Mil sitios tan bonitos como Cádiz

Servicio público

Ulyfox | 14 de abril de 2011 a las 1:20

A la pena de estar en el culo del mundo en muchas cosas, en Cádiz le tenemos que añadir la de ser un destino perdido, un punto de partido lejanísimo y un lugar olvidado a la hora de partir de vacaciones. Forzosamente, hay que salir de Madrid o de Barcelona. Desde hace poco, afortunadamente, el aeropuerto de Sevilla acoge líneas de las llamadas de bajo coste, que no lo son tanto pero bueno, ayudan. Pero esto no deja de tener graves inconvenientes: ¿cómo llegas al aeropuerto de Sevilla? ¿coges un tren y luego un autobús, combinación incomodísima? ¿Embromas a un familiar para que te acerque y luego, naturalmente, a la vuelta vaya a recogerte? ¿Vas en tu coche y lo dejas en el aparcamiento del aeropuerto y cuando vuelves te llevas el susto del siglo con la factura de una semana o diez días? El resultado final es que el vuelo de bajo coste habrá subido su precio considerablemente.

Pero como dice el Golfista del Hándicap 9, menos mal que hay siempre gente pensando cómo montar un negocio. Y a alguien se le ha ocurrido poner en marcha un servicio por medio del cual te esperan en el aeropuerto, te retiran el coche, lo dejan en uno de sus garajes, y a la vuelta van a buscarte a la hora que tú les digas y te vuelven a entregar el vehículo. Todo, por una tarifa mucho menor que la del parking de turno. Y si quieres, por un suplemento te lo lavan, o te lo revisan o te cambian las ruedas mientras estás de vacaciones. ¡Genial, no? Bueno, pues la empresa, que ya funciona en varios aeropuertos de España, se llama Lavacolla, y esta es su página web correspondiente al de Sevilla:  http://www.aparcamientolavacolla.com/sevilla.asp

Porque me gusta que nos pongan las cosas fáciles a los que practicamos el duro oficio del viajero, y por esa buena idea, ahí va este pequeño homenaje. Y como no cobro nada, no me importa hacerles publicidad. Con más razón que nunca, ¡buen viaje!

Etiquetas:

No hay nada como el campo

Ulyfox | 13 de abril de 2011 a las 1:06

Fauna del entorno de la Venta El Casarón

Fauna del entorno de la Venta El Casarón

Un día luminoso, un campo verde, una carretera en buenas condiciones, un lugar para comer singular y a la vez tradicional, la Gran Familia como compañía, un joven que vendía lechugas, cebolletas y puerros a la puerta de la Venta El Casarón, empanada gallega de sardinas, una conversación con el joven agricultor que estaba la cosa muy mala y había tenido que volver al campo por culpa de la crisis; a lo mejor es mejor así, le dijimos nosotros, a lo mejor no es tan malo volver al cultivo de la tierra y vender productos mucho más naturales que los que nos comemos habitualmente, que sepan a tomate, y a lechuga y a auténticos huevos de campo, mientras esperábamos a la Gran Familia; pero no está pagado, y nos contó que el otro día vino uno con un gran Mercedes y le parecía muy caro que le quisiera cobrar a dos euros el manojo de espárragos trigueros. Pues más caro es el Mercedes que llevas le contestó.

Y comimos estupendamente: el revuelto de espárragos, el faisán, las empanadillas de bacalao con un estupendo relleno de calabaza, los chocos en su tinta, los calabacines rellenos, el txangurro, todo primorosamente cocinado, un poco (mucho) lento en el servicio por ese inveterado defecto de mucha hostelería de la zona de no tener suficiente personal ante la avalancha dicen que imprevista. Y a la salida del almuerzo un rato para descubrir los caracoles en el campo y sorprender a la patulea más pequeña y espantada de la Gran Familia, ejerciendo imprudentemente de Francisco de Asís con un hermano perro plagado de garrapatas, el pobre.

DSC_3577Y comprar verduras y, como no, huevos de campo, amarillos y sabrosos a la noche, y constatar de nuevo que la felicidad momentánea está donde menos se espera y el domingo pasado se encontraba a poco más de media hora de viaje en coche, pasando Medina caminito de Vejer, desviándose hacia Benalup, casi llegando a Los Badalejos, en un pequeño carril a la derecha de la carretera: la Venta El Casarón. Estáis avisados. Como también es posible que la próxima vez la felicidad se haya mudado.

