Aceras de Portugal

Ulyfox | 6 de abril de 2010 a las 23:52

Acera en el casco antiguo de Faro

Acera en el casco antiguo de Faro

Para muchos son una tortura. Sí, puede ser. Muchas veces no es cómodo andar por Portugal, que te obliga a caminar con un ojo en las alturas y otro en el suelo. Sus aceras, hechas a mano, adoquín a adoquín, ya sean de un mismo color arena  o combinados con otros negros o rojos, son uno de los signos distintivos del país, y de su elegancia decimonónica. Imposibles para los zapatos de suela fina, increíbles en las zonas de producción de mármol como Estremoz, traicioneras cuando las piezas se sueltan por el deterioro. Pero definitorias, como las góndolas en Venecia, los taxis negros en Londres o la cal de las casas en los pueblos blancos. Portuguesas, adorables en su singularidad, espero que no se pierdan.

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El puerto más fino

Ulyfox | 5 de abril de 2010 a las 23:56

Vista del pueblo ligur de Portofino

Vista del pueblo ligur de Portofino

Sí, es verdad, tanta belleza parece decorado. Tanta finura, de oropel. Pero es que esto es Italia, Portofino, sitio de encuentro de artistas de Hollywood y de músicos de todo el mundo, tema de amor en la canción Love in Portofino de Fred Buscaglione, en el golfo de Génova. Pero es de verdad. El color de sus estucos, la decoración de sus fachadas, la elegancia de sus terrazas. Esto sólo es posible en Liguria. Parece imposible que aquí viva gente, eso sí, si no son potentados. De todas formas, comernos un plato de linguini con almejas y un risotto, con vino blanco de la casa no nos salió tan caro. Y un café en el puerto, frente al golfo de La Spezia, siempre se lo puede permitir uno. Aunque a aquel joven rubio que quería impresionar a su acompañante pidiendo cigalas, en la mesa detrás de nosotros, se le cambió la cara cuando le trajeron il conto.

Una casa en la carretera junto a Portofino

Una casa en la carretera junto a Portofino

Así es Portofino (no os equivoquéis, su nombre de Portus Delphini): tres calles hermosamente irrepetibles de colores dorados y rojizos, todas las tiendas caras en un concentrado frente al puertecito; modelos o aspirantes saliendo y entrando de Armani y compañía; yates y nuevos ricos. Y el castillo Brown y un pequeño convento subiendo una cuesta hasta el promontorio que cierra la Bahía.

Vista desde el castillo Brown

Vista desde el castillo Brown

PISTAS:

Desde Sestri Levante, donde teníamos nuestro hotel hace tres veranos (ver anterior entrada), se llega en muy poco tiempo a Santa Margherita Ligure, y desde ahí un autobús (en el que es muy fácil entablar conversación) te lleva por la espectacular y sinuosa carretera pegada al mar hasta Portofino en un cuarto de hora. Una excursión memorable, y única. Un día perfecto.

 

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Publicidad no engañosa

Ulyfox | 4 de abril de 2010 a las 18:59

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‘Es mejor comer aquí’ es la fácil traducción. Lo digo porque siempre hay gente despistada. El cartel está en el exterior del restaurante Ú Monchiqueiro, en el pueblo algarvío de Silves, un respiro a sólo cuatro kilómetros por autovía del trasiego turístico del sur de Portugal. Un cartel que proclama una verdad como un templo, según pudimos comprobar hace sólo dos días. Comida tradicional portuguesa, el bacalao con garbanzos como sólo saben hacerlo en aquel lado de la raya; una feijoada con cerdo de sabor antiguo; unas sardinas asadas en la parrilla al aire libre. Hasta el pollo tenía buena cara, con lo difícil que es eso. Los tres platos citados venían acompañados con una ensalada y patatas cocidas. Además, una botella de Mateus Rosé, una tarta de améndoa y dos cafés con leche. Previamente, el paté de sardina y la mantequilla, casi obligados en Portugal. Hagan la cuenta y no lo acertarán: tres personas bien comidas por 33 euros. Precios de una Lusitania de otros tiempos con unos aromas casi olvidados. Ú Monchiqueiro está junto al Mercado de Silves, tan junto que los servicios son los de la propia plaza de Abastos.

