En casa de Teresa

Ulyfox | 1 de noviembre de 2011 a las 2:40

Penélope, en la terraza de la Pensión Teresa, sobre el puerto de Chania.

Chania, o La Canea, es la ciudad más bonita de Creta. Histórica, bien poblada, bien vestida, bien amada, la hemos convertido en una de nuestras casas repartidas por el mundo. Cuando están en auge ciertos nacionalismos, cada vez nos encontramos más a gusto diluyendo nuestro patriotismo por esa nación común que es la gente. De La Canea ya hemos contado tantas cosas… y siempre aparecen otras nuevas.

Una calle de Splantzia, el barrio turco de Chania.

Nuestra habitación por fuera...

Esta vez pasamos tres noches en esta antigua capital de Creta, y el alojamiento fue un gran descubrimiento: Pensión Theresa ( http://www.pensiontheresa.gr/index.html ) , pegadita al puerto, al principio de una de esas estrechas, suavemente coloridas y estucadas calles en cuesta del barrio veneciano.

Y la habitación por dentro...

Se trata de una casa antigua, probablemente turca, digo yo, por la balconada superior toda de madera, y que se conserva tal cual. Las habitaciones conservan el mobiliario y la disposición. Uno se siente atendido y a la vez libre en este sitio, de recepción colmatada y acceso a las habitaciones por una larga y bella escalera de caracol. 

Una calle con tabernas en el barrio veneciano de Chania.

Y me atrajo sobremanera lo que nos dijo la joven, regordeta, sonriente y permamentemente somnolienta María, la hija del dueño: no cierran en todo el año, y en invierno viene gente, escritores, artistas, a pasar tres o cuatro meses en su establecimiento. Invierno, cuando Chania debe de quedar solo para sus habitantes y sus amantes: frío, lluvia y algunos días sol radiante seguramente; mañanas de mercado y tardes de café; pasear retirado del cantil del muelle para eludir la salpicadura de las olas bravas; conversar largamente con la gente; perfeccionar el griego, cocinar en griego, comer en griego, lamentar y tal vez añorar.

La belleza de Chania es sus casas y su mar.

 

Días de retsina y rosas en la playa de Chania.

Pero fueron, a mediados de septiembre, esta vez, días de playa y taberna, de lecturas en el puerto, de fotos sin cuento, de excursión a la playa de Falasarna, de admirar la belleza serena que está adquiriendo esta ciudad vieja y actual, La Canea eterna, Al-Khandak para los turcos, Candia antigua, actual Chaniá. Y para vivirla, está la casa de Teresa. Otro día os hablaré de Falasarna.

Vendedores de alfombras juegan al backgammon a la puerta de su tienda.

 Para despedir, una vista del puerto de Chania desde la ventana de nuestra habitación. Ahí la tenéis:

Desde la ventana de la habitación, al atardecer.

Redondos y dulces

Ulyfox | 30 de octubre de 2011 a las 13:57

La fotaleza veneciana del puerto de Heraklion

 

(Da un poco de lástima ¿no? esta crónica tan larga, interrumpida y deslabazada de nuestro último viaje. Pero qué se le va a hacer… las circunstancias, el discurrir incontrolable de la vida te lleva por caminos y esperas no deseadas. Disculpen los lectores que permanezcan fieles estas páginas virtuales. Ya hace un mes que volvimos y aún queda casi medio viaje que contar. Espero que ustedes no tengan prisas. Continuemos el relato)

La fuente Morosini o de Los Leones, centro ciudadano, rodeada de terrazas

Veníamos de Rodas, y llegamos en avión a Heraklion. De sonoro, mitológico nombre, es la capital de Creta. También lo veréis escrito como Iraklio. En cualquier caso, su apelativo nos lleva al recuerdo de un héroe fanfarrón y torpe, de fuerza descomunal y que tiene tanto que ver con Cádiz: Heracles, Hércules para nosotros. No se puede decir de ella que sea una ciudad preciosa, sino más bien desordenada, con un casco antiguo destrozado en cierta forma. Pero todo esto no da como resultado un lugar desagradable. Antes al contrario, es un sitio con mucho encanto por su ambiente cultural, la gran cantidad de tiendas de todas clases, con una convivencia perfecta entre las grandes marcas, las franquicias y los comercios de toda la vida. Además, tiene un mercado vivo y abierto todo el día, y está llena de buenos restaurantes, bares y tabernas. Los que la conocen, la quieren.

