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Trajes y pinturas típicas en Oberammergau

Ulyfox | 8 de abril de 2020 a las 12:26

Escena en Oberammergau.

Escena en Oberammergau, en el día de Corpus.

Era la fiesta del Corpus, y se nos había olvidado que en la Baviera alemana y en Austria son católicos en su gran mayoría. Uno asocia el Corpus a esos días de las primeras calores en países del Sur, con cielos muy azules, bandas de música  y paisajes planos, ambiente mediterráneo y bullanguero, con un montón de niños y niñas desfilando con los vestidos de su primera comunión. Pero no imaginaba la fiesta que anuncia el verano en Centroeuropa, rodeado de altas cumbres.

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Casas pintadas en Oberammergau.

Casas pintadas en Oberammergau.

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Llegamos al pueblecito de Oberammergau buscando sus fachadas pintadas con numerosos motivos religiosos, de caza, históricos, florales o geométricos, y nos encontramos mucho más. Es verdad que esas pinturas son las que le dan la fama a la población, y merecidamente. Nos encontramos el orden y la limpieza tan característicos y envidiables en muchos sentidos, pero que no puedo evitar que a mí espíritu sureño y mediterráneo le infundan ciertas sospechas de que esconden algo. No sé, seguro que es mi naturaleza acostumbrada al desorden y a las sorpresas que reserva.

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Familias camino de la iglesia.

Familias camino de la iglesia.

El caso es que el resultado de esas grandes casas con tejados a dos aguas, balcones de madera, detalles barrocos y matas y matas de flores colgadas, es bellísimo sin ninguna duda. El día no era luminoso, claro, pero sí lo suficientemente amable para recorrer sus calles y placitas. La gente estaba vestida para la ocasión, lo que allí quiere decir que llevaban sus trajes regionales típicos… vamos, que iban vestidos ‘de tiroleses’, para entendernos.

Detalle del traje típico regional.

Detalle del traje típico regional.

Dos hombres a la puerta de un café.

Dos hombres a la puerta de un café.

Familias enteras vestidas a esa usanza, lo que unido a la procesión del Corpus, la música y las numerosas fachadas pintadas daba a la ocasión un aire peliculero feliz y risueño. Entre ellos se paraban a comentar sus trajes, a charlar con sus vecinos ante la puerta de la gran iglesia, engalanada para la ocasión. Todo, en un volumen tan mesurado y alejado de lo corriente por nuestras tierras que más parecía una representación teatral bien coordinada, en la que todos supieran cuál era su papel. Era agradable presenciarlo. No arrancaba vítores ni ponía el vello de punta, pero era bonito.

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Conjunción perfecta.

Conjunción perfecta.

No tiene nada de secreto ese pueblo como pudimos llegar a pensar, porque poco después nos encontramos con un gran grupo de turistas españoles que acababan de bajar de un autobús… Hay mucho que ver, y mucho que comprar en Oberammergau.

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Neueschwastein, castillo asaltado

Ulyfox | 5 de febrero de 2020 a las 13:32

El castillo de Neueschwastein, desde el puente Marienbruck.

El castillo de Neueschwastein, desde el puente Marienbruck.

Uno de los ejemplos mayores de masificación turística de nuestra ya larga vida viajera lo vivimos el pasado verano, en un lugar que recordábamos mucho más tranquilo. Seguro que hace ya 30 años bastante gente visitaba el castillo de Neueschwastein (pronúnciese Noisbáshtain) , el sueño loco levantado por Luis II de Baviera en el corazón de un paraje maravillosamente de cuento. Recuerdo que no estábamos solos en aquel lejanísimo viaje con una empresa que se llamaba Eurojoven y organizaba circuitos en grupo por un precio que nos podíamos permitir. Aquel visitaba varios países de Centroeuropa en autobús. Entonces ya había muchos viajeros, pero no existía esa especie tan actual del ‘coleccionista de sitios’ y, sobre todo, no podías encontrarte turistas de según qué países como los de la entonces Europa comunista o de China.

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Otras dos vistas del castillo.

Otras dos vistas del castillo.

Este fenómeno masivo se ha instalado definitivamente, llenando los destinos más clásicos, los más desconocidos, e incluso los recónditos.

Paisaje de castillos y lagos en los alrededores de Neueschwastein.

Paisaje de castillos y lagos en los alrededores de Neueschwastein.

Lo que nos encontramos aquella mañana en Neueschwastein, a mediados de junio, fue sencillamente asombroso: miles de personas esperando a entrar en turnos de cada diez minutos para una visita en la que el siguiente grupo te iba pisando los talones, en un edificio maravilloso de cuyo interior no se podían sacar fotos.

El castillo de Hohenschwangau.

El castillo de Hohenschwangau.