Vista general de Silves, rodeado de naranjos

Vista general de Silves, rodeado de naranjos

Silves fue la capital durante la dominación árabe en el Algarve. Es un increíble remanso de tranquilidad y autenticidad en una costa destrozada, quizá por estar un poco al interior, a la orilla del río Arade, al norte de Portimao. Calles empinadas, con el característico empedrado  portugués, plazas tranquilas, casas tradicionales y un castillo rojo. En verano seguro que se llena, pero este pasado Viernes Santo fue una delicia, en todos los sentidos, los cinco.

Detalle de una puerta en Silves

Detalle de una puerta en Silves

Una roca que sueña

Ulyfox | 4 de abril de 2010 a las 0:05

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Está en la Ponta da Piedade, muy cerquita de Lagos, esa ciudad mediana y atractiva que es la capital del Algarve occidental. La roca sueña con barcos, y está rodeada de otras enormes piedras que forman torres, arcos y cuevas que el turista animado puede visitar en pequeñas embarcaciones. Yo siempre he preferido verlas desde arriba, junto a los sueños de las rocas, y así sentirme parte de ellos. He vuelto varias veces, así que no sé si soy sueño recurrente o pesadilla.

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Un ordenador capado

Ulyfox | 3 de abril de 2010 a las 10:31

Vista del cabo San Vicente

Vista del cabo San Vicente

Me he comprado un netbook. Un ordenador capado, me dijo el vendedor, pero me vale. Estoy usándolo ahora mismo, desde Portugal. Lo diré: como todo el mundo, era escéptico. Ahora, estoy encantado. Desde el Algarve, casi inmediatamente de ver algo, os lo puedo contar. Ya vosotros veréis si os interesa. Y meter las fotos, casi en directo. Por supuesto que podemos vivir sin esto. Que nos lo digan a los que llevamos años (tantos) sin tecnología, yo que he vivido la cocina de carbón, la llegada del butano y la de la televisión. ¿Os imagináis un mundo sin tele? No estaba tan mal, los abuelos y las tías contaban historias a la luz de una vela cuando se iba la luz. Inventos de balas y batallas en la guerra. Años más tarde comprobé que alguno de esos cuentos era desgraciadamente cierto y cercano.

De momento, y para celebrarlo, ahí va una foto del Cabo San Vicente, el punto más suroccidental de Europa, digamos que a unas cuatro horas en coche de Cádiz. Qué viento. Pero mucha gente en tirantes, como si hubieran decidido en su casa que tendría que hacer calor por fuerza y que el frío no te quitaría la idea. Pero yo iba con mi chaquetón, ja.

¿Cómo hemos llegado a esto?

Ulyfox | 1 de abril de 2010 a las 0:15

Pregunta Penélope. Estamos en Albufeira, apartamentos Clube Albufeira. “Me temía que ocurriera algo de esto”. Dos pisos más abajo y a medianoche, un grupo de jóvenes españoles no puede ser más ruidoso, nadie podría serlo, quizá una pandilla de chimpancés borrachos, pero éstos emitirían sonidos más articulados. No, la mona Chita era más graciosa, y su risa más delicada.

Venimos de cenar en la playa de los Pescadores, en el restaurante Cabana Fresca,  (qué bacalao, dios mío) y allí un joven, amabilísimo y conversador camarero nos ha hablado de Cádiz: Conil, Tarifa, le gusta. “Pero aquí sois más tranquilos”, dice Penélope. “No crea, sí, somos más serios, pero cuando vamos de festa, vamos de festa. Eso sí, aquí no hay botelhâo”. Ni falta que les hace, claro. Los de dos pisos más abajo se han montado el botelhâo por su cuenta. Españoleando. Creo que les daría igual estar en cualquier otro sitio, mientras hubiera alcohol.