Etiquetas: ,

Un pueblo catalán en una isla italiana

Ulyfox | 10 de abril de 2011 a las 2:22

Una cúpula de azulejos en el centro de Alghero, o Alguer.

Una cúpula de azulejos en el centro de Alghero, o Alguer.

Es Alghero, y también Alguer, según se diga en italiano o catalán. Los dos nombres valen para esta luminosa, colorida y ciudad de Cerdeña en la que los dos idiomas coinciden, en la que la Historia se muestra entera, en la que si eres catalán no tienes que cambiar de lengua para que te entiendan en plena Italia, y en la que las cuatro barras rojas sobre fondo amarillo se ven en los emblemas municipales tanto como en Barcelona. Alghero, en el noroeste de la isla que es ahora tristemente famosa en todo el mundo por las bacanales de ese personaje llamado Berlusconi, es una joyita tan vinculada a nosotros que emociona.

Alguer, amurallado frente al mar.

Alguer, amurallado frente al mar.

Doradas calles y plazas en el centro histórico.

Doradas calles y plazas en el centro histórico.

Si pienso en Alguer pienso en amarillo dorado, el color de las piedras, y pienso en delicioso vino canonau, y también en murallas frente al mar, y en una exquisita cocina impregnada de mediterráneo. En pocos sitios hemos comido tan uniformemente bien como en Cerdeña. Si has recorrido mucho el Mare Nostrum, no te sorprenderá la isla, ni sus aguas esmeraldas, ni el azul de su cielo, ni siquiera ese viento que no para. Pero sin duda no te esperarás encontrar un trozo de nacionalismo catalán amable entre platos de pasta y queso pecorino. Ni un gótico tan genuinamente importado del Empordá o de Valencia, por decir algo.

Gótico catalán en una isla italiana.

Gótico catalán en una isla italiana (al fondo)

Pero es Italia, sin duda.

Pero es Italia, sin duda.

Se llama Alguer, y nosotros fuimos en un maravilloso vuelo barato de Ryanair desde Girona. Y para que no os perdáis, ahí va otro mapa. Pinchad, pinchad:   http://maps.google.es/maps/ms?hl=es&ie=UTF8&msa=0&ll=40.078071,3.47168&spn=9.68076,28.081055&z=5&msid=213662000049538835059.0004a08542aae93ca46a9   Ahora también se puede hacer desde Madrid, y si os dáis prisa y reserváis hoy mismo, domingo 10 de abril (no más tarde), podréis viajar por sólo 7 euros (en realidad se pone en más de 30 con los gastos, maletas y facturación obligatoria online, y multiplicado por dos porque supongo que tendréis que volver) en el próximo mes de mayo, una época que se me antoja fantástica para el Mediterráneo. Naturalmente, hay que viajar hasta Madrid desde Jerez, o Girona desde Sevilla, si vives en la provincia de Cádiz, pero el que algo quiere, algo le cuesta. Luego podréis recorrer la isla, hermosa y grande en verdad. Otro día lo haremos. Buon viaggio!

El color está por todos sitios.

El color está por todos sitios.

Y la luz, y la sombra.

Y la luz, y la sombra.

Etiquetas: ,

Mapa a petición de Paco

Ulyfox | 4 de abril de 2011 a las 13:03

Penélope (fijaros bien), oteando la frontera.

Penélope (fijaros bien), oteando la frontera.

Paco Piniella, como buen marino, insiste una y otra vez en que ponga mapas de los recorridos que propongo en el blog (ver entrada justamente anterior). Yo no sé si esto que viene abajo es lo que quería Paco Piniella cuando se refiere a un mapa. Es mi primer ensayo con este sistema. Pero pinchad  en el siguiente enlace y a ver qué os sale. Es la ruta propuesta para la raya de Portugal, una vez que se entra en el país vecino, y desde Monsaraz a Marvao. Es sólo una de las posibles. Tampoco conviene dar muchas pistas, así que guardad el secreto. Esta pasa por Estremoz, un buen sitio para parar.

Si es un churro, házmelo saber, Paco. Pero ten consideración con mi inexperiencia y que lo hago por vosotros. Ahora, como llegue a dominar el sistema os váis a enterar.

http://maps.google.es/maps/ms?ie=UTF8&hl=es&msa=0&msid=213662000049538835059.0004a01520dfd4f0ce0b9&z=8

Etiquetas: ,

En la raya de Portugal

Ulyfox | 4 de abril de 2011 a las 1:39

Las tierras de España al fondo, desde las alturas portuguesas de Marvao.

Las tierras de España al fondo, desde las alturas portuguesas de Marvao.