Desde luego, es impensable acudir al castillo sin haber hecho muchos días antes la reserva de una hora concreta de entrada. Del mismo modo, la visita, con audioguía y acompañado de un vigilante, no puede durar más que media hora.  Naturalmente, las fotos sí se pueden hacer del exterior, y todo el mundo va aleccionado, todos quieren hacerla desde el mismo punto: el puente Marienbruck, al que se llega caminando por un paseo lleno de curvas y de cuestas.

Aglomeración turística en el puente Marienbruck.

Aglomeración turística en el puente Marienbruck.

Todo el camino hasta ese puente lo hicimos rodeado por un inmenso gentío. Al llegar al pequeño viaducto, que alguna vez fue romántico, hay que esperar otra cola porque está limitado el aforo, supongo que por el peso que puede soportar la estructura. Una vez conseguido el acceso, hay apenas unos segundos para disparar una o varias fotos apresuradas… demasiado estrés para un paisaje tan bucólico.

Marienbruck, entrevisto a lo lejos desde el castillo.

Marienbruck, entrevisto a lo lejos desde el castillo.

Digamos que tuvimos la suerte, o la precaución, de llegar temprano, así que nos dio tiempo a tomar después poco más que un tentempié en uno de los restaurantes del hermoso parque que rodea el castillo. Habíamos subido a la colina andando, pero ya conseguido nuestro objetivo, nos permitimos incluso hacer el descenso en un coche tirado por caballos percherones, que caminaban muy lentos. Nos reímos al menos, porque la gente nos adelantaba andando.

Descenso en coche de caballos.

Descenso en coche de caballos.

Neueschwastein (he conseguido escribirlo por tercera vez) no nos decepcionó. Es imposible: es hermoso por sí mismo y por la historia del desgraciado e incomprendido, perseguido rey que lo mandó construir. Pero la forma en la que ahora se puede visitar es una locura no tan hermosa como las que se le ocurrían a Luis II. Supongo que al cabo del año el número de las personas que acceden por sus puertas supera las seis cifras…

Pies frescos en el lago junto al castillo de Hohenschwangau.

Pies frescos en el lago junto al castillo de Hohenschwangau.

Luego, nos acercamos a uno de los lagos cercanos, junto al centro de recepción y bajo el castillo Hohenschwangau, que perteneció al padre de Luis II. Allí, también una multitud considerable, en una buena parte de origen oriental, paseaba por sus orillas o se bañaba en sus frías aguas.

Ante las cascadas de Fussen.

Ante las cascadas de Fussen.

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Vistas de una calle de Fussen.

Vistas de una calle de Fussen.

No digo que saliéramos huyendo. Estábamos contentos, hizo un día espléndido, y volvimos al atardecer al cercano y bonito pueblo de Fussen, donde estaba nuestro alojamiento durante dos días, el Hotel Hirsch, muy limpio y agradable. En esas dos jornadas, nos dio tiempo a dar paseos tranquilos, bordeando el castillo en el centro urbano, recorriendo las coloridas calles, acercándonos al monasterio franciscano, e incluso a unas pequeñas cascadas en las afueras. Las largas tardes de junio permitían todo esto, y el ambiente era, comparado con la multitud corretona y apresurada de la colina, un remanso. Y no es que estuviéramos solos. Bien acompañados, en cambio, sí.

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La calle principal  de Fussen, Reichenstrasse, con el castillo Hohes al fondo.

La calle principal de Fussen, Reichenstrasse, con el castillo Hohes al fondo.

Crónicas desde el Paraíso (V) Friburgo, la escapada a Alemania

Ulyfox | 20 de octubre de 2015 a las 13:34

Fuente policromada en la Münsterplatz de Friburgo.

Fuente policromada en la Münsterplatz de Friburgo.

En Alemania, tradicionalmente, se rotula con letra gótica y supongo que eso no es casual. Estamos en Europa y ahí fue el auge de ese estilo arquitectónico que empezó apuntando hacia lo alto, y mientras seguía su carrera hacia arriba fue enredándose en curvas y revueltas durante siglos. Estábamos en Alsacia, con la preciosa Colmar como centro, muy cerca de Alemania, tan alemana ella misma. Así que uno de los destinos ineludibles estaba muy cerca, al otro lado de esa frontera física que es el Rin: la renombrada ciudad de Friburgo, alabada por tantas fotografías, recortes y recomendaciones de amigos y conocidos. Deseada también por nosotros.

La Catedral, más conocida como el Monasterio (Münster).

La Catedral, más conocida como el Monasterio (Münster).

