Mil sitios tan bonitos como Cádiz

Nuestro ínfimo trozo del planeta

Ulyfox | 5 de febrero de 2012 a las 22:27

Pe, con los pies sobre su tierra.

 

Hay un lugar en La Muela, cerca de Vejer, donde tenemos puestas nuestras esperanzas, las grandes y las pequeñas, las reales y las soñadas, las posibles y probablemente las imposibles. Es una finca. Sí, es nuestra. Unos miles de metros de sueños en pendiente suave y luego abrupta, con hierba, acebuches, palmitos y matorrales que seguramente tendrán su nombre común y científico. Pero lo que hay depositado sobre ella es mucho más que todo eso. Y eso tiene un precio que solo nosotros sabemos.

Y al fondo se ve el mar...

De vez en cuando vamos a visitarla. Traspasamos la valla y pisamos nuestra tierra, no heredada. Bajamos un poco, oteamos el mar de Conil a la izquierda, el valle debajo y Cádiz al fondo en los días claros. A la derecha, las suaves ondulaciones hasta Medina.

Algún día, quizá haya algo aquí...

Esta tarde el paisaje estaba verde, en casi todos sus tonos. Y amamos aún más este ínfimo trozo de planeta a nuestro nombre del que probablemente nos tengamos que desprender. Aunque quién sabe. De momento, lo compartimos con vosotros desde aquí. Comprenderéis que para nosotros sea uno de los sitios MÁS bonitos que Cádiz.

La vista frontal de nuestro pequeño trozo de planeta, en La Janda.

Domingo desafortunado, o casi

Ulyfox | 5 de febrero de 2012 a las 21:24

La terraza del Bar Oasis, en Conil.

Podría haber sido al contrario. Es verdad que hoy hacía frío, pero no tanto como el sábado. El viento se había calmado bastante y el sol brillaba con la intensidad que sabe hacerlo en la Costa de la Luz. No era cuestión de desaprovecharlo: había que salir a ver campo o costa, o las dos cosas. Decidimos Conil. No tengo de Conil esos recuerdos de juventud que otros muchos. Una década de edad puede marcar una vida, y los buenos tiempos de la locura en ese pueblo me pillaron demasiado mayor, es decir, ya con un trabajo tan acaparador como el que tengo. Aun así, el Conil de nuestra juventud es el de un pueblo aún pueblo, con un verano en el que la Feria, el cine de verano y los chozos en la playa eran la mayor atracción, para gaditanos y extranjeros, sobre todo alemanes. Y más tarde, sitios para comer en la arena que han ido evolucionando de la categoría de bares a la de restaurantes con éxito merecido. La arena ha sido sustituida por las tarimas de madera y los precios han subido, pero el lugar sigue siendo ciertamente maravilloso.

Pero nuestros restaurantes favoritos en La Fontanilla estaban cerrados: cosas del frío y de la temporada. No obstante, el paseo marítimo lucía bastante animado a mediodía, y los pocos bares abiertos empezaron a rebosar a partir de las dos de la tarde. Habíamos ido a comernos unas almejas y unas gambas, y elegimos el Bar Oasis. Bueno, pues nos equivocamos: el marisco y las sardinas estaban solamente comestibles. Pero peor les fue a algunos vecinos de mesa: unos se iban hartos de esperar. A un trío de mujeres argentinas discretas les pusieron una ensalada de palmitos sin palmitos, y cuando lo comunicaron, la primera camarera se limitó a sonreírles, el segundo dijo que lo iba a decir en cocina, y la tercera se les acercó a decirles que había sido un fallo del cocinero… ¡pero a ninguno se le ocurrió cambiarles la ensalada! No fue un ejemplo de buena hostelería, precisamente, en un lugar tan turístico. Desalentador.

Una vuelta posterior por el lugar de La Muela, al corazón de nuestras ilusiones, nos animó. Pero fue llegar a San Fernando, y concluir que la Isla está tomando una deriva decadente muy peligrosa. En la la desangelada calle Real hay una confitería tradicional y veterana, ciertamente prestigiosa por su calidad, que tiene una sucursal en la de Rosario. Sus tartas de merengue son deliciosas. En la sucursal, a las cinco y cuarto de la tarde de un domingo no había dulces. Estaban esperando a que les llegaran. En un cuarto de hora, dijeron. A la media hora, la cola de gente había engordado y los dulces no llegaban. Banquete frustrado: nos fuimos, cuando además empezaba a arreciar el frío. Es un episodio increíble, y revelador, me temo. No sé si nos faltan ganas, sangre o simplemente interés. O a lo mejor solo fueron un par de casualidades juntas. Preocupantes, en cualquier caso.

