Un ordenador capado

Ulyfox | 3 de abril de 2010 a las 10:31

Vista del cabo San Vicente

Vista del cabo San Vicente

Me he comprado un netbook. Un ordenador capado, me dijo el vendedor, pero me vale. Estoy usándolo ahora mismo, desde Portugal. Lo diré: como todo el mundo, era escéptico. Ahora, estoy encantado. Desde el Algarve, casi inmediatamente de ver algo, os lo puedo contar. Ya vosotros veréis si os interesa. Y meter las fotos, casi en directo. Por supuesto que podemos vivir sin esto. Que nos lo digan a los que llevamos años (tantos) sin tecnología, yo que he vivido la cocina de carbón, la llegada del butano y la de la televisión. ¿Os imagináis un mundo sin tele? No estaba tan mal, los abuelos y las tías contaban historias a la luz de una vela cuando se iba la luz. Inventos de balas y batallas en la guerra. Años más tarde comprobé que alguno de esos cuentos era desgraciadamente cierto y cercano.

De momento, y para celebrarlo, ahí va una foto del Cabo San Vicente, el punto más suroccidental de Europa, digamos que a unas cuatro horas en coche de Cádiz. Qué viento. Pero mucha gente en tirantes, como si hubieran decidido en su casa que tendría que hacer calor por fuerza y que el frío no te quitaría la idea. Pero yo iba con mi chaquetón, ja.

¿Cómo hemos llegado a esto?

Ulyfox | 1 de abril de 2010 a las 0:15

Pregunta Penélope. Estamos en Albufeira, apartamentos Clube Albufeira. “Me temía que ocurriera algo de esto”. Dos pisos más abajo y a medianoche, un grupo de jóvenes españoles no puede ser más ruidoso, nadie podría serlo, quizá una pandilla de chimpancés borrachos, pero éstos emitirían sonidos más articulados. No, la mona Chita era más graciosa, y su risa más delicada.

Venimos de cenar en la playa de los Pescadores, en el restaurante Cabana Fresca,  (qué bacalao, dios mío) y allí un joven, amabilísimo y conversador camarero nos ha hablado de Cádiz: Conil, Tarifa, le gusta. “Pero aquí sois más tranquilos”, dice Penélope. “No crea, sí, somos más serios, pero cuando vamos de festa, vamos de festa. Eso sí, aquí no hay botelhâo”. Ni falta que les hace, claro. Los de dos pisos más abajo se han montado el botelhâo por su cuenta. Españoleando. Creo que les daría igual estar en cualquier otro sitio, mientras hubiera alcohol.

Imagino a los portugueses observando esto desde la distancia. Cobran y se van a dormir. Ni ellos ni el luminoso Algarve tienen la culpa. Los apartamentos están muy bien, el pueblo está muy bien, la cena ha estado muy bien. Ese grupo de españoles, muy mal.

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Puente en el Algarve

Ulyfox | 31 de marzo de 2010 a las 12:22

Ponta da Piedade, cerca de Lagos

Ponta da Piedade, cerca de Lagos

Vamos a hacer de normales y nos vamos de puente al Algarve. Hoy mismo salimos, dentro de un rato. Estaremos en Albufeira, un lugar que nos gusta. Pese al turismo que invade todos los alrededores, este pueblo aún conserva un centro con encanto y tiene unas playas preciosas. Además, se come bien. Podemos decir que conocemos bien esta zona de Portugal, y que en muchos lugares el cemento y los ladrillos han destrozado una costa maravillosa. Peajes que quizá haya que pagar para que los pueblos vivan de algo, no sé. Los paraísos están bien, pero de ellos no come nadie. Otra cosas es el destrozo y la especulación, la falta de control… en fin, por aquí también sabemos algo de eso.

Como llamada de última hora, si alguien tiene una recomendación para nosotros, para este puente tan santo y portugués, por favor que nos la haga llegar. Iremos contando cosas en estos días. Y apuntando nombres, que ahora que tengo blog es obligado.