Una tienda de cafés en el mercado de Heraklion

Heraklion es habitualmente nuestra puerta de entrada a Creta porque está estupendamente comunicada por mar y aire. Y porque es una excelente parada antes de coger carrerilla para recorrer la inmensa, atrayente, inmensa isla. Tiene un recogido puerto veneciano con una sólida fortaleza, frente a ella una rotonda de tráfico incesante y la calle peatonal 25 de Agosto, que sube hasta la preciosa fuente Morosini y el mercado, y que se desparrama en un dédalo de callejuelas con terrazas y gente, mucha gente paseando, comprando, bebiendo café o jugando al backgammon.

Fabricando 'loukoumades'

Y entre tiendas, los locales donde venden los loukoumades, un dulce sencillo, de los denominados frutas de sartén. Yo diría que son los equivalentes a nuestras churrerías. De hecho, es muy parecido pero sin máquina: un hombre va cogiendo de un perol muy grande manojitos de una crema blanca y los va echando en otro con aceite muy caliente y luego los va moviendo. El resultado son unas bolas fritas, que otro ayudante rocía con una miel diluida, y espolvorea con azúcar y canela: buñuelos que se consumen al momento, riquísimos y nutritivos.

El maestro, en su trabajo

Los despachan a la calle o se consumen con café en el local. Redondos y dulces para el disfrute de Penélope. Seguro que todo esto les suena.

Calentitos, suaves y nada empalagosos, para comer enseguida.

A nosotros nos encanta Heraklion por los loukoumades, por las terrazas y por la taberna Hipokampo, de la que ya hemos hablado. Aunque repito que tiene decenas de sitios buenos para comer… a precio cretense. Y también, por qué no, por el Hotel Kronos, un establecimiento sencillo pero agradable y limpio, y amablemente llevado por una familia. Y está situado inmejorablemente si se quiere coger un barco. Que es lo que siempre queremos coger nosotros.

El salón del trono del palacio de Cnosos

Y por supuesto, Heraklion tiene el palacio de Cnosos, el más maravilloso de la maravillosa civilización minoica, desaparecida de manera misteriosa hace miles de años. El palacio, pese a su innegable atractivo, nunca ha logrado emocionarme. Será porque se nota que está reconstruido en demasía, pero me pasa con otros palacios minoicos como el de Festos: queda demasiado poco en pie. Para colmo, ya no se puede entrar en el salón del trono ni en la hermosa sala pintada con delfines, y se tiene uno que conformar con verlos desde una puerta. El que quizá fuera morada del rey Minos está solo a cuatro kilómetros de Heraklion y es fácilmente accesible en autobús. Merece la pena, desde luego, y es evocador el emplazamiento entre olivos y en un alto. Quizá haya que hacer un esfuerzo enorme de imaginación, pero a veces la Historia es esto. Tal vez resulte incluso más emocionante el maltratado Museo de Heraklion.

Restos reconstruidos del palacio de Cnosos

En esta entrañable capital comenzamos esta vez nuestra enésima visita a la isla del Laberinto y del Minotauro, la impar Creta, la indómita y amable a la vez, la que nunca abandonamos.

Frente a la taberna Hipokampos

Viejos y felices

Ulyfox | 23 de octubre de 2011 a las 20:59

Una vista parcial de Halki y su puerto

Hemos tardado, pero creo que os valdrá la pena

Otra vista de Halki, la colorida capital de la isla.

Algo nos dijo desde el principio que la estancia en aquella isla iba a ser memorable. Desde que subimos al ‘Preveli’, un ferry como los de antes, en el puerto de Rodas, nos acomodamos en sus salones y disfrutamos de un tranquilo viaje de dos horas, a ratos leyendo, a ratos dormitando, sobre un mar apacible hasta el puerto de Chalki, o Halki según la transcripción.

En la amplia terraza del hotel Hiona Art, con el pueblo y la bahía al fondo.

Allí nos recibió un muelle mínimo, un pueblecito de casas neoclásicas, fachadas de colores y tejas, dos esbeltas torres escalonadas, una de ellas con un hermoso reloj, y un aire tan calmado como caluroso. Eran apenas las nueve de la mañana y el sol pintaba un cielo tan azul…

Así luce por la mañana esta isla del Dodecaneso.

Nos encontramos maravillosamente desorientados, veíamos nuestro hotel, el Hionas Art, allá en un extremo, no muy lejos pero a una distancia lo suficientemente temible con nuestro pesado equipaje para un mes. Tendríamos que haber avisado de la hora de nuestra llegada, pero no lo hicimos. Nadie nos esperaba, y por contra, los escasos turistas que desembarcaron con nosotros iban siendo recogidos por pequeñas furgonetas con destino a sus alojamientos. Tomamos la decisión adecuada: nos sentamos en el café justo enfrente a desayunar y a esperar que la solución apareciera.

