Mil sitios tan bonitos como Cádiz

Los Monasterios en el Aire

Ulyfox | 29 de marzo de 2013 a las 2:50

Las rocas de Meteora, en la Tesalia griega.

Esa aventura fue la segunda flecha que nos lanzó Grecia en el mismo día para que nos enamorásemos de ella, para siempre jamás. La primera había sido temprano, nada más llegar a Atenas, ante, bajo, cabe, con el Partenón, en las alturas de la Acrópolis. Era nuestro estreno con el país que pasado el tiempo llegaría a ser nuestra segunda casa. Desde que decidimos viajar a tierras helenas, en aquel lejano 1992 que luego se llamó mágico, yo había jurado que no volveríamos de allí sin visitar Meteora, en griego Meteora Monastiria, es decir, Monasterios en el Aire, un nombre que representaba para mí algo así como una tierra mítica llena de altas y estrechas rocas en cuyas cumbres se asentaban conventos inaccesibles habitados por monjes solitarios y apartados del mundo.

El monasterio de Varlaam en primer plano, y el de Rosanou al fondo.

Pero Mundojoven, la desaparecida agencia a la que tantos viajes le debemos, no incluía en el circuito griego la excursión a Meteora, un lugar alejado de Atenas. Aun así, estábamos decididos y bien informados. El mismo día de nuestra llegada advertimos a la guía, la competente Mercedes, de que nos íbamos al encuentro de los monasterios en el aire, pero que estaríamos de vuelta dos días después, a punto para emprender la excursión por el Peloponeso. Y esa tarde echamos en una mochila una mudita y los artículos de aseo imprescindibles y empezamos a andar hasta la estación de autobuses, en una calurosa Atenas con huelga de casi todo, incluido los buses urbanos, y con taxis que no querían parar.

Altas paredes como defensa.

Al llegar a la cochera el alma se me cayó a los pies. El último coche para Kalambaka, el pueblo más cercano a los monasterios, acababa de partir y no habría otro hasta el día siguiente, ya sin tiempo para nuestros planes. La cara que puse debió de ser tan penosa y patética que Penélope a mi lado tomó la decisión rápida: “¿Cuál es el pueblo más cercano a Kalambaka?” me preguntó. “Trikala”, le contesté. “Saca billete para Trikala, y una vez allí ya veremos”, insistió. Salvación y tuvimos suerte: había autobús un poco más tarde. Al rato, estábamos a bordo de un vehículo de tono verdoso, asientos de eskai azules y sin aire acondicionado, que empezó a andar hacia el norte, con la tarde ya cayendo.

Ante el Monasterio de la Transfiguración o Monasterio Grande (Megalo Meteoro).

El viaje caluroso, con las ventanillas abiertas y las cortinillas volando, duró cinco horas y media, y transcurrió en un duermevela provocado por nuestro cansancio (la noche anterior habíamos volado de madrugada y no habiamos dormido), y salpicado por la emoción incierta de pasar junto a las Termópilas, cuando yo buscaba ese pasadizo entre las montañas que marcó la batalla. Entre sueños y con el fondo de una música que a mí me sonaba a árabe, me parecía oír a los viajeros hablar en español y ahí descubrí la cercanía fonética extraordinaria entre los dos idiomas, capaz de hacer confundir los soniquetes. Avanzaba la noche y crecía nuestra inquietud. ¿Cómo sería el lugar al que íbamos a llegar? Pe tenía como mayor preocupación, si nos tocaba dormir en la calle, que nos pudieran robar la cámara.

Delante de Agia Triada y de rocas que no hace mucho albergaron otros monasterios.

De noche cerrada llegamos a la solitaria estación de autobuses de Trikala. Naturalmente, no había combinación para Kalambaka a esa hora. El conductor nos ofreció una posible solución y nos acercó en el autobús vacío a la estación férrea. Muy agradecidos, nos despedimos de él ante el apeadero pero el amarillento taquillero nos dijo que claro que no, que tampoco había tren a Kalambaka. “¿Y el centro del pueblo?” “Por esta misma calle al fondo” Con pocas esperanzas nos dirigimos andando en busca de un lugar donde pasar la noche, y todo nos empezó a sonreír. Encontramos un hotel apañado y barato, y en la calle, a pesar de ser más de las once, la gente llenaba las terrazas, cenamos sin problemas y algunos nos preguntaban qué hacíamos allí, un lugar tan poco turístico. Sonreímos.