Calle principal en Monsaraz.

Calle principal en Monsaraz.

Hubo un tiempo en el que la raya de Portugal era frontera bélica, en el que la desconfianza intercambiaba miradas temerosas de uno y otro lado. La última batalla entre España (en realidad, Castilla) y Portugal fue hace más de 600 años en Aljubarrota, con victoria portuguesa. Pero la cabeza de los pueblos tiene larga memoria sobre todo de los miedos, y los temores permanecieron durante muchos siglos después. Todavía tiene vigencia el dicho popular en el país vecino que reza que “de España, ni buen viento ni buen casamiento”. Quizá por eso, la raya trazada en el mapa está llena de castillos y pueblos fortificados.

Por la raya de Portuga a bordo de aquel R-19.Recorrer los pueblos de la Península por carretera fue una ocupación a la que nos entregamos con gran dedicación hace ya muchos años. Eran tiempos en que se podía hacer todavía con tranquilidad, siempre que no fuera en esas fechas señaladas que lo llenaban todo. Recuerdo el primer viaje que hicimos en coche particular a Portugal, precisamente en Semana Santa. Entramos por la frontera de Elvas, aún en los 80, cuando aún había fronteras, pero no autovías. El viaje era largo. Entonces, almorzando en un bar de esa ciudad maravillosa que es Évora, reparé en el titular de un periódico que rezaba: “Os Espanhois invadem Portugal”, lo que daba pistas de las primeras avalanchas de los nuevos ricos españoles en ese país hermano todavía pobre.
Un rincón de Monsaraz.

Un rincón de Monsaraz.

Pero fuera de esas fechas señaladas, era una delicia recorrer la zona portuguesa cercana a la frontera con España, el Alentejo próximo. Pueblos fortificados, encaramados en riscos, pegados a la raya y siempre vigilantes frente los eternos enemigos. Una de esas veces, allá por el año 92, en nuestro viajado Renault 19, entramos por El Rosal de la Frontera, en Huelva y fuimos bordeando la raya. La primera etapa portuguesa fue un poco más arriba en Monsaraz, un pueblo blanco del que la Guía del Trotamundos, nuestra biblia viajera de entonces, decía que era el más bonito de Portugal en estrecha competencia con Marvao.

 

Calles con varias puertas.

Calles con varias puertas.

El pavimento de Monsaraz.

El pavimento de Monsaraz.

Monsaraz eran dos calles paralelas empedradas de adoquín negro y unas cuantas transversales, amuralladas de piedra dorada y con un castillo en el extremo, con una plaza de toros en su patio. Allí encontramos un ambiente de película de los años cuarenta, calles solitarias, pequeños grupos de viejos sentados al sol a la puerta de sus casas, con sus pellizas de piel de oveja y sus sombreros de paja o un extraño gorro típico que usaban los hombres. Aburrimiento o serenidad, según el estado de ánimo que tuviera el observador. Excuso deciros cuál era el nuestro

 

 

Un hombre con traje y gorro tradicionales, en Monsaraz. Pero no era en fiestas.

Un hombre con traje y gorro tradicionales, en Monsaraz. Pero no era en fiestas.

A nosotros nos gustó mucho Monsaraz. Recuerdo el sol de la primavera temprana, el brillo en las piedras y en las esquinas recién encaladas, y una comida popular en un restaurante de nombre exótico, Lumumba, con una larga sobremesa de vino, aceitunas y queso. Toda una experiencia. Fue la primera vez que dije que con sólo esos tres alimentos se podría ser feliz.

Monsaraz es poco más de lo que se ve en la foto.

Monsaraz es poco más de lo que se ve en la foto.

Dos o tres años después volvimos para revivirlo, pero fue imposible. Era Semana Santa, y efectivamente, esa bastión fronterizo estaba invadido por españoles: varios autocares de excursionistas que tenían llenas las calles, las tiendas y los pocos restaurantes, haciendo un ruido considerable. Nada que ver con la paz de la anterior visita. Tuvimos que salir huyendo. Fue entonces cuando empezamos a dejar de viajar en los puentes, fue cuando los españoles descubrimos en masa el mundo, pero sobre todo Portugal.

Como una estampa de la vieja Andalucía, pero es Portugal en los primeros 90.

Como una estampa de la vieja Andalucía, pero es Portugal en los primeros 90.

Pero en esa casi primera ocasión fue tranquila, casi íntima. Fuimos bastante más arriba en busca de Marvao y de la comparación de bellezas de la que hablaba el Trotamundos, pasando por Estremoz, Évora… pueblos mayores de los que hablaremos en otra ocasión, si la paciencia os da para seguir leyéndonos.