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Formas de ver las cosas

Ulyfox | 3 de febrero de 2012 a las 15:02

Una multitud ante la Monna Lisa en el Louvre

 

La noticia sobre el descubrimiento de una réplica valiosísima de la Monna Lisa en el Museo del Prado me ha hecho evocar un par (iba a escribir un mar, cosas del subconsciente ortográfico) de cosas: yo había visto esa obra, hace ya un porrón de años, en el maravilloso museo madrileño, cuando estudiaba en la capital y de vez en cuando me daba una vuelta por las salas del entonces no demasiado concurrido y gratuito Prado, cerca de donde yo vivía. La recordaba, es verdad, oscura y triste, tal vez junto a otros coloristas cuadros de Botticcelli, puede ser. Según me han dicho, ahora hay colas casi todos los días para entrar al palacio del Paseo del Prado.

Solos ante el Friso de los Arqueros persas en el Louvre.

Y otra ocasión, hace mucho menos tiempo, apenas tres años, en el mismo Louvre, y recuerdo la imposibilidad de acercarnos siquiera a la Gioconda original, rodeada de turistas armados con sus cámaras digitales de todos los tamaños. Como si el misterioso cuadro de Leonardo estuviera siendo sometido a una rueda de prensa de impertinentes paparazzi. Esa aglomeración tumultuosa ante un reclamo turístico de tal naturaleza contrastaba, no obstante, con la absoluta tranquilidad y casi soledad de las emocionantes salas dedicadas a la decoración en azulejos del palacio de Darío el Grande en Persépolis, con un surtido colorido de soldados, leones heridos y cabezas de toro, impecables, brillantes y desafiantes aún tras el paso de miles de años, desde que la gloriosa civilización persa desapareciera. Y ahí nos quedamos, con nuestra forma de ver las cosas.

Leones con miles de años de antigüedad, en el Louvre.

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Frío de verdad

Ulyfox | 3 de febrero de 2012 a las 14:08

En Ordesa y Monte Perdido, allá por el 99 o 2000

 

Dicen que esto es una ola de frío y que nos vamos a enterar. Pero a mí no me va a pillar desprevenido. Conservo un apañado vestuario, de los que nos compramos para cuando hemos viajado al norte, y al norte del norte. No nos pasará como aquel lejano primer viaje al frío, cuando no esperábamos que París nos recibiera con la temperatura más inclemente que habíamos conocido. Teníamos algo importante que celebrar, y decidimos pasar el Año Nuevo en la capital de Francia y del mundo, con una pareja de amigos que aún nos dura, al menos uno de ellos. Entonces éramos tan pardillos que no nos esperábamos ese golpe de temperaturas bajas. Tuvimos que recurrir a bufandas reliadas, pijamas debajo de la ropa y soluciones así de pedestres, sorprendidos además por las pocas horas de luz y una niebla tan intensa que nos hizo desistir de subir a la Torre Eiffel: ¡pa qué! A las fotos de una entrada reciente sobre París me remito, porque ahora no soy capaz de encontrarlas.

Luego, lo que son las cosas, le cogimos gusto a esto de pasar frío porque sabíamos del placer de llegar a los hoteles, restaurantes, bares, museos… perfectamente acondicionados;  conocíamos la reconfortante sensación de un buen vino o de una sopa castellana, la amable recepción de un salón con chimenea y la graciosa tarea de desembarazarte de ropa y volvértela a poner al entrar o salir de los locales. La permanente y gozosa alegría de ver la nieve en los picos lejanos o en la carretera junto a San Gimignano, la Toscana fría con Chianti cálido, y el resguardo de la muralla de Pedraza. Incluso el helado viento de Creta en invierno. Gustos de los viajes.