Integrada en el imponente paisaje humano y físico.

A la mañana siguiente tomamos el primer bus hacia Kalambaka, muy temprano, con la primera luz del día. A primera hora, una vez allí, aún había que coger otro transporte hasta el más alto de los monasterios, ahora comunicado por carretera, el llamado Megalo Meteoro. El plan resultó perfecto, comprobamos, y una vez visitado este convento, lo ideal era bajar andando de vuelta la carretera hasta el pueblo, diez kilómetros de descenso entre curvas y pasando bajo los increíbles edificios colgados de las rocas. Así lo hicimos, parando en dos de ellos (Varlaam, Rosanou) y viendo su interior, comprobando los elevadores que los monjes utilizaban antiguamente para aprovisionarse e incluso para subir y bajar ellos mismos, dentro de grandes cestas de red, único medio de acceso durante siglos.

El monasterio de Rosanou, en todo su esplendor.

Fue un descenso lleno de sensaciones, con descansos y miradas hacia arriba y a los lados. Por todas partes se veían paredes de piedra y oquedades que habían sido morada de eremitas. En una cueva en las alturas, cientos de pañuelos colgados , llevados allí y colocados por atrevidos jóvenes que una vez al año escalan las paredes para hacer esta ofrenda al santo. En los tiempos de apogeo, llegó a haber aquí 24 monasterios, el primero de los cuales fue habitado en el siglo XIV. Durante la Segunda Guerra Mundial, los alemanes destruyeron la mayoría de ellos porque los monjes daban refugio a los rebeldes griegos. Ahora sólo quedan seis en funcionamiento, y están declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

El recorrido entre los monasterios es inolvidable.

Llegamos cansados a Kalambaka a la hora de comer. Nuestra maravillosa Guía del Trotamundos nos dirigió al restaurante Kentrikon, donde almorzamos por un precio irrisorio e hicimos nuestros primeros pinitos con el idioma griego.

Kalambaka, a la sombra de las grandes rocas.

Había que volver ahora a Atenas, y lo hicimos en autobús. Gloria al sistema de transporte público griego, un modelo que permanece, y que ya era entonces modélico. No recuerdo el viaje de vuelta, qué curioso. Sólo la llegada y el extraordinario apelotonamiento en la parada de taxis, que hicieron su agosto acumulando viajeros en el mismo vehículo y según su destino. En cuanto yo oí al taxista gritar “¡Omonia!” pidiendo clientes que fueran en dirección a esa céntrica plaza ateniense, levanté la mano y ahí nos colamos, consiguiendo llegar a las cercanías del hotel, a tiempo aún de tomar algo en un bar cercano, disfrutando de la tranquila noche ateniense, oscura oscurísima por la huelga de electricidad, y felices.

Aún se seguían usando las cestas para subir las provisiones, hace 20 años. Ahora, no sé.

A la mañana siguiente estábamos puntuales en el autobús de la agencia. Mercedes, la competente guía, al hacer las presentaciones de todos los componentes del grupo, pronunció nuestros nombres mientras decía: “Y ahora con vosotros, unos aventureros…” Ya ves tú.

Los aventureros

Ulyfox | 27 de marzo de 2013 a las 12:49

El tiempo

Ulyfox | 27 de marzo de 2013 a las 12:38

La lluvia en la región del Chianti

Será porque, como alguien ha escrito, nos estamos convirtiendo en burgueses meteorológicos, pero nunca había estado tanta gente pendiente del tiempo que va a hacer. En vacaciones ya resulta patológico, y en Semana Santa ciertamente exagerado. Mantiene la vista en las previsiones el viajero tanto como el cofrade, el hostelero como el senderista. He de reconocer que también nosotros hemos caído víctimas de este aburguesamiento, y hemos estado tan pendientes del tiempo que al final nos hemos quedado aquí, pese a que acumulamos hasta cuatro días libres. Es probable que haya influido también el ambiente de miedo económico, la subida de los precios, la incertidumbre por el futuro, todas esas cosas que nunca queremos que nos pillen y que uno no puede impedir al final que lo hagan.

