Mil sitios tan bonitos como Cádiz

El viaje de los López-Camarena

Ulyfox | 9 de agosto de 2010 a las 17:34

Los jóvenes viajeros, ante la estatua de Ken Follet en Vitoria

Los jóvenes viajeros, ante la estatua de Ken Follet en Vitoria

 Este blog se nutre poco de contribuciones externas, desgraciadamente poco, porque le gustaría ser también lugar de acogida de las experiencias de otros disfrutadores de los viajes, de los desplazamientos. Los López-Camarena son una familia fantástica, ejemplo de educación en el mejor sentido, y podrían ser dignos personajes de una serie de televisión con familia numerosa de protagonista. Tengo el honor de figurar entre sus admiradores, y por supuesto entre sus amigos. Quizá el padre se debería animar un día a ser el guionista de sus vidas, sus peripecias y sus normalidades extraordinarias. La madre, entonces, repasaría las cuartillas y diría con una sonrisa: “Ayyy, este José Antonio. Las cosas que tiene”.

En las puertas de la catedral de Vitoria, prestos a recibir explicaciones, y seguros.

En las puertas de la catedral de Vitoria, prestos a recibir explicaciones, y seguros.

Bueno, pues acaban de regresar de un viaje de Cadi a Euskadi, en plan ‘Pequeña Miss Sunshine’, pero con familia menos tronada, y me han honrado queriendo contar su experiencia en este espacio. Favor que me hacen, así que ahí va el texto con un enorme GRACIAS:

“Casi 3.400 kilómetros en doce días: dos coches, dos apartamentos, dos familias, seis niños, seis, en un viaje al País Vasco que salió redondo, como las anteriores visitas a Valencia, Huelva o Aragón. Se puede viajar con niños. Se debe viajar con niños. Porque les abre los ojos y la mente, descubren en la edad en la que más necesitan descubrir, aprenden lo que no viene en los libros y disfrutan de lo lindo. También se cansan, lógico, pero eso ya lo hacen de manera natural todos los días aburriéndose sin motivo aparente. Con el ritmo adecuado hay tiempo para casi todo: para pasear por placer a través de San Sebastián, Vitoria y Bilbao; para descubrir la piedra de Getaria o los colores deslumbrantes de Hondarribia; para imaginarse los Sanfermines recorriendo sin astados las calles más famosas de Pamplona; para bajar a La Rioja a perderse en los lingüísticos monasterios de San Millán de la Cogolla; o para aliviar el camino de vuelta con un par de días en el monumentalmente caluroso Toledo, donde se reveló como imprescindible el hotel con piscina en la que los niños se recrearon con insistencia hasta el punto de nacer un nuevo tipo para una chirigota: ‘Los niños del cloro’.

 

Y, por supuesto, tiempo para una gastronomía que terminó de redondear la experiencia gracias a las ansias de pequeños y mayores a la hora de paladear los pintxos –hasta 50 en un mismo bar-, las anchoas, las cocochas, el txangurro, el bacalao, la merluza, el rodaballo, los espárragos, los cogollos, los pimientos del piquillo rellenos, los chipirones, el cordero lechal o los solomillos… Hasta la esperada visita a Arguiñano, en Zarautz, resultó provechosa y rica, rica, muy rica (de categoría los canelones de vieira y gambas). En definitiva, buen sabor de boca y ganas de preparar la próxima escapada. Sólo falta un año. Agur.”

El momento gourmet, en el restaurante Arguiñano, en Getaria

El momento gourmet, en el restaurante Arguiñano, en Getaria

 

 

Los López-Camarena, al completo y en San Sebastián

Los López-Camarena, al completo y en San Sebastián

¿Ven ustedes como unas vacaciones viajeras y movidas con niños pueden resultar estupendas? Los niños te devuelven todo lo que les das a esa edad, me han dicho, y tratar con ellos no tiene por qué ser peor que hacerlo con ciertos mayores y supuestos amigos. Podríamos aprovechar para que contaran ustedes como les ha ido en otras vacaciones con niños, las alegrías, los problemas, las desesperaciones, las broncas. Ahí está el tema. Y a los López-Camarena: ¡bienvenidos!