Existen miles de formas de disfrutar de una misma cosa, si es bella.

Entre suspiros de bienestar por el paisaje, en esos desayunos con vistas de las islas griegas, la solución no aparecía, el único taxi de la isla llevaba un rato parado en el muelle sin nadie al volante, así que optamos por lo más lógico. Preguntamos al encargado si tenía el teléfono del hotel; queríamos avisar que vinieran a recogernos, o por lo menos el equipaje. Pero, como esperábamos, la solución apareció en ese momento: “Ahí está el dueño del hotel, precisamente”, nos dijo el amable hostelero. Efectivamente, en la esquina, vestido elegantemente como un griego, camisa blanca suelta y pantalón sport, junto a un gran Mercedes brillante, estaba O Kyrios Michalis, es decir, el Señor Miguel. Serio, pero amable, tras un educado “kalimera, tí kánete?” (buenos días ¿cómo están?) nos abrió el amplio maletero, y nos llevó en pocos minutos al establecimiento. Menos mal, porque la carretera daba un amplio rodeo, y descubrimos que hubiera sido una tortura acarrear las maletas. Enseguida descubrimos que el Señor Miguel se movía también con un jeep y con una moto que cogía alternativamente él sabría por qué, y además por las tardes daba una larga vuelta en su lancha largando y recogiendo un aparejo de pesca en la bahía. Nunca le vimos coger un pez, pero…

Un rincón colorido de Halki, al atardecer.

Por el camino descubrimos que Penélope, como siempre, había acertado en su decisión de visitar Halki. La isla, una roca de 10 kilómetros de largo por tres y medio de ancho en el Mar Egeo, era piedra y azul. Al volver una curva, apareció la vista general del pueblo derramándose sobre el puerto, como si tuviera sobre él una cúpula invisible de serenidad; pero hay veces que estas cosas son visibles para el ojo humano. Nosotros lo vimos. Llegamos al hotel, un establecimiento nuevo (  http://www.hionaart.gr/en/index.php ), reluciente, brillante y hermoso, con una vista impactante de todo el pueblo sobre el mar, con embarcadero y acceso al baño propios. No es posible pedir más. 

Comodidades del hotel Hiona Art

Tuvimos que aguardar a que arreglaran la habitación un buen rato, pero O Kyrios Michalis dispuso que nos sirvieran zumo de naranjas y algo de fruta para entretener la espera, que nos trajo el atento Eri. Esa atención, la compañía de Vargas Llosa en el libro electrónico, y las miradas extasiadas al entorno hicieron que el largo prólogo mereciera la pena. Ya acomodados en la habitación de amplio horizonte marino, decidimos que el almuerzo y el primer baño serían en el hotel, y la larga siesta. Claro. Teníamos cuatro días por delante en lo que aparentaba ser un paraíso del dolce far niente. Halki, con el transcurso de las horas, se reveló acorde con nuestras expectativas. Bueno, en realidad las desbordó.

Sale la luna sobre Halki, de detrás de Rodas.

El programa en los siguientes días incluyó un vergonzoso recorrido de dos minutos en autobús a la playa de Pótamos (naturalmente, la vuelta la hicimos andando en poco más), largas estancias en la hamaca sobre la arena de esa serena bahía, baños en cristal líquido turquesa, almuerzos en la taberna (prueben la ensalada de berenjenas, melitsanosalata, casera); visita a la playa de Ftenagia, a cinco minutos del hotel, con inolvidable inmersión transparente; una excursión a Horió, la deshabitada y ruinosa antigua capital de la isla; cenas en el pueblo frente al muelle…

La recogida playa de Pótamos, tras el pueblo.

Un largo transcurrir por un tiempo inmóvil, en el que destacaremos además un momento culinario, aquél en el que el georgiano dueño de la taberna ‘Mar Negro’ (Mavrí Thalassa) nos ofreció un pescado para comer a la parrilla, una especie de besugo, que rechazamos por excesivamente grande. Él mismo halló la alternativa: “¿Y si les hago una sopa de pescado (psarósoupa)?” Claro, claro, sonreímos. Al rato, y mientras saboreábamos los aperitivos, dos platos de humeante caldo con algunas verduras aparecieron sobre nuestras mesas, y al lado, otro con trozos del besugo hervido. Momento gastronómico marinero. El resto del pescado y sopa supongo que se lo comió la familia.