Así que cojimos el coche desde Colmar y nos encaminamos hacia tierras germanas. Quiero decir más germanas, porque la Alsacia francesa ya lo es bastante como podeis haber visto en las anteriores entradas. Pero hay diferencias, sí, las hay. No sé cómo explicaros, algo que flota en el aire. Tal vez sea el idioma alemán, claro, tan desconocido para mí, que me muevo con alguna incomodidad pero avanzando entre las aguas del francés. Al fin y al cabo, soy hijo del plan antiguo, ese que impartía como idioma extranjero en bachillerato la lengua de Moliére y de Jacques Brel, y he cantado las canciones de Charles Aznavour y Moustaki. Pero el alemán… en todo caso a tararear imitando el acento teutón alguna melodía de ‘La flauta mágica’. El caso es que la incomodidad era un poco mayor, forzado a utilizar el inglés.

Alemania, cerveza...

Alemania, cerveza…

Aparcamos no demasiado lejos del centro, allí como pudimos, pero sabiendo hacia qué dirección tendríamos que encaminarnos. Dimos con el casco antiguo, claro, en unos diez minutos a pie. El día estaba muy nublado, pero no llegó a llover apreciablemente y la temperatura era estupenda.  Había que dirigirse a la plaza de la Catedral, pero antes pasamos por la casa donde vivió Erasmo de Rotterdam, el gran filósofo del Renacimiento que da nombre a esas becas tan deseadas por los universitarios de toda Europa, y por algunas iglesias. Observamos en una avenida principal la que al parecer es una de las aficiones de los friburgueses, sobre todo los niños: manejar barquitos de madera recorriendo los muchos canalillos de agua que recorren la ciudad, procedentes de las montañas cercanas. Cosas de europeos civilizados.

La puerta de San Martín, Martinstor, una de las antiguas entradas a la ciudad.

La puerta de San Martín, Martinstor, una de las antiguas entradas a la ciudad.

La Catedral de Friburgo es sin duda muy importante como ejemplo de arquitectura gótica alemana, con una gran torre frontal y unos vitrales de inmenso valor, pero, perdón, a mí no me impresionó. Tal vez fuera el color de la piedra o el día nublado, o que estaba cercada por un mercado repleto de sombrillas y furgonetas, que daban vida a la Münsterplatz en la que se asienta pero quitaban vista al monumento. Uno de los edificios más representativos de Friburgo de Brisgovia es el llamado Almacén Histórico, una casa roja con alto tejado y decoradísimos ventanales y pináculos que llama la atención, rodeado de casas medievales y renacentistas que no parecen tan antiguas por lo bien conservadas y pintadas que están.

El Gran Almacén Histórico ('Historiches Kaufhaus'), en rojo, uno de los edificios simbólicos de Friburgo.

El Gran Almacén Histórico (‘Historiches Kaufhaus’), en rojo, uno de los edificios simbólicos de Friburgo.

Desde esa plaza tan animada parte un recorrido por el casco histórico, que recorre primero la preciosa calle de los Caballeros, Herrenstrasse, llena de fachadas antiguas, tiendas y plantas, todo cuidadísimo y civilizado, peatonalizado… divisamos alguna entrada de la antigua muralla como la puerta de San Martín… la zona de cafés y cervecerías que desciende junto al canal, por Gerberau…

El verde rodea la ciudad.

El verde rodea la ciudad.

Yo esperaba a cada paso emocionarme más, lo digo con sentimiento como diría la canción. Es evidentemente bello, pero… veníamos de recorrer pueblos admirables, hechos y rehechos para el pasmo de colores y sensaciones infantiles. Friburgo, tal vez por eso, me dejó más frío.

La casa donde vivió Erasmus de Rotterdam, en la calle de los Franciscanos.

La casa donde vivió Erasmus de Rotterdam, en la calle de los Franciscanos.

Eso no nos impidió disfrutar de algunas imágenes, de su cerveza y de una cierta sensación de que la vida apacible y limpia es posible. Aunque no sabemos si compatible con otras formas de ser nuestras. Y hablamos de cómo podríamos conseguir el equilibrio entre la razón y la pasión, esa eterna lucha de los griegos que quizá en algún momento, allá por el siglo de Pericles, lograron encontrar. O no. Sí, nos gustaría seguir con nuestras maneras, con la diversión, con la bebida, con las terrazas, con las comidas en grupo en las que el jolgorio reinara… sin que ello tuviera que significar el ruido molesto hacia los demás o las calles llenas de suciedad, ni la despreocupación por la cultura tranquila y reflexiva. En fin, tal vez sea imposible…

Inicio de recorrido para barquitos de juguete!!

Inicio de recorrido para barquitos de juguete!!