Barcas en la isla frente a Olhao

Barcas en la isla frente a Olhao

Cortona, el hotelito de María (Toscana III)

Ulyfox | 30 de marzo de 2010 a las 0:26

Plaza Mayor de Cortona

Plaza Mayor de Cortona

 

El restaurante memorable

El restaurante memorable

Esta vez llegamos a buena hora, pero en fecha regular. Era el día siguiente de Reyes (la Befana), un siete de enero, era Cortona, la ciudad donde se rodó ‘Bajo el cielo de la Toscana’, ese tipo de películas en las que uno desearía ser el protagonista que se compra una casa en un pueblo maravilloso, la restaura y después pone un hotel. Era mala fecha porque estaba todo cerrado, y llovía, claro, llovía mucho ¿dónde no ha llovido este invierno? Había acabado la temporada y la práctica totalidad de restaurantes y hoteles habían echado la baraja hasta Semana Santa. En uno de los alojamientos recomendados, un joven con gorro de lana miraba el ordenador de la recepción. É chiuso! nos dijo. ¡Vaya, era casi nuestra última oportunidad! Pero él se levantó impertérrito. “Venite con me!, forze una signora…” ¡Y sí! La signora tenía habitaciones, nuevas, limpias, recién pintadas, decoradas finamente al estilo tradicional, una monería de hotelito, cama con dosel, amplia. María se llamaba la dueña, encorvada pero elegante. Vivía en el mismo palacete que acababa de arreglar como hotelito. Su familia habitaba la hermosa casa desde hacía siglos, y en la planta baja tenían una trattoría, cerrada, claro, por fin de temporada. “Nos hemos animado a poner el hotelito, no lo cerramos nunca porque es cómodo de llevar; como vivimos abajo…” nos contó cuando a la mañana siguiente, a las ocho, ella misma nos preparó el desayuno con su paso lento. Un encanto que no estaba cerrado.

Nuestra habitación en Cortona

Nuestra habitación en Cortona

Cortona es una de las importantes ciudades etruscas de la Toscana, que alojaron aquella civilización misteriosa, precursora, admirada y peleada por los romanos. Tiene un importante Museo Etrusco y un agradable casco medieval amurallado al que se puede acceder en escalera mecánica. Aunque estaba casi todo cerrado, pudimos encontrar también un restaurante estupendo en el que comimos una excelente pasta, un carpaccio de cerdo cinta senese absolutamente divino, unos profiteroles exquisitos y un vino con uva sangiovese francamente memorable. Por la noche, una trattoría pequeñísima sirvió para que diéramos cuenta de una tagliatta de carne de vaca chianina con un vino mucho más olvidable. Pero Cortona no, Cortona no se nos olvida. Acordaos también vosotros.

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En auxilio de Grecia

Ulyfox | 28 de marzo de 2010 a las 2:07

El Partenón y  la Acrópolis, vistos desde el templo de Zeus, en Atenas

El Partenón y la Acrópolis, vistos desde el templo de Zeus, en Atenas

Qué le vamos a contar a los griegos de crisis, si la palabra la inventaron ellos, supongo que allá por el 500 antes de Cristo, cuando Pericles y eso. Tal vez mucho antes, cientos de años antes aún, en tiempos de los aqueos que cantara Homero en la Iliada y la Odisea. Pero ahora sí, ahora parece que, de nuevo, va en serio, que lo están pasando mal o que lo van a pasar muy mal.

Y yo propongo humildemente desde aquí que les ayudemos. Que echemos un cable a ese pueblo al que debemos tantas cosas, yo qué sé: el principio de Arquímedes, el teorema de Pitágoras, el mundo de Ulises y Aquiles, el teatro, el número pi, ¡la democracia! (anthropon zoon politikon el hombre es un animal político), la virtud, la ética, la estética, la filosofía, la comedia y la tragedia, el dórico, el jónico y el corintio, el discóbolo de Mirón y el Hermes de Praxíteles, la venus de Milo, la Victoria Alada, el Partenón, los Juegos Olímpicos, la palabra ‘policromático’, las metáforas, la poesía,

