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Dejadnos el tren

Ulyfox | 19 de mayo de 2013 a las 1:40

Delante de la Estación Amberes Central

Este gobierno parece haber sido designado para destrozar el país. No es una consideración política. No quiero “hablar” de política en el mal sentido de esta palabra tan noble. Pasaba algo parecido con el anterior gobierno. Pasa lo mismo con la oposición actual. Quizá pasa lo mismo con todos. De pronto, un gobierno decide que va a cerrar nosecuántas líneas de tren, y no estalla nada, no se “incendia la red” como les gusta decir ahora a los modernos, no estalla un clamor popular contra ese despojo de la riqueza común, contra el desmantelamiento de comunicaciones que costó cientos de años construir precisamente para el progreso de los pueblos.

Mira que habremos pasado crisis en este país, y a nadie se le ocurría suprimir líneas de tren de esta manera masiva. Cuando el ferrocarril empezó a construirse, se entendía que necesariamente iba a aportar riqueza, modas, viajes, ideas, personas, sentimientos de ida y vuelta, aires renovadores a los pueblos a los que llegaba. No nació el tren para ser rentable. Como las carreteras. Nadie hace una carretera para que sea rentable por sí misma, sino para que por ella llegue la riqueza. Pues lo mismo el tren, digo yo. Eso de buscar la riqueza en la herramienta en lugar de en el producto acabará por hundirnos, y algunos se están empeñando a conciencia en ello.

Acabamos de estar en Flandes, bien lo sabéis, y aparte de ver una industria en cada ciudad, hemos visto estaciones esplendorosas en Charleroi, en Bruselas por supuesto, en Gante, en Brujas, en Amberes, muchas estaciones, infinidad de vías, trenes cada dos minutos, trenes llenos, trenes antiguos y ultramodernos, y un traqueteo continuo de salidas y llegadas esperanzadoras. El tren eliminó nuestra necesidad de alquilar un coche para ir de una ciudad a otra. Y todas esas ciudades, excepto Bruselas, son menores que Sevilla, algunas del tamaño de Cádiz, y los trenes no descansan, los trenes se ganan el pan, trabajan por el país. Pero aquí matan una línea y cientos de miles de personas enfermarán. Lo que vamos a ahorrar…

Dejadnos el tren, no lo toquéis, es nuestro, de la gente, de los pueblos, de los maquinistas y de los niños, del cine, de los libros, del paisaje, de la historia, de las miradas, de las casas que pasan y de las vacas impávidas, de las montañas allí y de los túneles, de mis viajes de estudiante y de nuestras primeras escapadas a Madrid, y de aquella parada para ver al amigo, de maletas bajadas en pleno centro de la ciudad y de noches insomnes que nos pertenecen, como el tren, sólo a nosotros. Sacad vuestras sucias manos del tren.

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La lluvia nos saludó en Amberes

Ulyfox | 16 de mayo de 2013 a las 2:11

El centro de Amberes, con la torre de la catedral al fondo.

Fuimos a Flandes sabiendo que nos iba a llover. Pero llovernos todos los días. Y a cambio nos encontramos una temperatura fría, una nubosidad abundante a ratos y todas las tardes espléndidas de sol para despedir el día. Abrigo y bufanda, pero luz. Esquinas y sombras heladas pero rinconcitos de sol calentitos. Y casi nada de lluvia. Sólo en Amberes, la tercera etapa de este corto viaje. Aprovechamos para refugiarnos en su hermosa catedral gótica. Pero cuando salimos de su sencillo y a la vez luminoso interior, lleno de obras maestras de Rubens, que tuvo casa aquí, seguía lloviendo. No nos importó. Con las expectativas que llevábamos casi disfrutamos de la fina precipitación mientras mirábamos escaparates de tiendas de cervezas y recuerdos.

San Jorge y el dragón en el remate dorado de una casa en la Plaza Mayor.

Al final, visto que persistía, fuimos a caer en una cervecería en la hermosa plaza mayor (Grote Markt), un local con calefacción en el que descubrimos dos joyas de nombre inolvidable: Vestmaalle y Kasteel. Dimos tiempo al tiempo, cerveza en mano y corazón, para que la lluvia cumpliera con el papel que se espera de ella en Bélgica, y se diera por satisfecha. Satisfechos también nosotros, el sol empezó a salir tan tímidamente como si fuera belga, y pudimos admirar una nueva muestra del poderío comercial histórico de esta tierra: las casas de la plaza, su decoración, sus remates dorados… En el centro de la plaza, una hermosa estatua de Silvio Brabo, una escultura de verdad, como las antiguas, con cabeza, cuerpo y manos, con forma de algo reconocible, evocadora, interrogadora sobre significados, impresionante en su tamaño.

La estatua de Sivio Brabo en la Plaza Mayor de Amberes.

Cuenta la leyenda que un gigante vivía en el río Escalda y que imponía a todos los navegantes un alto peaje. Al que se resistía a pagar, el gigante Druoon Antigoon le cortaba la mano. Pero un día el centurión romano Silvio Brabo se hartó de esta tiranía y él mismo cortó la mano al gigante y la arrojó al río. Dicen también que de ahí viene el nombre de la ciudad, Antwerpen en neerlandés, de ant (mano) y werpen (lanzar). Así que el monumento representa a Silvio lanzando la mano del gigante. Bonito.

El castillo de Amberes.

Ya os he contado la triste historia de la comida en Bélgica: tuvimos que recurrir a un restaurante italiano de los muchos que ocupan el centro de Amberes. No fue mala decisión. Las culturas siguen notándose. Antonio es de la Puglia, ya sabéis esa región que está en el “tacón” de la “bota” de Italia. Nos saludó al entrar con un sonorísimo “Buon giorno, come stai?” que me obligó a algo que adoro: hacer como que sé hablar en italiano, y ya todo fue hablar de la crisis de los países del Sur, y de fútbol. La pizza y la pasta no eran nada del otro mundo, pero al menos eran reconocibles como comida.

Casas cerca del río Escalda.

Nos quedaba asomarnos al río, y hacernos la foto del castillo de Amberes, y la fachada del edificio del gremio de los carniceros, que dicen que fue hecho a bandas alternas de piedra y ladrillo rojo para que semejara el jamón veteado. La verdad es que hace falta imaginación, pero el edificio es bonito. La tarde se fue poniendo acogedora, el sol nos quería cada vez más, y callejeamos en busca de tiendas. Las guías hablan del diseño de moda en Amberes como algo muy destacado. No tuvimos paciencia para llegar hasta el barrio del diseño. Anduvimos dando vueltas por calles estrechas y con terracitas agradables, tomamos un café, paseamos, vimos que la gente adora sentarse mirando al esquivo astro rey, en mesitas pequeñas, con su cerveza, no pudimos entrar en la casa de Rubens (Rubenshuis) porque cierra los lunes, volvimos con el sol lentamente cayendo a nuestra espalda hacia el hotel.

El antiquísimo edifcio del Gremio de los Carniceros (Vleeshuis).

Y la noche terminó en un bar con la carta más grande de cervezas que he visto nunca: más de 200. Pura Bélgica.
Se me olvidaba decir que Amberes es la capital del diamante, que hay un barrio entero lleno de escaparates, y que esta ciudad maneja casi el 90% del comercio mundial de este cristal brillante. Pero la verdad es que eso nos dio igual.

Ante la estatua de Rubens, el más ilustre vecino de Amberes.