Escalinata de entrada a una iglesia blanqueada, casi los únicos edificios en pie en Horió.

 

La serenidad. Calculamos que la edad media de los turistas que pernoctaban en Halki rondaba los 70 años. Nos sentíamos casi unos adolescentes en ese mundo de andares vacilantes, arrugas bajo los bermudas y bastones. Sin embargo, qué felicidad y alegría de vivir transmitían. Debían de ser asiduos al paraíso, parecía que todos se conocieran y conocieran a los dueños de bares y restaurantes, al chófer del microbús, de belleza varonil tan elogiada por Pe, a los policías portuarios. Pasaban el día en la playa, con una larga interrupción al mediodía temprano para zamparse unas enormes cervezas en la taberna sobre la arena y quizá un almuerzo.

Turistas en una taberna del puerto

 Al segundo día, ya saludábamos a algunos, claro. Por la noche, se reunían por el puerto, cenando juntos o deteniéndose entre todas las mesas, siempre entre risas y bromas en inglés ¡no paraban de reír! Pensamos cuánta diferencia con muchos mayores de por aquí, a los que ves parados en las esquinas y a los que cazas frases siempre relacionadas con sus males y enfermedades. Eran viejos, felices, comilones y bebedores: los turistas ideales.

También hay niños en Halki, aunque pocos.

La exclusiva, insólita calma de Halki, se veía alterada considerablemente todos los días durante unas horas por la llegada de uno o dos barcos de excursión procedentes de Rodas. Entonces, la playa de Pótamos se llenaba de personal que, ansioso, se despojaba de las ropas, extendía la toalla y se metía en el agua con prisas. Eso sucedía al mediodía y mientras, los escasos habitantes nos refugiábamos en la taberna. Al final del almuerzo, la playa ya estaba de nuevo tranquila, y era la hora de la siesta y de esperar el atardecer…

Barcas en el puerto.

Fueron días de cientos de fotos, miles de miradas, decenas de miles de latidos al compás sereno de Halki.

Otro rincón de la isla.

Nos dio mucha pena abandonar la isla en la tarde del quinto día. O Kyrios Michalis nos llevó al puerto y en un hermoso griego nos agradeció la estancia, y respondió a nuestros halagos a su hotel con una promesa de llevarnos el año que viene en su lancha a playas escondidas, azules y calmadas, tras aquellas rocas… ¿quién se resiste a aceptar la invitación y repetir?

El baño más transparente en la playa de Ftenagia, a un paso del hotel.

Después de todo esto, es hasta posible que a algunos os entren ganas de visitar Halki. Si es así, sabed que el camino desde España es largo pero interesante: hay que volar desde Madrid a Atenas, y desde allí a Rodas. Una vez en la isla de los Caballeros, donde ya sabéis que es obligatorio pasar unos días, las posibilidades de viajar en barco a Halki son de una o dos al día, según la temporada. En el Preveli son dos horas, y en catamarán, la mitad. Elegid, no hay prisa, esto es lo que os espera:

La mañana de Halki.

Me alegro de que estén bien

Ulyfox | 17 de octubre de 2011 a las 18:23

Cuando la enfermedad, o su sombra, visita tu casa no pide permiso. Se cuela porque sabe que todo le pertenece, atemoriza, amenaza, se regodea y, con suerte, se va por donde vinio. Lo malo es que venga para quedarse. No ha sido así esta vez. Albricias. Sigamos pues. En poco tiempo, una vez pasado el susto, la paralización que provoca la sombra, reanudaremos nuestros viajes por el ciberespacio y por el espacio, interrumpidos por el aliento de lo oscuro, vencido de nuevo.

Habíamos empezado en Jordania y seguido por Angistri. Lo habíamos dejado en Rodas. Continuaremos por Halki. Después estuvimos en Creta, en Santorini, en Mikonos. Lo contaremos todo, estamos bien  ahora ¿ustedes lo están? Me alegro.

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Marta, otra víctima de Grecia

Ulyfox | 10 de octubre de 2011 a las 13:54

 

Marta, Penélope y Fernando, en las murallas de Rodas.

Resulta que a Marta, vallisoletana, nos la encontramos hace más de un año en Mikonos, en la excepcional terraza de los desayunos del hotel Damianos, allí con la vista lejana de Delos, nuestra casa en la isla blanca. Acababa sus vacaciones el mismo día que nosotros. Como suele suceder entre compatriotas, entablamos una conversación. Era la primera vez que iba a Grecia, y estaba encantada, yo diría que enamorada del país, aunque quizá todavía no lo sabía. Nosotros le contamos nuestra dilatada vivencia en este territorio hogar de tantas cosas.

