Dinero para viajar

Ulyfox | 27 de diciembre de 2010 a las 2:16

El puerto de Bergen, en Noruega, uno de nuestros viajes económicos con Mundojoven

El puerto de Bergen, en Noruega, uno de nuestros viajes económicos con Mundojoven

¿Pensáis que viajar es caro? Yo no lo sé. Como todo, depende de las prioridades de cada uno. Hay quien no se gastaría en un viaje lo que yo no me gastaría en una entrada de fútbol, y eso que me gusta. Algunos periplos no son más caros que el último modelo de móvil, como sé que lo que a algunos les ha costado cambiar de coche me sirve a mí para un mes por el Mediterráneo. Cuestión de prioridades. Cada uno hace con su vida lo que puede y quiere. Hay viajes que son como tirar el dinero aunque sean baratísimos. Y los hay que siendo bastante onerosos te dan un resultado que lo hacen barato. Suelto todo este rollo porque mucha gente nos dice que viajamos mucho porque tenemos la suerte de tener dinero. No es del todo cierto: desde el principio, aun trabajando sólo uno, tuvimos claro que la paga extra de verano era para gastarla en el viaje. No hubo que reunirse para discutirlo, estuvimos de acuerdo casi sin hablarlo: había agencias como Unijoven o Mundojoven que organizaba unas circuitos completos, divertidos y baratos cuyo requisito era tener menos de 35 años. Claro que a cambio había que lidiar con horas y horas de autobuses, trayectos nocturnos y hoteles modestos. No importaba, el objetivo era hacerlo. Algunas veces llegamos a pedir un préstamo a corto plazo, nos hartábamos de comparar catálogos, de pedir presupuestos. Con este sistema económico pudimos hacer inolvidables recorridos: Italia, Centroeuropa, París-Países Bajos, Praga-Budapest, Países nórdicos, la primera vez en Grecia… hasta que se nos pasó la edad que marcaban como límite esas agencias. Ahora hay nuevas oportunidades. Sobre todo el gran invento: los vuelos de bajo coste, y ahí ni siquiera exigen el carné joven. Sólo hace falta el/la compañero/a adecuado/a, que participe del mismo gusanillo. Ahí es donde hay que tener la suerte que yo tuve. Pero también está el viajar solo. Para mí no es lo mismo, pero…

Cala Luna, en la luminosa Cerdeña, algo más caro

Cala Luna, en la luminosa Cerdeña, algo más caro

Viajar no es caro. Depende del valor que tú le des a lo que compres. Cuando compras viajes estás adquiriendo experiencias, conocimientos, amistades, memoria, realización de sueños, recuerdos, historias. No hay ningún producto que dure tanto, cuando lo compras es para toda la vida, aunque las fotos amarilleen y te dé coraje cuando te veas con muchos años menos en ellas. No hay ningún banco que te reclame intereses por eso y no deja de producir beneficios. Y encima se los puedes dar sin ningún coste a los amigos. No hay quien nos quite lo viajao. Ahora seguimos ahorrando siempre algo para nuestro vicio. Luego hay otros impedimentos, o achaques, para no viajar, como es el de los niños. Nosotros no tenemos, pero otro día podemos hablar de ese asunto, si queréis.

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¡Que sí, hombre, Feliz Navidad!

Ulyfox | 24 de diciembre de 2010 a las 2:21

El pueblo de Torla, ante las impresionantes paredes de Ordesa y Monte Perdido

El pueblo de Torla, ante las impresionantes paredes de Ordesa y Monte Perdido

No digo ya para viajar, que también. Me refiero a otra cosa, al secreto que el Zorro le decía en un pasaje al Principito, en el que le explicaba la importancia de los ritos, de diferenciar entre un día normal y un domingo, o un festivo: se trata de que todos los días no sean iguales. El maravilloso capítulo entero está aquí, y lo explicará mejor que yo:    http://www3.sympatico.ca/gaston.ringuelet/lepetitprince/capitulo21.html    

Cualquier ayuda es buena para seguir viviendo, en definitiva. Se trata de eso.