Una perla al final

Ulyfox | 9 de agosto de 2010 a las 0:20

Dubrovnik, llamada la Perla del Adriático

Dubrovnik, llamada la Perla del Adriático

 

Desde que paramos en un mirador, pasado Opatija, la primera vez que estuvimos en Croacia, coincidimos varias veces con un matrimonio de españoles. Eran una pareja amable, de Valencia, aunque ella tenía familia en Chiclana, qué cosas, y viajaban con una niña pequeña. Ellos habían alquilado un monovolumen, nosotros un utilitario. Hasta entonces, desde que iniciamos nuestro recorrido croata en la península de Istria, no habíamos visto a ningún español, así que en aquel mirador nos llamó la atención el idioma, y más cuando comprobamos que estaban haciendo prácticamente el mismo recorrido que nosotros, Croacia de norte a sur. Volvimos a vernos cuando entramos en Primosten, cuando hicimos parada en Trogir, cuando nos desplazamos a la isla de Hvar, y nos íbamos relatando nuestro asombro ante la belleza inesperada de las ciudades croatas, ciudadelas amuralladas al borde del Adriático, llenas de palacios góticos y de recuerdos de leones venecianos. Y nos hicimos el mismo comentario: “Dicen que lo más bonito es Dubrovnik, pero ya hemos visto auténticas maravillas de ciudades ¡cómo será Dubrovnik!”. Tanto que temíamos que la llamada Perla del Adriático defraudara en cierta forma las expectativas.

Las murallas invencibles de Dubrovnik, desde el mar

Las murallas invencibles de Dubrovnik, desde el mar

Por supuesto, y por suerte, no fue así. Las cosas imposibles no ocurren. La restaurada belleza de Dubrovnik, tan castigada por los bombardeos serbios durante la cercana y última guerra de los Balcanes, no defrauda. La blanca piedra de Dalmacia de sus palacios e iglesias barrocos, el brillante suelo de Placa, su calle más conocida, las callejuelas perpendiculares y paralelas, sus pasajes que trepan a la montaña que la cerca y la protege, sus imponentes murallas nunca vencidas y que se pueden pasear en todo su recorrido para descubrir las perspectivas más bellas de la que los romanos llamaron Ragusa, la plaza Gundulicka para degustar unos inolvidables mejillones, el café en Stradun.

Tiempo para café, lectura y observar paseantes en Placa, la calle central de Dubrovnik

Tiempo para café, lectura y observar paseantes en Placa, la calle central de Dubrovnik

Llegamos a la nada desconocida Dubrovnik pasado el mediodía. A partir de esa hora y conforme se acerca la noche, la ciudad, tan hermosa, se va quedando desierta. Ya sabemos lo temprano que se cena en Europa. Los cruceristas (por primera vez oímos masivamente hablar en español) abandonan antes de eso. El centro se despuebla como si fueran a cerrar las puertas y dejar encerrados a los paseantes. Todo se clausura, hasta que al día siguiente, muy de mañana, se vuelve a poblar el reluciente casco histórico, y el monasterio de San Francisco, y la calle Placa, y el paseo de la muralla se convierte en una serpiente multicolor que ya quisiera el Tour de Francia, y vuelve a sonar el español. Y así durante días y días, un ciclo de belleza y trajín repetido. Porque nada puede con Dubrovnik, un tesoro para ese país extraño y mediterráneo de gente rubia que habla un idioma eslavo, de sabrosos risottos e incomparables cigalas, de cuidada pasta herencia italiana, de mares limpios y playas pedregosas, de murallas y campaniles, a mitad de camino vital e histórico entre Italia y Grecia. Uno de los mejores descubrimientos para Pe y Uly, esos envidiados alter egos nuestros que sólo existen y se manifiestan en vacaciones, cuyo corazón dejó una parte allí, para ayudar a engarzar la Perla del Adriático.

