El típico griego vago y quejica

Ulyfox | 13 de septiembre de 2012 a las 22:40

En la taberna Cellar, de Stelios, en Kíssamos.

Stelios (ya os he hablado de él en la anterior entrada sobre Balos) es el típico griego vago que describen las instituciones europeas, para entendernos: se levanta a las siete y se acuesta a las dos de la madrugada cuando los últimos clientes de su taberna deciden que ya es hora de retirarse. Tiene una agencia de viajes en la que hace también de chófer de uno de los jeeps de excursiones por la bella e histórica región de Kíssamos; es socio de una taberna suculenta, y lleva un hotel y una casa de apartamentos tradicionales.

Una de las más antiguas prensas de aceite conocidas en Creta, en Polyrrinia.

Stelios, al que acompañaba su hijo Vangelis, de 14 años, el día que fuimos a la playa de Balos nos llevó primero, a través de una carretera sinuosa, a las ruinas de la antigua Polyrrinia, una poderosa ciudad helenística y posteriormente romana, rodeada por una gran muralla pero destrozada también por la historia: los alemanes arrasaron el pueblo durante la segunda guerra mundial, y sus habitantes utilizaron posteriormente las piedras históricas para reconstruir sus casas. La situación de la ciudad es espectacular, desde su altura se domina el mar y el valle posterior. Los persas pagaban a Polyrrinia por usar uno de sus puertos, el de Falasarna. El agua de sus manantiales, almacenada aún hoy en las mismas cisternas, era llevada por decenas de acueductos a las fértiles villas. Crónicas de un esplendor clásico, contadas por el narrador Stelios, que se empeña en que Vangelis le acompañe en las excursiones para que se empape de la historia de su tierra.

Penélope, Stelios y Vangelis, en el jeep.

Este hombre, que no para de lamentar que sus convecinos siguen construyendo sobre yacimientos y mosaicos romanos, confiesa que es mal visto en su pueblo. “Me llaman mafia porque tengo varios negocios, pero yo lo único que hago es trabajar, mientras muchos sólo se lamentan de la crisis. Vale, no es igual en Creta que en Atenas, por ejemplo, donde mucha gente lo está pasando muy mal porque no tienen trabajo o porque tienen un sueldo bajísimo. Creta es una isla rica, hay agricultura, hay naturaleza, hay turismo. Incluso muchos aquí piensan que deberíamos independizarnos de Grecia (ya fueron independientes hace un siglo), pero qué íbamos a hacer solos y pequeños en este mundo tan grande”. Dice: “Los griegos pasan el día en la cafetería lamentándose de que sólo tienen unos olivos y que el aceite se paga muy barato. Yo digo: plantad otra cosa además, tened iniciativas, esta tierra es muy rica…”

Una conversación y café griego con Stelios dan para mucho.

Stelios demuestra tener las cosas muy claras. Verlo en su taberna atendiendo a sus clientes es un espectáculo, no tan raro sin embargo en Grecia. Intenta atraerlos y contentarlos con bromas y atenciones. “No hay más secreto en el éxito de un negocio”, dice. Su padre fue combatiente comunista cuando la guerra civil griega y pasó diez años en la cárcel. “Era pobre, sólo tenía olivos. El día que decidí irme de mi casa, con 16 años, sólo me dio tres consejos, u órdenes: ‘no seas ladrón, no seas mentiroso y no seas maricón’. ¿Ves? entonces no había drogas, lo peor que podía pasarle a un hijo, según la mentalidad de mi padre, es que fuera maricón”.

Stelios nos llevó de manera segura por Granvousa hasta Balos.

Stelios, en cambio, sólo quiere hacer negocios, y hasta nos propone uno que nos estamos pensando, mientras que nos lleva hacia la playa de Balos por el tortuoso camino de la península de Granvousa. El año que viene, alquilará un camping abandonado en el centro de Kíssamos y cambiará el enfoque de este establecimiento. Además, tiene pensado arreglar una antigua almazara y poner una especie del museo del aceite, con venta de productos y explicación de los procesos de fabricación. Un vago y un quejica este cretense.