Ahora, hablemos de la Navidad, un poquito, no tengo mucho tiempo. Mañana habremos de levantarnos temprano y cumplir con el agradable rito de preparar la cena para la familia. Hay padres que no quieren que a sus niños les enseñen nada de la Nochebuena en el colegio. Son padres ateos, o agnósticos, o no creyentes. Se parecen a mí, yo también soy de esos. Pero si tuviera niños, quizá no les impediría que oyeran esa extraordinaria historia. Porque yo, de aquellos lejanos tiempos de mi infancia, recuerdo la hermosa historia de un dios que eligió una pobre cueva para encarnarse en la tierra; los tiernos villancicos que hablaban de vírgenes puras que iban caminando a Belén con un niño de la mano, y que devolvían la vista a un pobre ciego que les había dado naranjas de un naranjel; pastores que veían en un niño la esperanza y le llevaban ofrendas; otros más pobres que le ofrecían el corazón o un beso porque no tenían nada mejor que llevarle; niños más hermosos que el sol bello que habían venido a la tierra para padecer y recibían cobijo en casas humildes: “dile que entre y se calentará, porque en esta tierra ya no hay caridad”. Ahí, en esas leyendas entre holandas que ya se ven y peces surrealistas que beben en el río, había historias muy edificantes, pedagógicas y en pos de un mundo mejor. No veo nada peligroso en ellas. Mucho más peligroso es perder los ritos. Ahora he crecido, no soy creyente, pero sigo creyendo en esas historias y en sus mensajes.

Así que Felices Pascuas a los pocos que en estos días se entretengan en ojear este blog, que no deja de ser un pequeño rito. Ojalá lo pasemos bien, aunque sea un día.

¡Ah! La foto que sirve de christmas corresponde a un viaje de fin de año, de transición entre 1999 y 2000, por el Pirineo de Huesca, y que algún día, tal vez cuente con detalle. De momento, lo dicho.

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Hay días

Ulyfox | 20 de diciembre de 2010 a las 23:33

Que nos quiten lo vivido. Puerto de Simi

Que nos quiten lo vivido. Puerto de Simi

Hay días en los que se nos aparece la negrura como en la peor de las pesadillas pitopáusicas, y entonces no hay nada que hacer. Llueve y a lo mejor es eso. O no. A lo mejor es que me he dado una vuelta por el centro comercial y me he encontrado a mí mismo sin ganas de comprar. Es que no te dejan: ya me veo trabajando aún a los setenta, si llego. Todos se confabulan contra nosotros, ya lo han dictaminado los supertacañones: trabajaremos más y cobraremos menos… la mayoría. Después de décadas, de siglos, hemos vuelto a lo que denominaban los clásicos (disculpadme, siempre vuelvo a ellos) la plutocracia, el gobierno de los ricos. En realidad, este sistema nunca se ha marchado, pero a veces se muestra con más descaro, nunca tienen bastante. Estamos en uno de esos momentos. Afortunadamente, hay mil sitios tan bonitos, o más, que este en nuestra vida, y por supuesto podemos abrir el frigorífico y el mueble bar, poner hielo en un vaso mezclador, verter dos partes de ginebra y una de martini bianco, y lograr un espléndido, aunque un poco light, Dry Martini. Entonces, el sabroso cóctel nos hará revivir, seguro, aquella noche en el puerto de Simi, entre Rodas y Turquía, el más hermoso del mundo, entre goletas y casas neoclásicas. Sí, estuvimos allí, y ya no hay quien nos quite lo vivido. En cuanto al futuro, no desfallezcamos. El partido aún no ha terminado.

Y en la playa de Paranga de Mikonos, como el gato, estaremos al acecho de cualquier oportunidad de disfrutar.

Y en la playa de Paranga de Mikonos, como el gato, estaremos al acecho de cualquier oportunidad de disfrutar.

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De nuevo París (un encargo de Rocío)

Ulyfox | 19 de diciembre de 2010 a las 17:35

Año 1989. En el Campo de Marte, paseo junto a la Torre Eiffel.

Año 1989. En el gélido Campo de Marte, paseo junto a la Torre Eiffel.

Querido Lope, Fénix de los Ingenios, disculpa el atrevimiento que sigue, pero es por una mujer. Tú lo entenderás. Ahí va:

Una entrada me manda hacer Rocío/

y en mi vida me hallé en encrucijada/

tan gozosa como es la desta entrada/

que viene a enriquecer este blog mío/

París es Villa  Luz, por medio un río/

por millones de seres adorada/

difícil para ser bien explicada/

mas tengo que intentarlo por Rocío./

Torre Eiffel, Barrio Latino y Notre Dame/

el Louvre de los persas y los griegos/

y en Orsay tienes las chicas de Renoir./

Gastaría sin pena largos pliegos/

por contarte lo que debes visitar:/

tú misma usa tus ojos, no están ciegos.