Bien abrigada ante la Colegiata de Toro, Zamora

En realidad, mi primer contacto con el frío de verdad fue en mis lejanos tiempos de estudiante de Periodismo en Madrid, en una ciudad apasionante en la época pre y post muerte de Franco, en la que se combinaba la ilusión y la lucha a nuestra manera con el temor y el aire gris, y con las primaveras en el Retiro. Al marchar por primera vez a los estudios desde la cálida San Fernando mis padres me pertrecharon, como gran remedio, con una botella de 501, que yo debía tantear con moderada dosis, todas las mañanas antes de encaminarme hacia la Facultad. Obedecí ciegamente a mis progenitores y, mientras duró, yo me abrigaba por dentro cada día temprano con un café con leche y una copa de coñac. Ahora pienso en esa extraña costumbre mañanera de alcohólico y en lo que deberían pensar mis compañeros al oler mi aliento durante la primera clase.

Excepto el primer curso y parte del segundo, acomodado de aquella manera en una habitación de un edificio con calefacción, no dejé luego de pasar frío en los medio apañados pisos que alquilábamos a medias, encendiendo el brasero en horas calculadas para no gastar mucho o manteniendo la ropa de abrigo puesta. Nada me pesa, con la excepción de no haber visto, a pesar de la gelidez soportada, ni un solo día nevar en Madrid. Sí, algunas mañanas amanecían blancos los jardines de la Ciudad Universitaria, y pocas veces una ligera agua nieve se posaba en los hombros del chaquetón sin que llegase a cuajar nunca esa imagen de aceras y tejados nevados y hombres quitando nieve de los parabrisas. Tanto frío, para nada.

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Un día en la vida de un perro

Ulyfox | 29 de enero de 2012 a las 22:51

Fue un día extraordinario

 

Ha sido un día excitante y extraordinario. Desde por la mañana estaba nervioso, mi olfato detecta cosas que no se imagina mi amo, que se hace llamar Ulyfox. Por eso, aunque él se molestaba en gritarme que me callara, yo no podía dejar de gemir, de ladrar y de reclamar que me abriese la puerta de la terraza, la del patio, la ventana del salón. Le vi ceder como siempre, y levantarse de su sueño de día libre para acceder a todas mis peticiones, casi sonámbulo, con ese andar cansino con que se despiertan los humanos, tan distinto del mío, de orejas levantadas y cola basculante. Yo ya tenía un plan, y no me importaba que sospechara de mi nerviosismo, porque él ni siquiera sabía lo que debía sospechar.

Vista de la Bahía desde la playa de La Casería

Entonces, claro, salimos como todos los días, de camino al solar baldío, lleno de escombros y chatarra de la antigua fábrica de San Carlos, en el que extrañamente sobreviven con buena salud algunos olivos, se aprovechan los eucaliptos, moribundean naranjos y las palmeras son machacadas por el picudo rojo, ese animal mucho más pequeño que yo pero más dañino. En ese lugar poco frecuentado mi amo me deja una relativa libertad, corro, salto, persigo conejos (conejos en los restos de una fábrica) y afronto erizos. Pero hoy  mi olfato me pedía algo más, allá lejos, en la playa de fondos fangosos y aguas limosas. Sé que soy libre, sé que no debo atender las llamadas ni los silbidos cuando ese olor llega a mis finísimas narices. Desaparezco entre los matorrales, él no puede siguiera seguir o intuir por dónde voy a huir, en pocos segundos estoy en otro lugar, y no puedo suponer que mi amo ya empieza a preocuparse y a dar vueltas por el destartalado solar fabril, lleno de agujeros peligrosos, sótanos insospechados y boquetes hechos por los buscadores de chatarra, como miles de trampas para perros.

El antiguo muelle de la Fábrica San Carlos, en una tarde brumosa.

