ellas, pero desde luego no llegaron a convertirse en árbol.

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La comida en la taberna Kalypso.

La comida en la taberna Kalypso.

Gerásimos acudió puntual a la cita y poco después volvíamos por las hermosas carreteras hasta la misma puerta del hotel. Y hay pocas cosas que igualen el bienestar interior que te da volver a tu habitación con las piernas cansadas por la caminata libre y con los ojos llenos de imágenes.

¡Llegamos a Itaca!

Ulyfox | 17 de octubre de 2020 a las 17:47

La estatua de Ulises-Odiseo, en el puerto de Vathy.

La estatua de Ulises-Odiseo, en el puerto de Vathy.

Todo el mundo ha leído esa mínima parte de la obra de Kavafis, así que ya casi todos sabemos que tan importante como llegar a Itaca es el camino que hay que recorrer, y sus vicisitudes. Bien, nosotros cumplimos con ese peaje y por fin, una mañana de primeros de septiembre a la hora que, como mandaría Homero, coincide con la “aurora de rosáceos dedos” atravesábamos la isla de Cefalonia en taxi, desde Argostoli hasta el puerto de Sami, para embarcarnos rumbo a la isla de la que fue rey el mítico Ulises, el Odiseo que dio nombre a los viajes o las experiencias complicadas y llenas de contratiempos.

Navegando hacia Ítaca, allá al fondo.

Navegando hacia Ítaca, allá al fondo.

Y, acompañando a la salida del sol, navegábamos hacia nuestro destino. Media hora después el ferry atracó en Piso Aetos, que significa algo así como Aetos de Atrás, por contraposición al Prostá Aetos o Aetos de Delante, la bahía que está al otro lado del estrecho istmo que une las dos partes en que se divide la isla. ¡Estábamos en Itaca! Sentimos algo muy especial al llegar. Por lo que fuera, en anteriores intentos no lo habíamos logrado, desde aquella primera vez hacía casi 20 años. Esta vez parecía cierta la posibilidad de visitar el palacio de Ulises, la cueva de las Ninfas, la fuente de Aretusa…

La otra orilla de Vathy.

La otra orilla de Vathy.

Vista parcial de Vathy.

Vista parcial de Vathy.

Como Grecia sigue siendo Grecia, el taxi que habíamos apalabrado no estaba allí, en aquel solitario lugar que sólo tiene un pequeño muelle y una caseta que suponemos albergará lo que sea el equivalente a una autoridad portuaria. Pero Atenea no desampara a sus fieles como cualquier compañía aérea de bajo coste, y allí estaba: había otro vehículo simplemente esperando posibles clientes y esos éramos nosotros. Subiendo y bajando laderas, en poco menos de 10 minutos apareció ante nuestros ojos en la mañana radiante la capital de la isla, Vathy, al fondo del profundo golfo que le da nombre (precisamente Vathy en griego significa “profundo”).

Vathy, y allí arriba, Perahori.

Vathy, y allí arriba, Perahori.

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Mucho más bello de lo que esperábamos. Vaticinábamos una población anodina, el único conjunto de casas que casi merece llamarse pueblo, pero encontramos una agrupación de viviendas individuales con fachadas de colores, repartidas en dos o tres hileras alrededor de la casi perfecta ‘u” que forma la bahía, y trepando por unas colinas circundantes llenas de pinos, cipreses y olivos. Allí arriba, la pequeña mancha blanca de Perahori (literalmente, “pueblo de más allá”). Esta sola visión ya inspiraba calma.

La llegada al hotel Omirikon.

La llegada al hotel Omirikon.

Un desayuno junto a los peces.

Un desayuno junto a los peces.

Era temprano, pero ya estaba esperándonos en la recepción del Hotel Omirikon la encargada, que nos dio indicaciones sobre todo lo necesario en la isla. Desde ese momento se apoderó de nosotros la sensación de que éramos señores de nuestro tiempo, sentimiento confirmado por la vista desde nuestro balcón. Y por eso desandamos el camino desde el hotel hasta la plaza principal de Vathy y al borde del mar tomamos un tranquilo y largo desayuno con el pan de verdad que se usa en Grecia, mirando como los peces esperaban que algo se nos cayera de la mesa.

Por ahí está la casa de nuestras utopías...

Por ahí está la casa de nuestras utopías…

... que podía quedar como estas.

… que podía quedar como estas.

Después, dimos un paseo en busca de otra de nuestras quimeras: Penélope acostumbra a navegar por internet a la caza utópica de casas para comprar en esa tierra, y había encontrado una ideal en Vathy, a dos pasos del agua; el precio, normal, se escapaba de nuestras posibilidades, pero aun así nos acercamos a verla, a soñar un poco y a hacer planes con ella en forma de pajaritos revoloteando en nuestras cabezas.

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La magnífica playa de Gidakis.

La magnífica playa de Filiatró.

El calor apretaba a mediodía, así que la mejor opción era la playa. Las distancias en Itaca son manejables para hacerlas a pie, pero con la que estaba cayendo buscamos un taxi que nos llevara a la de Filiatró, con fama de ser de las mejores. La fortuna guió nuestros pasos otra vez y dimos con Gerásimos, el taxista que terminaría siendo por varios días nuestro conductor por las endiabladas carreteras. Filiatró, que estaba llena y nos hizo pensar en la pesadilla turística que debió de ser Itaca en otros años sin covid, nos sirvió de refresco con su agua transparente, y de alimentación en la única taberna.

 

En el balcón de nuestro apartamento en el Hotel Omirikon.

En el balcón de nuestro apartamento en el Hotel Omirikon.