Uno de los cientos de rincones bellos de Rodas intramuros.

Este año, Marta reconoció su enamoramiento, se entregó a él con pasión y ya sabemos que contra ese impulso nada se puede hacer: decidió volver a Grecia a vivir ese amor (Por lo que se ve, ella es así: apasionada, expansiva,  y clara de ideas): otra víctima del hechizo griego. Se acordó de nosotros en verano y nos escribió, intercambiamos opiniones por correo, consejos, sugerencias, y todo se rodeó de manera que hicimos por coincidir en Rodas, nada menos. Nos vimos, charlamos, cenamos de nuevo en la taberna Nireas, a la luz del emparrado, ella con su amigo Fernando; nosotros dos, los mismos recorriendo almanaques sin dejarnos exprimir por ellos. Los cuatro, unidos por el hilo griego, que hace un tejido de relación humana estupendo.

Reímos, comentamos, nos besamos y quedamos en vernos el año que viene, de nuevo, en Grecia. Y probablemente, en Creta. Así de sencillo. Así de grande. Por eso, nos hemos permitido poner esa foto, ahí arriba. La próxima, que sea en Chania, por ejemplo.

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Cristiana y mora

Ulyfox | 5 de octubre de 2011 a las 13:57

En la calle Sokratous de Rodas, mezquitas, iglesias, muchas tiendas...

(Empiezo ahora las crónicas desde la distancia, cuando hace ya casi una semana que volvimos del otro lado del espejo, y nos hemos reincorporado a la vida real. Cuesta)

En la calle de los Caballeros

 Hemos utilizado Rodas esta vez como etapa en nuestro viaje por dos razones: primera, porque sí, porque nos encanta, porque nos gusta esta isla con ese casco antiguo medieval del tiempo de los cruzados, tan bien conservado y restaurado; y segunda, como puerto para salir y volver desde Halki, otra de esas joyas griegas escondidas en el Egeo.

La evocadora visión de la calle de los Caballeros, a la luz del atardecer

El ‘Preveli’, uno de nuestros ferries históricos y favoritos, fue el encargado de llevarnos y traernos a Halki. Algún día haremos la fantástica ruta que recorre el ‘Preveli': Atenas, Milos, Santorini, Creta, Karpathos, Halki, Rodas, y vuelta.

El 'Preveli', a punto de atracar en el puerto de Halki

Veníamos desde Angistri, y tras volar otra vez desde Atenas, donde pasamos otra noche de tránsito. Rodas nos recibió con la luz dorada de la tarde. Nos alojamos en el hotel Via-Via, estupendamente situado en el centro histórico, pero que no recomendaremos en absoluto. Es barato, sí, pero eso no implica que tenga que estar descuidado, y más con detalles fácilmente subsanables. Pero el centro histórico de Rodas, rodeado de imponentes murallas almenadas, empedrado de historias de cruzados y otomanos, todo lo arregla.

Esperando a la puerta del hotel Via Via

No perdimos tiempo, y nos acercamos a comer a la Taberna Mikes, uno de nuestros clásicos, un sitio sin artificios ni preparativos especiales. No figura en ninguna guía, excepto en la nuestra particular, escondida en una callecita paralela a la esplendorosa y comercial calle Sokratous. Ya no estaba el anterior dueño, muy mayor, y suponemos que fallecido, pero nos dio corte preguntarlo al encargado actual.

La Taverna Mikes, nuestra cita con el pescado en Rodas

Unas fabulosas almejas abiertas al natural con limón y una exquisita dorada a la parrilla (supongo que de piscifactoría, pero muy rica), acompañadas con jorta, esa hierba silvestre cocida tan popular en Grecia, fueron el primer contacto culinario con la antigua capital de los Caballeros de la Orden de San Juan.

Espléndido café turco en la calle Sokratous

Rodas tiene un encanto inmarcesible (me gusta esta palabra, lo siento), con mezquitas que conservan sus minaretes, sus fuentes para las abluciones, al lado de iglesitas bizantinas y de calles estrechísimas cubiertas de arcos, muchas pintadas en amarillo, otras con la piedra vista en las fachadas. Los italianos se quedaron con la isla en tiempos de Mussolini, igual que con otras del Dodecaneso, y quisieron recuperar el esplendor de los tiempos de los caballeros.