Tantas cosas que nunca podremos pagar. Paguemos con nuestra visita, con el amor a su herencia. Vayamos de vacaciones a Grecia. Si queréis os ayudo. Preguntadme cosas, algunas sé: la belleza interior de Atenas, el viento de sus islas, la reciedumbre de su comida, la sutileza de su música, la aridez de las Cícladas, la exuberancia de las Espóradas, la calma de las Jónicas, la mezcla turca y veneciana del Dodecaneso, la historia plasmada en piedra del Peloponeso, la ingravidez de Tesalia y Meteora, el aislamiento de Kastelorizo, el fin del mundo en Creta,

Tantas cosas nuestras,

Penélope se teje

Ulyfox | 27 de marzo de 2010 a las 1:15

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Hay veces que Penélope no está. Bueno, está, pero en otro sitio. En su mundo. En un mundo que puede ser muy oscuro. A lo mejor coincide en un viaje, pero es más difícil. Normalmente, es cuando se queda en puerto demasiado tiempo. Esta Penélope no es de esas Penélopes que todos conocemos a las que les gusta o se conforman con tejer y destejer, a la espera del regreso del amado. Le va más lo de ir a buscarlo. Pero, en ocasiones, sin que se sepa muy bien qué mecanismo desata la tormenta, desaparece y se va; a su mundo. Y ahí ya es un no parar de darle a la lanzadera, venga enredarse en su propia tela, propia, propia, propia. Uno tiene ganas de arrebatársela, de liberarla de ese tul o esa arpillera obsesiva y personalmente intransferible. Intruso, la amo, aunque no sea capaz de encontrar un punto mal lanzado, un hueco en esa labor, demasiadas veces cota de malla.

En ruta, es mucho más difícil que ocurra, pero puede. Entonces es preciso arrastrarla a la intemperie, exponerla a los vientos que se lleven esa capa. Intruso por vocación en ese viaje individual aunque doloroso, no puedo esperar agradecimiento, sólo la propia satisfacción de su sonrisa retornada. Así sea.

Un viejo en la Bahía del Silenzio

Ulyfox | 25 de marzo de 2010 a las 10:14

La Bahía del Silenzio, en Sestri Levante

La Bahía del Silenzio, en Sestri Levante

La playita en la que estaba ese hombre es como una Caleta en el corazón de la Liguria, en Sestri Levante, con la notoria diferencia del grande estilo italiano. Estás en un istmo estrechísimo, que es el centro de la ciudad, coges una callecita y llegas en seguida a la Bahía del Silenzio, precioso nombre que los lugareños truecan muchas veces por el más cariñoso de mare piccolo (mar pequeño). Probablemente, el oficial se lo puso un poeta porque el mar abierto del otro lado se llama Bahía delle Favole (de las Fábulas). Apareces en la playa y dejas a tu espalda una hilera de casas antiguas, de colores rojizos y amarillos de todos los tonos; a la derecha, cerrando el promontorio, una iglesia rayada, y a tu izquierda una colina que trepa llena de pinos, con un sendero bordeado de bancos y salpicada de mansiones ajardinadas. Enfrente, un mar calmo para hacer homenaje al nombre del enclave.

El viejo estaba rodeado de mujeres de su edad y les daba charla a todas, más bien un discurso. Vestía un bañador tipo meyba, de hombre mayor, vaya. No paraba de hablar y todas le prestaban mucha atención. Seguro que eran asiduos. Era vivificante oírlos conversar de todo. En un momento dado, el viejo reparó en que éramos españoles. Porque, a la vez que hablaba, era capaz de pegar el oído a la conversación de aquella pareja de forasteros, no asiduos. Ché bella spiaggia! le dije sacando mi macarrónico. Bellísima, questo é il paradiso, me respondió, y siguió hablando del espléndido verano que estaba muriendo. Hay que aprovechar ahora, continuó, perche l’inverno é troppo lungo! Al día siguiente seguía allí, escoltado por los mismos. Parecía que no se habían movido ni para ir a dormir. Saludó discretamente con la mano, mientras no paraba de hablar a su fiel y sonriente  auditorio.