¿Hablamos de playas?

Ulyfox | 13 de septiembre de 2012 a las 22:01

La playa de Balos y su laguna.

Ahora puedo asegurarlo. No podréis hablar de azules y verdes, ni de las hermosas combinaciones y gradaciones que puede haber entre estos dos colores básicos, hasta que no hayáis contemplado el islote de Balos y la laguna que ha formado la lengua de arena que casi lo une a la isla de Creta, allá en su confín noroeste. La vista desde lo alto de la península de Granvousa, mientras se desciende por el sendero, es casi irreal, como si alguien hubiera colgado frente a ti una gigantesca, titánica pantalla en alta definición para hacerte creer que estas cosas, que imaginabas fantasía cinematográfica, existen.

De espaldas a la maravilla, pero solo para la foto.

Balos existe. Damos fe porque la hemos contemplado con la boca y los ojos abiertos, porque nos hemos bañado en sus aguas invisibles, flotado en el esmeralda y contemplado el cobalto un poco más lejos, ante la isla de Granvousa donde los venecianos colocaron una de sus imponentes fortalezas con las que consiguieron retener Creta durante siglos.

El gran azul

Tuvimos suerte, porque el día, que había amanecido con la amenaza nubosa del día anterior, respetó la luz para que realizáramos nuestro deseo visual. El viento también hizo de amigo comprensivo. Sólo sopló lo suficiente para demostrar que Eolo es uno de los dioses potentes de estas tierras, pero no quiso empañar nuestra excursión, que había comenzado a las nueve de la mañana.

Podéis ponerle el nombre que queráis a este color.

Sabíamos (sabía la sabia Penélope) que no deberíamos vajar a Balos en la típica excursión en barco desde Kíssamos-Kastelli, una antiquísima ciudad, con una historia helenística y romana casi destruida por los siglos y ahora un pueblo próspero dedicado a la agricultura pero poco atractivo. Eso sí, el golfo que se despliega ante ella, alojado entre dos penínsulas como dos largos y montañosos dedos, es bellísimo.

Entonces, preferimos hacer la excursión en una especie de safari en jeep, conducido por el inquieto Stelios, que además regenta una taberna amable, divertida y suculenta, y tiene un hotel, unos apartamentos y una agencia de viajes en Kíssamos. Esta excursión te permite divisar Balos desde las alturas, su visión ideal. Por barco, solo puedes ver a ras de agua.

En jeep, camino de Balos.

Tras visitar Polyrrinia, una antigua ciudad romana, el jeep se adentró por caminos de tierra entre olivares, nos paramos para comer unos higos silvestres y muy dulces, y enfilamos el carril de piedras y tierra de la península de Granvousa que nos llevará a nuestro destino azul. Stelios, nuestro chófer, que viaja con su hijo Vangelis, es un experto y adelanta entre baches a los valientes turistas. Alguno de ellos va a una velocidad temeraria y nuestro chófer cuenta historias de accidentes mortales: “Son jóvenes, no saben lo peligroso que es, he visto muchas ruedas rotas y el peligro (evidente) es que te caigas al mar”. Una placa con dos fotografías y una cruz sobre una gran roca recuerda precisamente a dos recientes víctimas de esta temeridad.

En el sendero hacia la playa, atravesando la península de Granvousa.

Llegamos al parking, y está abarrotado. Desde él parte un sendero hermoso entre montañas. Cuando regresamos comprobamos que el aparcamiento se podía llenar aún más. El camino se abre al poco tiempo al mar, que aquí es como decir al infinito esmeralda. La escena ya os la descrito al principio, pero no podrías describir las expresiones de admiración de Pe. La bajada es dura pero la promesa allí abajo lo alivia todo. De vez en cuando, pensamos en que la subida de vuelta puede ser infernal, a la hora de más calor. De momento, nos da igual. Stelios, con sobrepeso y los tobillos con no muy buen aspecto, se queda a mitad de camino y nos da instrucciones para el reencuentro. Vangelis, con la ligereza de sus 14 años y su historial deportista (tercero de Creta en salto de longitud) vuela entre las piedras cuesta abajo.