Me pierdo entre sensaciones: una hembra de mi especie anda buscando compañía y yo estoy seguro de que mi nombre, Aquiles, y mi planta bastan para impresionarla e imponerse a los rivales. Paso lo que los humanos llamarían horas en estas tareas felices, placenteras y despreocupadas, en lugares por los que siempre he paseado amarrado mientras mi amo Ulyfox tomaba fotos con su móvil de los atardeceres en la playa de La Casería, o los acompañaba a él y Penélope, mientras ellos almorzaban en el Muriel, junto al Bartolo. Cuando tras la escapada le veo aparecer, con andar cansino y sin creer que me ha recuperado, y oigo su llamada, entonces levanto mi cabeza y mi rabo y corro de una manera feliz a su encuentro, pero a él no lo hallo igual de alegre, sino más bien enfadado, no sé, como si hubiera pasado una mañana de viernes preocupado. No quiero ni pensar que haya estado llorando por mí, tal vez imaginándome atrapado o mal herido en uno de esos agujeros. Me ata rápidamente con su correa y volvemos hacia casa, yo girando constantemente la cabeza hacia mi paraíso momentáneo, extraordinario y excitante.

El Bartolo, compañero del Muriel, para comer en la playita sobre el agua.

 
Yo sólo sé que el resto del día lo paso envuelto en un agradable cansancio en ese sofá que permito de vez en cuando compartir a mis amos. Sospecho que durante unos días no voy a pasear sin correa. Bueno, es igual, no son malos dueños.

¿Dónde nos metemos?

Ulyfox | 26 de enero de 2012 a las 15:45

 

Dos nescafés frappés en Kato Zakros, un lugar donde meterse.

¿Dónde para soñar que esto no está ocurriendo, no ha ocurrido?  ¿Dónde para sentirnos a salvo de estos ladrones que salen indemnes y amenazan con, una vez libres, volver a robarnos? ¿Dónde para escapar de su sonrisa de “creíais que me íbais a pillar”? ¿En qué lugar sentirse a salvo de la insensibilidad social del nos da igual? ¿Dónde para ese paraíso en el que no nos sintamos agredidos cuando los delincuentes estén en la calle y a los jueces que los persiguen se les acose como a criminales?

Una vista de la playa desde la habitación en Kato Zakros.

Lo sé, lo siento, no debo hablar de estas cosas, ni debo aludir en un blog de viajes a Francisco Camps, ese hombre que ha vuelto a convertir en sospechosos sin castigo a todos los que llevan trajes a medida para esconder mejor entre sus perfectas costuras su ambición de pobre hombre. Ni debo recordar con nostalgia el papel trasgresor que se dio a los vaqueros y las camisetas ¡bah!

Un desayuno en el refugio.

Tal vez la única verdad sea que no hay en este mundo un lugar donde refugiarse de esas frustraciones y peligros. Pero como estamos entre amigos sin ganas de asentar dogmas, sólo de lanzar propuestas, os doy la mía: existe ese sueño en Creta, y se llama Kato Zakros: apenas diez o doce casas y varias tabernas con habitaciones a la orilla del mar, un arroyo que viene de la Garganta de los Muertos, y unas ruinas ruinosas de un palacio minoico, esa civilización misteriosamente perdida. La playa es de grandes piedras, no ideal para el baño, y se puede decir que tiene una grandiosa belleza.

Ahí está, en uno de los confines de Creta.

Como corresponde, es difícil llegar. Hay que proponérselo en serio. Pertenece a lo que yo llamo los confines de Creta. Esta isla fantástica parece huir de sus puntos cardinales y cada uno de ellos es como el fin del mundo, como territorios para exploradores. Pero en realidad, sus caminos han sido hollados desde hace milenios por hombres y dioses. Y se puede sentir su aliento.

Una casa en la playa.

Kato Zakros está en la costa sudeste de Creta, lo que equivale a decir que mientras se llega da tiempo a olvidar muchas cosas, puesto que hay que llegar en avión a Atenas, volar a la capital cretense, Heraklion, o mejor al menos activo aeropuerto de Sitia, y luego meterse con un coche por las particulares carreteras de la zona, subiendo y bajando montañas, costeando curvas y descendiendo luego a la bahía. Suficiente para que se nos olvide lo que aún quedaba. Y allí, ante tí, acomodado en la taberna con habitaciones unos pocos días, sólo tendrías el mar, sabiendo que enfrente pero muy lejos no hay más que mar y al final la costa libanesa que no podrás ver pero sí soñar, de nuevo. Y que si te mueves un poco hacia el norte encontrarás playas azules, algunas con palmeras, tabernas solitarias; y si hacia el oeste, te toparás, atravesando montañas y carreteras imposibles, con nuestra mítica higuera, en Pefki. Hasta que tengas que volver.