El altísimo recinto amurallado de Marvao, visto desde su castillo.

El altísimo recinto amurallado de Marvao, visto desde su castillo.

A Marvao llegamos al atardecer. De él recuerdo menos cosas, pero entre otras inolvidables, su emplazamiento a más de 800 metros de altura, sobre un llamativo risco y con una visión inmejorable de la frontera, un auténtico nido de águila, por usar el tópico. Impresionante, como su caserío lleno de tejados, de aspecto andaluz si no fuera por algunos rasgos de ese estilo tan portugués llamado ‘manuelino’. Y recuerdo también un paseo casi solitario dejándonos sorprender por la oscurecida, y la estupenda Pensión Don Dinis, donde pasamos la noche. Y la visita a la mañana siguiente a Castelo de Vide… pero eso será otro día.

 

 

 

 

 

La oscurecida nos sorprendió en Marvao.

La oscurecida nos sorprendió en Marvao.

 

 

 

 

 DSC00376

MANUAL DE USO: El tiempo en el que entramos ahora parece creado para viajar por el interior, para recorrer carreteras sin tanto calor, con los días ya largos y los atardeceres prolongados, para hacer parada y fonda en pueblos tranquilos. Si escogéis esa opción, no olvidéis la raya de Portugal. En poco más de cuatro horas desde Cádiz estaréis en Monsaraz (no confundir con Reguengos de Monsaraz, nada recomendable), entrando por la antigua frontera de Villanueva del Fresno o por la onubense de El Rosal después de atravesar las sierras de Aroche y Aracena, ideales también para una parada restauradora de bocadillo de jamón por el camino. Y luego, hacia arriba, sin olvidar que del lado español está la bella Extremadura. Puede ser una semana inolvidable. Os enamoraréis y ya nos contaréis.

Etiquetas: ,

Un puente para quedarse

Ulyfox | 29 de marzo de 2011 a las 13:37

El puente de Carlos, y al fondo las cuestas de Mala Strana.

El puente de Carlos, y al fondo las cuestas de Mala Strana.

La primera pareja de viajeros que conocimos eran dos hombres. Hace tanto que entonces ni siquiera se les llamaba gays. Fue durante nuestra luna de miel en Cuba, y formaban parte de nuestro grupo. Cuando hablaban parecía que no había sitio en el mundo que no conocieran: toda Europa, China, Filipinas, Vietnam, América… A ellos les escuché decir por primera vez que la ciudad más bonita que habían conocido era Praga. Me sorprendí. A mis 27 años, para mí Praga era sinónimo de ciudad gris de más allá del telón de acero. Pero ellos decían que era la ciudad más bella del mundo, extraordinariamente conservada en su esplendor barroco. Tardamos más de doce años en comprobarlo: sí, es extraordinaria y, desde luego, todo lo contrario del gris.

Estatuas del puente y Mala Strana al fondo

Estatuas del puente y Mala Strana al fondo

Y además Praga pertenece a ese grupo de ciudades con puente famoso. París tiene muchos pero es sobre todo el Pont Neuf, Venecia se llama con el Ponte Rialto, Roma con los romanos que te llevan a la Isola Tiverina, Budapest es el Puente de las Cadenas como Londres se identifica con el Puente de la Torre y Florencia con el Ponte Vecchio. Praga tiene un viaducto de medio kilómetro de largo y 10 metros de ancho, con altos pretiles coronados de decenas de estatuas de santos, que te lleva sobre el Moldava de la Ciudad Vieja medieval a la Ciudad Pequeña o Mala Strana, estallido de barroco, como en tiempos debió ver los paseos de emperadores, nobles y músicos. Es el Puente de Carlos. Y es en sí mismo un camino de vida, una historia, una ciudad.

A un lado la ciudad barroca...

A un lado la ciudad barroca...


... y al otro lado la Ciudad Vieja.

... y al otro lado la Ciudad Vieja.