¡Y resultó que de cerca era incolora!

Al llegar, nos zambullimos en el verde, nos recreamos en el azul, nos empapamos de luz mediterránea, observamos los centenares de excursionistas que salen de un enorme barco turístico, como si de un desembarco militar se tratase. Se desparraman por la enorme playa, buscan su lugar, cruzan el vado que casi cierra la laguna, extienden sus toallas, caminan de un lado a otro haciendo fotos. La playa ha sido tomada. Nos imaginamos el horror multitudinario que puede ser esto en agosto a mediodía. Aun así, la belleza de Balos se sobrepone a todo este asedio.

La playa de Balos es infinita

Pero la excursión se impone. Damos cuenta del pic-nic que nos ha preparado Stelios, un resumen de Creta: queso, aceitunas, tomate, pepino, kalitsounias (unas deliciosas empanadillas de espinacas), naranjas sin tratar, nueces y pasas. Y claro, también damos el paseo por la atiborrada, sorprendente orilla de color cambiante, oyendo mucho más ruso que cualquier otro idioma. Debemos volver a reencontrarnos con Stelios, de camino a Kissamos de nuevo.

Los turistas toman la playa, pero lo comprendemos.

Como previmos, la subida es muy dura, más de media hora empinada y sin ninguna sombra, y rodeados de rusos, muchos rusos que afrontan la cuesta serpenteante en bañador y sin agua, hacia arriba y hacia abajo. Balos va quedando abajo, ahora menos luminosa porque el día está más avanzado, y luego desaparece. Damos gracias cuando alcanzamos la llanura, como agradecemos la oportunidad de conocer esta maravillo natural.

Yo no me canso de verlo. No sé vosotros…

En el camino de vuelta soñamos con la ducha y la cerveza. Stelios dice: “No puedo olvidar la expresión de asombro de tu mujer cuando vio la playa de Balos”. Todo se cumple, como la cena en la taberna de Stelios, que nos obsequia con un libro sobre la zona y nos propone negocios. Quién sabe. El día ha sido feliz, uno más en esta inmensa, variada, sorprendente Creta de los palacios minoicos, las montañas imponentes y las playas en pantalla gigante.

Terremoto en la noche

Ulyfox | 12 de septiembre de 2012 a las 19:27

Ha sido un temblor que movió la cama, esta misma noche. Me lo contó Penélope, porque a las seis y media de aquí (una hora menos en España) yo estaba en lo que se llama séptimo sueño. Luego, por la mañana, en la recepción del hotel de La Canea nos han confirmado la impresión de Penélope, y ampliado la información: han sido 5,5 grados en la escala de Richter, pero eso sí, en el fondo del mar, ‘don’t worry’ nos ha dicho la amable empleada. Desde luego, Creta no es ajena a los terremotos. Durante su larga historia los ha sufrido por centenares, y muchos de ellos con terribles consecuencias. Este no ha sido nada, calculamos que habrá sucedido a unos 80 kilómetros de donde nos encontramos ahora, en el mar de Libia, frente a la costa sur de Paleochora, donde por cierto estuvimos hace nada más que dos días. Sólo fue un temblor que yo ni siquiera sentí pero que asustó bastante a Pe.

De hecho, es el segundo terremoto que nos sorprende en Grecia. El primero también lo sentimos como un temblor, una vibración que movió nuestras sillas en una taberna sobre la arena de la playa de Kamares, en la isla de Sifnos. Primero pensamos que alguno de los dos le había movido el asiento al otro con la pierna, sin querer. Pero el movimiento se repitió a los pocos segundo, y los turistas que estábamos allí nos miramos entre sorprendidos y asustados. Casi enseguida, la dueña de la taberna, que tenía el televisor encendido, vio que el seísmo había sucedido en Atenas y que había tenido efectos muy graves, cogió un teléfono y llamó a familiares que tenía en la capital para ver como se encontraban. Las noticias en la tele confirmaron luego lo peor: habían muerto decenas de personas en Atenas y la región del Ática. A los pocos días viajamos a la ciudad para el regreso a España, y los efectos del terremoto eran evidentes. Aún patrullaban por la calle del viejo barrio de Plaka los bomberos voluntarios desplazados desde Francia, y vimos como la gente los paraba para agradecerles su trabajo. Aquello sí fue grave. Lo de hoy, afortunadamente sólo una anécdota.

