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Grándola, vila morena!

Ulyfox | 25 de febrero de 2013 a las 22:42

Memorial dedicado a la canción de Zeca Afonso, a la entrada de Grándola.

 

Allá por el año 1975, en los últimos estertores de Franco y de su nefasto régimen, tan bien digerido por los españoles durante 40 años, muchos desesperados por la duración de una dictadura que parecía no tener fin repetíamos un lema rimado y consolador: “Menos mal que nos queda Portugal”. El país vecino (hermano, decían los del régimen, defensores de un pacto ibérico que asoció más de palabra que de hechos a dos dictadores, Franco y Oliveira Salazar) había salido el año antes por fin de la opresión mediante un golpe de militares demócratas, incruento y esperanzador como pocos. Fue el 25 de Abril, la Revolución de los Claveles, llamada así porque los soldados que habían librado al país de la vergüenza llevaban esa flor regalada por los ciudadanos en el cañón de sus fusiles.

Una puerta manuelina, en el Alentejo del 92

En España muchos mirábamos con envidia al otro lado de la raya, y viajar a Portugal se convirtió en algo más que turismo, en una forma de respirar libertad con sólo dar un pasito desde Badajoz o Ayamonte. En nuestro país, llevar claveles en la mano era como enseñar a los grises el libro rojo de Mao pero con menos peligro. Recuerdo que el 25 de abril de 1975, en aquella Facultad de Periodismo gris y hormigónica que algunos años después sirvió de escenario ideal para ‘Tesis’, la ópera prima de Amenábar, fue convocada una peculiar protesta: como modo de reclamar democracia se pedía a la gente que viniera vestida con los colores de la bandera portuguesa: rojo y verde. Obviamente, yo carecía de estilo para combinar sabiamente esos dos colores tan poco combinables, pero bastante gente se las ingenió para hacerlo, y de paso traer claveles. Tampoco tenía dinero para viajar, ni siquiera a Portugal, tan distinto, tan cerca, como decían los eslóganes que empapelaban las cabinas de Madrid con una foto en la que una joven saltaba con un clavel, rojo por supuesto, en la mano.

Los azulejos de Portugal, tan sorprendentes en todos sitios.

En aquellos tiempos prehistóricos, Fuerzas Armadas tenía un significado muy distinto de Forças Armadas. Así, dicho en portugués y comiéndose las vocales, sonaba musical, liviano y alegre. En español, daban miedo juntas. Y una canción de José ‘Zeca’ Afonso, de cierto ritmo marcial y que sirvió para dar la señal de salida al golpe democrático, se convirtió en himno ibérico: era Grándola, vila morena. ‘O povo é quem mais ordena’, decía en uno de sus versos: el pueblo es el que manda.

Me emocioné el otro día al oír que un grupo de personas, artistas y músicos, se habían colado en el Parlamento portugués para protestar contra las medidas de austeridad que en Portugal, como en España, como en Grecia, están llevando a la gente a la ruina por culpa de la ambición de los de siempre. Y su protesta fue original, sencilla, sensible, emocionante: cuando el primer ministro, Passos Coelho, estaba hablando de esas medidas, se levantaron y entonaron, muy bellamente por cierto, Grándola. Y sin embargo, las fuerzas de seguridad los desalojaron a ellos, no al primer ministro. Aquí podéis verlo: http://www.youtube.com/watch?v=bmFTcYneygk   El gesto parece que está siendo ahora repetido por grupos en actos a los que acuden ministros, algunos de los cuales incluso cambian horarios o no aparecen en los actos para no sufrir la protesta incontestable, temerosos de unas desarmantes palabras y notas musicales.

El espléndido claustro de los Jerónimos en Lisboa.

No viajamos entonces, en aquellos ilusionantes años, a Portugal, pero después lo hemos hecho a menudo, y siempre hemos disfrutado. Nunca hemos ido a Grándola, no sé siquiera si tiene mucho que ver, pero de camino a Lisboa en coche hemos pasado varias veces ante la desviación, y siempre yo, cantarín como soy, he entonado la canción desde que el rótulo aparecía en la carretera. Creo que la próxima vez nos desviaremos. O tal vez sea más acertado decir que tomaremos el camino correcto. Obviamente, la foto que encabeza este post no es nuestra.