Pero pensábamos “es que viajar para que después no puedas salir del hotel…”, o “gastarte un dinero para no disfrutar tanto como querríamos…” Bueno, aquí estamos, forzados e ilusionados a la vez por hacer algo de turismo interior, conocer nuestra tierra, revisitar sus rincones, pasear, ir al cine, leer, quedar con algún amigo… Sin planes fijos, y dejándonos llevar, a ver qué nos ofrece el tiempo.

Egina, para Antonio

Ulyfox | 22 de marzo de 2013 a las 13:54

Puerto de Egina, al atardecer.

 

Entre los cientos de islas griegas, Egina no está entre las más hermosas por sus pueblos, ni entre las más espectaculares por su naturaleza. Pero sí entre las más visitadas, por su cercanía a Atenas y por sus instalaciones turísticas. Apenas una hora de navegación, e incluso menos si se opta por el barco rápido, la separan de la capital griega, y muchos atenienses tienen casa en la isla. Además, el puerto de la capital tiene el encanto de los pequeños puertos griegos, con un paseo lleno de restaurantes y tiendas, las barcas amarradas a un paso de las mesas, y numerosas tiendas y puestos que ofrecen el producto más famoso de la isla: sus pistachos. Estos árboles llenan el territorio, como una grande y productiva mancha verde. No se puede uno ir de Egina sin comprar pistachos, que además están ciertamente buenos.

Iglesia en el puerto de Egina capital.

Ayer mismo, Antoniodlr, un visitante y colaborador asiduos de este blog, con el que he descubierto más complicidades y coincidencias de las esperadas, incluida la edad, me decía que está a punto de viajar a Atenas por pocos días. Le envidio, pese a las noticias que me llegan de esa querida ciudad tan maltratada. Y está pensando en hacer una pequeña excursión a alguna isla cercana. Ciertamente, Egina es la mejor elección, tan cerca y tan bonita.

Una parada relajante en la bahía de Perdikas.

Hace unos años estuvimos en Egina. Fue un pequeño paréntesis, de apenas dos días, entre nuestro viaje a Egipto y nuestra visita a la pequeña y embrujadora isla de Astipalea. Dejamos el equipaje en el aeropuerto de Atenas y con una maletita mos montamos en el metro hasta el puerto de El Pireo. En poco tiempo estábamos en Egina, al atardecer, con tiempo para un baño crepuscular y el primer paseo por la pequeña y agradable capital. Fue tan corta nuestra estancia que tuvimos que elegir entre conocer alguna de sus playas en Perdika y Marathonas o visitar el templo de Afaia, a 11 kilómetros y uno de los tres grandes ejemplos del dórico en Grecia junto con el Partenón y el templo de Poseidón en Cabo Sunion, . Elegimos la playa, y no estoy convencido de que hiciéramos una buena elección. Más bien creo que nos equivocamos. Pero… así es.

Lo que sí recuerdo con mucho agrado es nuestra cena en el Mezedopoleio To Gramma (http://www.togramma.gr/) , un poquito alejado del centro del puerto, pero recomendable en grado sumo. Nos dieron a elegir entre decenas de platillos, y todos estaban exquisitos, en una terraza bellísima. Eso sí, no sé si estará abierto en abril. En realidad, esto es sólo una muestra rápida de lo que Antonio puede encontrar en Egina, si se decide a visitarla. Ánimo.

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Esos acantilados

Ulyfox | 21 de marzo de 2013 a las 14:23

Vista de Positano desde tierra, en la Costa Amalfitana.

 

El camarero de aquel pequeño paseo marítimo (lungomare le llaman bellamente) en aquel pequeño pueblo italiano no estaba desocupado. Daba vueltas y cuando nos vio se dirigió a nosotros para ofrecernos una mesa, con esa costumbre tan mediterránea de vender su local como el mejor. La noche era perfecta para convencernos: “Buona sera, volete il tavolo degli innamorati?” nos dijo el zalamero: “¿Quieren ustedes la mesa de los enamorados?” Como para decirle que no. Era nuestra segunda noche en Positano.