Alemanes y griegos, a la vuelta de los años

Ulyfox | 11 de septiembre de 2012 a las 0:56

El cementerio de los soldados alemanes en Maleme, norte de Creta

Hemos estado hace unos días visitando el cementerio de los soldados alemanes muertos cuando la Batalla de Creta. En Maleme reposan los restos de más de cuatro mil miembros de las tropas nazis caídos durante la ocupación durante la Segunda Guerra Mundial, tan presente todavía en muchos hogares y lugares de la isla. Muchos de los fallecidos eran paracaidistas que fueron acribillados mientras descendían o nada más poner pie en esta tierra, precisamente aquí, en el norte de Creta.

Lápida en el lugar de enterramiento de algunos militares alemanes

La ocupación alemana se topó con una resistencia feroz y ciertamente inesperada. No contaban con la tradición de siglos de rebeldía cretense contra anteriores invasores, venecianos y turcos. Y las represalias nazis fueron terribles, incontables matanzas y castigos a pueblos enteros, con mujeres, niños y ancianos pagando por los ataques guerrilleros. Algunas poblaciones fueron literalmente borradas del mapa.

Y sin embargo, esto fue pagado, al paso de los años, con generosidad. El Gobierno griego cedió un hermoso terreno  en una colina que domina las playas de Maleme y Platanías, donde se produjo la primera oleada de la invasión por aire, para reunir los restos de ciudadanos repartidos por varias decenas de cementerios. Tragándose lo que debería ser un odio eterno, apostaron por la reconciliación, y el lugar es ahora una pradera primorosamente cuidada, casi una embajada alemana con letreros en su idioma y que ha sido lugar de visita obligada para numerosos mandatarios teutones. Muchas familias alemanas hacen su peregrinación a este sitio, como otras muchas inglesas, australianas o neozelandesas lo hacen al cementerio de las tropas aliadas, en Suda, a no demasiados kilómetros de este. Y, qué curioso, muy cerca del cementerio alemán se conserva una tumba del periodo minoico más reciente, como si el lugar estuviera consagrado a la muerte desde hace miles de años.

Tumba minoica cerca del cementerio alemán de Maleme.

 

Por eso produce un enorme dolor leer y oír los comentarios despreciativos que en Alemania tanta gente hace en estos tiempos de crisis sobre el pueblo griego, olvidando todo lo que deben y aún no han pagado ni piensan pagar, demostrando que para ellos sólo cuentan algunas clases de deudas. De vez en cuando, conviene visitar algunos cementerios. Aún queda mucha gente viva que sufrió esa terrible opresión, y que puede pensar: “Otra vez los alemanes” antes con bombas, ahora con euros. Hay mucha gente en Grecia que te dicen que lo de ahora es otra invasión, en este caso económica. Siempre se repite la misma historia, que diría Camilo Sesto, pero quizá alguien debería recordarles ahora a la potencia que domina Europa que ellos perdieron la guerra, una terrible guerra mucho más terrible y culpable que el hecho de no pagar una deuda, y que muchos fueron generosos. Ahí está la madre del cordero.

Reina de La Canea

Ulyfox | 6 de septiembre de 2012 a las 19:49

 

Penélope, en el balcón del hotel Mama Nena de La Canea

 

Ahí la tenéis: en el balcón de nuestra hermosa habitación del hotel Mama Nena, en pleno puerto veneciano de La Canea (o Chania), un lugar evocador como pocos en una ciudad que ya de por sí es la joya de Creta, una isla que es por naturaleza la esencia de Grecia. Nos sentimos como privilegiados en ese balcón, espectadores de la vida que pasa por debajo envidiosa de nosotros, envueltos en nuestros vasitos de raki mientras el atardecer doraba poco a poco la mezquita de los jenízaros y el esbelto faro de piedra, justo enfrente, tantas veces visto y admirado en tantas visitas a La Canea.