El mismo Gerásimos nos vino a buscar a media tarde y la jornada dio aún para mucho más: un tiempo de relax con lectura en el hotel, un paseo vespertino con rendición de culto a la estatua de Ulises en el puerto y una cena sencilla y muy buena en la taberna Kantouni, que elegimos por la simple razón de que en su terraza sonaba la impar voz de Dimitris Mitropanos: los amores son así, y Mitropanos provoca el amor a primer oído. La camarera, muy guapa, una búlgara que sabía algo de español, nos contó que era amiga de Ana Capsir, excelente autora del blog ‘Navegando por Grecia’, así como del precioso libro ‘Mil viajes a Itaca’ que perdimos en uno de nuestros viajes por allí. Capsir vive en la cercana isla de Lefkada y organiza cruceros en velero por las islas.

La taberna Kantouni.

La taberna Kantouni.

El día terminó dulcemente. Y a la mañana siguiente nos esperaba Gerásimos para nuestra primera excursión…

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Un viaje distinto a la Grecia de siempre

Ulyfox | 13 de octubre de 2020 a las 13:40

Primer día en Grecia, ante la Bahía de Argostoli, capital de Cefalonia.

Primer día en Grecia, ante la Bahía de Argostoli, capital de Cefalonia.

Teníamos que volver a Grecia pese a todo, es nuestro impulso, pese al virus, pese al miedo, pese a la mala conciencia de ser potenciales propagadores. Parecía más difícil que nunca, lo fue en cierta forma, pero luego resultó gratificante como pocas veces. Porque encontramos una Grecia sin multitudes, tranquila, más griega que casi nunca, como la recordábamos de aquellas primeras veces e incluso más aún.

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Vistas del desierto aeropuerto de Barcelona, el 30 de agosto.

Vistas del desierto aeropuerto de Barcelona, el 30 de agosto.

Y eso que, ya lo he dicho, no fue fácil sino más bien al límite. Grecia exigía una prueba PCR negativa para entrar en el país. Nos la hicimos con el temor de un posible positivo. Las maletas estaban hechas pero sin cerrar hasta el último instante. Y el último instante parecía no llegar nunca. Nuestro vuelo salía el domingo 30 de agosto a las seis y media de la mañana, y el sábado a las once de la noche aún no teníamos el resultado de la prueba. Llamamos a la clínica inquietos, y más nos inquietamos cuando nos dijeron que los resultados no estaban porque la máquina ¡se había estropeado! Que estaban intentando arreglarla, que nos avisarían… Empezamos a hacer planes para aplazar la salida, para cambiar los vuelos y los planes…

La isla de Cefalonia desde el aire. Se puede apreciar los puntos azules de sus magníficas playas.

La isla de Zakinthos desde el aire. Se puede apreciar los puntos azules de sus magníficas playas.

Pero afortunadamente, la siguiente llamada a la clínica nos confirmó que todo estaba perfecto y que podíamos emprender el viaje. Itaca nunca ha puesto las cosas fáciles pero al día siguiente ya volábamos desde Sevilla, y luego cogiendo la última puerta abierta a los vuelos desde Barcelona, desde un aeropuerto fantasmagórico y en el vuelo más vacío que hemos tomado nunca, a Grecia. Aterrizamos en Atenas, donde me tocó en suerte otra prueba. Al poco tiempo salíamos para Cefalonia, en cuya capital, Argostoli, debería esperar serenamente el resultado, de la mejor manera posible: en la playa y bebiendo una cerveza. No hubo noticia de la prueba, lo que interpretamos como que todo estaba bien, y nos dispusimos para madrugar al otro día y coger un barco para salvar el corto trayecto hacia la isla de Ulises…

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La playa de Makri Gyalos, junto a Argostoli, nuetra sala de espera del resultado del test.

La playa de Makri Gyalos, junto a Argostoli, nuetra sala de espera del resultado del test.

Iremos contando todo este mes maravilloso, pero con una cierta vergüenza debo decir que esta enfermedad que tanto dolor está causando ha propiciado que Grecia sea mucho más visitable, más amable y más bella a la vista y a todos los sentidos. El fenómeno masivo del turismo que en los últimos años hacía complicado el disfrute de sus bellezas ha desaparecido prácticamente en estos meses. Además, en muchas islas el virus prácticamente no existe, y eso nos dio una extraña sensación de libertad, como de andar metidos en una burbuja libre de infecciones, en muchos lugares sin mascarillas y sin restricciones, o muy leves y que sólo afectaban a camareros o empleados de comercios y hoteles.

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Primera velada en Argostoli.

Primera velada en Argostoli.

No es que no hubiera gente, pero todo tenía una dimensión más humana. Los barcos y los aviones no iban repletos. La ausencia de cruceros, con sus riadas de gente en horas punta, tuvo mucho que ver en esta impresión positiva.

Una placita de Argostoli, el primero de septiembre.

Una placita de Argostoli, el primero de septiembre.

Ya iréis viendo…

Vueling, nunca más

Ulyfox | 7 de octubre de 2020 a las 19:04

Solos en el avión de Sky Express, que tuvo un comportamiento modélico.

Solos en el avión de Atenas a Alexandroúpolis con Sky Express, que tuvo un comportamiento modélico.

No es este un blog de quejas, ni personales ni colectivas, sino de experiencias buenas o malas. Preferiblemente de las buenas. Pero esta que os voy a contar es personal, y de las malas. Se refiere a un contratiempo aéreo, que no deriva en un enorme disgusto porque ya hemos desarrollado unos mecanismos de defensa y unas habilidades para resolver situaciones adversas durante los viajes.