Una taberna en una playa, no demasiado lejana de Zakros.

Búscalo en el mapa: http://maps.google.es/maps/ms?msid=213662000049538835059.0004b76e7eed7196c37fc&msa=0&ll=35.131421,26.256294&spn=0.1008,0.219383

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Qué suerte

Ulyfox | 23 de enero de 2012 a las 15:18

Ocurrió de pronto y me alegró un rato de la mañana. Buscaba alguna receta para hacer un dakos, un plato cretense consistente básicamente en pan seco con aceite, feta, tomate y orégano encima: la felicidad gastronómica más sencilla y mediterránea.  Y me encontré con un blog feliz, con recetas, fotos y música griega directas a mi corazón. Simple y alegre, parece hecho en México por una chipriota: deduzco yo por algunos de los posts. ‘El blog de helenico gourmet’ es su nombre.

Para comérselo con los ojos y hacer una digestión también espiritual. Por si queréis visitarlo, e intentar alguno de sus platos, este es el enlace: http://bloghg.wordpress.com/ Y cuando haga el dakos, os contaré.

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Bérgamo, un descubrimiento

Ulyfox | 22 de enero de 2012 a las 3:07

Variedad de columnas en una ventana de la Capilla Colleoni.

La silueta de Bérgamo desde la fortaleza de La Rocca

Aunque no lo creáis, dentro de poco será primavera y entonces, admitidlo, os volverán las ganas de viajar, esas que nosotros nunca perdemos. Para entonces, para cuando con el buen tiempo que asoma os empiece a revolotear la mariposa en el estómago, y la imaginación se os vaya en busca exploradora de lugares bonitos, interesantes, no demasiado caros, con la mezcla casi perfecta de arte, paisaje y buena comida, tengo el destino ideal. Digamos que Bérgamo, enLombardía, el Norte de Italia, muy cerca de Milán y casi en Suiza. Lo hemos descubierto en nuestro reciente viaje por la zona, hace solo diez días, ay.

El esplendor medieval de la Piazza Vechia

En primer lugar, Bérgamo tiene una interesante oferta de vuelos baratos. En lo que nos importa, he visto que Ryanair tiene ahora mismo vuelos desde Sevilla por menos de 30 euros en plena Semana Santa. El aeropuerto está a solo 4 kilómetros del centro, lo cual es también muy convenitente por si los horarios son intempestivos como suele ocurrir con los low cost.

El pórtico de la basílica de Santa María y a su lado la extraña Capilla Colleoni.

Y lo más importante: es una ciudad preciosa, una de esas joyas desconocidas de la culta y elegante Italia norteña, con un tamaño manejable. Dividida en la Citá Alta y la Citá Bassa, la primera, rodeada demurallas, es una delicia medieval, mientras que la segunda tiene todo un despliegue de calles limpias, amplias y llenas de tiendas.

Los fascinantes leones de mármol del pórtico trasero de la basílica de Santa María

A la Citá Alta se puede acceder comodísimamente en funicular. Es fantástico, porque sales de un medio mecánico moderno y desembocas de pronto en un entorno pétreo de palacios y adoquines, como si el funicular fuese aquella máquina del tiempo de H.G. Wells. Hay que buscar la basílica de Santa María Maggiore para admirar en su trasera el pórtico románico de mármol, con esas dos sorprendentes columnas apoyadas en espléndidos leones blancos, que me recordaban otra catedral muy parecida, en la isla croata de Korcula, probablemente por el común dominio de la República de Venecia. Pero si rodeamos la basílica descubriremos otro pórtico lleno de figuras y a su lado una estrambótica capilla renacentista con decoración excesiva, la Capilla Colleoni, en cuya fachada el artista ensayó varios tipos de columnas.

 

En la calle principal de la Citá Alta de Bérgamo.

Y justo detrás, la evocadora Piazza Vechia, con su hermoso palacio medieval, su extraño reloj de sol en el suelo, su torre y su fuente. Y a partir de ahí, callejear hasta la imponente fortaleza llamada la Rocca por un lado, llena de homenajes a los héroes italianos, y hasta la Ciudadela por el otro. En medio, una calle larga con tiendas, restaurantes, confiterías bellamente decoradas que anuncian la polenta dulce y el Pane di Spagna, una especie de bizcocho; bares de vinos, trattorías, torres…

Escaparate de una de las numerosas y bien surtidas pastelerías.