Y el faro al fondo...

Llevamos sólo cuatro días en Creta, y los cuatro los hemos dedicado a esta ciudad, a conocer a fondo el barrio de Splantzia, que era el lugar donde vivían los turcos cuando la larga dominación otomana. Intrincado y colorido, desgraciadamente asolado por las feas pintadas en las fachadas, el barrio se renueva, crecen los negocios hoteleros y hosteleros que aprovechan las preciosas casas antiguas e incluso sus ruinas.

Fachada de la iglesia de San Francisco, en la plaza 1821 de Splantzia, con minarete y campanario.

Tiene Splantzia un monumento a la convivencia. Debe ser el único caso en el mundo en el que un templo, la iglesia de San Nicolás, ostenta un minarete y un campanario a la vez, después de haber sido iglesia, mezquita y de nuevo iglesia. Delante, una plaza convivencial, la Plaza de 1821, siempre llena de gente en las terrazas de los cafés y tabernas, a todas horas del día, con poco alcohol y mucha charla. Hombres con larga melena recogida en un moño, a la manera única de Grecia, y mujeres de mirada profunda. Viejos en su papel de viejo, sentados largas horas en la mesa del kafeneion, esa institución social de los pueblos griegos.

En un rincón del barrio de Splantzia.

Creemos en esta forma de vida pausada y sabia, aunque no la estemos practicando mucho: cuatro noches, cuatro hoteles diferentes, así es el trabajo en la guía.

Hemos llegado

Ulyfox | 2 de septiembre de 2012 a las 23:45

Hemos llegado. Disculpadme, no hay fotos aún. Llegamos al anochecer a La Canea, tomamos posesión de nuestra habitación en el Vranas Studios y nos echamos a las calles de la joya de Creta. Tiempo suficiente solo para andar un par de rincones del antiguo barrio turco donde casi se ubica el hotel, y cenar de manera muy particular y jugosa en la Vineria 36, un cruce de caminos, influencias y balcones de madera turcos con calles pintadas a la manera veneciana. Una carta de vinos amplia, y una atención exquisita por parte de un joven encargado que declaró su pasión por el vino de Rioja y Jerez. Volveremos con la cámara.

El día empezó muy temprano y transcurrió largo entre las salas de cuatro aeropuertos hasta llegar a Creta. Por en medio, la imagen apenas vislumbrada desde el avión, al paso por Italia. Allá abajo, en medio de la inmensidad mediterránea, emergían varios conos perfectos: las islas Eolias, al norte de Sicilia. Una de ella componía de manera increíblemente complaciente la estampa libresca del volcán, con un penacho blanco. No sé si era la Strómboli roselliniana o quizá Vulcano, pero daban ganas de acercarse en un bote de remos y comprobar si había piratas enterrando algún tesoro.

Estamos de nuevo aquí y parece que nos fuimos ayer mismo. La temporada toca a su fin en la isla, y empezamos nuestro periplo final del trabajo de campo para la guía. Hemos llegado.

Hasta la vuelta, paréntesis largo y gozoso

Ulyfox | 1 de septiembre de 2012 a las 14:46

En realidad, ya no sabría decir si vamos o volvemos a Creta, nuestro hogar en tantas cosas. Faltan muy pocas horas, tan poco que mañana domingo a esta hora estaremos ya más cerca de Grecia que de España, volando a diez mil metros sobre el mar Mediterráneo, el mar. Vamos con destinos en el bolso, palabras y nombres señalados en un mapa destrozado, para terminar el trabajo de campo tan gozoso que habrá de resultar en una guía, pequeña, compacta y esperamos que jugosa.