Esta tontería ripiada al modo de Lope que figura arriba, por la que ya estoy pidiendo disculpas (habráse visto tamaña osadía: un soneto) y que explica por qué no me he dedicado a la poesía, viene a cuento porque esa sonrisa franca que es Rocío, ese rostro de ojos grandes sin desmayo, me pidió el otro día, de sopetón en una fiesta de hermandad, que hiciera una entrada sobre París porque se va allí a pasar la Nochevieja. Ya he hablado varias veces de la capital de Francia en este blog, pero este encargo es especial, porque la primera de las tres veces que hemos estado en París fue precisamente para pasar el fin de año, ¡¡del año 1989!! Es decir, que probablemente Rocío casi acababa de nacer. Y no he pasado más frío en los días de mi vida. Pero si se quieren ver otro par de entradas sobre la ‘ville lumiére’, sólo hay que pinchar en las etiquetas de esta página. Este será un post más subjetivo.

Desde la plaza del Trocadero

Desde la plaza del Trocadero

París es una de esas ciudades en las que cumplir el tópico es signo de distinción: subir a la Torre Eiffel es totalmente imprescindible. Sentir la brisa alta, compartir la bella locura del ingeniero que la creó, dejar que la risa nerviosa te nazca desde el estómago y decir ¡qué cosa más bonita, estoy aquí! Aunque aquella primera vez no pudimos subir, y no por falta de ganas sino porque la fría y espesa niebla no dejaba ver nada. Tuvimos que esperar a varios años después, cuando la visitamos en verano, y entonces sí, ese atardecer desde la Torre, la ciudad dorada allá abajo, las luces prendiéndose a poquitos y el repaso mental que hicimos de a cuánta gente quisiéramos tener a nuestro lado conviritieron a ese instante para siempre en uno de los MOMENTOS.

En el porche del café Au Lapin Agile, uno de los mitos de Montmartre

En el porche del café Au Lapin Agile, uno de los mitos de Montmartre

Es así. Sobre París hay miles de guías. Hay que seguir sus indicaciones. Si hablas francés, lo mejor es la Guide de Routard, que en España es la Trotamundos, pero aquí están muy poco actualizadas mientras que en Francia sacan ediciones anuales. Las Lonely Planet también están bien, y más al día. Pero salga en las guías o no (que sí que sale) a nosotros nos seduce el barrio del Marais, también llamado Barrio Judío, aunque ahora sus habitantes son todo tipo de intelectuales. Está lleno de restaurantes de comida greco-judía y de todas las demás, bistrots y brasseries, y de tiendas, y siempre está animado. El Louvre es demasiado grande y masificado, pero una parte menos concurrida que las inaccesibles Venus de Milo y Monna Lisa es la dedicada a la antigua Mesopotamia y a Persia. Lo he dicho más de una vez: lloramos de verdad frente a los azulejos milenarios del palacio de Darío, ante esos leones y guerreros de colores vivos y brillantes. Para evitar las largas colas en la entrada, hay un truco: acceder desde el Metro en la parada Palais Royal-Musée du Louvre siguiendo las indicaciones para el Museo. Y si compráis los pases de uno, dos o tres días para todos los monumentos que venden en la FNAC de la Bastilla, además de saliros mucho más barato, no tendréis que hacer colas.

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No conviene saturarse de museos, pero hay que ir al de Orsay a ver el impresionante impresionismo francés, y gastar una media hora en el mucho más tranquilo Musée de l’Orangerie, en las Tullerías, para ‘nadar’ entre los Nenúfares que pintó Monet: dos salas ovaladas cuyas paredes son precisamente esta gigantesca y personal obra maestra de la pintura.

Renoir, para quererlo en el Museo de Orsay

Renoir, para quererlo en el Museo de Orsay

Y Monet...

Y Monet...

 Y a andar: por el Marais y la bella plaza des Vosges, por el Boulevard Saint Germain, por la isla de San Luis, alrededor de Notre Dame,  y por supuesto ¡por supuesto! visitar la Sainte Chapelle ¡oh sus vidrieras flotantes! Comer una cazuela de mejillones en el Barrio Latino, probar la potente cocina tradicional, cruzar muchas veces el Sena, decir a cada momento ‘bonjour’, beber vino francés del que ponen por jarras en los bistrots, caminar de la Bastilla a la Madeleine y de la Ópera a la Place Vendôme, rodear el Arco del Triunfo y relajarse en el sencillo parque Monceau, admirarse con el atrevimiento aún hoy sorprendente del Centro Pompidou.