La visita a esta ciudad de bello nombre duró sólo unas horas. Teníamos que volver a Francia y lo logramos no sin algunas dificultades. Fuera por la desubicación o porque a lo mejor los alemanes tienen algunos fallos, no nos fue fácil encontrar las señalizaciones en las carreteras y nos perdimos más de una vez, cosa que no nos pasó en Francia nunca. Tardamos más de los debido, recorriendo algún pueblo sin pretenderlo. Incluso nos cazó una fotografía de radar por algún exceso de velocidad. Aún no nos ha llegado la multa. Al final lo conseguimos, de todas formas. Y regresamos a la apacible Colmar con tiempo de recorrer de nuevo sus hermosos rincones.

Otro ángulo del Almacén Histórico.

Otro ángulo del Almacén Histórico.

La excursión a Alemania: bien, pero no inolvidable.

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Vistas y detalle de la Herrenstrasse o calle de los Caballeros.

Vistas y detalle de la Herrenstrasse o calle de los Caballeros.

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Terraza junto al canal en la zona de Gerberau.

Terraza junto al canal en la zona de Gerberau.

 

Un centro agradable para pasear.

Un centro agradable para pasear.

 

También queremos a Alemania

Ulyfox | 28 de febrero de 2012 a las 20:04

El castillo de Neueswaschtein, en nuestra primera y única visita a Alemania.

A pesar de todo, tengo ganas de ir a Alemania. Desde nuestra pasión absoluta por el sur, desde nuestra comunión más sanguínea con el Mediterráneo, admiramos, no creáis, las excelencias de la civilización europea, el equilibrio de líneas que hace parecer racional hasta el barroco, la maravilla de la música centroeuropea, ese caudal que nace en Bach, y continúa como un tren de cercanías sin fin haciendo paradas y tomando agua en Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert, Brahms y por ejemplo Wagner (sí, sí ya sé que algunos son austríacos, pero da igual) Perdonadme la pedantería, pero me parece la expresión más elevada del refinamiento racional humano. Así que, seguro, algún día, posiblemente a no mucho tardar, iremos a Alemania. A pesar de Merkel y de su empeño en ser la propietaria única de la razón.

 

La vista desde el castillo de Neueschwastein al valle y el lago.

 

Es decir, volveremos a Alemania. Porque ya estuvimos hace muuuchos años. Sí. Eran tiempos de viajar barato con Mundojoven, cuando aún no habíamos descubierto Grecia, y queríamos conocer Europa. Algo conseguimos. Centroeuropa era el nombre del circuito, una gozosa paliza en autobús desde Madrid. Pero vimos Ginebra, Berna, Lucerna, Vaduz, Interlaken, Viena, Insbruck, Salzburgo… y desde aquí una excursión al fantástico castillo de Neueschwastein, una pequeña incursión en Alemania, la única parte de Alemania que conocemos.

 

Ante el castillo del Rey Loco, en Baviera

 

La casa del Rey loco, Luis II de Baviera, un capricho en un emplazamiento romántico como pocos, montañas, lagos, árboles, senderos para un castillo blanco de tejados oscuros, torres y pináculos, construido en el siglo XIX a la manera de la Edad Media. Una locura, un derroche, un escenario soñado para revivir epopeyas de nibelungos (una de las habitaciones es la representación de una cueva), para representar óperas de Wagner, algo que sólo se podía permitir un rey, algo que quizá le costó la vida pero que a nosotros, sus millones de visitantes, nos traslada a territorios de fantasías y cuentos (para los alemanes, en realidad, son las leyendas de su pasado mítico) sin necesidad de acudir a Disneyland. De hecho, su bellísima estampa sirvió de modelo para el castillo de Disneylandia. Neuchswastein es tal vez tan mentira como las invenciones del genio hibernado de los dibujos animados, pero creo que el monarca impulsor del castillo quería creérselas, al menos. Su historia es excéntrica y triste, quizá quiso vivir en otro tiempo, en el que todos los príncipes eran azules. Murió ahogado, en lo que se llama “extrañas circunstancias” en el lago Starnberg.

Una salchicha ante el lago, para reponer fuerzas.

Neueschwastein (si es que se escribe así) está rodeado de bosques y es partida de numerosos senderos que, digo yo, deben de ser una delicia para los amantes de este tipo de actividad. En aquel tiempo, me sorprendió lo bien señalizados que estaban y la información que contenían los cartelitos, algo ahora muy extendido. Pero entonces éramos pobres españoles precomunitarios o recién llegados a Europa y todo nos parecía la mar de civilizado.

Otra vista del castillo de Neuschwastein, inspiración para Walt Disney.

Ahora, cuando volvamos a Alemania, iremos buscando otras cosas: vinos, pueblos medievales, cultura, educación, tranquilidad, belleza, lo que para nosotros es el sueño de Europa tal vez. Será este verano, quizá, si no fructifica otro proyecto más grande aún.

¡Ah! Disculpad el tono añejo de las fotografías. Mi escáner de diapositivas no es el mejor del mercado.