Seguramente a esta hora no hay nadie leyendo esto, así que puedo decir que por primera vez la ida tiene un horizonte de vuelta incierto. Como nunca, vamos a un país destrozado y dejamos otro en train de que dirían los franceses. Quedan aquí compañeros tomándose a broma el porvenir angustiado que se nos promete, maliciándose días de sudor, o lágrimas o probablemente las dos cosas. Dejaremos mañana en tierra firme pantomimas de rescate de comunidades por estados, y grandes mentiras de primas de riesgo en las que nosotros siempre somos los primos. Cuando estemos volando, cientos de miles de personas habrán visto de golpe como se pierde su derecho a la asistencia sanitaria, y no en sus países de origen, sino aquí, en “el paraíso de la inmigración ilegal”  según el gobierno.

Sé que somos unos privilegiados y que parece que huimos. Vale, en realidad es así. Huimos, pero no de vosotros, sino de ellos, ya sabéis de quienes hablamos. Nos quitamos de en medio, huimos de sus grandes mentiras repetidas una y otra vez, de su empeño en convertirnos en culpables, de sus sonrisas satisfechas, de cómo presumen de hacer lo que no les gusta, de tanta desfachatez al hacer lo contrario de lo que dijeron, siempre a salvo ellos, sus patrimonios heredados y sus familias, seguros de que la gente no tomará ya nunca más sus palacios de invierno, llamándonos antiguos al utilizar sus métodos antiguos, de antes de la humanidad pese a todo del siglo XX.

Nos vamos convencidos ¡voto a tal! de que el regreso será encontrar un país más triste. Vaya esperanza. En Creta probablemente hallaremos una nación orgullosa, herida y recompuesta de mil batallas y matanzas, campos y montañas de cabras y vientos, mares transparentes y sabrosos, gargantas con ecos de lira y laúd, miradas raramente recelosas y mucho raki generoso. Recordáis seguramente cómo esto empezó: llamando a los griegos vagos y defraudadores. Y os sonará el mismo soniquete con el que ahora nos califican a los españoles, pero esta vez desde las voces de nuestros propios gobernantes. Y si miráis a vuestro interior diréis: “Pues yo no he derrochado, yo no he robado, yo he pagado mis impuestos”. Desmintiendo a los políticos desertores de su papel, pero sufridores de su descaro.

Bueno, pero todo eso será a la vuelta. Ahora es el viaje. Por aquí nos vamos viendo.

A modo de disculpa

Ulyfox | 27 de agosto de 2012 a las 1:06

Sí, tenéis que disculparme. En los últimos tiempos este blog se ha convertido casi en un monográfico sobre Creta. Por varias causas, entre las que no es la menor nuestro amor por esa isla. Pero también por nuestro reciente y definitivo viaje, por el próximo, que empieza en menos de una semana, por el encargo de la guía, por la atracción y el deseo que despierta en nosotros.

Sí, tenéis que disculparme. Prácticamente han desaparecido las referencias a otros países, la revisión de viejos viajes a sitios como Marruecos, Londres, República Checa, Suiza, Austria, viajes de aquellos de nuestros principios, tan aleccionadores. Pero es importante el trabajo que se nos ha encargado, queremos que salga bien. Estamos abducidos, maravillosamente entregados a la causa. Comprendedlo, y disculpadnos. Y tampoco hemos viajado tanto. Sostiene Penélope que toda persona tiene su paraíso, aunque muchos no lo han encontrado aún, y otros muchos se morirán sin saber siquiera que existe ese lugar en el mundo del cual no querrían salir.El nuestro seguramente es Grecia. Dice Lawrence Durrell que existe una enfermedad del espíritu que se llama islomanía, por la cual aquel que la padece sabe en cuanto llega a una isla que allí será feliz. Y atribuye a esas personas la cualidad de descendiente de los atlantes, aquellos moradores de la mítica Atlántida que se hundió en los océanos, y que nada más que se encontrarían a gusto rodeados de agua por todas partes. Quizá sea eso, quizá seamos islómanos. Así que disculpadnos, no tenemos la culpa de tener esa enfermedad congénita. En todo caso, culpad a nuestros antepasados.