El restaurante Aux Petits Oignons, muy cerca del museo de Orsay

El restaurante Aux Petits Oignons, muy cerca del museo de Orsay

Y no olvidar una palabra: ‘au revoir’, es decir, hasta la vista, porque seguro que querréis volver. Tú también, Rocío

Contra el frío, el calor humano es lo mejor

Contra el frío, el calor humano es lo mejor

P.S.: Es evidentemente, por nuestros rostros, que todas las fotos son de época. Allá por el tránsito entre 1989-90. Fue un viaje con Paco y Mari Carmen. Al volver, la niebla cerró el aeropuerto de Orly y no podíamos volver a Sevilla. Yo, con mi cara de bueno, me acerqué al mostrador de Iberia: ¿No hay ninguna forma de salir? “Sólo puedo darle cuatro billetes, si quieren, en clase preferente, pero a Barcelona, y al día siguiente volarían a Sevilla”, me contestó el hombre. Bueno, le dije, y nos resignamos a buscar un hotel esa noche en Barcelona. Pero entonces comenzó a fraguarse el final perfecto. En el avión nos recibieron con champán rosa y paté de foie, entre otras delicias. Una vez llegados al Prat, pusieron a nuestra disposición un taxi que nos llevó al hotel Palace de Barcelona, y donde pasamos una noche de lujo. Nunca un problema en un aeropuerto se resolvió tan bien. Tal vez eran otros tiempos, pero no estuvo mal para acabar, si tenemos en cuenta que habíamos pedido un crédito para pagar a plazos ese viaje. ¡Vivan los inconvenientes!

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Nostalgia de Creta

Ulyfox | 16 de diciembre de 2010 a las 14:42

En la costa sur de Creta, con las frías montañas al fondo.

En la costa sur de Creta, con las frías montañas al fondo.

Cuando uno pasa un tiempo lejos de su tierra empieza a aparecer lo que los gallegos llaman morriña, pero que la mayoría designamos, cómo no, con una palabra griega. Nostalgia, de ‘nostos’ (regreso) y ‘algia’ (dolor) significaría algo así como sufrimiento por el deseo incumplido de regresar a un sitio o a una situación. Debe de ser eso lo que siento cada vez con más frecuencia. ¿Creéis que es grave? Creta, Grecia en general, es para nosotros algo más que un lugar geográfico, es un estado de ánimo, idealizado tal vez, pero cierto. Lo que un economista (ahora que la economía lo domina, lo tiraniza todo) llamaría un valor refugio seguro.

Una calmadísima bahía de Elounda, en una soleada mañana de enero.

Una calmadísima bahía de Elounda, en una soleada mañana de enero.

Vista general de Pefki, que alberga nuestro trocito físico cretense

Vista general de Pefki, que alberga nuestro trocito físico cretense

Ante tantos ataques a las personas normales, modestamente cumplidoras, calladitas, se nos aparece la tierra del Minotauro como el paraíso perdido. Con estos fríos, meteorológicos y capitalistas, se encarna la nostalgia de los pocos días de invierno que pasamos en Creta, en enero de 2009, el deseo de romper con tantas cosas que son mentiras y mudarnos a un lugar donde residir con nuestra verdad y en el que recibir la visita risueña de los amigos que aquí dejemos y que, por supuesto, nos echarían de menos. A lo lejos las míticas montañas donde nació Zeus estaban nevadas, a lo cerca el sur cretense que mira a Libia y Egipto, de temperaturas templadas y sol agradecido. Se nos viene el recuerdo del solitario y extraordinario Museo de Heraklion, que guarda el enigmático e indescifrado Disco de Festos y murales originales del palacio de Cnosos como el que representa los juegos con los toros. Se manifiesta la dulzura tranquila de Elounda invernal, el remanso marino cerrado por la isla de Spinalonga, que fue fortaleza, prisióny lazareto, el reconfortante raki con mandarinas de obsequio tras el almuerzo en Agios Nikolaos.

El mural de la Tauromaquia en el museo de Heraklion.

El mural de la Tauromaquia en el museo de Heraklion.

El indescifrado Disco de Festos.

Penélope, intentando descifrar el Disco de Festos.