Vueling es el nombre de la compañía, con unas publicidades pretendidamente amigables y confianzudas y una práctica que es definitivamente anti clientes. Contaré la historia sólo con datos.

Teníamos un vuelo, con reserva confirmada y tarjetas de embarque emitidas, el pasado 1 de octubre, desde Atenas a Sevilla con escala en Barcelona. Era ideal para nuestro plan de vuelta. El vuelo salía a las 11.40 hora de Grecia. Cuando nos levantamos a las 7 de la mañana vimos en nuestros correos un mensaje anunciando la cancelación del vuelo “por razones operativas”, e instándonos a contactar con la oficina de la compañía en el aeropuerto o en unos teléfonos que se señalaban. No había nadie en el aeropuerto, no había ni oficina, y los teléfonos consignados nunca han contestado. Estábamos lo que se dice tirados en el aeropuerto, y sin manera de conocer qué alternativas nos ofrecía Vueling, como es su deber, igual que lo es ofrecer asistencia a sus clientes en una situación como esta.

Reaccionamos rápidamente y compramos un vuelo al día siguiente (el único posible) para volar a Madrid y desde ahí ya nos apañaríamos para llegar hasta Sevilla. También cogimos un hotel en Atenas, claro. Durante todo el día estuvimos intentando contactar con Vueling, sin ningún resultado. Volvimos a Madrid, alquilamos un coche hasta Sevilla donde ya pudimos recoger el nuestro, que estaba en el aeropuerto de la capital andaluza.

En cuanto llegamos de vuelta comenzamos nuestras gestiones para conseguir la devolución del importe de nuestros billetes no usados. La respuesta automática de una máquina en la web es que el vuelo se suspendió a causa de las restricciones provocadas por la crisis del covid19 y que por tanto no nos corresponde ninguna compensación, dado que se debe a una “causa extraordinaria”. Nada dicen de devolución del dinero ni de los gastos que nos ocasionó la cancelación, y con dictatorial actitud, proclaman que “dan por terminada la tramitación”. El robo queda consumado, lo que se suma al abandono en el aeropuerto que, para otra gente menos ducha, podría haber significado una auténtica tragedia.

La causa de la anulación es muy poco creíble, dado que las restricciones por el covid llevan mucho tiempo en vigor y Vueling sigue vendiendo vuelos a Atenas, pero aunque fuera cierto, nada les exime de la devolución del dinero de unos billetes no utilizados, y por lo tanto pagado por un servicio no dado. La situación es comparable a cuando se suspende un concierto y se devuelve a los compradores lo gastado en la entrada.

¡Qué diferencia con el comportamiento de la compañía griega Sky Express en un caso idéntico que nos ocurrió apenas dos semanas antes! Nos suspendieron un vuelo de Preveza (en el continente) a Sitia (en Creta), pero inmediatamente nos vinieron a buscar a la puerta de embarque y nos dieron alternativa y solución, aunque implicaba una especie de tour aéreo por Grecia: si tenéis a mano un mapa mirad lo que hay que hacer para ir de Preveza a Alexandroúpolis (por cierto, en un extraño vuelo en el que éramos los únicos pasajeros), de ahí a Atenas, y después a Heraklion para luego continuar el viaje por fin hasta Sitía. Nos llevaron a nuestro destino al día siguiente, pero además nos pagaron la noche de hotel en Atenas, los traslados y la cena, y siempre acompañados. Y eso no fue más que cumplir las normas.

Vueling sigue sin contestar, no osan ni se dignan a coger el teléfono. Ni aun así, y pese a todos sus intentos, han sido capaces de empañar un maravilloso mes en Grecia, que os contaremos a gotitas…

Itaca, el difícil camino

Ulyfox | 27 de agosto de 2020 a las 13:20

La llegada a Ítaca, en 2001.

La llegada a Ítaca, en 2001.

Esta vez, si lo conseguimos, saltaremos de alegría o desfalleceremos de nostalgia, o las dos cosas a la vez, que fue lo que debió sentir Ulises, el Odiseo pródigo en ardides que define la inmortal y fundacional obra de Homero. Llegar a Ítaca, ese es de nuevo nuestro objetivo este año. La primera vez, hace 19 años, no fue fácil. Lo he contado en esta entrada lejana. Fue complicado y retorcido, pero llegamos en dos días con noche por medio en lugar de lo que debería haber sido una travesía placentera de un par de horas. Y fuimos felices al arribar por fin a las homéricas costas, y de disfrutar de una corta estancia de dos noches en Frikés, y del paseo andando hasta Kioni.

Una vista de Kioni, uno de los pueblos más bonitos de Itaca.

Una vista de Kioni, uno de los pueblos más bonitos de Itaca.

Otras dos veces lo hemos intentado y nos ha resultado imposible. La primera, hace unos cinco años, cuando estuvimos en la verde y aromática Cefalonia y consideramos que era fácil saltar a la cercanísima Itaca. No hubo forma, no alcanzamos a coordinarnos con los inestables y cambiantes horarios de los barcos que cubrían el trayecto desde Vasilikí o desde Nydrí. La segunda, el año pasado, con una segura línea desde la industriosa, universitaria y marítima Patras. Había barcos, pero ni una sola plaza hotelera en el agosto multitudinario y en una Grecia pre pandemia, en la que todas las islas, los destinos tradicionales y las supuestas ‘joyas desconocidas’, estaban de moda. No pudimos acomodar una fecha.

Una calle de Kioni.

Una calle de Kioni.