Alguien a quien acabo de conocer

Ulyfox | 5 de agosto de 2010 a las 1:26

PORTADA-Tres-maneras-de-volcar-un-barco-7-2Os lo voy a presentar, aunque muchos tal vez lo conozcáis. Se llama Chris Stewart, fue batería del grupo británico Génesis (“Can you tell me well my country lights, set the uniform…” o algo así cantaban en Selling England by the Pound) pero la verdad es que lo echaron del grupo por malo, y ahora es escritor. Ha sido muchas cosas, esquilador de ovejas y navegante sin experiencia. Su mayor éxito editorial en España es Entre limones, un libro en el que cuenta su vida en un cortijo de Órgiva (Granada) a donde eligió retirarse con su familia. Es fundamentalmente un optimista. No he leído Entre limones, pero después de haberlo conocido a través del opúsculo (me encanta esta palabra) Tres maneras de volcar un barco, estoy decidido a enmendar el error y leerlo. He disfrutado serenamente con las historias y fracasos navegantes de Chris, con su sentido del humor, con su optimismo imbatible, sus paseos por los mares griegos y árticos, y por supuesto, con sus maneras de volcar los barcos. Se lo presto a quien quiera. Es tan sencillo como debería ser la vida.

chrisAquí lo tenéis. No me digáis que no tiene cara de ser Mr. Happy. Me ha recordado, no por su cara, sino por sus descripciones,  vagamente a otro optimista, vitalista y sin duda feliz escritor británico: el insuperable Gerald Durrell, autor de la inmortal Mi familia y otros animales, y de sus dos secuelas, una obra que te pone la sonrisa en la cara desde la primera a la última página. Durrell, hermano del más considerado por la crítica literaria, Lawrence, es para mí infinitamente más grande. Su descripción de los años que, siendo él un niño, pasó su familia en la isla griega de Corfú, el retrato de los bichos de la isla (incluidos sus parientes, por supuesto), del ambiente de un niño feliz y enamorado de la naturaleza, son unas memorias de la infancia que a muchos nos hubiera gustado tener: una madre locamente británica, una hermana digna heredera, un hermano bastante pedante… todo ello en un paisaje mediterráneo al que sólo son capaces de adaptarse los ingleses sin perder su anglicidad.

Y en estos libros, siempre, el viaje como lugar de residencia, no como incomodidad: cada descubrimiento es un paso normal al conocimiento interior y hacia el equilibrio con uno mismo. Ay, ay que ya te estoy calando, se dicen cada vez que dan un paso los viajeros. Y se gustan cada vez más.

Si no lo habéis hecho, haceros el favor de leerlos.

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Dije una vez que era el puerto más bonito del mundo

Ulyfox | 3 de agosto de 2010 a las 1:31

El puerto de Symi, por la mañana

El puerto de Symi, por la mañana

 

Es muy posible que la isla de Symi, en el Dodecaneso (Doce Islas),  tenga el puerto más bonito del mundo, como dije una vez. Luego conocí muchos más, y habrá quien tenga otros criterios: los del marinero, los del comensal, los del turista. Pero Symi, a poco más de una hora de navegación de Rodas y a menos aún de la ciudad turca de Datça, es muy difícil de igualar. Por sus casitas neoclásicas de colores, muchas de ellas auténticas mansiones de viejos navieros o mercaderes de esponjas, otras muchas en penosa ruina y abandono, circundando la forma perfecta de U que tiene la rada, trepando por la montaña desde Gyalos, el puerto, hasta Horio, considerado el pueblo como tal; por la ingente cantidad de veleros que amarran en sus apretados muelles (qué hermosura las goletas turcas que vienen en excursión desde la península); por el aire mezclado del perfume de distinción que emana de esos barcos de recreo y del aroma a parrilla de las tabernas de pescado; porque tiene (tenía la última vez que fuimos) tres taxis y un pequeño microbús que recorre los pocos kilómetros de carretera hasta la aldea de Pedi, donde seguramente se inventó la palabra remanso, con su hotel, sus apartamentos tradicionales y sus barcas amarradas a la puerta de la calle.

Un velero en el puerto de Gyalos

Un velero en el puerto de Gyalos

La primera vez que ves Symi desde la borda echas mano a la cámara y te hartas de disparar: colores, luces, formas, sombras, todo creado por la mano del hombre. Si te sientas al atardecer en el puerto ante los yates, forzosamente tendrás que pedir un martini dry y esperar a que aparezca el mismísimo James Bond, o tal vez una extraviada Audrey Hepburn. Tal nivel de sofisticación ha alcanzado este lugar, en el que sin embargo las alternativas económicas son también estupendas y posibles. La mejor opción, a nuestro entender, es alojarse en la cercana Pedi, que dispone de una bahía de aguas calmas y transparentes y de una pequeña oferta de tabernas tradicionales para almorzar. Poco más que una docena de casas neoclásicas y un embarcadero desde donde coger las barcas a las playas cercanas, eso es Pedi.  Nosotros nos quedamos la primera vez en el Hotel Pedi, pegado a la playa, estupendo, y la segunda en los apartamentos Blue House, de deliciosa vista.