Sitios abarrotados de ingleses en verano eran territorio para indígenas y adoptivos como nosotros. En Makrygialos, el tendero nos interrogaba: “¿Españoles, en invierno, qué hacéis aquí, de turismo?” Y no se lo creía. Íbamos a cenar al par de tabernas que quedaban abiertas, repletas de gente que acudía con su ropa de trabajo, grupos de jóvenes de pueblo ¡bebiendo vino en jarras!, y nos regresábamos a leer.

Fuimos a firmar las escrituras de nuestra pequeña esperanza en Pefki, varios kilómetros al interior en la montaña, cerca del mar. La notaria (symboliografos, en griego) Eleni Emmanouli Kannalaki era una respetable señora mayor sin ceremonia, con una secretaria amable. Ambas tenían aspecto de ama de casa, en aquella modesta oficina del centro de Ierápetra, algo así como la capital de provincia. Nada que ver con la arrogancia apabullante que despliegan por aquí los notarios. Todo se resolvió en poco tiempo con la traducción grecoinglesa de nuestro agente allí, el peculiar y chispeante Yiannis Karabitis, dueño de la inmobiliara Cretan Homes.

El imprescindible raki de cortesía, con su postre.

El imprescindible raki de cortesía, con su postre.

Y la nostalgia nos hace regresar cada vez con más frecuencia. Es un verdadero problema. ¿Creéis que es grave?

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Turismo de invierno

Ulyfox | 12 de diciembre de 2010 a las 22:24

Portada en la iglesia de Puebla de Sanabria

Portada en la iglesia de Puebla de Sanabria

Ya nos estamos relamiendo con las próximas vacaciones de Año Nuevo en Cantabria. Ya nos imaginamos los días viendo pueblos, ya estamos con la mente comiendo en mesones y visitando las cuevas con pinturas rupestres, ya divisamos las verdes cumbres, o tal vez blancas.

Disfrutamos enormemente con el turismo en verano o en primavera, pero los viajes de invierno (¡ah Schubert!) tienen un regusto inigualable. Los días son muy cortos y uno tiende a aprovechar las pocas horas de sol, o de lluvia. La actividad se reduce a la mañana, porque con el horario español, casi inmediatamente después de comer ya cae la tarde. Pero entonces apetece el hotel, la lectura en sus salones o en la habitación, la siesta a destiempo tal vez después de un almuerzo copioso y lleno de calorías, vino a lo mejor, como una espera dulce hasta la hora temprana de la cena. En el norte, además, anochece antes. Y vuelta a la lectura hasta que vence el sueño, el eterno vencedor.

La catedral de León, la hermosa 'pulchra leonina'.

La catedral de León, la hermosa 'pulchra leonina'.

Hemos pasado varias Nocheviejas por ahí fuera: estupendas, divertidas y frioleras en París, hace tanto, en Segovia, en Córdoba, en la nevada Pedraza el año pasado, en la bella y pirenaica Aínsa… Pero también hemos viajado en invierno fuera de fechas señaladas. Y aunque normalmente no amo el frío, de viaje por Castilla es como un acicate al disfrute, a plantearse una visita al románico, al delicioso cordero, a recorrer pueblos amurallados, a buscarse un hotel acogedor. Maravillosa Toscana en enero pasado, húmeda y fría por fuera, cálida en el interior por favor del Chianti, del gótico de mármol colorido y de la pasta inigualable. Melancólica y manuelina Portugal de paredes verdes de humedad, en la Lisboa blanca de cuestas empedradas que asciende hacia el Castelo, en el Oporto que se precipita sobre el Duero, en los blancos y encumbrados pueblos del Alentejo, vigilantes sobre la frontera española.

Mármoles de todos los colores en el suntuoso interior de la catedral de Siena

Mármoles de todos los colores en el suntuoso interior de la catedral de Siena

Entre nuestras mejores vacaciones de invierno figuran las que pasamos hace dos años en Creta. Fuimos a firmar ante notario las escrituras de nuestra pequeña casa-ruina. Hacía mucho frío, las imponentes montañas cretenses estaban blancas. Las olas rompían con fuerza y amenazantes contra la desolada playa de Myrtos. Los cálidos apartamentos Olympia, en la solitaria Makrygialos, frente al mar de Libia, acogieron la lectura embebida de Milenium. La taberna Hipocampo de Heraklion ofrecía unos sabrosos salmonetes en miniatura (koutsumuras) y un reconfortante raki con el postre de yogur. El palacio de Cnosos, ruina reconstruida de la legendaria casa del mitológico Minos y abarrotado en verano, estaba solitario ese enero.

El palacio minoico de Cnosos, en Creta, solitario un domingo de enero.

El palacio minoico de Cnosos, en Creta, solitario un domingo de enero.

El desayuno en una soleada mañana de invierno en los apartamentos Olympia de Makrygialos

El desayuno en una soleada mañana de invierno en los apartamentos Olympia de Makrygialos

 

En invierno, la vacación tiene que ser tranquila, serena, pausada, saboreada, disfrutada, lenta. Y en buena compañía, para que no falte el apetecible, necesario, humano calor.

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Una piedra para un maestro

Ulyfox | 9 de diciembre de 2010 a las 14:57

 

Daskalopetra, la piedra del maestro, donde Homero daba sus lecciones en la isla de Quíos.

Daskalopetra, la piedra del maestro, donde Homero daba sus lecciones en la isla de Quíos.

Anonadado de nuevo, aunque nada sorprendido, con el último Informe Pisa y sus tristes conclusiones sobre la enseñanza en España y Andalucía, he vuelto el recuerdo y la vista inevitablemente a los clásicos. Desde que yo empezara a aprender lo poco que sé con el arcaico sistema de la tabla de multiplicar y la memorización de que la m con la a es ma, han pasado cientos de planes de estudios, decretos, pactos, reformas educativas y leyes orgánicas, para situarnos a un nivel peor. Puede que todas esas normas se hayan olvidado de la única fundamental: que para aprender hay que sufrir y que hace falta un maestro respetado, junto con unos padres que entreguen al niño a la autoridad del pedagogo. Vuelvo a los clásicos, digo: en la arcaica isla griega de Quíos, unos kilómetros al norte de la actual capital, en una pequeña elevación frente al mar, hay una piedra antigua, no muy grande, del tamaño de un sillón, gris y verde por el tiempo. Está en el centro de una pequeña plataforma pétrea natural, y a frente a ella y a los lados se puede ver casi un hemiciclo perfecto de roca. Se llama Daskalopetra (la piedra del maestro, en griego) y dice la tradición que, sentado allí, enseñaba Homero, natural de Quíos, a sus discípulos, dispuestos en torno a él. Naturalmente, nadie puede asegurar que eso sea cierto. Ni siquiera es seguro que el imprescindible autor de la Iliada y la Odisea naciera en esa isla; ni siquiera es seguro que Homero existiera. Pero estuvimos allí hace dos veranos, en esa Quíos extraña, plantada desafiante en su insularidad griega frente a la cercana costa turca del Egeo, con el recuerdo aún sangrante de la matanza que los otomanos hicieron en su población. Estuvimos, y pisamos la plataforma de piedra, vibrante de palabras bajo nuestras sandalias, y nos sentamos en ese sillón, imaginando con emoción, rodeados de pinos, un reducido grupo de atentos alumnos que repetían el ascentral, hermoso y necesario rito de escuchar al que sabe. Puede que no sucediera nunca hace 2.700 años, pero en ese lugar solitario, frente al mar, se hizo una vez más cierto que lo deseado puede ser más verdadero que la realidad. ¡Qué buen lugar para releer algunos pasajes de la Odisea! pensé. Y para aprender de ellos.

Y con ese infalible sistema de educación, el acuerdo entre pupilo y maestro sobre quién es el que enseña y quién es el que aprende, los griegos inventaron la Literatura, el Teatro, el Arte, la Virtud y hasta la Democracia. ‘Clásico’ se define como lo que es digno de imitación. Pues entonces.

Autóctona forma de decorar las casas en Pyrgi, Quíos.

Autóctona forma de decorar las casas en Pyrgi, Quíos.

Si queréis ir a Quíos, tenéis que tener en cuenta que es una isla muy poco turística. A sus habitantes no les hace falta ese moderna riqueza que es a la vez plaga y maná.  Pero tiene un montó de vuelos diarios con Atenas, y está muy bien comunicada por barco con toda Grecia y con Turquía. Otro día, tal vez, os contaré más cosas de este peculiar trozo de tierra griega. De momento, os dejo una foto de uno de sus pueblos más singulares: Pyrgi, que decora sus casas con una bellísima ornamentación en yeso.