La Spiaggia Grande de Positano.

La noche anterior habíamos llegado tras un largo y azaroso viaje, que incluyó varias divertidas etapas. En realidad todo había comenzado con una llamada de nuestro amigo italiano Ettore, el recordado dueño de la famosa pizzería de San Fernando. A él le contamos que queríamos pasar unos días en la Costa Amalfitana. Bueno, entonces hay que contar que todo empezó en una película, El talento de Mr. Ripley, que nos deslumbró con sus escenas en la península de Sorrento (mejor siempre en italiano, Peninsula Sorrentina) y las islas del golfo de Nápoles, hasta el punto de que decidimos que teníamos que conocer ese sitio. Descubrimos que el pueblo se llamaba Positano y nos pusimos en marcha. A Ettore, como italiano, le encargamos que llamara al hotel La Tartana para reservarnos habitación y preguntar cómo podíamos llegar hasta ese sitio que se nos antojaba recóndito y casi inaccesible, encajonado entre montañas verdes y el mar. Aún recuerdo sus palabras cuando llamamos a Italia: “Buona sera, stó chiamando dalla Spagna…”

Penélope frente al mar de Positano.

El lugar era ciertamente difícil, pero seguimos las indicaciones que le dieron a nuestro amigo. Tuvimos que volar hasta Nápoles, y todo lo que siguió fue divertido. En el aeropuerto fue nuestro primer encuentro con la realidad napolitana. Los taxistas esperaban con el pie apoyado en una barrera metálica. “A la estación central, por favor”

-“La Stazione Centrale? “É molto pericolosa, molto grande, é una jungola. Dove volete andare?”, advirtió uno de ellos.

-“A Positano”, le respondimos

-“Meglio io vi porto fino Positano per 150.000 lire”, se ofreció para llevarnos hasta nuestro punto final, evitarnos varios trasbordos y de paso sacarse un buen dinerito.

Su insistencia no le sirvió para convencer a Penélope, que tenía muy claro que no estaba dispuesta a pagar ese dinero. ¡A la estación central! dijo con voz firme. Eso bastó para que el taxista asintiera sin más discusiones: “Ah, la donna!”, concluyó como diciendo “aquí no hay más que hablar”. Y nos dirijimos hacia la estación central, observando por primera vez durante el camino la imponente silueta del Vesubio, mientras atardecía. El taxista no se portó del todo mal, y nos llevó a la entrada de la Stazione que él nos dijo más segura. Allí debíamos tomar un tren hasta Sorrento, la línea Circumvesuviana, llamado así porque recorría todos los pueblos que circundan el gran volcán, incluyendo Pompeya y Herculano. En la estación aprendí que vía se dice binario. Recuerdo, no lo he olvidado, que nuestro convoy salía del binario tré.

Una parte de la Costa Amalfitana.

Lentamente, en esa especie de ferrobús de cercanías de tono verdoso y amplias ventanas, nos fuimos acercando con la noche a Sorrento, donde teníamos que coger un autobús hasta Positano. Ese tren era de gente trabajadora, se veía enseguida que volvían a sus casas de los extrarradios después de trabajar en la gran Nápoles. Gran parte del trayecto de más de una hora lo hicimos de pie, pegados a nuestras maletas. Al fin llegamos a Sorrento, de musical nombre y evocaciones pavarottianas, patria del  limoncello, llena efectivamente de limoneros que crecen en unos emparrados muy vistosos y que no pudimos ni entrever a esa hora. En la parada del autobús, unos jóvenes italianos se dieron cuenta de nuestra procedencia, y uno de ellos nos declaró inmediatamente su amor por el cine español y sobre todo por Almodóvar. Fue un agradable trayecto hasta Positano, con este guía espontáneo contándonos cosas de la zona, mientras afuera del autobús serpenteante por carreteras imposibles, allá abajo, divisábamos las oscuras aguas mediterráneas reflejando una muy a propósito luna llena.

Vista general de Positano desde el mar.