El casco amurallado de Rodas, junto al puerto

La verdad es que algunas restauraciones les quedaron de dulce. Pasear por la calle de los Caballeros, Ippoton, donde se conservan las Casas de los antiguos militantes de la Orden de San Juan, España, Italia, Francia, es realmente volver al tiempo de los cruzados (y una tortura para los pies).

La monumental puerta Colona, frente al puerto

En la calle Sokratous, un turco conserva un cafetín viejísimo, con pipas de agua, un bellísimo suelo de mosaico de guijarros, y recuerdos de Ataturk. El local tiene todo el sabor de la Rodas musulmana, cuyos ecos llegan a hace apenas un siglo.

Un rincón del casco antiguo de Rodas

El barrio judío, en cambio, tiene un aire un poco decrépito, pese a que los mártires sefardíes de la ocupación nazi tienen un memorial y una plaza céntrica dedicada. Pero en ese entorno, hay una ruinas de una iglesia gótica ideal para fotos, y sobre todo, un restaurante, Hatzikelis, donde nos zampamos un pescado enorme, de nombre desconocido y sabor inigualable. Muy recomendable también, en otro barrio, la taberna Nireas, con las mejores tiropitakias (pastelitos de pasta filo con queso y hierbabuena) de Grecia.

La entrada al puerto de Mandraki, donde se supone que estuvo el Coloso.

 

Para mucha gente, Rodas es la ciudad del Coloso, ese enorme faro con forma humana que era una de las siete maravillas del mundo. No queda nada como ya se sabe, pero en el lugar donde se supone que la estatua tenía sus pies, a la entrada del encantador puerto de Mandraki, se situaron hace tiempo dos tiernas figuras de un ciervo macho y hembra sobre dos columnas, que es una de las postales más conocidas de la ciudad.

Vista general de la plaza Sokratous

Pero de Rodas no nos gustó una cosa, si no nueva, sí en crecimiento: la proliferación de bares de copas en el centro histórico, tal vez con un excesivo gusto por la fiesta a gran volumen y hasta altas horas de la madrugada. Como que no pega, que diría el otro. Y molesta. Y Lindos, otrora un pueblecito blanco precioso (sigue siéndolo, con sus mansiones en piedra y mármol), con una espectacular acrópolis en las alturas, está tomado por el turismo masivo, cruceristas y de países del Este. La hermosa playa estaba atestada, y las callescasi no se ven con tanto expositor de artículos para turistas. Además, ha sido el único sitio en el que nos hemos tenido que ir de una taberna sin comer porque no nos atendían, en 20 años viniendo a Grecia. Lo sentimos mucho.

La preciosa playa de Lindos, con el pueblo y la Acrópolis al fondo

En Rodas, además, vimos a Marta. Pero lo contamos otro día, si os parece.

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Se acabó (de momento)

Ulyfox | 29 de septiembre de 2011 a las 21:43

Última visión de la Acrópolis desde la azotea del Hotel Central

Ahora sí. Estamos a unas horas de tomar el avión de regreso a España. Atenas-Madrid-Jerez. En la terraza del Hotel Central hemos tomado el último piscolabis, para acostarnos temprano, levantarnos temprano… ejecutar el terrilbe e incómodo ritual de la vuelta. Nada ha sido en vano, ni la bíblica Jordania, ni los descubrimientos de la pueblerina Angistri y la serenísima Halki, ni la nunca domada Creta,  ni los amigos revisitados de Santorini y Mikonos. Y Atenas, ya lo véis, cada día más guapa.

Han quedado muchas cosas en el tintero, que iremos contando para alimentar estas semanas de recuerdos, añoranzas, sueños y alegrías compartidas. Me hubiera gustado contar más historias, pero hubiera sido a costa de disfrutar menos de días y noches en sitios no desperdiciables y con gente interesante. Todo irá saliendo. El viaje terminó, pero su relato continuará varias semanas. Mejor.

Ahora, a dormir y despertar del sueño. No importa, ya sabemos que hay sueños que se repiten constantemente.

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Dando el cante en Il Cantuccio

Ulyfox | 27 de septiembre de 2011 a las 23:53

Con el cocinero Romeo Russo, entonando 'Torna a Sorrento'

 

Il Cantuccio es una pequeña trattoría situada en Firostefani, esa aldea cercana a la capital de Santorini, a mitad de camino entre la tierra y el cielo pero más cerca de este último. Un grupo de napolitanos y sicilianos ofrecen, en el corazón de la volcánica isla, una auténtica comida italiana. No tienen ninguna cosa muy especial, pero todo está muy bueno, y siempre se agradece un poco de la mejor cocina de ese extraordinario recipiente gastronómico que es Italia.