En la terraza de los apartamentos Blue House, sobre Pedi

En la terraza de los apartamentos Blue House, sobre Pedi. Al fondo en la montaña se adivina Horio

 

Instrucciones de uso: luego de la jornada de playa (una buena lectura es muy recomendable), al atardecer se coge el microbús, se saluda amablemente al conductor (‘kalyspera’, buenas tardes) y en diez minutos de curvas se está en el puerto principal, a la hora ideal para el paseo, el aperitivo y la cena a elegir entre los numerosos restaurantes. La vuelta, en bus de nuevo y no se olviden de despedirse del conductor: ‘kalynikta’, buenas noches.

Gyalos, desde la altura de Horio

Gyalos, desde la altura de Horio

Otra opción, enormemente agradable, para ir a Gyalos desde Pedi es hacerlo andando, saliendo más temprano, atravesando las huertas y olivares, ascender hasta Horio, recorrer sus calles de pueblo-pueblo, llorar ante las pétreas mansiones abandonadas, soñar con comprar una, tomar un café frappé en la terraza del ‘kafeneion’, contemplar el puerto más bonito del mundo desde esa altura y luego descender cómodamente hasta la dársena, a tiempo de todo lo anterior.

Concentración de veleros en Gyalos, el puerto de Symi

Concentración de veleros en Gyalos, el puerto de Symi

 

NO ES DIFÍCIL llegar a Symi si uno se lo propone. La base de movimientos está en Rodas, a la que es fácil acceder desde Atenas en un vuelo de una hora. Como la capital de los caballeros de San Juan es un sitio tan especial, bien haría uno en quedarse al menos una noche y, lo mejor, apuntarse en uno de los numerosos barcos que salen cada día de excursión desde el puerto donde una vez estuvo el Coloso hasta la pequeña isla vecina. Naturalmente también hay ferries, pero son mucho menos frecuentes, y las excursiones tienen la opción de dejar la vuelta abierta, y así prolongar los días de estancia en Symi hasta que queramos. Además, estos viajes de un día suelen incluir una parada en el Monasterio Mihail Panormitis, curioso ejemplo de vida monacal ortodoxa, en un bello emplazamiento.

No es difícil llegar, lo duro es despedirse de Symi:

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Amamos tanto Cataluña

Ulyfox | 29 de julio de 2010 a las 0:44

Vista general de Besalú, en Girona

Vista general de Besalú, en Girona

 

No la hemos conocido hasta hace poco. Sí es verdad que hace muchos, muchos años, estuvimos en Barcelona, aprovechando una visita médica de casi última esperanza con Pepa. Y fue el parque Güell, y la Sagrada Familia, y las Ramblas antes del gran boom de la prostitución, y el Barrio Gótico y el Modernismo y hasta Copito de Nieve, aunque la razón verdadera estaba en el Hospital Valle de Hebrón. Pero no estuvo mal. Y luego hemos hecho alguna que otra parada, siempre corta y poco profunda en la Ciudad Condal. La última vez con dos entrañables, verdaderos amigos, a ver a otros tres que pasaron algún tiempo de su vida profesional en Cádiz: Carlos Enrique, Pilar y Ferran. Y fue otra vez la entrada en la Sagrada Familia, espléndida en su bella reiniciada construcción, el reencuentro amigal, la cena en el ‘Senyor Perellada’, las setas en el Mercado de la Boquería, el recordado almuerzo en la Fundación Hoffmann, fruto de la generosidad sin límite de Fabián, la cerveza artesanal Rosita, la acerada, inteligente ironía de Ignacio. Celebración de la palabra. La amistad existe.