Itaca mantiene, al parecer para nosotros, la misma maldición que sufrió el ingenioso Ulises. Pero nosotros tenemos también la misma constancia que el héroe que se inventó el caballo de Troya. Y este año lo teníamos preparado todo: avión, barco y hotel reservado. El covid-19 ha frustrado los planes, pero no todavía el destino. Mantenemos el billete de avión, pero hemos anulado hoteles, y estamos a la espera de hacernos una prueba pcr que Grecia exige a todo el que entre en el país. Volvemos a estar en manos de Zeus y de su hija Atenea. Y de su voluntad.

A tres días de emprender el supuesto viaje a Itaca, estamos en el aire.

Os iremos informando de la buena o mala noticia. Y si todos los dioses olímpicos lo quieren, os contaremos la estancia.

Molyvos o Mithimna, donde la gente presta dinero por la calle

Ulyfox | 21 de agosto de 2020 a las 19:00

Penélope, a las afueras de Molyvos, al fondo.

Penélope, a las afueras de Molyvos, al fondo.

Dos meses y medio de viaje dan para mucho, y también para que te quede mucho por hacer. Da, por ejemplo, para volver a lugares en los que fuiste feliz. En el verano de nuestra venganza, pues, quisimos volver a Lesbos, también llamada Mitilene. Sí: la isla de los lesbianos y lesbianas, en el Egeo Norte, más famosa últimamente por la tragedia de la inmigración que por su magnífico y abundante aceite de oliva, sus sardinas inigualables, su ouzo universal e incluso que por su gran poetisa Safo de Mitilene, precisamente la que dio nombre con sus poemas y su escuela de mujeres, allá por el siglo VII antes de Cristo, a esa tendencia homosexual. Pero de eso hablaremos en otro momento.

Vista general de Molyvos, desde la parte baja.

Vista general de Molyvos, desde la parte baja.

Detalle de las casas de Molyvos.

Detalle de las casas de Molyvos.

Llegamos a Lesbos en vuelo procedente de Salónica, o Thesaloniki, a la capital, por nombre igualmente Mitilene. En una anterior entrada ya he hablado de esta población fronteriza. Ahora os quiero contar, en varios capítulos, sobre otras poblaciones asombrosas. Como Molyvos, por otro nombre Mithimna (ya veis que en esto de las denominaciones dobles los griego son los campeones mundiales, fruto de su intensa y turbulenta historia).

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Dos vistas del pueblo.

Dos vistas del pueblo.

Molyvos está situado casi en el cabo norte de esta isla, que es la tercera mayor de Grecia, tras Creta y Eubea. Es un antiguo enclave de la dominación otomana, perfectamente conservado en sus tortuosas callejuelas de piedra y sus casas con balcones voladizos de madera, y casi perfectamente rematado por un castillo bizantino-genovés desde el que se tiene una vista bellísima de las islas cercanas y de la costa turca, para que la convulsa historia se haga aún más presente.

Una casa en el casco antiguo.

Una casa en el casco antiguo.

Colgadas del muro.

Colgadas del muro.

Las empinadas calles de su casco antiguo están protegidas del calor por su estrechez y por las numerosas plantas enredaderas, y tomadas en algunas vías por numerosos establecimientos turísticos, así como por terrazas de algunos restaurantes en plazas recogidas, aunque eso no empaña la tranquilidad en las horas diurnas. De noche, ya es otro cantar de trasiego y tráfico, sobre todo en las cercanías del puerto, allá abajo, separado del núcleo principal por una corta carretera que se convierte en un agradable paseo.

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El puerto, lleno de barcas de pesca, es otro de sus atractivos, y en él se concentra buena parte de la actividad hostelera y restauradora. Es muy agradable cenar junto a los cantiles de los muelles, prácticamente oliendo las sardinas recién capturadas, y consumirlas después preferentemente a la parrilla o en una ligera salazón. Son un manjar.

El puerto de Molyvos.

El puerto de Molyvos.

Otra vista del puerto.

Otra vista del puerto.

Nosotros lo hicimos una de las noches. En otra ocasión, quisimos hacerlo a la grande, y para eso reservamos en un restaurante muy especial. Y quisimos empezar a la hora que más nos gusta últimamente cenar: cuando el sol está empezando a caer. la vista lo merecía. Desde la terraza del restaurante se dominaba toda la bahía, y el atardecer en ese entorno fue uno de los más bellos, no tanto por la comida sino por todo lo que la rodeó.

La cena al atardecer.

La cena al atardecer.

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Esa cena fue uno de nuestros mejores recuerdos.

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Panoramas desde los muelles.

Panoramas desde los muelles.

Se puede decir que Molyvos es uno de los pueblos más bonitos de las islas griegas. No responde al tópico de las casas blancas y las cúpulas azules, sino que perfectamente podría estar enclavado en alguna región turca o búlgara. Molyvos guarda además para nosotros una de los episodios más emocionantes de los muchos que nos han ocurrido en Grecia y que creo haber contado alguna vez.

Fue aquella vez primera, cuando nos vimos sin dinero. Pensábamos sacar de los cajeros del pueblo y nos encontramos con que los dos existentes a la entrada estaban averiados. Nos acercamos a un negocio de alquiler de motocicletas a preguntar si sabían de algún otro cajero, y nos dijo el encargado que esos eran los únicos que había. Al ver nuestra cara, adivinó lo que nos pasaba y nos preguntó si no teníamos dinero. Le contamos que no mucho, pero que bueno, nos conformaríamos con cenar un gyros (la versión griega del kebab). “¡No hombre, eso cómo va a ser!”, nos dijo y de inmediato sacó de su bolsillo veinte euros para prestarnos. “Y ya me lo devolverán otro día”, concedió. Cuando le preguntamos incrédulos si se fiaba de nosotros, nos miró muy extrañado: “¿Y por qué no?”, volvió a desarmarnos. Las lágrimas asomaban a nuestros ojos mientras nos alejábamos. Naturalmente, le devolvimos el dinero a los dos días, porque, evidentemente, de nosotros se podía fiar.