Tiene además la ventaja de estar muy cerca de los apartamentos Vallas, nuestra parada en la isla, así que siempre que vamos a Santorini (y ya son unas cuantas veces), visitamos el local, compuesto por un recogido comedor y una no menos recogida terracita. En esta ocasión, no faltamos a nuestra costumbre, por partida doble. La segunda vez dimos cuenta de unos riquísimos calzoncini con trufas, aromáticos y suaves y de unos ya míticos spaguetti a le vongole. Nos encanta el sitio.

Cómo terminamos el cocinero, Romeo Russo, y yo cantando ‘O sole mío’  es difícil de explicar pero fácil de comprender. Tuve que ir a meter el pin de la tarjeta a la cocina, y allí estaba. Me saludó con un “buona sera” al que yo contesté educadamente con un “buona sera, come va?”

-Parla italiano?

-Un poco

-Ah, un poco. Da dove siete, greco, inglese, francese…?

-Spagnolo, da Andalusia, Cadice

-Aaah, Andalusía, bellíssima. Siviglia, Granada… Granadaaa, tierra soñadaa por mí… -empezó a cantar, bastante bien entonado

-Bene, bene, adesso io canto O sole mío -contraataqué…

Y Romeo se acercó, me echó el brazo por encima, y comenzamos: “Chéee bella coosa, una giorná de sooole, l’aria sereeena dopo la tempeesta…” Inesperado, divertido, asombrosado elogio del pizzaiolo: “Lei canta bene, sei professionista?” Penélope entró intrigada por lo que pasaba y se oía en la cocina, intercambiamos piropos sobre Nápoles, Sicilia, España, sobre la cantidad de apellidos italianos que hay en Cádiz… “Pedro Almodóvar, il direttore spagnolo ha stato, tre messi fa, qui… ha stampato la sua firma…” Y la vimos, allí en la pared: “En recuerdo de una noche fantástica… Pedro Almodóvar”. “Me gustaban más sus primeras películas” “Sí, adesso é troppo melodramático, ma é veramente spagnolo” Sí, risas,  muchas risas… Pero no llevábamos la cámara.

El descuido lo subsanamos la tarde siguiente. Pasamos junto a la trattoría temprano, y allí estaba Romeo preparándose para el trabajo, en la terraza, así que fue la oportunidad. “Repitámoslo con foto”, y lo hicimos, aunque ahora entonando los primeros versos de Torna a Sorrento: “Vido mare cuanto é beeello, spira taantu sentimeeentu…” Intercambiamos correos, la dirección del blog. Fantástico, Romeo, tante grazie por el gran momento. Otro amigo en Santorini.

Un verano azul

Ulyfox | 27 de septiembre de 2011 a las 19:47

La playa de Angistri, desde el Hotel Kekrifalia

Angistri es una pequeña, pequeñísima isla cerca de la de Egina, en el golfo Sarónico (http://g.co/maps/byauq) , lo que equivale a decir que está muy cerca también de Atenas. Igual que nos gustan las islas griegas grandes (Creta, Rodas, Lesbos…) nos atraen las minúsculas. En aquellas, la vida se desenvuelve a un ritmo parecido a la de nuestras pequeñas capitales de provincia. En estas, el ritmo va y viene con una cadencia pueblerina. La ausencia de aeropuerto las salva del turismo masivo y de temporada, pero a la vez su tranquilidad es como un imán para quienes buscan algo más personal. Aquí la estación veraniega dura sólo los tres meses, y fuera de estos es inútil venir. No pasa como en Mikonos o Santorini, en las que la actividad dura medio año, al menos, asaltadas todo ese tiempo por los cruceros.

En el jardín del hotel, sobre el mar

Angistri, a la que los griegos antiguos llamaron Kekrifalia, que significa ‘cabeza adornada’, tiene 700 habitantes, y aun así, tiene numerosos hoteles y restaurantes. Su proximidad a Atenas la hace popular como escapada, sobre todo en temporada baja.

El 'Posidón Hellas', a su llegada al puerto de Skala desde Atenas.

Skala es su puerto principal. Hasta él nos trajo en apacible y lenta travesía de dos horas desde El Pireo el ‘Posidon Hellas’. Si queréis llegar en la mitad de tiempo, hay varios barcos más rápidos.