No quiero hablar de política en este blog. Más bien no quiero escribir de lo que por aquí se llama, con la exquisita exactitud de las palabras, politiqueo. Sí hablo de hilos invisibles. Los catalanes, la mayoría de los que he encontrado allí en su tierra y aquí en la nuestra, rebosan amabilidad escueta y sincera y huyen del compadreo, tantas veces falso. Rehúyo (¿lleva tilde? supongo que sí, para romper el diptongo) el nacionalismo de todas las direcciones. En mi primera estancia en Cataluña, una juvenil aventura en Lleida a recolectar peras y melocotones en la que lo único que me comí fue fruta (o casi lo único), la única persona que nos llamó la atención por no saber catalán fue un andaluz emigrado, conductor de autobús.

Una calle de Pals, Girona

Una calle de Pals, Girona

No hace mucho, como algunos sabéis, Pe y yo estuvimos en Girona, casi expresamente para cenar en el Celler de Can Roca. Pero aprovechamos y vimos algo de la provincia, esa zona que no sé por qué tiene un nombre que me resulta tremendamente evocador: el Ampurdán. Y apreciamos la cercanía, la amabilidad, la humanidad de la gente, su excelsa cocina, elaborada y a la vez tradicional. Encontramos un país moderno pero apegado a la vez, orgullosamente, a la raíz más profunda. Admirable: pueblerino y universal. Cosmopolita le decían a eso los griegos, tan padres de todo.

Ahora quieren (no sé cuántos de ellos) que se les reconozca el derecho a llamarse nación. Y a mí me parece una tontería, pero todo el mundo puede llamarse como quiera. Las banderas están bien para celebrar victorias en el Mundial, y cosas así. Sí me da rabia que se fabriquen barreras administrativas, políticas, falsas, donde no las hay. Y que se propicien enfrentamientos para provecho de unos pocos muchos ¿Llegarán los más radicales a exigir fronteras, obstáculos en el viaje, visados al ansia de conocer? ¿Puntos y rayas, como en la hermosísima canción solidaria de Nazoa y Núñez, que cantaban Soledad Bravo o Rosa León? Cosmopolitas, qué sueño. Estoy convencido de que la gran mayoría en Cataluña o en España no quiere enfrentamientos, pero ya sabemos lo que puede hacer una pasión exacerbada y manipulada. Lo último es lo de la prohibición de las corridas de toros. Me parece una idiotez exageradamente animalista, pero así es la democracia.

Nos enamoró, y amamos tanto Cataluña que repetiremos visita muchas veces. Nos falta la visita al románico, por ejemplo, el estilo arquitectónico occidental más emocionante. Cuando viajamos, amamos lo que vemos, sentimos que todo lo creado por el hombre en esos sitios, los más cercanos y los más recónditos, nos pertenece en una parte, y andamos hasta allí para declararles nuestro amor agradecido. ¿Nacionalismos? Puntos y rayas no se ven en los paisajes: “Esas cosas no existen sino que fueron creadas/para que tu hambre y la mía estén siempre separadas” cantaban. Aprendamos de los sabios y sus estatutos. Escuchar siempre, oír ahora el silencio sin banderas.

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Paréntesis indeseable

Ulyfox | 24 de julio de 2010 a las 18:24

Sarlat La Caneda, uno de los pueblos que visitaremos dentro de poco más de un mes

Sarlat La Caneda, uno de los pueblos que visitaremos dentro de poco más de un mes

Debo empezar disculpándome, por si alguno me ha echado de menos desde hace más de una semana. El trabajo y otras historias (pero sobre todo el trabajo) han impedido que colgara algunas entradas al ritmo que venía manteniendo desde que empezó este viaje (o viejo) bloguero. Para los apasionados, la vida normal termina convirtiéndose en ese espacio de tiempo que hay entre dos viajes, entre dos vacaciones, un tiempo para disfrutar también, pero sobre todo para preparar la siguiente caminata. A veces este paréntesis, en la profesión que tenemos, puede ser realmente duro, sobre todo mentalmente. Pero siempre está, por fortuna, allá en el horizonte la vibrante carretera, el anchuroso mar, el moderno aeropuerto, el acogedor tren, el espacio libre delante para huir siquiera sea momentáneamente de tan crudísima realidad, de lo que se queda atrás y no volverá para bien o para mal. Chinpón.