Durrell, otro regalo

Ulyfox | 27 de agosto de 2012 a las 0:47

Fuente turca en la calle Sokratous de Rodas

 

Ayer traía el suplemento Babelia de El País un maravilloso artículo de Jacinto Antón ( http://cultura.elpais.com/cultura/2012/08/23/actualidad/1345723266_009314.html )sobre una de las últimas novedades de la editorial Edhasa: la Trilogía mediterránea de Lawrence Durrell. Eso quiere decir ni más ni menos que poner en un solo tomo los tres libros que escribió el novelista y poeta inglés de espíritu griego sobre tres islas en las que vivió largo tiempo: Corfú (La celda de Próspero), Rodas (Reflexiones sobre una Venus marina) y Chipre (Limones amargos). Tres obras espléndidas, brillantes y luminosas, que yo tengo ya la suerte de poseer juntos gracias a un reciente, espléndido e impagable regalo (ah0ra que caigo: di por supuesto que era un regalo cuando me lo trajeron) de Ricardo y Cana, dos amigos en el espíritu helénico, ya hermanos de luz aun con tan poco tiempo.

De este Durrell comencé y terminé sin mucho entusiasmo Justine (ya sé que entre mis múltiples tareas pendientes tengo la de retomar el Cuarteto de Alejandría) y tengo como una de mis guías su obra Las islas griegas. Hace tiempo ya me zampé La celda de Próspero (que ya estoy releyendo y disfrutando aún más), después de nuestra primera visita a Corfú, y hace apenas dos meses leí precisamente Limones amargos, pero es un gozo enorme tener entre las manos este grueso volumen, lleno de vivencias y de poesía, repleto de amor forastero por el pueblo griego, una extraordinaria mirada inglesa, de esos ingleses dominadores pero también amantes de los sitios donde gobernaban. Nunca agradeceré bastante el regalo. Del otro Durrell (su hermano Gerald) siempre reviviré los inmensos ratos pasados con su trilogía de Corfú, sobre todo el primero de la serie, el divertidísimo, recomendable y grande Mi familia y otros animales, que leí precisamente en esa isla tan griega, tan veneciana y tan inglesa a la vez.

¿Qué queréis que os diga? Es impagable la cantidad de impulsos que estamos recibiendo desde que empezamos a trabajar en la guía de Creta: una agenda Moleskine, un gran bolígrafo Faber Castell, la bibliografía facilitada por Ricardo y Cana, una cena de ánimos, vinos y besos previa… Una colección de amistades en su forma más pura, una avalancha de buenos deseos de seres voluntariosos en la misma fe de que nuestro trabajo salga bien, y que estoy seguro se sentirán igual de contentos cuando el resultado vea la luz. Ellos serán, en buena parte, coautores.

Desde el Himalaya

Ulyfox | 23 de agosto de 2012 a las 13:37

 

Es como una postal del más allá, pero es una foto hecha por ellos mismos. La acabo de recibir de viajeros lejanos, desde el Nepal en el que están, impulsados por su afán viajero sin límites, Paco y Paqui. Admiro a estos aventureros del conocimiento, a estas personas que defienden la obviedad de que el mundo es largo y ancho y que, interpretando el lenguaje de Verne, creen que hay que darle la vuelta en 80 años. Ellos representan lo mejor, la gente que viaja, que se mueve, lo contrario del ministro de Turismo, que pide que no salgamos de España, tal vez para que no comparemos. Idiota con un cargo, al ministro Soria, ante la bajada del turismo nacional, pide que no vayamos al extranjero, sin ocurrírsele siquiera pensar que es precisamente el español que solía pasar un mes, luego una quincena y por último una semana en la playa de Levante o de Andalucía, el que ya no tiene para hacer turismo,  ni en España.

Pero los que salen, vuelven con alguna lección aprendida y con una cosa más que no tienen que aprender. La de arriba es una foto, un recuerdo de amigos tan sinceros, tan ocupados en los demás que merecen un descanso en ese otro mundo espiritual y físico del Himalaya. “Hoy a las cinco de la mañana nos hemos levantado para ver salir los Annapurnas entre las nubes”, dicen en su mensaje provocador de envidias y solidaridad placenteras, que me permito compartir sin pedirles permiso.

¡Larga vida y aún más largos viajes! Lo que tendremos que contarnos, en una mesa, a la vuelta.

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