Imagino a los portugueses observando esto desde la distancia. Cobran y se van a dormir. Ni ellos ni el luminoso Algarve tienen la culpa. Los apartamentos están muy bien, el pueblo está muy bien, la cena ha estado muy bien. Ese grupo de españoles, muy mal.

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Puente en el Algarve

Ulyfox | 31 de marzo de 2010 a las 12:22

Ponta da Piedade, cerca de Lagos

Ponta da Piedade, cerca de Lagos

Vamos a hacer de normales y nos vamos de puente al Algarve. Hoy mismo salimos, dentro de un rato. Estaremos en Albufeira, un lugar que nos gusta. Pese al turismo que invade todos los alrededores, este pueblo aún conserva un centro con encanto y tiene unas playas preciosas. Además, se come bien. Podemos decir que conocemos bien esta zona de Portugal, y que en muchos lugares el cemento y los ladrillos han destrozado una costa maravillosa. Peajes que quizá haya que pagar para que los pueblos vivan de algo, no sé. Los paraísos están bien, pero de ellos no come nadie. Otra cosas es el destrozo y la especulación, la falta de control… en fin, por aquí también sabemos algo de eso.

Como llamada de última hora, si alguien tiene una recomendación para nosotros, para este puente tan santo y portugués, por favor que nos la haga llegar. Iremos contando cosas en estos días. Y apuntando nombres, que ahora que tengo blog es obligado.

Barcas en la isla frente a Olhao

Barcas en la isla frente a Olhao

Cortona, el hotelito de María (Toscana III)

Ulyfox | 30 de marzo de 2010 a las 0:26

Plaza Mayor de Cortona

Plaza Mayor de Cortona

 

El restaurante memorable

El restaurante memorable

Esta vez llegamos a buena hora, pero en fecha regular. Era el día siguiente de Reyes (la Befana), un siete de enero, era Cortona, la ciudad donde se rodó ‘Bajo el cielo de la Toscana’, ese tipo de películas en las que uno desearía ser el protagonista que se compra una casa en un pueblo maravilloso, la restaura y después pone un hotel. Era mala fecha porque estaba todo cerrado, y llovía, claro, llovía mucho ¿dónde no ha llovido este invierno? Había acabado la temporada y la práctica totalidad de restaurantes y hoteles habían echado la baraja hasta Semana Santa. En uno de los alojamientos recomendados, un joven con gorro de lana miraba el ordenador de la recepción. É chiuso! nos dijo. ¡Vaya, era casi nuestra última oportunidad! Pero él se levantó impertérrito. “Venite con me!, forze una signora…” ¡Y sí! La signora tenía habitaciones, nuevas, limpias, recién pintadas, decoradas finamente al estilo tradicional, una monería de hotelito, cama con dosel, amplia. María se llamaba la dueña, encorvada pero elegante. Vivía en el mismo palacete que acababa de arreglar como hotelito. Su familia habitaba la hermosa casa desde hacía siglos, y en la planta baja tenían una trattoría, cerrada, claro, por fin de temporada. “Nos hemos animado a poner el hotelito, no lo cerramos nunca porque es cómodo de llevar; como vivimos abajo…” nos contó cuando a la mañana siguiente, a las ocho, ella misma nos preparó el desayuno con su paso lento. Un encanto que no estaba cerrado.