Penélope disfrutando del atardecer.

Penélope disfrutando del atardecer.

Nos alojamos en el hotel Aphrodite, a un par de kilómetros de la población y frente a una playa privada de orilla cubierta de grandes piedras y agua helada. Es un edificio muy amplio y pensado para el gran turismo internacional. Pero estaba muy bien atendido por sus dueños ya mayores y sus hijos, y tanto el restaurante para el desayuno como la taberna situada junto a la playa tenían unos productos excelentes. Nos sirvió de refugio para alguna noche en la que no nos apeteció acercarnos al bullicio de Molyvos. Y cuando refrescó en una de ellas, tuvieron bien cerca una sopa reconfortante.

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M´s disfrutes gastronómicos en Molyvos.

M´s disfrutes gastronómicos en Molyvos.

 

Casi tocando el Monte Olimpo, el hogar de los dioses

Ulyfox | 11 de agosto de 2020 a las 12:10

Ahí está...

Ahí está… al fondo a la izquierda

Si queréis ir a visitar a los dioses griegos, podéis hacerlo. Tienen su casa, como sabéis, en el Monte Olimpo, la montaña más alta de Grecia, a casi tres mil metros de altura. No es un lugar mítico, a pesar de ser la morada de los dioses olímpicos, los más importantes en la mitología. Existe, y es posible verlo, recorrerlo y escalar el pico más alto entre todos los que tiene. Se encuentra prácticamente en la linde entre las regiones de Tesalia y Macedonia, en la Grecia Central (Stérea Ellada).

Ruinas de la Antigua Dion, con el Olimpo al fondo.

Ruinas de la Antigua Dion, con el Olimpo al fondo.

Nosotros tuvimos que limitarnos a verlo de lejos, como siempre lo vieron los mortales en la Antigüedad, cuando hicimos un alto a sus pies en nuestro camino hacia el aeropuerto de Salónica, o Thesaloniki. Paramos porque no podíamos dejar de hacerlo. A los pies de esta montaña, que es parque natural (aunque habría que llamarlo quizá sobrenatural dado su carácter divino), se encuentran las ruinas de la Antigua Dion.

Parte de las murallas.

Parte de las murallas.

Calle principal de Dion, con el pavimento original

Calle principal de Dion, con el pavimento original

Dion fue uno de los primeros y más importantes santuarios en la antigua Macedonia, y como corresponde a la cercanía del monte sagrado, albergaba un gran templo dedicado a Zeus Olímpico, pero también se han hallado restos de otros dedicados a Isis y Deméter, además de una basílica paleocristiana y un teatro helenístico. Aunque todo está bastante devastado por inundaciones, seísmos y por el paso del tiempo, resultan especialmente llamativos los pavimentos de varias calles, unas letrinas públicas y los vestigios de la antigua muralla.

Panorámica del yacimiento de la Antigua Dion.

Panorámica del yacimiento de la Antigua Dion.

Una escultura utilizada como parte de un muro.

Una escultura utilizada como parte de un muro.

Las letrinas públicas.

Las letrinas públicas.

Otra vista del yacimiento.

Otra vista del yacimiento.

Los hallazgos de la excavación, así como de algunos yacimientos de la zona, están expuestos en un pequeño y no muy bien organizado museo muy cerca, en la nueva Dion. Allí, aparte de las esculturas, la cerámica y los mosaicos, lo más llamativo es un órgano hidráulico, uno de los instrumentos musicales más antiguos conservados, aunque no está completo naturalmente.

El órgano hidráulico, uno de los instrumentos más antiguos conservados.

El órgano hidráulico, uno de los instrumentos más antiguos conservados.

Mosaico y escultura en el Museo.

Mosaico y escultura en el Museo.

Enterramiento, en el Museo.

Enterramiento, en el Museo.

La otra joya se encuentra en un edificio anexo, donde se sitúan los talleres de los restauradores y el almacén del Museo: un maravilloso mosaico que representa el triunfo de Dionisos, y que fue hallado en una villa llamada, por eso mismo, Villa de Dionisos. Existe un precioso vídeo que cuenta sin palabras el traslado y conservación del mosaico al Museo.

Vista general y detalles del gran mosaico de Dionisos.

Vista general y detalles del gran mosaico de Dionisos.

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Teníamos que continuar viaje hacia Salónica, para tomar un avión a nuestro siguiente destino, Lesbos, pero antes tomamos una cerveza en un desierto bar frente al Museo. Allí, los responsables no perdieron la oportunidad de comentar los temas de actualidad con nosotros, mientras la nieta, una expresiva jovencita, no paraba de admirarse por la melena rizada de Penélope y preguntaba una y otra vez si era natural. “Né, né eine fisiká…“, ‘Sí, sí es natural’

Otra etapa nos esperaba…

Argonautas, centauros, y un pintor vagabundo en el Pelion

Ulyfox | 2 de agosto de 2020 a las 20:54

Monumento al centauro Quirón, en Anakasiá, Monte Pelion.

Monumento al centauro Quirón, en Anakasiá, Monte Pelion.

Réplica de la nave 'Argo' en el puerto de Volos.

Réplica de la nave ‘Argo’ en el puerto de Volos.