No es sólo para pasar el río, es para vivirlo. Lo que te espera al otro lado es bellísimo, pero si no quieres elegir entre las dos hermosas partes del casco antiguo, siempre puedes escoger quedarte en medio, ver la gente pasar, observar los espectáculos teatrales improvisados, pararte a escuchar a ese grupo de jazz, comprar una acuarela, sentarte en la baranda a comerte un bocadillo y mirar a un lado la Catedral, las cúpulas, los tejados, los pináculos; o hacia la otra orilla la elevación del Castillo, las cuestas, la iglesia del Niño Jesús de Praga. Estuvimos una tarde entera en el Puente de Carlos. ¡Yo nunca había estado de visita en un puente! Hizo una tarde espléndida, no teníamos prisa. Llegamos hasta la entrada de Mala Strana, miramos los escaparates del ámbar, buscamos el mural de John Lennon, nos sentamos en un café a la orilla del Moldava, casi bajo los arcos de piedra. Y volvimos a cruzar el río en sentido contrario, lentamente, saboreando el tiempo, el placer de manejar el tiempo ¡Ese puente!

Un café a la orilla del Moldava, tarareando las notas de Smetana.

Un café a la orilla del Moldava, tarareando las notas de Smetana.

Es imposible elegir entre un lado y otro de Praga, entre la plaza de la Ciudad Vieja y el Callejón de Oro, entre el centenario Reloj astronómico con sus figuras animadas y el Castillo, entre la Catedral y el Teatro donde Mozart estrenó Don Giovanni cuando sus compatriotas austríacos ya no lo querían. Por eso, quizá no sea mala opción escoger el Puente de Carlos, un lugar en el que, vayas donde vayas, siempre llegas a la belleza. A continuación, una muestra, por si aún no conocéis o no habéis decidido ir a Praga. Recordad a aquellos viajeros de Cuba: es la ciudad más bella del mundo.

Atardecer rosado en la plaza de la Ciudad Vieja.

Atardecer rosado en la plaza de la Ciudad Vieja.


La calle de Carlos lleva desde el puente hasta la plaza de la Ciudad Vieja

La calle de Carlos lleva desde el puente hasta la plaza de la Ciudad Vieja


Un rincón de la bella Mala Strana

Un rincón de la bella Mala Strana

Para un amante de la música, Praga es además la ciudad que siempre amó y fue amada por Mozart. Allí prácticamente se refugió en los años malos y allí estrenó su maravillosa Don Giovanni, en un teatro que aún se conserva, precioso, y en el que asistimos a una función de Las bodas de Fígaro. Quizá por eso se rodó en ella la película Amadeus de Milos Forman. Es una ciudad ideal para escuchar música, en teatros o en la calle, o en el mismo puente de Carlos, y volvemos a él como hay que volver siempre a la capital checa.

Estupenda noche de ópera con Fígaro en el teatro donde Mozart estrenó 'Don Giovanni'

Estupenda noche de ópera con Fígaro en el teatro donde Mozart estrenó 'Don Giovanni'


Músicos en el Castillo, durante el cambio de guardia en Praga.

Músicos en el Castillo, durante el cambio de guardia en Praga.

Etiquetas: ,

De repente, una tarde

Ulyfox | 27 de marzo de 2011 a las 19:06

El antiguo y abandonado muelle de la Fábrica San Carlos, en La Casería

El antiguo y abandonado muelle de la Fábrica San Carlos, en La Casería

La belleza tiene vida, designios y voluntad propias. Debe de ser por eso por lo que aparece donde quiere y cuando quiere. La primavera se lo pone más fácil, de acuerdo. Por eso en esta época conviene andarse una mijita atentos en el camino hacia el trabajo, o en el trayecto a la compra, en la caminata matutina por la Ruta del Colesterol o en el que podría ser rutinario paseo al perro. La belleza espera agazapada en múltiples formas o te estalla ante los ojos, no se sabe.
A mí me pasó ayer, sí, paseando a Aquiles. Debéis saber que el nombre de nuestro perro se debe a una confusión de mi Pe, que en realidad quiso llamarle Ulises pero tuvo un lapsus que, de haberla tenido aquella Penélope de Itaca, habría dado lugar a unos capítulos muy diferentes en la Iliada y por supuesto en la Odisea. Se le quedó Aquiles, que resultó al final un nombre más apropiado para sus pies ligeros. Paseábamos, lo hacemos siempre, por el solar de la antigua Fábrica de San Carlos, un lamentable resto de lo que fue una factoría señera, ahora un abandonado campo de encuentros raros tal vez amorosos, paseantes de animales, vertedores ilegales de escombros y basuras, y cazadores furtivos de pajaritos. Pero ahora los olvidados árboles que antes cuidaba el jardinero recuerdan su vida propia, y florecen entre los escasos restos industriales que han dejado los chatarreros y las vallas caídas. Y los abejorros zumban, y los pájaros de decenas de especies insospechadas los persiguen, y las cigüeñas que anidan en las torretas eléctricas roban para sus nidos las ramas que el levante derribó.
No son nenúfares ni las Nimpheas de Monet, aparecieron en el paseo.