Mapa a petición de Paco

Ulyfox | 4 de abril de 2011 a las 13:03

Penélope (fijaros bien), oteando la frontera.

Penélope (fijaros bien), oteando la frontera.

Paco Piniella, como buen marino, insiste una y otra vez en que ponga mapas de los recorridos que propongo en el blog (ver entrada justamente anterior). Yo no sé si esto que viene abajo es lo que quería Paco Piniella cuando se refiere a un mapa. Es mi primer ensayo con este sistema. Pero pinchad  en el siguiente enlace y a ver qué os sale. Es la ruta propuesta para la raya de Portugal, una vez que se entra en el país vecino, y desde Monsaraz a Marvao. Es sólo una de las posibles. Tampoco conviene dar muchas pistas, así que guardad el secreto. Esta pasa por Estremoz, un buen sitio para parar.

Si es un churro, házmelo saber, Paco. Pero ten consideración con mi inexperiencia y que lo hago por vosotros. Ahora, como llegue a dominar el sistema os váis a enterar.

http://maps.google.es/maps/ms?ie=UTF8&hl=es&msa=0&msid=213662000049538835059.0004a01520dfd4f0ce0b9&z=8

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En la raya de Portugal

Ulyfox | 4 de abril de 2011 a las 1:39

Las tierras de España al fondo, desde las alturas portuguesas de Marvao.

Las tierras de España al fondo, desde las alturas portuguesas de Marvao.

Calle principal en Monsaraz.

Calle principal en Monsaraz.

Hubo un tiempo en el que la raya de Portugal era frontera bélica, en el que la desconfianza intercambiaba miradas temerosas de uno y otro lado. La última batalla entre España (en realidad, Castilla) y Portugal fue hace más de 600 años en Aljubarrota, con victoria portuguesa. Pero la cabeza de los pueblos tiene larga memoria sobre todo de los miedos, y los temores permanecieron durante muchos siglos después. Todavía tiene vigencia el dicho popular en el país vecino que reza que “de España, ni buen viento ni buen casamiento”. Quizá por eso, la raya trazada en el mapa está llena de castillos y pueblos fortificados.

Por la raya de Portuga a bordo de aquel R-19.Recorrer los pueblos de la Península por carretera fue una ocupación a la que nos entregamos con gran dedicación hace ya muchos años. Eran tiempos en que se podía hacer todavía con tranquilidad, siempre que no fuera en esas fechas señaladas que lo llenaban todo. Recuerdo el primer viaje que hicimos en coche particular a Portugal, precisamente en Semana Santa. Entramos por la frontera de Elvas, aún en los 80, cuando aún había fronteras, pero no autovías. El viaje era largo. Entonces, almorzando en un bar de esa ciudad maravillosa que es Évora, reparé en el titular de un periódico que rezaba: “Os Espanhois invadem Portugal”, lo que daba pistas de las primeras avalanchas de los nuevos ricos españoles en ese país hermano todavía pobre.
Un rincón de Monsaraz.

Un rincón de Monsaraz.

Pero fuera de esas fechas señaladas, era una delicia recorrer la zona portuguesa cercana a la frontera con España, el Alentejo próximo. Pueblos fortificados, encaramados en riscos, pegados a la raya y siempre vigilantes frente los eternos enemigos. Una de esas veces, allá por el año 92, en nuestro viajado Renault 19, entramos por El Rosal de la Frontera, en Huelva y fuimos bordeando la raya. La primera etapa portuguesa fue un poco más arriba en Monsaraz, un pueblo blanco del que la Guía del Trotamundos, nuestra biblia viajera de entonces, decía que era el más bonito de Portugal en estrecha competencia con Marvao.

 

Calles con varias puertas.

Calles con varias puertas.

El pavimento de Monsaraz.

El pavimento de Monsaraz.