Los míticos centauros eran (o son) unos seres generalmente odiosos y bastante peligrosos para los humanos mortales. Casi todos, pero había al menos una notable excepción: Quirón, sabio, médico y experto en numerosas artes y gran maestro de numerosos héroes como Hércules, Ayax o Jasón. Todos los centauro, buenos o malos, tenían (o tienen, quién sabe, ahora ya no se les quiere ver) su hogar en el Monte Pelion, que ocupa casi toda una península en la Grecia Central, en Tesalia. Por eso, al pensar en estas increíbles (o no) historias, produce tal arrebato contemplar la cima de esta verde montaña desde la cubierta de un ferry atestado y con el aire acondicionado sobrepasado de fuerzas, mientras se arriba a la ciudad portuaria de Volos, capital de la región.

Vista de Volos, desde las alturas de Makrinitza.

Vista de Volos, desde las alturas de Makrinitza.

Volos es ahora una ciudad moderna y grande, uno de los primeros puertos comerciales de Grecia y con un paseo marítimo larguísimo, pero hasta el siglo XIX era poco más que un pueblo. Se asienta sobre los restos de la antigua Yolcos, patria de Jasón, que llevó a un grupo de héroes en busca del vellocino de oro hasta la Cólquida, la actual Georgia, a bordo del ‘Argo’. Por eso fueron llamados Argonautas. Su aventura es conocida desde la más remota antigüedad, y Robert Graves escribió un precioso libro sobre ella.

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Calles y plazas de Makrinitza.

Calles y plazas de Makrinitza.

Una réplica del ‘Argo’, construida en 2007, flota ahora orgullosa mostrando sus veinte remos, en un muelle del paseo marítimo. Para nosotros, Volos fue simplemente la escala de llegada en barco y punto de salida para explorar el Pelion. Pasamos sólo una noche en la que no dio tiempo nada más que para un paseo y una cena bastante buena en un mezedepoleio (algo así como un bar de tapas y raciones) frente al mar. Y para rememorar la odisea de Jasón y sus héroes, claro.

Makrinitza, en la ladera.

Makrinitza, en la ladera.

Detalle de la iglesia principal de Makrinitza.

Detalle de la iglesia principal de Makrinitza.

El mayor atractivo del Pelion son sus pueblos, con una arquitectura muy particular de casas-fortaleza, su naturaleza verde y las playas de su costa este, además de ser una zona no demasiado concurrida, aunque sufre las consecuencias de estar muy cerca de las islas Espóradas y de haber sido (sí, aquí también) escenario del rodaje de la tan nombrada Mamma Mía! Algunas poblaciones como la preciosa Makrinitza pueden llegar a verse agobiadas de excursiones, al estar a muy pocos kilómetros de Volos.

La sombreada plaza.

La sombreada plaza.

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Un hueco en el enorme tronco de uno de los plátanos de la plaza de Makrinitza.

Un hueco en el enorme tronco de uno de los plátanos de la plaza de Makrinitza.

Nuestra llegada a Makrinitza en coche fue de lo más terrorífica, con curvas dignas del Alpe d’Huez pero el doble de estrechas, y con una entrada al pueblo imposible. Creo que escogimos la peor de las carreteras, pero una vez superado el trago pudimos disfrutar de un caserío sombreado, arbolado y con fuentes de agua por todos lados. Una gran plaza bajo unos enormes plátanos con troncos en cuyo interior juegan los niños, con un restaurante precioso, da gran categoría al lugar. Desde allí, la vista hacia Volos allá abajo, es impresionante.

Paseo por las calles de Makrinitza.

Paseo por las calles de Makrinitza.

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Penélope andaba bastante agobiada con la conducción, así que salimos pronto en busca de un pequeño museo que nos interesaba mucho, en la aldea de Anakasiá. Se trata de la Casa Kontos, una mansión señorial típica de la zona, que acoge obras pictóricas y más de una historia sobre un pintor vagabundo y singular: Teófilos Hatzimihail, más conocido simplemente como Teófilos.

Ante el Museo Teófilos.

Ante el Museo Teófilos.

Teófilos nació en la isla de Lesbos,y allí tiene también un bonito museo, pero durante más de diez años vagó por los pueblos del monte Pelion pagándolo todo con sus cuadros naïf, y participando en todo tipo de fiestas y acontecimientos populares. Solía ser motivo de burla porque vestía siempre con la fustanella, la falda tradicional de los guerreros griegos, y durante los carnavales se disfrazaba de Alejandro Magno, junto con un grupo de seguidores, como si formaran parte de las prestigiosas falanges macedónicas que comandaba el gran conquistador.

Monumento a Teófilos en la plaza de Anakasiá.

Monumento a Teófilos en la plaza de Anakasiá.

Una de las estancias de la casa Kondos, decorada por Teófilos (la foto es de internet).

Una de las estancias de la casa Kondos, decorada por Teófilos (la foto es de internet).

Trabajó para mucha gente, pero la adinerada familia Kondos lo acogió como nadie, y para ellos pintó alguna de las estancias de su mansión en Anakasiá, que ahora es un pequeño, encantador museo dedicado a él. Las pinturas murales que llenan el piso superior tienen un colorido y encanto ingenuo únicos, hasta el punto de que han creado escuela, y representan escenas campestres y de la lucha griega contra la dominación turca. La entrada al museo es gratuita, y lamentablemente, no se pueden hacer fotos de las pinturas. Si vais por allí, no lo dudéis: visitadlo y aprenderos la historia del genial Teófilos, que en París llamaron ‘el Rousseau griego’.

Tranquilidad en las playas junto a Kato Gatzea.

Tranquilidad en las playas junto a Kato Gatzea.

Un café de Kato Gatzea.