La Venus de Milo, ahora en el Louvre de París

La Venus de Milo, ahora en el Louvre de París

Así, anda ahora Penélope liada con la próxima expedición, horas ante internet, entre guías, buscando la mejor forma de enlazar la Dordoña francesa (no hay otra), sus vinos y sus patés, con las islas italianas de Ischia y Procida, frente a Nápoles, pasando por la mitológica Creta para ver cómo anda nuestra higuera en Pefki, por la resonante Milo de la Venus y acabar como siempre con varios días en Mikonos, tal vez con una parada técnica y gozosa en Naxos. Un plan que empezará a realizarse a principios de septiembre pero que como siempre Pe prepara concienzudamente, aunque esta vez interrumpida en sus planes a veces por un problema que esperemos se revele en pocos días como realmente insignificante.

El puerto de Makrigyalos, salida al mar de nuestro Pefki

El puerto de Makrigyalos, salida al mar de nuestro Pefki

Entonces: disculpas, primero; segundo, que si alguien ha estado en Dordoña o sabe cosas de esa región de castillos y pueblos medievales, y por supuesto quiere dar sabios consejos, los agradeceré como se merecen. De momento, estamos ilusionados por sus poblaciones amuralladas, sus ríos, sus restaurantes; expectantes por ver cómo es la gente (bonjour, comment ça va?), recuperar el aire de nuestros primeros viajes por Europa, con el sabor aún en el recuerdo de los vinos que tomamos en París: ese Cahors que era el vino de la semana en el bistrot y un prodigio de suavidad en la garganta y de amplitud en la boca, que dirían los entendidos.

 Y a ver si puedo recuperar el agradable ritmo de crucero de contar de vez en cuando nuestras andanzas, de recibir comentarios y de formar una comunidad, cortita pero bien avenida, en los intereses viajeros. Salud y hasta pronto.

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Tótem Eiffel

Ulyfox | 17 de julio de 2010 a las 1:10

Grupos de gente 'adorando' la Torre Eiffel.

Grupos de gente 'adorando' la Torre Eiffel.

 

Alguien me ha comentado hoy algo sobre la Torre Eiffel. Definitivamente, es lo que más me gusta de París. Con gustarme mucho el Louvre, el barrio Latino, el Sena, Notre Dame, Montmartre, el barrio del Marais… no hay nada como la Torre. Con ese punto turistoide, su presencia es apabullante, su tamaño nos empequeñece pero, oh milagro, nos alegra de ser tan pequeños. Nos colocamos debajo, miramos hacia arriba y sonreímos con una especie de felicidad absurda. ¡Es la Torre Eiffel! gritamos para adentro, y estamos aquí. Como si hubiéramos cumplido una misión dictada por alguien desde chicos ¡lo hemos hecho!

La primera vez que estuvimos en París no pudimos visitarla. Toda la semana hizo una niebla espesa que no dejaba ver la parte superior. Quizá si hubiésemos subido habríamos visto un mar de nubes, pero desde luego no París desde la altura. Llegamos bajo sus patas y nos conformamos con reducir nuestro tamaño mentalmente hasta la talla de un guisante enano, y con las primeras sonrisas al cobijo del soberbio entramado de hierro y tornillos.

La segunda vez pudimos cumplir, y… fue maravilloso. Esperamos casi al atardecer y una vez arriba, las luces de la Ciudad Luz se fueron encendiendo por barrios, trescientos metros por debajo de nuestras miradas. Disfrutamos como niños ante el más hermoso anochecer, pensamos en nuestros sobrinos, yo diría que nos sentimos como toda la infancia de la tierra asombrada ante la obra de los mayores. Es grande el hombre, que con un trabajo de ingeniería es capaz de alumbrar los corazones y las almas de millones de visitantes. Fue una de esas veces en las que nos reconciliamos con nuestra especie mamífera simia primate homo ¡SAPIENS!

DSC_0241La tercera vez, esperemos que no última, cumplimos con nuestra bendita obligación de visitarla. Claro que seguía allí, como el enhiesto surtidor de sombra y sueño que hubiera cantado Gerardo Diego. Fue el año pasado en primavera. Hicimos una larga caminata para llegar hasta ella y luego nos tumbamos en los largos jardines que conectan el Campo de Marte con los Inválidos. Allí los jóvenes se concentraban bebiendo vino sobre el césped, charlando sentados, algunos con guitarras, mucha gente simplemente acostada al cálido sol de la tarde de mayo. Y lo mismo hicimos nosotros. Casi nos dormimos. Y veíamos la escena como la de una gran tribu reunida para adorar a su tótem sagrado, la representación de un dios protector y vertical. Y deseé que fuera así, y no quise cerrar los ojos por no dejar de contemplar esa especie de pirámide afilada, a lo mejor para conectarme con esa deidad escondida, madre y salvadora. Casi lo conseguí. Al menos, comprendí donde puede estar dios. Digo puede.

