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¿Dónde están las maletas?

Ulyfox | 2 de noviembre de 2019 a las 19:19

Llegada a Corfú, sin maletas. Esperando a desayunar en el Liston...

Llegada a Corfú, sin maletas. Esperando a desayunar en el Liston…

Si la mayor aventura o contratiempo que te ha sucedido en un viaje de dos meses y medio es que te perdieron las maletas al principio, es normal deducir que ha sido un viaje feliz. Si la palabra no se quedara corta esa sería la conclusión. A vuestro parecer lo dejo.

Empezamos duro. Salimos desde Sevilla en avión hasta Corfú. Pero debíamos hacer una larga escala nocturna en el aeropuerto de Fiumicino. No había tiempo para buscar un hotel, así que pasamos la noche en las incómodas salas de espera, con cientos de sillones a nuestra disposición pero todos separados por rígidos brazos metálicos. Ni soñar con tirarte en ellos a dormir. Pasamos las horas como pudimos en una casi completa soledad y un frío artificial terrible, hasta que con el despuntar del día, el aeropuerto empezó a ser invadido, poco a poco, por grupos de jovencísimos viajeros. Adolescentes italianos por centenares, horror, esperando a viajar al mismo destino que nosotros, la antaño calmada Corfú, y a otros destinos insulares griegos.

Al menos eso nos despejó, y al poco tiempo volábamos en apenas una hora hasta nuestra primera etapa, tan prometedora. Ocurrió lo que nunca nos había pasado en 35 años de viajes aéreos: nos perdieron las voluminosas maletas. No llegaron con nosotros, Vueling no supo. Normalmente aparecen en uno o dos días, nos decía todo el mundo. Era ese “normalmente” el que nos inquietó. Pero no nos descabalgó de nuestra creencia, esa que dice que si tienes un problema en Grecia no tienes más que sentarte a esperar que se solucione.

No nos sentamos, sino que nos fuimos al apartamento que habíamos reservado para cuatro días, en el centro de la histórica ciudad. El taxista nos decía “no se preocupen, aparecerán”, frase que repitió el propietario del alojamiento, y la encargada del alquiler del coche, y algún camarero, y por supuesto, la muchacha del mostrador en el aeropuerto.

Las calles de Corfú nos recibieron con flores, no obstante.

Las calles de Corfú nos recibieron con flores, no obstante.

Las maletas, recuperadas.

Las maletas, recuperadas.

Bueno, no pasó nada importante. Nos echamos a la calle en Corfú, entre el calor y el gentío de julio, estuvimos dos días con la misma ropa, lavamos la interior, nos compramos una toalla y dos bañadores… y como en el evangelio, al tercer día aparecieron las maletas. Nada grave ocurrió mientras tanto, más bien lo contrario. Eso en el próximo capítulo…

Mejor en buena compañía

Ulyfox | 31 de agosto de 2010 a las 23:02

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El aeropuerto de Barajas debe ser de los más temibles del mundo. No conozco muchas otras grandes capitales, no tantas como quisiera pero sí algunas, y hasta ahora no he acumulado tantas experiencias negativas como en este monstruo de incomodidad, enormidad e inhumanidad. La flexibilidad de comunicaciones es inexistente, a no ser que tengas la suerte de que tus dos vuelos coincidan en la misma terminal. El domingo llegamos desde Jerez con Iberia (y con un retraso de una hora) a la T4 y la salida de nuestro avión para Toulouse era cuatro horas y media después en la T1. Menos mal, porque si llega a haber menos tiempo entre uno y otro vuelo no hubiéramos tenido garantizada la conexión. Tienes que esperar un rato a que salga el equipaje, luego buscar el autobús gratuito que te lleva a la T1 (un cuarto de hora de recorrido) y naturalmente facturar. Conviene mirar en los billetes las terminales de llegada y salida de tus vuelos, si tienes que parar en Madrid, como suele ser normal si vives en ese quinto pino de Europa que se llama Cádiz. La nueva T4 es un derroche de modernidad. Tanto, diría yo, que se han olvidado de lo más antiguo: las personas. Es una instalación que agota sin sentido, lo peor para un viajero.

Pero después de otro retraso de una hora, estábamos en marcha. Los nervios de última hora se habían pasado. Estábamos seguros de que todo iba en el equipaje. En realidad, lo imprescindible son pocas cosas: los billetes, la documentación y los libros. Con cierta edad, también los fármacos. Todo lo demás es comprable en cualquier sitio. Al final, volamos con éxito a Toulouse, con Easy Jet, una compañía que nos pareció rara, en el buen sentido. Ya dentro del avión nos dieron todo tipo de explicaciones sobre el retraso: el comandante asignado se había puesto enfermo y su sustituto ya había cumplido las horas reglamentarias de vuelo, así que hubo que llamar al sustituto del sustituto, que finalmente llegó, naturalmente con retraso. Bueno, más vale que te lo cuenten. Es raro que den tantas explicaciones. Normalmente, te aguantas sin una palabra. Y el personal de cabina era muy amable. Es la primera vez con esta compañía, pero Easyjet nos llevará también de Burdeos a Nápoles, pasando por Milán. A ver qué tal, porque lo normal es que las compañías aéreas te traten como si fueras imbécil, o que te hagan sentir como tal.

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