Y no se puede desdeñar que Bérgamo tiene una ubicación que permite, si la estancia es corta poder visitar ciudades como Verona y Padua y parajes como los lagos de Como y Garda, o si disponemos de una semana acercarnos incluso hasta Venecia. ¿Qué más queréis? ¡Ah, sí! Por si os gusta la ópera, sabed que aquí nació y murió el gran Gaetano Donizetti, ya sabéis, L’elisir d’amore: Una furtiva lácrima y esas cosas tan preciosas…

Placa dedicada a Donizetti, en la casa en la que murió.

Una pista que nunca viene mal: nosotros nos alojamos en el Hotel Piemontese, y la habitación triple nos pareció estupenda, con un amplio cuarto de baño. La situación también es muy buena, junto a la estación ferroviaria y cerca del centro. Muy recomendable: http://www.hotelpiemontese.com/r/default.asp?iId=HGHFIHF

Si vais por Alicante

Ulyfox | 19 de enero de 2012 a las 13:23

Sara es uno de esos contactos desconocidos que se hacen, vaya usted a saber cómo, por internet. En esta ocasión, contacto de una sola vez. Junto con un grupo de jóvenes entusiastas ha puesto en marcha una portal sobre su tierra alicantina, y me manda una comunicación para que lo dé a conocer. Por supuesto, siempre dispuesto a compartir esfuerzos con la gente del mundo de los viajes, ahí va mi aportación. Para todo lo que queráis saber de Alicante, una tierra quizá demasiado conocida solo por el turismo masivo y con muchos más atractivos de los que el tópico deja ver, aquí podéis pinchar: http://www.yalicante.com/

Y lo que son las cosas, Alicante fue mi segundo granviaje, poco después de realizado con los hermanos de La Salle a Madrid. En esta ocasión fue en un ámbito de mayor libertad, ya en el instituto público. Creo que ya os lo he contado. Fue un viaje de descubrimientos, de timideces mal vencidas, de miradas indiscretas y de inocencias demasiado tiempo preservadas. No quiero ni imaginar cómo habrá cambiado esa tierra desde aquel lejano Bachillerato de primeros alcoholes y pioneras luces discotequeras. Yo creo que entonces ni me gustaba viajar. Ya véis.

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Una bruja buena

Ulyfox | 15 de enero de 2012 a las 22:47

La Befana vuela ante el Duomo de Como.

Es ésta, la de la foto, que vuela sobre la plaza del Duomo de Como, la ciudad del lago, sobre su escoba y recortando su figura sobre la fachada de la catedral gótica. Es la versión italiana de nuestros Reyes Magos. En Italia, es una bruja buena la que reparte los regalos a los niños en el día de la Epifanía. De hecho, de este apelativo viene su nombre: de Epifanía, Befana.

Los niños de Como se dirigen a recoger sus regalos en el Ayuntamiento.

La Befana sobrevuela las ciudades italianas el 6 de enero para repartir caramelos y otras chucherías. Nosotros vimos hace días a una de ellas (eso sí, ayudada por un sistema de cables y por el buen trabajo de los bomberos) como subía hasta el balcón del Ayuntamiento de Como, en cuyo interior le esperaban cientos de niños para recibir su presente. Nos reímos con ellos, lo pasamos bien,  y luego nos admiramos con la iluminación especial que lucían los edificios de la plaza.

Sonrisas ante la iluminación en las fachadas de Como el dia de la Epifanía.

Las mismas cosas en todos los lugares: siempre hay una festividad en la que una figura sagrada, o mítica, o popular reparte sus bendiciones o sus regalos a los niños en estas fechas. Bienvenidos sean los Magos de Oriente, Santa Claus, San Nicolás, Papá Noel, olentzero y cagatió en todas sus versiones ilusionadas y maravillosas para que los niños no pierdan nunca su mirada atónita ante lo mágico. Ya tendrán tiempo de quedarse atónitos ante lo injusto y feo.

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