Un café de Kato Gatzea.

Aún nos quedaba otro descubrimiento especial: el lugar donde nos alojamos. Se llama Kato Gatzea y está en la parte oeste, de la península. Es una agrupación de casas a la vera del mar y que tiene como fondo el monte. No tiene más que eso, aparte de unos pocos restaurantes, cafés y bares, que se llenaban siempre. Bueno: eso y el tesoro de unos atardeceres violetas con el cerradísimo Golfo Pagasético de fondo, y la calma como aroma.

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Los atardeceres violetas en Kato Gatzea.

Los atardeceres violetas en Kato Gatzea.

Todo esto, y la dificultad de las carreteras que hacían prever un agotamiento innecesario, nos convencieron para quedarnos los dos días restantes previstos para el Pelion en esta Kato Gatzea que nos regaló algunos baños en playas no espectaculares, una estancia amabilísima en Fylira Rooms (qué opíparos y sonrientes desayunos en su jardín), y el descanso que nos merecíamos después de casi un mes recorriendo las Jónicas, el Peloponeso y las Espóradas, y que necesitábamos para regodearnos en lo que nos quedaba aún de vacaciones en Grecia…

Maravillosos desayunos en el jardín de Fylira Rooms.

Maravillosos desayunos en el jardín de Fylira Rooms.

Esos rincones también en Skópelos

Ulyfox | 22 de julio de 2020 a las 12:09

Una de las calitas 'particulares' del cabo Amarantos.

Una de las calitas ‘particulares’ del cabo Amarantos.

 

En una anterior entrada ya confesé sin ambages nuestro amor por Skópelos, la isla más verde de las verdes Espóradas, ese archipiélago ubicado en el mar Egeo, al este de la península griega y pegado a ella. Pero quería dedicarle un espacio particular a algunos rincones especialmente hermosos, como si les hubiéramos cogido más cariño que a otros. Rincones que, dentro de la gran belleza que es Skópelos, son singulares. Por su situación o por su pequeño tamaño, están relativamente apartados del gran caos que genera el turismo masivo, sin ser por ello unos lugares desconocidos.

Taberna al pie de la playa de Agnondas.

Taberna al pie de la playa de Agnondas.

Agnondas es uno de esos parajes, sin más tesoro que un agua plácida y transparente, algunas tabernas que han devenido en restaurantes de más postín sobre el mar un pequeño embarcadero y un muelle más grandeque, cuando los temporales arrecian (lo que no es extraño en este Mediterráneo que gasta fama de calmado), se usa como puerto alternativo al de Skópelos capital. Recuerdo, en nuestra primera visita hace muchos años, habernos quedado dormidos en la playita y al despertar casi asustarnos al ver ante nosotros la inmensa mole atracada de un moderno ferry que ocupaba casi todo el espacio.

Vista general de la playa de Agnondas.

Vista general de la playa de Agnondas.

Penélope, en el embarcadero de Agnondas.

Penélope, en el embarcadero de Agnondas.

Agnondas, con su playa, no es precisamente una desconocida, está a pie de carretera y el autobús de línea para allí regularmente, pero algo parece mantenerla a resguardo del interés masivo, que se centra mucho más en las excelentes playas de Panormos, Kastani y Stáfilos, todas espléndidas como muchas otras en la isla. Por eso es una delicia acudir temprano y poder desayunar frente al verde de sus aguas. Nosotros lo hicimos para tomar un café antes de emprender una excursión a pie hacia otro rincón único: los Tres Pinos, en el cabo Amarantos.

Los tres pinos del Cabo Amarandos.

Los tres pinos del Cabo Amarantos.

El paseo tiene una cierta dificultad (en realidad, una pequeña subida) al principio y luego transcurre entre pinos y al borde del mar. Da tiempo a lamentarse ante las huellas calcinadas de los frecuentes incendios que castigan la isla, pero también a felicitarse por los rebrotes continuos y los carteles que advierten sobre dónde pisa uno para no destruir los pinitos recién nacidos.

Paisaje del Cabo Amarantos.

Paisaje del Cabo Amarantos.

El nombre de los Tres Pinos aparece evidente al final del sendero. En efecto, tres hermosos y altos ejemplares se alzan sobre una roca pelada y estrecha que se adentra en el mar, formando una imagen preciosa y emblemática de la isla, por cierto también usada en la película Mamma mía! A su alrededor, una agua turquesa que siempre aprovecha alguna pareja más atrevida para zambullirse.

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El entorno es espectacular: varias calas se adentran profundamente en los acantilados a los que se agarran los pinos. Bajar a sus tentadoras aguas es difícil, pero siempre hay quien lo ha hecho temprano y se ha apoderado de una especie de piscina natural y de una playita que es apenas algo más que unos pocos metros. Mil fotos es lo mínimo que apetece disparar.

Una cerveza frente al mar.

Una cerveza frente al mar.

Luego, lo suyo es volver a Agnondas y disfrutar de una cerveza y algo más en el par de tabernas que hay sobre la playa. arrojando de vez en cuando un trozo de pan al agua para ver como los peces se arremolinan, peleando por llevarse un bocadito.

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El respiro de Skópelos

Ulyfox | 14 de julio de 2020 a las 12:12

Iglesia en Skópelos.

Iglesia en Skópelos.

La iglesia de la Virgen María, sobre la roca.

La iglesia de la Virgen María, sobre la roca.