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Mi pendrive azul se me ha perdido

Ulyfox | 14 de julio de 2010 a las 1:17

Minarete en la Medina de Tunisia

Minarete en la Medina de Tunisia

Es mi última esperanza. A lo mejor en su interior, pequeño y virtualmente enorme, se encuentran las extraviadas, queridas fotos del viaje a Túnez. Soy un desastre, no tengo remedio. Un día dejaré la cabeza olvidada en alguna parte y desde allí seguiré pensando dónde estará mi cuerpo. Puedo ofrecer, como Silvio, que pagaré cualquier información sobre él, cien mil o un millón. Hicimos amistad. Perdí las fotos y como también extravé la pista del pendrive azul hace tiempo, tal vez estén allí. Igual, quién sabe, en su alma cibernética han encontrado abrigo las imágenes de Hamamet, de Sidi Bou Said, de las tristes ruinas de Cartago, de la medina de Tunisia, del cabo Bon, donde el guía nos contó que se hacía la matanza del atún (“en árabe se dice al-madraba”, explicó como si hiciera falta), de los ramilletes de jazmín, de la incapturable amabilidad de sus camareros, del servicio de playa del hotel, de aquel restaurante blanco y azul en la costa donde el encargado lloró al darse cuenta de una fatal y comprensible confusión sobre la ceguera de nuestra acompañante, Pepa. “Perdón, perdón” repetía el hombre.

Pepa, en las calles de la Kasbah de Hamamet

Pepa, en las calles de la Kasbah de Hamamet

Sólo la cuidadosa Pepa guardó sus fotos como Alá manda. Y por eso aparece aquí.

Junto a la muralla de Hamamet, los atrapadores de turistas te saludaban como si te conocieran: “Hola, nos conocemos del hotel, trabajo allí”. Y te querían llevar a un restaurante o a una tienda. Claro que se callaban si les preguntabas a qué hotel se referían. Te sonreían y se daban la vuelta. Hay que vivir, amigo mío. Todo había que regatearlo, naturalmente, pero ese juego a mí siempre me termina gustando porque ellos derrochan todo su encanto. Túnez, Túnez dónde están tus fotos. Los empleados del hotel con sonrisas y sin servilismo, bromistas. En el Alhambra Thalassa Spa (fundido nombre de raíces andalusíes, griegas y sajonas), era como si además de servirte tuvieran que ejercer de humoristas. No era una consigna, puesto que también los había serios. En la puerta del yacimiento de Cartago: “¿De dónde vienen? ¿de España? ¿de Andalucía? ¡Ah, hermanos!” La mentira más común en los restaurantes: “No, esto no pica mucho”. El té verde con piñones frente a la playa y junta a la Kasbah de Hamamet, en el repleto café Sidi Bou Hdid, mirando el atardecer y las familias enteras en el paseo.

De regreso, la eterna pregunta de los conocidos: “¿Y no os da miedo ir a esos sitios?” Y mi respuesta favorita: “Miedo me da volver”. Pero mi pendrive azul se me perdió, se fue, si alguien sabe de él le ruego información…

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Yo a los palacios subí, yo a las cabañas bajé