DSC_0200 Sestri Levante es una ciudad mediana, reposado centro de veraneo, situada estratégicamente a medio camino de las increíbles bellezas de Portofino y Cinque Terre. A nosotros nos resultó más barato alojarnos  aquí, y el magnífico y panorámico tren nos dejaba en menos de una hora en estos dos lugares únicos, que quedan para otro capítulo. El pueblo es encantadoramente elegante, de una gran categoría, pocas calles, muy colorido, con fachadas pintadas con trampantojo y no mucha gente cuando fuimos, con un buen surtido de restaurantes y tiendas y ese aire de distinción italiana inimitable. El hotel estaba en el camino del castillo, y no debéis perdonarme haber olvidado el nombre. De todas formas, la oferta de alojamiento es amplia, y toda con el sabor sosegado de la zona.

Casas cerca del Paseo Marítimo

Casas cerca del Paseo Marítimo

Es muy fácil llegar desde Pisa a Sestri en tren, en menos de dos horas, y ya sabéis que Pisa tiene buenas opciones en vuelo barato desde España. Pasamos cinco días allí, visitando en varios días, ya lo he dicho, Portofino y Cinque Terre, que dan para muchos capítulos. Ciao!

Calle principal del centro de Sestri

Calle principal del centro de Sestri

Fachada decorada con trampantojo

Fachada decorada con trampantojo

Terraza en la Bahía del Silenzio

Terraza en la Bahía del Silenzio

Vuelos de bajo coste a Grecia

Ulyfox | 24 de marzo de 2010 a las 1:04

playa agios dimitris alonissos
Hoy he puesto, en un recipiente de plástico pequeño con tapadera, media taza de aceite de oliva virgen extra. Le he añadido el zumo de un limón pequeño, sal y pimienta. Luego he cerrado el tarrito y lo he agitado con fuerza. La mezcla verde clara la he vertido sobre el robalo a la espalda recién hecho por Penélope. Y ha sido probarlo y volar en una fracción infinitesimal de segundo a decenas de tabernas en islas griegas. Imagino que algo parecido le pasa a mucha gente con los sabores.

 

Pulpo a la parrilla, sardinas con ladolémono, y taramosalata con ensalada griega y vino blanco, en una taberna playera griega

Pulpo a la parrilla, sardinas con ladolémono, y taramosalata con ensalada griega y vino blanco, en una taberna playera griega

 

La salsa que fabriqué en un minuto se llama ladolémono (aceite y limón, en griego) y, si es vuestro gusto, se le puede añadir orégano o perejil picado. Si se tiene los receptores debidamente entrenados bajo el cielo de los dioses, la metáfora (el transporte, en griego) no falla. Es ideal para los pescados. Y es muy barato para un vuelo tan largo.

Un billete un poco más caro, pero con más personalidad, se obtiene si se mezclan 100 gramos de hueva de pescado cruda, 300 de patata cocida, el zumo de un limón y una taza de aceite de oliva, con su puñadito de sal. Se aglutina todo con la batidora y se mete en el frigorífico. Sale un aperitivo rosado y glorioso para untar en un buen pan. Su hermoso nombre es taramosalata (ensalada de hueva) y a mí se suele transportar directamente a una taberna espléndida, con un camarero que habla español porque estuvo en Cuba, y que conoce Cádiz porque aquí cogió el barco para Canarias. Está en la hermosa playa de Kolimbitres, en la intimista (comparada con las de su entorno) isla de Paros, donde el mármol es el más blanco.