La Costa Amalfitana es así. El bus nos paró en un sitio extrañísimo, el pueblo estaba allí abajo y nosotros llevábamos, como siempre, dos pesadas maletas. En el camino, sólo lo que parecían unas inacabables escaleras con unas calles cada vez más hermosas y animadas, pero con un pavimento impracticable para las ruedas de nuestros bultos. El descenso fue duro. La Tartana (http://www.villalatartana.it/) estaba muy abajo, casi en el puertecito, una ensenada de esas minúsculas y abigarradas sólo posibles en Italia. Pero llegamos y, aunque para colmo la recepción y las habitaciones estaban subiendo más escaleras, resultó ser un lugar muy agradable, inolvidable, y nada más llegar nos dieron la llave y nos preguntaron a qué hora queríamos que nos sirvieran el desayuno en la habitación. Allí no había comedor, no cabía, y la solución nos pareció fantástica. A la mañana siguiente comprobamos que lo era más aún.

Desayuno en la terraza de Villa La Tartana.

Positano resultó ser un pueblo colorido y lleno de turismo, uno de esos lugares en los que parece imposible no ser feliz a poco que uno tenga algo de dinero. Cada uno de los cinco días se repitió el milagro del desayuno subido a la habitación y comido en la terraza mirando la cúpula de azulejos amarillos de la iglesia y un poco más allá el mar. Yo bajaba temprano a buscar el periódico español que llegaba con uno o dos días de retraso, cuando internet era una palabra lejana, y  me cruzaba a un montón de gente feliz. Allí, excepto en el lungomare o en la playa, era imposible andar en horizontal. Siempre subías o bajabas. Y todo era brillante. Las calles y balcones, llenos de buganvillas y glicinias, y en las laderas de los altos montes que caían directamente sobre el mar y el pueblo, crecían los limones, como un alto muro que separó por tierra durante siglos toda la península. Aún hoy, la forma más cómoda de llegar a esos pueblos de la Costa Amalfitana, llamada así por el precioso pueblo de Amalfi, es en barco.

Un rincón colorido de Positano.

De esa forma tan marinera, por ejemplo, nos acercamos a Amalfi, y luego subimos en autobús a las alturas de Ravello para comprobar que cualquier mar, incluso el cerrado Mediterráneo, puede ser infinito. Pero esa es ya otra historia.

 

¡Qué ganas de volver!

Ahora es Chipre

Ulyfox | 18 de marzo de 2013 a las 13:31

La roca de Afrodita, en Pafos (foto robada de internet).

No conozco Chipre, aunque creo que lo conozco. Para explicarnos, sabéis que adoro Grecia y que adoro Turquía. Conozco los dos países hermanos en tantas cosas y enfrentados en muchas otras. Creta es como una mezcla feliz de las dos cosas, y sospecho que en Chipre, con todos sus enfrentamientos, debe ser aún más evidente ese combinado sorprendente y finalmente embriagador. Sufren una maldición los países de aquel maravilloso rincón del Mediterráneo donde todo empezó. Todo menos el capitalismo desenfrenado. Ese nació en otro lado, más al norte. No conozco Chipre, sólo tengo una imagen hecha por el espléndido libro de Lawrence Durrell Limones amargos, de retazos de revistas de viajes, fotografías de playas cristalinas con recuerdos de Afrodita y sus amantes, costas verdes y la noticia de muros políticos y de hormigón separando comunidades, sabidos a través de las noticias.

Tal vez, ahora que otro país mediterráneo ha sufrido el zarpazo de gente con rolex y pañuelos de Hermés (no confundir con Hermes, ese dios mensajero), las noticias den a conocer durante unos días los problemas y las ambiciones de gente que nunca sale. A las sonrisas y apretones que se intercambian los rubios, oxigenados y desahogados asaltadores de bancos que son Lagarde y Schaubel, esos Robin Hood al revés que roban a la gente en sus propias cuentas, podremos oponerles los rostros serios y resignados de las víctimas, indefensas, engañadas y saqueadas por sus propios gobiernos. El dinero de los ciudadanos ya no está seguro ni en la banca. Volveremos a esconderlo bajo las losas, en el colchón, o en una riñonera permanente, tal vez en un bolsillo oculto bajo los forros. Imaginaos que un señor y una señora, desde su lujoso despacho en el frío Norte y su sueldo de millones de euros, decide que para que los bancos españoles salden la deuda contraída con su despilfarro y su mala gestión, tienen que robarles directamente a los pequeños ahorradores parte de sus ahorros. Que mientras Rodrigo Rato está tranquilamente dando conferencias a usted le hacen pagar su inutilidad culpable como administrador del desastre. Y el mundo asiste impasible a esto. Peor aún: se ríen. Y el mundo no estalla.