Ulyfox | 11 de julio de 2010 a las 18:24

Pasillos del hotel Four Seasons en El Cairo

Pasillos del hotel Four Seasons en El Cairo

El lugar más lujoso en el que hemos estado es excesivo hasta en el nombre. Se trata del Hotel Four Seasons at the First Residence, en El Cairo, a orillas del Nilo, frente a los barcos que sirven tanto de restaurante como de salas de fiestas. Nunca lo pensamos, no nos gusta el lujo entendido de esa manera, pero ese viaje a Egipto tenía que ser por la vía más cómoda: crucero por el río en el mejor barco y estancia en la capital en el mejor hotel. Four Seasons es una cadena que posee establecimientos de lujo en los lugares más exclusivos del mundo. ¿Por qué no? Fuimos al país de los faraones como los antiguos viajeros de las películas, cuando los turistas eran todos ricos, muy ricos. Teníamos coche y guía exclusivos para nosotros dos. Nunca faltaba agua y toallas frescas perfumadas cuando volvíamos de un templo caluroso. Nos faltó la oportunidad de alojarnos en el Old Cataract de Assuán, escenario del rodaje de Muerte en el Nilo y, en la vida real, alojamiento de cientos de visitantes ilustres. No pudo ser, estaba cerrado por obras. Creo que ya lo han abierto, por si alguien se quiere dar el gusto.

Nuestro hotel en El Cairo era el que sirve de alojamiento a grandes hombres de negocios y jefes de Estado cuando visitan el país. Es enorme, tiene pasillos donde caben pisos de protección oficial y un guardia de seguridad ancho, alto y negro en cada rincón. Además, está rodeado de policías y perros. La habitación podría albergar a una familia, y el tamaño de la cama es proporcional a sus dimensiones. El cuarto de baño es casi otra estancia. Nos aguantamos las ganas de traernos el albornoz de recuerdo. El televisor era ideal para ver la final de un Mundial con un grupo de amigos. Penélope dijo que había descubierto allí por qué algunos hoteles son de superlujo: todo estaba siempre brillante, pero nunca, a ninguna hora veías a nadie limpiando.

Atardecer en la terraza del adorable Hotel Damianos, en Mikonos

Atardecer en la terraza del adorable Hotel Damianos, en Mikonos

Sin embargo, con ser estupendo y un verdadero placer, no es el sitio donde nos hemos sentido más como dioses. Todo depende del concepto de lujo que se tenga. Más para nuestro disfrute son, por ejemplo, un hotel en la montaña, cuyo nombre no recuerdo, cerca de Lucerna; el hotel Athos en Atenas, el Liadromia en Alonissos, el querido Damianos de Mikonos, territorio de la trabajadora Eleni, los adorables Vallas de Santorini, un albergo sencillísimo en el centro de Venecia, esos apartamentos de Naxos donde María nos regalaba una tortilla, o un trozo de sandía al volver de la playa, los estudios Avra en Astypalea, bajo la ciudad antigua y blanca, el modesto Hotel Koufonissia en la increíble isla del mismo nombre; aquél La Tartana, de empinadas escaleras en la exclusiva Positano, la pensión Taksiyarhis en Ayvalik, una sobe en Croacia, sobrevolando los tejados de Hvar. Todos mucho más modestos, pero rebosantes de un lujo que no se puede ver ni tocar sino con los ojos y el tacto del alma, ese ente del que no sabemos que existe hasta que nos vemos en ciertas situaciones. Palacios, sí, pero desde luego también cabañas llenas de ese despilfarro invisible que te tira de la comisura de los labios hacia arriba.

El mundo nostrum

Ulyfox | 7 de julio de 2010 a las 10:06

DSC_1271Probablemente, yo no quería, pero el destino te persigue hasta extremos que no se pueden imaginar. Nada más volver de Grecia, en el aeropuerto, buscando la prensa española, el escaparate de la librería nos mostró este número especial de la revista ¡Hola! El mejor saludo de bienvenida. Ya sé que estoy muy pesado con ese cálido y hechicero espacio que los romanos llamaron el Mare Nostrum, pero ahora no he sido yo. La reina distinguida de las revistas del corazón se deja esta vez el músculo cardíaco al aire y desparrama un menú de 50 destinos (“El Mediterráneo es tu destino”, qué buen eslógan se me acaba de ocurrir) de los 18 países ribereños. Nunca pensé que recomendaría leer el ¡Hola! pero esta vez me han sorprendido. Esta revista podría parecer mi blog en papel impreso, relata cosas parecidas a las que yo cuento, sólo que yo os lo digo con más cariño. Pues eso: está también en las papelerías de Cádiz. Si no queréis gastaros los cinco euros, yo la puedo prestar, pero con la irrenunciable condición de su devolución. Podría ser como el álbum de fotos de Penélope y Ulyfox. Hemos estado en la mayoría de los sitios que muestra.

¡Buen viaje!

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