Seguramente la clave está en que no tiene aeropuerto pero, comparado con Skiathos, Skópelos es un alivio. No le falta gente en temporada alta, pero no tiene comparación con el caos multitudinario de la isla vecina. Su belleza, además, es extraordinaria. Es probablemente una de las islas más verdes del Mediterráneo, y eso a pesar de que es castigada regularmente con incendios forestales. Es, además, junto con la vecina penínsua del Pilion, el lugar en el que se rodaron la mayor parte de las escenas al aire libre de la película Mamma Mía!  con todo lo que eso significa como atractivo turístico.

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Detalles en el interior de Skópelos.

Detalles en el interior de Skópelos.

Era la tercera vez que visitábamos Skópelos, lo que da idea de lo que nos gusta. Arribamos a su puerto a bordo del Skiathos Express. Nos recogió el amable Dimitris, responsable del hotel Villa Blé, es decir Villa Azul, para trasladarnos a su agradable establecimiento, situado lo bastante alejado del bullicio y lo suficientemente cerca de todo, en medio de un jardín.

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El hotel tenía solo un inconveniente (y grande) pero no achacable a sus dueños: estaba ocupado entero por italianos. No tengo nada en su contra, me caen bien y tengo antepasados del Piamonte. Pero estos, que parecían formar parte de un mismo grupo, se comportaban de una manera extrañamente superior. Bajaban al desayuno todos media hora antes de lo estipulado, y acababan con el bufet, llevándose pancillos y embutido para el resto del día, llenaban los espacios de la terraza y se comunicaban a gritos. Sus ‘buongiorno, Rafaele, Fabrizio, Flavia…’ por la mañana al saludarse y los ‘buonanotte’ al irse a la cama sonaban por todo el espacio. En la noche, llegaban de regreso al hotel y entre portazos de los coches y sus despedidas hacían notar que habían vuelto. Los portazos se repetían al entrar en sus habitaciones. No parecían conocer la discreción y el silencio. En las playas, la invasión era pareja, y entre las sombrillas o en las mesas de los restaurantes y bares, se oía mucho más italiano que griego o cualquier otro idioma. Parecían estar como señores por su casa.

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La fabulosa playa de Panormos.

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Decoración de una iglesia en Skópelos.

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La calma volvía a reinar cuando se iban, y desde el hotel lo controlamos todo en los cuatro días de estancia en la capital de la isla, que lleva el mismo nombre, un pueblo blanco precioso, de tejas rojas y salpicado por decenas de iglesias y capillas con cúpulas cubiertas de láminas de piedra. Una de ellas, la dedicada a la Virgen María (Panagitsa) y que se alza sobre un promontorio en un extremo del puerto, es especialmente bella. Pero el interior del pueblo es igualmente maravilloso, con sus cuestas, sus flores y sus casas, muchas de ellas señoriales.

Atardecer en Skópelos capital.

Atardecer en Skópelos capital.

Escenas en Kastani.

Escenas en Kastani.

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La playa de Kastani.

La playa de Kastani.

Visitamos con gusto varias playas asombrosas, como las de Panormos y Kastani, que se pueden ver en la famosa película; atravesamos algún apuro grande para aparcar en la estrecha y empinada carretera de acceso a la segunda, que nos resolvió un habilidoso muchacho isleño; subimos hasta el pueblo de Glossa para comprobar que algunas cosas sí han cambiado; disfrutamos de la comida y mucho más de algunos atardeceres violetas como sólo se pueden dar en esta parte del mundo.

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La capilla de Ayios Yiannis, más conocida como la capilla de Mamma Mía, su explanada y su descenso.

La capilla de Ayios Yiannis, más conocida como la capilla de Mamma Mía, su explanada y su descenso.

Uno de los días quisimos dedicarlo a acercarnos a la capilla más famosa, la de Ayios Yiannis. Sí, aquella en que transcurren las escenas finales de la peli, la de la boda. Los griegos son conocidos por muchas cosas, y una de ellas es su afición a colocar capillas y monasterios en lugares inverosímiles. Esta sí que lo está: encima de una gran roca, un peñasco que se eleva sobre el mar. Desde que apareció en las pantallas, peregrina allí casi tanta gente como a La Meca. Nosotros la habíamos visitado hacía años, pero recordábamos de aquello un día especialmente gris y, sobre todo, una carretera infernal. Así que decidimos apuntarnos a una excursión con un grupo pequeñito, algo que no acostumbramos a hacer pero que se nos antojó una solución apañada para no tener que conducir.

Y allí salimos a media tarde para hacer una parada en una playa, y luego visitar la capilla tras recorrer con habilidad grande del conductor una vía estrecha y llena de curvas inverosímiles. El chófer también pasó algún apuro. Pero, sea como fuere, allí estábamos ante aquella extraña preciosidad en las horas previas al atardecer. Subir fue duro, nada que ver con las alegres carreras ascendentes de Meryl Streeep y Pierce Brosnan en la película, por una empinada escalera agarrada a la pared vertical en sus últimos tramos.

Tirópita, la empanadilla espiral de queso típica de Skópelos.

Tirópita, la empanadilla espiral de queso típica de Skópelos.

La pequeñísima explanada ante la iglesia estaba naturalmente llena de gente, y nos dio miedo pensar lo que sería subir ahí en fila en horas punta. El panorama era grandioso desde allí arriba, eso sí, pero comprobamos que es imposible una boda y que felizmente el cine es una gran mentira.

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Una casa en Glossa.

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Rincones de Sópelos capital.

Rincones de Skópelos capital.

La vuelta sirvió para parar ante uno de los atardeceres irrepetibles a través de los pinos, y para confirmar que Skópelos, aún y gracias a los dioses, sigue pudiendo ser un lugar para respirar.

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Penélope, respirando y disfrutando en Skópelos.

Penélope, respirando y disfrutando en Skópelos.