Pajaritos en Lisboa

Ulyfox | 23 de marzo de 2010 a las 1:00

Plato de Pasarinho, junto a un timbre antiguo

Plato de Pasarinho, junto a un timbre antiguo

Recuerdo que su nombre es José, pero le conocen como Pasarinho porque en sus cerámicas utiliza habitualmente como motivo uno o varios pajaritos de diferentes colores. Su historia nos la contó el dueño de una tienda de artesanía en Lisboa. El local no tiene pérdida, está en el barrio de Alfama, cerca del Castelo San Jorge; no hay más que seguir el reguero de turistas, y en su exterior están colgados numerosos platos de este artista casi anónimo. Creo recordar que el maestro trabaja en Arraiolos, en el Alentejo, y ya es muy mayor. El hombre de la tienda no supo decirnos si tenía aprendices. Compramos varias piezas absolutamente hermosas, al menos para nuestro gusto. Es uno de los recuerdos que nos trajimos de Lisboa, hace poco más de dos años, en un puente de la Inmaculada con la capital portuguesa llena de españoles. Entre ellos, por las atestadas calles de la Baixa nos cruzamos con la ministra de Defensa, Carme Chacón, muy abrazada a su novio o marido y seguida por dos guardaespaldas. Cuando volvimos a España nos dimos cuenta de que algún periódico había querido hacer un pequeño escándalo porque la ministra se había ido de vacaciones a Portugal cuando ocurría no sé qué cosa importante en nuestro país ¡Algo más importante que irse de puente!

La tienda, en el barrio de Alfama

La tienda, en el barrio de Alfama

Siempre nos ha gustado comprar cerámica de los sitios que visitamos. Recuerdo que hace muchos, muchos años, nos desviamos bastantes kilómetros exclusivamente para buscar a dos alfareros que trabajaban en Arroyo de la Luz, en Cáceres, y que hacían unos trabajos con unos verdes preciosos, cada uno con un tono exclusivo de ellos. Los encontramos casi a la hora de la siesta, preguntando en las calles desiertas, y pudimos adquirir algunas piezas en el mismo taller. Fijaos qué tontería, pero eso nos gustó muchísimo. Pero ahora, después de años de viajes ¿dónde colocamos tantos cacharros? ¿dónde los guardáis vosotros, o es que los ponéis todo a la vista? ¿habéis tirado muchos? ¿podemos tirar sin dolor ese pedazo del alma?

Alfama, casi a vista de pájaro desde uno de los numerosos miradores

Alfama, casi a vista de pájaro desde uno de los numerosos miradores

Por qué a los italianos les gusta hablar de comida

Ulyfox | 21 de marzo de 2010 a las 22:47

Elena Kostioukovitch

Elena Kostioukovitch

No es mío el título. En realidad corresponde a un libro escrito por Elena Kostioukovich (no, a mí tampoco me decía nada antes este nombre), y se trata, según la autora, de “un itinerario a través de la historia, la cultura y las costumbres”. A pocos libros se les puede aplicar con tanta propiedad el calificativo de delicioso. Para nosotros, en nuestro último (penúltimo) viaje a la Toscana fue tan guía como la Lonely Planet y la Routard que también llevábamos. Era casi leer el capítulo y probar el plato descrito, o viceversa, con lo grato que resulta comprobar que lo escrito corresponde con lo comido. Descubrir lo que es el lardo (tocino) de Colonnata, el atún de Chianti (que en realidad es cochinillo hervido en vino y después metido en aceite, y así se supone que sabe a atún, este no lo probamos); la historia de la enorme y exquisita vaca de raza chianina (uuuuhm); de cómo el movimiento Slow Food ha logrado entre otras cosas recuperar el sabroso cerdo cinta senese, que es negro como el nuestro pero con una cinta blanca en el pecho, de ahí su nombre (estupendo carpaccio casero que nos pusieron en Cortona), y tantísimas cosas. 

Un libro que es a la vez de cocina y de historia, de viajes y de costumbre, rebozado en un gran amor por ese país excelso, irrepetible que es Italia, una tierra rebosante de arte, también en su comida. Es imposible andar por la península sin que entren ganas de comer y de hablar de comida: viñedos de Toscana, excelsas tiendas de alimentación en Bolonia, anuncios de ‘pecorino di Pienza’, escaparates de pasta, mercados en la calle, terrazas con el buen tiempo.

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Por qué a los italianos les gusta hablar de comida, escrito por Elena Kostioukovich, está editada en España por Tusquets y tiene un sabroso prólogo de Umberto Eco. Kostioukovich es ucraniana, y profesora de Literatura rusa en la Universidad de Milán. Activa difusora de la literatura italiana en su país, en este libro se demuestra además como una gran amante de ese país grande, amable, impresionante y seductor como pocos. Una obra para viajeros por Italia y para amantes de la buena cocina, si es que ambas cosas pueden ir por separado, que no creo. Ha sido para mí un placer ¡Que disfruten!