Nuestra habitación en Cortona

Nuestra habitación en Cortona

Cortona es una de las importantes ciudades etruscas de la Toscana, que alojaron aquella civilización misteriosa, precursora, admirada y peleada por los romanos. Tiene un importante Museo Etrusco y un agradable casco medieval amurallado al que se puede acceder en escalera mecánica. Aunque estaba casi todo cerrado, pudimos encontrar también un restaurante estupendo en el que comimos una excelente pasta, un carpaccio de cerdo cinta senese absolutamente divino, unos profiteroles exquisitos y un vino con uva sangiovese francamente memorable. Por la noche, una trattoría pequeñísima sirvió para que diéramos cuenta de una tagliatta de carne de vaca chianina con un vino mucho más olvidable. Pero Cortona no, Cortona no se nos olvida. Acordaos también vosotros.

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En auxilio de Grecia

Ulyfox | 28 de marzo de 2010 a las 2:07

El Partenón y  la Acrópolis, vistos desde el templo de Zeus, en Atenas

El Partenón y la Acrópolis, vistos desde el templo de Zeus, en Atenas

Qué le vamos a contar a los griegos de crisis, si la palabra la inventaron ellos, supongo que allá por el 500 antes de Cristo, cuando Pericles y eso. Tal vez mucho antes, cientos de años antes aún, en tiempos de los aqueos que cantara Homero en la Iliada y la Odisea. Pero ahora sí, ahora parece que, de nuevo, va en serio, que lo están pasando mal o que lo van a pasar muy mal.

Y yo propongo humildemente desde aquí que les ayudemos. Que echemos un cable a ese pueblo al que debemos tantas cosas, yo qué sé: el principio de Arquímedes, el teorema de Pitágoras, el mundo de Ulises y Aquiles, el teatro, el número pi, ¡la democracia! (anthropon zoon politikon el hombre es un animal político), la virtud, la ética, la estética, la filosofía, la comedia y la tragedia, el dórico, el jónico y el corintio, el discóbolo de Mirón y el Hermes de Praxíteles, la venus de Milo, la Victoria Alada, el Partenón, los Juegos Olímpicos, la palabra ‘policromático’, las metáforas, la poesía,

Tantas cosas que nunca podremos pagar. Paguemos con nuestra visita, con el amor a su herencia. Vayamos de vacaciones a Grecia. Si queréis os ayudo. Preguntadme cosas, algunas sé: la belleza interior de Atenas, el viento de sus islas, la reciedumbre de su comida, la sutileza de su música, la aridez de las Cícladas, la exuberancia de las Espóradas, la calma de las Jónicas, la mezcla turca y veneciana del Dodecaneso, la historia plasmada en piedra del Peloponeso, la ingravidez de Tesalia y Meteora, el aislamiento de Kastelorizo, el fin del mundo en Creta,

Tantas cosas nuestras,

Penélope se teje

Ulyfox | 27 de marzo de 2010 a las 1:15

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Hay veces que Penélope no está. Bueno, está, pero en otro sitio. En su mundo. En un mundo que puede ser muy oscuro. A lo mejor coincide en un viaje, pero es más difícil. Normalmente, es cuando se queda en puerto demasiado tiempo. Esta Penélope no es de esas Penélopes que todos conocemos a las que les gusta o se conforman con tejer y destejer, a la espera del regreso del amado. Le va más lo de ir a buscarlo. Pero, en ocasiones, sin que se sepa muy bien qué mecanismo desata la tormenta, desaparece y se va; a su mundo. Y ahí ya es un no parar de darle a la lanzadera, venga enredarse en su propia tela, propia, propia, propia. Uno tiene ganas de arrebatársela, de liberarla de ese tul o esa arpillera obsesiva y personalmente intransferible. Intruso, la amo, aunque no sea capaz de encontrar un punto mal lanzado, un hueco en esa labor, demasiadas veces cota de malla.

En ruta, es mucho más difícil que ocurra, pero puede. Entonces es preciso arrastrarla a la intemperie, exponerla a los vientos que se lleven esa capa. Intruso por vocación en ese viaje individual aunque doloroso, no puedo esperar agradecimiento, sólo la propia satisfacción de su sonrisa retornada. Así sea.