Monsaraz eran dos calles paralelas empedradas de adoquín negro y unas cuantas transversales, amuralladas de piedra dorada y con un castillo en el extremo, con una plaza de toros en su patio. Allí encontramos un ambiente de película de los años cuarenta, calles solitarias, pequeños grupos de viejos sentados al sol a la puerta de sus casas, con sus pellizas de piel de oveja y sus sombreros de paja o un extraño gorro típico que usaban los hombres. Aburrimiento o serenidad, según el estado de ánimo que tuviera el observador. Excuso deciros cuál era el nuestro

 

 

Un hombre con traje y gorro tradicionales, en Monsaraz. Pero no era en fiestas.

Un hombre con traje y gorro tradicionales, en Monsaraz. Pero no era en fiestas.

A nosotros nos gustó mucho Monsaraz. Recuerdo el sol de la primavera temprana, el brillo en las piedras y en las esquinas recién encaladas, y una comida popular en un restaurante de nombre exótico, Lumumba, con una larga sobremesa de vino, aceitunas y queso. Toda una experiencia. Fue la primera vez que dije que con sólo esos tres alimentos se podría ser feliz.

Monsaraz es poco más de lo que se ve en la foto.

Monsaraz es poco más de lo que se ve en la foto.

Dos o tres años después volvimos para revivirlo, pero fue imposible. Era Semana Santa, y efectivamente, esa bastión fronterizo estaba invadido por españoles: varios autocares de excursionistas que tenían llenas las calles, las tiendas y los pocos restaurantes, haciendo un ruido considerable. Nada que ver con la paz de la anterior visita. Tuvimos que salir huyendo. Fue entonces cuando empezamos a dejar de viajar en los puentes, fue cuando los españoles descubrimos en masa el mundo, pero sobre todo Portugal.

Como una estampa de la vieja Andalucía, pero es Portugal en los primeros 90.

Como una estampa de la vieja Andalucía, pero es Portugal en los primeros 90.

Pero en esa casi primera ocasión fue tranquila, casi íntima. Fuimos bastante más arriba en busca de Marvao y de la comparación de bellezas de la que hablaba el Trotamundos, pasando por Estremoz, Évora… pueblos mayores de los que hablaremos en otra ocasión, si la paciencia os da para seguir leyéndonos.

El altísimo recinto amurallado de Marvao, visto desde su castillo.

El altísimo recinto amurallado de Marvao, visto desde su castillo.

A Marvao llegamos al atardecer. De él recuerdo menos cosas, pero entre otras inolvidables, su emplazamiento a más de 800 metros de altura, sobre un llamativo risco y con una visión inmejorable de la frontera, un auténtico nido de águila, por usar el tópico. Impresionante, como su caserío lleno de tejados, de aspecto andaluz si no fuera por algunos rasgos de ese estilo tan portugués llamado ‘manuelino’. Y recuerdo también un paseo casi solitario dejándonos sorprender por la oscurecida, y la estupenda Pensión Don Dinis, donde pasamos la noche. Y la visita a la mañana siguiente a Castelo de Vide… pero eso será otro día.

 

 

 

 

 

La oscurecida nos sorprendió en Marvao.

La oscurecida nos sorprendió en Marvao.

 

 

 

 

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MANUAL DE USO: El tiempo en el que entramos ahora parece creado para viajar por el interior, para recorrer carreteras sin tanto calor, con los días ya largos y los atardeceres prolongados, para hacer parada y fonda en pueblos tranquilos. Si escogéis esa opción, no olvidéis la raya de Portugal. En poco más de cuatro horas desde Cádiz estaréis en Monsaraz (no confundir con Reguengos de Monsaraz, nada recomendable), entrando por la antigua frontera de Villanueva del Fresno o por la onubense de El Rosal después de atravesar las sierras de Aroche y Aracena, ideales también para una parada restauradora de bocadillo de jamón por el camino. Y luego, hacia arriba, sin olvidar que del lado español está la bella Extremadura. Puede ser una semana inolvidable. Os enamoraréis y ya nos contaréis.

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