No son nenúfares ni las Nimpheas de Monet, aparecieron en el paseo.

Nuestro paseo humano-animal se alarga, en mis días libres, por más vestigios de lo que fue un San Fernando esplendoroso, y rodeo restos militares, instalaciones aún en uso pero descuidadas, herrumbrosas, ajadas por falta de atención. Enormes charcos a lo largo de la cerca no se han secado y de este caldo de cultivo han nacido plantas, hierbas, juncos y ¡milagro! flores acuáticas, sorpresitas blancas con el centro amarillo que me apresuro a captar con la cámara temblorosa de mi móvil y semejan en su detalle las Nimpheas de Monet. Al volver la esquina derruida del antiguo cementerio inglés, ya pisando suelo de margaritas entalladas, es el momento del estallido: el sol se pone sobre la Bahía recortando el contraluz de un desvencijado muelle me temo que condenado a morir, si este pueblo suicida no recupera la cordura.
De repente, una tarde, la belleza se apareció entre la ruina de un barrio. No hay pistas en esta entrada turística sobre cómo llegar, dónde pernoctar o dónde comer. Sólo recuerdos, y algo de rabia. Pero la belleza está, tal vez, esperando que alguien la rescate. 

Generosidad al anochecer. Un hecho verídico

Ulyfox | 24 de marzo de 2011 a las 15:18

El contraluz subiendo del puerto hacia Mólyvos.

El contraluz subiendo del puerto hacia Mólyvos.

Anochecía cuando llegamos a Mólyvos, también llamado Mythimna por ese fenómeno que ocurre en las islas griegas: muchos pueblos tienen dos nombres, como recuerdos de dominaciones antiguas o por recuperación de denominaciones de la antigüedad. Y así, Santorini también se llama Thyra, y Lesbos se conoce como Mitilene, y puedes decir Corfú o Kérkyra indistintamente. Anochecía y llegamos a ese pueblo, uno de los más bonitos de Grecia, en la costa noroeste de Lesbos, una perfecta mezcla de turca y griega, como sucede en esas islas del este del Egeo: casas de piedra, balconadas y voladizos superiores de madera de colores sobrios, cuestas empedradas colgadas sobre el mar de horizonte dorado, la costa turca al alcance de la mano, tiendas casi en cada bajo.

Aire turco en las calles de un pueblo griego.

Aire turco en las calles de un pueblo griego.

Mólyvos, o Mythimna, visto desde el puerto

Mólyvos, o Mythimna, visto desde el puerto

 

Ese anochecer de sábado nos sorprendió con poco dinero en el bolsillo, apenas unos euros, pero con la tranquilidad de haber visto un par de cajeros automáticos a la entrada de Mólyvos. Sorpresa desagradable: no funcionaban. La tranquilidad empezó a desvanecerse

– “¿Ahora qué? Vamos a preguntar a esa oficina de alquiler de motos”, nos dijimos.  “¿Hay algún otro cajero?”, preguntamos al encargado.

– “No, y lo seguro es que no vendrán a arreglarlo hasta el lunes”, respondió el amable hombre de la camisa de manga corta. Viendo la cara que se nos puso, preguntó él a su vez:  “¿No tienen ustedes nada de  dinero?”

– “Bueno, sí, algo; suficiente para tomar un par de souvlakis (especie de pincho moruno)”, nos hicimos los despreocupados. Pero no contábamos en absoluto con la reacción de aquel perfecto desconocido.

– “¡Hombre, no! ¿cómo van a cenar ustedes un par de souvlakis nada más?”, con aire de estar diciendo “¡no lo puedo consentir!”, y añadió:  “Yo les presto el dinero ¿Tienen bastante con 20 euros?”

– “Pero… pero… -balbuceamos, dubitativos entre la necesidad y el alivio- no, por favor”; un rechazo leve que no apagó la insistencia del hombre. Yo dije, ya con la barbilla colgando, “¿pero se fía usted de nosotros, si no nos conoce de nada?”. Su respuesta última desarmó nuestra educada resistencia: “¿Por qué no?” ¡Claro, esa era la clave! ¿por qué no se iba a fiar de nosotros? Es más ¿cómo se le iba a ocurrir que no íbamos a devolver el préstamo? Digo yo, ¿no estábamos hablando entre personas adultas? Pues eso. “Mañana mismo se lo devolvemos” y él con la misma despreocupación: “No, no hace falta, mañana no abro, vengan el lunes o cuando les venga bien”.