Baños como única ocupación seria en Angistri

Es apenas una aglomeración de casas bajas y blancas con un fondo azul del mar y verde de los pinos. Entre las casas y el mar, una franja estrecha de arena dorada que en un momento dado se adentra en el agua cristalina como una flecha. El resultado es una playa fantástica cuando el viento está en calma. Eolo quiso esta vez darnos satisfacción, y durante los tres días que pasamos en la isla no la visitó más que algunas horas.

La playa cercana a Skala

Nos quedamos en el hotel Kekrifalia ( http://www.kekrifalia-hotel.com/index.html ) frente al mar, o casi habría que decir en el mar, de atención amable, vistas azules y magnífico restaurante.

Despertar en el balcón del Hotel Kekrifalia

Entonces, y dadas las circunstancias, el programa de estas tres jornadas consistió en un paseo mañanero hasta el pueblo cercano de Megalochorio (tres cuartos de hora ida y vuelta), estancia a discreción en la playa, almuerzo en una taberna llevada por un inglés feliz de estar en Grecia, lectura en el balcón de la habitación, ducha y cena en alguna de las tabernas portuarias.

El pueblo y puerto de Skala, desde la playa

El plan ideal para después de una semana de desierto, monumentos y emociones bíblicas en Jordania.

Lovely friends en Santorini

Ulyfox | 26 de septiembre de 2011 a las 0:58

Con Andonis el Grande y Yiannis el Tímido en la terraza del Vallas

Los Apartamentos Vallas se han convertido en nuestra casa en Santorini. Las últimas cinco veces que hemos estado en esa isla incomparable, única, asombrosa, nos hemos quedado en ese alojamiento sencillo pero imponente por la vista. Tiene en su frente la Caldera, uno de los paisajes más hermosos del mundo, una de las conjunciones de tierra y agua más subyugantes del planeta.

Pero no es solo eso para nosotros. Ha sido siempre la atención amable de sus encargados, sin sobrepasar el exceso de familiaridad, lo que ha ayudado. Y esta vez ha sido mejor aún. El amigo Obeli (o Lovely en su nueva personalidad bloguera) estuvo allí con su conexión Wifi sentimental, siguiendo nuestra recomendación, el pasado junio, y naturalmente disfrutó tanto como nosotros, sostuvo largas parrafadas con Andonis, el responsable del hotel, y con Yiannis, el recepcionista y hombre para todo, y les habló de este blog, que más de una vez ha nombrado con reconocimiento al Vallas. También Paco Piniella nos hizo caso hace un año. Y ahora el recibimiento ha sido mejor aún, agradecidos por la modesta difusión que hacemos del establecimiento, uno de los que tienen mejor relación calidad-precio en Firostefani, frente al volcán, aunque los atardeceres (y los amaneceres) son impagables.

El atardecer sobre la Caldera de Santorini, desde la terraza del Vallas

Andonis es muy grande, O Megalos Andonis podría ser su sobrenombre. Es reservado, de voz profunda y retumbante como corresponde a su estatura. Atiende normalmente de manera circunspecta y directa, y se desespera, por ejemplo, cuando los cruceristas españoles entran en el café del hotel y le piden “café con leche” sin molestarse en traducirlo al menos a algo parecido en inglés. Regenta el hotel en la larga temporada turística de Santorini, pero en invierno es patrón de un barco de pesca, lo que cuadra muy bien a su aspecto de lobo de mar permanentemente en camiseta. En la pequeñísima Recepción hay una foto suya de joven pilotando su barco, ya luciendo su gran bigote. Si se le pregunta por la política y las medidas económicas del Gobierno de Papandreu, hace un gesto obsceno y zambombero, y un diagnóstico certero que podría aplicarse a otros países en estos momentos: “Los que nos gobiernan no son políticos, sino niños (pediá, remacha en griego)”.

Yiannis es tímido y siempre dispuesto. Su larga jornada laboral empieza con el desayuno y acaba antes de la cena. Parece incapaz de negar nada a nadie. Con él cumplí el placentero encargo de entregarle un regalo de parte del Obeli, directamente desde Cádiz. Cortadísimo, no sabía cómo agradecerlo. Una vez que acabe la temporada, piensa dedicar el invierno a unas merecedísimas vacaciones tras seis meses sin descansar. Tal vez Cuba sea su destino en un viaje.

Grandes aficionados a las motos, y admiradores de Jorge Lorenzo y Dani Pedrosa, les hemos insistido en que vengan al Gran Premio de Jerez, y que tendrán alojamiento, por supuesto. Ojalá.

Por ellos, por Obeli y su Wifi, por Paco, por Santorini, por Grecia, esta entrada adelantada al normal orden cronológico de nuestro viaje de septiembre.