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La ciudad del Nobel

Ulyfox | 8 de diciembre de 2010 a las 2:03

Vista de Gamla Stan desde la torre del Ayuntamiento de Estocolmo.

Vista de Gamla Stan desde la torre del Ayuntamiento de Estocolmo.

¿Habéis Estado en Estocolmo, donde acaba de recibir el Nobel Mario Vargas Llosa? Parece muy lejos ¿verdad? Lo está. La capital sueca fue para nosotros una agradabilísima sorpresa. Fue la que más nos gustó de aquel lejano viaje por los países nórdicos, Dinamarca, Suecia y Noruega. Te esperas una ciudad triste, gris y mate y te la encuentras brillante de colores vivos, casi como una Venecia en el norte. El pequeño centro histórico de la capital sueca, llamado Gamla Stan, es uno de los rincones medievales mejor conservados de Europa, quién nos lo iba a decir, bellísimo y acogedor, con calles empedradas, arcos y cuestas. ¡Y color en las paredes! Ya entonces nos dijeron que poco antes nadie quería vivir en Gamla Stan, que resultaba viejo y sucio. Pero los profesionales empezaron a habitarlo y se había convertido en la zona más cara. Y lo bien que suena ¿eh?: Gamla Stan.

Casas de colores en pleno centro.

Casas de colores en pleno centro.

En una terraza del centro de Estcolmo

En una terraza del centro de Estocolmo

Visitamos, claro está, el precioso Ayuntamiento nacional-romántico de los años 20 del siglo pasado, con el salón azul donde se entregan los Premios Nobel, y desde cuya torre se tiene una vista inmejorable de Estocolmo y de sus numerosas islas. En septiembre, tenías que imaginarte toda esa agua helada donde ahora había ajetreados muelles y transbordadores. Los rompehielos descansaban amarrados y potentes, a la espera del crudo invierno. Era bonito.

El castillo de popa del imponente 'Vasa'

El castillo de popa del imponente 'Vasa'

Constatamos cómo se debe hacer un museo en el que está dedicado al ‘Vasa’, un galeón enorme y riquísimo del siglo XVII, quizá el más bello y rico de su tiempo, pero que se hundió nada más ser botado, en plena ensenada de Estocolmo. Siglos después se le rescató y ahora luce sus dorados y sus riquezas, imponente en seco, en un edificio exclusivamente dedicado a él y construido en torno a él, con toda la información sobre su corta y singular historia, y miles de objetos recuperados junto con el barco. Una experiencia única, una delicia de museo, divertido, evocador, instructivo. Esta es la página web del museo más visitado de toda Escandinavia: http://www.vasamuseet.se/

El 'Vasa', de  cerca.

El 'Vasa', de cerca.

Ahora, la trilogía de Stieg Larsson ‘Milennium’ ha puesto de moda Estocolmo, y mucha gente viaja hasta allí para visitar los escenarios donde transcurren las novelas del malogrado escritor. Pero cuando visitamos Gamla Stan tal vez Larsson era sólo un reportero novel, que no Nobel.

Un cigarrito en el centro de Estocolmo.

Un cigarrito en el centro de Estocolmo.

Recordad una cosa estupenda: Ryanair viaja con vuelo barato desde Málaga a Estocolmo. Por ejemplo, si váis en junio os puede salir por unos 150 euros ida y vuelta. Y eso que no he mirado las ofertas ni otras fechas. Animáos.

Una cueva cálida

Ulyfox | 6 de diciembre de 2010 a las 23:29

La fortuna ha guiado nuestros pasos mejor de lo que acertáramos a desear, como le dijo Don Quijote a Sancho. He descubierto una cueva en San Fernando, y no os puedo decir dónde está ni enseñaros fotos. Es una doble cúpula de ladrillo dieciochesco, soportada por ocho pilares que a la vez aguantan todo el peso de una casa de aquella época. Sus propietarios la descubrieron en el subsuelo cuando compraron la finca y empezaron las obras de arreglo: toparon con la cúpula. Era un aljibe, es decir un depósito de agua recogida de la lluvia. Surtía del necesario elemento a la casa, y ahora, tras el arreglo, es una estancia amplia, a la que se accede desde el patio por una moderna escalera. Conserva los ladrillos originales, con una fecha que tal vez escribieron con lápiz los albañiles que lo hicieron en el año que la acabaron: 1789, el año de la Revolución francesa, y que encierra un espacio mágico, propicio para bodega, salón de tertulia y hasta de conspiraciones. La fecha dejada para la posteridad da para pensar, imaginar y evocar cómo sería la vida en la Isla en aquella época de la que ahora andamos celebrando efemérides.