El inicio de un almuerzo en una plaza de Mólyvos

El café griego final del almuerzo en una plaza de Mólyvos

Subimos la cuesta hasta aquel restaurante con terraza que hacía esquina y tenía unas mesas blancas, con la emoción asomando a nuestros ojos y nuestros comentarios. Cenamos de manera estupenda, una de las más ricas, las más saboreadadas. Y volvimos el lunes a saldar la deuda (la económica, claro, la moral la conservamos pendiente y caliente), y ya vino la conversación sobre España y con un empleado de la oficina que había estado en Barcelona, y los múltiples agradecimientos sin fin. “Cuando contemos esto que nos ha pasado en Mólyvos, no nos van a creer”, dijimos. Pero ocurrió, en septiembre de 2002, y por estas cosas, por esta gente, amamos Grecia.

El Mar Egeo desde las alturas de Mólyvos, al atardecer

El Mar Egeo desde las alturas de Mólyvos, al atardecer

Etiquetas: ,

Petra deseada, Petra conocida

Ulyfox | 18 de marzo de 2011 a las 14:25

petra02Sí o no. Una simple disyuntiva para un proyecto de vacaciones de este verano. ¿Siria y Jordania? Arrojarse a los amaneceres bíblicos y antiguos o dar un paso atrás, por el miedo a la hirviente situación política de los países árabes. Planear, esta vez sí, ese paseo por el desfiladero hasta desembocar en el Tesoro de Petra, o dejarlo para cuando las revoluciones se calmen o, mejor aún, triunfen. Petra, Petra está en mi plan desde hace décadas, desde aquella vez que vi en una revista la foto de la Tumba con fachada de templo romano, excavada en la roca y refulgente de rosa dorado ¿Pero esto existe? ¿y dónde? me pregunté maravillado. Una capital nabatea en medio del desierto, abandonada, perdida para los occidentales durante siglos, qué belleza llena de misterio y de historias. Por supuesto y por desgracia, esta foto de la Petra deseada no es mía.

Parecía que este año iba a ser. Estábamos decididos, pero las revoluciones nos paran los planes, nos llenan de dudas, de miedos. Casi lo hemos descartado. No obstante, esta mañana, en medio de posibles ataques a Libia y de pánicos nucleares en Japón, un programa de radio ha hablado de los atractivos de Jordania, de esa Petra recordada por los oyentes con emoción. Uno dice “no te puedes morir sin verla”, y me reconcome al hablar de los mercados árabes, las ruinas romanas de Jerash, los castillos templarios y la ingravidez que se siente en el Mar Muerto, de la amabilidad de la gente. Y yo, sin conocerlas, pienso en las calles de Damasco y en la ciudadela de Ammán, en las norias gigantes de Hamah de las que me habló Ferran, y en las leyendas de Palmira. ¿Qué haríais vosotros, qué debe vencer, la ilusión o el miedo? Tengo que convencernos, así que espero vuestras opiniones. Por favor. Indiana Jones, que vivió en Petra La última Cruzada, no hubiera tenido miedo.

La iglesia de la Virgen de los Dulces Besos, en Petra, Lesbos

La iglesia sobre la roca de Petra, en Lesbos

De momento, sólo conozco una Petra, una población muy agradable en la costa oeste de la isla de Lesbos, una ciudad turística entre griega y turca, y que ostenta ese nombre porque en su centro tiene una enorme roca (ya os habréis imaginado que Petra en griego significa “piedra”) sobre la que asienta una bonita iglesia ortodoxa a la que se sube por una empinada y retorcida escalera de 114 peldaños, recorrida siempre por un gran número de fieles, sobre todo mujeres. El bonito templo, del siglo XVIII, lleva el consolador nombre de Panagia Glykofilousa, o lo que es lo mismo, Virgen de los Dulces Besos. Muy cerca de la Petra lesbiota está el bellísimo pueblo de Molyvos, pero eso dará para otra entrada.

La cola de fieles subiendo en busca de los Dulces Besos

La cola de fieles subiendo en busca de los Dulces Besos

¿Iremos este septiembre a Siria y Jordania? ¿Será siempre la Petra griega la única que conoceré y de la que recuerdo sus casas de piedra, su iglesia y unos salmonetes fritos muy pequeños? Por si quisiérais ir a la Petra que yo conozco, tenéis que pasar por Atenas (mirar tarifas de Aegean Airlines) y luego volar a Lesbos. La isla es grande, preciosa,verde y tiene unas sardinas que están entre las mejores del mundo.