Alguna vez hemos hecho planes, es cierto que no muy serios, para viajar a Chipre. Quizá esta vez lo hagamos de verdad, por aquello de la solidaridad entre las víctimas, como el comisario Jaritos, el personaje de Petros Márkaris que cuando tiene que cambiar de coche se decide por un Seat Ibiza para compartir su suerte con los españoles, hermanos en la crisis.

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Perder lectores

Ulyfox | 18 de marzo de 2013 a las 12:39

Un café, como este de Jordania, y a seguir caminando por el blog

Cuando uno pierde lectores es siempre por algo. Yo los estoy perdiendo, de la misma forma que estoy perdiendo peso por un régimen que nos hemos autoimpuesto para reducir en algo la trasposición en kilos de la felicidad que hemos acumulado en los últimos viajes. Vale. Una mezcla de desatención, agotamiento y falta de tiempo son la causa de este desapego, al menos por mi parte. Falta mucho para llegar a los mil sitios tan bonitos como Cádiz, y aquí estamos empantanados.

No pasa nada, son rachas, le pasa incluso al Barcelona. Pero como un amanecer al amparo de la aurora de rosáceos dedos (cita homérica) esto volverá a levantarse. Será un ama-nacer,  y perdóneseme el juego de paraguas, digo de palabras. Tal vez el hecho de que hoy vuelva a ser un día soleado después de tantos lluviosos ayude. Venga, hombre, perdona. Esto va de viajes, y pronto cogeremos de nuevo las maletas. Va por ustedes… y desde luego por nosotros.

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El culo del mundo

Ulyfox | 10 de marzo de 2013 a las 21:43

No tengo nada en contra de los culos. Incluso estoy a favor. Algunos son preciosos. Pero eso que llaman el culo del mundo tiene mala fama, muy mala. Sin embargo, muchos lugares optan a que se les proclame con ese título. Incluso buena parte de los habitantes de esos sitios, por fuerza alejados, en los extremos, confinados más allá de los límites tenidos por razonables, proclaman una y otra vez con fastidio: “Es que estamos en el culo del mundo”. La verdad, Cádiz tiene buenas credenciales para ser llamada así, al final de ese continente europeo que se tiene por civilizado pero sin estar en Africa, tan cercana. Non plus ultra, rotularon los romanos.

Es como un impedimento. Es muy fácil y deseable llegar aquí. De hecho, miles y miles nos visitan cada año. Pero es una ardua tarea salir. Hay que tener vocación de viajero. A veces envidio a los que viven en lugares como Madrid, ahí en el centro de todo, una ubicación que les permite planificar cualquier escapada de pocos días, sin demasiado sufrimiento. A la dificultad geográfica se unen los impedimenos que se van sumando. Tiene uno la suerte de pillar, con esta profesión asediadora, un par de días en Semana Santa y se dice “aprovechemos y viajemos”. Y qué difícil buscar combinaciones atractivas. Hasta no hace mucho, cogíamos el coche y nos lanzábamos a la carretera: en cuatro días da tiempo de muchas cosas. Pero en más de veinte años de viajes, las posibilidades cercanas se van agotando a fuerza de repetirse.

Para colmo, las compañías aéreas suprimen vuelos desde Jerez y Sevilla, volar a Europa se convierte en una dificultosa y cara misión que pasa por pernoctar en Madrid, el tren oferta pocas plazas y caras… Por más vueltas que le damos, no hallamos la solución satisfactorias Lamentamos comunicar a nuestros lectores que efectivamente, en esto del viajar estamos en el culo del mundo. Bonito, deseable, reluciente, pero culo, allí al final, non plus ultra.

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Paraportiani

Ulyfox | 4 de marzo de 2013 a las 1:01

 

La iglesia Paraportiani de Mikonos.

 

Repasando fotos me he encontrado este aparente montón de nata o de merengue, esta capilla que parece hecha a pegotones, la más fotogénica de entre los cientos de capillas que hay en Mikonos, sobre todo cuando la tarde empieza a caer. La iglesia Paraportiani, a dos pasos del mar y de las calles del kastro, de contornos desaparecidos y redondeados a fuerza de siglos de cal, es una amalgama blanca en la que parece imposible que haya algo dentro, como si fuera una construcción maciza. Las minúsculas ventanas y esa cúpula que a pesar de todo destaca airosa en lo alto desmienten la impresión. Pese a su indefinible belleza, la plaza que se abre ante ella suele estar poco frecuentada, algo inconcebible en la atestada Mikonos, tal vez porque está mínimamente alejada de la ‘pequeña Venecia’ y los molinos de abajo, esos imanes para el turista de crucero deseoso de demostrar con sus fotos que ha estado en la más famosa de las Cícladas.

Y la vista lateral frontal

Pero la Paraportiani, ay, es para nosotros como un imán, y no podemos dejar de rendirle nuestra visita habitual cada vez que vamos a Mikonos, que es todos los años. Vaya aquí este mínimo homenaje, a la espera de nuestra próxima cita, allá por septiembre, cuando la isla fetiche de los gays y de la fiesta continua en la playa se convierte en un lugar amable para todos, marchados ya la mayoría de los partidarios del baile frenético y sin fin, cuando comienza a ser de nuevo griega.

Un perro es un perro

Ulyfox | 3 de marzo de 2013 a las 22:15

Un perro es un perro. Evidentemente no es un familiar, ni un amigo, ni una persona. Claro. Entonces ¿de dónde viene esta desazón, este desvelarse, este no convencerse de que un perro es un perro? Dos inyecciones al día, y análisis periódicos, se está quedando ciego. Pero corre como siempre, se pelea con los otros como siempre y tiene la misma hambre de siempre. Juras que nunca más tendrás perro y temes el día, aparentemente lejano, en que haya que sacrificarlo. Y mientras, lo paseas con más ganas que nunca, cuidas de que se alimente como nunca y te alegras de que haya recuperado su peso, incapaz de sentir que es sólo lo que es.

Y además, sabes que lo que escribes no le interesa, ni le llega ni le importa a nadie que no tenga perro. Más o menos como me ocurre a mí cuando la gente empieza a hablar de sus series favoritas. No es culpa de ellos, es solo que yo no veo series. Pero hoy, excusadme esta pequeña debilidad. No es culpa vuestra si no me hacéis caso ¿a quién le importa la enfermedad de un perro? Un perro es un perro, ya lo sé, pero es el mío, y me descubro a gusto cuidándolo.

No caeré en el sentimentalismo (¿o tal vez ya lo estoy haciendo?), yo antes también pensaba, aunque comprensivo, que la gente que tiene perro tiene una carencia afectiva. Ahora digo, si fuera así todo el mundo tendría animal de compañía, y no me refiero a algunas parejas habituales. Caiga sobre otros la tarea sociológica de averiguar por qué cada vez hay más canes en las casas y calles de la sociedad occidental, y alejemos el esperpento de los que compran ropas y celebran los cumpleaños de sus mascotas. Fuera de todo eso, convengamos en que lo que producen estos bichos es ternura, por su total dependencia de sus amos. Digo yo que la persona capaz de amar a los animales, y no hablo de excesos comparativos, normalmente es también capaz de hacerlo con los humanos. También hay quien odia a los perros. Bueno, lo entiendo, si tenemos en cuenta que hay mucha gente capaz de despreciar a sus congéneres, robarles, matarlos o explotarlos. Admitamos la diversidad humana y la canina, y dejemos ya de escribir.

Todo esto no tiene nada que ver con los viajes, pero sí con mi vida, que también es parte importante de este blog. Guau.