Sensibles como son, los dueños decidieron pasar al estado de felices poseedores de una joya heredera de la cisterna romana y el aljibe árabe. Y decidieron conservarlo y restaurarlo. El espacio era único, pero el vino, el picoteo, la charla amistosa y tolerante, a ratos indignada, a muchos ratos divertida, bajo la cúpula de ladrillo, como a salvo del exterior, lo dotó la otra noche de una intimidad inesperada entre quienes entramos a esa cápsula poco más que conocidos y colaboradores, y salimos amigos. Nos pusimos estupendos, hay que reconocerlo, y corrió un estupendo oloroso, seguido por un vino nobile de Montepulciano y un Bergerac. Daba gusto oír comentarios inteligentes y cultos, chistes divertidos y risas desinhibidas. Y no todo era atribuible al vino.

No os puedo decir dónde está, lo siento, y tengo fotos pero no las puedo mostrar. Sólo desearos que tengáis una suerte parecida a la que tuvimos nosotros la otra noche. Y os mostraréis agradecidos como nosotros.

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Hora punta en Portugal

Ulyfox | 6 de diciembre de 2010 a las 2:32

Una calle de Óbidos

Una calle de Óbidos

El hombre llevaba una gorra, o una boina, no recuerdo bien. Era la única persona en la imagen. Se había bajado de la bicicleta y la empujaba con tranquilidad cuesta arriba, sobre el empedrado brillante. Flanqueaban la calle una casas bajas, blancas y con zócalos amarillos y azules. Entre los adoquines crecía una hierba corta y verde. El sol daba de plano, pero en la foto no parecía que hiciera mucho calor. Un eslógan mandaba en la escena: “Hora punta en Portugal”. Quienquiera que fuera el publicista, acertó con nuestros gustos de lleno. No sé cómo, pero logramos averiguar que el pueblo era Óbidos.

Características casas y tejados.

Características casas y tejados, y la muralla al fondo.

La unidad arquitectónica del casco amurallado.

La unidad arquitectónica del casco amurallado.

Hace muchos años. El camino fue arduo, en coche desde Cádiz, por carreteras más que secundarias, bastante antes de la era de las autovías en Portugal. Horas, horas y horas. Llegamos casi de noche, pero llegamos. Teníamos que llegar a Óbidos. Asombro perfecto de muralla circundando, adoquines, castillo, casas coloreadas, añil y faroles en las esquinas.

Los típicos zocos azules y el empedrado de las calles.

Los típicos zócalos azules y el empedrado de las calles.

Es un pueblecito bastante al norte de Lisboa, a la altura de Peniche, un poco antes del Nazaré de la playa enorme y los mariscos. Semana Santa a la portuguesa que es como decir turismo de invierno. Llovía a ratos. Nos alojamos en el Estalagem do Convento, un sitio encantador. Y luego cenamos en la Pousada un bacalhau dourada, creo ¿Cuántos años hace, hombre? Quizá alrededor de veinte. Fuu!

Penélope, siempre a juego con la belleza.

Penélope, siempre a juego con la belleza.

Ahora es mucho más fácil llegar, la autovía que va al norte pasa junto a Óbidos. Tampoco las horas punta en Portugal son tan tranquilas como entonces. Son unas seis horas de camino desde Cádiz, entrando por Ayamonte y bordeando Lisboa. Pero si no tenéis prisa y queréis pasar por el Alentejo, dormir en Évora, por ejemplo, es un plan mucho mejor. Y cerca de Óbidos está el increíble monasterio de Batalha, un prodigio de ornamentación manuelina que da para otra entrada.

Una calle como la del anuncio, pero sin hombre ni bicicleta.

Una calle como la del anuncio, pero sin hombre ni bicicleta.

Vegetación urbana.

Vegetación urbana.

El tiempo gris suaviza los colores.

El tiempo gris suaviza los colores.

Óbidos no se olvida. Volvimos años después, también en invierno y con frío, pero al día siguiente lucía el sol, todo estaba más limpio y pintado, con más turistas, y los colores eran más vivos. Tan hermoso Óbidos, quizá el pueblo portugués perfecto, con permiso de Monsaraz, Marvao y Sintra.

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