Etiquetas: ,

El viaje más largo y más barato

Ulyfox | 14 de marzo de 2011 a las 13:20

El billete para este viaje

El billete para este viaje

Aunque sea algo no fácil de ver porque es alto y serio, Hidalgo también tiene su corazoncito, y dentro de él sus pasiones. Amén de las personales o familiares, la más evidente de todas es Cádiz, su pasado, su presente y su futuro. Pero la más insospechada es el mundo del cómic. Las pasiones verdaderas siempre encuentran una terminación nerviosa por donde se conectan con los demás. Como todos los que tienen su corazoncito (no son tantos) él muere por compartir su pasión, pero claro, de esa manera que no se deja notar. Así que hace unos días viajó a Madrid y se ha venido cargado de tebeos de colección, kilos y kilos en la maleta, y entre ellos, unos gramos para compartir. Me ha traído un ejemplar de 1965 del DDT, una revista gráfica de humor de aquellos díficiles años. Y con ella, la memoria. Obvio decir que yo ya vivía en esa fecha. Tenía nueve años y en mi casa se leía el DDT. Se leía mucha prensa de toda clase: mi padre compraba el Diario, el Pueblo, La Codorniz (“la revista más audaz para el lector más inteligente”) , el DDT, el Can Can, el Matarratos, el Dígame (una revista taurina)… Eran esos tiempos en que los empleados de Bazán (después Izar, después Navantia) leían, y sus hijos se peleaban por coger el periódico cuando ellos lo soltaban. Todos caían en mis manos. Nosotros, por supuesto, teníamos también nuestra lectura: Pulgarcito, TBO, Tiovivo… grandes revistas infantiles, casi siempre sentados en el poyete junto a la ventana, o con el culo directamente en el damero blanco y negro del suelo hidráulico. Que yo no sabía que era hidráulico, claro, sólo eran las losas.

Con el ‘DDT’, Hidalgo me  ha regalado sin sospecharlo un viaje a un tiempo lejano pero no perdido. Un tiempo que transcurría dentro de una accesoria del callejón de Lista en San Fernando, con una familia en una habitación y otra en la contigua, separadas sólo por una cortina; una cocina comunitaria que tenía un fogón y un infernillo de petróleo, y luego el fabuloso adelanto del butano: allí vimos llegar también la olla exprés; un patinillo con dos lebrillos grandes para lavar la ropa pero que en verano nos servían de piscina; un pozo pegado al muro que ya no daba agua y chorreaba de verdín; unos vecinos con una pajarera enorme (a mí me lo parecía) bajo la escalera que llevaba a la azotea: en esta, otros primos apretujaban también sus cuerpos de familia numerosa en un cuarto algo más grande que un lavadero… más de una gallina se crió en aquella azotea en la que al otro lado daba vueltas constantes, amenazadora y permanentemente atada, una perra, Estrella. Y en el centro reposó mucho tiempo el esqueleto de madera de una barca a medio hacer que uno de mis primos comenzó y nunca terminó, o a lo mejor nosotros nos mudamos antes. En esa terraza de suelo de ladrillos encalados, las tardes de verano se hacían eternas cuando nos tumbábamos a ver volar las golondrinas, y nos creíamos que cuando el cielo se ponía rojo era porque la Virgen estaba planchando: si lo decía nuestra tía…

Este era Manolín, tres o cuatro años antes de la fecha de la revista.

Este era Manolín, tres o cuatro años antes de la fecha de la revista.

Fue un tiempo en el que nuestros padres lo hicieron tan bien que no nos dimos cuenta de que éramos pobres, o tal vez lograron que no nos importara. A fin de cuentas, comíamos, jugábamos en la calle (y en la azotea) y leíamos periódicos y tebeos. Además, aún estaban los pobres de verdad, los que venían a pedir a la puerta cuando no era el ditero o el del Ocaso. Desayunábamos, almorzábamos, merendábamos y cenábamos en la misma mesa de la cocina que nos servía para apoyar las aventuras del Capitán Trueno, y luego para hacer, a última hora y a lo justo, la tarea escolar. Siempre había tebeos para leer, y si no, se releían hasta que hubiera ocasión de cambiarlos por otro con alguien del patio de vecinos de al lado, o aprovechando que algún niño de espíritu negociante ponía un improvisado puesto y vendía los suyos a un precio adecuado.

Siempre leer es el viaje más barato, y en esta ocasión ¡qué viaje! con el billete regalado.

Etiquetas: